Las ''bombas de humo'' como había bautizado Susan, estaban por toda el ala sudeste del castillo y allí se encontraban los suministros de agua. La reina corrió por los pasillos acompañada por Lemec el sastre, ambos con un pañuelo en la cara para evitar la intoxicación.

Desde hacía una semana, había dejado de usar vestido, cosa que la incomodaba. Ni en Inglaterra dejaba nunca de usar vestido.

—¡Uno, dos y tres!—gritó para abrir las puertas.

Ambos empezaron a sacar el agua de la sala, aunque por lo que veían, no se había salvado ni la mitad. Cerraron las puerta tras de sí y ambos se sentaron en el suelo a descansar. Por los pasillos no dejaba de transitar gente y estaban llenos de polvos, trozos de piedra caídos y cualquier regalito que alguien quisiese darle. No daban más para basto.

—Nos quedamos sin provisiones—dijo Susan—.Y entre la cocina y el trabajo de enferma, tengo los huesos molidos.

Lemec se rio y se limpió el sudor de su frente. Como no tenía tiempo, se estaba dejando barba sudorosa y le picaba un poco, aunque fuera poco pelo.

—Da gracias a que no te han puesto en las almenas disparando, he visto ya dos arqueros muertos en menos de un día—respondió.

—Nunca me ha gustado la guerra y no me gusta participar en ella—dijo recordando el día que su padre tuvo que irse a luchar contra los alemanes.

Lemec alzó los hombros.

—Ahora mismo es inevitable.

Entonces, lanzaron otra bomba de humo justo donde estaban.

—¡Corre corre!—gritó Lemec.

OOoOoOOo

En el otro lado de la fortaleza, Peter luchaba contra dos hombres lagarto. Lo tenían acorralado y por muchas estocadas maestra que hiciese, sus fuerzas estaban empezando a fallar. De repente, uno de ellos se quedó sin cabeza.

Cuando el cuerpo cayó al suelo, el otro vástago ya se había ido corriendo y seguramente moriría a manos de otros guardias. Ghemor limpiaba su espada de sangre azul.

—Es un bello día, ¿verdad?—preguntó el Tarkaan extendiéndole la mano al rey.

Peter intentó no sonreír por el comentario, pero sí aceptó la mano.

—Vámonos a la armería, cuando he pasado el grupo de la Regente Tal tenía problemas.

Ambos corrieron por los pasillos de Sol Eclipsado y llegaron a la armería. Efectivamente, había tres vástagos atacando a Tal, pero ella era rápida, y los esquivaba. Ghemor se abalanzó sobre uno y Peter sobre el otro. En menos de pocos segundos los tres habían muerto.

—¿Estás bien?—preguntó Peter.

Tal asintió y se tocó la mano, tenía una gran herida.

—Estás herida, ve a la enfermería—dijo Ghemor limpiando su espada.

Ella negó con la cabeza.

—Aún quedan treinta vástagos en la fortaleza. Debemos de aplastarlos ¡ahora mismo!—dijo arrancándose un trozo de tela y poniéndoselo en la mano.

—¡Cuanta fuerza en tus palabras!—se rio Ghemor—¿ponías tanta durante tu etapa de rebelde?

Tal le miró con asco

—Cuando mataba calormenos incluso ponía más energía.

Los tres corrieron hasta los vástagos restantes y junto a más calormenos y solandianos, les mataron allí mismo.

Después de un rato, Tal fue a ver a Susan. La reina se impresionó mucho.

—¡Ceres!—gritó—¿Qué te ha pasado en la mano?

—Yo… es solo un corte…—susurró la solandiana.

Susan cogió rápidamente un desinfectante.

—¿Cómo era el acero? ¿Estaba oxidado? ¿Has tocado algo después?—preguntó muy nerviosa.

Tal sonrió por la preocupación de su… amiga. Ya la consideraba eso.

—La espada y los cadáveres de los vástagos. Los hemos echado al foso, no podríamos dejar que se pudriera—dijo Tal, sonriendo para darle ánimos.

Pero aquello empeoró a Susan.

—¿Qué has tocado un cadáver en descomposición con una herida abierta?—gritó mientras iba a buscar algo entre las cosas—¡Esto es el colmo! ¡No me agrada nada que tengáis la misma higiene que en la edad media! ¿Y luego que vendrá? ¿Qué el periodo son espíritus satánicos?

Tal no entendía el revuelo de Susan, pero claro, ella tampoco entendía nada sobre virus y bacterias. Susan volvió parloteando sobre cosas que la solandiana no entendía, aun así, siguió su recomendación de quedarse esa noche descansando.

Pero Ceres no iba a hacerlo. Peter no la escuchaba en absoluto, ¡debían de cerrar el portal! Pero no lo conseguirían sin ayuda. Necesitaban a alguien que distrajese a los vástagos mientras ellos recuperaban la perla y cerraban el portal.

Por eso tenía pensado escaparse a media noche para pedir ayuda a los Rebeldes de Curzon, su antiguo grupo. Cuando todos se fueron a dormir, Ceres se escapó de la cama, cogió su espada y salió del hospital improvisado a hurtadillas. Tras pasar por guardias, casi llegaba a la entrada del túnel secreto cuando…

—¿Regente Tal? ¿A dónde va a estas horas de la noche?—preguntó la voz de Ghemor.

La solandiana se dio la vuelta y suspiró.

—Déjame en paz Ghemor, voy a una misión—respondió.

El calormeno se acercó frunciendo el ceño.

—No he sido informado de ninguna misión.

—No tenemos por qué contártelo todo. Es más, no nos hacéis falta, puedes irte con los demás calormenos—dijo con asco.

El Tarkaan parecía confundido.

—No lo entiendo, ¿no te he salvado la vida esta tarde?—preguntó.

La solandiana suspiró e hizo caso omiso.

—¿Puedo saber qué es lo que te molesta tanto de mí?—preguntó ofuscado.

Ceres dio un golpe a la pared y se volvió hacia el calormeno.

—¿Qué que me molesta tanto de yi? ¿¡Que que me molesta!? ¡Eres un asesino! Un calormeno cobarde y rastrero. Yo trabajaba en las minas de Sol Eclipsado cuando eras el intendente y tu ¡Quisiste matar prisioneros al azar para mantenernos a raya!

Ghemor estaba sobresaltado.

—¿Yo?—preguntó.

—Uno de ellos era mi madre, ¡mi madre!—gritó con las lágrimas saltadas.

El calormeno se alejó de ella, parecía pensar.

—Entiendo…—susurró—, vete ahora antes de que alguien se dé cuenta.

oOoOoOoOoO

Lucy no dejaba de jugar con su pulsera. Había algo misterioso en ella. Habían parado a comer y según Aleeya, quedaba medio día para llegar a solandia y tal vez seis horas para entrar en las cuevas de los rebeldes. La calormena no dejaba de hablar de Curzon, su líder. Tal vez hablaba demasiado de él… tal vez tenía un flechazo.

Y no era la única que se había dado cuenta de ello, cada vez que oía el nombre de Curzon Kalhed ponía cada vez peor cara.

—Y me escribió una carta en donde me contaba que durante la resistencia él y su gente envenenaron a un montón de invasores. No es que me guste hablar sobre como asesinaban a calormenos… pero al menos él tiene el coraje suficiente como para enfrentarse al Tisroc.

Entonces Lucy se fijó en como una mosca no dejaba de rondarla y lo único que quería era matarla para que la dejase en paz. Entonces logó darle con la mano y de repente… una mini descarga eléctrica pasó de la mosca a su mano y de su mano a la pulsera. El insecto cayó al suelo petrificado. La londinense miró a todos lados, pero sus compañeros parecían ensimismados escuchando a Aleeya.

¿Había matado ella a la mosca? No recordaba que tuviese esa clase de poderes. Entonces miró la perla negra y vio como si reluciera. La perla debía ser mágica y al parecer, podía matar. No sabía su funcionamiento, pero estaba segura de que había sido la perla.

Reanudaron la marcha y las montañas que parecían estar tan lejos, empezaron a ser más grandes cuando se acercaban, hasta que sin darse cuenta, estaban en una zona árida y rocosa.

—Solandia—dijo Edmund—.Hemos llegado.

Las rocas cada vez se hacían más grandes y con formas más extrañas. Lucy había oído durante años historias terroríficas sobre aquellas rocas y sobre los misterios de ellas. Decían que eran narnianos petrificados por sus malas acciones. Era el Mar de Roca.

—¿Dónde estaba el campamento de tu querido Curzon?—preguntó Kalhed, con ironía.

Aleeya sonrió, emocionada.

—Más al este. Solo un par de horas, tras la montaña del Hombre Solitario.

Entonces Lucy tuvo una idea. Se aclaró la voz y dijo:

—¿Chicos? Mi camello tiene que beber agua así que… voy a pararme un momento… pero seguid sin mí ya os alcanzaré.

Edmund miró a su hermana con curiosidad.

—¿Estás segura, Lu?—preguntó.

Ella sonrió.

—Muy segura… podéis marcharos sin problema—dijo sonriendo, muy falsamente.

—Ten cuidado—dijo Aleeya

Los tres siguieron su camino y poco después las rocas les taparon. Lucy tardó unos segundos más y después se bajó del camello.

—Muy bien amiguito, vamos a hacer un experimento—dijo la reina—Quiero que estés muy quieto, ¿de acuerdo?—habló con el camello, cogiéndole la cara—No tengas miedo.

Entonces deseó que el camello muriese. Se sintió muy mal por desearlo, ya que no quería que nadie muriese, pero al instante, la misma sensación que había sentido con la mosca ocurrió con el mamífero, solo que con mayor intensidad. Una especie de electricidad le recorrió el cuerpo de arriba abajo para acabar en la perla. Pero no era como una descarga de electricidad normal… era más bien… muy carnal.

El camello se desplomó y Lucy sintió que estaba más viva, más fuerte, más segura de sí misma. Toda la vida del animal había ido a parar a Lucy. Cuando se le pasó la euforia del momento, empezó a sentirse mal por el camello.

—Por Aslan, que he hecho…—dijo arrodillándose junto a él.

Entonces deseó que no hubiese muerto y entonces, toda la energía acumulada en la perla, pasó al camello de nuevo, que abrió los ojos como si nada. Pero el subidón de adrenalina también desapareció.

—Puedo dar y quitar la vida con esto…—susurró para sí misma.

Se puso de pie y escuchó una voz que decía:

—¿Qué se supone que estás haciendo?—preguntó Kalhed mientras veía como Lucy se montaba en el camello y se ponía en marcha.

—No pasa nada, en serio—dijo un poco desanimada, ya que le había devuelto la energía al camello.

—Una narniana normal no le quita la vida a un camello y luego se la da—respondió Kalhed, persiguiéndola.

Lucy suspiró. Estaba avergonzada de que la hubiese pillado.

—¿Esto es el Mar de Roca? ¿Dónde están nuestros hermanos?—preguntó para desviar el tema.

—Vamos blanquita, ¿crees que puedes pasar de mí?—respondió interponiendo su camello.

La londinense bufó.

—Dejemos el tema, ¿vale?

El calormeno se bajó del camello y obligó a Lucy a bajar.

—¡Suéltame Kalhed!—gritó mientras se aferraba al animal—¡Suéltame te he dicho!

—¡De acuerdo!—le gritó, verdaderamente enfadado—¡Estoy harto, harto de ti! Me tratas como si fuera basura, ¡No soy de alta cuna pero tampoco una mierda a la que puedas pisotear!—gritó montándose en el camello y dejando a Lucy en la arena—No debí haber regresado, ¡ahora llega tu hasta tu querida Narnia! ¡Aleeya y yo nos vamos ahora mismo, princesita!—escupió al suelo—Ya no tendrás a nadie a quien echar la culpa de tus acciones.

—¡Eso, vete de aquí!—gritó Lucy mientras le veía alejarse—¡Y no soy una princesita! ¡Soy Lucy la Valiente, Reina de Narnia!—gritó furiosa, pero instantes después recapacitó—Lucy ¿Qué estás haciendo?

Se mordió el labio inferior y empezó a perseguirle.

—¡Kalhed, espérame!—gritó al verle como montaba, el disminuyó el camello—¿Y qué le dirás a Edmund? ¿Y qué pasa con tu hermana y los rebeldes? Vamos, esto es un bien mayor.

Kalhed se bajó del camello, enfadado y amedrentando a Lucy con la mirada. Una mirada furiosa y asesina.

—Cambie de idea, solo quiero alejarme de ti—dijo de mal humor.

Lucy le tocó el hombro.

—Pero Kalhed… nosotros te necesitamos—dijo preocupada.

Al calormeno pareció iluminársele la mirada, sonrió y miró con picardía la mano de Lucy en su hombro.

—¿Nosotros?—repitió.

Lucy quitó la mano en seguida.

—Sí.

El calormeno puso la mano en su barbilla, como pensativo y para hacerse el interesante.

—¿Y qué es lo que necesitas tu?
Lucy parpadeó varias veces, sorprendida.

—¿Yo? No sé de qué estás hablando—respondió.

Kalhed le dio la espalda, harto.

—Probablemente no—dijo montándose de nuevo en el camello.

Lucy se cruzó de brazos.

—¿Y qué crees que necesito, supuestamente?—preguntó con el corazón desbocado.

El calormeno la miró desde arriba, montado, arrogantemente.

—A mí.

La reina rio nerviosa.

—Debo de reconocer que eres un buen líder y sabes cómo manejarte, además de…

—¡Aggh!—gritó cabreado—Sabes a lo que me refiero. Blanquita, tú tienes sentimientos hacia mí.

La reina supo de qué hablaba.

—Oh, no, estas imaginándote cosas—dijo sonrojada.

—¿Seguro…? ¿Por eso estabas siguiéndome como una desesperada hace unos instantes? ¿Es que acaso querías que te besase?

Lucy le dio la espalda, impactada por lo que le decía.

—¡Arrogante!

En ese momento, aparecieron Aleeya y Edmund, con cara de pocos amigos.

—¿Que estáis haciendo?—preguntó Edmund.

—Dejad de tontear, ya no podemos seguir avanzando, viene una tormenta—dijo Aleeya bajando del camello—.Mañana llegaremos a la Ciudad de Piedra