Pasos
Estoy sentada en las escaleras del edificio de trescientas plantas. Estoy en la décimo sexta planta con las manos trémulas y sudadas. Sé que voy a esperar horas y quiero que sea así. Intento recordar el valor que no reuní.
El tiempo que se desliza en cámara lenta me hace recordar momentos.
Recuerdo a mi familia de Boston llegando llenos de preocupaciones. Ruby y Killian sencillamente aparecieron en Candem con sus brazos abiertos para recibirme. Fue un día difícil, los abracé como si mi vida dependiese de aquel cariño. Sentí cómo mi cuerpo se desmoronaba en las cuatro manos que me agarraban con fuerza.
Ellos no dijeron nada en aquel instante, yo no necesitaba consejos, no necesita voces, necesitaba un refugio acogedor, necesitaba mi apartamento apretado lleno de personas que amo, ellos me trajeron eso. Les conté sobre la visita de la forma más detallada que conseguí, lo que no fue mucho, los recuerdos de los días de Regina en mi ciudad se borraron por las lágrimas del esclarecimiento. Yo estaba viendo sus elecciones y esa claridad cegaba. Pasé un año entero con los ojos vendados, asustada con lo que podría estar mirándome.
Pasé días pensando en Malorie y sus ojos vendados así como los míos.
Ellos pasaron un fin de semana, que me pareció durar pocas horas, el abandono me devolvió un vació que no percibí que tenía. La partida de ambos solo aumentó el agujero que la partida de la Mujer del Abrigo había dejado. Los echo de menos, la echo de menos. Fue difícil admitir eso.
¿Si estaba lista para olvidar?
Aún no.
Tan solo después de un día, me di cuenta de lo egoísta que estaba siendo con Lily. La estaba usando para llenar un vacío que ella no podría llenar. Me di cuenta de que el lago calmo en el que vivo no es suficiente para el océano que Regina me trajo, solo que no sé si estoy lista para ahogarme. Lily no me causaba palpitaciones, ansiedad, la realización de una media sonrisa, la preocupación de un café solo o la felicidad de un cappuccino.
Lily nunca sería mi macchiato.
También fue difícil admitir eso.
La puerta del ascensor se abre y mi corazón se encoge, respiro fuerte aún sin saber qué hacer. Veo una sombra lista a dar un paso, mi cuerpo gana una ligereza incómoda, restriego mis manos en los pantalones usados –fueron los primeros que encontré. Un hombre con su traje planchado sale y el alivio y la frustración se mezclan.
"¿Qué estoy haciendo aquí?"
Escogí un pésimo día para conversar con mi ahora ex novia. Estábamos en el sofá de mi apartamento, yo estaba con aquella sensación de invasión. No debería haber pensado ese tipo de cosas, sentir que mi novia estaba invadiendo mi espacio, pero fue eso exactamente lo que sentí. Me sentí siendo invadida por una conocida.
No tiene mucho sentido.
Ella comenzó a mirarme apasionadamente, una pasión que yo siquiera sentía como para devolverle en una simple mirada. Nos quedamos mirándonos por un minuto entero, ella intentando desvendar mis líneas y yo pensando en los motivos para estar ahí.
Ella comenzó con "Yo…", yo no podía permitirlo, no quería herirla. Decidí dejar de engañarme y dejar de usar a la persona que me había mostrado un camino. Que demostró que pueden darse pasos sin abrigos negros.
El problema es que no quiero esos pasos vacíos.
Yo dije: Tenemos que hablar
Vi a través de sus lentos gestos que había entendido, comenzó a apartarse antes de cualquier palabra dolorosa. Ella vio en mis ojos que mis verdes no eran de ella. Ella estaba enamorada, yo sencillamente acomodada. No podía continuar engañándome. Ella no merece la ilusión y yo no merezco la conformidad.
Me siento horrible por eso. La relación con Lily siempre fue de una tranquilidad única y confortable, el problema es mi ansia por huracanes, por volcanes, por personalidades tempestivas, por delirios caóticos. El problema es mi fascinación por los colores.
Echo de menos el rojo.
No sé o no recuerdo cómo he venido a parar a Boston con solo la ropa que llevo puesta. Me sentí envuelta en una aplastante necesidad. Recuerdo decirles a mis padres:
-Lo necesito
Recuerdo escuchar
-Lo necesitas.
Estoy esperando a la mujer que me destruyó con escondrijos esenciales.
"¿Qué estoy haciendo aquí?"
El ascensor se abre y no necesito mirar- ha llegado demasiado temprano. Cierro los ojos y mi cuerpo se eriza. Regina aún me afecta sin sus roncas palabras. Siento una ansiedad, mi persecución a la mujer que nunca me vería y siempre me vio me enseñó a ver sin ella enseñar. Conozco cada detalle.
No evito sonreír, como siempre hice con los descubrimientos. Ella está temblando, su dificultad en el simple acto de abrir la puerta es encantadora. Mi cuerpo es atraído hacia ella, aún no me ha visto y yo he perdido el control sobre mí. Mis pasos son lentos y solo consigo sentir el anhelo por su manía de jugar con su cabello. Ella suspira al vencer en su lucha particular y al ver su cálido lugar. Me siento flotar por los mínimos metros que nos separan. No consigo ver el pasillo enmaderado o las plantas decorativas. Estoy siendo arrastrada. Solo siendo arrastrada. Estoy tan cansada de justificaciones, del pasado y de las huidas.
Sencillamente arrastrada.
"¿Cuál es el alcance del odio que sientes por mí?"
-No te odio.
Ella se detiene al escucharme, se gira con una calma asombrosa, creo que es el miedo a que yo no esté ahí. Si cerrara los ojos y me entregara al silencio que planea entre nosotras, podría escuchar el sonido de sus pensamientos en combustión. Su vacilación. Sí, ella duda. Tiene miedo. Regina se había vuelto tan transparente para mí que, si mirara con atención, podría ver los sentimientos corriendo por su cuerpo, el erizarse de sus pelos en la nuca. Su vacilación. La vacilación que me revela mucho más de lo que las palabras son capaces de decir. Ella me mira. Y me pierdo al verme en su mirada llorosa. La honda respiración que infla su pecho. Ella me mira, parpadea algunas veces y, solo entonces, me ve.
Nos miramos durante segundos enteros y extensos en el silencio que siempre fue nuestro. Aquella sensación de revivir el recuerdo escondido y polvoriento. Aquel deseo de moverte, andar, temblar, pero el miedo de perder esa realidad te lo impide. Estamos paradas reviviendo cada momento. Ella respira hondo una vez más y da un paso, mi cuerpo se mueve y me veo retroceder. Siento aquel miedo oscuro que hace que te muevas por impulso.
No quiero sentir miedo.
Ella retrocede desistiendo del intento, observo sus pasos lentos atravesando el límite de su apartamento. Agarra la puerta y me espera. Me invita a entrar y tener una conversación que no sé si existirá sin una letra siquiera, sin el sonido que amé escuchar durante tiempo.
Ella espera.
Esperará hasta que mi decisión sea tomada. Ella sabe, yo lo sé, voy a entrar.
Ella espera.
Espera que mi tiempo pase y que mi valor vuelva. Ella espera a que mi miedo al pasado sea vencido, espera a que mis cicatrices dejen de palpitar.
Ella espera.
Ella espera lo inevitable.
Ella me espera con la paciencia solo mía.
Siento mi movimiento y el tiempo para. Siento mis músculos resistentes a cada paso dado. El primer paso significa una decisión, una rendición, una vuelta a casa. Los pocos metros que nos dividen se vuelven kilómetros en este momento. Estoy atravesando la distancia que ella impone, estoy quebrando la pared que nos dividía, estoy traspasando nuestros temores.
Nuestros.
No existe palabra mejor…nuestros.
Ella sonríe al ver los trozos de mi escondrijo tirados tras de mí.
Miro hacia el suelo y siento el instante. Noto el atravesar. Siento el paso en su dirección. Siento la línea del antes y del después. Siento la puerta cerrada ser tirada por ella. Siento mi minuto cambiar y el reloj volver a andar.
Entro.
Paso por su lado y el aroma me consume. La noto temblar y cerrar la puerta. Gira la llave y sé que toda aquella locura volverá. Toda la necesidad de la presencia. Todo aquello por lo que luché en olvidar y superar.
Nunca olvidé ni superé.
No quiero olvidar ni superar.
Me paro en medio de la sala que acogió un beso. Veo la pared de cristal que recibió mi toque. Veo el sofá que me mostró todo lo que ella veía.
Ella me veía.
Fue aquí, fue en este espacio donde fui arrancada de mi mejor sueño y ser arrastrada a mi realidad. Fue aquí que fue succionada y arrancada del calor de una piel que nunca fue mía y siempre lo fue, donde escuché el ruido insistente del inicio del fin.
Estoy estática recordando mi mejor y peor momento. Estoy en una dimensión de secretos revelados y besos cedidos en un lugar demasiado distante. Cierro los ojos y me dejo ir. Me dejo ser llevada por aquel minuto. Para aquel exacto minuto. El minuto en que sentí su piel, en que la vi temblar con mi toque, aquel instante milesimal en que…
-¡Fuiste tú!
Soy rasgada por la voz ronca que recorre mis brazos. Consigo tocar las notas que me envuelven. Consigo sentir el aroma de cada palabra deslizándose por las líneas de mi cara. Consigo sentir el sonido enredarse en mis cabellos. Consigo sentir mi pecho gritar por el desespero de una antigua ronquera. No me importa el significado de un enredo escrito en hojas envejecidas. El temblor que siento repetidas veces se vuelve como la primera vez.
Estoy en la sala que me abrigó con la voz que me derrumba de diferentes maneras.
"¡Fuiste tú!"
Creo que estoy demasiado perdida para entender esa afirmación. Me giro fingiendo tener el valor que aún no he reunido. La encaro escondiendo todo un significado dentro de mí. Todo en el apartamento me confunde. Los espacios llenados por ella. Imagino su toque en todos los lugares, imagino sus pasos, sus diálogos.
-El vaso…
¿Cómo es posible que ella sepa y entienda? Nunca creí que conociera mis actitudes. Lanza sobre mí todo lo que escondió. Necesito concentrarme para articular frases coherentes. Solo pienso en palabras inconexas.
Regina siempre me desestructura.
-No sabía su significado- nuestros diálogos cortos son tan suficientes.
Comienzo a andar buscando lo que no existe. Buscando una distracción, buscado algo que me centre, necesito retomar el foco.
Foco.
¿Retomar mi foco? ¿Cuáles serían los motivos que me han hecho sencillamente despertar y caminar? ¿Cuáles los que me hicieron coger un tren? ¿Cuáles lo que me hicieron visitar un café que siempre amé y coger un vaso? ¿Cuáles los que me hicieron sentarme y esperar?
No sé qué estoy haciendo aquí.
Ella se mueve y mi atención vuelve a ella. No retrocedo esta vez. Me enraízo para no esconderme. Un paso más es dado, no sé lo que Regina pretende, pero el anhelo no me hace cuestionar sus intenciones.
Pasos.
Tacones.
El ruido de los tacones que conozco tan bien acusan la cercanía que dejé de ver. Su imagen se borra, no sé lo que sucede dentro de mí. Ella acaba con nuestra distancia, yo solo quiero llorar porque cada parte de mí aún la desea.
Ella toca mi rostro y no evito el automatismo de cerrar los ojos. Inclino la cabeza disfrutando del calor de un año atrás, puedo escuchar un fuerte respirar, no sé si por alivio o qué. Ella solo respira fuerte y temblorosa. No quiero abrir los ojos y dejarme engañar en la ilusión que vuelvo a tener.
El teléfono suena.
El ruido me asusta por el recuerdo, abro los ojos y las raíces que creé son cortadas permitiéndome retroceder. Ella no se aparta de mí y el notorio tormento continúa. Su expresión de hipnotismo aún está ahí, sus ojos están en mí.
El teléfono sigue sonando pidiendo su atención que era mía.
Doy un paso asustado hacia atrás. Miro el móvil que me hace recordar pesadillas sonoras y momentos idénticos. Recuerdo sus elecciones, sus motivos. Esta vez no me irrito, solo me entristezco por todo lo que pasé, por todo lo que pasamos. Por todo lo que deseé y por todo lo que nunca tuve.
Por los ensayados desencuentros.
-¿No lo coges?
Pregunto solo para adelantar una respuesta que temo recibir. Es una tontería sentir miedo. Puede ser una hermana, un trabajo, un amigo, una madre. Pero, ¿y si es un marido?
¿Quiero pasar de nuevo por todo? ¿Quiero entregarme y caer? ¿Quiero mostrarme mientras ella se esconde? ¿Quiero hundirme y ahogarme?
Quiero entregarme y vivir.
Quiero mostrarme y encontrar
Quiero hundirme y respirar.
Quiero ser. Quiero tener. Quiero verdades y certezas. Quiero amar. Quiero sonreír.
Regina vuelve a acercarse pacientemente. Su mano regresa a mi piel.
-No, no lo voy a coger- responde demasiado cerca.
Ella me besa y la existencia pierde su sentido. No pienso en resistir, nunca fui capaz de eso. Mis manos agarran su abrigo negro con el desespero de la pérdida, con el anhelo aterrador que me succionó por mucho tiempo, pero estaba demasiado escondido para ser notado.
Regina Mills me besa y el mundo cambia de color. Los tonos beiges de Candem son teñidos por el rojo de Boston. Me concentro en el instante intentado grabar los detalles en mi carne.
El tiempo corre y me pierdo en él. Me pierdo en abrigos, cicatrices, imposibilidades y bocas. El tiempo se desliza sin la más mínima importancia, el lugar donde estamos es olvidado y me siento girar en medio de fantasías que creé. Varias veces pensé estar delirando debido a la boca que tanto deseé y que el primer encuentro había sido fruto de una mente enamorada. Hoy me agarro a los cabellos con la certeza de la realidad. Clavo uñas, no quiero despertar, no quiero volver al miedo.
Ella suelta mi boca y la veo aún con los ojos cerrados. Su respiración desacompasada delata mis deseos, ella desea ese momento, ese toque. Su expresión aliviada me cuenta sus preocupaciones, los miedos que pensé que no existían. Aquel sencillo gesto de soltar el aire me muestra todo lo que ella representa, todo lo inalcanzable, veo la pasión en su pecho. Regina no se esconde, y no sé cómo lidiar con esa verdad. No necesito detalles para entender, está todo ahí. Sus ojos cerrados mientras sueña con un momento que pensamos que nunca acontecería. Ella acaba de mostrarme todo.
Regina Mills se muestra.
Cuando decide enfrentar el terror de lo real, sus ojos castaños me cuentan
-Te echo de menos.
