Ángeles Desesperados

Los Taisho

Kagome suspiró con paciencia por enésima vez. Siempre sucedía lo mismo los domingos cuando salían a pasear. Bien, los domingos eran de recreación después de todo, pero Aya no dejaba que se disfrutara ese día específicamente en lo que se denominaría como en paz

- Quiero esa. – Señaló la niña con presteza. Inuyasha miró la muñeca y tragó pesado ante el precio.

- ¿Esa? – Repitió.

- Claro, porque esta es la que venden sin castillo, a menos que me vayas a comprar el castillo, pero el castillo es para Navidad, ¿verdad? – Inquirió inocentemente. Inuyasha la miró incrédulo. ¿Ella estaba siendo considerada con él al escoger esa muñeca? Oh, vaya, que alguien le metiera un tiro en el pecho por favor.

- Ah, ya veo. – Murmuró tomando la caja y examinando el contenido. ¿Por qué esas muñecas Barbie tenían que ser tan caras? Y ahora dizque porque tiene luces, vaya fraude. Miró de reojo a su hija y sabía que por su bien tendría que comprársela. – De acuerdo, llévatela. – Cedió a su pequeña de unos diminutos seis años. La pequeña amplió la sonrisa y tomó la caja de las manos de su padre y la metió inmediatamente en la cesta de compra.

Kagome alzó una ceja a Inuyasha y este le hizo un gesto de "déjalo pasar, ya sabes como es ella" Kagome asintió y siguieron recorriendo el centro comercial.

- Me quiero ir. – Dijo la niña. Kagome le miró ceñuda. Siempre era así, cuando tenía sus deseos satisfechos quería irse a casa a jugar con su nueva adquisición.

- Luego de que terminemos de ver aquí. – Sentenció Kagome. Aya le miró sin decir nada pero con cierta chispa de ira en unos ojos idénticos a los de su padre, inclusive en la mirada. Por ello, desvió su vista a su progenitor e hizo un puchero.

- Papá… - Dijo con voz lastimera. Inuyasha sonrió nerviosamente. No le gustaba que ella le pidiera las cosas a él porque sabía que cedería y Kagome le recriminaría que le restaba autoridad a ella.

- Saldremos rápido, no te preocupes. – Logró eludirle. La niña hizo una mueca y asintió sin mucha paciencia.

- ¿Profesora Kagome? – Los tres voltearon ante la voz desconocida y observaron a una joven de unos veinte y tantos años acercarse a ellos, mirando únicamente a la susodicha. Kagome parpadeó confundida y luego de unos segundos reconoció a una de tantos alumnos que poseía.

- Oh, Kurosaki. ¿Cómo está? – Preguntó con una sonrisa. La joven hizo un acto respetuoso y luego correspondió su sonrisa. Era irónico que su profesora fuese tan joven y que ya para ese entonces tuviera diversos empleos en las universidades más famosas de Tokio. Definitivamente era un ejemplo a seguir.

- Bien, profesora, ¿usted va a hacer el examen el miércoles? Yo falté a clases esta semana por una gripe y no estoy enterada del todo. – Explicó.

- Sí, será el miércoles, en mi horario nocturno, como siempre. – Asintió. La joven pareció desconcertarse ante la confirmación y luego de unas breves palabras de despedida se fue. Cuando estuvo bastantes pasos lejos de la familia Taisho, Kagome suspiró con cansancio. Su siguiente examen sólo le recordaba los exámenes que aún no había corregido de las otras secciones.

- Mamá, ¿por qué no me llevas a tu universidad? – Inquirió la niña con curiosidad. Kagome le sonrió amorosamente.

- Allá sólo va gente vieja, no hay ni un solo niño ahí, te lo aseguro. – Le guiñó un ojo. Aya quedó algo desconforme con la respuesta pero igual asintió tranquila.

Cuando salieron del centro de comercial, Aya se sentó en el asiento trasero con rapidez y miró a sus padres sentarse en los asientos delanteros.

Durante el camino encontraron uno que otro congestionamiento haciendo a Inuyasha rabiar en algunos momentos.

Durante una luz roja, los peatones aprovechaban de cruzar la calle mientras Inuyasha les miraba aburrido. En eso cambió la luz e Inuyasha tuvo que esperar por la parsimonia de los últimos en pasar. Tocó el claxon exasperado.

- ¡No corran tanto, se van a herniar! – Exclamaron molestos al unísono tanto padre como hija y Kagome no pudo evitar reír ante el gesto. Aya copiaba con asombrosa exactitud a su papá.

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- ¿Esa cosa es mi hermano? – Preguntó Aya mirando con cierta curiosidad al diminuto ser entre las cobijas de la cuna que lloraba estridentemente. Kagome asintió desde la cama mientras Inuyasha posaba una mano sobre el diminuto hombro de su primogénita.

- Así es. Él es Daisuke. – Presentó Inuyasha. Aya le miró un tanto desconfiada y finalmente sonrió.

- Entiendo. Cuando él crezca jugaré con él, ¿sabes? – Prometió a sus padres, que sonrieron y asintieron. La pequeña de siete años les miró con aquella chispa de alegría y astucia en sus ojos.

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- ¡Daisuke, me tomaste los marcadores! ¡Dámelos! – Reclamaba una niña de once años a su travieso hermano de cuatro años que reía mientras iba a esconderse a su habitación. - ¡Necio! – Gritó exasperada quitándose el mechón de cabello de la cara.

La niña había desarrollado un físico exactamente igual al de su madre. Cabello lacio, negro, con flequillo y piel blanca, además de la estatura un tanto baja. Y de su padre su personalidad y sus ojos.

- ¡No lo haré! – Exclamaba desde el otro lado de la puerta el vivaracho niño. Kagome les miraba la escenita acostumbrada a las riñas de ambos hermanos. Aya era sumamente autoritaria y su hijo, aparte de hiperactivo, era bastante opositor a las órdenes, incluso de las de sus propios padres.

- Aya, ríndete. Sabes que no te hará caso. Te he explicado varias veces que él es hiperactivo y la psicóloga dijo que rara vez haría caso en su condición de hiperactividad. – Explicó Kagome pacientemente. La niña asintió.

- De acuerdo, pero ese cuento de que cada dos millones de niños, uno es hiperactivo ya no me concierne a mí, esos marcadores son míos. – Decía enojada.

De la cocina salió una alegre joven un tanto mayor que Aya, ya adolescente. Era la niñera y muchacha de servicio a la vez.

- No te enojes, Aya. – Pidió la joven de nombre Sonomi. – Dentro de un rato te los devuelve, recuerda que él no dura mucho con las cosas porque se cansa de una actividad muy rápido. – Kagome asintió dándole la razón. Aya finalmente aceptó a regañadientes y volvió a su habitación a estudiar.

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La joven de quince años llegaba a su casa molida por las clases y al llegar, encontró a su padre almorzando para irse inmediatamente a su siguiente trabajo. Su madre no tardaría en llegar y suponía que ya Inuyasha habría buscado a su hermano menor.

Observó sobre la mesa el examen de Daisuke de matemática. Un enorme "Excelente" en la página daba a ver que a su hermano le había ido bien. Suertudo, pensó. Nunca estudiaba y siempre salía bien. Saludó a su papá con un ademán y dejó sobre la mesa sus propios exámenes de matemática, historia y química. Tres "100" perfectos.

- ¿Cómo te fue? – Inquirió Inuyasha. Ella lanzó a un lado su bolso, antes de echarse el cabello para atrás y sentarse en una de las sillas vacías.

- Pues bien. Saqué 100 en matemática, historia y química. Y bueno, hoy presenté psicología y física. Me fue bien en ambas. Ah, y el colegio pidió una colaboración para una vendimia a favor de las misiones en no sé donde.

- ¿Y qué tienes que llevar? – Preguntó comiendo su último pedazo de pescado. Aya suspiró.

- Sólo refrescos. Dos botellas de dos litros cada una. – Indicó. – Me las traes hoy, por favor. – Pidió.

En eso, ambos escucharon el sonido de la puerta y del umbral apareció Kagome. Aya e Inuyasha le saludaron casi al mismo tiempo. Kagome dejó su carpeta sobre la mesa del comedor y le mostró tanto a hija como esposo un perfecto 100 de un examen, ya que ella había decidido sacar una segunda carrera.

- ¡Vaya! ¡Ando muerta! – Exclamó Kagome dirigiéndose al refrigerador y sacar una botella de jugo. - ¡Ese profesor está loco! ¡Incluso me invitó a salir con él! – Inuyasha se iba atorando con el jugo y miró a su esposa sorprendido.

- ¿Qué? – Exclamó incrédulo. Aya sonrió, su padre se veía realmente cómico cuando estaba celoso. - ¿Y qué le dijiste?

- Pues no, como me va dar clases en otras materias, le dije diplomáticamente que no, pero Dios, no lo soporto. – Comentó tomándose el jugo que se había servido en un vaso. Inuyasha frunció el ceño preocupado.

- Le hubieras dicho que se echara agua fría y se ubicara. – Masculló antes de llevarse un bocado de pan dulce a la boca. Kagome sonrió al igual que Aya.

- Lo dudo. Pero creo que ya entendió el mensaje. – Comentó sentándose sobre la mesa. - ¿Y la señora de servicio? ¿Ya se fue?

- Sí, dijo que porque tenía a la hija en el hospital. – Explicó Inuyasha aún meditando el asunto del dichoso profesor.

- Ya veo. – Murmuró Kagome guardando nuevamente su examen y sonriendo al ver las excelentes notas de sus hijos. - ¿Y a ti cómo te fue, Aya? – Le preguntó.

- Bien, aunque con el asunto ese del Día de la Amistad hoy a todo el mundo le dio por abrazarme. – Dijo resoplando fastidiada mientras recordaba.

La joven del penúltimo año de bachillerato caminaba tranquilamente por los pasillos de su colegio. Era un colegio bastante prestigiado, además de ser el único colegio para señoritas en su ciudad. Por ende, con ella estudiaban otras cuarenta jóvenes de su misma edad. Esa mañana había observado a sus padres intercambiar regalos por el Día de San Valentín y darse un corto beso para luego caer en bromas entre sí al estar presentes tanto ella como su hermano menor. En fin, ya para entonces había olvidado bien lo del asunto del día del amor y la amistad. Subió rápidamente las escaleras y llegando a la puerta de su salón, observó a una de sus amigas.

- Ah, hola Chiharu. – Saludó tranquilamente con un ademán de su mano. El contacto físico no era usado muy frecuentemente con su persona, puesto que le fastidiaba, pese a que el gesto en sí lo agradecía. Pero en eso abrió los ojos sorprendida al ver que la joven corría a abalanzarse sobre ella y abrazarla fuertemente. Aya quedó inmovilizada de la sorpresa y sin corresponder el abrazo, miró hacia la cabeza de su amiga. – Esto… ¿por qué me abrazas? – Inquirió confundida. Su amiga le dio un suave golpe en el brazo y separándose de ella le miró ceñuda.

- ¡El día del amor y la amistad, tonta! – Exclamó. En eso Aya recordó todo el asunto y todo el evento que hacía el colegio por eso.

- Ah, cierto. – Dijo recordando. Pero antes de decir otra cosa, algunas de las demás jóvenes que estaban en el salón salieron y llegaron a abrazarle también.

- ¡Aya! – Decía una de sus amigas, que pese a tenerle mucho cariño, era bastante melosa y la asediaba constantemente con abrazos y muestras de afecto.

- Hola…Haru. – Logró saludar luego de un mutismo prolongado. ¡Demonios! Debió haber previsto que ese día a todo el mundo le daría por abrazarla. Finalmente, le soltó y luego de unas tres más que pese a no ser íntimas amigas, le tenían aprecio y le abrazaron, logró entrar en su aula.

Cuando sintió que por fin había pasado lo peor, observó dentro de su salón a su mejor amiga, Hitomi. Esperó pacientemente un abrazo más. De acuerdo, eso no le dolería en demasía después de todo. Sólo le fastidiaría. Pero enorgulleciéndose de su queridísima amiga, observó como esta se limitaba a saludarle con la mano y entregarle una tarjeta junto con una bolsita de caramelos. Aya sonrió ampliamente. Hitomi en verdad la conocía bien.

- Gracias. – Dijo recibiendo el obsequio sonriente. – Ya te doy el tuyo. – Dijo dándole una tarjeta y unos caramelos también. Después de todo, el intercambio entre alumnas debía darse por órdenes de las monjas del colegio. Hitomi sonrió y empezaron a hablar.

- Oye, ¿te enteraste de qué…? – Y así iniciaron su día.

- Ah, ok. – Rió Kagome e Inuyasha sólo hizo una especie de gesto como dándole a entender que comprendía el suplicio por el que hubo tenido que pasar su hija, después de todo, Aya lo había imitado a él e Inuyasha era el de ese tipo de comportamientos un tanto huraños.

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Sakura iba junto a su prima a uno de los gimnasios más caros de la ciudad pero uno de los mejores, por los que valía la pena pagar.

- Vaya, hasta que al fin tienes tiempo. – Exclamaba Sakura que a pesar de casi duplicar la edad de Aya, era buena amiga de ella. – Pensé que los exámenes no te dejarían vida. – Rió. Sakura no era muy adepta a estudiar hasta la quema de sus pestañas como lo era Aya.

- Pues sí, existen los milagros. – Replico tranquilamente. – Además, que sólo hoy repasé, ya que el fin de semana Sota me explicó. – Dijo refiriéndose a su tío, ya que a ninguno les decía "tío" o "tía", simplemente les tuteaba y llamaba por su nombre.

- Oh, ya veo. – Dijo Aya asintiendo a lo que le explicaba su tío. Aún la joven no podía entender como era que su tío se acordaba de absolutamente todo eso. Él era quien le explicaba matemática, física, química y algunas veces historia. En realidad, él también le explicó cálculo a su mamá cuando ella estudiaba su primera carrera. Definitivamente él era un ente superior al resto de la humanidad que poseía el saber absoluto, concluyó resueltamente.

- Y es por eso mismo que debes aplicar la Ley del Coseno en vez de la Ley del Seno en este caso. – Dijo viendo como su sobrina asentía. Sonrió orgulloso. Sabía que Aya captaba las cosas con suma rapidez y no debía durar mucho explicándole pues todo lo entendía a la perfección. Igual a su madre, pensó divertido.

- Muchas gracias, Sota. – Sonrió ella. Él asintió tranquilo.

- De nada. Me dices que tal te fue en el examen. – Pidió, casi en vano, ya que sabía que en cada examen que él le explicaba ella sacaba una nota perfecta. Y no le extrañaba, puesto que en aquella familia valía más el estudio que las ganancias monetarias. Después de todo, para los Higurashi el conocimiento lo es todo y esos mismos pasos seguían Aya y Daisuke a diferencia de los hijos de Yuka, que se podrían considerar dentro de la población promedio.

- Lo malo es que esta tarde ya me iba durmiendo mientras estudiaba. – Rió Aya. – Iba por pleno sueño REM cuando mi hermano me despertó. – Comentó haciendo broma con la exageración. Su prima le miró si entender.

- ¿Sueño REM? ¿Con qué se come eso? – Preguntó divertida. Aya suspiró pacientemente. Cierto, su prima no era precisamente la mata de la sabiduría. Era cuestión de adaptarse a su nivel.

- Es una fase del sueño, la más importante de hecho, ya que allí es donde se recupera el organismo y se sueña, es un estado de sueño muy profundo. – Explicó de forma superficial, ya que veía que su prima no estaba del todo interesada de escuchar mucho acerca de eso.

- Oh, ya veo. – Rió. – Interesante. – Dijo en un tono que a Aya se le antojó sarcástico. Aunque para ella si era interesante, el onirismo según su opinión era fascinante. – Y dime, ¿cómo está Daisuke? – Preguntó, ya que Sakura le tenía un gran cariño a su primito, posiblemente porque Daisuke hacía uso de la melosidad para conseguir sus objetivos, pensó Aya.

- Bien, supongo. Cuando salía de la casa, lo escuchaba cantar en el baño una canción del Elton John mientras se bañaba. – Explicó tranquilamente mientras que Sakura estallaba en carcajadas. – Haciendo tanto escándalo el mocoso ese, le iba a decir que se aplacara pero vi que ya te había hecho esperar mucho. – Continuó. Sakura aminoró su risa y miró divertida a su prima.

- Vaya, jamás creí que alguien se podría parecer tanto a otra. – Comentó para extrañeza de Aya. – Eres idéntica a tu papá. – Concluyó. Aya se sonrojó y parpadeó confundida.

- ¿Eh? ¿Eso por qué? – Preguntó inocentemente. Sakura volvió a reír.

- Pues por todo, por tu vocabulario, tu forma de ser, tus gestos. ¡Incluso la mirada es idéntica! – Exclamó casi incrédula. Aya le miró un tanto suspicaz, aunque ya se lo empezaba a creer, todo el mundo le decía exactamente lo mismo.

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Sota jugaba la pelota con su sobrino Daisuke. El niño hiperactivo había resultado ser la copia exacta de Sota, con unos cuantos rasgos de Yuka. Pero se le parecía más a su tío y padrino de bautizo.

- ¿Sabes quién es Thomas Edison? – Cuestionó el niño mientras rebotaba la pelota. Su tío posó sus pícaros ojos en el niño mientras que con agilidad le arrebataba la pelota de básquet.

- Creó la bombilla, ¿no? – Preguntó. El niño asintió.

- ¿Y sabes quién está en el billete de cien dólares? – Continuó con su cantarina voz.

- Benjamín Franklin. – Dijo tranquilamente. El niño volvió a asentir.

- ¿Y de qué color es el sudor de los hipopótamos? – Dijo intentando conseguir que su tío no respondiera a cada pregunta de forma tan tranquila.

- Rojo. – Dijo encestando imaginariamente sobre la pared del solar de la casa de la abuela de Daisuke y Aya. El niño tomó la pelota y continuó el juego.

- ¿Y quién descubrió América? – Probó una vez más.

- Cristóbal Colón. – Volvió a responder acertadamente. El niño finalmente se rindió, hasta que tuvo una idea.

- ¿Por qué Plutón ya no es un planeta? – Probó una última vez. Su tío sonrió acabando el juego y posando amorosamente una mano sobre la cabeza del pícaro niño.

- Porque pertenece al Cinturón de Kuiper. – Le sonrió devolviéndole la pelota. El pequeño de nueve años le miraba extasiado.

- Sota, eres un genio. – Dijo con asombro. El aludido sonrió agradecido. – Igual que Aya. – Agregó. Sota enarcó una ceja con curiosidad.

- ¿Sí?

- Sí, ella sabe mucho, igual que mi mamá. – Dijo con vehemencia. Sota rió y asintió.

- Sí, ellas dos son muy inteligentes. – Estuvo de acuerdo. – Al igual que tú. – El niño amplió su sonrisa. Él también era la viva imagen de su madre, sólo que poseía el cabello y el color de piel igual a su padre. Pero sus ojos eran tan grandes y expresivos como los de Kagome y su personalidad a veces exageradamente extrovertida la había heredado de su tío, a quien había denominado como genio

- Lo sé, yo soy un genio. – Comentó con inusitada seguridad que hizo reír divertido a Sota.

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Aya miraba divertida a sus padres tan relajados y riendo sin parar mientras cantaban. El primero era Inuyasha.

Parece que
El miedo ha conquistado
tus ojos negros
profundos y templados
¿Qué va a ser de ti? ¿Qué va a ser de ti?

Luego le seguía Kagome.

Panteras son
vigilan mi destierro
me he condenado
y en ellos yo me encierro
¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de mí?

Después era el dúo.

Miénteme y di que no estoy loco
Miénteme y di que sólo un poco
quién teme... quién teme di... si yo me
pierdo

- ¡Oigan, cantan horrible! ¡Cállense! – Demandaba Daisuke enfadado por el bochinche que habían creado sus padres mientras reían y cantaban durante el viaje. Kagome volteó hacia el asiento trasero, miró primero a Aya que sólo se limitaba a mirar divertida su hermano menor que luego volvió los ojos a su madre, que miraba retadora a su hijo.

- ¡Ah, ahora no podemos ni cantar! – Decía divertida al ceñudo niño. – Anda, Daisuke, anímate y canta tú también, muchachito. – Le animaba Kagome.

Mi corazón
salvaje y estepario
lamo poemas caídos de tus labios
¿Que va a ser de mí? ¿Que va a ser de ti?

Tu pecho es
tan cruel como bendito
tu cuerpo en fin
Babel y laberinto
¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de ti?

Aya movía ligeramente su cabeza de un lado a otro mientras se animaba con la canción y miraba por fuera de la ventana los grandes pastizales y sembradíos a los lados de la carretera. La vista era relajante y la expectativa del viaje y lo que gozarían en los pueblos más recónditos de Japón era bastante emocionante, pese a que siempre viajan hacia el mismo lugar cada año. Después de todo, cada visita era diferente y siempre sucedían cosas irrepetibles en el año siguiente. Miró divertida a su papá tan tranquilo manejando la camioneta y cantando a todo pulmón junto con Kagome. Era una situación realmente amena.

Miénteme y di que no estoy loco
Miénteme y di que sólo un poco
Miénteme y di que no estoy loco
Miénteme y di...

Mil años pasarán
y el duende de tu nombre
de luna en luna irá
aullando fuerte woh! woh! woh!

Observó a su hermano enfurruñado en el asiento mirando con rencor a sus pésimos cantantes progenitores. Sonrió divertida.

- Aplácate, muchachito. – Dijo dándole suave palmaditas sobre su cabeza. El niño volteó a verle algo molesto. Aya sonrió y sacó de su bolso un paquete de goma de mascar. A su hermano se le iluminaron los ojos y se los entregó. El pequeño olvidó por completo su rabia.

Sus padres se hacían los ausentes del mundo pero ambos por el espejo retrovisor habían visto la escena. Aya sólo se daba cuenta de esto demasiado tarde y sonrojándose ligeramente se cruzaba de brazos haciéndose la loca cada vez que pasaba.

Tanto Inuyasha como Kagome nunca decían nada o parecían inconscientes de lo que sucedía cada vez que sus hijos tenían algún gesto de cariño el uno con el otro, pero siempre sabían cuando ocurrían y aquello les alegraba enormemente. Después de todo, Aya había crecido con un temple tan fuerte como el de su padre y su inclinación por las cosas tiernas como el de su madre. Ella no era copia de ni uno ni del otro como decía la gente, para ellos, ella era única, su orgullo y muestra de que tantos esfuerzos y atenciones habían valido la pena. Y su pequeño Daisuke resultó ser un caso un tanto intimidante por su condición de niño hiperactivo, claramente opositor y con una inteligencia abrumadora que no tenía que envidiarle nada a ningún niño superdotado y sin embargo, el pequeño había ido madurando de buena forma y tenía un corazón de oro que a veces le traía altercados siempre tratando de atender a los demás.

Miénteme y di que no estoy loco
Miénteme y di que sólo un poco

Ellos habían tenido una estrecha amistad con la familia Houshi y Aya fue amiga por un tiempo de Akari, aunque las diferencias de personalidades las fueron alejando, sin embargo, no dudaban en que ambas familias tenían una conexión especial, quizá fuera de este mundo y también sabían que estaban bien así. Puesto que todos habían triunfado. Y aunque la familia de Inuyasha se hubiese llevado el chasco de su vida al ver la copia de Kagome en Aya, seguían queriendo a sus nietos, pese a que le tuvieran cierta reticencia a Aya, puesto que uno de sus dones, heredado de su madre, era ser bastante observadora y enterarse de lo imperceptible para otras personas. Digamos que sería algo como intuición bastante desarrollada.

Kagome sonrió. Todo había salido bien después de todos los percances y sus hijos fueron una bendición mayor de la esperada. Ambos agudamente inteligentes y dos panes de avena como su esposo. No podía esperar ni pedir nada más. Estaba agradecida con Dios y con la vida por ellos. Ella tenía una segunda carrera y su esposo tenía bastante éxito en su trabajo. Y pese a los problemas que se den, ella poseía la convicción de que lograrán superarlos y seguir adelante. Una alegría le invadió el pecho y miró el paisaje frente a sí con renovados ánimos a la expectativa del futuro. Miró a Inuyasha inspiradísimo cantando, a su hija entretenida con el paisaje y a Daisuke alegre, jugando con su gameboy. Sí, aquello era lo que quería y todo ahora estaba bien. Volvió su vista nuevamente a su esposo y se animó a seguir cantando junto con él a la expectativa de un viaje que sería muy provechoso para todos.

Y como un lobo voy detrás de ti
paso a paso tu huella he de seguir
y como un lobo voy detrás de ti
paso a paso... paso a paso...

FIN

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T.T Terminé este fic, créanme que en este fic he dejado mi alma, les juro que es así. Aya soy yo, si les caí bien que bueno, sino, ni modo xD Y quienes se hayan enamorado de mi hermano, de verdad si fuera por mí se los regalaría con todo el gusto del mundo xD. Pero mis papás lo quieren mucho, así que está difícil :P

La canción es de Miguel Bosé (y de verdad mis papás la cantan en los viajes xD) se llama "Como un lobo"

Con respecto a mi cumpleaños, la pasé muy bien, muchas gracias por haberme deseado un feliz cumpleaños, porque la verdad que me gustó mucho. En el capítulo me puse quince años, puesto que apenas y recién acabo de cumplir los dieciséis xD por si les quedó duda de mi edad ;)

Esto creo que es fin y epílogo junto, así que dudo que haya una continuación a esto, por ello, tomen literalmente este capítulo como el final. Me ha gustado mucho escribir este fic, puesto que todos sus personajes existen en la realidad y representan para mí personas importantes y valiosas. (¡No se atrevan a dudar de la inteligencia de mi tío! ¡Él es omnisciente! ¡De verás que sí!) Además, que salgo yo, o sea, describirme a mí fue todo un reto. Tengo defectos y aquí los representé,- al menos algunos-, y también mis dones, obviamente eso no representa todo mi ser, pero al menos dejo plasmada lo más importante. Igual con mi hermano, mi prima, mi tío. Pienso que más detalles de mi vida no hubiese podido dar a conocer, por tanto, si les ha gustado, pues, me alegra mucho y espero saberlo mediante sus reviews. Muchas gracias por sus reviews, por su apoyo y nos seguiremos leyendo en mis otros fics, tantos los que me falta terminar como los que vendrán. Un beso muy grande y un abrazo (los virtuales si los tolero ñ.ñU) de verdad que estoy agradecida con todas ustedes. Y bueno, una vez más, que hayan disfrutado de esta "producción" mía, nos leeremos en mis otros fics. Sayonara n.n