Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 21

Silencioso, sin emitir el más mínimo sonido, Black se refugiaba en la soledad de su oficina mirando el fuego de la chimenea arder. Allí, sentado en la misma silla que vio usar a Red tantas veces, Black se ponía cómodo divirtiéndose al imaginar la cara de Red si pudiese verlo en aquel lugar. Desearía ver su expresión, desearía reírse de él ahora que tomó lo que siempre buscó.

Recordando el pasado por millonésima vez, Black se vio a sí mismo años atrás cuando se dejó convencer por la disparatada idea de Red quien, invirtiendo su fortuna, se dispuso a crear un grupo de mercenarios y matones que le hicieran ganar más dinero por medio de robos y demás atracos. Pero, meses después, se presentó una oportunidad que Red no dudó en tomar.

Habiendo comprobado, personalmente, el latente y creciente disgusto de varios habitantes de pueblos y aldeas, Red se dio cuenta que podía sacarle provecho a esa situación si la llevaba al siguiente nivel. Black, en un principio, consideró que aquello era una locura que sólo lograría que los mataran a ambos. Sin embargo, hoy en día, debía agradecerle a Red por su necia persistencia.

Usando hasta el último centavo en sus bolsillos, Red comenzó a financiar una diminuta organización de rebeldes que, contra todo pronóstico, se proponía alcanzar la independencia del gobierno mundial creando una nueva nación donde, obviamente, Red sería proclamado como gobernante absoluto. Black, sin separarse de Red, vio como aquello crecía sin control ni freno.

– ¿Quién hubiera imaginado que el maldito enano lo conseguiría?

La Patrulla Roja, como bautizó Red a su coalición, inició con tácticas de guerrilla y terrorismo llamando rápidamente la atención del planeta entero. El Rey, creyendo que no era un problema grave, pensó que en cuestión de unas semanas aplastaría a los separatistas encarcelándolos de por vida. No obstante, para su desgracia, haberlos subestimado fue un error imperdonable.

Año tras año, el espíritu de revolución fue contagiando a más ciudades y poblados engrosando las filas de la Patrulla Roja. Robando instalaciones militares y con el apoyo de asesinos a sangre fría como Tao Pai Pai, Black presenció desde un sitio privilegiado como el orbe contenía el aliento con cada victoria de Red quien plantaba su bandera a medida que su avance se volvía imparable.

Muchísima gente inocente murió en los combates pero a Red, como era de suponer, poco o nada le importó. Su demencial iniciativa fue expandiéndose tanto que el número de bajas por parte del gobierno mundial triplicaba las suyas; si bien tenía menos recursos, el Rey era incapaz de detener a un pequeño gigante que pisaba con fuerza en su camino hacia la capital.

– Y luego, cuando tenía prácticamente en sus manos al Rey, Red lo tiró todo por la borda…

Con el peso de la opinión pública aplastándolo, el Rey no quería que su figura fuera señalada como culpable de la crisis, lo cual, consecuentemente, lo empujó a ceder ante las presiones para hallar una solución rápida y pacífica a la guerra. Así pues, no teniendo otra alternativa, el soberano se atrevió a entablar negociaciones de paz con la Patrulla Roja dispuesto a escuchar sus peticiones.

Durante muchos años, el gobierno le ha dado la espalda a miles de ciudadanos en las regiones más alejadas del mundo que lo único que desean es prosperidad para sus familias–Red, empleando su elocuencia, no se tardó en lanzar acusaciones contra el mismísimo Rey quien se encontraba sentado al otro lado de la mesa de negociación–he escuchado los clamores y las quejas de todos ellos, y con los reducidos recursos que poseo a mi disposición, me atreví a hacer lo que fuera necesario para terminar con esta injusticia…

¿Adónde quiere llegar con todo esto? –Black, como si fuese ayer, escuchó la voz del antiguo Rey hablándole a Red–yo siempre me he preocupado por ser justo con todos mis súbditos, siempre he deseado lo mejor para cada uno de ellos…

¡Mentira! –Red, sin temor alguno, se atrevió a interrumpir al Rey ante la mirada atónita de los presentes–he visto la miseria y la pobreza con la cual usted, mi Rey, abandonó a incontables de sus súbditos. A usted sólo le importan las grandes ciudades, allí la leche y la miel fluyen como ríos en medio de un bosque. Pero más allá de los límites de su castillo, el hambre y la ruina son los que reinan…

El Rey, no sabiendo qué decir, se quedó mudo dándole más armas a Red para atacarlo.

Esta guerra se ha prolongado mucho más de lo que esperábamos, pero continuará cuánto tiempo sea necesario con tal de ver nuestras súplicas siendo escuchadas–Red, poniéndose de pie, le apuntó con sus manos a los varios mapas que yacían esparcidos en medio de ambos bandos–exigimos de inmediato la independencia; si quiere que el derramamiento de sangre se termine definitivamente, entonces acepte que ya no queremos formar parte de su reino.

¿Está hablando en serio?

Nunca antes en toda mi vida había hablado más en serio como ahora…

Ustedes y su revuelta han causado la muerte de millones, no puede pretender que en un abrir y cerrar de ojos acepte lo que me exige.

En ese caso, continuaremos luchando–creyéndose sus propias mentiras, Red se sentía inspirado pensando que en verdad era el único que podría derrotar al Rey–lucharemos en los mares y océanos; lucharemos en las playas; lucharemos en los aeropuertos; lucharemos en los campos y en las calles; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos. Nunca…

El Rey, con total asombro, jamás imaginó que existiese alguien con las agallas suficientes como para rebelarse y arrinconarlo como Red lo estaba haciendo.

Ya me escuchó, nunca nos rendiremos–imparable, Red no renunciaría a la victoria–daremos hasta la última gota de nuestra sangre con tal de salir de su reino; un reino que nos ha olvidado, nos ha mancillado y nos ha escupido al rostro. Seremos libres, cuente lo que cueste.

Black, sentado al lado de Red, miró cada uno de los rostros de tanto el monarca como de sus consejeros. En ellos, Black no encontró más que rabia y miedo. Sabía que de persistir la guerra, la opinión de las masas empeoraría obligando al Rey a detener la matanza como sea. Por ende, sonriendo con disimulo, Black esperaba que Red no negociara y ganara más territorio.

¿Usted me da su palabra que si acepto sus términos esta guerra se acabará en el acto? –Cuestionándole, doblegándose ante Red, el Rey quería terminar con aquella conversación a como dé lugar– ¿me garantiza que bajarán las armas y los combates se terminarán?

Su majestad, soy un hombre de palabra; de honor…–convirtiendo sus defectos en virtudes, Red no quería arriesgar tanto trabajo siendo demasiado codicioso, por eso, prefería quedarse con lo que ya tenía en su haber–concédanos la libertad a todos nosotros, además de entregarnos los territorios que controlamos. Si usted nos da eso, la guerra se terminará instantáneamente…

Black, volteándose hacia Red, sólo se limitó a fruncir el ceño sintiéndose traicionado por él. Se suponía que conquistarían el mundo entero, ese era el objetivo que pactaron prometiéndose que no se detendrían hasta conseguirlo. Inclusive, horas antes, le aseguró que no claudicaría ni firmaría ningún pacto con el gobierno mundial. Le afirmó que no descansarían ni se contendrían.

Empero, comprendiendo que no contaba con las influencias necesarias, Black se vio forzado a mantener la boca cerrada mientras los eventos continuaban con su rumbo.

En todos mis años como soberano nunca imaginé un escenario así, siempre intenté hacer lo correcto para todos pero veo que me equivoqué–poniéndose de pie, el anciano Rey ignoraba los susurros de sus concejales quienes le insistían en no flaquear ante Red–veo con tristeza que mis errores han llevado a la muerte a millones en los dos bandos, eso es algo que tendré que llevar en mi conciencia hasta el final de mis días.

Agachando la mirada, soltando un largo hálito de cansancio y dolor, el Rey hizo caso omiso a sus más fieles sirvientes quienes intuían lo que haría.

A partir de este instante el mundo entero ha cambiado para siempre, luego de este día no volverá a ser el que alguna vez fue…–respirando con pesadez, su avanzada edad hacía mella en él–sé que mis consejeros protestarán por mi decisión, pero si es la única forma de devolverle la paz a incontables familias entonces no vacilaré…

¡Hable claro, su majestad! –Grosero, fiel a su estilo, Red no le brindaba ninguna pleitesía– ¿acepta mis términos sí o no?

La respuesta ya era más que obvia; aún así, que fuera dicha era una incipiente necesidad.

Sí…

Al día siguiente, en esa misma mesa de negociación, rodeados de una multitud de cámaras fotográficas y televisivas, tanto Red como el Rey firmaron el tratado de paz que le dio fin a una larga y dolorosa confrontación que envió a la tumba a cientos de miles. Un tratado de paz que dibujó una profunda línea en el globo terráqueo, una marca tan grande como una cicatriz.

Y Red, a pesar de sus crímenes, era señalado casi como un símbolo de renacimiento para quienes caían seducidos por la utópica nación que él les prometía a sus partidarios. Otros, con mucha razón, lo señalaban como un asesino que se salió con la suya al arrinconar a un débil y envejecido Rey que no podía detenerlo ni contenerlo.

Así pues, aquel hombrecillo pelirrojo, aquel sujeto tan diminuto como una hormiga, destrozó el orden establecido alterando la faz de la Tierra creando un país en el cual se autoproclamó gobernante. Si bien los cañones se silenciaron, el daño ya estaba hecho. Y como si fuese un efecto dominó, los aires de rebeldía soplaron por los cuatro vientos generando más y más sedición.

En un abrir y cerrar de ojos más sitios alzaron la voz exigiendo su independencia, a lo que el Rey, postrado en su cama a muy poco de fallecer, ni siquiera intentó detener. La monarquía colapsó sobre su propio peso, la daga que Red clavó en ella la hirió de gravedad. Y Black, viendo aquello como una oportunidad de oro, maldijo a Red por no haber actuado concretando su meta final.

– Bueno, no puedo negar que haber sido paciente tuvo sus beneficios–mirando como un trozo de leña se carbonizaba al ser devorado por el fuego, Black se comentó a él mismo–el idiota de Red me dio más de lo que yo esperaba, pero nunca se esforzó por salir de su zona de confort.

Siendo el segundo al mando en la recién nacida Federación Revolucionaria del Este, Black disfrutó de su posición por un tiempo teniendo que soportar las constantes estupideces y caprichos de Red quien, sintiéndose casi como un dios, gozaba de los más deliciosos placeres sabiendo que nadie podría quitarlo de la cima de la montaña.

Pero, sin saberlo, dicha suposición no era más que una ilusión.

Muchos intentaron conspirar en su contra cuando no obtuvieron lo que Red les prometió, y uno tras otro, al tratar de eliminarlo, únicamente lograron acabar con ellos mismos. Black, con astucia, escuchó las protestas de algunos convenciéndolos de no atacarlo de frente prefiriendo hacerlo por la espalda. Tal sugerencia generó asombro aunque, igualmente, ganó adeptos.

Haciéndoles promesas todavía más grandes que las de Red, Black susurró en los oídos de todo aquel que en el futuro le sería de utilidad. Desde soldados rasos hasta generales condecorados, Black se dedicó a la construcción de un gobierno secreto que tomaría el poder tan pronto como Red fuese liquidado. Fue una tarea laboriosa y lenta; pero que llegado el momento daría frutos.

– Creo que ya es hora de salir de las sombras, me hubiese encantado ver la expresión de Red cuando se entere de todo…

Levantándose, delineando su silueta en la habitación gracias a la luz de la chimenea, Black caminó con lentitud hacia el escritorio que le pertenecía a Red apoderándose de él. Y allí, rápidamente, extendió una mano hacia el teléfono. En cuestión de unos minutos, realizó una serie de cortas y veloces llamadas diciéndoles a sus aliados la noticia que esperaban desde hacía décadas.

Habiendo esperado en demasía, muchos de sus cómplices no creyeron en sus palabras al escucharlas pero, al percibir la seriedad en su voz, no se demoraron en comprender y sin rodeos ejecutaron el plan. Uno a uno, en distintas locaciones de La Federación, los socios de Black se colocaron en sus posiciones aguardando únicamente que Black lo hiciera público.

Sin embargo, inevitablemente, los que no estaban del lado de Black opusieron resistencia al ser testigos del golpe de estado. En muchísimas de las bases militares a lo largo y ancho del país se enfrentaron los unos a los otros a pesar de usar el mismo uniforme; los tiroteos tomaron por sorpresa a muchos quienes, al verse amenazados por las armas de sus camaradas, se rindieron.

– Y como lo sospechaba, no puedo comunicarme con el doctor…

No tenía sentido negarlo, su intuición le gritaba que algo no andaba bien. Casi desde el comienzo su confianza en el brillante pero desequilibrado Doctor Gero fue desmoronándose, tercamente se decía que aquello era parte de la excéntrica personalidad del científico; aún así, en épocas recientes, su aislamiento ya se tornaba notoriamente sospechoso.

Para Black, lo quisiese o no, Gero era una pieza clave en su tablero de ajedrez ya que éste le brindaría la ventaja tecnológica en caso de desatarse un frenesí bélico. No por nada lo salvó de morir cuando Red, al considerarlo inservible, ordenó su ejecución arriesgando su pellejo con tal de mantenerlo con vida. Así pues, en sana teoría, Gero debía retribuirle aquel añejo favor.

– Más le vale que esté teniendo dificultades técnicas; de lo contrario, haré lo que Red trató de hacer…

Si bien ya era muy de noche, un nerviosismo muy humano y la adrenalina en sus venas lo mantenían despierto confiando que, al salir el sol, pudiese mostrarse ante todos los habitantes de La Federación como su nuevo líder. Por ende, mirando el paisaje nocturno adornado por las luces artificiales de los edificios, Black no imaginaba cuál era el destino de Red en ese mismo instante.

A diferencia del helado pero tranquilo clima de La Federación, en la isla donde se llevaron a cabo las audiencias sobre el diferendo diplomático entre el Este y el Oeste, la torrencial tormenta tropical que destrozaba el cielo liberaba litros y litros de agua que caían sin parar. Y Amadeus, o mejor dicho, Videl, soportaba el golpeteo de las gotas de lluvia chocando contra ella.

Teniendo precaución de no resbalar, Videl descendía por la escalera anexa al hotel tan rápido como su lastimado cuerpo se lo permitía. Las sanguinolentas cortaduras provocadas por Amazon y Red le hicieron perder una gran cantidad de su líquido vital, lo cual, natural y consecuentemente, le restó fuerza y lucidez obstaculizando su huida.

A medida que seguía bajando por la escalerilla, su casi dormida conciencia debatía hacía dónde se dirigiría una vez que las plantas de sus pies tocaran el suelo. Era más que claro que continuar en aquel sitio era prácticamente un suicidio; no obstante, su cabeza se dividía al considerar dos posibles rutas: tomar cualquier avión sin importar cuál fuese su camino o ir a buscar a Gohan.

Gohan.

¿Por qué su imagen cobraba más ahínco en sus pensamientos?

Red, sin una razón creíble, la envió a asesinarlo como lo había hecho antes con todo aquel pobre diablo que se topaba con ella. Pensando que sería una misión rutinaria, no esbozó una estrategia complicada aplicando las mismas tácticas de antaño. Lo conocería, se ganaría su amistad, acortaría la distancia entre ambos y, bajo la calidez de las sábanas, le haría el amor hasta dejarlo exhausto.

Aquello siempre le funcionaba, era su sello de garantía: todos y cada uno de sus objetivos terminaba desvistiéndola en escasos minutos, acabando desnudos en la cama atrapados en un desquiciado baile de alcohol y sexo. Pero Gohan, por algún motivo desconocido para Videl, no se comportó como ella lo vaticinaba entorpeciendo su repetitiva y destructiva labor.

Gohan, en muchos años, le obsequió algo que creía haber olvidado: respeto. Gohan, ante todo, la miró con un solemne y honesto respeto.

Él, no atreviéndose a tan siquiera tocarla, nunca mordió el venenoso anzuelo que le ofrecía comportándose con ella como un verdadero caballero. Videl, incrédula y gratamente sorprendida, descubriría que Gohan era pésimo para tratar con mujeres rayando en niveles casi infantiles. Aunque, tal característica, lo coronaban como uno de los últimos hombres sinceros que conocía.

Gradualmente, Gohan dejó de ser su siguiente nombre en la lista convirtiéndose en un inesperado foco de esperanza. Algo que, sin saber explicarlo o definirlo, la enviaba en su dirección indicándole que él era su salida no sólo de la isla; sino también, de su infernal y miserable esclavitud. Gohan, sin saberlo, era su estímulo para no tirar la toalla exorcizando sus más férreos demonios.

– Está decidido, lo buscaré…–hablándose con voz casi inaudible, Videl se esforzaba por llegar al piso que se acercaba a ella con cada uno de sus pasos–no tengo nada que perder, será todo o nada…

Saltando, no conteniendo las ganas de hacerlo, Videl se arrojó cuando vio los insignificantes centímetros que la separaban de la superficie terrestre. Como si fuese una niña jugando, no le interesó caer en un amplio charco al trastabillar perdiendo el equilibrio. Y allí, padeciendo incontables dolencias, Videl se carcajeó feliz saboreando su tan ansiada libertad.

– Ahora lo que necesito es un auto…

Olvidándose del aguacero que la mojaba de arriba a abajo, Videl observó los automóviles que se hallaban no muy lejos de ella escogiendo uno que permanecía apagado e inmóvil. Caminando con torpeza, al borde de caerse, la homicida se reclinó sobre la carrocería tomándose un segundo para recuperar el aliento reuniendo energías para proseguir.

Colocándose frente a la puerta del conductor, Videl impactó la ventanilla con varios codazos en un enloquecido esfuerzo por romper el cristal para lograr entrar en él. Empero, para su desazón, era tal su cansancio que ni siquiera alcanzó a crear ni una grieta en el vidrio. Al contrario, terminó blasfemando soezmente al sentir el nervudo reclamo de su brazo al entumecerse.

– ¡Maldita sea! –Cayendo de rodillas sobre el pavimento, Videl maldijo su suerte al fracasar–me siento como una inútil, así nunca saldré de esta desgraciada isla…

Empapada y agotada, Videl luchó contra la tentación de dejarse vencer sucumbiendo sin remedio. Ya no podía dar más, había llegado al límite de sus capacidades sintiendo como sus músculos la traicionaban atacándola con insoportables espasmos. Aún así, como si un ángel viniese a rescatarla del averno, el inesperado ruido de un claxon pitando sin parar llamó su atención.

– ¡Qué escándalo!

En primera instancia no parecía ser algo sobresaliente pero, agudizando su visión, Videl se percató como una mano se asomaba al exterior de la camioneta que, continuamente, sonaba su bocina. Cualquiera hubiera conjeturado que dichas señas eran para ella; pese a eso, Videl desconfiaba de hasta su propia sombra viendo con malicia tal cosa.

– ¿Acaso es una broma o una especie de chiste? –Videl, levantándose con problemas, no despegaba sus azuladas retinas de aquel automotor– ¡demonios, no estoy de humor para juegos!

Algo en su interior se lo aseguraba, era un presentimiento extraño que la halaba jurándole que todo saldría bien. Videl no era una mujer de creer en supersticiones, pero sería una hipocresía no escucharlas ahora luego de haberlas obedecido en las últimas semanas. Así pues, impulsada por aquel sentimiento, Videl reanudó su marcha apresurándose lo más que podía.

Si bien sabía claramente que Amazon y Red yacían muertos en la habitación que los albergó, su instinto se mantenía alerta en caso que debiera defenderse de un nuevo atacante. Desgraciadamente, Videl comprendía que no se hallaba en condiciones para sostener un tercer combate después de hacerles frente a Red y a Amazon.

Su raciocinio le aconsejaba detenerse; su corazón le rogaba que continuara.

Como si se tratase de un choque de trenes, aquellas ideas opuestas y contrarias se embestían la una a la otra entretanto Videl se aproximaba a aquel auto. Aunque, sorpresivamente, el universo completo pareció ralentizarse hasta congelarse cuando Videl, estando a unos metros, notó como varias manchas rojizas en el parabrisas pintaban un cuatro sangriento y nada alentador.

– Amadeus…Amadeus…

Una voz, resonando en sus oídos, provocó que el cosmos se reactivara sacándola de aquella burbuja atemporal donde se encerró.

– ¿Amauri?

– ¿Por qué diablos tardaste tanto en aparecer? –la rubia, con una débil sonrisa, le protestó al estar reclinaba en el asiento del conductor–no tienes idea de todo lo que tuve que hacer para mantenerme consciente, estuve esperando que aparecieras desde hace una eternidad…

Videl, arrastrando sus piernas, finalmente llegó accionando la cerradura para abrir la puerta encontrándose con una imagen que, horrorizándola, borró de su entorno la lluvia que caía sobre ella. Amauri, con sus ropas ensangrentadas, lucía un rostro pálido cuya tez era un presagio de lo que ocurriría irremediablemente.

La pelinegra, deteniéndose junto a su maltrecha amiga, no resistió el deseo de abrazarla sintiendo el interminable temblar que sacudía sin piedad a la rubia. Amauri, sonriéndole con una infinita paz, tragó saliva queriendo despedirse comprendiendo que la parca se la llevaría en menos de lo que cantaba un gallo. Y así, sin más retrasos, no pudo evitar hacerle la gran pregunta:

– ¿Lo acabaste, lo eliminaste? –cuestionándole, la rubia quería la respuesta de inmediato–por favor Amadeus, dime que lo enviaste al maldito infierno…

– Está hecho, está hecho…–musitando, Videl le replicó–Red está muerto, lo maté con mis propias manos. Incluso también me encargué de Amazon, ninguno de los dos nos volverá a fastidiar…

– ¿No me estás engañando, verdad? –sujetándola de la húmeda chaqueta que traía puesta, Amauri la interrogó–no te atrevas a mentirle a una moribunda…

– Confía en mí, los dos están ardiendo en el infierno ahora mismo…

– Cómo desearía ir a celebrar, me gustaría tomar un trago y bailar toda la noche–con una pizca de humor, la rubia le expresó con total sinceridad–sólo lamento que el malnacido de Tao Pai Pai se haya salido con la suya, ese infeliz también merecía lo mismo…

– No te preocupes, estoy segura que algún día recibirá su castigo–la ojiazul, soltando algunas lágrimas, le alegó con una mezcla de esperanza y rencor–el karma se encargará de él, tenlo por seguro…

– Me gustaría poder moverme y darte el asiento pero no puedo hacerlo con libertad, apenas tengo fuerzas para hablar–lamentando su actual estado, la blonda le comentó– ¿podrías empujarme al asiento del pasajero?

A duras penas, y teniendo mucha delicadeza, Videl le dio un suave empujón que hizo que su camarada se reclinara en el asiento del pasajero. La rubia, librando su última batalla, se reacomodó lo mejor que pudo cediéndole el espacio del conductor a la pelinegra quien, protegiéndose de la tormenta, se introdujo cerrando la cabina con un sonoro portazo.

– No te queda mucho tiempo, Amadeus. No olvides lo que te dije de las transmisiones de radio que intercepté hace unos meses, en cualquier momento Black y su cómplice en Yunzabit podrían usar las armas que tienen escondidas allí–la rubia, apoyando su nuca en el cristal de la ventanilla, no quiso dejar cabos sueltos antes de partir–vete al aeropuerto, busca a Gohan y cuéntale todo lo que sabes. Sé que el trato que hice ya no me servirá de nada, pero estoy segura que para ti será una nueva oportunidad; será un nuevo comienzo…

– ¿Cómo llegaste hasta aquí? –interrumpiéndola, Videl no entendía cómo llegó hasta allí–Amazon me dijo que te asesinó, yo de verdad creí que…

– Fui una estúpida en creer que la vencería yo sola; pero quería vengarme por todas las burlas que me escupió al rostro por tantos años–aclarándole aquel punto, la rubia le explicó–fue un milagro que sobreviviera a esa pelea, cuando recuperé el conocimiento estaba columpiándome en las ramas de un árbol…

– Tal vez debería llevarte a un hospital, aún tienes tiempo…

– ¡No, no! –Negándose, la rubia detuvo sus intenciones cuando Videl se disponía a encender el motor–quiero esto, de verdad lo quiero. Me voy a casa, Amadeus. Me voy a casa con mis padres, ellos me están esperando y deseo volverlos a ver. Además, ambas sabemos que no resistiría, moriría antes de llegar a algún hospital.

Videl, mirándola con una combinación de tristeza y envidia, podía notar un brillo de alegría en aquellos ojos cuya viveza se apagaba de a poco. La pelinegra, en sus adentros, desearía cambiar lugares con Amauri queriendo reencontrarse con sus padres dándole un enorme abrazo a su madre y un beso en la mejilla a su papá.

Frágiles, pero con claridad, una sucesión de recuerdos saltaron en su mente haciéndole revivir momentos que creyó haber perdido con el paso del tiempo. Evocó sus fiestas de cumpleaños, los paseos familiares y los días de campo a la luz del astro rey. Lo deseaba con todo su ser, quería volverlos a ver para pedirles perdón por cada una de las atrocidades que perpetró para Red.

Fue tal intenso ese instante para ella que, como sucedió en medio de su lucha contra Red, sintió las manos de su mamá acariciando y alisando sus largos mechones azabaches obsequiándole su viejo peinado de coletas. No obstante, por mucho que lo deseara, todavía no era su turno para marcharse al más allá. Ese viaje le correspondía a Amauri, aún tendría que esperar su hora.

– Gracias…

Sacándola de sus pensamientos, la rubia le susurró.

– ¿Por qué?

– Por todo, por haber sido la única persona en el mundo que comprendió lo que sentía, por haberme apoyado cuando me desmoronaba, por haber estado allí para salvarme de cometer una estupidez–cada vez más frágil, Amauri perdía sensibilidad en varias partes de su cuerpo–eres la única amiga que he tenido; mientras Amazon y Arcadia se burlaban de mí, fuiste tú quién me sostuvo. Voy a extrañarte muchísimo, pero estaré esperándote del otro lado. Sé que nos volveremos a ver…

Videl, sin resistirse, extendió una mano para tomar la de ella percibiendo lo fríos que se hallaban sus dedos.

– Antes de irme quiero presentarme, quiero que sepas mi nombre real–la rubia, soportando un sabor desagradable en su paladar, se esforzó por ignorarlo–mi nombre es Ireza, fue un inmenso gusto y un honor haberte conocido...

– Yo…yo…–Videl, casi quedándose sin voz, encontró la forma apropiada de responder a algo así–mi nombre es Videl, y el honor fue todo mío…

Luego de eso, la charla se terminó. Quedó postergada para otra ocasión, una ocasión que se daría en la eternidad. Videl, soltando un par de lágrimas, se acercó cuanto pudo para cerrarle los párpados a Ireza quien la miraba fijamente desde el rincón más oscuro de otro plano existencial. Dedicándole un digno silencio, Videl la contempló por un santiamén antes de hablarle de nuevo.

– Gracias a ti por todo, gracias por haberme buscado y rescatado. No habría acabado con Red y Amazon sino hubieras aparecido en aquel callejón para salvarme, gracias a ti estoy viva ahora mismo–escuchando el ruido de la lluvia golpear el techo de la camioneta, Videl le dijo todo aquello que no tuvo la oportunidad de decirle–prometo que encontraré un sitio apropiado para sepultarte, no descansaré hasta que encuentre el lugar perfecto para ti. Ahora ve con tu familia, algún día nos reencontraremos; es una promesa, Ireza.

Volteándose hacia el frente, y con más energías de lo que esperaba, Videl encendió la furgoneta descubriendo que los niveles de combustible eran peligrosamente escasos. Aún así, la última sobreviviente del desaparecido escuadrón de las 4 A, pisó el acelerador dirigiéndose lo más pronto posible al aeropuerto depositando su fe en un plan cuya piedra angular era la improvisación.

A pesar que el clima era propio de un cuento de horror, aquello le permitió conducir por una carretera totalmente despejada y libre de obstáculos. Gohan, como un tenue faro en la negrura, era su único boleto a la salvación comprendiendo que, sin él, su vida no tardaría mucho en extinguirse como una vela azotada por el viento.

Por ende, incrementando la velocidad, Videl no despegó sus azuladas retinas del camino prometiéndose a ella misma y a Ireza que no fallaría. Ella, sin importar las dificultades, lo encontraría. Estaba segura de ello.

– Espérame, Gohan. No me abandones…


– ¿Y dónde está ella, qué está haciendo en este mismo instante mientras hablamos?

Con su mente en blanco y sin saber qué responderle, Gohan descartó cualquier excusa y mentira apelando a la sinceridad más absoluta.

– No tengo ni la más mínima idea, pero confío en que tenga éxito y venga pronto a buscarnos.

Gohan, apretando los puños y sintiendo el sudor deslizándose por su rostro, le imploraba a todas las deidades del universo por su divina intervención. El joven diplomático, si bien no la conocía a la perfección, intuía que sólo él era capaz de rescatarla de aquel abismo tan negro que la rodeaba como un aura de muerte y tormento.

Ten Shin Han, suspirando y frotándose la barbilla, daba la impresión de haber tomado una decisión disponiéndose a darle la contestación que tanto esperaba. Siendo sincero con él mismo la idea no le gustaba nada, aquella mujer podría ser un potencial peligro para escapar de allí. Bulma nunca mencionó a ninguna chica, esa desconocida simplemente no estaba en sus planes.

Pero, experimentando aquel cosquilleo que sentía cuando piloteaba un caza, su instinto le indicaba que tal vez sería un error fatal darle la espalda. Le gustase o no, le era imposible negar que la historia de Gohan sonaba honesta y desesperada. Él, verdaderamente, parecía que haría lo que fuese por salvarla.

– ¿Esto es algo serio, verdad? –Cuestionándole, Ten Shin Han retomó la palabra– ¿esto no se trata de sólo rescatar a una chica hermosa que pasó alguna noche contigo?

– No, te aseguro que no es nada de eso–inquieto, Gohan hizo un par de ademanes con sus manos–como te dije hace un momento, no hay nada entre ella y yo.

– ¿Entonces por qué haces esto? –Queriendo obtener más información, Ten Shin Han lo señaló con un dedo– ¿por qué sacrificar tu única ruta de escape por una mujer que no tiene ninguna relación contigo?... ¿cuál fue la ayuda que te dio que te hace sentir en deuda con ella?

Gohan, bajando la cabeza con resignación, aceptaba que no tenía más remedio que comentarle detalles muy delicados sobre Amadeus. A pesar de saber muy poco sobre ella, para Gohan aquello era más que suficiente para sacarla de aquella isla. Aunque, por otro lado, también entendía que Ten Shin Han podría tirar por la borda su petición cuando le respondiese a sus preguntas.

– Mira, no es fácil decir esto y estoy completamente seguro que me lanzarás fuera de tu avión cuando lo escuches…–buscando el ángulo más idóneo, Gohan mantenía su tono suplicante–su nombre es Amadeus, y por lo que ella me dijo el mismísimo Red la envió para asesinarme cuando me nombraron embajador en La Federación.

– ¿Qué? –Pese a que sospechaba algo fuera de lo común, Ten Shin Han jamás esperó algo así– ¿estás pidiéndome que le permita a una asesina de La Federación abordar mi avión?... ¡perdiste por completo la cabeza!

– ¡Espera, espera por favor! –Apaciguando los ánimos, Gohan trató de preservar la tranquilidad entre ambos–sé que no es algo simple de comprender, pero ella desertó de La Federación y me ayudó a llegar con vida hasta aquí. Yo tenía planeado irme en cualquier otro vuelo antes de encontrarme contigo, no estaba en mis planes pedirte este favor.

– ¿Cómo sabes que ella no te está usando, cómo sabes que todo esto no es parte de sus planes? –Recordando de nuevo cuando Chaos y él fueron derribados por tropas de La Federación, Ten Shin Han sacó a flote su resentimiento contra aquel país–si hago lo que me pides ella podría intentar tomar el control del avión y asesinarnos a todos, no puedes pretender que confíe en alguien que trabaja para Red.

– Ella desertó, desertó…–insistente, Gohan no cedía ni daba marcha a atrás–desde antes que Amadeus me confesara sus intenciones yo tenía raros presentimientos sobre ella, no entendía por qué no la sacaba de mi mente desde el momento en que nos conocimos, y te juro que eso nunca me había sucedido con nadie más en toda mi vida.

– ¿Acaso ella se acostó contigo y le prometiste que la sacarías de la isla? –mordaz, Ten Shin Han lo interrumpió– ¿o quizás ella te prometió que se acostaría contigo si la sacabas de aquí?

– Nada de eso–molesto y ofendido, Gohan le protestó–ella me advirtió de las intenciones de Red, ella me dijo que la disputa en la frontera siempre formó parte de los planes de Red. Él sólo quería una excusa para iniciar una guerra, nunca tuvo la más mínima voluntad de retirar sus tropas de la zona fronteriza. Red lo planeó todo desde el principio…

– Eso era más que obvio, no era necesario que una homicida de La Federación te lo dijera…

Creyendo que todo se desmoronaba entre sus dedos, Gohan se puso de pie inclinándose sobre el escritorio de Ten Shin Han.

– Por favor, te lo ruego, deja que suba abordo y que viaje con nosotros…–ya no sabiendo qué más decirle, dijo lo primero que se le vino a la cabeza–cuando llegue puedes esposarla y mantenerla bajo vigilancia, puedes encadenarla a alguno de los asientos del avión pero permítele que nos acompañe. Yo asumo toda la responsabilidad…

– ¡Ten, Ten!

Justo cuando Ten Shin Han pretendía dar su veredicto final, un asustado y agitado Chaos abrió sin aviso la puerta de la oficina evidenciando con su expresión que algo malo estaba sucediendo. Ten Shin Han, olvidándose de Gohan temporalmente, se levantó de su asiento prestándole su total atención a Chaos quien se robó, igualmente, el interés del embajador.

– ¿Qué sucede, Chaos?

– Tienen que ver esto, las cosas se han complicado aún más…

Intercambiando miradas serias y estoicas, tanto Gohan como Ten Shin Han postergaron su debate acompañando a Chaos quien se apresuró en volver a la cabina de mando donde, un intranquilo Shapner, observaba atento un pequeño televisor que mostraba la imagen de Vegeta. Y Gohan, al ver tal cosa, supuso que sea lo que sea que Vegeta estuviese diciendo no eran buenas noticias.

Seré breve y directo, así que les pido que me escuchen con muchísima atención–con su típico modo de ser, la voz de Vegeta resonó en cada esquina de la aeronave–como obviamente saben, la presidenta Briefs falleció hace unas horas a raíz de un cobarde ataque mientras atendía a la prensa. Ante este acontecimiento y siguiendo lo escrito en nuestra Constitución, el cargo de presidente cayó en mis manos.

Tal afirmación, confirmó las sospechas de Gohan sobre quién sustituiría a Bulma en la línea de mando presidencial.

Relacionado a esto último, la prensa ha divulgado en las últimas horas rumores de un supuesto intercambio de disparos en la frontera con La Federación entre nuestras fuerzas y las de ellos. Y como actual presidente, es mi deber confirmarles la veracidad de estos rumores–terminando de sepultar las inocentes esperanzas de Gohan, Vegeta dijo justamente lo que el diplomático no deseaba oír–una gran movilización de fuerzas invasoras han violado nuestra soberanía territorial y han tomado varios kilómetros de terreno. De inmediato, ante este acto hostil, he ordenado una contundente respuesta por parte de todas las ramas y divisiones del ejército para expulsar a los invasores de nuestro país.

– Es oficial, estamos en guerra con La Federación…–rompiendo el silencio del grupo, Shapner soltó un comentario al aire.

Horas antes de que esto sucediese, una de las patrullas que custodia la capital encontró un rifle con el cual se perpetró el ataque contra la expresidenta Briefs–sin dejar de dar malas noticias, Vegeta continuó con su primer discurso como presidente–uniendo ambos acontecimientos, no me queda la menor duda que los responsables de la muerte de la expresidenta Briefs son el Comandante Red y La Federación. Por lo tanto, abiertamente, le declaro la guerra a La Federación y doy por rotas todas las relaciones diplomáticas…

Diciéndose a él mismo que se quedó sin empleo, Gohan dibujó una triste sonrisa.

A todos aquellos que vivan cerca de la frontera con La Federación, les aconsejo que se retiren de esa zona tan rápido como puedan, evitando así, que el número de civiles muertos sea más grande…–enunciando el final de su comunicado, Vegeta se prestaba veloz a retirarse–sé que muchos de ustedes no me conocen, pero les aseguro que haré todo lo que sea necesario por protegernos a todos de esta agresión. Hasta entonces, me despido…

– ¡Listo, no necesito escuchar más! –alzando la voz con premura, el instinto de supervivencia de Ten Shin Han se activó haciéndolo sentir como cuando servía en la fuerza aérea–Chaos enciende los motores, bajaré a abrir las puertas del hangar para que podamos despegar. Ustedes dos, busquen un asiento y abróchense los cinturones.

– ¡Sí, Ten!

– ¡Alto, espera! –Gohan, tomándolo de un brazo, lo detuvo cuando se prestaba a salir– ¡aún no podemos irnos, aún no!

– ¡Ya tomé mi decisión, nos largamos de aquí ahora mismo! –Encarándolo, Ten Shin Han no se andaba con rodeos comprendiendo el peso de la situación sobre sus hombros– ¡estamos en guerra, el presidente acaba de decirlo!... ¡no podemos perder ni un segundo o podríamos quedar atrapados en el fuego cruzado!

– Tienes que escucharme, no podemos…

– ¡Ya escuché suficientes tonterías! –interrumpiendo, dejándolo helado, Ten Shin Han imponía su autoridad dentro de su avión–esa tal Amadeus o cómo se llame tendrá que arreglárselas por su cuenta, no me quedaré aquí perdiendo tiempo valioso.

Gohan, todavía sujetándolo, se negaba a soltarlo presintiendo que el rostro le dolería en menos de un santiamén.

– En ese caso tendré que bajarme; váyanse ustedes, yo no me muevo de aquí–armándose de valor, Gohan se esforzaba por no lucir intimidado–sé que hago lo correcto aunque no puedas o no quieras comprenderlo…

– Eres un necio, si de mí dependiera te echaría fuera de una patada pero por la memoria de Bulma me tomaré la molestia de salvar tu estúpido pellejo–soltándose del agarre del diplomático, Ten Shin Han apretó su puño derecho–y si es necesario llevarte conmigo inconsciente, no dudaré en hacerlo…

– ¡Por favor, no perdamos la compostura! –Shapner, intentando mediar entre ellos, los tomó a ambos de sus hombros–yo no tengo cómo agradecerte por lo que estás haciendo, no es obligación tuya sacarnos de aquí pero te pido que te tranquilices. No entiendo por qué mi jefe se está comportando así, pero sea lo que sea no se resolverá con golpes.

– Pues si tu jefe no te lo ha dicho, te lo diré yo–girándose a su izquierda, Ten Shin Han le habló al rubio–este insensato no quiere irse hasta que una mujer llamada Amadeus aparezca mágicamente frente a nosotros, y lo peor es que ella es una asesina de La Federación que podría intentar sabotear nuestro viaje de regreso…

– ¿Amadeus? –Haciendo memoria, Shapner la recordó– ¿están hablando de la mujer que nos dijo los planes de Red?

– Tu jefe, por alguna tonta razón, quiere que esperemos hasta que ella haga acto de presencia para que la llevemos con nosotros.

– Shapner, no es necesario que arriesgues tu vida por mí, vete con ellos. Yo me las arreglaré para salir de aquí por otro medio–Gohan, con intenciones de marcharse, se estaba despidiendo del rubio–les deseo buena suerte, me voy…

– ¡No irás a ninguna parte! –Con rapidez, poniendo en práctica su entrenamiento militar, Ten Shin Han lo inmovilizó al sujetarlo del cuello–quieras o no salvaré tu vida; aunque no lo merezcas…

Gohan, teniendo dificultades para respirar por la fuerte sujeción de Ten Shin Han, le pedía disculpas a Amadeus por no haberla ayudado cómo presentía que ella lo necesitaba. Bajo las actuales circunstancias, para Gohan era más que obvio que no sería capaz de detener a Ten Shin Han quedándose inconsciente por varias horas antes de despertar ya siendo demasiado tarde.

Si bien una parte de él le decía que era inútil continuar luchando, otra fracción de su ser lo incitaba a olvidarse de las palabras y recurrir a la fuerza bruta tratando de ganar más tiempo para Amadeus. Tal idea lo dejó ensimismado, era casi imposible que alguien como él pudiese hacerle frente a un hombre entrenado e imponente como Ten Shin Han. Era una completa locura.

No obstante, sin que lo imaginase, sucedió justo lo que pedía pero no del modo que esperaba.

– ¿Qué fue eso? –Chaos, oyendo en la distancia un marcado estruendo, preguntó dejando a los demás quietos y silenciosos.

Segundos después, una vibración muy potente y violenta sacudió el aeroplano enfriando la discusión entre Gohan y Ten Shin Han forzándolos a hacerse la misma pregunta que Chaos. Empero, aumentando el desconcierto que los invadía, más temblores y retumbos llenaron el ambiente de un aire enrarecido que los hizo suponer lo peor.

Chaos, reaccionando automáticamente, se colocó de nuevo sus auriculares escuchando las desesperadas transmisiones de radio que emitía la torre de control del aeropuerto descubriendo en ellas el motivo de tal caos. Ten Shin Han, soltando a Gohan, caminó hacia su compañero y amigo leyendo sin problemas el semblante aterrado en su faz.

– Es un bombardeo, están atacando la isla–explicándole a Gohan y Shapner, Chaos sólo oía estática e interferencia en la radio–los aviones que la torre de control detectó hace poco sí resultaron ser cazas de La Federación, están justo arriba de nosotros.

– ¿Puedes comunicarte con alguien, Chaos? –Shapner, aproximándose a él, le consultó– ¿puedes pedir permiso para despegar?

– Debo suponer que destruyeron la torre de control porque ya no recibo ninguna transmisión suya…–percibiendo otra poderosa oscilación, Chaos conjeturó que el bombardeo todavía continuaba imaginando la lluvia de bombas que caían por doquier destruyendo todo a su paso.

– ¡Si nos quedamos aquí vamos a morir! –El rubio, entrando en pánico, se giró hacia Ten Shin Han implorando alguna salvación– ¡tenemos que largarnos ahora!

– ¡No! –Sorprendiendo con su cambio de postura, Ten Shin Han dirigió un dura mirada hacia Gohan entendiendo el trasfondo de su decisión–si salimos ahora nos verán y seremos un blanco fácil, salir del hangar nos condenaría a todos…

– ¡Pero eso no evitará que alguna bomba caiga sobre nosotros! –Shapner, señalando un punto válido, le replicó.

– Cierto, pero es lo mejor que podemos hacer por el momento.

Afuera, sin que ninguno alcanzase a verlo, incontables bolas de fuego devoraban los restos ardientes de otras naves que, esperando su oportunidad para despegar, fueron las primeras víctimas de un numeroso grupo de cazas del Este que no tuvo misericordia con nadie. No muy lejos de allí, la terminal aérea compartía el mismo destino convirtiéndose en la tumba de muchos.

Pero no sólo aquel sitio estaba siendo recudido a cenizas, otros puntos de aquella pequeña pero paradisiaca isla padecían dicho castigo llenando de pánico a los centenares de turistas que se hospedaban en diferentes hoteles, generando, de manera desordenada, una estampida humana en busca de hallar algún refugio que los protegiese de las mortales detonaciones.

Desgraciadamente, aquel remoto trozo de tierra en medio del océano sólo era una minúscula muestra de la barbarie que, simultáneamente, acontecía en el Oeste donde el número de fallecidos ascendía con cada minuto dando la ilusión de ser una ola imparable de muerte. Aún así, escuchando los cañonazos todavía en la lejanía, la capital contenía el aliento con gran tensión.

Una tensión que presionaba con fuerza a muchos pero, aún más, a unos cuantos en específico. Yamcha, dormido en una silla sin separarse de Bulma, depositó su fe en la endeble esperanza de poder verla despierta muy pronto. No le importaba cómo, pero Yamcha haría lo que fuese por protegerla entendiendo que Bulma era la única que detendría a Vegeta de ser necesario.

Vegeta, por su parte, resguardado varios metros bajo el suelo, contemplaba con cansancio las imágenes satelitales que le mostraban como sus fuerzas hacían cuánto podían por detener al enemigo. Las tropas del Este demostraban ser un hueso duro de roer, resistiendo un ataque tras otro negándose a retroceder y devolver cada centímetro que han conquistado.

Los pelotones de Tao Pai Pai, aprovechándose de la zona desértica que se extendía frente a ellos, continuaban moviéndose con buen ritmo dirigiéndose directamente hacia la capital del Oeste. Restándole importancia a las heridas que llevaba consigo en su abdomen, Tao Pai Pai quería ser la punta de la lanza que apuñalara al Oeste inmortalizando su nombre en los anales de la historia.

Fijamente, como un depredador que acecha a su presa, Tao Pai Pai fantaseaba con lo que haría cuando llegase a su destino. Imaginó edificios ardiendo, calles teñidas de rojo y a sus soldados apoderándose del corazón de la nación apresando a Vegeta ante los ojos del orbe. Mandando al demonio a Black y Red, Tao Pai Pai gozaba del infierno que lo acompañaba en su conquista.

– Es ahora o nunca, no me quedaré a morir aquí…

Hasky, no queriendo presenciar lo que pasaría cuando los primeros batallones enemigos lleguen a las puertas de la ciudad, no dejaba de apretar el paso acercándose al muelle repleto de embarcaciones. Habiendo conseguido burlar y esconderse de varias patrullas de vigilancia, la gloria parecía encontrarse muy cerca de sus manos.

Oculta detrás de un enorme camión, Hasky alimentaba sus pulmones observando la agitada actividad que mantenía en funcionamiento aquel andén. Pese a las órdenes de Vegeta de amurallar la urbe, algunos navíos contaban con el permiso para zarpar deseando alejarse del peligro que no tardaría en llegar.

La Corporación Cápsula, tratándose de una las compañías más influyentes y adineradas del país, era una de esas excepciones. Por lo que Hasky alcanzaba a ver, un gran transatlántico perteneciente a ese consorcio empresarial era abastecido con muchísimos suministros, vehículos y demás equipos aparentando que se dirigiría a un largo viaje por el mar.

Hasky, no teniendo más opciones para escoger, guardó silencio viendo cómo se iban cerrando las varias compuertas de carga a lo largo del buque. Y allí, en ese mismo instante, aprovechando la oscuridad de la noche, la autora del atentado contra Bulma corrió como una gacela lanzándose al interior de uno de los muchísimos contenedores que eran introducidos a bordo.

Una vez dentro cruzó los dedos para que no la descubrieran, si todo salía bien lograría escaparse en un santiamén. Oyó varias voces a su alrededor mientras la pesada caja que la escondía era acomodada junto a las otras en la bodega de la nave, quería estallar en risas pero debió contenerlas saboreando una placentera sensación de libertad.

Se quedó allí por lo que le pareció una eternidad hasta que, finamente, sintió como el empuje de las hélices los movía hacia adelante alejándose de la metrópoli detrás de ella. Fue tal su regocijo que se olvidó de las precauciones y saltó de su escondite; si bien la penumbra la abrazaba impidiéndose ver con claridad, la luz de la luna que entraba por una ventanilla la ayudó.

Gracias a ella, pudo mirar sin problemas como las luces artificiales se encogían entretanto las olas chocaban con el casco del barco. Nunca antes, en toda su vida de crimen, había sentido tal nivel de paz como el que la recorría de los pies a la cabeza. Hasky, ahora sí riéndose a carcajadas, le deseaba suerte a la capital del Oeste confiando en que sobreviviría para cobrar su recompensa.

Y el mar, meciendo la embarcación con suavidad, los acogía sin advertirles que no eran los únicos en sus aguas.

Fin Capítulo Veintiuno

Hola, muchas gracias por leer este nuevo capítulo. La historia está llegando a su final, ya sólo quedan muy pocos episodios para que se acabe. Terminar con esta historia me alegra mucho pero también me entristece, concluir un fanfic que estuvo congelado por más de tres años me llena de una enorme satisfacción y espero que les guste el desenlace.

Asimismo quiero aclarar un detalle, en la serie todos recordamos que el Rey tenía la apariencia de un perro pero en el mundo de este fic todos los personajes son humanos normales. Por ese motivo, el Rey de esta historia sí es un ser humano. Quería explicar ese punto porque supuse que muchos de ustedes podrían tener esa duda, espero les haya quedado claro.

Antes de marcharme les doy las gracias a Smithback, Yuki Nekoi, Saremi-San 02, SViMarcy, Victor0606 y a Giuly De Giuseppe por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.