Un nuevo anexo de esta antigua historia.
Espero que lo disfruten.
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Anexo 5: Saillune
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La sala de audiencias del palacio real era una inmensa habitación de piedra blanca, como todas las edificaciones de la ciudad de la magia benigna. Se trataba de un amplio pasillo alfombrado, flanqueado por columnas de mármol, el cual llevaba directamente hacia el alto estrado real. Sentado allí, con los dedos bailoteando impacientes sobre la mesa de roble, Zelgadiss Graywords suspiró por enésima vez en lo que iba de la mañana. Los dos ancianos funcionarios sentados a su lado, a izquierda y derecha, fingieron no notarlo. Otra vez. Cuanta paciencia tenían esos viejos…
—Que pase el siguiente—exclamó, echando un vistazo hacia el gran jardín al otro lado de los ventanales.
El enorme reloj de sol indicaba que aún no eran ni las diez de la mañana. Apretó los dientes. Su reunión con Philionel era al mediodía. Todavía tenía un poco más de dos horas de andar recibiendo peticionarios, trabajo que tradicionalmente correspondía al rey. Eso, más el hecho de que estaba allí sentado desde que había amanecido no contribuyó en absoluto a mejorar su humor.
—Elis, granjero del feudo de Priam—anunció el heraldo en voz alta, señalando con un floreo hacia la puerta.
Zelgadiss miró hacia el extremo opuesto del pasillo. Los soldados que custodiaban la gran puerta doble, hombres ataviados con túnicas azules, botas cortas, pantalones negros y capa a juego, abrieron paso a un hombrecillo menudo, de lacios cabellos rubios que comenzaban a ralear. Llevaba un gorro de tela entre sus manos, y no dejó de apretarlo nerviosamente durante todo el trayecto hasta el estrado. Se inclinó con toda la gracia que pudo, clavando la mirada en el suelo.
—Sus señorías…
—De pie, Elis de Priam—Zelgadiss le hizo un gesto rápido con la mano para que se levantara—Estás en presencia de Zelgadiss Graywords y de los áulicos Bogdan Amis y Dragan Enguerrand. Escucharemos tu petición y analizaremos tu caso en nombre del rey Philionel, señor y protector de Saillune, el cual se encuentra, ejem, ausente. Habla.
El hombrecillo llamado Elis se puso tímidamente en pie, apretando su gorro más nervioso que nunca.
—Muchas gracias, noble señor. He venido a suplicaros clemencia para mí y mi pobre familia.
— ¿Qué ha ocurrido?—indagó Bogdan, un anciano flaco como un palo y calvo como un huevo.
—Se trata de mi granja, mis señores—Elis tragó saliva—El primer día del mes, los recaudadores del señor feudal de Priam se presentaron ante mis puertas a exigir el tributo y el diezmo de la cosecha. Pagamos, como siempre. Sabed, mis señores, que jamás nos hemos retrasado en un solo pago, y que nuestra granja siempre ha producido lo justo y lo neces…
—Al grano por favor—lo cortó Zelgadiss.
—Si…si…como ordenéis. Pues pagamos, como siempre, pero al décimo día los recaudadores se presentaron nuevamente… Les dijimos que ya habíamos rendido el tributo al señor feudal, y entregado el diezmo, pero se negaron a escucharnos—la voz del hombre tembló—Dijeron que como nos negábamos a cumplir nuestras obligaciones como siervos estaban en su derecho a llevarse toda la cosecha, y a confiscar nuestros bienes como pago. ¡Se llevaron todo, mis señores, todo! Las pocas monedas que habíamos ahorrado, nuestras semillas y herramientas, todo el resto de la cosecha, con la que íbamos a comer y comerciar durante el resto de la temporada… ¿Qué podemos hacer ahora, nobles señores? No nos queda nada… ¡Nada!
—Este tipo de asuntos—carraspeó Dragan, no tan anciano como Bogdan, pero el triple de gordo—deben ser tratados con la Secretaría de Hacienda y con la Secretaría de Agricultura. El Consejo Cerrado del Rey delega en dichas secretarías temáticas de esta índole.
— ¡Pero es que ya acudimos a las secretarías!—se apuró Elis—Acudimos y dijeron que no podían hacer nada. Nos dijeron que viniéramos aquí a plantear el caso…
—De cualquier manera, no nos corresponde a nos…
—Un momento, Dragan—lo interrumpió Zelgadiss—Déjalo terminar.
—Por favor, tengo una esposa y una niña pequeña—siguió Elis—Con que se nos devuelva solo un poco de lo que cosechamos y algunas semillas podremos resistir hasta la siguiente temporada. No pido nada más.
Zelgadiss guardó silencio unos instantes, mirando de reojo los ceños fruncidos de sus amargados acompañantes. Era claro, hombres de tan alta cuna como ellos debían considerar ultrajante que un simple campesino como ese se atreviera a demandar algo a un señor feudal, por más abusivo y rastrero que fuera. Volvió a suspirar. Quizás era una suerte que Philionel lo hubiera puesto ahí desde el último año. Aunque también estaba el tema de toda esa burocracia de las secretarías. Se aseguraría de comentárselo durante su reunión al mediodía.
—Esto es lo que haremos, Elis de Priam—Zelgadiss se volvió hacia el granjero—Momentáneamente tú y tu familia se alojarán en la ciudad de Saillune. Los gastos de su manutención correrán a cargo de la corona. En cuanto a lo que sucedió, yo mismo hablaré con el señor feudal de Priam. Le recordaré que él y su feudo, como vasallos de Saillune, le deben lealtad al rey Philionel. También le recordaré que el rey no tolera que nadie abuse de sus súbditos, sean nobles o siervos. Si lo que cuentas es cierto, se te devolverán todos tus bienes confiscados y el valor en plata de la cosecha robada. Te haremos llamar cuando llegue el momento. Puedes retirarte.
Elis se quedó allí de pie, con la boca y los ojos increíblemente abiertos. Estrujó tanto su gorro que durante un momento pareció que fuera a romperlo.
— ¡Muchas gracias, señor Graywords!—exclamó emocionado— ¡Muchas gracias! ¡Los dioses os bendigan a vos y a vuestra casa y lo tengan siempre en la g…!
—Sí, si—Zelgadiss le hizo un ademán para que se retirara— ¡El siguiente!
El siguiente fue un acaudalado comerciante exigiendo una reducción de los aranceles sobre los productos que importaba desde Elmekia. Aburrido. Luego una rencilla entre un tabernero y su proveedor de carnes, parecía que compitieran por ver quién insultaba más al otro. Aburrido y estresante. Desfiló después otro comerciante, exigiendo más derechos sobre no sé qué explotación minera al norte de la ciudad. Más aburrido. El último fue un hombre que reclamaba pena de muerte sobre su mujer, por un supuesto adulterio. Zelgadiss casi se bajó del estrado para echarlo a patadas de la sala.
Volvió a mirar hacia el enorme reloj de sol en el jardín. Aún tenía unos treinta minutos hasta el mediodía. Pues mala suerte.
Zelgadiss se levantó, arqueando la espalda hasta hacer tronar los cansados huesos. Se acomodó la capa negra de seda sobre los hombros, alisándose la pechera de la túnica roja con las manos. El blasón de la casa real de Saillune, una torre dorada sobre fondo azul y blanco, estaba bordado en hilo de oro justo sobre el corazón.
—Mis señores—dijo educadamente, mirando a Bogdan y a Dragan—Deben disculparme, pero el rey me ha convocado a una reunión en sus aposentos antes del mediodía. Dejo la sesión en sus manos.
Los funcionarios lo observaron fríamente, sin decir nada, pero asintieron. Zelgadiss se marchó sin dirigirles una segunda mirada. Si estaban enfadados por su manera de zanjar las cuestiones, pues que se aguantaran. Philionel lo había sacado personalmente de la capitanía de la Guardia Real para ponerlo a cargo de las audiencias, entre muchas otras nuevas y tediosas obligaciones. Le gustara o no, iba a hacer su trabajo el tiempo que le correspondiera, así que más les valía a aquellos viejos ir haciéndose la idea de que las cosas iban a cambiar.
Suspiró una vez más, echando a andar hacia las grandes puertas dobles al final del pasillo. Los hombres que vigilaban la entrada se cuadraron cuando pasó ante ellos, haciéndole el saludo. Zelgadiss respondió inclinando levemente la cabeza. Hacía ya más de un año que estaba alejado de la Guardia Real y del ejército en general, pero los soldados le seguían teniendo una saludable mezcla de respeto, temor y admiración.
En el exterior el sol brillaba alto en un cielo completamente despejado, sin una sola nube que alterara el firmamento. A Zelgadiss le agradaban los días así, cuando el sol hacía que el blanco de la ciudad de Saillune brillara como la nieve recién caída. Esbozó una media sonrisa, echando a andar por el amplio jardín cubierto de setos, bancas y fuentes de mármol.
La sala de audiencias se alzaba en la cara oeste del inmenso palacio-fortaleza que era el hogar de la familia real. El palacio en sí era solo una parte de la gigantesca ciudadela que crecía como una montaña en el centro de Saillune, por lo cual la mayor parte de los actos públicos, incluyendo las audiencias, se celebraban allí. Zelgadiss debía atravesar buena parte del palacio para llegar a las estancias privadas del rey. Philionel tenía sus habitaciones justo en el corazón de la fortaleza, en una alta y esbelta torre blanca que parecía rozar el cielo en las alturas. Volvió a mirar el reloj de sol en el jardín, al pasar junto a él. Aún tenía media hora.
Zelgadiss caminó a paso tranquilo, estirando las piernas luego de las interminables horas en el estrado. Iba a decirle unas cuantas cosas a Philionel cuando lo viera. No quería ser brusco, ni desconsiderado, pero la muerte del padre de Phil, el rey Éldoran, había sido hacía ya casi un año. Tras la muerte del viejo rey, el cual había estado enfermo durante mucho tiempo, Philionel había asumido como nuevo monarca…delegando absolutamente todas sus obligaciones en él y Ameria. Zelgadiss había atribuido aquello al luto de un hijo por la muerte de su padre, pero Phil era el rey ahora, no podía continuar delegando para siempre las labores que le correspondían por derecho. Él estaba dispuesto a seguir asistiéndolo en lo que pudiera, y en compartir sus obligaciones, pero el pueblo necesitaba saber de su rey. Era lo correcto.
— ¡Zelgadiss! ¡Aquí!
Zelgadiss se detuvo, observando hacia un costado. El sonido del entrechocar de las espadas lo envolvió como una olvidada y agradable a melodía. Casi sin darse cuenta había llegado al patio de entrenamiento que se extendía junto al puente levadizo, el mismo que debía cruzar para llegar hasta la torre blanca. Quien lo llamaba era un hombre vestido con el uniforme estándar del ejército, túnica corta azul, botas de cuero, pantalones negros y capa del mismo color. Estaba de brazos cruzados por fuera del círculo donde los soldados se batían, mirándolo con una sonrisa amistosa. Zelgadiss también sonrió.
—Hárek—lo saludó—Hacía bastante que no te veía. ¿Cómo has estado?
Hárek, el capitán de la Guardia Personal del rey, se acercó sin dejar de sonreír. Era un hombre muy alto, de casi dos metros, de torso musculoso y brazos que parecían troncos. Su rostro, no obstante, era de rasgos amables, con una barba corta y negra que le cubría el mentón y las mejillas. Zelgadiss había servido bajo sus órdenes en la Guardia Personal del rey durante muchos años, antes de que Philionel lo nombrara capitán de la Guardia Real. Claro que ya no ostentaba más ese cargo, ahora se partía la cabeza a diario dictando sentencias, visitando reinos vecinos como representante de Saillune, cerrando tratados comerciales, legislando y haciendo todas aquellas interesantísimas cosas que constituían las obligaciones del Philionel. Zelgadiss, el Primer Consejero del rey.
—Yo muy bien—le contestó Hárek, trayéndolo de vuelta a la realidad—Veo que tú también, con esas bonitas ropas de cortesano.
Zelgadiss soltó una carcajada.
—Con ropas elegantes o no todavía puedo barrer el suelo contigo, capitán.
—No sé si tanto—rió Hárek—pero no olvido que solías ser un gran guerrero. A mis chicos aquí les vendría bien entrenar con alguien de cierto nivel, Zel.
Zelgadiss se dio cuenta de que toda la soldadesca lo estaba mirando. Varios lo saludaron inclinándose respetuosamente.
—La verdad es que estoy un poco apurado ahora.
—Oh, vamos, solo serán unos minutos… ¿o temes ensuciarte esa elegante túnica?
—Bien, bien—sonrió Zelgadiss—Dame una espada, y procura cerrar el hocico, porque quizás vuelva a darte una paliza como en los viejos tiempos, querido amigo.
Hárek rió divertido, dándole una palmada en la espalda.
—Dioses, como se te extrañaba muchacho. Toma, ten.
Zelgadiss agarró la espada de entrenamiento. Era un arma tosca y fea, sin filo y de punta roma. Era bastante más pesada que un arma normal, lo justo para que el brazo se fortaleciera y luego asiera sin dificultad una espada real. De todas maneras hizo girar con destreza la hoja en su mano, adelantándose hacia el círculo de entrenamiento. Los solados lo contemplaban en silencio, varios con un inconfundible gesto de admiración. Era algo de esperarse. Las historias sobre lo que él, Lina y los demás habían hecho en Lyzeille, años atrás, aún se contaban. Se habían escrito canciones sobre ello.
—El rey me espera al mediodía, así que no perdamos tiempo.
—Ya oyeron al señor Graywords, muchachos—bramó Hárek—Flint, Theron, Halder, al frente. Demuéstrenle al Primer Consejero del rey de que están hechos. ¡Adelante!
Los tres muchachos se adelantaron, ingresando al círculo. Eran jóvenes aún, pero no eran ningunos niños. Seguramente contaban con cierta experiencia y por la forma en que sujetaron las espadas al ponerse en guardia, avanzando hacia él, era evidente que sabían lo que hacían. Sonrió. Hárek debía haber escogido a sus mejores alumnos para aquello, deseoso de ver hasta dónde podían presionarlo. Por él estaba bien. Necesitaba un poco de ejercicio.
El primero de los chicos, Flint, se lanzó sobre él fintando con gran habilidad. Amagó un golpe por la derecha, pero al instante cambió a una estocada por la izquierda. Zelgadiss apartó el ataque con un simple movimiento hacia un lado de su espada, dándose vuelta al segundo siguiente. Aquella rápida aproximación de Flint no había tenido más objetivo que ocultar el avance del segundo aprendiz, Theron, el cual se deslizó silencioso como una sombra a sus espaldas.
Zelgadiss vio venir aquello desde antes de que empezaran. Eludió el mandoble horizontal de Theron, interponiendo la espada para bloquear un segundo ataque vertical. Las hojas chocaron con fuerza, pero Zelgadiss continuó con un movimiento hacia abajo, deslizando acero contra acero, para luego empujar con brusquedad hacia un lado. La espada de Theron salió volando de sus manos, y, durante el instante de desconcierto del joven, Zelgadiss lo barrió en las piernas con un golpe de canto en su punto de apoyo.
Theron cayó ruidosamente al suelo, desarmado. Toda la acción había llevado menos de un segundo, pero en ese tiempo pudo sentir a los otros dos acercándose por los flancos. Zelgadiss se dio vuelta a toda velocidad, desviando el tajo de Halder con un golpe horizontal de su espada, golpe que no se detuvo allí, sino que siguió de largo hacia un lado, dando un giro de ciento ochenta grados hasta alcanzar a Flint justo en las costillas, en el flanco opuesto.
Flint cayó junto a Theron, y Halder no tardó en seguirlos. Luego de aquella velocísima media vuelta, Zelgadiss se agachó, eludiendo un segundo golpe, para luego avanzar tan inclinado que su pecho casi parecía rozar el suelo. Se incorporó con una estocada ascendente, golpeando al muchacho con la punta roma directo en el pecho. Halder se derrumbó sobre Flint, el cual intentaba volver a incorporarse, desorientado.
— ¡A eso llamo yo pelear!—exclamó Hárek— ¿Han visto eso, soldados? Así lucha un verdadero guerrero.
—No, así lucho yo—lo corrigió Zelgadiss con una sonrisa, dejando descansar la pesada hoja sobre su hombro—Solo yo, capitán.
— ¡Ja! Humilde como siempre, ¿eh Zel? Veo que tus bonitas ropas siguen limpias ¿Qué te parece si soy yo ahora el que intenta ensuciarlas? ¿Tienes tiempo?
Zelgadiss miró hacia el cielo.
—Veamos, quedan unos quince minutos para el mediodía. Cinco para darte una paliza y diez para llegar a las habitaciones del rey, así que sí. Tengo tiempo.
Hárek volvió a reír con un rugido ensordecedor, acercándose a él con su espada de entrenamiento.
—Bien, veamos si aún recuerdas como era esto de la esgrima…
Hárek se situó ante él, alto y corpulento como un oso. Hizo girar la hoja en su diestra como si no pesara absolutamente nada, colocándose en una perfecta postura defensiva, con las piernas muy abiertas y la espada sujeta a dos manos.
— ¿Estás listo, Zel?
—Cuando tú lo estés.
Hárek esbozó una sonrisa y se lanzó al ataque con una velocidad increíble. Zelgadiss tuvo que retroceder varios pasos, asombrado. La espada del capitán de la Guardia Personal era un borrón gris que lo atacaba desde todas direcciones. Había olvidado que un hombre tan corpulento como él pudiera ser tan rápido.
"No, no era tan rápido antes" pensó "Ha mejorado muchísimo".
Zelgadiss retrocedió, bloqueando cada uno de los golpes a igual velocidad. Sentía como los brazos le temblaban hasta el hombro con cada estocada que paraba. Hárek tenía tanta fuerza que temía que le arrancara la espada de las manos a pura fuerza bruta. Logró parar un bestial golpe de revés, agachándose y desplazándose hacia la izquierda con un giro suave como la seda, listo para contraatacar, pero Hárek se le anticipó dándole un violento empellón con el hombro. Zelgadiss casi, casi, cayó. Retrocedió tambaleante, doblando una rodilla sobre el suelo, pero en el instante en que su rival se volvió a abalanzar sobre él, ya sabía que era lo que tenía que hacer.
Zelgadiss entrecerró los ojos, alzando la espada sujeta con ambas manos. Desde la misma posición, arrodillado en el suelo, lanzó tres veloces golpes ascendentes en forma casi simultánea. El primero detuvo el golpe de la hoja de Hárek, justo en el centro, absorbiendo toda la fuerza de impacto. El segundo amagó un contraataque, haciendo que el capitán desviara su arma hacia el lado equivocado para defenderse. El tercero y último, el verdadero, cambió bruscamente la dirección del golpe, transformándose en un mandoble horizontal de revés que alcanzó de lleno a Hárek en el abdomen.
El hombretón retrocedió, llevándose una mano al estómago. En cuanto intentó alzar la cabeza, Zelgadiss ya estaba sobre él. El joven lo pateó en la cara interna de la rodilla, empujándolo al mismo tiempo por el hombro, en sentido contrario. Hárek cayó ruidosamente de espaldas al suelo, soltando su espada. El filo romo de la de Zelgadiss, en cambio, estaba apoyado sobre su cuello.
—Con bonitas ropas de cortesano y todo creo que gano yo, ¿verdad?
Hárek soltó un bufido que fue mitad carcajada y mitad maldición, aceptando la mano que Zelgadiss le ofrecía.
—Dioses Zel, sigues siendo rápido como un demonio. Ni siquiera vi cuando me alcanzaste en el estómago.
—Tú has mejorado también, capitán. Eres mucho más rápido de lo que recordaba.
—No lo suficiente—suspiró Hárek—En fin, ha sido agradable rememorar un poco los viejos tiempos, ¿eh?—echó un vistazo hacia el puente y la torre más allá—El rey te aguarda, ¿verdad?
—Así es.
—Entonces no te quito más tiempo. ¡Soldados! ¡Agradezcan al Primer Consejero del rey por su demostración!
Los hombres en torno a ellos, los cuales habían seguido el enfrentamiento boquiabiertos, se cuadraron al instante, llevándose ambas manos detrás de la cintura.
— ¡Muchas gracias por la exhibición, lord Graywords!
Zelgadiss asintió, levemente incómodo. "Lord". Aquella palabra antes de su nombre seguía sonándole extraña. Se volvió hacia Hárek, tendiéndole una mano.
—Espero volver a verte pronto, capitán. Ha sido un gusto, como siempre.
Hárek le estrechó la mano, sonriendo de oreja a oreja.
—El gusto ha sido mío.
A un lado del patio de entrenamiento se alzaba un gran puente levadizo de piedra y madera, el cual atravesaba un foso seco repleto de estacas de hierro en su fondo. Del otro lado estaba la parte del palacio-fortaleza correspondiente a las estancias del rey y sus allegados, un gigantesco y espectacular conjunto de edificios, torres, patios, jardines y establos. En la torre central, la más alta, se encontraba Philionel. Zelgadiss, que conocía el camino, tardó unos cuantos minutos en llegar hasta la puerta de cerraduras de oro que daban al despacho real. Llamó golpeando cortésmente la pulidísima madera de caoba.
—Su alteza, Zelgadiss Graywords a sus órdenes.
— ¡Adelante Zel!—le llegó una voz grave y amortiguada del otro lado.
Zelgadiss entró.
Lo primero que cualquiera notaba al entrar al despacho privado del rey era la opulencia del lugar. Era una estancia amplia, de suelos de mármol tan pulidos que uno podía mirarse reflejado en ellos como si fuera un espejo. Un enorme ventanal ocupaba toda la pared opuesta, ofreciendo una increíble panorámica de la ciudad de la magia blanca. Exquisitas pinturas decoraban las paredes, así como estantes repletos de libros que se extendían del suelo hasta el techo. El rey no estaba sentado en el inmenso escritorio de roble junto al ventanal, sino que estaba arrodillado a un costado, jugueteando con varias alforjas y bolsos repartidos sobre el suelo. Zelgadiss frunció el ceño al verlo. Philionel no vestía sus acostumbradas y elegantes ropas, sino que llevaba pantalones y botas de montar, guantes, jubón de cuero y una capa corta, todo de color negro. Ropas de viaje.
—Zelgadiss, amigo mío—exclamó Philionel, volviéndose hacia él con una sonrisa—Por favor toma asiento. ¿Qué tal ha ido el día?
—Aburrido, Phil—Zelgadiss se sentó, devolviéndole la sonrisa—Ya sabes lo que pienso de las audiencias.
El rey soltó una fuerte carcajada.
—Sí, pero lo haces muy bien, y eso es lo único que me importa. ¿Sabes por qué te he hecho llamar hoy?
—No, pero antes de saberlo hay algo que me gustaría decirte.
—Te escucho.
Zelgadiss carraspeó, hablando en tono conciliador.
—Lo último que deseo es ser irrespetuoso, Phil, me conoces bien… Pero creo que el tiempo de luto tras la muerte de tu padre ya ha pasado. Creo que debes volver a centrarte en los asuntos del reino como antes, majestad.
Philionel lo miró con una sonrisa enigmática.
—Ah, ¿sí? ¿Y por qué crees eso?
—Ya gobernabas en nombre de tu padre cuando eras príncipe, y ahora eres el rey. El pueblo siempre te ha amado, necesita verte, necesita saber que sigues a cargo de su bienestar.
—Zelgadiss, al pueblo no le importa quién los gobierne siempre y cuando tengan comida que llevarse a la boca y paz en sus tierras. Y en eso has estado muy acertado últimamente—el rey le dio la espalda mientras hablaba, agachándose para seguir llenando las alforjas y los bolsos de viaje—La muerte de mi padre me dolió, como le habría dolido a cualquier hijo, pero no te puse dónde estás ahora para sobrellevar el luto.
—Ah, ¿no?
—No. Te puse a cargo de la administración del reino porque sabía que lo harías muy bien. ¿Has revisado los libros contables? Desde que tú y mi hija están a cargo el déficit se ha transformado en superávit. La política comercial, por otro lado, marcha mejor que nunca, hacía años que el reino no engrosaba tanto sus ingresos. Y ni hablemos de la administración de justicia… ¿Sabías que la gente empieza a llamarte "Zelgadiss el Justo"?
Zelgadiss se encogió de hombros, abochornado.
—Algo oí por ahí, pero aún así…—se interrumpió al ver como el rey empacaba un juego de tres espadas y piezas de armadura en las alforjas. Pudo ver todo un conjunto de mapas de la península esperando a un costado— ¿Planeas ir a algún lado, Phil?
— ¡Sí!—el rey se dio vuelta de un salto, con los brazos en jarra. Sonreía como un niño.
—Mmmm… ¿Se puede saber a dónde?
—Adonde el camino y mi caballo me lleven—respondió Philionel, con ojos brillantes y soñadores.
—Acaso…—Zelgadiss estaba cada vez más alterado— ¿Acaso tienes pensado abandonar el reino?
—No, no tanto como abandonarlo. Pero el camino me llama… Por eso es que te convoqué hoy, Zel, para avisarte. Quiero salir al mundo a vivir aventuras y repartir justicia como en los viejos tiempos. Como dije antes, no te puse en el lugar que estás ahora para sobrellevar mejor el luto. La verdad es que vengo planeando esto desde hace un año, y por eso fue que delegué en ti mis obligaciones. Quería que te fueras preparando, y lo has hecho a la perfección—lo miró más sonriente que nunca—Zelgadiss Graywords, dada mi inminente partida te nombro Lord Regente del reino.
— ¡¿Qué?!
— ¡Así es!—rió Philionel encaminándose hacia la puerta con todo su equipaje al hombro—Sé que lo harás bien. Tú solo continúa con el buen trabajo, como vienes haciendo. ¡Recuerda que eres Zelgadiss el Justo!
— ¿Pero qué ya te vas ahora?—Zelgadiss no cabía en su asombro— ¿En este momento?
— ¡Sí! Y ahora que lo pienso creo que será mejor arrancar mi viaje yendo hacia el sur—el rey se puso repentinamente serio, llevándose una mano al mentón—No sé si estás al tanto, pero me han llegado inquietantes rumores sobre ataques demoníacos en las costas bañadas por el Mar del Demonio. Aparentemente muchos pueblos y aldeas han sido arrasados…—recuperó al instante la sonrisa, alzando una mano en señal de saludo—En fin, ya veré que hago una vez que esté en el camino. ¡Nos vemos Zelgadiss!
— ¡Philionel, espera! Si te vas…—carraspeó—Si te vas te perderás el nacimiento de…
—No te preocupes por eso—lo cortó el rey, sonriente—Volveré antes. Quedan unos seis meses aún, así que no hay problema. ¡Adiós, Zel!
Zelgadiss se quedó allí de pie, inmóvil, viendo como el rey de Saillune salía de su despacho riendo a carcajadas.
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Hacía rato que el sol se había ocultado cuando Zelgadiss Graywords se retiró por fin a sus habitaciones privadas. Atravesó las elegantes puertas mascullando por lo bajo, dejándose caer de espaldas sobre la enorme cama con dosel. Se quedó allí un largo rato, pensativo.
"Vaya día el de hoy…" pensó.
Philionel, el rey de Saillune, se había ido de aventuras, dejándolo a él como gobernante formal y oficial del reino. Zelgadiss el Justo. Si se lo hubieran dicho unos años antes, cuando aún acarreaba la maldición del Monje Rojo, no se lo habría creído.
—Es lo que gano por esforzarme tanto en el trabajo—murmuró en voz baja—Lo que daría por volver a ser el capitán de la Guardia Real…
Una puerta se abrió al costado de la cama.
—Zel, querido.
Zelgadiss se volvió hacia la dulce voz que lo llamaba. Una hermosa joven de cabellos largos y negros, atados en una coleta, se acercó sonriente hacia él. Tenía los grandes ojos azules de su padre, e iba ataviada con un elegante camisón blanco. Zelgadiss se sentó en la cama, sonriendo.
—Ameria.
Ameria Will Tesla Saillune, hija de Philionel y princesa del reino de la magia blanca, se detuvo delante de él, poniendo ambas manos sobre sus hombros. Zelgadiss la abrazó, atrayéndola hacia él para apoyar la frente sobre su vientre…un vientre grande, abultado; un vientre que ya evidenciaba los primeros tres meses de un embarazo.
— ¿Cómo han estado hoy?—preguntó, acariciando con ternura el estómago de su esposa.
—Muy bien. Los dos te hemos extrañado mucho, ¿no es así, pequeño?—Ameria sonrió, apoyando su mano sobre la de Zelgadiss.
— ¿Cómo sabes que va a ser un niño?—preguntó él en tono alegre—Los sacerdotes dijeron que era muy pronto aún para vaticinarlo.
—Oh, simplemente lo sé.
—Tendremos que pensar un nombre pronto entonces.
—Ya he pensado en uno.
—Déjame adivinar… ¿Éldoran?
Ameria sonrió tristemente.
—Mi abuelo era un gran rey, y un gran hombre.
—Por eso será todo un honor que mi hijo lleve su nombre.
Ameria amplió su sonrisa, sentándose a su lado en la cama. Le desabrochó con cuidado la túnica roja, con el blasón real bordado en el pecho, el cual identificaba a Zelgadiss como miembro de la casa real. Le quitó la túnica y lo abrazó por detrás, apoyando el mentón sobre su hombro.
— ¿Qué tal estuvo tu día hoy, Zel?
Para confusión de la muchacha, Zelgadiss no puedo evitar echarse a reír, sacudiendo la cabeza.
—A que no sabes lo que me dijo hoy tu padre…
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Fin del Anexo 5
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