Disclaimer: Percy Jackson, los Héroes del Olimpo y las Crónicas de Kane son propiedad de Rick Riordan.
Sé que dije que actualizaría Conociendo el futuro, Leyendo Percy Jackson y los Dioses del Olimpo y El Campamento Mestizo lee todo junto. Pero cómo conseguí La Corona de Ptolomeo haré lo siguiente. Subiré junto Conociendo el futuro y El Campamento Mestizo lee, y Leyendo Percy Jackson y Griegos, romanos y egipcios en otra tanda. Eso solamente será hasta que La Corona de Ptolomeo esté subida, así que tomadle dos o tres capítulos.
—Exactamente, ¿qué ocurrió?
Sadie suspiró y miró a su hermano de nuevo.
—Ya te lo he dicho. Acababa de tomarme una ducha cuando apareció ese tipo raro en mi habitación. Simplemente me dijo que su anfitrión y la novia de éste estaban aquí y necesitaban ayuda —dijo Sadie.
—¿Y estás segura de que dijo que se llamaba Ofois? —preguntó Carter.
—¡Qué sí! —exclamó Sadie. Los ruidos de la habitación contigua se detuvieron de golpe, antes de ser iniciados de nuevo. Sadie bajó la voz—. Me lo dijo él mismo.
En ese momento solamente los dos hermanos Kane y Jaz estaban despiertos. Tras recibir el aviso del chico de pelo blanco, Sadie se puso el pijama y fue al salón de la cabaña. Allí habían dos personas. Una chica completamente pálida y sudorosa que respiraba con dificultad y un chico con varias heridas frescas por el cuerpo y con una quemadura en uno de sus costados.
—¿Tú sabes quién es ese Ofois, Carter? —preguntó Sadie.
Su hermano tardó unos segundos en responder, pero al final lo hizo.
—Ofois es un dios del inframundo, como Anubis —Sadie asintió con comprensión. Por eso parecía cercano a Anubis—. Él es el encargado de guiar las almas de los difuntos por el desierto para llevarlas a la Duat. Por esa razón se le considera la representación de la muerte.
Hubo unos segundos de silencio.
—Sadie, ya sé lo que estás pensando. Pero es imposible que ese chico de allí sea anfitrión de Ofois. No ha habido jamás un mago que siguiese su senda —dijo Carter.
—Pero entonces es como Anubis, ¿no? —dijo Sadie—. Walt fue el primero e tomar la senda de Anubis.
—Sadie, dejaron escritos diciendo que todos los que habían intentado formar una deificación con Ofois morían. Al final la Casa decidió crear una norma prohibiendo la vinculación con Ofois.
—Eso... es imposible —murmuró Sadie, recordando su encuentro con el chico de cabello blanco. Carter asintió.
—Sólo se me ocurren dos posibilidades. O bien Ofois te ha mentido, cosa que no entiendo, o bien de verdad ese chico ha conseguido convertirse en el primer anfitrión de Ofois sin morir en el proceso —dijo Carter, mirando la puerta de la habitación de Jaz con el ceño fruncido.
—¿Qué es lo que quieres?
—Llevamos décadas sin vernos y ¿me recibes así? Que frío te has vuelto, Anubis.
Anubis gruñó, fulminando con la mirada al chico que estaba delante suyo.
—Déjate de tonterías, Ofois. ¿Cómo has conseguido que ese chico siga tu senda?
—¿Quién? ¿Viktor? —Ofois dejó escapar una pequeña risa—. Fácil. El chico quería poder y yo se lo di.
—Lo mismo querían el resto y los mataste. ¿Por qué iba a ser él distinto? —preguntó Anubis frunciendo el ceño—. Siempre decías que te aborrecían los que querían poder.
—Es que Viktor no solo quiere el poder. También busca otra cosa —una brisa despeinó el cabello blanco de Ofois y sus ojos rojos brillaron—. Venganza.
—¿Quién quiere leer ahora? —preguntó Quirón, sosteniendo en alto el libro.
El desayuno acababa de terminar y ahora todos estaban impacientes para retomar la lectura de los hermanos Kane. Menos Carter y Sadie, que no tenían ganas que todos supiesen sus pensamientos.
—Yo misma —dijo Zia, cogiendo el libro—. Un viaje accidentado a París.
—Aquí fue cuando nos dimos cuenta de que estábamos deificados, ¿no? —le preguntó Sadie a Carter en un susurro.
—Creo que sí —masculló Carter, haciendo memoria.
Vale, antes de llegar a los murciélagos de la fruta demoníacos, tengo que retroceder un poco.
La víspera de nuestra huida de Luxor, no dormí mucho… primero, por una experiencia extracorpórea, y luego por un encuentro con Zia.
—Espera. ¿Un encuentro con Zia? —preguntó Apolo, lanzándole una sonrisa a Carter.
—Y el pequeñajo parecía tonto con estos temas —comentó Hermes, secándose una falsa lágrima.
[Borra esa sonrisita, Sadie; no fue un encuentro de los buenos.]
—Rectifico. Es tonto con estos temas —suspiró Hermes, negando con la cabeza.
Después de que apagaran las luces, intenté conciliar el sueño. De verdad.
—Te creemos —dijo Walt, levantando sus manos.
Hasta usé el dichoso reposacabezas mágico que me habían dado en vez de una almohada, pero no sirvió de nada
—Normal. Si es incómodo para dormir no creo que te ayude mucho —dijo Percy.
. Tal y como conseguí cerrar los ojos, a mi ba le dio por irse de excursión.
—Estos ba de hoy en día. Mira que irse sin avisar —negó con la cabeza Horus.
—Tú no eres el indicado para hablar —dijo Anubis.
Fue igual que la vez anterior: me noté flotando sobre mi cuerpo, adoptando una forma con alas.
—El pollo con cabeza de Carter vuelve a escena —susurró Sadie a Liz y a Emma.
—La verdad es que no quiero hallarme nunca en esa situación —murmuró Liz.
Entonces la corriente de la Duat me arrastró a velocidad de vértigo. Cuando por fin se me aclaró la vista, me encontraba en una caverna oscura. El tío Amos la recorría a hurtadillas, orientándose con una tenue luz azul que titilaba en la punta de su cayado. Quise llamarle, pero mi voz no funcionó. No comprendo cómo es posible que no me viera, flotando a un metro de distancia con mi reluciente forma de pollo, pero al parecer era invisible a sus ojos.
—Claro que no te veía. Para empezar era un sueño. Y además aquello era la manifestación de tu alma en la Duat —dijo Amos—. En esos momentos no estaba para mirar allí.
Amos dio un paso adelante y, de pronto, sus pies se iluminaron con la intensa luz de un jeroglífico rojo.
—Rojo no es bueno —murmuró Frank para él.
Intentó gritar, pero su boca se quedó paralizada a medio abrirse. Unas espirales de luz le rodearon las piernas, trepando como enredaderas, y al poco rato los zarcillos rojos lo habían envuelto por completo y Amos quedó paralizado, con los ojos abiertos mirando al frente sin parpadear.
Traté de volar hasta él, pero era imposible desplazarme de donde estaba. Flotaba sin poder hacer nada, obligado a quedarme observando. Los ecos de una carcajada llenaron la caverna. De la oscuridad salió una horda de… cosas: criaturas con aspecto de sapo, demonios con cabeza de animal y monstruos más raros aún que se agazapaban en la penumbra.
—Creo que prefiero a los monstruos griegos —dijo Chris haciendo una mueca—. Tienen un aspecto más normal... o al menos la mayoría.
—Yo tampoco diría tan normal —murmuró Pólux.
Comprendí que habían tendido una emboscada a Amos, que le estaban esperando.
—Muy bien, Carter. ¿Te diste cuenta por qué el tío Amos se ha quedado atrapado por una cuerdas mágicas? ¿O era por qué han aparecido cientos de demonios? —le preguntó Sadie con burla.
Delante de ellos apareció una silueta en llamas; era Set, aunque ahora su forma se veía mucho más clara, y esta vez no era una figura humana. Tenía un cuerpo escuálido, pringoso y negro, y cabeza de bestia salvaje.
—Bon soir, Amos —dijo Set—. Qué bien que hayas venido. ¡Lo vamos a pasar de maravilla!
—Eso ha sonado muy mal —dijo Will.
—Pero al final lo pasamos bien. ¿O no, Amos? —dijo Set, mirando al hombre.
—Habla por ti —replicó Amos—. Por cierto, tu francés apesta.
—Que agradable que eres, Amos.
Me incorporé en la cama como si tuviera un resorte dentro, de vuelta en mi propio cuerpo y con el corazón desbocado.
Habían capturado a Amos.
—Gracias. Sin ti ni cuenta nos damos —dijo Julian, rodando los ojos.
No me cabía ninguna duda. Y lo que era peor, de algún modo, Set había sabido de antemano que Amos se dirigía hacia allí. Me puse a pensar en lo que había dicho Bast cuando los serpopardos irrumpieron en la mansión. Nos había dicho que alguien había saboteado las defensas, y que solo podía haberlo logrado un mago de la Casa. Empezó a asaltarme una sospecha horrible.
—¡El tío ese francés! —exclamó Leo, dando un golpe en la mesa—. ¿Cómo se llamaba?
—Esto...
—Desjardins —respondió Piper, interrumpiendo a Jason.
Miré la oscuridad durante mucho tiempo, escuchando los hechizos que murmuraba en sueños el niño pequeño que dormía en el catre de al lado. Cuando ya no pude soportarlo más, abrí la puerta empujándola mentalmente como había hecho en la mansión de Amos y me escabullí al exterior.
—Yo quiero abrir puertas así —murmuró uno de los Stoll.
Paseaba por la plaza vacía donde se celebraba el mercado, pensando en mi padre y en Amos, reproduciendo en mi mente una y otra vez todo lo que había sucedido, intentando imaginar qué podría haber hecho de otra manera para salvarlos, cuando vi a Zia.
—También es casualidad que te la encuentres a ella por allí —dijo Hazel—. Aunque mejor Zia que no Desjardins.
—Eso es amor, cariño. No casualidad —dijo Afrodita.
Cruzaba el patio a toda prisa, como si la persiguiera alguien, pero lo que de verdad me llamó la atención fue la trémula nube negra que la envolvía, como una sombra brillante que alguien le hubiera echado encima.
—¿Un hechizo de invisibilidad? —preguntó Cleo, interesada. Cuando Zia asintió, no sin antes intercambiar una mirada con Carter, Cleo siguió hablando—. Pues me sorprende que Carter se diese cuenta de ello.
—Creo que fue gracias a Horus —comentó el chico—. O que lo estaba haciendo un shabti en vez de la original —esto último se lo susurró a su novia al oído.
—Pues claro que fue gracias a mí —alardeó Horus.
Llegó a una pared desnuda y movió la mano. De pronto, apareció un umbral. Zia echó un vistazo nervioso a sus espaldas y se coló en él.
Por supuesto, fui tras ella.
—Por supuesto. Es más sensato meterse en un sitio desconocido siguiendo a alguien que te puede quemar la cara, que no darte la media vuelta y regresar al dormitorio —dijo Thalia rodando los ojos.
—Tú harías lo mismo, Thalia —señaló Nico.
—Ya lo sé —replicó Thalia.
Me acerqué con cautela al portal. La voz de Zia llegaba desde el interior, pero no entendí lo que decía. El umbral empezaba a solidificarse, volviendo a convertirse en pared, de modo que tomé una decisión instantánea. Salté al interior.
—¿Qué ocurre si se solidifica justo cuando alguien está pasando? —preguntó Lou.
—Que muere aplastado —respondió Walt con sencillez. Varios hicieron muecas de asco.
Zia se encontraba sola, de espaldas a mí. Se había arrodillado ante un altar de piedra y entonaba un cántico en voz baja.
—Creía que habían prohibido el culto a los dioses —comentó una niña de Atenea de unos nueve años.
—Puede que no esté rezando, sino que sea otra cosa —dijo Malcolm.
Las paredes estaban decoradas con dibujos del antiguo Egipto y fotografías modernas.
Zia ya no tenía alrededor aquella sombra brillante, pero estaba sucediendo algo más extraño todavía. Yo había planeado contarle mi pesadilla, pero se me olvidó por completo al comprender lo que estaba haciendo la maga.
—Eh... ¿Alguien más ha malpensado con eso? —preguntó Zeus.
Todos los dioses y varios de los semidioses masculinos levantaron la mano, sonrojándose levemente.
Ahuecó las manos, igual que cuando sostienes a un pájaro, y en ellas se materializó de pronto una esfera de luz azul del tamaño de una pelota de golf. Fue levantando los brazos sin dejar de cantar. La esfera salió volando y desapareció atravesando el techo.
—¿Eso qué era? —preguntó Annabeth con el interés palpable en su voz.
—Esto... —murmuró Zia, intentado buscar una respuesta apropiada. Esa esfera de luz eran los acontecimientos que habían sucedido aquel día que su shabti le mandaba para que ella estuviese informada de todo lo que sucedía.
Claro que no podía decir eso. Todos creían que esa Zia era la verdadera. Así que, aprovechando que ella tenía el libro, se apresuró a seguir leyendo. Annabeth le lanzó una mirada entre sospechosa y curiosa.
De algún modo, supe por instinto que no debería haber visto aquello.
Se me ocurrió salir de la habitación. La única pega era que la puerta ya no estaba. No había otras salidas. Era solo cuestión de tiempo que… «Ups.»
—Pillado —canturrearon los de Hermes.
—Tienes que ser más sigiloso, Carter —le regañó Bast suavemente.
—Yo le puedo enseñar —se ofreció Hermes al instante.
Quizá hice algún ruido. Quizá sus sentidos mágicos se dispararon. La cosa es que, antes de poder reaccionar, Zia ya había sacado su varita y me apuntaba con ella, con el filo del bumerán envuelto en llamas.
—No eres de las chicas que les gusta que le sigan, ¿verdad? —comentó Alyson.
—Hola —dije, nervioso.
Sus facciones pasaron de la furia a la sorpresa, y luego de nuevo a la furia.
—Casi te libras —dijo Hefesto.
—Pero no —añadió Jake.
—Carter, ¿qué haces tú aquí?
—Espiarte —respondió Anubis.
—¿Te ocurre algo? —preguntó Walt, al verlo con el ceño fruncido.
—Nada —respondió Anubis recordando su conversación con Ofois.
—He salido a dar un paseo. Te he visto en el patio, así que…
—¿Cómo que me has «visto»?
—Pues viéndote —respondió Clarisse, rodando los ojos.
—Bueno… ibas corriendo, y tenías una cosa negra pero brillante alrededor, y…
—¿Lo has visto? Imposible.
—Lo imposible sería no ver eso —replicó Katie.
—¿Por qué? ¿Qué era?
Zia soltó la varita y el fuego se apagó.
—No me hace ninguna gracia que me sigan, Carter.
—Creo que a nadie le hace gracia que le sigan —apuntó Piper.
—Hay personas que si les gusta que les sigan —le susurró Lacy, señalando con la cabeza a Drew.
—Perdona. He pensado que a lo mejor tenías problemas.
Hizo ademán de dar explicaciones, pero supongo que cambió de opinión.
—Problemas… sí, podría decirse que sí.
Se sentó bruscamente y suspiró. A la luz de las velas, sus ojos de color ámbar parecían oscuros y tristes.
Miró las fotos que había detrás del altar, y me di cuenta de que en algunas salía ella. En una la vi de niña, descalza frente a una casa de ladrillos, mirando a la cámara con los ojos entrecerrados como si no quisiera que sacaran la fotografía.
—No me gusta mucho que me fotografíen —explicó Zia.
La siguiente era un plano más amplio, que mostraba un pueblo entero a orillas del Nilo; a veces mi padre me llevaba a sitios parecidos, donde las cosas no habían cambiado mucho en los últimos dos milenios. Los nativos, agolpados, sonreían y saludaban a cámara como celebrando algo, y por encima se veía a Zia a hombros de alguien que debía de ser su padre. Más allá, había un retrato de familia: Zia agarrada a las manos de sus padres. Podrían haber sido cualquier familia felahin, en cualquier lugar de Egipto, pero los ojos de su padre tenían un brillo y una amabilidad particulares. Seguro que tenía un gran sentido del humor.
—Tenía un gran sentido del humor —admitió Zia—. Aunque a veces a mi madre le sacaba de quicio. Pero en el fondo le gustaba.
Varios no pasaron desapercibido que Zia hubiese hablado en pasado.
Su madre llevaba la cara descubierta, y reía como si su marido acabara de hacer un chiste.
—Tus padres parecen majos —comenté—. ¿Eso es tu casa?
Zia puso cara de querer enfadarse, pero contuvo sus emociones. O tal vez no le quedara energía.
—Eso era mi casa. El pueblo ya no existe.
—Lo suponía —se oyó por algún lado del pabellón.
Esperé, sin atreverme a hacer preguntas. Nuestras miradas se cruzaron y comprendí que estaba decidiendo cuánto quería contarme.
—Mi padre era granjero —dijo—, pero también trabajaba para algunos arqueólogos. Dedicaba su tiempo libre a peinar el desierto, buscando reliquias o lugares nuevos donde pudiera interesarles organizar excavaciones.
Asentí. Lo que contaba Zia era bastante habitual. Los egipcios llevaban siglos sacándose un sobresueldo de esa manera.
—Es una buena manera de ganarse la vida —dijo Jaz.
—Cuando yo tenía ocho años, una noche mi padre encontró una estatua —continuó—. Era pequeña pero muy inusual, la figura de un monstruo tallada en piedra rojiza. Estaba enterrada con otras muchas estatuas, pero las demás estaban todas destrozadas.
—Eso ya de mala espina —murmuró Miranda.
Aquella, no sé cómo, había sobrevivido. Se la trajo a casa. Él no sabía… no se daba cuenta de que los magos encierran a los monstruos y a los espíritus dentro de estatuas como aquella, y luego las rompen para destruir su esencia.
Algunos bajaron la cabeza, sabiendo hacia donde iba la historia de Zia.
Mi padre llevó la estatua intacta a nuestro pueblo, y… y por accidente liberó…
Zia sintió como Carter le cogía de la mano y se la apretaba con fuerza.
Se le quebró la voz. Miró la imagen de su padre, que la cogía a ella de la mano con una sonrisa.
—Zia, lo siento muchísimo.
Ella hizo una mueca.
—Me encontró Iskandar. Él y los otros magos aniquilaron al monstruo… pero demasiado tarde. Yo estaba acurrucada en un foso de hoguera, cubierta con unos juncos como me había escondido mi madre. Fui la única superviviente.
En el pabellón se hizo el silencio. Nadie hablaba. Aunque no sabían si lo hacían por las personas que habían fallecido esa vez, o para darle un poco de espacio a Zia. Sin embargo, la seguidora de Ra siguió leyendo.
Intenté visualizar el aspecto que debía de tener Zia cuando la encontró Iskandar: una niñita que lo había perdido todo, sola en las ruinas de su poblado. Era difícil imaginarla así.
Algunos trataron de imaginar eso, pero se dieron cuenta de que Carter tenía razón. Era difícil.
—Entonces, esta habitación es un santuario dedicado a tu familia —supuse—. Vienes aquí para recordarlos.
Zia me miró sin expresión en el rostro.
—Ahí está el problema, Carter. No me acuerdo del incidente. Iskandar me contó lo que había ocurrido. Me dio estas fotos, me lo explicó todo. Pero… yo no tengo ni un recuerdo.
Casi le dije que entonces solo tenía ocho años, pero caí en que era la misma edad que tenía yo cuando murió mi madre, cuando nos separaron a Sadie y a mí. Yo lo recordaba con toda claridad. Aún podía ver nuestra casa de Los Ángeles y también las estrellas en el cielo nocturno, desde nuestro porche trasero que daba al océano. Mi padre solía contarnos unas historias descabelladas sobre las constelaciones. Después, antes de irnos a la cama, Sadie y yo siempre nos acurrucábamos en el sofá con mamá, disputándonos su atención mientras ella nos decía que no creyéramos ni una palabra de las historias de mi padre.
Julius negó con la cabeza, mientras Ruby reía.
Nos explicaba hechos científicos sobre las estrellas, hablaba de física y química como habría hecho con sus estudiantes universitarios.
—¿Qué clase de madre les explica a sus hijos pequeños cosas sobre física y química? —preguntó Holly sacudiendo la cabeza.
—Alguien como mi cuñada —respondió Amos.
Visto desde el recuerdo, me pregunté si quizá estaría avisándonos: «No creáis en esos dioses y mitos. Son demasiado peligrosos».
Rememoré el último viaje que hicimos a Londres como una familia, lo nerviosos que estaban mis padres durante el vuelo. Recordé a mi padre volviendo al piso de los abuelos después de la muerte de mi madre, diciéndonos que había ocurrido un accidente. Incluso antes de que se explicara, yo ya sabía que era malo, porque nunca antes había visto llorar a mi padre. Lo que más loco me volvía eran los pequeños detalles que sí se perdían, como el olor del perfume que llevaba mi madre, o el sonido de su voz. Cuanto más mayor me hacía, más me costaba retener esas cosas.
—Es normal irse olvidando de esos detalles —dijo una voz somnolienta—. Por ejemplo, yo no recuerdo que he desayunado esta mañana.
—Es que no has desayunado nada, Clovis. Has estado durmiendo —replicó una chica.
—Creo que tienes razón, Lily —murmuró Clovis, antes de dejar caer de nuevo la cabeza sobre la mesa y empezar a roncar.
Varios rieron al ver al hijo de Hipnos, mientras la hija de Dioniso ponía los ojos en blanco, aunque sonreía con cierto cariño.
No pude ni imaginarme lo que supondría no recordar nada. ¿Cómo lo soportaba Zia?
—Quizá… —Busqué las palabras apropiadas—. A lo mejor podrías…
Ella levantó una mano.
—Carter, créeme. He intentado recordar. No puedo. Iskandar es la única familia que he tenido jamás.
—¿Y amigos?
Zia se quedó mirándome como quien oye una palabra en otro idioma.
—A lo mejor es eso —dijo Leo, pensativamente—. Veamos... amigos.*
Zia lo miró fijamente antes de levantar su puño y envolverlo en llamas. Leo tragó saliva.
—Creo que no es eso —comentó Chris.
Comprendí que desde nuestra llegada al Nomo Primero no había visto a nadie de más o menos nuestra edad. Todos eran mucho más jóvenes o mucho más viejos.
—No tengo tiempo para hacer amigos —dijo—. Además, cuando los iniciados cumplen trece años, los asignan a otros nomos repartidos por el mundo. Yo soy la única que se quedó aquí. Me gusta la soledad. Estoy bien.
Se me erizaron los pelos de la nuca. Era lo mismo que había dicho yo muchas veces cuando alguien me preguntaba qué tal era que mi padre me diera clase en casa. ¿No echaba de menos tener amigos? ¿No quería una vida normal? «Me gusta la soledad. Estoy bien.»
—Si es que estáis hechos el uno para el otro —dijo Afrodita.
Intenté imaginarme a Zia yendo a un instituto público normal y corriente, memorizando la combinación de una taquilla, charlando en la cafetería. No lo vi claro.
—Pues ahora si que es fácil de ver —apuntó Sadie.
—No entiendo lo de las combinaciones. ¡Ni que alguien quisiese un libro de álgebra! —exclamó Zia.
—Algunos de por aquí lo querrían —murmuró Nico mirando a los hijos de Atenea.
Supuse que se sentiría igual de perdida que yo.
—¿Sabes qué? —dije—, después del examen, cuando pasen los días demoníacos, cuando las cosas se calmen…
—Las cosas no van a calmarse.
—… te llevaré al centro comercial.
—Aprende, Percy. La invita justo la primera noche de conocerla. Tú te tiraste casi tres años para invitar a Annabeth al cine —dijo Grover.
—Y tuve que invitarle yo —añadió Annabeth.
—Ya. Ya —dijo Percy, sintiendo como las mejillas se le calentaban.
Parpadeó.
—¿Al centro comercial? ¿Con qué motivo?
—Para dar una vuelta —dije—. Tomar unas hamburguesas, ver una peli.
Zia titubeó.
—¿Eso es lo que llamáis una «cita»?
—Sí —dijo la mayoría.
Seguro que mi expresión no tuvo precio, porque Zia, estando como estaba, me dedicó una sonrisa.
—Pareces una vaca después de que la aticen con la pala.
—Que comparación más extraña —dijo Hazel, sorprendida.
—No me refería… quería decir…
Estalló en risas, y de repente me resultó más fácil imaginarla como una alumna normal de instituto.
—Entonces procurare reírme más y no ir por ahí provocando incendios —bromeó Zia.
—Te tomo la palabra con lo de ese «centro comercial», Carter —dijo—. O bien eres una persona muy interesante… o una muy peligrosa.
—Dejémoslo en interesante.
—Mejor que lo dejéis ahí —dijo Miranda.
Hizo un gesto con la mano y el umbral volvió a aparecer.
—Ahora márchate. Y ve con cuidado. La próxima vez que te pille curioseando, puede que no tengas tanta suerte.
—Traducción: la próxima vez que te pille habrá Carter a la barbacoa —dijo Nyssa.
Al llegar al portal, me volví.
—Zia, ¿qué era esa cosa negra brillante?
Su sonrisa se difuminó.
—Un hechizo de invisibilidad.
Lou sonrió con emoción. Quería conocer ese hechizo.
Solo pueden descubrirlo los magos muy poderosos. Tú no deberías.
—Creo que te acaban de decir que eres un poquito ma... bueno, que eres una mierda —señaló Connor de forma amable.
—Creo que ya nos hacemos una idea, Connor —le cortó Rachel.
Me miró fijamente, esperando una respuesta, pero yo no tenía ninguna.
—Quizá ya… se estaba agotando, o algo
—Eso no te lo crees ni tú —replicó Leonid.
—aventuré—. ¿Puedo preguntarte por la esfera azul?
Ella torció el gesto.
—¿La qué?
Annabeth frunció el ceño. ¿Zia no sabía de que hablaba Carter? ¡Pero si lo había hecho ella misma! Una sospecha se implantó en su cabeza.
—Esa cosa que has soltado y se ha ido volando por el techo.
Puso cara de desorientación.
—No… no sé de qué me hablas. A lo mejor ha sido un efecto de la luz.
Silencio incómodo. O me estaba mintiendo, o yo me estaba volviendo loco,
—No descartaría la segunda opción si fuese tú —señaló Horus.
o… no sabía qué más podía ser. Caí en que no le había contado mi visión de Amos y Set, pero supuse que ya la había presionado bastante por una noche.
—Vale —dije—, hasta mañana.
Regresé al dormitorio, pero pasé mucho rato más despierto.
Cámara rápida hasta llegar a Luxor. Quizá ahora comprendas por qué no quise dejar atrás a Zia, y por qué no creía que ella fuera a hacernos daño de verdad.
Por otra parte, sabía que no mentía acerca de Desjardins. Ese tío no se lo pensaría dos veces antes de convertirnos en caracoles.
—No lo haría —les aseguró Zia.
Eso, y que en mi sueño Set había hablado en francés: «Bon soir, Amos». ¿Era una coincidencia… o aquí estaba pasando algo mucho, mucho más feo?
—No puede ser una coincidencia —dijo Austin, un hijo de Apolo.
La cosa es que, cuando Sadie me agarró del brazo, fui con ella.
Salimos del templo corriendo y nos dirigimos al obelisco. Pero claro, no iba a ser tan sencillo. Somos la familia Kane. Las cosas nunca son tan sencillas.
—Si no son sencillas cuando eres mago, súmale a pertenecer a la familia Kane —dijo Amos.
Estábamos a punto de llegar al obelisco cuando oí el «flis» de un portal mágico. A unos cien metros por detrás de nosotros, un mago calvo con chilaba blanca emergió de un vórtice de arena arremolinada.
—Date prisa —dije a Sadie. Saqué el bastón-báculo de mi bolsa y se lo pasé—. Te he partido en dos el tuyo, así que ya me apañaré yo con la espada.
—Buena opción. Carter se desenvuelve mejor con una espada mientras que Sadie lo hace con varita y báculo —dijo Bast.
—¡Pero si no sé lo que estoy haciendo! —protestó, estudiando la base del obelisco como si esperara encontrar algún interruptor oculto.
—No va a ser tan fácil —dijo Isis, negando con la cabeza.
—Ojala fuese fácil abrir los portales —murmuró Julian.
El mago recuperó el equilibro y escupió arena. Entonces reparó en nosotros.
—¡Deteneos!
—No lo harán —dijo Ares, rodando los ojos.
—¿Por qué siempre preguntan lo mismo? —murmuró Hermes.
—Claro —murmuré yo—, ahora, enseguida.
—Pero antes nos escapamos —añadió Carter.
—París. —Sadie se volvió hacia mí—. Has dicho que el otro obelisco estaba en París, ¿verdad?
—Exacto. Hummm, no es por meterte prisa, pero…
El mago levantó su báculo y empezó a salmodiar.
Tanteé hasta encontrar la empuñadura de mi espada. Mis piernas parecían hechas de mantequilla. Me pregunté si volvería a salirme bien lo del guerrero halcón. Había estado genial, pero también había sido solo un duelo. Y la prueba del puente, cuando había desviado todas esas dagas… no me había dado la impresión de que era yo quien lo hacía.
—Lo hacía yo —dijo Horus.
—Ya lo sabíamos —replicó Osiris.
Hasta el momento, siempre que había desenfundado la espada, había tenido ayuda: estaba Zia, o Bast. Nunca me había sentido solo del todo. Esa vez, no había nadie más.
Sadie le pegó una colleja a su hermano.
—Nadie que estuviese ocupando abriendo portales —se quejó Carter, frotándose la nuca.
Pensar que podría contener a un mago de pleno derecho era de locos. Yo no era un guerrero. Todo lo que sabía de espadas había salido de leer libros. La historia de Alejandro Magno, Los tres mosqueteros… ¿de qué iba a servirme? Con Sadie ocupada en el obelisco, estaba solo.
No es verdad, dijo una voz en mi interior.
«Estupendo —pensé—, estoy solo y encima volviéndome majara.»
—Ya lo estabas —dijeron todos los magos adolescentes.
En el otro extremo de la avenida, el mago gritó:
—¡Ponte al servicio de la Casa de la Vida!
Me dio la impresión de que no hablaba conmigo.
—Sería muy raro —dijo Frank.
El aire que había entre nosotros empezó a removerse. Fluían ondas de calor desde la fila doble de esfinges, con lo que daba la impresión de que se movían. Entonces observé que estaban moviéndose de verdad. Apareció una grieta vertical en cada una de ellas, y de la piedra salieron unas apariciones fantasmales, como langostas mudando el caparazón. Muchas de ellas estaban bastante desmejoradas. A las criaturas espirituales que habían salido de las estatuas rotas les faltaba alguna garra, o la cabeza.
—Creo que así dan más miedo que estando enteras —dijo Cleo con una mueca.
Algunas cojeaban apoyándose solo en tres patas. Sin embargo, había al menos una docena de esfinges de ataque en perfectas condiciones, y todas venían hacia nosotros… con el tamaño de dóbermans, hechas de un humo blanco lechoso y vapor ardiente. Vaya, así que las esfinges estaban de nuestra parte, ¿eh?
—Más bien del mago que las controle —dijo Jason, haciendo una mueca.
—¡Deprisa! —urgí a Sadie.
—¡París! —vociferó ella, levantando el bastón y la varita—. Quiero estar allí ahora mismo. Dos billetes. ¡Si son en primera clase, mejor!
—Ya puestos que sea un viaje cómodo —murmuró Hazel sacudiendo la cabeza.
Las esfinges avanzaban. La primera de todas se lanzó en mi dirección, y por pura suerte logré partirla en dos.
Horus rodó los ojos.
—Ya, suerte —murmuró el dios.
El monstruo se evaporó, convertido en volutas de humo, pero liberó una oleada de calor tan intensó que pensé que se me derretía la cara. Otras dos esfinges fantasma venían al galope. Les pisaba los talones una docena más.
—Creo que no pinta muy bien la cosa —comentó Will haciendo una mueca.
Me noté el pulso palpitando en el cuello.
De repente, el suelo se sacudió. El cielo se ensombreció y Sadie chilló:
—¡Sí!
—¡Bien!
El obelisco brillaba en tonos púrpura, zumbando de energía. Sadie tocó la piedra y aulló. Fue absorbida al interior y desapareció.
—Eso parece muy raro —dijo Emma.
—Y eso es lo más normal que puede haber —añadió Sadie.
—¡Sadie! —grité.
Dos esfinges aprovecharon la distracción para embestir contra mí y derribarme. La espada resbaló sobre los adoquines. Me crujieron las costillas, y sentí un dolor intenso en el pecho. El calor que emanaban las criaturas era insoportable, y me hizo sentir como aplastado debajo de un horno caliente.
—No parece que sea algo muy agradable para enfrentarse —susurró Thalia, pasándose una mano por la frente.
Estiré los dedos hacia el obelisco. Me faltaban unos centímetros. Oí a las otras esfinges acercándose, al mago declamando:
—¡Sujetadlo! ¡Sujetadlo!
Invertí mis últimas reservas de fuerza en reptar hacia el obelisco, con todos los nervios del cuerpo gritando de dolor. Toqué la base con las puntas de los dedos, y el mundo se volvió negro.
—No me gusta como suena eso —murmuró Percy.
De pronto estaba tendido sobre piedra fría y húmeda. En el centro de una plaza enorme. Llovía a mares, y el aire helado me reveló que aquello no era Egipto. Sadie estaba en algún lugar, cerca, gritando alarmada.
La mala noticia era que me habían acompañado las dos esfinges.
—Eso creo que es peor que una mala noticia —dijo Nico.
Una salió de encima de mí y se lanzó a por Sadie. La otra siguió sobre mi pecho, mirándome desde arriba, con el lomo soltando humo bajo la lluvia, con sus ojos blancos y lechosos a centímetros de mi cara.
Intenté recordar cómo se decía «fuego» en egipcio. A lo mejor, si podía hacer que el monstruo estallara en llamas… pero el pánico no me dejaba pensar. Oí una explosión a mi derecha, en la dirección hacia donde corría Sadie. Confié en que la hubiese evitado, pero no podía saberlo seguro.
La esfinge abrió las fauces y formó unos colmillos de humo que no pintaban nada en la cara de un rey del Egipto antiguo.
—Creo que unos colmillos así no pegan en la cara de ninguna persona —dijo Sadie con un estremecimiento.
El monstruo estaba a punto de darme un mordisco en la cara cuando una silueta oscura se cernió sobre él y gritó:
—Mange des tartes!
—¿Come tartas? —repitió Lacy, confusa.
—El mejor grito de guerra que he oído en años —expresó Chris.
¡Tajo!
La esfinge se deshizo en humo.
Traté de levantarme, pero no pude. Sadie llegó dando un traspié.
—¡Carter! Dios mío, ¿estás bien?
—Sí. Sólo me saltó una esfinge encima dispuesta ha arrancarme la cara de un mordisco. Me pasa constantemente.
—Idiota —bufó Sadie.
Parpadeé para mirar a la otra persona, a la que me había salvado. Tenía una figura alta y delgada, vestida con un impermeable negro con capucha. ¿Qué había gritado? ¿«Come tartas»? ¿Qué grito de guerra era ese?
—El mejor grito de guerra —dijo Leo.
Se quitó el impermeable, y una mujer con un traje de gimnasta con manchas de leopardo me sonrió desde arriba, enseñando los colmillos y los luminosos ojos amarillos.
—¡Bast! —chillaron muchos.
—¿Me echabais de menos? —dijo Bast.
—Sí —exclamó Hermes.
—Fin del capítulo —anunció Zia, cerrando el capítulo.
*: Leo dice amigos en español, no en inglés.
Hola gente.
Capítulo veintiuno presente.
Sé que es algo corto, pero como ya hacía bastante que no subía he tenido que darme algo de prisa. Por suerte ya he terminado con los exámenes, así que espero tener algo más de tiempo.
Espero que os haya gustado.
Se despide,
Grytherin18-Friki.
PD: Procurare que el siguiente sea más largo.
