Capítulo 21

Seifer iba en cabeza, seguido por Nick quien no dejaba de observar de reojo a los tres últimos. Viento estaba callada con las manos detrás de la espalda a la espera de que Trueno dijera algo estúpido y poder callarlo con una patada. Este iba hablando animadamente con Selphie, la cual reía y palmoteaba con las barbaridades que decía el moreno.

El enemigo anterior lo dejaron tirado en el suelo después de que Seifer dijera que era suficiente. Aun sabiendo que ya el soldado estaba sin aliento, ellos siguieron golpeándolo sin control.

Juntos se dirigieron escaleras arriba para llegar a otro pasillo, esta vez con dos puertas a los laterales y una en el fondo del mismo. Al llegar a este último, comprobaron que la puerta no se abría y era demasiado gruesa como para romperla. Solo quedaba ir a las dos habitaciones anteriores. Rápidamente, temiendo que aquella guerra estuviera empeorando, adentraron en la primera puerta a la derecha. Se trataba de la cancha de hielo.

-¡Wow! No sabía que este Jardín tuviera este tipo de salas. - Había comentado Nick asombrado mirando alrededor.

-Si, ya podría tener Balamb algo así. En Trabia tampoco había...

De detrás de los asientos y la pared transparente que rodeaba la pista de hielo, salieron varios soldados que esperaban pacientemente por algún intruso.

Sin dudarlo y como un equipo, el antiguo Comité Disciplinario se abalanzó a la vez contra los enemigos. Viento empuñó su Chakram mientras se deslizaba entre los soldados que aparecían en su camino, combinando magia Aero con su arma. Trueno iba a su lado, echando Electro a cada soldado que intentaba burlarlo. Seifer iba más adelante cortando, rasguñando, golpeando y lanzando magia a diestra y siniestra.

Nick, unos pasos más atrás, golpeaba con fuerza los pocos soldados que llegaban gracias al grupo anterior. No obstante, aun le faltaba velocidad y por ello recibía mas daño del que hacía. Gracias a Selphie, que iba a su lado acompañándolo, se libraba de algunos golpes. Selphie aprovechaba la rapidez que había obtenido con los años, para parar a algunos enemigos que intentaban atacar por sorpresa.

Al cabo de unos minutos de intensa batalla, un rugido sonó desde debajo de sus pies. Selphie observó como un monstruo rompía el hielo agrietando toda la pista. Varios de los soldados, Trueno y Nick cayeron al suelo por el terremoto que supuso tal estallido.

-No puede ser...- Susurró Selphie sin quitarle la vista a la enorme criatura que aparecía delante de ella.

Gargantúa. Lo recordaba. Había luchado contra él con los demás en el castillo de Artemisa. Recordaba que había sido difícil vencerlo pero no imposible. Pero... ¿qué hacía delante de ella? ¿No habían acabado con él en su tiempo? ¿O...?

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Más lejos, mucho más lejos, en la parte principal del Jardín de Galbadia, la batalla seguía en pie. Muchos cuerpos yacían en el piso sin vida o muy débiles. A algunos no les quedaban muchas fuerzas para seguir atacando. Ambos bandos perdían gente y energía.

Quistis atacaba sin dudarlo con su látigo con el brazo izquierdo ya que el derecho estaba encharcado de sangre e inmóvil. Sabía que la batalla estaba lejos de terminar, no podrían resistir mucho tiempo.

Zell perdía vista de un ojo debido a un corte en la cabeza que sangraba sin cesar. Por mucho que le diera un pasón rápido con la manga de su camisa, el líquido rojo volvía a dejarlo ciego por breves momentos.

-¡Quistis! ¡Tenemos problemas!- Había gritado el karateka cuando detectó un nuevo enemigo.

La instructora se giró cuando dejó caer a un joven soldado para ver a qué se refería su compañero. Al fondo de la sala, se alzaba como una torre un enemigo que sin lugar a dudas, no lo esperaban.

-¿Catoblepas? ¿Pero qué...?

-No lo sé, pero subestimamos esta lucha.- Terminó Zell meneando la cabeza.

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Nida y el equipo aéreo vigilaba las afueras a posibles huidas, por suerte, era la zona con menos movimientos, pero aun así el Ragnarok y las otras naves ya tenían bastantes daños que necesitaban reparo.

Ninguno sabía cuando, pero deseaban que el comandante Squall apareciera y dijera «a casa», dando por finalizada esta horrible guerra.

- Nida, Nida...- Se escuchó la voz de una joven por el intercomunicador del Ragnarok.

-¿Qué ocurre, Xu?

-Nida, al sur. Mira al sur.

Ignorando a la nave rival que atacaba por el frente, Nida se volvió para mirar por la ventana a su derecha. Al fondo una criatura volaba hacia ellos. Parecía un mosquito gigante con tres puntas en forma de cola de escorpión. Era algo nuevo para ellos, nunca habían visto semejante monstruo.

-¿Qué demonios es eso?

Preguntó el jefe de equipo aéreo a la vez que la extraña criatura juntaba las puntas a su frente creando un remolino de electricidad para ser lanzados directamente contra ellos.

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Irvine estaba arrodillado en una esquina de la habitación intentando recargar su rifle lo más rápido que podía. Squall lo protegía de cualquier ataque, maldiciendo por lo bajo cuando era alcanzado por uno del enemigo.

Cristalino era un rival que acabaron con él en el Castillo de Artemisa en su tiempo. Cuando apareció de repente delante de ambos, se habían sorprendido tanto que pensaron que Artemisa había vuelto. Temieron que hubiera poseído a la abuela Tilmitt y más aun cuando pensaron que su viaje anterior no había servido para acabar con la famosa bruja.

-Aún me pregunto como una anciana de esa edad pudo invocar a estos pequeños seres. ¿No creéis que sea maravilloso?

Pilot estaba sentado indiferente en lo alto de una estantería repleta de libros de todo tipo. Observaba la batalla como si de una película fuera.

Después de la charla animosa que tuvieron los tres juntos, de la nada apareció Cristalino para atacarles sin piedad. Pilot había comentado que Stella después de días interminables de ensayo, consiguió invocar algunos de los guardianes de Artemisa y ahora los estaba manejando en algún lugar del Jardín.

Solo tenían que encontrarla y poner fin a todo.

Cuanto más atacaba Squall, mas contraataques recibía. Irvine se le unía a la lucha, pero pronto se quedaba sin munición y tenía que recargar, especialmente reservando las balas más poderosas para el caso más extremo. Sabía que la pelea acababa de empezar y después de esta iba a ver más.

Gracias a los contraataques, Squall se debilitaba y con ello su límite llegaba. Iba notando como llegaba ese momento pero tenía que tener cuidado de no acabar muerto. Después de todo, tenía un motivo para llegar a casa.

Cuando Cristalino falló en su ataque, Squall notó la energía de su límite vibrar por todo su cuerpo. Preparó su arma a la vez que Irvine le daba espacio. Varios haz de luces rodearon al comandante antes de lanzarse contra la criatura. Elevó más alto al monstruo para propinarle los seguidos ataques antes de que la hoja de su sable brillara con fuerza hasta cortar por la mitad a su enemigo.

Como la última y primera vez que lucharon contra él, Cristalino dejó un «regalo sorpresa» antes de desaparecer de la batalla. Su magia Artema rodeó a los dos luchadores justo en el momento que Squall aterrizaba en el suelo. Irvine, inmediatamente, se cubrió con los brazos la cara y sintió de lleno el golpe, debilitándolo. Haciéndolo caer de rodillas. Cuando todo acabó, se destapó la cara con precaución antes de observar toda la habitación y darse cuenta de un grave detalle.

- Oh, oh. - Exclamó Pilot sarcásticamente. -Me parece que se ha esforzado mucho para detenerme.

En una esquina de la habitación, Squall estaba tirado en el suelo, boca abajo e inmóvil. Su Lionheart estaba a unos metros de él. Irvine enseguida, sin preocuparse del enemigo, corrió hasta su compañero levantándolo un poco para observarlo.

La cabeza y el brazo de Squall rebotaron hacia atrás.

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-Vamos, Rinoa.

En el hospital de Balamb, Rinoa estaba tumbada en la camilla blanca completamente sudada. Las contracciones empezaron en casa de Mama Dincht y cuando llegaron con la doctora Kadowaki, ya estaba lista para dar a luz.

Rinoa jadeaba y se esforzaba cuando le pedían que empujara.

-Empuja, Rinoa. Ya casi está.- Le animaba la doctora sentada frente a sus piernas.

-Rinoa, vamos. Piensa en la cara de Squall cuando llegue a casa.- Mama Dincht no paraba de darle la mano y secarle la frente, mirándola con una gran sonrisa para aliviarla de alguna forma.

-¡Más le vale que vuelva!- Gritó mientras empujaba con fuerza.

Después de muchos esfuerzos, gritos, ánimos, lágrimas y emociones... en el tranquilo Jardín, un llanto de bebé retumbó las paredes del lugar.

Rinoa rebotó la cabeza contra la almohada, aliviada y exhausta. Sin duda, era la experiencia más dolorosa que había sentido pero sabía que valía la pena.

-Felicidades, cielo. Es una niña.

La pequeña que habían puesto en los brazos de la madre, era pálida y tenía unos cuantos pelos negros en la cabeza y aun impregnada por su propia sangre. A Rinoa se le salían las lágrimas al verla.

-Los pelos son tuyos.- Dijo mamá Dincht inclinada sobre la bebé. -Pero está claro que esa nariz es del padre.

La nueva mamá rió emocionada antes de que una enfermera le dijera que tenían que llevarse a la niña para asearla y prepararla para ella.

-Bienvenida al mundo.- Susurró Rinoa antes de besarla en la cabeza y dársela a la enfermera.- Aemise Leonhart.