Capítulo 21: Desencadenada pasión

El corazón de la castaña dio un respingo, comenzando una incontrolable carrera que prometía romper un récord de velocidad. No sólo estaba desconcertada, también estaba paralizada. Los ojos azules de Miroku se fijaron en sus cafés con intensidad, robándole el aliento y toda capacidad de raciocinio. Nunca había tenido la oportunidad de estar a una distancia tan corta de él, pero ahora más que nunca podía confirmar las perfectas y varoniles facciones que lo caracterizaban, haciéndolo realmente deseable e irresistible para cualquier mujer, incluso para ella. Dándose cuenta de sus propios pensamientos, la castaña se vio en la urgente necesidad de descender la vista al suelo, en un desesperado intento por ocultar el evidente sonrojo que se había formado en sus mejillas. Era incapaz de seguirle sosteniendo la mirada.

En realidad, se sentía sumamente vulnerable en presencia de él, y ahora, como si fuera poco, la invasora cercanía de la cual no podía escapar, la intimidaba en sobremanera. Y no era que no quisiera intentar crear un poco de distancia entre ellos, más bien era la puerta de roble, pegada a su espalda, que le impedía apartarse de él dignamente. ¡Estaba atrapada!

Quiero que seas la madre de mis hijos. Sólo tú y nadie más.

Las palabras del oji-azul resonaron en su cabeza una y otra vez, dejándola mentalmente en un alto grado de debilidad y conmoción. Las emociones se arremolinaron en su interior, sólo haciéndola más consciente de sus verdaderos sentimientos y de lo mucho que realmente quería estar con este maravilloso hombre. ¿Ser la madre de sus hijos? Sí, en varias ocasiones se lo había pedido; siempre bromista y desvergonzado, pero nunca lo había hecho de la manera tan seria y decidida como ahora.

—D-deja de bromear —solicitó Sango tras recuperarse de su perturbación inicial. Miroku parpadeó con sorpresa.

—Querida, ¿quién dijo que estaba bromeando? Nunca he sido más serio en toda mi vida cómo ahora —replicó él, deseando poder leerle la mente e invadir sus pensamientos—. ¿Qué te impide confiar en mí? —finalmente inquirió al ver la duda reflejada en los ojos de Sango. Ella no tuvo que reflexionar demasiado para contestar.

—Le pides un hijo a cualquiera que tenga un trasero atractivo a la vista. Eres un mujeriego —siseó y Miroku sintió una gota de sudor resbalar por su sien.

Esta mujer, definitivamente no se andaba con rodeos. Era agresiva, pero también sumamente pasional en sus ideales, y eso era precisamente lo que le gustaba tanto de ella.

—No niego tener una especial debilidad por las mujeres bonitas, pero... la única que consiguió cautivar enteramente mi corazón, eres tú, Sango.

—Miroku…

No esperando por una respuesta, el oji-azul se le adelantó y atrapó la fina cintura de la joven con su mano, atrayéndola a él. Sus cuerpos chocaron, incrementando el palpitar de sus corazones por igual debido al inevitable contacto. Sus rostros estaban tan cerca que podían sentir el aliento del otro rozar provocativamente la zona de sus labios.

—Dime que no me amas, que no te sientes atraída por mí, y no volveré a acercarme a ti, aunque muera lentamente por tu indiferencia.

—Y-yo…

Nunca creyó sentirse tan expuesto en presencia de una mujer, mucho menos sentir un fuego tan intenso consumirlo por dentro como ahora. Sango realmente lo había atrapado. Estaba en la palma de su mano. Muchas veces se había preguntado lo que se sentiría estar verdaderamente enamorado de alguien, lejos de las banalidades que lo rodearon gran parte de su vida y los prejuicios de la alta sociedad. Simplemente compartir un sentimiento puro y verdadero como lo había visto en tantas películas y que parecían simple ficción… hasta que conoció a InuYasha y le mostró su genuino amor por la señorita Kagome. Ahora lo estaba experimentando en carne propia, y aunque había descubierto sus sentimientos por Sango hace algún tiempo ya, estar tan cerca de ella, sólo lo hacía más consciente de sus arrebatadoras emociones que parecían rayar su propia cordura; de lo mucho que ella significaba para él y de la desenfrenada pasión que despertaba en su interior.

Con una sonrisa pícara dibujada en su rostro, descendió intencionalmente su mano hasta la espalda baja de la castaña y buscó acariciar uno de sus atributos favoritos, a sabiendas de la segura reacción de ella. No, no se arrepentía, tampoco consideraba poder detenerse. Estaba listo para asumir las consecuencias de sus actos y de tomar toda responsabilidad.

—Sé mi mujer —pidió en un murmuro ardiente, no creyendo resistirse más.

Despertando de su trance y tomándola desprevenida, Sango dio un respingo al sentir el desfachatado movimiento de Miroku sobre uno de sus glúteos. Recuperándose rápidamente de su desconcierto por la indecorosa petición, se preparó para golpearlo con su puño, indignada.

—¡Eres un…! —En contra de toda predicción, su muñeca fue atrapada antes de tocar la masculina mejilla, aturdiéndola—. ¿Qué?

Sin darle oportunidad de refutar o reaccionar, Miroku se inclinó sobre ella, enterró su otra mano en el castaño cabello para atraerla en un rápido movimiento y la besó.

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El aire fresco de la noche golpeó de lleno los rostros de la joven pareja, a medida que avanzaban velozmente por las calles de la ciudad. Había humedad impregnada en el ambiente y nubes negras cubriendo el manto nocturno, augurando la pronta llegada de una gran lluvia primaveral. Pero ese no era un motivo de preocupación en estos momentos. Correr. Correr era en lo único que InuYasha podía pensar. Normalmente, no era alguien que huyera de sus problemas, mucho menos se consideraba un cobarde. Prefería enfrentarse frontalmente a sus enemigos y atacar con sus puños, aunque eso significara poner en riesgo su propia vida, pero no esta vez. No podía; no quería. Sentía que si no se alejaba lo suficiente y ponía a Kagome a salvo, algo muy malo pasaría.

Estaba seguro de no haber visto demasiadas veces ese lado descontrolado de Jakotsu, pero sí que sabía identificar cuando algo realmente lo irritaba al punto de hacerlo emanar aquella aura oscura y despiadada. Su mirada fiera y su tono hosco, sólo sacaban a relucir parte de su verdadera personalidad, haciéndole casi palpar ese lado sádico que interiormente lo caracterizaba. Pensar que Kagome podría ser su objetivo por sus supuestos celos, lo ponían sumamente nervioso, más que nada porque sabía de lo que ese degenerado era capaz cuando algo iba en contra de sus deseos.

Agarrando firmemente la mano de la azabache entre la suya, InuYasha no lo pensó demasiado y se dirigió a la estación de tren más cercana. Si Jakotsu los perseguía —estaba casi seguro de eso—, entonces, tal vez, tendrían una oportunidad de escapar limpiamente de él y evitar una confrontación.

—I-Inu...

Exhausta por la agitada carrera, Kagome trató de seguirle el paso al oji-dorado. No comprendió completamente el motivo de su urgida huida, pero lo relacionó con la aparición de aquel afeminado. Su mente se llenó de incertidumbre y, de alguna manera, remembró la conversación que habían mantenido hace dos días con Miroku y él. Fue entonces cuando lo comprendió. Ese sujeto era uno de los hombres del tal Onigumo. ¿Estaban en peligro? Los ojos de la mujer se ensancharon con temor al comprender la preocupación del hombre y, sin proponérselo, sus piernas se enredaron entre sí, haciéndola tropezar y trastabillar.

InuYasha sintió el tirón en su mano y se detuvo de forma autómata, girándose hacia ella. Fue cuestión de reflejos para atrapar a la azabache entre sus brazos y evitar su caída.

—¿Te encuentras bien? —inquirió con preocupación, dándose cuenta que ella, seguramente, a duras penas había conseguido mantener su paso. Notó su respiración agitada y reparó en como su aliento se convertía en vapor al contacto con el frío aire del ambiente con cada exhalación. Sus mejillas estaban sonrosadas por la carrera, así como sus manos frías. Se sintió culpable—. Lo siento. Debes estarte congelando —se disculpó, sacándose su chaqueta para posarla sobre los hombros de la azabache—. Además… creo que fui demasiado rápido.

—No, está bien —Kagome negó con su cabeza, dándole a entender que se encontraba en perfectas condiciones. La fragancia masculina que emanaba la prenda llenó sus sentidos—. Gracias.

—Ya falta poco. ¿Puedes seguir? —Preguntó, aproximando su rostro al de ella para examinarla de cerca, mientras sostenía delicadamente las mejillas de la joven entre sus manos, provocando en ella un adorable sonrojo—. Si te sientes cansada, puedo cargarte y…

—N-no es necesario, estoy bien —aseguró Kagome, comenzando a perderse en esos ojos dorados que la hechizaban. Un momento de lucidez, le permitió aclarar su mente y enfocarse en las actuales circunstancias—. Pero... ese individuo...

—¿Creyeron que podían escapar de mí?

La pareja respingó con sorpresa ante la resonancia de una aguda voz a sus espaldas. Reconociendo inmediatamente al dueño de la misma, sin necesidad de tener que adivinar, InuYasha se separó levemente de Kagome y apretó sus puños. Procuró mantenerse calmado e inhaló profundo antes de girarse y enfrentarse a la indeseable figura de Jakotsu. Éste, lleno de resentimiento, escrutó a ambos bajo su oscura mirada. Un singular brillo malévolo se reflejó en sus pupilas al reponer en la cercanía que la azabache mantenía con InuYasha, algo que sin duda no le agradó. Percatándose de su escudriño, el oji-dorado escondió a Kagome detrás de él, protegiéndola con su cuerpo.

—¿Qué es lo que quieres, Jakotsu? —demandó saber InuYasha, no dispuesto a ceder a las estupideces de ese degenerado.

—¿Oh? ¿De verdad me lo preguntas, querido? —Haciéndose el desentendido, Jakotsu esbozó una fría sonrisa que ensombreció su rostro—. Pensé que te darías cuenta... que recordarías mis palabras de nuestro último encuentro.

Los ojos de InuYasha se ensancharon. ¿Recordar sus palabras? Muy consciente de lo que eso significaba, su cuerpo comenzó a temblar involuntariamente, al tiempo que un gruñido escapaba de su garganta. No había forma de ignorar sus indirectas amenazas, sobre todo cuando Kagome estaba de por medio. Pero ese demente estaba muy equivocado si pensaba que le permitiría salirse con la suya, mucho menos querer intimidado con sus fanfarronerías baratas. Claro que estaba consciente de lo que Jakotsu era capaz de hacer, pero eso no significaba que se las pondría fácil. ¡Necesitaba hacer algo para distraerlo y deshacerse de él cuanto antes!

—Keh, como si quisiera perder mi valioso tiempo, recordando tus idioteces —dijo escueto, manteniéndose calmado mientras trataba de mostrarse indiferente.

—¡Qué grosero eres conmigo! Podrías, al menos, mostrarle un poco de respecto al que fue tu entrenador. ¿Qué no te alegra volver a verme después de tanto tiempo? —inquirió Jakotsu con un puchero.

Kagome no pudo evitar fruncir una ceja. La azabache analizó silenciosamente las palabras del afeminado, notando las facciones contraídas en el rostro de InuYasha y su postura protectora para con ella. Si bien la actitud de ese individuo el molestaba, no podía negar el aura maligna que éste emanaba, anunciando su sola presencia peligro. Comprendió las penurias y el tormento por el que habría tenido que pasar el oji-dorado por su causa, sintiéndose impotente. Sabía que debía mantenerse al margen por su propia seguridad, pero la fuerza con la que bulló la sangre en su interior, fue más fuerte que ella.

—¡¿Por qué no le haces un favor al mundo y te mueres de una maldita vez?! —Gruñó InuYasha, totalmente ajeno a la irritada Kagome a sus espaldas.

—Lamento no poder complacerte, querido. Aunque tal vez lo considere, si aceptaras sacrificarte junto conmigo. ¿Te imaginas? Nuestra propia historia trágica…

Disimuladamente y mientras Jakotsu se dedicaba a farfullar un montón de sandeces sin sentido y repugnantes, InuYasha examinó su entorno. Bastante gente transitaba por las calles; muchos de ellos, seguramente saliendo de sus trabajos para dirigirse a sus hogares. Muchas tiendas de alrededor se mostraron repletas de jóvenes y adultos de diferentes edades y géneros, manteniendo un ambiente ameno de un fin de semana cualquiera. La estación del tren estaba cerca. A la distancia pudo distinguir un gran reloj digital que marcaba las 19h17 y un relámpago fulgurar en el oscuro horizonte. Si conseguían alcanzar el próximo ferrocarril...

—Óyeme, tu, el rarito —intervino Kagome de repente y Jakotsu parpadeó confundido al salir de su propia fantasía, señalándose a sí mismo de manera interrogante. InuYasha se congeló en su sitio debido a la sorpresa—. Sí, tu. ¡¿Quién te crees para querer venir a imponer tu voluntad con lamentos y lloriqueos de niña?! ¡Eres ridículo!

—¿Ridículo? —el afeminado puso cara de asombro, más no tardó demasiado en contraatacar, molesto—. Ridículas las mujeres como tú que piensan que con sólo aletear sus pestañas, ya son dueñas y señoras de todo lo que tocan.

—¿Qué? Hasta donde yo lo veo, ¡tú eres el único que está actuando de esa manera!

—A diferencia de ti, yo tengo todo el derecho —provocó Jakotsu, mostrando una mueca de fastidio, mientras se acercaba a la azabache un poco más en cada réplica—. Este hombre ha estado bajo mi cuidado por mucho tiempo; ha cumplido cada una de mis demandas durante años. Yo conozco todas sus debilidades y fortalezas… Incluso conozco la estructura de su cuerpo desnudo —anunció de forma descarada.

—¡¿Qué?! —el oji-dorado se sonrojó con una mezcla de emociones ante lo expuesto, bajando la guardia por unos instantes al verse no sólo sorprendido sino también humillado.

—Desnudo… —repitió Kagome en un susurro, totalmente asombrada, sintiendo pena por InuYasha. El pobre realmente parecía haber pasado por muchas cosas malas y ese solo pensamiento, incrementó su irritación. Dando un paso al frente, se puso a la ofensiva—. ¡Eso es acoso y explotación! ¡Deberían demandarte por degenerado, además de aprovechado!

—¿No será que estás celosa?

—¿Celosa, yo? —La azabache parpadeó con sorpresa ante la inesperada pregunta—. ¿No estarás hablando por ti? Después de todo, fui yo la que ganó esa subasta y…

—¡Ganaste sólo porque el tramposo de Miroku Hoshi intervino, fallando a tu favor! —Chilló Jakotsu con indignación—. ¡InuYasha hubiese sido mío!

El oji-dorado apretó los dientes y estuvo a punto de rebatir aquel absurdo comentario, pero antes de siquiera poder abrir la boca, Kagome habló por él, convirtiéndose la discusión en un temerario altercado entre dos gatas furiosas.

—¡En tus sueños! —rebatió la joven. Estuvo a punto de contradecirlo, indicando que InuYasha le pertenecía a ella, pero al darse cuenta de su propio arrebato, se mordió la lengua con vergüenza. Pensó rápidamente en otra cosa—. ¡InuYasha no es un simple objeto del cual puedas adueñarte a voluntad! Pero alguien tan feo y desaliñado como tú, jamás lo entendería estando en su sano juicio.

—¿Acaso quieres morir, mujer? —Murmuró Jakotsu en un tono mordaz— ¿Qué no sabes quién soy?

—¿Me crees tonta o qué? Tú mismo lo dijiste antes… fuiste el entrenador de InuYasha. ¿Qué hay con eso? —Preguntó, restándole importancia al rol que presumía ese individuo.

Soltando un resoplido en medio de una parcial sonrisa, Jakotsu permaneció unos instantes en silencio, observando a la mujer de pies a cabeza. Admitió para sus adentros que tenía su propio atractivo, además de poseer un carácter fuerte, ferocidad y, ciertamente, valentía. No lo había considerado antes, pero debía reconocerle su tenacidad. Concretó que, muy posiblemente, esas cualidades habían sido las que habían atraído a InuYasha de esa mujer y creyó que era un completo idiota por dejarse atrapar de esa manera.

Sus oscuros ojos brillaron con malicia y sin decir nada, impulsó su cuerpo al frente con un movimiento rápido, quedando a muy pocos centímetros de la azabache. Ella ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, cuando sus narices casi chocan por el inesperado acercamiento. InuYasha salió inmediatamente de su estado de estupefacción, entrando en pánico al leer las viles intensiones de Jakotsu.

—¡Kagome, aléjate de él!

Instintivamente tiró del brazo de la joven y la posicionó detrás de él, escudándola con su cuerpo. Con el rostro contraído, le mostró sus blancos dientes al enemigo en una mueca de ira y éste sonrió.

—¿Qué sucede, InuYasha? Pareces asustado —dijo Jakotsu con un tono burlesco, mostrando sutilmente un afilado puñal debajo de sus ropas. El oji-dorado se encrespó y frunció el entrecejo.

—¡Mantente alejado de ella, maldito! —gruñó con un tono frío y demandante.

Kagome, detrás de él, se sorprendió al escuchar la profunda y casi gutural voz que emitió, erizándose levemente, mas ignorando el verdadero peligro en el que había estado hace unos instantes atrás. Su corazón se encogió con congoja. Nunca antes había visto a InuYasha en ese estado, despertando en ella no sólo la incertidumbre y preocupación, sino también el miedo.

—I-Inu… —quiso intervenir, preguntarle qué era lo que realmente sucedía, pero sintió la amenazante tensión en el aire que la paralizó.

—¿Sabes lo que más me gusta de ti, además de tu indomable carácter e innegable sensualidad masculina? —inquirió Jakotsu, acortando la distancia entre ambos con incontenible deleite. Tomando a InuYasha por sorpresa, lo tomó del hombro y con un ágil e imperceptible movimiento, dirigió el escondido puñal hacia su abdomen—. Tu rostro cargado de turbación y temor —añadió con satisfacción. Varias gotas de sangre cayeron sobre el pavimento y Kagome soltó un pequeño gritito. Los ojos de InuYasha se contrajeron levemente, más no apartándose de los oscuros orbes del afeminado—. Buenos reflejos —reconoció finalmente al dirigir la mirada hacia abajo.

—Eres un maldito… —sujetando firmemente la hoja afilada del puñal en su mano desnuda, InuYasha evitó una herida fatal en un último segundo. Una pequeña distracción y ese hubiese sido un momento nada agradable. Al parecer, el hecho de que hubiera gente transitando a su alrededor no le importaba en lo más mínimo tampoco—. ¡¿Qué pretendes?!

—Tengo que llamar tu atención de alguna manera, ¿no crees? —la oscura mirada de Jakotsu se transformó en la de un sádico asesino que, ciertamente, le provocó escalofríos al oji-dorado. Con una perturbadora sonrisa en su rostro, se acercó a su oído para susurrarle algo que sólo él escucharía—. Recuerda que el destino de tu querida mujer está marcado, así que disfruta de ella mientras puedas… A la primera oportunidad, me desharé de ella con mis propias manos para que jamás te olvides de mí.

Los ojos de InuYasha se ensancharon y, por un instante, creyó toda su voluntad flaquear. El miedo se apoderó de él ante la posibilidad de perder a Kagome otra vez. De hecho, sintió como si el mismo Naraku estuviese hablando a través de Jakotsu, invadiendo su mente con tortuosas palabras de muerte y desánimo. No obstante...

—Corre… —murmuró quedamente sobre su hombro para dirigirse a la azabache tras suyo. Creyó ver el tren a la distancia, acercándose a la estación a la que inicialmente se dirigían. Tal vez…

—¿Qué? —Kagome parpadeó con confusión.

Halando firmemente del puñal que hería su mano, InuYasha atrajo a Jakotsu hacia él y, tomándolo completamente desprevenido, le proporcionó un poderoso rodillazo en el abdomen, al tiempo que golpeaba su espalda con el codo para tirarlo al suelo. En su acción, un objeto brillante cayó del bolsillo de su pantalón sin que se percatara y rodó a los pies del afeminado.

—¡La estación, corre, ahora! —reiteró InuYasha, esta vez girándose hacia la joven, tomándola de la mano y emprendiendo una nueva carrera junto con ella. Si lograban alcanzar aquel ferrocarril, podría poner a Kagome a salvo.

El rugir de un trueno, acompañado de un nuevo relámpago, estremeció el cielo nocturno. Una fría ventisca sopló y las primeras gotas de lluvia mojaron el pavimento, pronosticando la inevitable llegada de un aguacero.

Jakotsu se alzó sobre sus extremidades, tosiendo para recuperar el aliento perdido. Naturalmente, había notado la reliquia que el oji-dorado dejó atrás y, sin analizarlo demasiado, lo recogió y lo guardó entre sus ropas. Era un asesino profesional y como tal, no tardó en recuperarse por completo y perseguir a la joven pareja con pasos agigantados. El fuego del odio resplandeció en sus pupilas y una macabra sonrisa se dibujó en sus labios carmesíes. De alguna manera contradictoria a sus deseos, creyó divertida la desesperada hazaña de InuYasha por liberarse de él, así como también deleitable su sufrimiento por tratar de salvar a esa odiosa mujer.

—¿De verdad creyeron poder escapar de mí? —preguntó con sarcasmo al darles rápidamente alcance en la estación del tren.

InuYasha soltó la mano de Kagome y la escondió nuevamente tras su espalda para encarar Jakotsu. Su concentración estaba enteramente en el tren que había parado detrás de ellos y aguardaba el abordaje de los pasajeros. Un cruce de feroces miradas y la voz del vocero a través de los altoparlantes, anunciando el cierre de las puertas del ferrocarril.

Al mismo tiempo y casi como una coincidencia, Bankotsu arribó en la estación desde otro tren y divisó a las tres conocidas figuras. Inmediatamente reparó en el asustado gesto de la azabache, en la postura protectora de InuYasha y en la actitud poco amigable de uno de sus hermanos. ¿Jakotsu? ¿Qué hacía él con ellos? Frunciendo el ceño con inquietud, el hombre de cabellos trenzados se acercó a ellos para averiguar lo que sucedía. Su oído captó el último intercambio de palabras entre Taishô y su hermano, no tardando mucho en darse cuenta que todo era causado por un estúpido arranque de celos de Jakotsu. ¡Ese idiota lo iba a arruinar todo!

—Jamás te permitiré dañarla —masculló InuYasha, preparado para defender a su mujer a toda costa.

—Eres encantador, pero… ¡te había dicho claramente que no me gustaba sentirme desplazado por nadie! —chilló el afeminado obsesivamente, lanzándose ciegamente contra la joven pareja.

InuYasha, no dudó en empujar a Kagome al interior del tren, un segundo antes de que las puertas finalmente se cerraran y repeler el ataque de Jakotsu frontalmente. La azabache, a duras penas, fue consciente de lo él había hecho, poniéndose rápidamente en pie para golpear desesperadamente la ventana y salir, pero muy en contra de sus deseos, el ferrocarril se puso en marcha, dejando al oji-dorado atrás. Lo último que fue capaz de ver, fue al oji-dorado recibir un golpe en su espalda por otro hombre que, ciertamente, le pareció familiar.

—¡InuYasha!

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No sabía cómo había llegado tan lejos, ni tampoco en qué momento había bajado tanto su guardia para permitirle a Miroku hacer con ella lo que le placiera. De lo único que era consciente, era que ya era demasiado tarde para detenerse o siquiera intentarlo, pues estaba casi completamente desnuda debajo del cuerpo del oji-azul, soltando sonoros suspiros con cada caricia que le proporcionaba con sus expertas manos.

Sí, después de robarle el primer beso tras su confesión y, prácticamente empujarla al interior del penthouse al abrir repentinamente la puerta detrás de ella, todo se nubló en su mente, permitiéndose sucumbir a la irrefrenable pasión. Por una vez, quiso creer en cada una de las palabras de Miroku y entregarse en nombre del amor que lentamente la había estado consumiendo por dentro. Ahora más que nunca, podía sentir ese abrasador sentimiento al fuego vivo, despertando un deseo escondido de ser poseída por este hombre.

Cada fibra de su ser ardía bajo el desinhibido toque que él le ofrecía, haciéndola estremecer y perderse en un mar de nuevas sensaciones que despertaban ansiedad y una reciente excitación jamás experimentada. Sensaciones tan intensas que no creyó posibles y que ahora daba acceso por primera vez con placentero agrado, a pesar de su propia timidez y nervios. Cuando la boca de Miroku atrapó uno de sus pechos y succionó de su pezón, fue inevitable soltar un gemido y aferrarse a sus anchos hombros desnudos en un inútil intento de alejarlo, aunque contradictoriamente también acercarlo más a ella.

La luz de un relámpago destelló a través de sus párpados cerrados, haciéndole creer que debido a la calentura de su cuerpo ya había comenzado a alucinar. En medio de su aturdimiento, la castaña sintió una de las manos del hombre descender hasta su abdomen y alcanzar su vientre bajo, deteniéndose traviesamente en el borde de la pequeña braga. Jugueteó con sus dedos y, cambiando la dirección de su boca hacia el otro pecho, escabulló su mano al interior de la delicada prenda, encontrando rápidamente su punto sensible.

Con un ligero respingo, Sango cerró sus piernas en un acto reflejo y apretó los párpados, soltando un gemido por la inesperada caricia en su parte íntima. Fue sólo cuestión de tiempo para que el oji-azul consiguiera relajarla y humedecerla en medio de sus fogosas caricias, solicitando silenciosamente un mayor acceso a su interior. Llevada por las placenteras sensaciones, ella cedió a la insistente petición, abriendo instintivamente sus piernas para él, permitiéndole a Miroku buscar más libremente la diminuta entrada de su femineidad e invadirla con uno de sus dedos.

—Mi-Miroku…Ah…

Música para sus oídos. Mezclándose el gemido de Sango con el bramido de un trueno, el oji-azul continuó con su labor. Sintiendo la entrada de Sango dilatarse ligeramente con sus insaciables movimientos, se permitió introducir otro dedo en su cavidad y formar un gancho con él para tocar un punto en específico, haciéndola jadear y arquearse. Con una satisfactoria sonrisa, Miroku se encargó de llevar a su adorable Sango al borde de la locura, obligándola a pronunciar su nombre más de una vez bajo el mágico toque de su diestra mano. Aunque a este punto, estaba seguro de no poder contenerse mucho más. Podía sentir el inquietante palpitar en su entrepierna, demandando urgente atención también.

Perdida en un mar de infinitas sensaciones placenteras y la respiración entrecortada, Sango no supo el momento exacto en el que el hombre la terminó de despojar de su última prenda, dejándola completamente desnuda ante él. Pero cuando se permitió abrir sus párpados otra vez, sus mejillas enrojecieron y tragó saliva por la privilegiada vista que se mostró desinhibida ante sus ojos. Reprimiendo su propio pudor, se dedicó a contemplar el miembro grande y erguido que el hombre presumía orgullosamente delante de ella, creyendo que el corazón se le saldría del pecho en cualquier momento. De pronto, su deseo se convirtió en nerviosismo por lo que se venía a continuación.

—¿Te gusta? —Preguntó Miroku, orgulloso por su propia desnudez y por el efecto que había provocado en la joven. Ella, al percatarse de su escudriño sobre ella, apartó avergonzada la mirada—. Espera, que lo que se viene, te va a gustar mucho más —indicó él con picardía. La contempló desde su posición, sintiéndose no sólo dichoso, sino también perdidamente enamorado—. Eres una diosa, Sango —susurró al sonreírle, observándola con deleite y devoción—. Simplemente perfecta —afirmó, inclinándose nuevamente a ella para besarla y buscar el femenino cuello.

—M-Miroku… yo… yo nunca…

No dejándola terminar, el hombre tiró repentinamente de ella y la posicionó sobre su regazo, quedando ambos sentados de frente. Debido al sorpresivo movimiento, la castaña soltó un pequeño gritito, y parpadeó al quedar tan súbitamente en aquella posición. Él, simplemente, no le dio tiempo para refutar o decir algo más, quitándole el aliento con sus húmedos besos apasionados y vehementes caricias descendientes en su espalda. Sabía lo que ella había tratado de decirle y, por eso mismo, pretendió hacerla olvidar todos sus temores y adentrarla de lleno a la irrefrenable excitación que le ofrecía. Sin vacilación alguna, atrapó ambos glúteos femeninos en cada mano, provocando un reiterado sonrojo de parte de ella y el escape de un suspiro. Él sonrió triunfal, pues en otras circunstancias, ya habría sido golpeado por su atrevimiento, pero ahora todo era diferente. No estaba jugando ni mucho menos bromeando con ella. No, de verdad, quería hacerla suya. Ansiaba hacerle el amor con todo lo que este maravilloso acto involucraba, más allá de satisfacer un simple deseo carnal, palpar vivamente las sensaciones que involucraban la unión de dos almas enamoradas.

Llevando el control, el hombre acercó las caderas de Sango hacia él, lo suficiente para que ambos sexos rozaran y enviaran una corriente eléctrica por sus espinas dorsales con su simple contacto. Un gemido escapó de la boca de ambos, y sin poder controlarse por mucho más, Miroku comenzó a menearse y a frotar insistentemente su endurecido miembro entre los calientes y humedecidos pliegues de la mujer, preparándola y buscando el mejor momento para posicionarse finalmente en su pequeña entrada. Había estado con muchas chicas en su vida, no lo negaba, pero nunca había tenido tantas emociones juntas arremolinándose en su interior como ahora. Sensaciones indescriptibles que nublaban su mente al límite de la locura, haciéndole desear, con todas sus fuerzas, unir no sólo su cuerpo, sino su ser entero a la castaña que vibraba extasiada entre sus brazos.

Invadida por la inexplicable sensación de placer que el hombre le otorgaba y la arrebatadora necesidad de fundirse a su cuerpo, Sango se aferró a él con una mezcla de temor y deseo. Se dejó llevar principalmente por sus sentimientos de amor hacia el oji-azul, permitiéndole hacer con ella lo que quisiera, pues ya no resistía más tanta tortura. Quería ser suya.

—Te amo, Sango —diciendo esto, Miroku la besó profundamente y empujó las caderas de la mujer hacia abajo sin previo aviso, penetrándola finalmente con un movimiento limpio y profundo.

—¡Ah!

Rompiendo el beso para soltar un gemido de dolor que se mezcló con el bramido de un nuevo trueno, Sango se abrazó a él con fuerza, percibiendo el escozor de algunas lágrimas formarse en sus ojos. Miroku se vio forzado a apretar los dientes, por el placenteramente apretado y caliente recibimiento que le brindó la cavidad femenina. Quedarse quieto era una tortura, pero sabía del sufrimiento de ella, por lo que se esforzó por no moverse de forma muy brusca como su instinto le reclamaba. Por todos los medios, quería hacerle disfrutar del momento para que lo recordara el resto de su vida.

—Tranquila —susurró en el oído de la castaña, acariciando dulcemente su pelo, mientras se movía lenta y cuidadosamente en su estrecho interior, a penas lo suficiente para que se acostumbrara a él. Escuchó un pequeño quejido y sintió la necesidad de consolarla de alguna manera—. Te prometo que pronto pasará.

Buscando el rostro de Sango, Miroku besó dulcemente sus mejillas, secando con sus labios las lágrimas de sus ojos, al tiempo que mantenía el suave ritmo de sus caderas. Sujetándola firmemente con una mano en la espalda y la otra en uno de sus glúteos, descendió un camino de húmedos besos desde el femenino cuello hasta alcanzar sus erectos senos, en donde se detuvo para lamer y succionar. A pesar de todo y sabiendo que él se esforzaba por devolverle la ansiedad y excitación, ella se mostró entregada y dispuesta a sobrellevar la molestia que la aquejaba, confiando en cada toque y caricia que erizaba su piel y arrancaba más de un suspiro de su boca. Una mezcla de dolor y naciente placer se acumularon en su vientre bajo, sumergiéndola poco a poco en un oasis de enloquecedor éxtasis que ni ella misma era capaz de describir. Antes de darse cuenta, comenzó a disfrutar de la maravillosa unión, estremeciéndose y retorciéndose en cada embestida que la llenaba por completo y enviaba electrizantes sensaciones por todo su cuerpo.

—M-más… —clamó jadeante y Miroku no dudó en obedecer aquella orden, deleitándose con las reacciones que el cuerpo de Sango le mostraba.

Con apasionados y ardorosos besos, el oji-azul bebió de ella, perdiéndose en el dulce néctar de sus labios, turbando completamente su mente en cada reiterada estocada; cada vez más fuerte, más profundo y más rápido, arrancando gemidos y jadeos de placer por parte de ambos. Sus respiraciones se volvieron pesadas y sus pulsos seriamente acelerados, presos de la arrebatadora lujuria que los consumía con tortuosa complacencia, que ni siquiera los hizo notar la tormentosa lluvia que se había desatado en el exterior.

—¡S-Sango!

Sus movimientos cobraron insistencia y fuerza, llevándolos al descontrol que reclamaba la pronta culminación de ambos. Estaban cerca, podía sentirlo. Consciente de la acumulación de energía y el hormigueo que comenzaba a formarse en su vientre, así como la insistente succión sobre su miembro, Miroku se tumbó presurosamente sobre la cama para quedar sobre Sango y continuar hundiéndose en ella desde una posición que le permitía tener un mayor control. Aferró una pierna de ella a la altura de su cadera para profundizar sus rítmicas estocadas y cerró sus ojos, dejándose llevar por las demandas de su propia hombría, mientras se deleitaba con los sonoros jadeos y quejidos de placer que su mujer emitía por su causa.

—¡Mi-Miro-Ahhh!

La escuchó gemir con tortuosa agonía, sintiendo las paredes de su caliente cavidad apretarse deliciosamente entorno a su engrosado y sensibilizado falo al alcanzar ella su primer orgasmo. Él se vio obligado a apretar los dientes al ser arrastrado de lleno junto con ella, y continuó moviéndose para tratar de alargar un poco más el quemante placer que parecía ser contenido en la sensible cabeza de su miembro, hasta que todo explotó, esparciéndose en el interior de la castaña. Ante esto, Sango se abrazó fuertemente a él al sentir los espasmos recorrerla de pies a cabeza, encajando sus uñas en la sudada espalda del hombre, cosa que él no pareció notar en esos momentos, pues estaba demasiado perdido en su propia culminación.

Ambos temblaron y disfrutaron juntos del momento, sintiendo aún el palpitar de sus sexos unidos y ahora inmóviles. Por unos instantes, los dos lucharon por recuperar un poco de oxígeno, tratando de calmar el furioso golpeteo de sus agitados corazones que, lentamente, tomaban un mismo ritmo constante y calmado. El oji-azul permaneció un poco más sobre la mujer antes de salir de ella, tumbarse a su lado y abrazarla a él.

—De haber sabido que la subasta de hombres terminaría uniéndonos de esta manera, la habría hecho mucho antes —comentó Miroku en un tono bromista, acariciando amorosamente el brazo de Sango. Ella parpadeó, confundida, y al comprender sus palabras, sus ojos se ensancharon con horror—. Tal vez debería provocarte celos mucho más seguido.

—Idiota —masculló ella, sonrojada, al ser consciente de que su propio comportamiento inmaduro la había llevado a este punto.

—¿Qué? —Rio divertido, haciéndose el inocente. Se sintió satisfecho por su logro de hacerla sonrojar. Finalmente estaba unido a la mujer que había conquistado su corazón—. Me encanta cuando reclamas tu posesión delante de todos, pero sobre todo, delante de mí... en mis brazos.

—Eres un pervertido —musitó ella cerca de su oído, acurrucándose en el pecho masculino.

—Chiquita, prometo hacerte feliz —declaró Miroku con devoción, besando dulcemente la frente de Sango—. Nada ni nadie nos separará.

Ella asintió y esbozó una tímida sonrisa, aún incrédula por lo que acababa de suceder entre ambos… por lo que había permitido y que había disfrutado indudablemente. Se sentía feliz y profundamente enamorada.

—Más te vale cumplir con esa promesa… o te mataré —dijo ella en respuesta, besándolo en los labios para sellar aquel compromiso entre ambos.

Continuará…

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N/A: ¡Hola a todos!

La verdad, debo confesar que ya había tenido este capítulo prácticamente terminado desde hace unas tres semanas. De hecho, estaba súper entusiasmada por el ritmo que llevaba y por poder publicar "antes", pero… la noche que había planeado editar el documento, ocurrió el terremoto en Ecuador (imagino que ya habrán escuchado los detalles del 16 de abril en los noticieros). Si bien no estuve en la zona directamente afectada, el susto por la intensidad fue tremendo (estuve en un centro comercial), además que la electricidad y comunicación se cortó en muchos lugares, incluyendo el sector donde estuve y de mi casa. Casi inmediatamente, debido a mi trabajo en una fundación de ayuda, me vi obligada a viajar al lugar del epicentro para ayudar y actuar junto a mi equipo, lo que dejó totalmente en el olvido a fanfiction.

Espero que comprendan (aunque francamente no he tardado tanto) y si hoy estoy nuevamente aquí a pesar de todo lo que he visto y vivido en las últimas semanas, es porque amo lo que hago y porque escribir me distrae de alguna manera de la realidad. Los desastres naturales son inevitables, y realmente no hacen más que causar angustia y dolor a los afectados en todo el mundo. Pero si nos dejamos consumir por todos estos hechos, la vida nos envolvería en una irreparable oscuridad que difícilmente permitiría volvernos a levantar. Al igual que muchos, hay que continuar, así que… ¡aquí estoy, dispuesta a seguir exprimiendo a la musa! xD

Dejando mis anécdotas de lado… ¿qué les pareció el capítulo? Como que se subió la temperatura con una de nuestras parejas, ¿no? Jijiji No fue nada sencillo escribir esa parte y es que, las escenas "hot" nunca han sido realmente mi fuerte. ¡Es taaan difícil! Aun así, espero no haberlo hecho tan mal y haber conseguido alguna reacción en ustedes xD. Claro, omitiendo la parte de Jakotsu, InuYasha y Kagome, cuya parte también estuvo algo intensa…

En fin, sin más que acotar, mis reiterados agradecimientos a mis fieles lectores por su apoyo, su paciencia y por sus reviews que siempre me alegran y me animan a continuar escribiendo. Principalmente, gracias a: bruxi, Marlene Vasquez, Lindakagome, Lis y Nataly.

Besos y hasta la próxima.

Con cariño,

Peach n_n