Cabos sueltos
Harry había estado consciente desde un comienzo de que hablar con Malfoy no sería fácil.
No eran amigos, todo lo contrario; estaban en casas que se odiaban y cualquier interacción entre dos miembros de dichas casas siempre llamaba la atención de quienes estaban cerca; y encima de todo había estado en lo cierto: Hiei y Kurama se habían convertido en sus sombras.
No era algo de lo que había estado verdaderamente seguro cuando se lo había mencionado a Ron y a Hermione, pues solo había visto a ambos japoneses extrañamente cerca de Malfoy, y la conversación que había tenido con sus amigos lo había llevado a creer que quizás ese era el caso.
Dos días después no solo estaba claro que lo estaban siguiendo constantemente, sino que quizás los peores temores de Hermione eran ciertos.
Harry no estaba completamente convencido de ninguna de las conclusiones que Hermione había sacado, pero era un hecho que algo tenían de verdad y que nada de lo que había notado los últimos días las desmentían.
Y no avanzar, no descubrir nada nuevo, no poder ignorar la sensación de que estaban equivocados en un detalle importante y el tener problemas en concentrarse en intentar buscar la oportunidad para acercarse a Malfoy sin descuidar las clases ni atraer atención indeseada era verdaderamente agotador.
Esa noche, en cuanto llegó a la habitación de quinto años, Harry se dejó caer directamente en su cama, sin siquiera pensar todavía en cambiarse o quitarse sus gafas.
—¿Tampoco hoy? —cuestionó Ron a poco distancia de él, hablando de forma vaga a propósito a pesar de que estaban solos en la habitación.
—No —dijo Harry con sus ojos cerrados—. ¿Crees que hay alguna forma de hacerlo?
—Ni siquiera sé si vale la pena insistir —resopló Ron—. O si no estamos exagerando.
No ser el único que no estaba convencido debería ser un alivio, pero había un detalle que le impedía expresar que él también dudaba.
—Se ve asustado —susurró, seguro de que Ron entendería a quién se refería.
El estar observando a Malfoy con atención lo había llevado a notar como de cuando en cuando el Slytherin veía de reojo a Hiei y a Kurama, siempre tenso y pálido y luciendo como si tuviese más deseos de huir a trote que de estar cerca de ellos y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que lo motivaba a continuar tratando de hablar con Malfoy y darle una mano.
Ron suspiró.
—Podría intentar distraerlos y tú puedes aprovechar y decirle que hablarán una noche, como cuando él te retó a un duelo —sugirió con ligereza, como si incluso lo considerase algo fácil.
—Creo que Hermione no estará de acuerdo —comentó Harry, volviendo a abrir los ojos y apoyándose en sus codos para enderezarse un poco y ver a su amigo, quien tenía sus labios torcidos en una extraña mueca.
Contener una carcajada ante eso fue imposible y aunque quizás eso podría haber hecho que se ganase algún hechizo de Ron en venganza, la puerta fue abierta y Kazuma Kuwabara entró con su cabeza gacha y luciendo pensativo, interrumpiéndolos.
La habitación se colmó de silencio por unos segundos, al menos hasta que Kazuma alzó su mirada y los vio a ambos observándolo.
—Ah, están aquí —pronunció, sonando tan cansado como Harry se sentía.
Quizás era porque, a pesar de sus violentas peleas con Yusuke en algunas ocasiones, Kazuma nunca parecía una amenaza o porque realmente aún no creía por completo que los japoneses eran peligrosos o simplemente se sentía tranquilo en ese momento ya que todas las mayores pruebas iban solo en contra de Kurama, pero Harry le habló sin pensarlo dos veces.
—¿Todavía estás preocupado por tu presentimiento? —preguntó, recordando la conversación que habían tenido días atrás.
—¿Te vas a burlar como Urameshi? —acusó Kazuma con obvia desconfianza, arrastrando los pies mientras se dirigía a su cama caminando hacia atrás.
—No... no —balbuceó Harry, mirando de reojo hacia Ron para advertirle en silencio que no dijese nada.
Si Ron comprendió o no era algo que Harry no sabía, mas Ron se encogió de hombros y abrió su baúl, enfocándose en buscar algo ahí en lugar de hacer algún comentario.
—Nadie me entiende —se quejó Kazuma como si no le creyese al tiempo que dejó caer sus hombros e inclinó también su cabeza nuevamente, luciendo verdaderamente preocupado.
¿Por qué?
Esa pregunta lo inquietaba más de lo que quería aceptar y aunque Harry casi quería pronunciarla, al final lo descartó.
Después de todo, no estaba seguro de que podría confiar lo suficiente en cualquier respuesta que Kazuma le diese.
Levantarse temprano era un hábito que Minerva había construido con el pasar de los años y que se había convertido en algo tan natural que no recordaba cuándo había sido la última vez que se había despertado debido a la intervención de algo externo.
Fue por eso mismo que, esa madrugada, Minerva se paró de un salto y corrió hacia la ventana sin estar verdaderamente despierta, pues aun sin estar en condiciones de pensar con claridad, sabía que si alguien le había enviado una lechuza antes de que amanecer era porque se trataba de algo urgente.
La pequeña lechuza de color gris que había estado picoteando la ventana voló hacia el interior en cuanto tuvo suficiente espacio para pasar y revoloteó un par de veces en el aire hasta que se paró en una encimera cercana y estiró una de sus patas, donde un pergamino estaba atado.
Minerva encendió una vela y tomó la carta con manos temblorosas, mas antes de poder desenrollarla, la lechuza picoteó la madera del mueble en el que estaba.
Todavía con su mente somnolienta, Minerva murmuró un "Accio, biscochos" que trajo hacia ella un paquete de bocados para lechuzas que siempre mantenía en su habitación y en su despacho en caso de que recibiera allí correspondencia urgente.
La lechuza aceptó gustosa el pequeño biscocho y salió por la ventana con éste, convirtiéndose en cuestión de segundos en una mancha gris en medio del horizonte todavía oscuro.
Tiritando, Minerva cerró la ventana y volvió a poner su atención en el pergamino.
Esta vez nada la interrumpió cuando lo expandió con lentitud sobre la encimera y leyó las pocas palabras en este.
«El peligro se acerca.
Todos deben ser evacuados esta tarde».
Una gran cantidad de interrogantes invadieron su mente de inmediato.
¿Qué tipo de peligro? ¿Quería decir que debían abandonar Hogwarts por completo? ¿Quién había enviado esa lechuza? ¿Cómo sabía que algo ocurriría ese mismo día?
Estaba claro que no había sido alguien de la Orden quien lo había enviado, pues si ese hubiese sido el caso habría enviado el mensaje como un Patronus en lugar de usar una carta que podría ser interceptada fácilmente.
Cada ver más despierta, Minerva murmuró un par de hechizos y apretó sus labios cuando el pergamino no mostró ningún cambio, como si se estuviese rehusando a revelar el nombre del remitente. Si la lechuza siguiese ahí, sería posible hacerla ir hacia la persona que la había enviado, mas ya era tarde para eso.
Con un suspiro, Minerva tomó el pergamino y retrocedió hasta regresara su cama, donde se sentó con la cabeza gacha.
No era imposible que se tratase de una elaborada broma hecha por un estudiante, pero nunca estaba de más ser precavido.
Con eso en mente, Minerva usó su varita una vez más para atraer su túnica y su sombrero, dispuesta a prepararse a comenzar el día incluso más temprano de lo usual para buscar a Albus y hablar con él sobre los planes de emergencia que habían trazado antes y que quizás debían repasar ahora, aun si la advertencia de la carta no era real.
Luego de haber escuchado que no había habido ninguna víctima en el pueblo después del reciente ataque, Yusuke se había tomado unos segundos para respirar con lentitud, como Genkai le había enseñado hacer para meditar, y se dijo a sí mismo que ya estaba más tranquilo.
Ya no tenía ninguna razón para estar enojado con el Reikai, aun cuando no aprobaba la decisión que habían tomado, ni con Botan ni con el mundo.
Aun así, cuando esa mañana estuvo a punto de tropezar con un chico de Gryffindor que decidió levantarse del gran comedor y andar hacia atrás justo en el momento en que él estaba andando tras él, Yusuke no pudo dejarlo pasar como si nada.
—¡Mira por dónde vas!
Casi quería escuchar en respuesta un grito en el mismo tono, recibir una invitación a una pelea —así su oponente quisiese hacerla con varitas en lugar de puños— en la que quizás podría desahogarse, pero no fue así.
La persona con la que se había tropezado resultó ser Harry Potter y el chico se sobresaltó visiblemente, alejándose dos pasos de él velozmente y apretando sus brazos contra su cuerpo.
—Lo siento —dijo y a pesar de su reacción temerosa, Harry lo miró a los ojos y se mantuvo firme.
Aquel chico tal vez no sabía reconocer el peligro que Yusuke era cuando estaba tan irritado o tal vez simplemente sabía que no había hecho nada realmente serio. Yusuke se obligó a tomar una bocanada de aire y a tragarse su enojo mal dirigido.
—No pasa nada —murmuró Yusuke y se sentó con desgano en el espacio libre más cercano frente a la mesa, mirando a su alrededor—. ¿Dónde está Botan? ¿Y Kuwabara? —cuestionó en voz alta a nadie en particular al no ver a ninguno de los dos.
—No sé... —dijo Harry, todavía a poca distancia de él aunque había comenzado a alejarse—. No los he visto hoy.
Yusuke hizo un gesto para darle entender a Harry que lo había escuchado y puso sus manos sobre la mesa, donde, tal como todos los días, apareció una bebida caliente y un plato vacío para que se sirviese lo que quisiera de los grandes platones llenos de comida que ocupaban la mesa.
Sin sentir verdadero apetito, Yusuke tomó una tostada y la miró con el ceño fruncido por unos segundos, sintiendo resurgir su enojo al notar que varios lo estaban observando.
—¿Qué es lo que ven? —pronunció con brusquedad, paseando su mirada por todas las personas cercanas. Eso bastó para que todos volviesen a concentrarse en sus desayunos, intimidados—. Cobardes —masculló Yusuke y mordió con fuerza su tostada.
—Alguien está de mal humor.
Yusuke alzó su cabeza y vio sobre él una cara pecosa enmarcada por un alargado cabello rojo. Se trataba de uno de los gemelos, aunque Yusuke nunca podía diferenciar al uno del otro.
—No me digas —pronunció con ironía, todavía con la boca llena.
—La mayoría se alegra cuando falta tan poco para las vacaciones —dijo Weasley, tomando asiento junto a él—. No pensé que fueras de los que les gusta estudiar.
Yusuke bufó en respuesta.
—Y si no tienes planes, eres bienvenido a acompañarnos —continuó Weasley con una expresión de exagerada contemplación—. Nunca está de más tener una cuarta o quinta opinión.
—Para la famosa tienda —pronunció, terminando de tragar, al recordar la última ocasión en la que los gemelos le habían pedido su opinión sobre algo.
—Kazuma es mejor adivinando —suspiró Weasley antes de alzar su cabeza y entonar en voz melodramática y aguda—: Debe ser por "su ojos interior".
Esa no era una buena imitación de Trelawney, pero Yusuke no pudo contener una corta carcajada.
—Piénsalo y dile también a Kazuma —dijo Weasley con una sonrisa, levantándose al tiempo que le dio una palmada en la espalda.
Esa no sonaba como una mala idea; dejar por un tiempo el castillo y la estúpida misión en la que no les permitían hacer nada para tomarse unas verdaderas vacaciones, descansando un poco de la rutina que seguían en el colegio...
Pero ni siquiera esa perspectiva consiguió mejorar su ánimo por mucho tiempo.
Yusuke no había terminado media tostada cuando dejó caer los restos en el plato y se levantó con brusquedad, sobresaltando a más de uno con eso. Seguía con los nervios de punta y no podía decir que se tratase de un "mal presentimiento" de los que Kuwabara hablaba tanto.
Quizás ya era hora de dejar de jugar al buen detective, faltar a clase, escabullirse del castillo a pesar del toque de tema y quizás entrenar por variar un poco.
¿Hiei, Kuwabara o Kurama estarían de acuerdo y lo acompañarían?
Yusuke no estaba seguro, pero sabía que no perdería nada preguntándoles, por lo que luego de dirigir su vista hacia la mesa de Slytherin y no ver ni a Kurama ni a Hiei allí, salió del Gran Comedor dispuesto a buscarlos.
Harry parecía tener sus dudas y Hermione aún no sabía lo que planeaban hacer; sin embargo, Ron estaba decidido.
En parte era porque cada vez estaba más impaciente de terminar con cualquier cosa relacionada con Malfoy, mas también porque sospechaba que estaban exagerando el peligro que presentaban los cinco estudiantes transferidos, aun si uno de ellos realmente era un demonio, y si obtenían pruebas de eso no solo él, sino también Hermione y Harry podrían estar más tranquilos.
No que pudiesen confiar en lo que les dijese un Malfoy, claro, pero si sus amigos estaban dispuestos a darle una oportunidad, él los ayudaría a que Harry hablase con él de una buena vez.
Encontrar el momento para ello no era simple, pues Gryffindor y Slytherin solo compartían dos clases y cualquier acercamiento entre alumnos de ambas casas en otro momento sería demasiado obvio.
De las dos clases, Pociones no era una opción, por obvias razones; aun así, Cuidado de Criaturas Mágicas era el escenario perfecto y hoy lo era más, ya que la mayoría de los alumnos de ambas casas estaban concentrados intentando ver algún bowtruckle en los árboles que Hagrid había señalado y además, uno de los japoneses había faltado a clase.
Confiando que Harry entendería, Ron le dio un suave codazo e inmediatamente después, ignorando la forma en que Hermione había alzado su cabeza para verlo, anduvo en silencio la corta distancia que los separaba de los tres que recientemente siempre se encontraban juntos.
Ellos dirigieron una mirada curiosa hacia él cuando se detuvo entre Kurama y Malfoy, dejando al rubio parcialmente oculto de la vista de Kurama.
Primer paso, perfecto.
Ron hizo un gesto con su mano para indicarles a Kurama y a Hiei, quien como de costumbre se encontraba junto a Kurama y luciendo tan aburrido como indiferente ante la clase, que se aproximaran para poder hablarles en voz baja.
—Hey, ya tenemos un plan —les susurró, dándole la espalda a Malfoy y esperando que el Slytherin no decidiera insultarlo o lanzarle un hechizo por eso, arruinando en el proceso lo que él estaba intentando lograr.
—¿Un plan? —cuestionó Kurama con sus ojos verdes fijos en Ron. Hiei, en cambio continuó sin prestar verdadera atención, prefiriendo buscar bowtruckles con su cabeza ligeramente ladeada hacia el lugar en el que Malfoy se hallaba.
Quizás Malfoy realmente estaba asustado o simplemente tenía curiosidad de lo que estaban hablando, pues se mantuvo en silencio.
Era una lástima que no estuviese usando la oportunidad para alejarse un poco, pero Ron confiaba que Harry sabría aprovechar la distracción de Kurama y Hiei para hablar disimuladamente con Malfoy y acordar un punto para encontrarse esa noche; de lo contrario, la única otra opción si los dos japoneses continuaban siguiéndolo sería enviarle una carta y esperar que no la ignorara o hacerlo desaparecer con la ayuda de la capa de invisibilidad y eso era algo a lo que Ron se negaría rotundamente, aun si Harry, como dueño de la capa, era quien tendría la última palabra.
—Para atrapar al ladrón. —Esa era una mentira, por supuesto, mas había escuchado de Charlie más de una maldición relacionada con ladrones y planeaba mencionarlas para convencerlos si era necesario.
—Pero el profesor Snape no ha mencionado nada de una nueva detención —señaló Kurama.
En cierta forma eso era cierto; no obstante, en la clase más reciente de Pociones, Snape había dicho suficientes indirectas para darles a entender que no pensaba olvidar su convicción de que Harry era el ladrón y de que encontraría la forma de probarlo, por lo que era natural que ellos no estuvieran convencidos de que Snape desistiría de castigarlos.
Además, si el libro del que Hermione les había hablado decía algo cierto, podía apelar a la naturaleza de Kurama mismo para conseguir toda su atención.
—¿No tienen curiosidad? —preguntó con una pequeña sonrisa, esforzándose por mantenerse inmóvil y no fijarse en Harry o en Malfoy.
—Sí.
—No.
Las respuestas de ambos fueron simultáneas y quizás el simple "sí" o la forma en que Kurama sonrió al decirlo, hizo que Hiei finalmente se concentrase en observar a Kurama con abierta incredulidad.
—Kurama... —pronunció en un tono bajo que sonaba como una advertencia.
—Además —interrumpió Ron, queriendo evitar a toda costa que ellos olvidasen su presencia y que en cualquier momento recordasen a Malfoy—, nosotros no queremos que nos acusen de ladrones, así que...
El resto de sus palabras fueron silenciadas por un fuerte estruendo que parecía provenir de todos sus alrededores.
El sobresalto lo hizo olvidar lo que estaba haciendo y observar en todas las direcciones en busca de la causa de tal ruido, mas no la encontró.
—Vamos al castillo, vamos —dijo Hagrid, reaccionando primero que los demás, en un tono calmo que contradecía la urgencia con la que estaba moviendo sus brazos para indicarles hacia dónde debían ir.
Nadie obedeció a Hagrid de inmediato y Ron apenas hizo un amague de moverse, distraído por el vago recuerdo de lo sucedido días atrás en Hogsmeade. ¿Estaba ocurriendo lo mismo en Hogwarts? ¿Tendrían suficiente tiempo para entrar al castillo antes de una nueva invasión de "criaturas mágicas no registradas"? ¿Dichas criaturas eran demonios...?
—¡Hiei! —La voz de Kurama hizo que Ron volviese a prestar atención en su alrededor.
A pesar del grito de Shuichi, Hiei no se encontraba en ninguna parte y varios estudiantes estaban ignorando a Hagrid, quien seguía insistiendo con más ahínco que debían irse, para fijar su vista en algún punto por encima de los árboles.
Ron hizo lo mismo, curioso, y al ver a lo lejos unas manchas borrosas que parecían estar volando hacia ellos contuvo la respiración. Era ilógico temerle a algo que todavía no podía ver con claridad, pero no pudo evitar estremecerse y recordar lo que Genkai les había dicho sobre los demonios, algo que ni siquiera sabía si era realmente cierto.
Hermione tenía razón: era una estrategia para hacerlos temer y funcionaba a la perfección.
¿O él era el único que se sentía así?
Apartando la vista del cielo, Ron buscó con su mirada a sus amigos. Malfoy se encontraba caminando hacia atrás lentamente a pocos pasos de distancia, pálido y tenso; sin embargo, Harry no estaba cerca de él, como Ron había esperado; Kurama tampoco se había movido, pero a diferencia de todos, estaba observando a sus compañeros y no a las criaturas acercándose.
Al ver en dirección opuesta, notó cómo varios alumnos, en su mayoría Slytherins, habían comenzado a correr hacia el castillo y el que Botan se encontraba todavía cerca de los árboles, hablando con Kazuma mientras señalaba hacia el cielo.
Aun sintiendo cierta curiosidad, Ron decidió ignorarlos en favor de continuar buscando a sus amigos y pronto vio a Hermione, caminando tan rápido como podía hacia él a pesar de que ir en una dirección diferente a la de la mayoría dificultaba su andar.
—¡Ron! —gritó ella—. ¡No veo a Harry, no...!
Una última mirada a los pocos estudiantes que no habían empezado a correr convenció a Ron de actuar y sin perder un segundo más fue hacia ella, tomó una mano de Hermione y la obligó a correr junto a él hacia el castillo.
Él no era un cobarde, pero tampoco era estúpido y aunque le inquietaba la aparente desaparición de Harry, tenía la sensación de que quedándose ahí no lo encontrarían.
El clamor de los demonios acallaba los murmullos de los pocos que se habían atrevido a hablar desde que la orden de aparecerse inmediatamente en las cercanías de Hogwarts había sido dada.
El hechizo había funcionado a la perfección y el cielo sobre ellos había parecido abrirse con un fuerte estruendo, convirtiéndose en una puerta hacia el más allá. Lo seres continuaban apareciendo através de ésta, algunos grandes otros sorprendentemente pequeños, en su mayoría luciendo más similares a un animal que a un ser humano a pesar de pararse en dos patas.
Mientras aguardaban a que llegase el momento para iniciar el ataque, algunos gritaban en un lenguaje incomprensible, otros reían y unos cuantos se limitaban a mover sus dedos o a flexionar sus piernas, como si se estuviesen preparando para usar sus garras muy pronto.
Era una escena que parecía pertenecer a otro mundo y que podía intimidar a muchos pese a lo poco verosímil que resultaba. Sus mortífagos, en su mayoría completamente inmóviles mientras aguardaban por nuevas órdenes, eran una prueba de eso.
—Ese es el castillo —indicó Voldemort a un gran ser de piel roja y de apariencia áspera, el cual había actuado como el líder de los demonios que había convocado hasta ahora.
El demonio entrecerró los ojos, observando la estructura de piedra que se podía ver a lo lejos y luego de unos segundos señaló hacia dicho sitio con su cabeza decorada con tres cuernos.
Varias de las criaturas más cercanas comenzaron a avanzar, mas al llegar a unos pocos metros se tambalearon lanzando un quejido de dolor y retrocedieron.
Como esperaba.
—¿Es un trampa? —gritó uno, girándose por completo hacia Voldemort—. ¡Maldito!
—¿Están diciendo que no pueden pasar? —cuestionó Voldemort sin inmutarse, logrando con su actitud que el ser se quedase inmóvil en vez de lanzarse hacia él para atacarlo.
Los demonios eran criaturas orgullosas, que no conocían su lugar en el mundo, y eso mismo hacía fácil manipularlos sin siquiera tener que usar su varita para devolverlos a su mundo, algo mucho más simple que las barreras poderosas pero imperfectas que protegían a Hogwarts de tales criaturas.
—¿Cómo podemos pasar? —preguntó uno de los demonios luego de un largo momento en el que un silencio tenso se apoderó del diverso grupo.
En lugar de responder de inmediato, Voldemort caminó entre ellos, avanzando hasta el punto en el que los primeros demonios se detuvieron y continuó un poco más, probando que era seguro.
—Así.
Nadie se movió de inmediato, mas poco después un gran demonio gris comenzó a correr con un horrible grito y una vez pasó el sector donde parecía empezar la barrera, inició una carrera desenfrenada hacia el castillo.
Al ver eso, el líder silbó con fuerza y los demás demonios se separaron, rodeando la zona, antes de abalanzarse con un rugido hacia el colegio, la mayoría corriendo y otros pocos volando y adelantándose más velozmente por el aire.
Voldemort sonrió, observando cómo docenas de demonios se convertían en la vanguardia del ataque con el que, sin duda alguna, conseguiría apoderarse de Hogwarts y acabar con Harry Potter.
—Es hora —le dijo a sus mortífagos una vez los últimos demonios estuvieron a cierta distancia y movió su varita al tiempo que pronunció un hechizo.
Todos, ya con sus máscaras puestas y sus varitas en sus manos, iniciaron su andar por el camino que los demonios habían precedido y unos cuantos desaparecieron, adelantándose para tomar su posición como informantes de lo sucedido en el frente de batalla.
Estaba claro que había elegido el momento adecuado para hablar con Kurama.
De haber esperado solo unos días más, Kurama podría haber quedado indefenso en caso de un ataque como el actual. Ahora, en cambio, ambos tenían una mejor idea de lo que podían y no hacer mientras estuviesen en Hogwarts y por eso, Hiei se sentía lo suficientemente tranquilo como para actuar por su cuenta.
Dudaba que el Reikai aprobase que hiciera algo sin recibir una confirmación de si era o no el momento para que los detectives hiciesen su trabajo, pero lo que había escuchado sobre Riddle, la prueba que había ocurrido en el pueblo y el atrevido ataque que había dado inicio ahora le hacía pensar que el que se hacía llamar Voldemort estaría allí, convencido de que usar youkai le daría una victoria fácil y rápida.
No que detenerse a explicarle eso a alguien tuviese sentido.
Pese a los límites que parecía tener en Hogwarts, su velocidad no se veía afectada, por lo que Hiei pudo ir hacia al pronosticado blanco de Riddle y llevarlo al castillo en un abrir y cerrar de ojos.
Eso haría que Riddle no pudiese encontrar de inmediato a la persona a la que quería asesinar, por lo que permanecería ahí por suficiente tiempo y cualquiera de los enviados del Reikai podría encargarse de él.
—¿Qué es lo que...?
Hiei apenas giró su cabeza para ver a Harry, quien se estaba poniendo de pie luego de que él lo había dejado sin ningún cuidado en el suelo, cerca de la puerta por la que había entrado.
Era una lástima no tener tiempo para llevarlo hasta las mazmorras u otro lugar más protegido; tendría que contar con que aquel chico tuviese suficientes instintos de supervivencia para mantenerse lejos de la batalla.
—No salgas del castillo si quieres vivir —le advirtió.
Podía sentir la mirada de Harry fija en él, mas Hiei la ignoró, prefiriendo tomarse un momento para quitarse la túnica reglamentaria del colegio.
Sin poder usar youki a no ser que quisiese verse anormalmente debilitado, dependería por completo de su agilidad y no necesitaba ninguna prenda que ralentizase sus movimientos, aun si también podía darle el beneficio de sorprender a sus enemigos al ocultar su arma. No que necesitase de tal cosa normalmente y ahora, en particular, no se dirigía a ese tipo de batalla en la que la astucia era una mayor ventaja que la fuerza física.
—Me estás ayudando —pronunció Harry—. Tú...
—No salgas —reiteró Hiei, poco interesado en darle explicaciones y convencerlo de no hacer ninguna locura.
—¡Pero Hermione y Ron!
El grito hizo que Hiei se virarse para verlo de frente.
Harry tenía su varita en una de sus manos y parecía estar dispuesto a salir corriendo en cuanto Hiei no estuviese frente a él para impedírselo. Era obvio que aquel chico era un idiota, pero Hiei conocía a varios como él, que arriesgarían su vida por ciertas personas en vez de quedarse con los brazos cruzados.
Verdaderos idiotas.
—Kurama está allá —le dijo con un tono firme—. Sobrevivirán. —Al menos así sería si Kurama recordaba que debían proteger a todos los jóvenes humanos si querían seguir en buenos términos con el Reikai.
—¿Realmente podemos confiar en ustedes? —preguntó Harry en voz baja, mirando de reojo la espada que Hiei tenía en su cinto.
Hiei bufó y desenfundó su espada, moviendo el mango para que la luz se reflejara en la hoja mientras le dedicó a Harry una sonrisa torcida.
—¿Qué crees?
Si Harry no podía encontrar la respuesta por sí mismo, si ni siquiera lo intentaba, Hiei lo consideraría el tipo de idiota al que no vale la pena ayudar para que siga viviendo.
Hiei salió del castillo tan rápido como entró, mas se mantuvo a poca distancia de la puerta y examinó la situación.
Algunos pocos estudiantes ya estaban a punto de llegar a la edificación y por sus bufandas rojas y verdes era fácil saber que se trataban de los mismo Gryffindors y Slytherins que habían estado en la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas.
Kurama no estaba entre ellos, tampoco Kuwabara o Botan, y el gigantesco profesor se veía un poco atrás, urgiendo con gestos y palabras a los rezagados del grupo. El paradero de Yusuke era un misterio, pues había faltado a clase, pero Hiei decidió no detenerse a pensar en él, seguro de que Yusuke sería el primero en salir a enfrentar a los youkai así alguien intentara detenerlo.
Más lejos, sobre los árboles del bosque, un primer grupo de youkai se acercaban volando con una velocidad cada vez mayor.
Era extraño no poder sentir la presencia de los youkai a pesar de que podía verlos con una creciente claridad sin necesidad de usar su Jagan y aunque la tentación de utilizarlo y averiguar si habían rodeado el castillo pasó por su mente, la descartó.
No necesitaba un dolor de cabeza ahora.
Además, la única otra puerta que se veía abierta durante el día desde que habían impuesto el toque de queda estaba en el lado opuesto.
Según Kurama, ambas entradas habían sido encantadas para que solo los chicos que tenían clase afuera pudieran salir por ellas, por lo que estaba claro que si había otro grupo de humanos corriendo peligro, estarían en la zona de los invernaderos y allí no había ningún enviado del Reikai.
El reto que eso presentaba impulsó a Hiei a tomar una decisión e ignorando las miradas de los humanos que detuvieron su carrera hacia el castillo para verlo, quizás intimidados al verlo con su espada, corrió con todas sus fuerzas alrededor del castillo.
Al llegar al camino que daba a los invernaderos descubrió de inmediato que su decisión había sido la correcta y un grupo de youkai se encontraban corriendo hacia los humanos que aún estaban en camino hacia la puerta.
Si bien la profesora que iba a la retaguardia lo instó para que los siguiera, Hiei la ignoró, concentrándose por completo en los más de veinte youkai que venían en su dirección.
¿Qué tan fuertes eran? No saberlo no lo preocupaba tanto; podía averiguarlo con sus propias manos.
Hiei sonrió y aguardó hasta que los humanos estuviesen más cerca de la puerta antes de lanzarse al ataque.
Aun conciente de que debía huir, Draco solo pudo retroceder con lentitud, demasiado pasmado para hacer cualquier otra cosa.
Recordaba bien todas las advertencias de su padre, incluyendo la última un día atrás, que había tenido la suerte de recibir al mismo tiempo que el Profeta lo que le había permitido leerla a pesar de que Jaganshi y Minamino no lo habían dejado solo en ningún momento; aun así, ni las descripciones de su padre ni el saber qué podía pasar lo habían preparado para vivirlo.
Eran docenas y eso solo, de por sí, era aterrador; la velocidad con la que se estaban acercando también era remarcable y si bien todavía no podía verlos con verdadera claridad, juraba que al entrecerrar los ojos podía distinguir cuernos en más de uno y que las alas con las que se impulsaban algunos se parecían más a los pliegos de una ardilla que a verdaderas alas y que al menos uno tenía seis patas.
En comparación, incluso Jaganshi era más normal, aunque no por eso prefería enfrentarlo a él.
El recuerdo del demonio más cercano hizo que Draco observase a su alrededor. La mayoría de los estudiantes ya habían comenzado a correr hacia el castillo y Jaganshi no estaba entre ellos, mas tampoco entre los rezagados.
¿Quizás había ido a reunirse con los demonios voladores?
—¡Vamos, vamos! —Los gritos de Hagrid eran cada vez más insistentes y Draco quería usarlos como excusa para escapar junto a todos. Aun si el castillo no era verdaderamente seguro, era mejor que estar afuera.
No obstante, Minamino continuaba cerca, no tanto como para agarrarlo en un parpadeo si Draco intentaba alejarse, en parte gracias a la extraña forma en que Weasley se había arrimado a hablarles y en parte gracias a la sorpresa inicial que él no había aprovechado como debería, mas sí el suficiente para alcanzarlo con facilidad.
Pero tal vez ahora, que la mayoría había empezado a correr, él podría pasar desapercibido...
Como si presintiese sus planes, Minamino giró su cabeza hacia él.
—Es hora de irnos —dijo con una sonrisa apretada, acercándose y dándole a Draco un pequeño empujón en su espalda para obligarlo a dirigirse al castillo.
Draco no sabía las razones por las que Minamino no quería llevarlo directo al peligro; sin embargo, tampoco tenía intenciones de objetar, por lo que comenzó a moverse junto a los demás.
La mayoría había reaccionado con más presteza y el número de rezagados era pequeño. Él, Minamino, el poco útil profesor que al menos no había abandonado a sus alumnos ante la primera señal de riesgo, Thomas, Kuwabara e Ito.
Tal vez era de esperarse que los últimos en huir fueran Gryffindors, demasiado estúpidos y ansiosos por demostrar su valor, pero el no ver a Potter ni a ninguno de sus amigos eran una sorpresa y aunque pensar en lo que diría el mundo mágico si escuchaba de la cobardía del niño-que-vivió estuvo a punto de hacerlo reír con sorna, la tensión fue más fuerte que él.
—¡Kurama, finalmente! —gritó Kuwabara desde atrás.
—Lo sé. Pero primero... —Minamino no completó su respuesta.
Estaba claro que estaban planeando algo más; no obstante, Draco estaba perfectamente contento desconociéndolo si es que tal cosa le daba la oportunidad de escapar.
A pesar de que ese pensamiento le dio ánimos para acelerar incluso más su paso, un suave pero repentino chasquido en el aire hizo que Draco se detuviese en seco, viendo cómo una persona se materializaba a pocos pasos de él.
La máscara pálida y cadavérica que llevaba esa persona no le era desconocida, por lo que Draco se sorprendió menos de verla que de descubrir que habían roto la barrera anti-apariciones.
Aun así, quizás esa era una buena noticia.
Mirando hacia atrás para cerciorarse de la distancia que lo separaba de los demonios, Draco observó a su alrededor, donde más mortífagos habían comenzado a aparecer, bloqueando el paso hasta el castillo.
Tal vez su padre se encontraba ahí y podría llevarlo a un lugar seguro; si ese era el caso, estaba salvado.
Kurama tenía claro lo que quería hacer: alejarse del peligro y buscar la forma de tener la ventaja antes de regresar.
No seguir sus instintos requería un esfuerzo consciente, pero el recuerdo de las palabras de Hiei y de sus teorías lo ayudaba a ignorarlos, al menos por el momento.
Porque Hiei tenía razón en una cosa: algo estaba mal.
Kurama no estaba convencido de que se tratase de algo causado por el castillo en sí, pues las pocas otras veces que había infundido su youki en una semilla del Makai para hacerla germinar no había padecido de un dolor agudo tan profundo como el que había sentido unos días atrás, mas ese incidente sí probaba que algo había cambiado y para mal, al menos para ellos.
¿Podría, ahora, convertir una brizna de pasto en una espada o incluso algo tan inocuo podría dejarlo vulnerable e incapaz de moverse por unos minutos o incluso horas?
Él desconocía la respuesta, mas sí tenía claro que éste no era un buen momento para arriesgarse, no solo porque su propia seguridad estaba en juego, sino porque tenía algo que hacer.
Proteger a los estudiantes era una de las cláusulas del contrato con el Reikai y en ese momento y en ese lugar él era el único que podía hacerlo. Hiei se había adelantado para llevar al blanco principal de Riddle a un sitio seguro, Kuwabara se había quedado atrás para detener a los youkai que venían acercándose desde el bosque y el paradero de Yusuke era un misterio.
Qué tanto podría hacer si dependía únicamente de sus habilidades físicas era algo que a Kurama no le interesaba saber, pero haría lo posible si realmente era necesario, aun si sus enemigos sí podían usar youki normalmente.
¿Y ese era el caso?
La curiosidad hizo que Kurama mirase hacia atrás, aun cuando contuvo el impulso de regresar para ver la lucha de Kuwabara contra los primeros youkai y averiguar algo durante ella.
No era el momento para eso, se repitió una y otra vez, al menos hasta que un chasquido frente a él lo hizo volver a poner su atención en el camino que llevaba al castillo.
La confusión de ver materializarse a alguien vestido con una túnica negra y con su rostro oculto tras una máscara cadavérica le impidió actuar con verdadera presteza y vio cómo otros tres enmascarados aparecieron con pocos segundos de diferencia y comenzaron a atacar con sus varita, enfocándose principalmente en Hagrid, quien los encaró con un paraguas cerrado en mano y les indicó a gritos a sus alumnos que continuaran hasta el castillo sin él.
Era fácil suponer que los recién llegados eran los hombres de Riddle y que estaban ahí para apoyar el ataque de los youkai e incluso, quizás, tratar de dirigirlo.
Ese no era un problema; lidiar con humanos era sencillo.
Kurama se movió velozmente hacia a uno de los enmascarados y antes de que éste pudiese utilizar su varita, usó una de sus manos para golpear su nuca, enfocándose más en el punto de impacto que en usar verdadera fuerza. No pretendía matarlo, al fin de cuentas.
Aunque Kurama pudo noquear a un par de enmascarados más sin mayor dificultad, sus acciones atrajeron la atención de los otros, quienes se olvidaron del gigantesco profesor para atacarlo a él.
Incluso convirtiéndose en el blanco de varios de los enmascarados, evitar las diversas maldiciones que lanzaron en su dirección fue una tarea fácil. Cada hechizo se movía en línea recta, acompañado de un brillo colorido que delataba su simple trayectoria y aun sin aguardar hasta ver eso, los milisegundos que les tomaba mover la varita y pronunciar las palabras mágicas le daban el tiempo suficiente para apartarse del rumbo del hechizo aun antes de que lo enviasen hacia él.
—¡Avada kedavra!
Tal como las otras veces, Kurama esquivó la luz verde sin mayor dificultad al moverse hacia un lado y luego, sin permitir que el sonido de un cuerpo cayendo tras él lo distrajese, se dirigió a su atacante, al cual dejó inconsciente poco después.
No pensaba dejar que esa pequeña victoria lo distrajese, mas su curiosidad innata lo llevó a girar su cabeza solo lo suficiente para ver quién había recibido aquel hechizo y al descubrir a la víctima rompió su concentración en la batalla por un corto momento.
Malfoy. El rubio era quien estaba en la dirección hacia la que el rayo verde se había dirigido y se encontraba ahí, tan inmóvil como cualquiera de los magos que Kurama había dejado inconscientes y con su brazo estirado en una posición anormal y su mano derecha cerrada aun cuando su varita había caído a cierta distancia de él.
La cercanía de los youkai y la obvia intención de seguir atacando de los enmascarados le impedía acercarse a cerciorarse de su estado, pero no podía estar muerto, ¿verdad?
Continuará
