CAPÍTULO 21
En algún momento del semestre, empecé a portarme bien y a no dormirme por las mañanas. Mi madre estaba contenta con eso, así no tenía que aporrear la puerta de mi habitación hasta que me dignaba a abrir los ojos y a separarme de ese lugar tan cómodo que era mi cama. Pero se estaba tan cómodo, tan calentita entre las sábanas, que cualquier intento por sacarme de allí fracasaba estrepitosamente.
Lo que no me atrevía a decir, era que bajo aquellos tapijos, mi mente se trasladaba a otro lugar, un lugar igual de cálido y cómodo, o incluso más. Porque ella estaba allí, y no había mejor lugar que dormir entre sus brazos.
Pero no me lo admitiría a mí misma, el orgullo era demasiado grande. Ahora ya me daba igual. Sabía que no podía odiarla, por mucho que me lo propusiera. Ni tan siquiera la indiferencia había servido de nada, sólo para hacerle daño y que mis propios actos se volvieran contra mí. Había perdido la cuenta de las veces que había deseado romper su dibujo, hacerlo añicos, quemarlo incluso. Destrozarlo hasta que no quedasen ni las cenizas. Pero no podía; era algo casi tan imposible como dejar de respirar durante más de un par de minutos. Y aunque el corazón me dolía cada vez que lo tenía delante, ya daba igual. Habíamos llegado a una tregua silenciosa, en la que podíamos tratarnos de igual a igual sin hacernos daño.
Pero a mí me seguía doliendo. Porque para mí no era suficiente. Necesitaba más, y pasar las horas muertas en la sala de arte no era suficiente. En esos momentos sólo deseaba parar el tiempo, que el mundo dejase de girar. Porque la tenía delante de mí, sin armadura alguna. Sin el ceño fruncido, sin los ojos llenos de lágrimas a punto de ser derramadas, sin desear marcharse porque yo estaba allí. Quería quedarse conmigo, hablar de libros y de Historia hasta que se quedase sin voz, incluso más. Volver a ver esos ojos verdes iluminarse con cualquier anécdota, con cualquier momento de la Historia era todo lo que necesitaba en mi vida. El resto me daba igual. Sólo la quería a ella, sin reservas. Sin odio, sin tristeza, sin dolor. Sólo quería a la Lexa Woods que nadie conocía, la que se había desnudado en cuerpo y alma en una noche de tormenta. Con eso, yo era feliz.
Pero ella no lo sabía.
Quizá fuera lo mejor. ¿Qué podía darle yo, una simple chiquilla? Además, sólo quedaban un par de meses de clase. Ese mismo verano dejaría de verla, me olvidaría de ella y de este enamoramiento sin futuro ni rumbo.
O eso me obligaba a creer.
Apagué el despertador de un manotazo en cuanto empezó a sonar. Apenas había amanecido, así que aún tenía tiempo. Me vestí rápidamente e hice la cama, para luego bajar a desayunar. Mi madre ya estaba en la cocina, con el periódico del día y una taza de café en la mano. Estaba tan entretenida con él que ni tan siquiera se fijó en mí. Genial.
-¡Jesús, Clarke! -. Al oír mi nombre, me giré. Iba a echarme un poco de café, pero ni tan siquiera lo intenté-. Podrías hacer el intento de dar los buenos días.
-Ibas a asustarte de todas maneras -. Respondí, alzando los hombros. El café estaba recién hecho, incluso aún estaba caliente-. ¿Para qué molestarme?
-¡Porque soy tu madre! A saber cuántos infartos sufriré por tu culpa. Ya tengo una edad, Clarke. La edad es un factor de riesgo.
Bufé, cuando empezaba a hablar en términos médicos me ponía nerviosa. Y más a esas horas de la mañana. Eché un puñado de cereales al café, no era el mejor desayuno del mundo, pero estaba demasiado cansada del mundo como para preocuparme. Podía oír a mi madre riñéndome, como casi cada mañana; pero hoy me daba igual. No sabía por qué, pero algo me rondaba por la cabeza y no me lo podía sacar. Era un pensamiento extraño, como un golpecito en el pecho, tratando de llamar mi atención sin conseguirlo. E insistía, no demasiado, pero el golpecito seguía ahí.
-No llegues muy tarde hoy, cielo -. Me dijo mi madre antes de que saliera por la puerta. Me dio el casco de la bicicleta, y un beso en la mejilla-. Últimamente estás desaparecida en casa.
-Lo intentaré. Pero sabes que el dibujo me tiene muy entretenida, mamá -. Al oír mi respuesta, se cruzó de brazos-. Vale, estaré en casa antes de las siete.
No iba a parar hasta que consiguiera lo que quería, así que cedí para evitar una pelea que no llevaba a ninguna parte. Me puse el casco, y me marché para el instituto. Iba a ser un día raro.
Volví a casa sobre las seis, y para mi sorpresa, mi madre ya estaba allí. Cuando abrí la puerta de casa, me di cuenta de que no estaba sola: todos los Blake estaban allí, además del director del hospital donde trabajaba, Marcus Kane.
-¿De quién es el cumpleaños? -. Inquirí señalando a todos los presentes.
No era la primera vez que Kane estaba en casa; a veces mi madre seguía pensando que yo no era más que una chiquilla que no se daba cuenta de las cosas. Tres años después de la muerte de mi padre, empezó a salir con él; al principio como simples amigos, pero pronto me di cuenta de que algo no cuadraba. Claro, yo ya no era una niña, y empezaba a fijarme en el mundo que me rodeaba. Y eso implicaba que los chicos, a los que en la infancia eran como… descendientes del mismísimo Satanás, no eran tan malvados después de todo. Pero sólo eso, porque la higiene personal seguía siendo muy deficitaria. Gracias a los dioses, terminaron por ceder en su guerra con el jabón y descubrieron un mundo completamente nuevo: la limpieza.
Claro que Kane no era un chico, era un hombre hecho y derecho. Le recordaba en varios momentos de mi infancia, en alguna boda a la que sorprendentemente fui invitada, algún cumpleaños, una fiesta perdida en el tiempo. No era un mal hombre, excepto por su extraña manía con los bonsáis. No podía negarle nada, todo el mundo tenía derecho a entretenerse con algo, aunque fuera podar árboles en miniatura.
-Oh, ya está aquí -. Murmuró mi madre, que se levantó para darme dos besos y llevarme hasta el salón, donde estaban todos. Empezaba a ponerme nerviosa-. Ah llegado antes de lo que pensábamos.
Seguía sin entender nada. Y parecía que era un libro abierto, porque no paraban de mirarme. Era la atracción en aquella reunión.
-¿Os ha comido la lengua el gato o…?
En ese instante, todo el mundo se echó a reír, pero era una risa nerviosa. Sobre todo, por parte de mi madre.
-Cariño, oh dios, esto va a ser más difícil de lo que pensaba… -. No, porque yo empezaba a hacerme una idea. Y me gustaba y disgustaba a partes iguales-. Jake era el amigo de las palabras, no yo…
-Mamá, si has montado todo esto para decirme que Kane se muda aquí, no tendrías que haberlo hecho -. Alcé una mano hasta su mejilla, para que me mirase. Una sonrisa temblorosa hizo su aparición en su rostro-. Cualquiera con ojos en la cara se daría cuenta.
-No es sólo eso, Clarke -. La grave voz del implicado, prácticamente en la otra punta del salón, llamó mi atención. Se levantó para acercarse, arrodillándose cerca de mí y mi madre, a la que le cogió la mano con fuerza-. Nos vamos a casar.
¿Qué?
Era un sueño, ¿verdad? Porque tenía que serlo.
Mi madre… y Kane. Juntos. Eso lo entendía, pero… ¿juntos y revueltos? Me costaba entenderlo. Mucho. Y de nuevo, volví a convertirme en la diversión de aquella reunión no tan improvisada.
-¿Cuándo? -. Logré decir entre susurros casi incomprensibles, bajo la atenta mirada de los presentes.
-No tenemos fecha, pero queríamos decírtelo lo antes posible.
-¿Y los Blake?
-Son nuestros mejores amigos, creí que debían saberlo. Igual que tú.
Sí, claro. Aquello era un complot contra mí. A veces podía comportarme como una cría caprichosa y egoísta, la niña que tuvo que crecer demasiado pronto. Pero si había gente delante, el orgullo era más fuerte que el egoísmo, y me comportaba. Había sido una buena jugada, algo con lo que no me podía quejar y sacar lo que llevaba dentro.
Una vez acabó aquel teatro de mierda, Bellamy se acercó a mí. Cogió a Octavia del brazo y nos sacó a las dos de allí.
Tenía su coche aparcado en la puerta, no era nada del otro mundo, pero era suficiente para él. Condujo hasta quedar en medio de la nada, donde nos esperaba alguien que ya conocía demasiado bien: Lincoln.
Llevaba una cesta en la mano, y una mochila cargada de dios sabe qué que le tiró a Bellamy prácticamente a la cara, pero éste fue más rápido y la cogió al vuelo. Octavia prácticamente corrió a los brazos del chico, quien la recibió con un largo y tierno abrazo, además de varios besos hasta que tuve que girar la cabeza para que no me subieran los niveles de glucosa.
-Con el tiempo te acostumbras -. Murmuró el mayor de los Blake, siguiendo el paso de su amigo y su hermana.
-Gracias por sacarme de allí, no sabía qué hubiera hecho.
-Enfadarte, como siempre -. Le di una colleja que resonó por en medio del bosque, pero él no se quejó-. ¿Qué? Es lo que haces siempre. Te enfadas y te vas. Así, al menos tenías una excusa.
No le respondí. Aquella pelea no conduciría a ninguna parte, y era mejor dejarla ahí. Tras unos minutos caminando a la intemperie, llegamos a una casa de ladrillo y madera, como la de La casa de la pradera, pero sin tanta moñería alrededor.
Bellamy y Lincoln habían venido a pasar el fin de semana a Ton DC, al parecer, las charlas diarias por Skype no eran suficientes. No les culpaba, ahora entendía el continuo enfado de Octavia conmigo; y Bellamy, al fin y al cabo, seguía siendo mi mejor amigo. A pesar de lo que había pasado aquella noche.
Había una barbacoa en la parte de atrás, Lincoln se había ofrecido a hacer de cocinero. No se le daba nada mal, aunque lo cierto era que no tenía nada de complicado. Entre kilos y kilos de carne, alcohol, risas y oscuros secretos que se escapaban en medio de la borrachera, pasamos el fin de semana.
El domingo por la mañana fue el único momento que estuve a solas. En aquellas cabañas había un pequeño parque, pasé allí gran parte de mi infancia, en el columpio que ahora se me antojaba demasiado pequeño. Lexa inundaba mis pensamientos, por mucho que intentara olvidarla, no podía. Acudía a mis recuerdos en cuanto bajaba la guardia.
Iba a volverme loca.
-¿No crees que ya estás mayorcita para estos columpios?
Ah, Bellamy. Qué sorpresa.
Estaba demasiado tranquilo, demasiado sonriente. Sin esperar mi permiso, se sentó en el otro columpio, del que estuvo a punto de caerse. Si eran pequeños para mí, para él eran minúsculos.
-Nunca se es mayor para balancearse en medio de la nada.
Yo sólo quería que se fuera. Pero él no estaba por la labor.
Porque sabía lo que venía, todo lo que había estado evitando desde aquella noche de diluvio. Y no quería pensar en ello, había sido un error, una simple tirita con la que tapar el dolor que las palabras de Lexa me produjeron.
¿Qué te hizo pensar que una simple chiquilla como tú sería capaz de suplir el vacío que dejó Costia? Muchacha incrédula… Tú no eres ella. Nunca serás ella.
El dolor seguía presente, el cuchillo seguía clavado en mi pecho. Pero ya no dolía… tanto. Porque Lexa era casi como un libro abierto, pero tan delicado y maravilloso que apenas me atrevía a tocarlo. No quería destrozarlo.
-Clarke yo… llevo días… semanas en realidad, pensando. Pensando mucho y no me lo puedo quitar de la cabeza -. Oía su voz, pero él no me miraba. No me tocaba, simplemente movía los labios. Cada uno mirando al infinito, envuelto en su propio mundo-. Lo de aquella noche, yo… joder, no sé cómo decirte esto.
Fue entonces cuando cogió impulso y se levantó del columpio, arrodillándose frente a mí. Me cogió de la mano, acogiéndola entre las suyas. Eran cálidas, abruptas y callosas. En ese instante, el recuerdo de sus manos paseándose por mi cuerpo me dio náuseas, que me obligué a tragar.
-Yo te quiero, Clarke -. Sin reservas, sin palabras previas. Todo o nada-. Hace mucho que me siento así, pero no… no me atrevía. Llevamos toda la vida juntos, y hasta…
-Para, Bellamy -. Quise levantarme del columpio, pero su cuerpo me lo impidió-. No me digas más.
-¿Tú también me quieres?
-No.
Aquello pareció hacer click en su cabeza. Se levantó y dio un paso atrás, agitando la cabeza de arriba abajo. Como un niño abandonado, casi.
-¿Entonces por qué te acostaste conmigo? ¿Por qué me buscaste en medio de la lluvia? ¿Querías olvidar a otro, a un capullo sin nombre? -. Se estaba empezando a enfadar, y cuando lo hacía de esa manera, perdía la razón. Se volvía violento, y no quedaba nada del niño afable que todo el mundo conocía-. ¿Qué pasa, que folla tan mal que tuviste que venir a mí para que te quitara el mono, no?
No iba a entrar en razón, lo sabía. Y sólo me quedaba correr.
Y durante un rato, estuve a salvo. Pero Bellamy era más alto que yo, con más músculo y resistencia que yo, y pronto logró alcanzarme. Me dejó caer al suelo, girándome y atrapándome bajo su peso y sus manos.
-Sí, es eso. ¿Quién diría que la siempre correcta Clarke Griffin, la que nunca ha roto un plato, va acostándose por ahí con quien le conviene? Ah, no… que cuando no le gusta, sale huyendo en mitad de la noche. Y se busca a otro como las zorras de más prestigio de América.
-¡Suéltame! -. Grité, grité hasta quedarme sin voz. Hasta que la garganta se me llevó de llantos y lágrimas y me quedé sin fuerzas-. Por favor…
Pero él no me dejaba. Sólo apretaba sus puños alrededor de mis muñecas, haciéndome daño. Sus ojos estaban enrojecidos, de furia y de lágrimas. ¿Acaso se permitía el lujo de llorar? Apenas me sentía las manos, no podía mover los dedos. Sólo cuando Lincoln, armado con una pala, se acercó a nosotros sin hacer apenas ruido y le golpeó con ésta en la cabeza, dejándole inconsciente.
-Eh, eh… ya está, ya se ha acabado -. La voz de Octavia, sus brazos, su calor. Sus manos alrededor de mi rostro, obligándome a mirarla-. Ya estamos aquí, ya se ha acabado.
-Llévatela, coge mi moto -. Lincoln se acercó para asegurarse de que yo estaba bien-. Aquí -. Le dio un papel donde garabateó algo, algo que yo no tuve oportunidad de ver-. Él sabrá qué hacer.
No supe en qué momento acabé en una casa con Nyko y música que me recordaba demasiado a las películas de romanos. O quizá era que estaba demasiado metida en mí misma, en unos recuerdos donde Lexa no dejaba de hablar del Imperio Romano y toda su larga historia. Y yo la escuchaba embobada, como siempre.
En medio del llanto, la llamé.
-¿Clarke? -. Oh, su voz. Su preciosa voz-. ¿Qué pasa?
-Háblame, por favor. Cuéntame lo que sea, lo que quieras -. Reprimí un sollozo, no quería que se preocupase por mí-. Sólo quiero oír tu voz.
Y sin réplica alguna, ella hablaba, hasta que me rendí a la oscuridad de un sueño sin sueños.
Volví a casa por la noche, sin dignarme siquiera a saludar a mi madre. Sabía que había metido la pata, y yo no quería ser quien diera el primer paso. Esta vez no era culpa mía.
Apenas pude dormir esa noche. Me despertaba cada poco tiempo, y no hacía más que dar vueltas en la cama. De la pared a la puerta, y así una y otra vez. No sabía si era porque me había pasado prácticamente toda la tarde durmiendo, o porque si cuando cerraba los ojos veía la furia de Bellamy y mi cuerpo indefenso. Y Lexa no estaba allí para rescatarme. Estaba sola, y nada con lo que defenderme.
Cada vez que me dormía soñaba con lo mismo. Iba a volverme loca.
Cuando me levanté aquella mañana, aún era de noche. Mi madre seguía en la cama, así que podía hacer lo que quisiera. Estaba enfadada. Y asustada. Y envuelta en tal cantidad de sentimientos que no sabía por dónde empezar. Y yo sólo quería estar sola, no tener que responder a las preguntas de aquellos que se preocupaban por mí. No quería enfrentarme a Octavia, a Raven o a Murphy, y mucho menos, a Lexa.
Con la primera luz del amanecer, salí de casa.
Se suponía que iba hacia el instituto, pero aquello no era Arkadia. El instituto no era tan pequeño, ni estaba tan cerca de casa. Llamé a la puerta una, dos, tres veces. No quería desistir, pero tampoco quería pecar de pesada; y más a esas horas de la mañana. Sin embargo, mi tímida insistencia tuvo su recompensa.
En cuanto Lexa abrió la puerta, me lancé a sus brazos. Y me permití llorar, lloré todo lo que había estado aguantando desde la tarde anterior.
-Se suponía que me odiabas -. Murmuró ella, cerrando la puerta con el brazo libre. En cuanto la seguridad de las paredes nos separó del resto del mundo, se atrevió a abrazarme como hacía antes, mucho antes de que todo esto se complicara.
-¿Cómo pudiste creerte semejante mentira? -. Incluso en medio de la tormenta de lágrimas, podía hacerme reír, aunque solo fuera durante unos míseros segundos-. Eres la lista de las dos, Lexa.
-Sólo he vivido más.
Me llevó hasta el sofá, donde me dejó tumbarme. Hizo un par de llamadas, al instituto supuse, y luego volvió conmigo.
Había echado de menos esos silencios, en los que sólo se escuchaba la lluvia golpear la ventana, la televisión de fondo o la canción de turno de la radio. Pero aquella mañana no llovía, la televisión estaba apagada y la radio no emitía sonido alguno. Sólo estábamos ella y yo, y eso parecía ser suficiente.
Nos dejamos caer al suelo, como aquella noche en la que murió mi padre, y pude llorarle como nunca antes me había permitido. Una alfombra cubría el suelo que rodeaba el sofá, aislándonos del frío. Me tumbé en el suelo, y a los pocos segundos, ella me siguió. Sus ojos no dejaron los míos, como si no se atreviese a mirar a otro sitio. Como si temiera que fuera a desaparecer.
Pero yo no quería hacerlo. Quería quedarme allí para siempre.
-Sé que no debería estar aquí, pero no puedo evitarlo. Te he echado de menos, te echo de menos -. Las palabras salían solas de mi boca, un discurso que no parecía tener fin. No hasta que me quedase vacía-. Incluso ahora, teniéndote a escasos centímetros de mí, te echo de menos. No sé cómo he podido ser tan estúpida como para enfadarme contigo, intentar hacerte daño, fingir que no existías. Porque no puedo, simplemente me es imposible vivir en un mundo en el que tú no existes.
-Clarke, no…
-No, déjame terminar. Lo he intentado, créeme. He intentado olvidarte, durante días estuve enfadada contigo, me refugié en quien no debía… ¿Y para qué? Para que aparezcas cada noche en mis sueños, en mis pesadillas. Dándome lo que más quiero y lo que más odio… lo que más odiaba. No sé cuántas veces te he matado en mis sueños, no sé cuántas veces te han arrebatado de mis brazos en mis pesadillas. Pero siempre vuelves, de una manera o de otra. Eres una pesadilla hecha persona, Lexa Woods. Pero a mí me da igual, me dejaría atormentar si con eso puedo estar contigo -. No sabía en qué momento me puse a llorar, pero tenía las mejillas completamente empapadas. Lexa no era más que un borrón en medio de la nada, y la garganta me dolía, casi como si tuviera un cuchillo clavado en el cuello-. Intenté odiarte, y fracasé. Intenté olvidarte, y fracasé. Al parecer soy un fracaso en todo lo que se refiere a ti. Porque también intenté quererte, y fracasé. Sé que nunca seré como Costia, que no seré ella; pero aun así… yo te quiero, como nunca he querido a nadie. Y sé que… sé que no es un simple enamoramiento adolescente. Porque esos no duelen. Y tú me dueles, Lexa. Me dueles cuando respiro, una herida abierta que nunca se cura. Aquí, en el pecho. Como una bala en el corazón.
Silencio, y nada más. Cerré los ojos, quería marcharme de allí; pero mi cuerpo no estaba por la labor de colaborar, así que tuve que desaparecer de otra manera: dentro de mi mente. Allí nadie podía hacerme daño, yo era la única habitante. La más poderosa, que podía hacer y deshacer a su antojo.
Fue entonces cuando sentí algo caliente a mi lado, algo rodeándome y limpiándome las lágrimas que seguían cayendo por mis mejillas, sin parar. Un llanto silencioso, del que no era capaz de tomar constancia. Calor… y peso, algo que se colocaba sobre mí y me protegía del mundo. Unas manos que conocía demasiado bien explorando mi cuerpo, sobre la ropa, demasiado carcomidas por la vergüenza como para atreverse a más. Buscando mi permiso, al igual que sus labios, que se habían afanado en hacer desaparecer todo rastro de lágrimas.
-Quizá no seas Costia, nunca habrá nadie como ella -. Escuché, y su voz parecía marchita, rota, como si no pudiera hablar. Abrí los ojos, y allí estaba. Tan hermosa como siempre, o incluso más. Si muriese allí mismo… no me importaría. Qué gloriosa forma de morir-. Y nunca querré a nadie como la quise a ella. Costia fue mi amor adolescente, mi primer amor, con quien lo descubres todo: sabes que ya no eres una niña, sabes que eres diferente al resto del mundo. Y te odias, porque quieres ser como ellos. Y el mundo te odia, porque no eres como ellos. Y entonces, aparece alguien que te saca de tu agujero, devolviéndote las ganas de vivir y recordándote que ser como la mayoría es aburrido. La quise como a nadie, porque nadie más me importaba como ella. Clarke, mírame -. Me ordenó, inclinándose, acercándose tanto que su nariz rozó la mía. Estaba nerviosa, con el corazón hecho pedazos y esperando la última puñalada-, y entonces llegaste tú. Llegaste a la oscuridad de mi vida y la iluminaste, me descubriste un mundo que ya creía olvidado. Me descubriste un nuevo mundo, en el que aparecías tú. Y yo no podía estar más feliz.
-Pero te fuiste. Te fuiste y me dejaste sola.
-Y no sabes cuánto me arrepiento de ello -. Sus labios estaban muy cerca de los míos, pero no se atrevía a cerrar la mínima distancia que los separaba-. Pero tenía que hacerlo, tenía que ponerte a salvo.
-¿A salvo de qué? ¿Qué le haría daño a una niñata como yo?
Lexa sonrió, pero era una sonrisa triste. Sus ojos estaban al borde del llanto, podía verlo a pesar de la cercanía. Se había puesto nerviosa, pero su cuerpo no temblaba. Más bien como si se hubiera encerrado en sí misma, incapaz de decir aquello que tanto le parecía atormentar.
Sin pensarlo, levanté una mano, acunando su mejilla. No sabía cuánto la había echado de menos, no hasta ese momento. Creía que sí, pero estaba equivocada. Siempre había estado equivocada. Lexa no opuso resistencia, y la besé. Estaba asustada, en un principio. Asustada porque creía que se negaría, que no me dejaría volver a probar esos labios que eran el fruto prohibido que jamás debí probar. Pero ya pequé una vez, ¿por qué no hacerlo de nuevo? Un simple roce, que al instante se convirtió en la necesidad de algo más, consumida por la lujuria, el deseo y qué demonios, la había echado de menos. Y sabía que ella sentía lo mismo, incluso más. Al fin y al cabo, ella había visto más mundo que yo.
-Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, Clarke -. Murmuró contra mis labios, picoteándolos de forma perezosa entre palabras-. Ojalá no fuera tu profesora, y el mundo no estuviera en nuestra contra. Ojalá el mundo no fuera tan egoísta, y podría permitirme quererte más allá de estas cuatro paredes. Ojalá no fuéramos nada, y a la vez lo fuéramos todo.
Me dolía el corazón. Mucho. Y quería volver a llorar, pero Lexa no me lo permitió. Siguió besándome hasta que me rendí al sueño y su calor era lo único que me protegía de las pesadillas. Y fue suficiente, porque no soñé con la muerte. Por primera vez en mucho tiempo, la muerte no me perseguía, ni tampoco la oscuridad ni la soledad. Estaba en paz conmigo misma, y estaba mi padre. Oh, dios, cómo le echaba de menos. Me vi a mí misma siendo una cría, apenas levantando un metro del suelo, jugando con él en la playa, huyendo de las olas que tan frías estaban y que tanto me hacían llorar. Jugando con una cometa que él mismo había hecho, conmigo sobre sus hombros. Y yo reía, y él también.
Cuando cerré los ojos y volví a abrirlos, volví a la realidad. Lexa estaba allí, acurrucada en el suelo junto a mí, mirándome como si yo fuera lo más precioso que existía. Me permití creerla, por una vez.
-¿Qué te alejó de mí, Lexa? ¿Qué te obligó a partirme el corazón en cientos de pedazos, y esparcirlos por el mundo?
-Cage Wallace. Vio tu dibujo, mi dibujo. Y sacó conclusiones precipitadas -. Sonrió de medio lado, pero estaba triste. Y yo, asustada-. Dante me ha ofrecido el puesto de directora, algo que él cree que le pertenece a él por derecho, como si fuera hereditario. No me quiere aquí, quiere que me vaya. O al menos, que no acepte el puesto. Y me atacó en lo que más daño me haría, mucho antes de que supiera el por qué: tú. El amor es debilidad, Clarke. Y tú te has vuelto mi debilidad. Mi flaqueza. Mi Gran Duquesa.
No sabía qué responder a eso. Sus palabras eran como puertas que se abrían en un laberinto sin salida, en el que estábamos encerradas las dos. Ella por su orgullo y su miedo, y yo por mi odio e ingenuidad.
-Es mi culpa, ha sido por mi culpa.
-No, no lo hagas. No te culpes -. Rápidamente se levantó del suelo y me abrazó, meciéndome como si fuera una niña pequeña. Y ella también, por unos segundos. Se permitió ser débil, admitiendo que yo era su flaqueza, su talón de Aquiles-. ¿Quién lo hubiera esperado? Nadie. Él no merece tu compasión, Clarke, ni tu dolor. No merece nada viniendo de ti.
Pero seguía siendo mi culpa. Si no… si no le hubiera pedido esa estupidez, nada de esto hubiera pasado. Estaríamos condenadas a amarnos entre aquellas cuatro paredes, por un tiempo. En la oscuridad de la noche y bajo el abrigo de las estrellas. Pero luego seríamos libres, podría admitir mi amor por ella como nunca lo había hecho con nada ni nadie, excepto por el dibujo. Y ahora todo se torcía, todo se volvía gris, complicado… imposible.
¿Cuántos pañuelos habéis necesitado para leeros este capítulo? ¿Cuántas alabanzas a Lincoln?
Twitter: sass_prince
PD: Sé que esto va a sonar como impertinente y de niñata, pero si me vais a comentar con un :) o cosas parecidas, ahorráoslo. Porque eso no me dice nada, y yo quiero saber. Si gusta, si no gusta. Los comentarios me sirven para tomar un rumbo determinado, porque el fic no es algo rígido en mi cabeza, siempre puede tomar rumbos más o menos diferentes. Pero si comentáis con esa... mierda, a mí no me dice nada. Y sé que suena borde, pero es que lo soy.
