Capítulo 20: Matrimonios concertados

A su regreso a la posada, Kaileena ya había despertado, aunque seguía tumbada en la cama. Trataba de levantarse, pero al moverse sentía un fuerte dolor en la zona donde se dio el golpe. Aún persistiría un par de días más. Los recuerdos de la visión le volvieron a la cabeza. Le preocupaba la visión, aunque Ormazd no volvería a mostrársela más, ya que el futuro que le esperaba era otro bien distinto. Poco sospechaba la Emperatriz de lo que le preparaba Cyrus a su llegada.

- Al fin despiertas. – Saludó él, fingiendo felicidad.
- ¿Dónde estabas? – Preguntó ella, mostrando inocencia, algo muy extraño en ella.
- Inspeccionando la reparación del barco. – Mintió él. Se acercó, se sentó junto a ella y le apartó el pelo de la cara. - ¿Qué tal te encuentras?
- Bien … Supongo que bien. – Se quedó mirándole en silencio un rato. – Lo de anoche … - Recordó lo ocurrido y dejó sin terminar la frase, inmersa felizmente en esos recuerdos.
- ¿Qué? – Preguntó él, sacándola de su fantasía.
- Fue maravilloso. – Le confesó, apoyando la cabeza en su hombro. – Jamás he sentido nada así por nadie.
- Sigue mintiendo, arpía, que no sabes lo que te espera. – Pensó. Para seguirle la corriente, continuó fingiendo. – Debo admitir que lo disfruté. Aunque no esperaba descubrir esa faceta tuya.
- Hay muchas cosas de mí que desconoces.
- Eso es lo que crees … - Pensó otra vez. – El médico ha dicho que debes guardar reposo. Has tenido suerte de no haberte roto nada.
- Me preocupa más la visión que romperme algo. – Dijo, agachando la cabeza.
- ¿Otra vez?
- Mientras estaba bajo el agua … - Dijo tras asentir.- Vi muy poco, sólo el fuego de la batalla. Y luego están estas marcas …
- ¿Tienes idea de qué pueden ser?
- Han comenzado a brotarme tras empezar a tener estas visiones, y desde entonces mis poderes se han visto reducidos … - Kaileena dejó de hablar y descendió la mirada al suelo.
- ¿Qué? – Preguntó Cyrus. -¿Qué ocurre?
- Los Dioses saben que he escapado de la Isla. Ormazd debe estar drenando mis poderes.
- Esto supone una clara ventaja para mí … - Pensó Cyrus, imaginando la emboscada. En su mente sonreía victorioso. - ¿Y eso os preocupa?
- Jamás he vivido sin mis poderes. Sin ellos, sería como ser …
- Una humana. – Terminó él. - ¿Y eso os asusta? ¿Os asusta vivir como una humana?

Kaileena no respondió a esa pregunta. Sólo se tumbó de nuevo en la cama y se tapó con las sábanas. Cyrus tenía que admitir que fingía muy bien. Si no fuera porque conocía sus planes, podría asegurar que estaba siendo sincera y realmente estaba confusa. Pero no caería en su trampa, sería ella la que probaría su propia medicina.

En Babilonia comenzaban a haber problemas debidos a la muerte inesperada de Cyrus. El Rey Sharaman y el Marajá de la India habían acordado que la Princesa Farah, la única mujer de los tres descendientes del Marajá, se desposaría con un Príncipe Persa. El Rey había pensado en Cyrus, quien sentía cierta atracción por ella desde hacía años, aunque él nunca llegó a comprender cómo podía sentirse atraído por una mujer a la que jamás había visto.

Habían acordado que cuando Cyrus regresase de su destierro todo esto acontecería. Pero no contaban con su muerte y ahora tenían que elegir a otro marido. Todo apuntaba a que sería Malik, el heredero al trono. El problema era que tanto uno como el otro no deseaban semejante unión.

El Rey explicaba sus motivos a su hijo, a quien no parecía entusiasmar la idea. Podía verse desposado con muchas otras mujeres además de su actual esposa, pero Farah, desde luego, no era una de ellas.

- Pero Malik, ¿qué tienes en contra de Farah? – Insistía su Padre.
- ¡Es una mocosa! ¡Sólo tiene 25 años y no obedece a nadie! Es una insolente y una consentida. – Protestaba Malik.
- Yo desposé a tu Madre con muchos menos. Además, es una mujer joven, ideal para aumentar tu descendencia. ¡Y uniríamos los dos Reinos!
- ¿Realmente pensáis que tendré hijos con "eso"? ¿Para que sean como ella?
- Malik, has batallado en numerosas guerras y eres un hombre maduro. Su insolencia se acabará en el momento en el que le pongas límites. – Le explicó colocándole la mano en el hombro. – Será tu segunda esposa. Hay otra por encima suya en la jerarquía familiar. Vamos, has doblegado a soldados con más carácter. Acabará acatando órdenes.
- Sigo pensando que reemplazamos a Cyrus muy pronto.
- Hijo, esto no puede esperar. Hay que asumir que tu hermano ha muerto. No podemos mirar atrás constantemente.

Mientras tanto, El Marajá se esforzaba por hacerle entender a su hija la situación. Pero no estaba dispuesta a aceptar ninguna excusa.

- ¡No Padre! ¡No lo comprendéis! No deseo casarme con ese … ¡Bárbaro!
- ¡Muestra algo más de respeto, Farah!
- Pero Padre, ¡me dobla en edad! – Protestó ella. – De los tres hermanos el único con el que veía una remota posibilidad de que esto tuviera sentido era Cyrus.
- Está muerto, Farah. Asúmelo.
- Me hubiera gustado conocerle … - Dijo, mirando unas cartas que traía en una pequeña caja de madera perfectamente pintada y decorada. – Deseaba que me explicase el significado de todas estas cartas que me envió.
- Lo sé, hija. Pero no es posible. Tendrás que vivir con esa duda para siempre. – El Marajá se sentó junto a ella y acarició su mano.
- Padre, por favor … - Suplicó Farah, casi echándose a llorar. – No me obliguéis a casarme con ese hombre. No le conozco de nada. A Cyrus al menos lo conocía mediante sus cartas, pero Malik es un completo desconocido.
- Farah, necesitamos esta unión. Sabes que el Reino quedó destrozado tras el ataque de los persas y el de los Daevas. Somos poderosos, pero no más que Persia.
- ¿Anteponéis vuestro Reino a vuestra propia hija? – Le preguntó con lágrimas en los ojos.
- A veces los gobernantes debemos hacer sacrificios. – Le contestó, apartándole el mechón de pelo que siempre llevaba suelto tapando parte de su rostro. – Lo comprenderás con el tiempo.

Cuando ambos monarcas hicieron entrar en razón a sus hijos, se reunieron para cenar. Aquella noche, la esposa de Malik, Darya, y sus tres hijos, cenarían en otro momento junto con Rostam y los suyos. Malik y Farah estaban sentados el uno junto al otro. Él no se dignaba a mirarla siquiera, ella miraba de vez en cuando disimuladamente, no muy agradada.

Tras la cena, ambos Padres propusieron a sus hijos que dieran un paseo por los jardines, a solas. Ambos pasearon sin decir palabra hasta que Farah rompió el silencio.

- Si os soy sincera, este matrimonio no me entusiasma para nada. – Comenzó ella.
- ¡Vaya! Al menos una cosa en común sí que tenemos. ¡Magnífico! Así me será menos agobiante aguantar vuestras niñerías.
- ¡¿Niñerías? ¡¿Cómo osáis? – Se indignó Farah. - ¡Sois un descarado y un maleducado!
- Os aconsejo que comencéis a mostrar respeto hacia vuestro futuro marido. – Masculló él. Malik odiaba la rebeldía en una mujer. Era algo que le sacaba de sus casillas.
- ¿Es una amenaza? – Se encaró Farah. – Porque si mi Padre se entera tendréis un problema.
- No, Princesa. El problema lo tendréis vos. No creo que a vuestro Padre se le ocurriese atacar a Persia en el estado en el que está su Reino. – Negó él, orgulloso.

Farah no respondió a eso. En lugar de ello, desvió la mirada y comenzó a caminar en otra dirección para sentarse tras un árbol. Malik pensó en lo que había dicho. Había oído rumores de que la India no lograría recuperarse del ataque de su Reino y el de los Daevas, pero siempre había sido una nación fuerte. ¿O el motivo de la unión no era sólo por reparar las amistades entre ambos Reinos?

- ¿He dicho algo que os haya ofendido? – Preguntó en tono de disculpa.
- Mi Padre me obliga a casarme con alguien a quien apenas conozco sólo por salvar su Reino … No le importa lo que yo piense. – Dijo ella, sin mirarle.

Entonces era cierto. La India deseaba aquella unión para salvar el Reino de la destrucción que los amenazaba. A Malik le extrañaba que el Marajá concertase un matrimonio con un persa para su hija. Era su preferida, su hija del alma. Jamás había visto a un Padre tan unido a su hija. Pero ahora lo comprendía. Farah había sido la víctima de una medida desesperada ante una situación desesperada.

- Pero, entonces … ¿tal mal está la India?
- Mi gente sufre en agonía. Las calles están llenas de muertos, los edificios derruidos, apenas hay comida o agua. Los Persas destruisteis nuestras defensas y los Daevas arrasaron con todo lo demás.
- Farah, vuestro Padre hace lo que puede. – Malik se sentó junto a ella y trató de animarla. - ¿Qué haríais vos si estuvierais en su lugar?
- Pero, ¿por qué sacrifica la felicidad de su hija de ese modo? – Farah no pudo evitarlo y comenzó a llorar.
- Estoy seguro de que vuestro Padre también sufre por ello, os adora. – Le dijo, tendiéndole un pañuelo para que se secase las lágrimas. – A veces un Rey debe anteponer su Reino a su propia Familia … A veces incluso a él mismo. En los momentos de desgracia, el Rey vive por y para su Reino, sin importar nada.
- Os habéis aprendido muy bien esa lección.
- No he dejado de verlo en mi Familia toda mi vida. Nuestro Padre apenas tenía tiempo para mis hermanos y para mí. Mi hermana pasaba más tiempo con nuestra Madre, pero Rostam y yo debíamos entrenarnos para combatir algún día junto a Padre … Había veces que no le veíamos en meses. Y con Cyrus … - Malik se paró ahí, mordiéndose el labio inferior.
- ¿Qué ocurre?
- Cuando él llego, mi Padre se cerró por completo. Vivía sólo para el Reino. Nunca quiso a Cyrus, empleó el Reino como medio para evitarle. – Malik se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro. – Tuvimos que ser Rostam y yo quienes le adiestramos en el arte de la Espada. Él jamás estuvo ahí. Aunque Cyrus se esforzaba por sorprenderle, jamás le dedicó una simple mirada de aprobación.

Farah escuchaba atentamente las palabras de Malik. Ahora comprendía por qué era tan serio. Su educación no había sido como la suya. Ella había se crió con su Madre, y cuando ésta falleció, su Padre le asignó multitud de siervos para tener todo tipo de comodidades. En cambio, él y sus hermanos, sobre todo Cyrus, tenían que esforzarse para ganarse el respeto de su Padre. Él, sobretodo, al ser el heredero, tenía que probar que valía para tal puesto.

- Supongo que la forma con la que me han criado a mí no ha sido la misma que la vuestra … - Dijo ella.
- Vos habéis vivido como una Princesa rodeada de comodidades. Además sois la única mujer de tres hermanos, y la más pequeña. Vuestra educación se ha basado en libros de poemas, historia y literatura. La nuestra se ha basado en cómo manejar la espada … De no ser por nuestra Madre, no sabríamos ni leer o escribir.
- Son situaciones diferentes … - Farah le devolvió el pañuelo. – Lamento haberme puesto así.
- No tenéis que disculparos. Habéis tenido una vida llena de comodidades y esto choca con vuestra perspectiva, nada más.
- Sois comprensivo para ser un guerrero. – Le dijo levantando una ceja.
- Un buen guerrero nunca olvida la compasión y comprensión hacia sus semejantes. – Le dijo sonriendo.

A lo lejos escucharon unos pasos. Alguien venía corriendo hacia ellos apresuradamente. Tras los arbustos apareció un joven con un trozo de papel.

- ¡Alteza! – Llamó el chico casi sin respirar.
- Calma, ¿qué ocurre?
- Esto. – Le dijo, extendiéndole el papel. – Acaba de llegar un ave mensajera con él. Es para vos.

Malik comenzó a leer mientras Farah observaba atenta. Se alertó al ver que la expresión de su cara comenzaba a cambiar. Tenía una mezcla de asombro y alegría dibujada en su rostro.

- No puede ser … - Dijo casi sin poder creer lo que leía.
- ¿Qué ocurre? – Preguntó Farah, preocupada.
- Cyrus está … ¡vivo!
- ¡¿Está vivo?
- Sí, pero eso no es lo más sorprendente. – Malik tenía los ojos abiertos como platos. - ¡Dice que trae a la Emperatriz con él! ¡
- ¡¿A la Emperatriz del Tiempo? – Farah no se lo creía. – Es una broma, ¿no?
- No, no. Aquí lo dice bien claro. Quiere que le espere en el puerto con soldados para tenderle una emboscada. Mirad. – Y le enseñó el mensaje.
- Entonces, ¿ha sobrevivido a la Emperatriz del Tiempo? ¡No puedo creerlo!
- ¡Rápido! Tenemos que decírselo a mi Padre.

Salieron corriendo hacia el Salón del Trono, donde el Rey Sharaman continuaba charlando con el Marajá sobre la unión de sus hijos. Malik estaba eufórico y no podía esperar a contárselo a su Padre. Cyrus estaba vivo, era lo único en lo que podía pensar.