Life Book

Disclaimer: Death Note es una obra creada por Tsugumi Ōba y Takeshi Obata, publicada por primera vez en diciembre del 2003. Este fanfic tiene unos años de vida por lo que es cronológicamente imposible que la serie me pertenezca. El lucro es meramente satisfacción personal y el gusto por escribir, nada más.

Categoría: Aventura - Romance - Humor

Cursiva – Pensamientos o palabras, frases a resaltar, sueños, reglas, conversaciones telefónicas, etc.…

Narración normal – 3ra persona

Parejas: ¿Indeterminado?

ADVERTENCIA:La lectura de este capítulo es muy exigida dado gracias a la gran cantidad de párrafos desarrollados. No pases inadvertida esta recomendación: lee este capítulo en dos, tres o más días… de forma tranquila. No fuerces tu visión leyéndolo todo en un día. Tómate tu tiempo.


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התאבדות פיגוע התאבדות

Capítulo XX: Jisatsu | Kamikaze

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Sí, los hay psicópatas y criminales, también políticos y militares…el diablo vive de diversas maneras y viste numerosos uniformes… sin embargo, se relata peores congojas y no puede haber espacio para la comparación entre la maldad y lo falto de ella… Está fuera de cualquier medida o noción… nunca habrá aquello que iguale a su terrorífica entelequia, a su inmunidad total. A sus pasos ficticios y sus acciones tangibles. Metafísica, sin humanidad o individualidad… Sus asesinatos, son suicidios. Su salario, tus acciones. Haz y vendrá. No olvida ni absuelve. Tiene voz y no da opciones, así que descarta la misericordia. Nace contigo y acaba contigo. Tu locura afila su guillotina y carga su revólver. Es el carruaje de las oscuras memorias.

El mayor verdugo de la historia,…

La consciencia...

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Pero no olvides estos pasos: Corre, sacia tu adrenalina, que el aire te escasee, dale a tus pulmones la oportunidad de reinventarse, deja que la sangre fluya más resuelta y veloz. Piensa. Reflexiona. Cavila. Crea un historial en tu mente. Medita tantas veces hasta matar despiadadamente la incertidumbre. Voltea hacia la alborada y encara la decisión. A ver si ahora osas abandonar la luz del sol.

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Nunca el alba tradujo tanto rayo en oscuridad, tanto silencio en el latigazo seco de la horca al colgar el peso, tanto calor en frialdad, tanto aroma fresco y nuevo en el salado y coagulado olor de la sangre, tanto aliento en amargura. El amanecer olvidaba regalar otro día de vida y experimentaba con anunciar la muerte.

Las hojas tiritaban en sus manos pero las palabras permanecían quietas, fijas, soldadas a una sentencia mucho más enlutada e inescrutable que cualquier explicación en esos párrafos infames, mucho más ensordecedoras que un violín desafinado tocado con fuerza, mucho más dolorosas que diez clavos hundidos en los pies, mucho más asfixiante que la zona abisal del océano. Mucho más que cualquier otra tortura.

Homicida. Segundo Kira. Death Note Acabaré con esto.

La narrativa cobraba más sufrimiento a medida que sus ojos avanzaban y calaban el texto en una especie de práctica flagelante. La lectura era dificultosa e inestable, cargada de gemidos, llanto y shock. Las frases se alzaban aplastantes, victimarias, sorpresivas, que de un día para el otro, le arrebataban la clemencia en sus existencias. El auxilio se escondía bajo la sombra de cualquier polo, pero no estaba presto para ellas.

Buscaban desesperadamente algún indicio de algo, una palabra, una frase que contradijese lo que sucedía, que señalase la perspectiva de una esperanza. Al contrario, las líneas se extendían con el mismo tema, con el mismo color, la misma tinta, la misma confesión y la misma despedida, una y otra vez.

La verdad se había filtrado en principio como un aire insípido por las rendijas de las persianas de una ventana y ahora abría de par en par las hojas de la misma con la fuerza brutal de una tormenta de desierto, entregando el salvajismo de la veracidad. Una tempestad que no podría haber yacido mucho más en secreto y el haber durado tanto bajo un velo de desconocimiento, sólo lograba más fundamentos para el calvario.

Una sinceridad cargada de honradez tardía e inefectiva… una vela derretida y vieja que no podía iluminar, consumida sin nunca antes haber sido utilizada… olvidada, con la cera rendida en medio de la oscuridad.

La realidad de la que nunca fueron partícipes, no obstante habrían de sufrir. Todo lo anterior a ello en sus vidas, había sido una fantasía.

Perdían el control nuevamente, de pie no soportarían, se habían desmoronado en el sótano obstruido de una casa, cuyo techo creían que les abrigaría por siempre. Pero ahí estaba, dando sus últimas voluntades y abandonándolas.

Irse, escapar, creer perder…rendirse. Todo sonaba como una traición. Eran una familia, o eso les llevó la ingenuidad a pensar.

El testamento cayó al suelo de la cocina y sus incontables páginas se esparcieron como sus espíritus y su psiquis, quebrados y enfermos, tragados por la garganta de algún demonio. Ante la ausencia de la histeria, la parálisis hizo doble turno. Todo era claro, sin embargo estupefaciente, descolocado, absurdo y ridículo: Su tutora optaba por la muerte auto infligida, tras confesarles sus delitos como homicida y cómplice de otro asesino. Según decía, a las primeras luces de la mañana siguiente todo habría acabado ya. Amanecía y para ellas empezaba.

Tan poco sentido tenía todo y mucho padecimiento había para repartir. Y ellas eran solamente dos.

Preguntar dañaba exorbitantemente y conocer las respuestas mortificaba más.

El sol iluminaba. El ventanal no mentía. Ellas negaban y rogaban por una expectativa ametrallada. Palpitaba la desdicha.

La más joven se dejó caer de rodillas, sus manos jalaban su cabello, incapaz de contener cualquier pensamiento racional, observando la crueldad despampanante a la que su linaje no paraba de ser sometido. Su hermana mayor yacía a su lado, aún erguida, no obstante con los latidos desorientados, como si las arterias y venas unidas a su corazón hubiesen sido desconectadas de él y vueltas a enlazar de forma errónea, de modo que nada trabaja en su lugar debido, todo su sistema marchaba violentado. Respiraba mal, pensaba mal y sentía mal.

Ese día, no sólo una de ellas moría, las tres lo hacían.

Era tarde para intentar cualquier cosa, y temprano para enmudecer totalmente. Había mucho para gritar.

Lo cierto es que todo duele más en medio de un panorama inspirador de vida. Tras las generosas ventanas de la cocina, aparecía el cálido amanecer que mecía despacio aquellas ramas del bosque aún desnudas pero que pronto volvería a estar vestidas, estirándose para las siguientes horas del día, siendo doradas y despabiladas por el sol. La poca nieve abría paso a la primavera. Tanto paisaje precioso no podía ser más inclemente y ácido a la vez, cuando sabían que en el horizonte su tutora se quitaba la vida de cara al amanecer.

Aunque nada tuvo su origen allí, las descriptas tan sólo eran consecuencias y probablemente sea preciso especificar las causas, porque fueron una serie de hechos abominables quienes decidieron dejar de bordar en la tela y rasgarla a tirones descontrolados. El camino del bosque fue borrado y el ramaje comió toda salida o entrada. Las hermanas se atribuirían propiamente la culpa y preferirían momentáneamente no indagar más allá porque no querían convertirse en otro bocadillo suculento para la angustia.

Mas la historia no queda censurada sólo porque haya lágrimas derramadas de por medio. Sin un inicio, es inconcebible un final y lejos están estas circunstancias de ser cualquiera de los dos. Además la mejor explicación sólo puede estar dada por el núcleo de la tragedia y no por su periferia. Por ello, mientras ellas yacen en un luto que acostumbraban desde hace mucho sin notarlo, y para que ignorantes no se vean y puedan adjudicar como ellas, el sentimiento de terror y perplejidad, giremos las manecillas del reloj en sentido izquierdo… para volver horas en el pasado…

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La luz procedía del corredor íntegramente pintado de un color crema, entraba por la ventanilla de la puerta como un balín, se proyectaba en suelo donde se difuminaba tan sólo un poco y contagiaba de un brillo opaco al mobiliario cercano y al cielo raso, convirtiendo el resto del cuarto en un surtido de sombras y penumbras. Una suave brisa brincaba por la ventana y los sistemas térmicos dormían. La programación en el tele llevaba unas cuantas horas de haber acabado y dejaba escapar un ruido carrasposo efecto de la falta de señal e imagen. No había un sólo movimiento además de ella. Ni uno maldito y miserable. Aquello era como jugar a las escondidas a solas, buscando compañeros ocultos inexistentes. Y ni siquiera imaginarios. Era la forma más infantil para enloquecer que se había propuesto.

Los números rojos y blancos de las máquinas cambiaban de cuando en cuando, señalando datos que no podía interpretar.

Los pisos estaban fríos, se veían fríos. El respirador artificial producía pitidos monofónicos y monótonos, tan antinaturales que resultaba satírico que fuesen la única indicación y sostén de vida del paciente, que representasen el hilo de cuán pendían no muy lejos de la tumba. Ese hilo verde comenzaba a ser adictivo y cansino de observar, el mismo que bailaba zigzagueante y se estiraba seguido en el monitor del respirador. Entrecerró los ojos, con el mentón en las manos. Dibuja altibajos, demonios, nada de líneas rectas… por favor. El ritmo cardiaco tenía mucho más para dar o al menos eso rogaba.

Pitidos, un silbido de la brisa y sonidos roncos. La noche estaba totalmente estática y estancada, sin perspectiva de mejorar o por lo menos cambiar.

Corrección, el grifo del baño goteaba. Pero ella seguía siendo la única con esqueleto en ejercicio. ¿Por qué temía aceptar que nadie allí se despabilaría, le saludaría, le diría que todo fue un drama mal fundado y que se pusiese a trabajar?

Sería como darle nuevo brillo a su placa de asesina, ¿por qué más?

Estaba en una espera infinita, como si transitase por un desfiladero y al final de éste fuese a dar con un risco, y ella allí atesorando que apareciese una escalera o puente mágico que le permitiese bajar. Había llegado a un callejón y la solución no existía, por lo menos no la que aguardaba. La historia era otra y despiadada.

Tenía la boca reseca y revoloteaba en el ambiente un aroma agridulce, seguramente prófugo de los pasillos, como una combinación de una tasa caliente de café con leche y la aplicación de la antisepsia en los suelos. Demasiado desagradable. No obstante era tentador pensar en la injerta de líquido caliente y un poco de edulcorante. Podría bajar hasta la cafetería y rezar insultos contra alguna máquina de café exprés averiada, pero no quería irse. Estaba atada a esa habitación, a la expectación de que sus anhelos se cumpliesen.

Había escrito innumerables veces, y cualquiera entendido —si es que pudiera haberlo realmente— diría que ensayado, el nombre de su representante en el Life Book. Reiteraba la acción cada diez o cinco minutos. Hora tras hora, noche tras noche. Un rito de dolor, una forma de pedir perdón desesperadamente sin mover los labios que había empezado desde hace dos semanas. A quien debía dirigirse no podía escucharle. Una clase de mudez y sordera por parte de emisor y receptor, que escapaba a los conceptos clásicos. Una en un sopor profundo y paralizante, y la otra atada a lamentarse y a transitar un purgatorio en vida.

Con tranquilidad quien le viese podría decir que practicaba una nueva firma inteligible o dibujaba garabatos que podrían simular letras tristes al final o bien convulsivas en un principio. Por cada intento fallido el desaliento aumentaba junto con la lentitud en su trazo, mientras en su mente la acción ganaba automatismo. No lo deliberaba, lo hacía. Sus cavilaciones dormitaban mientras sus deseos mantenían su cuerpo erguido sobre la silla y sus ojos abiertos, a la espera del efecto, del resultado. Uno que no podía ser ése. La nada misma.

Número 43: Tokie Miki. Junto a sus horas en vigilia, llevaba ásperamente la cuenta de las veces que había escrito el nombre de su colega en el Life Book esa noche. Su manager detestaba su propio nombre, creía que no sonaba lo adecuadamente imponente o atemorizante, sino más bien como el apodo de una mascota, dado así que nadie la llamaba por él. Para la actriz era un nombre agraciado, delicado y hasta curioso. Aunque sí, no otorgaba mucha seriedad. Venían a su mente las veces que a comienzos de su relación laboral, la había llamado por él y así había sido la cadena de maldiciones recibidas.

Eso le ganó una sonrisa triste, o un intento de ella.

Cuarenta y tres veces había trillado con el mismo acto y la verdad, no obtenía mucho con ello. El libro no obraba a sus órdenes y si bien sabía que éste se tomaba su tiempo y hacía las cosas a su antojo y placer, el período de espera se estaba tornando extenso y realmente temía que el objeto entre sus piernas le ignorase, por ello repetía la petición hasta que finalmente sucediese. En el libro no había ninguna restricción a escribir un nombre repetitivamente, no había nada de malo en insistir.

Insistía para olvidar que posiblemente era tarde ya.

Una lápida inscrita con el nombre de su manager relampagueó en su visión. El estremecimiento le absorbió el aliento y en el interior de su cuerpo sintió cómo todo se encogía y retorcía ante tal espectro. Necesitó aferrarse al asiento y hundirse en él. Unos minutos después se cacheteó fuertemente. ¿Cómo podía imaginar tales cosas? La imaginación comenzaba a fusionarse con las probabilidades médicas y eso le carcomía su último halito de esperanza.

La dicotomía entre su depresión y lo que debería hacer aún no la podía divisar, ni en lo cercano ni en lo lejano.

Estaba vencida, lapidada por el agotamiento y la verdad de todo. Y no restaba que no hubiese dormido últimamente nada, su único peso era su pasado. Imposible de perdonar u olvidar.

¿Qué narices hacía ella cuidando a su representante? ¡Qué deseo egoísta! Como si velar por ella arreglase las cosas, ¿sólo estaba ahí para limpiar a su conciencia? La mugre que tenía no se quitaría nunca. Su agente estaría mejor con una enfermera a tiempo completo que pudiera atenderla eficientemente, no con ella.

Desparramó un par de lagrimones sobre el libro, mientras sus labios temblaban. Se los mordió para evitar sollozar. Contempló a la mujer postrada, conectada y dormida indefinidamente sobre la cama. Frunció el ceño y cerró los ojos forzosamente. Sus manos se armaron en puños que azotó con dureza contra el libro en su regazo.

—¡Maldita sea, funciona! ¡Has algo! —lloriqueó sacudiendo el libro—. Escúchame,…por favor.

Había estirado un pie fuera de su sosiego autoimpuesto, se había mantenido en un estado sedado y ahora reaccionaba violentamente cuando sus pensamientos habían entrado en estado de ebullición. Sus sensaciones eran como un trasatlántico que se hundía en lo más profundo e inalcanzable del mar, y luego expulsaban sus últimas burbujas enormes de oxígeno, que explotaban en la marea.

Estaba tan inestable.

El Life Book cayó de sus piernas y se estrelló pesadamente en el suelo. Ella lo dejó de momento allí, sintiendo sus extremidades adormecidas. Se aferró a la mano inerte de quien podría haber sido su única amiga en todo este tiempo. Y no la supo escuchar cuando habló, le discutió todo lo que conversaron, le hizo exasperar hasta la frustración profunda. Aunque probablemente fueran niñeces todo lo que pudiera recordar y nada grave que pudiese de verdad agrandar la culpa. Pero en su estado, cualquier cosa era suficiente para hacer un hoyo, para creerse una manzana del mundo shinigami en un frutero lleno de manzanas del universo humano. Suspiró, había recordado a Ryuk.

Sus manos estaban tibias, tanto las suyas como la de su agente. Podía sentir paz,…una paz de muerto.

Reiteradamente sus lagrimales goteaban.

Estaba bajo los efectos de un fuerte analgésico por la herida en su pierna. A ella le habían dado de alta a principios de la semana pasada. Las lesiones en su rostro se habían curado con rapidez al no ser más que meros cortes. Sin embargo, nada se comparaba a la cicatrización exprés que había experimentado el brazo de Lizzie. Bastaba recordar que su prima se había cortado el dedo al rozarlo con una de las páginas del libro y cuyo producto había sido una mancha de sangre en una de sus amarillentas carillas. Y como sus reglas lo expresaban, el libro curaría a quien sellase su sangre en él.

Era una lógica funcional, alejada de toda filosofía y/o ley científica, por ende sobrenatural, pero lógica al fin y al cabo.

No obstante, ese mecanismo estaba perdiendo aceite por todas partes y la eficiencia, de por sí no muy confiable, estaba viviendo a expensas de la ausencia propia. Indudablemente escribir el mismo nombre cuántas veces quisiera y esperar que pasase lo esperado, no servía en lo absoluto en ese instante. Tenía que reinventarse gracias a los inoportunos caprichos del rechoncho y hediendo raudal de hojas grasientas que representaban una herramienta para poder salvar a alguien, o en su defecto, traerlo de regreso de la muerte. Claro, todo bajo unas condiciones exclusivas y poco prácticas, fuera de todo sentido común.

¿Aún proseguía segura de que se tratase de una lógica?

Lo maldijera o no, sólo valdría para que sacarle de quicio. El poco que le quedaba.

Contempló nuevamente la mano de su manager. Alcanzaba con un pequeño tajo para obtener una gota roja, no obstante sería en vano. Aunque sellase la sangre de la mujer inconsciente, el libro sólo medicinaba aquellas lesiones o enfermedades posteriores al sellado, no antes.

No había remedio, más que el supuesto luego de la espera.

Superada la hipótesis, era un hecho que el libro sólo accionaba cuando podía sorprenderla, tomarla desprevenida, no cuando ella lo esperase o desease. Era incongruente, pero no había mucho pensamiento aristotélico que el Life Book aceptase.

Exhaló aire. La numeración en los monitores parpadeó. La espera se pegoteaba como restos de mermelada en los dedos, una molestia que no era fácil de lavar.

Sin embargo, las luces estaban apagadas en la habitación, sólo un par en el pasillo brindaban un resplandor bilioso, la iluminaría vial apenas se reflejaba en la ventana, la arboleda de los alrededores tapaba todo vestigio de luminiscencia lunar y los números en rojo y en blanco de las máquinas apenas sí se defendían. La noche se había instalado en ambas, de diferentes formas y en períodos distintos.

Una enfermera bien remunerada cuidaba de su colega durante la jornada matutina y diurna. Y ella venía al Hospital al pagarse el día y se iba al encenderse, como una rata o un murciélago, cuando menos Paparazzis hubieran. No es que le importase mucho lo que viesen de ella —a estas alturas daba igual que le creyesen Darth Vader o el conejito de Pascuas—, pero no quería exponer a su manager. Aunque los flashes y las preguntas estúpidas no cesaban nunca, habían menos acechadores durante la noche. Había pedido que la trasladasen del Tokushima Hospital (Kanto) al Oita University Hospital, el cual era un sitio mucho más concurrido, aunque enorme, donde podría escabullirse fácilmente del periodismo indeseable. Por otro lado, no había nada como estar en casa. Las instalaciones del lugar eran de tal cantidad, que la habitación elegida jamás podría ser descubierta dentro de la unidad de cuidados intensivos. Sin contar que el servicio era excelente y que de haber elegido una clínica privada la habrían localizado rápidamente.

Y de todos modos, había uno cuantos de sus guardaespaldas rondando por los corredores y en las afueras del establecimiento. Hacía lo posible por salvaguardar la privacidad de su colega.

Aunque no había sabido alejarla de sus errores y circunstancias. Pero ¿cómo evitarlo? ¿cómo saberlo? Era azaroso a un alto nivel y aún así nada podía quitar que fuese su culpa directa o indirectamente. Del victimismo, estaba segura de victimar, en un pasado con aparentes intenciones y en el presente sin poder controlarlo, mas vacilaba si de sí misma estaba haciendo una víctima también.

No podía dejar de mortificarse. Era como una práctica pre-suicida.

Evaluó la fisonomía del rostro tan inanimado de su compañera postrada en la cama. La búsqueda de esas facciones en un perfil más joven había sido su otra preocupación estos últimos días. No había podido dar con la hija de su manager y no dudaba que la joven desconociese el estado de su madre. Hasta donde sabía, era el único pariente directo aquí en Japón. El fin de semana anterior a ése había visitado el departamento de su socia en busca de números telefónicos, direcciones, papeles, documentos y estudios médicos para el tratamiento de la misma. Sin embargo, al intentar localizar a la primogénita sólo se había topado con un impasse, no respondía a sus números de celular ni a teléfonos fijos. Pero había dejado varios mensajes en los números que encontró informando la situación. No había rastros de su lugar de residencia, tampoco poseía alguna cuenta en cualquiera de las redes sociales de internet. Ni una pista sobre ella.

Sólo contaba con que se llamaba Sonia, que había emigrado hacía poco desde Estados Unidos hacia el país nipón y que estaba especializada en mecatrónica. De allí en más podía inventarse lo que quisiera, porque ignoraba mayor información. Estaba a su alcance pedirle a L que investigase los datos necesarios, pero él no respondía últimamente a sus llamadas ni a sus mensajes. Sabía que el hombre no abandonaba jamás su agenda apretada. Cuánto desearía hablar con él.

Él sabía todo. El detective al que ahora debía ver como su enemigo,… corrección, como su ex enemigo. Porque había logrado recordar absolutamente todo. Como ella había sido secuestrada y amordazada por Ryuzaki durante 50 días, en buscas de información sobre Kira, por ejemplo.

Sonrió cínicamente. ¡Cuánta obscuridad! ¡Cuánta complejidad! ¡Amar a alguien que no había tenido misericordia con ella en un principio! Cuánto cliché.

Bueno, recapitulando los hechos sobre Kira ¿no sería la primera vez? ¿No? Decididamente sus preferencias amorosas jamás fueron sanas ni convenientes. Había un grito en su interior que reclamaba tales situaciones y las exponía como terribles errores.

Desde luego no podía dramatizar ni quejarse sobre las decisiones de Cupido. Una intranquilidad mayor le robaba su atención y la vida misma. Si sobrevivía a cualquier crisis existente se daría el tiempo de sincerarse con su corazón y cuestionar seriamente a quién le ponía el ojo.

Cómo un problema de tamaña gravedad puede minimizarse tanto. Su moral se había corrompido por completo. Si se desconocía así misma, ¿por qué no a su corazón también?

Por semanas se preguntó ¿Quién era ella misma? Una asesina, una homicida, alguien de la peor calaña. De esas personas que reciben un rosario infinito de maldiciones. Alguien que le arrebató la existencia a tanto gente inocente como no. ¿Quién era ella para juzgar, para sentencia, para matar? Tanta era la ceguera que jugaron con la idea de un nuevo mundo, atestado por el terror, la muerte y la opresión, todas calaveras del autoritarismo con un lema de paz y justicia, vulgar y asqueroso. Cuánta locura albergó junto a Light, que hoy en día le daba el golpe de gracia. Él estaba muerto, pero ella yacía viva aún y cargaba con la deuda. La de ambos.

Observó el libro. Misteriosa era la elección del mismo sobre ella como su dueña. La falta de fundamentos para poder entenderlo, era otro elemento que borraba kilómetros a su futuro. Quisiera en él hallar respuestas existenciales, pero éste se negaba a ayudarle. Por primera vez, no podía culparlo.

Sabía lo que era pasar por la convulsión y el trastorno de la pérdida de los propios padres. No había apocalipsis peor que esa. Y no quería ser quien generase algo así para otra persona, aunque ya lo hubiese hecho de alguna forma al matar a un criminal con hijos, por ejemplo. No volvería a repetir esos actos. Sin embargo, ¿cómo podía auxiliar a Sonia si ni siquiera conocía quién era? Había visto un par de fotos de la chica cuando niña en el apartamento de su representante, que tampoco podía servirle de mucho.

Esa muchacha debía tener la misma edad que Dallas, chasqueó la lengua. Tan joven y tan sola. Aunque mucho no debía importarle su progenitora porque le ignoraba radicalmente, de todas maneras, era su mamá y tenía que saber de su salud.

Ella la comprendía.

Los ojos le ardían, factiblemente colorados e hinchados. Misa había vuelto a su presencia una supervivencia de defunciones: sus padres habían muerto, sus tíos, su pareja. ¿Podría ella sobrevivir a su propia muerte? Ésta parecía la recta final de la carrera. Apenas si había respirado la tercera década de vida, pero el desgate por la desventura, equivocaciones y el peso de la culpa, anexaba años no vividos pero sí sufridos de algún modo.

Así como la existencia, el afecto, el patrimonio, etc. gozaban de la generosidad de la diversidad, ¿podría la muerte ser uniforme en todos sus casos? Es decir, ¿ser tan aburrida, neutral y trillada? Dada la respuesta negativa, cada ser tenía para su reserva una muerte diferente, única, hecha a medida, por lo que no se pueden establecer patrones ni comparaciones, tampoco estimar cuándo ha empezado la misma.

Porque la muerte no es solo un instante, una hermandad de relámpago-trueno visible y audible sólo para el desfalleciente, una fracción de segundo en donde con pinzas se arranca el alma a la velocidad de la luz. Había más e iniciaba con posterioridad. La agonía empezaba antes que el dolor corporal, que cualquier síntoma terminal en sí. Era una sombra imperceptible en la mente que se colaba poco a poco, informando al inconsciente de lo que acontecerá.

Desconocía, entonces, si su cuenta regresiva se había iniciado y si podía detenerla. Se preguntaba cómo armonizaba la Death Note con este sistema.

Del piso recogió al no exactamente conjunto de textos, al no diario personal, al no manual o enciclopedia, al no volumen de una colección, a la no obra literaria teatral o en prosa, al no editorial o catálogo, al no best-seller, sí al compuesto de papeles en blanco, con omisión de autor y opulencia de hechicería.

Abrió el libro en cualquier página, con una pluma desgastada en él escribió el nombre de su manager, el nombre de Sonia y los encerró en una elipsis poco simétrica. Era lo último que podía hacer por ellas. Ojalá la magia se produjese y las reuniese. Sonia podía tener mayor suerte y al tomar la mano de su madre, ésta reaccionase o diese signos de conciencia alguna.

Guardó el Life Book con lentitud, aquel objeto originario de casi toda su realidad. El resto de su vida había estado involucrada con una libreta de la muerte.

Tenía menos de 490 días, antes de perder su memoria nuevamente. Y dudaba que volviese a tener la Death Note en su poder como para extender ese tiempo. ¿Resistiría? Y si lo consiguiese, ¿luego qué? ¿regresaría a la feliz ignorancia? Asco de bipolaridad. Por mucho que sufriese el cargo de conciencia, no se podría permitir volver a ese desconocimiento tan absurdo como posible.

Además, no sabía ni en aproximación cuál era su esperanza de vida tras recortarla tanto con el trato de los ojos y de recibir años de shinigamis, al morir éstos por ella.

¿Qué haría? Sus ideas tenían una voz queda que pronto pasaría al silencio. El pánico le aturdía las extremidades y se revolvía con la adrenalina y el nerviosismo en su tórax, provocándole un sabor amargo en el paladar, unas nauseas inmundas. La tensión acumulada no se descargaba aunque llorase tanto como para apagar un volcán activo. Todo cuánto podía crecer en su organismo era terror. No obstante, no un miedo a morir, si no a seguir viviendo, tolerando o en realidad sufriendo. Su cabeza andaba subversiva contra el alivio, porque por un lado perecía sin aliento y por el otro no podía permitirse un reposo. Se hostigaba en toda su gloria.

Sus mejillas saladas y su nariz congestionada no parecían tener tregua.

De repente algo acudió al tacto de su hombro. Sin embargo, ella tardó en darse cuenta.

—¿Amane-san? —la enfermera que había contratado había llegado hace unos minutos. Era una mujer jovial de probablemente treinta y cinco años, de peinado carré, mirada apacible y ataviada con una camisa blanca y unos levi's oscuros, con su abrigo en mano. Una belleza característica de Japón.

Momentos previos la enfermera había ingresado a la Unidad de Cuidados Intensivos, doblado por el pasillo poco concurrido en dónde se encontraba esa habitación, había intercambiado breves frases al identificarse con el par de guardaespaldas que custodiaban la entrada al cuarto y había golpeado la puerta, pero ante la ausencia de respuesta tras un largo intervalo decidió entrar. No había luces encendidas y al deducir que había un cuerpo sentado y encogido en la silla consecutiva a la cama, optó por acercarse a quien suponía su cliente, que creyó dormida. Al oír un sollozo, cambió de parecer y llamó la atención. Nuevamente no obtuvo contestación, su empleadora temblaba.

—¿Amane-san? ¿Se encuentra bien? —volvió a intentarlo. Los gimoteos no cesaron. Le sacudió levemente, ella volteó con sutileza su rostro y le observó sobre su hombro. Se llevó la impresión de una mirada extraviada.

—Oh…Satou-san… B-buenos días… —titubeó y se aclaró la garganta, mientras regresaba su visión a la nada. Se incorporó sobre su asiento. ¿En qué instante esa mujer había llegado que no la había avistado? ¿Hace cuánto le observaba llorar? ¿Ya había comenzado el día? Cerró los puños sobre su regazo, sintiendo desesperación.

—Buenos días —correspondió el saludo—. Está muy agitada ¿quiere que le traiga algo de beber?

Se perdió unos segundos en la atmosfera de afuera, que transmitía la ventana. Amanecía. Reaccionó y negó rápidamente.

—No, no… Estoy bien, gracias —a esas alturas daba igual mentir. Reestructuró su temple y pose, regularizó su respiración. Actuaría, aunque fuese absurdo comprendiendo que la enfermera le había apreciado alterada. Y así le tomaría de ambivalente emocional. Cualquiera fuera su interpretación, no era relevante. Lo que le interesaba era salir de la habitación sin el ritmo de una castañuela.

No podía darse el lujo de exponerse así en el exterior. Si por alguna maldita razón su mala suerte le trajese la prensa a su cercanía, los aires que cargaba encima le darían al periodismo amarillista el lote millonario que venían esperando hace meses. De ella podrían mofarse lo que quisieran, pero irremediablemente se vería su familia y conocidos salpicados por ello. Uno nunca sabía hasta dónde eran capaces de llegar por información y primicias. No se los permitiría. Bastante le costó mantener el incidente en el teatro con Sayu dentro de un perfil bajo. Ryuzaki le había echado una mano.

Más allá de que hubiese intentando ser lo más táctica posible al elegir el Hospital y el cuarto, reduciendo el radio de alcance de los paparazis, tenía que contemplar en todos los amaneceres las posibilidad de ser cegada por flashes antes de llegar a su auto.

Su área de conocimiento, su faena, reconocía por fin el entretenimiento del público masivo —y con mayor detalle, el arte, la expresión del ser emisor—, llámese a esto largometrajes, cortometrajes, doblaje de voces, representación teatral y hasta cierta publicidad gráfica. Sin embargo dichas actividades se producían dentro de un set de producción, de grabación, en el entablillado del escenario de un anfiteatro, es decir, en un sitio exclusivamente hecho para tales objetivos, que separaban cortantemente la vida profesional de la privada. Y ella comerciaba eso, su jornada profesional, no su intimidad. Ergo ¿Por qué debía aceptar ser acechada para nutrir el morboso chismerío del espectador? Eso no era difusión que le beneficiase, al contrario. Explicado lo obvio y el deber del sistema opacado por su poder, estaba harta, intensamente irritada de escabullirse. No era un gajo del oficio, ella no trabajaba en un reality-show y no pretendía hacer de su existencia uno. ¿Por qué debía tolerar los interrogatorios indiscretos y fotografías contra su voluntad? Nunca fue polémica, no estaba en las redes sociales, no se metía en asuntos públicos, daba pocas entrevistas, era una actriz seria, de pobres estrategias e ideas en la vida personal, pero reservada. Y la exclusividad costaba caro.

No solo sufría los inoportunos encuentros con medios locales, sino que incluso estando del otro lado del globo, le jodían los medios occidentales. Amaba actuar, en más de una ocasión lo había dejado claro, producir catarsis a través de las conmociones de los personajes que encarnaba. Contemplar el reto de abordar diferentes personalidades en historias tejidas de tan variados factores, era realmente toda una pasión. Ella había elegido eso, pero no de esta manera. No quería ser una persona con un código de barras eterno en la espalda, ella no era mercancía y menos una manoseada por todo el mundo.

El séptimo arte era una prostituta bien pagada del comunismo de los medios masivos de comunicación y de las personas desesperadas por minutos de aire. La farándula era el crío no deseado. Como siempre, el idealismo se quedaba en el deber, fuera de las perspectivas reales, una ruta 66 fantasma que no conduce a alguna parte. Pareciera que el mundo estuviese hecho de un solo camino cuyo único destino era la morbosidad, como si no hubiera alternativas o senderos paralelos a metas distintas. Clavó las uñas en las palmas de sus manos, no podía atribuir nivel a su deseo de ver desaparecer al reportaje sensacionalista.

Sus pupilas se contrajeron… ¿Qué acababa de pensar?... Esos deseos crueles volvían a surgir con fuerza y en el pasado habría resuelto las cosas con un estilo muy rápido; con una Death Note. Pero no hoy. Se hiperventiló.

Cuánto sentimiento negativo, proveniente de aquí y de allá, constituyente de su amargura.

—¿Ha habido cambios, significativos?...Amane-san —la señorita Satou le había interrumpido el flujo de pensamientos. Regresó a la tierra, suspiró y le contempló. La enfermera había prendido las luces y ella ni registro de ello.

—Ninguno que se me haya informado… o que haya observado —alcanzó a articular.

Lo cierto es que contratar a una enfermera particular para cuidar de alguien en coma, era bastante ridículo ya habiendo enfermeras del propio hospital en la tarea. No obstante, le dictaba la paranoia y la culpa, mientras su mente era una carnicería.

—Ya veo —comentó analizando los números en las máquinas. Luego apreció los sueros—. Si continúa este diagnóstico, es probable que le resignen a su representante una nueva habitación, fuera de cuidados intensivos.

Misa asintió sin emitir palabra y sin corresponderle la mirada, la cual mantenía ausente y dirigida hacia el suelo.

—Ha de disculparme el atrevimiento, pero… ¿Ha descansado últimamente? Usted presenta síntomas de crisis nerviosa aguda…El estrés podría llevarle a un paro cardíaco… —le dio una mirada preocupada. Misa movió nuevamente la cabeza en sentido arriba-abajo.

—Lo entiendo… pero en estos días no he pegado ojo y más estando aquí… Por otro lado me cuesta dormir de día —respondió mientras se erguía del asiento y tomaba su abrigo; una gabardina oscura y larga. La primavera llegaba temprano, pero ella insistía en cubrirse para pasar desapercibida.

—¿Quisiera que intercambiásemos horarios? —la enfermera entendía que el asunto iba más allá de dormir o no, evidentemente había todo un trasfondo grave. Pero se abstuvo de indagar, además le pagaban por su silencio.

—Gracias, pero declino su propuesta… venir en la noche es mucho más conveniente que venir en el día para mí…Hay que evitar el cotilleo de la gente —echó su bolso al hombro.

—Lo comprendo. Es difícil.

—Bastante… Además, carezco de portavoz ahora, por lo que debo apañármelas sola. Y no se me da bien la diplomacia.

—Lamento su circunstancia —dijo con respeto.

—Así se presentan las cosas lamentablemente… —intentó restarle importancia mientras abría la puerta—. Que tenga buen día, Satou-san.

—Igualmente, Amane-san —hizo una reverencia como saludo, en tanto le veía marchar.

Misa cerró la puerta con cuidado y el aroma agridulce de la mezcla de la moca y la leche, junto con la antisepsia regresó por más protagonismo en su atención. Arrugó la nariz. Ya con la sombra sobre el pasillo, les hizo señas a sus guardaespaldas más cercanos. Vestidos de diferentes formas y posicionados en lugares diversos alrededor de los pasillos y salas de estar, dos de ellos alcanzaron a percibirle. Ella atravesó el corredor, tomando rumbo hacia su derecha, sin esperar que su seguridad se acercase directamente. Al final del pasillo, se hallaba una ventana con las cortinas desplegadas de un color azul marino, que resplandecían en un verde azulino debido a los destellos del día naciente. Así, las paredes se comenzaban a teñir de una iluminación desequilibrada y poco armónica.

Las cortinas tenían impregnada la esencia de encierro, de humedad, de tiempo concentrado, no sólo ese olor agridulce del ambiente. ¿Cuánto haría desde la última vez que se abrió esa ventana en particular? Los cerrojos tenían cierto polvo acumulado. Con los sistemas de ventilación modernos, una simple ventana pasaba a ser un cuadro decorativo con movimiento real.

Rozó la cortina y la apartó suavemente. Para evitar encandilarse, apreció hacia abajo, aunque su interés de enfoque estuviese en esa dirección de todos modos. Estaba en un tercer piso, en la sección orientada hacia el Este, donde en la misma ubicación en la planta baja se hallaba la recepción y entrada al hospital. La vista daba a una calle que dormitaba con uno que otro auto circulando cada cinco u ocho minutos. No había mucho movimiento. Había varios vehículos estacionados en ambos sentidos de la calle, entre ellos unas cuantas furgonetas. Frunció el ceño, la mayoría de ellas podrían pertenecer a cualquier canal de televisión. Era el automóvil de carga predeterminado para los medios. Aunque ninguna ostentaban antenas sobre su techo.

Un tipo en la esquina, casi fuera de su ángulo de visión hablaba por una radio y miraba atento las puertas del hospital, o al menos la trayectoria de su óptica pasaba por allí. Otro hombre, de veintitantos y cabello engominado, sentado en uno de los bancos alineados con el ingreso del hospital, revisaba su maletín copiosamente. En la acera paralela, otro fumaba y descansaba su peso contra la pared de una casa. Todos, algunos, uno, podían ser reporteros o camarógrafos o fotógrafos o bien ninguno.

Pero la presencia de tantas furgonetas no le dejaba olvidar sospechas. Tendría que volver a escabullirse por alguna de las salidas de emergencias del hospital que, a ciencia cierta, ya deberían haber sido cubiertas por ellos. Exhaló aire.

Un peatón cruzaba la calle concentrado en colocar correctamente la lente a su cámara profesional. Misa gruñó. La prensa muchas veces tomaba la operativa contraria, iban directamente a lo que querían, sin miramientos, sin disimulo, con toda la comodidad posible. No gastaban mucho en estrategia como en ese caso, dado que varias veces se trataba del empleado en turno. Lo que daba un poco de fastidio, ¿tan ingenua le creían? Como fuere, le afirmaba sus conjeturas. Malditos.

Se mordisqueó los labios. Nunca se acostumbraría a su doble sombra, a ser asediada como un cadáver por las moscas. Individuos inmundos. Eran sanguijuelas en todo el concepto. No quería verles ni ahora ni nunca. Pillaría un poco de contento si se esfumasen aunque fuere durante cinco minutos en veinte kilómetros a la redonda de su localización. ¿Por qué no podían limitarse a informar sobre acontecimientos importantes? El intentar ganarle palabra o una fotografía para una noticia no era uno.

Blanco nácar, gris hielo, gris cuarzo, negro brea, castaño ladrillo, bordo lacrado, rojo sangre. De la inocencia a la violencia, de la estabilidad a la venganza. Ése era una de los dos sellos inconfundibles que dejaba la Death Note en todo usuario que hubiese sobrevivido a su uso. Y que muchas veces palpitaba sobre toda razón o autocontrol. Se trataba de una vibra fúnebre que teñía los sentimientos.

Se sobrecogió.

Misa cerró los ojos forzosamente, conteniendo las lágrimas de rabia. No deseaba albergar tales emociones. ¿Por qué no podía ahora ver a la muerte como algo romántico? ¿Por qué antes no había remordimientos? Le faltaba Light, eso era incuestionable. O en realidad, ¿él había sobrado? Si él no hubiese estado de excusa en el pasado para accionar, ella no habría llegado tan lejos. En todo caso, sus sensaciones carecían de sentido y de plataforma.

Inhaló. ¿Quién era ella para venir a cuestionar el trabajo de un simple reportero o fotógrafo que sólo cumplía órdenes, sin otra opción, y se ganaba el pan del día para su familia? ¿Por qué le otorgaba su odio y sus peores deseos? Era injusto y poco objetivo.

Aunque de todos modos, no negaría que siempre hay cierta malicia nativa de las individuos de por medio y que los paparazzi como cualquier otro no estaban exentos de ella. Nadie es inocente en un mundo que crece velozmente y que no deja espacio para alcanzar ese atroz ritmo de vida.

Era débil, porque buscaba cómo culpabilizar a su contexto para tranquilizar la carga. No era culpa de Light, no totalmente y tampoco de los medios ni de otras molestias en su vida. Era suya, absolutamente suya.

Lloró en silencio.

—Amane-sama —la voz grave e imperativa de uno de sus guardaespaldas, sonó detrás suyo y una mano se depositó en su hombro izquierdo. Esta vez no se había hundido tanto como para no notarlo—. Acompáñeme, hemos solucionado una vía de escape.

Se estaba auto-compadeciendo. Debía mantener su cabeza quieta. Se secó las lágrimas disimuladamente con el puño de la manga izquierda.

—Una vez más, se me han adelantado… bien hecho —musitó controlando la respiración a duras penas.

Se volteó y su escolta la llevó hasta el ascensor del personal, que se encontraba al otro lado del pasillo, doblando a la derecha. El detalle le llamó la atención una vez apretado el botón del elevador.

—Este ascensor podría requerirse para una emergencia, ahora —en el trayecto había intentado calmarse y respirar mejor nuevamente, volver a la normalidad para no alertar a los demás.

—Tenemos el consentimiento del director —el hombre cuestionó mentalmente ese nuevo sentido humanitario en su jefa. ¿Desde cuándo tanta consideración por los demás?

A ella eso no le convencía e hizo una mueca de disconformidad. ¿Qué pasaba si por su flojera a enfrentar a sus acosadores, obstaculizaba el traslado de un paciente en camilla? Ni de broma.

—Quiero bajar por las escaleras —informó.

Su escolta enarcó una ceja y le observó ásperamente desde su metro noventa.

—Amane-sama, necesitamos hacer esto rápido.

—Por las escaleras —se apartó y señaló con la mano izquierda a las escalinatas a unos cuatro metros a la derecha de ellos—. Quiero saber, ¿por qué habría de usar el ascensor que utiliza el personal, cuando existe uno para el empleo civil?

—Queremos evitar que transeúntes del pasillo a estos horarios se enteren de su presencia y este es el elevador más próximo a nuestra posición.

—Lo imaginé… pero los corredores están casi vacíos.

—Entienda, no es buena idea…

—Bien, no iré por las escaleras… Sin embargo bajaré por el ascensor que sí me corresponde —le dio la espalda y marchó. De todas maneras tal elevador se hallaba a la salida de la Unidad de Cuidados Intensivos. Por lógica, había varios distribuidos por todo el hospital, no era el único al cual acudir. Estaba claro que cualquiera que le reconociera allí podría correr hacia la prensa con la información, pero había límites que no podía cruzar, no sin dañar a alguien.

—¿Sí comprende que destartala todo nuestro operativo? —el escolta indagó a modo de queja en cuanto se puso a la par de Misa, a quién interpretaba en un acto de diva con un capricho de aquellos.

—Claro que sí… pero no sería la primera vez que lo hago…Y usted tiene que saber que no me siento cómoda de proseguir con este movimiento —el hombre a su lado suspiró. Ahora que lo pensaba, uno de los dos guardaespaldas que había visto en el pasillo, había desaparecido. Seguramente le esperaban abajo en acuerdo con los demás.

Suficiente molestias ya había causado al tener a más de dos hombre pululando por los pasillos de la UCI, en donde la discreción era crucial. No pretendía causar más problemas.

—De ahora en más, por favor, colabore con nosotros —rogó su compañía.

—Lo intentaré.

No prometía nada.

El color crema usado en todas las instalaciones, la luminaria blanquecina opaca y el verdoso destello de la luz que saltaban de las ventanas en contraposición con las cortinas azules, dispensaban una enfermedad espectral que sólo parecía afectarle a la construcción. Los muros, paredes, asientos de espera, carteles, puertas, todo el mobiliario teñido por un afligido y enfermizo tinte amarillento, tan pringoso.

Las ventanas estaban a su derecha y las puertas de las habitaciones y pabellones a su izquierda. Algunas estaban abiertas, otras cerradas herméticamente. Varias con circulación moderada de médicos clínicos, intensivistas, enfermeras, otros especialistas y muy pocos parientes esperando en una ansiedad que les encasillaba y enloquecía en ese corredor. Siempre asomándose por los marcos en aguardo de algún diagnósticos de sus seres queridos. Los cuartos individuales estaban cerrados, y las entradas a los pabellones —recintos colectivos con el triple de dimensión que cualquier habitación simple dónde lo enfermos eran separados por cortinas o biombos, todos rodeados por maquinaria para la asistencia respiratoria, la hemofiltración, monitorización cardiovascular, etc.— yacían algunas abiertas o entreabiertas.

El color amarillo acre continuaba dentro de esos salones, donde el clima empeoraba. Postrados, pálidos, con los labios resecos, cadavéricos y quebrantados, jóvenes como viejos, muchos con traqueotomías, sedados, inconscientes, moribundos, presas del amor y espera de su familia y la muerte misma, los pacientes frecuentaban un círculo vicioso del dolor de vivir y el contrato del paraíso.

En peligro. Con leves mejorías. Estable en las últimas horas. Nada para hacer. Palabras concluyentes y en un idioma simplificado, que el hospitalario empleaba para informar al allegado del paciente, quién acogía las mismas con un ápice de esperanzas o con una profunda tristeza.

Transitar ese pasillo como si fuere una galería y observar aquellos parajes expuestos por las desacertadas puertas desplazadas de sus marcos, constituían el arte y estilo de la defunción y de la existencia. Todos en el mismo tren nocturno y en vagones tan diferentes, solitarios. ¿Cuántos de ellos podrán bajarse en la última estación antes del destino final?

Misa apartó los ojos de esa atmósfera punzante. No era precisamente lo que necesitaba para apaciguarse, y con mayor razón cuando cada uno allí le devolvía la imagen de su representante en condiciones parecidas. Si su compañera moría, nunca se lo perdonaría. Y tampoco permitirle agonizar así.

Muertos en vida. Nunca una frase de la literatura o del cine, cobró tanto sentido como ésa para ella.

La salida de ese departamento médico estaba al final del pasillo y por lo menos, ya no había puertas exhibiendo la desdicha de la enfermedad. Nadie la había reconocido como celebridad, la preocupación de cada persona allí era más que suficiente para aislarlos del mundo. Aún cuando se tratasen de un grandulón de casi dos metros y ella una enanilla de uno y medio. Eso le producía cierto remedio irónico.

Cruzaron al fin las compuertas de la unidad y divisaron el elevador instalado en sus izquierdas. Al llegar, su guardaespaldas presionó el botón rojo de un costado. Y una vez dentro, el olor agridulce se atenuó bastante. Movió sus hombros hacia atrás. Sentía las contracturas de días acumuladas y enroscadas.

El piso seleccionado no era el estacionamiento, sino el de la planta baja.

—¿No bajaremos al aparcamiento?

—No. Hemos trasladado su vehículo fuera del perímetro del hospital para llevarlo dos cuadras hacia el norte.

—¿Por qué? —se indignó.

—Ahora lo entenderá —las puertas del ascensor se abrieron. Él le tomó por los hombros y le obligó a doblar a la izquierda, alejándola de la dirección que llevaba a la recepción.

Misa guardó sus palabras, volver a reclamar podría conducir a una discusión y no estaba en condiciones para ello. Además, quería largarse a su casa lo más pronto posible. Quería estar sola. Si bien, hasta hace unos días la compañía podía resultarle una distracción para no dejarse atropellar por sus pensamientos, no podía fingir más el buen humor, el mismo que venía ofreciendo últimamente de a cáscaras fragmentadas.

Y tampoco podía contarle a cualquiera de su entorno lo que sucedía. Nadie entendería su dolor, nadie le cedería un poco de comprensión o compasión, porque sus actos pasados pesaban más que cualquier sufrimiento que sintiera ahora. Era lógico. Ergo, estaba sola. Y necesitaba privacidad.

Traspasaron una puerta blanca con la inscripción en rojo "sólo personal" y Misa hizo mohines.

—Oh, no me observe así. Fue usted quien quiso bajar por el ascensor de uso civil, si hubiéramos utilizado el otro elevador, no deberíamos tomar atajos.

Ella suspiró.

—¿Por qué hay que tomar atajos? ¿A dónde me lleva? ¿Tenemos autorización para hacer esto?

—Para llegar lo más pronto posible a la salida, y sí, la tenemos.

—Qué hospital más generoso —no calló su gran boca.

Habían ingresado a una oficina, sitio reservado para la administración, que consistían en un acaparamiento de ordenadores, papeles, escritorios, líneas telefónicas sonando y gente ajetreada que variaba entre quienes estaban parados cuchicheando y quienes se atoraban tras las pantallas, que en conjunto podrían ser seguramente una quincena de personas. Bajó la cabeza y evitó la mirada con quien fuera. Aunque ninguno allí parecía darles importancia, debían tomarles por una familia de algún paciente, que se había confundido de lugar y que estaba buscando que les atendiesen para realizar una gestión. O bien decididamente estaban tan absortos en sus faenas que no los advertían en el sitio. Como parte de ello, tampoco reparaban en quién era ella.

Los escritorios no estaban dispuestos según un orden estricto y rígido como se esperaría en una oficina nipona, donde cada elemento es gobernado por una prioridad de perfección, balance y honor, o en sí a favor de la eficiencia. Cada mobiliario estaba colocado como mejor podía caber, por lo que habían pequeños caminos entre mesa y mesa a modo de Tetris. Ellos se movían por estos espacios con toda la ligereza posible, con el objetivo de llegar hasta la salida de la no muy amplia habitación.

Misa cuestionaba si su escolta conocía los planos del hospital como para tomar atajos con tal tranquilidad.

Escaparon a ese ambiente sofocante y se toparon con un corredor vasto, que desembocaba en una sala de espera. Aceleraron la caminata y ella alcanzó a avistar un cartel rectangular con el lema "Urgencias" en verde que pendía del techo. Efectivamente se acercaban al departamento que se encargaba, las veinticuatro horas, de cualquier percance imperioso de tratado.

El mobiliario y los muros compartían un color salmón más agradable que el anterior amarillo, las paredes a su derecha estaban dotadas de grandes ventanas de cristales opacos, sin cortinas, que a diferencia de las del tercer piso, brindaban una claridad pacífica y tranquilizadora que se potenciaba hora a hora. Había sillas y bancos en hileras en cada costado del corredor. Misa temió que alguien les viese o que de pronto saltase alguno preguntándoles algo, siendo esa zona la más concurrida del establecimiento.

El pasillo acabó y dio paso a la sala de espera, donde la cantidad de bancos se incrementó en proporción a su espacio. Las ventanas desaparecieron y en su lugar las paredes se recubrieron de brillantes azulejos blancos, como los dientes de una sonrisa irrealista de un comercial de dentífrico. Habías unos cuatro consultorios médicos repartidos en los laterales del recinto; una pequeña recepción instalada a su izquierda en la pared más cercana a ellos; un portal, al final del aposento, que daba a la calle —no se veía a ningún reportero asomado por ahí— y dos puertas que acorralaban la esquina derecha delante de ellos.

¿Saldrían por ese umbral?

Sólo había tres personas allí además de su guardaespaldas y ella; una madre sentada meciendo a su bebé en brazos y un anciano barbudo que roncaba en su butaca, sosteniendo oblicuamente en su mano un bastón. La mujer parecía inmersa en un trance de cansancio mientras acunaba al crío y por lo tanto no los percibió entrar e irse.

Su escolta le tomó de la mano y prácticamente le arrastró hasta una de las puertas de la esquina, que les llevaba a un pasillito estrecho y poco iluminado. ¿Se podía saber hacia dónde iban? Había de suponer que ese era otro sitio restringido a todo sujeto ajeno al personal. Apenas entraron, el pasillo poseía un elevador que saltaba a la vista, y otra salida al exterior abierta, que desde su posición veía sesgada, siendo el doble de grande que la observada en la sala de espera, cuyo énfasis estaba dado por una brisa tibia que se colaba por allí y el resplandor de la mañana entrante.

Un enfermero ingresó al pasillo desde el exterior y dirigió su mirada directamente al hombre que escoltaba a Misa, ignorándola a ella. Intercambiaron leves gestos sin palabras.

—¿Qué ocurre? —la pregunta de Misa quedó en el aire.

Su guardaespaldas la empujó delicadamente y la guió hasta donde se hallaba el enfermero, en la salida. Así pudo obtener una mejor perspectiva del exterior y apreció una hilera de ambulancias listas para salir, estacionadas en un terreno exclusivo, destechado y cerrado.

—Los periodistas han cubierto la entrada principal del Hospital. Las salidas laterales están obstaculizadas por el estacionamiento de varios vehículos, volviendo el perímetro muy provechoso para el fotógrafo que quiera ocultarse…de modo que cualquiera de esas vías nos hace un blanco muy fácil —había un vehículo ambulancia preparado a unos metros, encarado hacia el portón que daba hacia la calle.

El enfermero, ataviado en un uniforme verde pastel, le rodeó con los brazos y la condujo fuera, hasta la proximidad de la ambulancia.

—De ninguna manera —Misa se negó rotundamente, apartándose.

El joven le observó de soslayo, derivando la tarea de reñir con la mujer al guardaespaldas, mientras abría las puertas traseras del vehículo.

—No es negociable — su seguridad contestó a secas y por detrás de la actriz.

—Esto es ir muy lejos —rugió.

—No si funciona —y con un ágil movimiento, la empujó dentro de la ambulancia. Las protestas de Misa murieron en su garganta, donde en su lugar soltó un chillido. No sabía en qué modo ni con qué clase de fuerza, su escolta la había introducido allí, porque no le había golpeado y sin embargo la había movido lo suficiente como para que aterrizara dentro sobre su retaguardia. Aunque no pesaba mucho, supuso que ese era el arte del manejo de la fuerza, exacto y eficiente.

Cuando perdió la estabilidad, pensó que su nuca se golpearía de lleno con el parachoques trasero del vehículo. Y el peso de su bolso contribuyó a tal expectativa, pero solo cayó sentada. Las puertas, tanto laterales como traseras de la ambulancia, se cerraron tras su entrada. Luego sintió cómo el cambio de marcha ingresó en la ambulancia apenas hubo intentado ponerse de pie.

—Hey, espere, no-

—Tranquilícese, Amane-san.

Giró su torso hacia atrás. El movimiento del automóvil sólo le permitió ponerse de rodillas. Un enfermero delgaducho, con las mismas ropas que el anterior, le habló, estando apoyado sobre la esquina derecha opuesta ella, allí donde la luz que entraba por las ventanas de las puertas no podía alcanzarlo. No había camilla dentro de la ambulancia, sólo el instrumental y maquinaria médica que colgaba en los costados del armazón interior y se mecía por el movimiento.

—Agradezca que el hospital cede un vehículo para solucionar sus apuros —le reprendió. Misa tensó su mandíbula, apretando sus dientes.

—Nunca solicité tales molestias para ustedes —respondió mirándole intensamente. Era un hombre joven, probablemente veinteañero, recién salido de la universidad. El novato al que le toca ganarse su derecho de piso y subir por los eslabones de la jerarquía profesional.

—Y aún así, se lo han concedido —comentó con impaciencia.

Misa no podía ver quién conducía y tampoco quién era el copiloto, la cabina estaba apartada del sector donde se trasladaban habitualmente a los pacientes, y solo una ventanilla con vidrio corredizo conectaba la comunicación entre ambos sitios de la ambulancia, la cual estaba cerrada. Supuso que se trataba del enfermero con el que se había topado antes de entrar.

Ignorando a su acompañante, apreció la calle por las ventanas, o por lo menos por el espacio libre de calcomanías de éstas. Nadie les seguía, salvo por uno de los autos de sus escoltas, negros como panteras. Habían doblado un par de veces a la izquierda, abriéndose camino por calzadas poco transitadas de una sola dirección, de subida, pertenecientes a suburbios de edificios con departamentos y casas de familia. No iban despacio pero tampoco a gran velocidad. Se movían con mucha tranquilidad.

¿Dónde habían llevado a su auto? Debía empezar a reconsiderar el cederle sus llaves cuando alguno de sus guardaespaldas se ofrecía a aparcar su automóvil por ella. Suspiró, ya había amanecido completamente.

Se metieron por algunas callejuelas más y se detuvieron abruptamente. Dudaba que el paramédico que conducía la ambulancia supiera realmente hasta donde tenía que ir, o de otro modo dicho, hasta dónde estaba siendo llevado. A ciencia cierta, otro de los autos de sus escoltas debía ir a la vanguardia.

Conservaba la sensación de que no se habían apartado mucho de la localización del hospital, que sólo habían estado dando vueltas para distraer. Aunque una caravana de autos negros encerrando una ambulancia debería ser difícil de ignorar por allí.

Estacionado como cualquier otro auto del vecindario estaba el suyo. Todavía no habiéndose detenido la ambulancia, podría haberlo reconocido. Probablemente a muchos metros si hiciera falta. Su Lexus GS híbrido, un sedan del color negro obsidiano, airoso y agresivo, con filos cromados alrededor de las ventanas, con 338 gloriosos caballos de fuerza. Su niño. Oyó el sonido de puertas vehiculares abrirse y cerrarse, para posteriormente observar cómo lo hacían las de la ambulancia frente suyo.

Uno de sus guardaespaldas se asomó y le tendió la mano. Misa se irguió como pudo y rechazó tal gesto, saliendo disparada de la ambulancia como si la hubieran enjaulado contra su voluntad, que en parte era verdad. No sabía con qué energías se movía, sólo tenía en claro que quería entrar a su auto. No vio a ninguno de los enfermeros a fuera, ni tampoco escuchó hablar a quien le había hecho compañía durante el trayecto. Tomó al vuelo las llaves de su auto en cuanto se las cedieron mientras ella avanzaba vertiginosamente hacia el cuatro ruedas.

Abrió la puerta y se metió de sopetón, lanzando su bolso al asiento del copiloto. Se recostó en el asiento y respiró. Por fin un sitio que le pertenecía, un par de lágrimas se aflojaron de sus ojos. Un pequeño pellizco de alivio sintió al oler el aroma de los interiores del cuero oscuro y observar los toques de madera de nogal en el tablero de instrumentos; en la guantera; en la palanca de cambios; en los laterales de las puertas; y en los marcos de la pantalla de LED táctil que controlaba las funciones del estéreo, las comunicaciones inalámbricas y el entretenimiento. No es que la vanidad del lujo de alguna manera le trajeran un consuelo, simplemente hallar un poco de privacidad y encontrase con un sitio propio le serenaban. Le pasaría lo mismo si se tratase de una bicicleta o una cabañita en el más frío de los bosques. Algo suyo, de su confianza.

Su auto había sido uno de los pocos lujos, en verdad uno de dos junto a su casa, que había obtenido gracias a su fortuna. Nunca había invertido en nada extraordinario y su vehículo había sido siempre como su bebé mecánico. Era estúpido, lo sabía. Pero se trataba de esos objetos con los que uno en cierta forma se encariña.

Y en su situación, cualquier cosa que pudiese otorgarle confort, era bien recibida.

Se miró en el espejo retrovisor. Qué pintas traía su rostro con el maquillaje fuera de lugar,… ¿o eran ojeras, sombras grises que la piel inflaba en bolsas? Palpó por debajo de sus ojos. No era maquillaje, no en su totalidad.

Pegó su cabeza contra el volante, pero no demasiado fuerte como para que sonara la bocina. Ya había experimentado intenso calambres emocionales en años anteriores y había salido adelante, ¿por qué no podía con éste ahora? ¿Acaso era el remate? ¿El final?

Escuchó el encendido de motores nuevamente. La ambulancia se iba. Debió agradecer por todas las molestias causadas, por haberle ayudado a sacarse de encima a la prensa por el día. Mañana volvería y lo haría.

Tenía que regresar a casa. Había renunciado a la obra y no trabajaría por ahora. Por lo que tenía todas las horas de sol para descansar, sin embargo no había forma de pegar un ojo con su cabeza superando día a día el velocímetro de sus pensamientos. Si tan sólo pudiera cavilar de manera objetiva para hallar una solución poco dramática.

Se colocó el cinto de seguridad, metió las llaves en el arranque y encendió el motor. El auto rugió altivo, puso la primera marcha y maniobró para salir a la calzada. Sus escoltas desaparecían para subirse a sus respectivos coches y seguirle por el camino rutinario hasta casi llegar a su hogar.

Podía volver a activar su modo automático, su "no pensar, sólo hacer". Pero evidentes y desastrosos habían sido los resultados cada vez que se decidía a no maquinar. Aunque también pensando había tenido terribles ideas. Llevó su mano hasta la pantalla táctil del tablero y accedió al gps. Podría haber preguntado a sus escoltas a dónde cuerno le habían hecho ir a parar, pero en su lugar decidió consultar qué tan lejos estaba de la carretera prefectoral por medio de un mapa satelital.

No muy distanciada.

Al salir de esa especie de barrio residencial y antes de alcanzar la autopista regional, cortó camino por las calles de un parque frondoso, de cielo ramificado, por el este de su posición. En cuanto pudo pisar pavimento de lo que ella creía un atajo, contempló como un espectro otoñal se abría paso en el paisaje. Con un efecto hipnotizante, inducido o no por ella misma, el entorno de esas estrechas arterias urbanizadas era de un color tierra sucio, grisáceo, apagado. Sus guardaespaldas debían estar amando su tan estratégica elección de camino, uno en cual sólo se podía avanzar en fila india.

Entre los malezas que rodeaban el camino y se intensificaban hacia las profundidades, de afuera hacia adentro, yacían ciclo-vías, bebederos, un lago con agua oscura y espesa, bancos con sus patas atrapadas por raíces, pequeños senderos a base de huellas sin césped con arcos recortados entre las ramas, gente caminando, realizando su rutina diaria de ejercicios, unos que otros descansando en el prado. Algunos levantaban la mirada para observar la caravana de automóviles oscuros, pero a la brevedad regresaban a sus asuntos.

El lago, que por cierta lejanía parecía una elipse con claros y oscuros muy intensos por la luz solar, le remitía una sensación muy próxima a ella, básicamente podía ver proyectados sus sentimientos en él. Se sentía caer en un agua turbia, densa y cómo cada poro suyo se cerraba, cada molécula de oxígeno se desvanecía, en el fondo del lago hallaba silencio y finalmente todo cedía a la inconsciencia mortuoria.

Recientemente fantasías como esas anidaban en su mente, se procesaban en su imaginación como cortometrajes monocromáticos, sórdidos, como quimeras que buscaban una solución dramática, artística, pero eficiente a su ruido mental.

Y cada vez eran más usuales.

Dobló a la izquierda, hacia una avenida más ancha, saliendo un poco del boscaje y uno de los autos de su seguridad se plantó a su lado con un ligero toque de prepotencia o reclamo hacia su persona. Lo ignoró.

Deseaba acelerar y largarse lo más pronto a su casa, pero estaba imposibilitada por el límite de velocidad y por el pastoso y eficaz esquema de seguridad que sus escoltas configuraban a su alrededor. Por lo que tenía que indicar por celular o por señas rusticas que deseaba alcanzar mayor ligereza y que debían abrirle espacio, para movilizarse hacia la carretera. Sus escoltas se negarían rotundamente aunque fuera una autopista con circulación normal de a 110 kilómetros por hora.

Decidido, mañana saldría sola, sin guardaespaldas. Estaba lo suficientemente desentendida de su cuidado personal como para tomar esa decisión, además comenzaba a ver lo paranoico y ridículo que siempre fue el llevar un cuerpo completo de simios de gimnasio para protegerla. Pérdida de tiempo y dinero, a fin de cuentas. Porque su vida ya había peligrado innumerables veces y de diferentes modos, era obvio que si le tenía que suceder algo, le sucedería de todas maneras, no importaba cuánto se ocultase detrás de fortachones vestidos de negro.

Dallas siempre tuvo la razón en sus reclamos, y ella nunca lo quiso ver, hasta que se sintió importunada. La metáfora lo definía con precisión, moverse con tanta protección encima era una manera poco conocida de sentir esclavitud o falta de libertad. Ahogo. Ataduras.

Muchos cosas habían llevado a esa situación, entre ellas; la locura de sus admiradores. Pero era tiempo de hacer un cambio y quería arriesgarse.

Aunque ya había dado el primer paso, ahora considerado como tal. No estaba trabajando y por lo tanto no estaba comerciando su imagen.

Francamente no quería seguir siendo una persona pública y viviendo bajo las reglas de juego del estrellato. ¿Abandonaría su trabajo y una de sus pasiones por la hostilidad del tablero? Parecía la decisión de un perdedor, o de alguien aburrido y enervado de lo mismo. Dejó por un año el ritmo de las grabaciones, por preferir la interacción directa del teatro con el espectador, porque los films y sus personajes, en algún modo comerciales, poco trascendentales y repetitivos —aunque en la mayoría de los casos, había buscado papeles que le supusieran un reto, en los cuales pudiese ahondar— le atraían menos que nunca. Todo cuánto pudo caracterizar lo había hecho. Podía darse por satisfecha, sentirse realizada laboralmente.

Hizo todo lo que ambicionó. ¿Y luego qué? El éxito no era suficiente para tapar los estorbos. Buscó alternativas, como el teatro, sin embargo los resultados no le colmaron como esperaba. Y tras lo sucedido con Sayu en su última función, desistió de la idea.

Por fin, ingresaron a una carretera. Los autos oscuros a su alrededor le dieron aire sobre la calzada y pudo incrementar la rapidez a gusto. Dio un breve vistazo al gps y con cierto alivio descubrió un desvío en los siguientes 500 metros que le permitiría acortar considerablemente camino y romper con la logística de sus escoltas. En pleno movimiento sus guardaespaldas no iban a poder negarse y encerrarla con los autos.

Hizo un par de gestos extendiendo el brazo izquierdo fuera del vehículo, por la ventana, para indicar su próxima maniobra.

Acortar camino. Todo el tiempo tenía ese plan en mente, como fruto de una impaciencia que cuyo origen desconocía. Como si huyera.

Para huir, debe haber una mínima posibilidad de escape, aunque sea esperanzado, imaginario… ¿Tenía escapatoria?

¿La merecía?

La depresión es el único traspié que puede lograr que caigas de bruces mucho más profundo de donde en realidad has aterrizado.

Pareciera que realmente sabía de qué escapaba.

La depresión es una soga con la que nunca has de usar para saltar. Te cansarás antes de tiempo y cuando la noción y razón puedan recuperarte del dolor, ya la habrás amarrado a tu cuello.

No obstante ¡Light fue sentenciado a la pena de muerte!...

¡Mientras tú en libertad, aún siendo tan homicida como él! ¿Por qué tú y no él?...

No es justo, si ha de haber castigo, ¡qué sea para ambos!...

Apretó con mayor fuerza su agarre sobre el volante, empalideciendo sus nudillos. Volvió a lagrimear, inconsciente de ello esta vez. Sólo en la tristeza lograba hundirse en su mente. Pero no razonaba, lo único que sucedía era el desfile de sus recuerdos y su remordimiento. Las palabras de Sayu Yagami eran tomadas como una verdad llena de espinas.

La depresión es tan imponente y peligrosa que conduce a confundir 'detener el dolor' con 'quitarse la vida'. Es una ceguera a base de sufrimiento que deforma toda percepción, una miopía emocional y racional. Una resta continua de fuerzas, una boca que muerde afiladamente, que jamás se sacia y no tiene bozal que le quede.

A lo que verdaderamente le temía era a sus pensamientos. Nada podía tener mayor poder destructivo que ellos. El dolor que le causaban no podría poseer nunca semejanza o equivalencia física, sin que el organismo reventase colapsado por su causa. No había forma de describirlo, toda realidad era limitada como para hacer comparaciones. Su sufrimiento mental tenía mucha imaginación, mucha.

Y aún así, seguía cavilando. ¿Por qué aceitar un mecanismo que le lastimaba?

¿Qué sucedería si el mundo se enterase de quién era ella de verdad? ¿Por cuánto podría soportar las acusaciones, si bien ciertas, sin ceder espacio a la locura o ya habiéndola embarcado? Cuánto era la cuantitativa a la que su existencia se remitía, dependiente de la cualitativa del padecer... Sistema absurdo y victimario.

Esta es la oscuridad que verdaderamente cosecha almas, no aquella carente de espectro visible o de luz, sino una que consigue envolver en los efectos de la penumbra inclusive cuando el cuerpo es bañado por los rayos del sol. Confusión, miedo, incertidumbre, culpa, alteración, sensación de persecución, falta de interés. No ves negro, pero así te sientes, lo sientes.

Estaba dentro suyo. La depresión se vuelve un cuarto vaso sanguíneo, uno renegado, que destruye en progresión todo el trabajo de años de las arterias, capilares y venas por mantenerte vivo, y engaña al corazón con su papel, hasta desmantelarlo por la angustia.

Respiró profundamente. Nuevamente un saborcillo amargo pululaba en su paladar.

Llegó hasta la calle amplia de arboleda en su periferia, que pertenecía a mansiones de jardines de dimensiones exorbitantes. Un sitio de nulo tráfico y silencio de valle. En otoño y luego en invierno, solía diseminarse una niebla baja. A estas alturas del recorrido, sus guardaespaldas se desviaban por una callejuela para marcharse por otra carretera, puesto que Misa ya casi llegaba a su domicilio; la última de las propiedades de esa calle.

Podría pasarle cualquier cosa en ese corto trayecto, desde esa vía hasta su casa. Y sus escoltas tenían órdenes de retirarse justo allí. Muchas cosas no tenían sentido, muchas de las que ella había sentenciado que fueran así.

¿Por qué no quería que su equipo de seguridad le acompañase hasta su morada? …¿le molestaba sus presencias? ¿Acaso era como llevar su realidad de celebridad a casa?...O quizá, ciertamente no hubiera un motivo tangible o razonable. No uno que recordara.

En cuanto vio los portones de hierro macizo que separaban a su hogar del mundo, reflexionó en que su decaimiento quizás no fastidiaría tanto si estuviese verdaderamente algo que hacer y no simplemente dejar que sus ideas flotasen durante toda la jornada. Es decir, algún empleo complicado, una deuda, algún problema familiar, algo en lo que preocuparse. Por supuesto, no es que llamase a la mala suerte, porque debía agradecer su situación acomodada y el bienestar de su familia: dos preciosas pupilas que se convertían en mujeres día a día. No obstante, si tuviera algo de lo que ocuparse, no tendría tiempo de andar lamentándose.

Probablemente fue un error descontinuar su trabajo.

Había decidido hace semanas tomarse un descanso.

Ahora comprendía que lo elegido probablemente nunca fue un receso. No uno laboral.

Frenó ante las compuertas de herrería antigua japonesa, mientras uno de los guardias que vigilaban la entrada de su domicilio, salía de la cabina y se acercaba a paso lento hacia su auto. Misa bajó el vidrio y le extendió su documentación, que le daba acceso a la casa y por sobre todo, le reconocía como la propietaria de la misma. Éste era otro hecho ridículo.

El mundo no tenía nada mejor que hacer si alguien pretendía infiltrarse en su casa fingiendo ser ella, con una exacta réplica de su auto. Había formas más sencillas de burlar toda la seguridad.

Tras revisar también la patente del vehículo, le dieron el visto bueno, los portones se abrieron con cierto chirrido y aceleró para escabullirse dentro de su propiedad.

En nada estuvo frente a la construcción de arquitectura hibrida, entre japonesa y europea. Qué pepino habría pasado por la mente del hacedor de esa edificación, se le hacía imposible intuir. La combinación era atractiva, pero demasiado rebuscada. Los planos de la casa no daban mayor información más allá de su ingeniería. Algún intento innovador, supuso en algún momento.

Subió los escalones previos al pórtico de su vivienda y observó las columnas blancas que imponentes precedían las puertas de madera recia pero arcaica. Todo el frente estaba pintado de un blanco grisáceo, un tanto sucio en ciertas esquinas, en las florituras de las columnas y en los marcos de las ventanas. Aun así, una fachada inmaculada y monótona.

Melancólica hasta podía decirse, sabiendo que esa caracterización tenía que ver en cómo se sentía ella. No metió el auto en la cochera, quizás decidiese salir en la tarde. De hacerlo, no les avisaría a sus escoltas, saldría a despejarse, buscaría distraerse. Si es que aun podía ser posible en algún modo.

No quería hacer de toda situación, merecedora de un pesimismo nato. Sin embargo así lo percibía y no importaba cuánto lo intentase por cambiarlo, la compañía de las niñas le dañaba al saber que les mentía y les ocultaba la verdad.

Es horrible saber que se ha perdido hasta el último derecho: poder escapar, salvarse o defenderse, que en esta situación es lo mismo. Todo significa que no hay esperanza que se arriesgue tanto por ella. No hay una luz que quede al final del pasillo, sólo oscuridad. No hay una boca de lobo, tampoco dientes afilados que aguarden para desgarrarle. No hay un búho ni un cuervo que asusten sus pasos, sólo una penumbra falta de sentidos, en donde sus gritos y sus llantos no vivirán, no escuchará en lo absoluto ni tampoco sentirá ni olerá. La nada. Un confín de inexistencia. Sin cuenta de tiempo para que la claustrofobia tapice todo su ser, mientras pérdida busca la tumba, jamás cavada de su alma.

Porque la peor agonía es la de penar sin espíritu, jalada a un infinito en dónde no habrá algo suyo, será como el polvo que el aire acumula y arrastra. La segunda llaga, el precio por el uso de la Death Note: Fallece el cuerpo, fallece el alma.

Justo y merecido, porque tenía que sufrir y revolcarse. Era el castigo que le tocaba.

Sin embargo, era cobarde para soportarlo. La cobardía olía a pólvora.

¿Sobre medicación? Muy lento y había oportunidades de arrepentirse. ¿Una soga? Anticuado y teatral. ¿Un edificio? Muy público, ya lo había intentado y le sobró cobardía como siempre. ¿Un cuchillo? Otro método lentamente doloroso y sucio. ¿Gas? Ídem con el anterior ¿Un revolver?...típico, pero efectivo.

Cerró la puerta tras de sí. La cerradura repercutió con eco.

No había nadie despierto en casa, de lo contrario Lizzie ya hubiera venido a recibirle desde donde estuviera, probablemente la cocina y oiría un muy leve murmullo de música desde la habitación de Dallas. Era muy temprano para todo eso. Ambas debían estar durmiendo, a punto de despertarse e iniciar la jornada. Lo mejor sería prepararles el desayuno en silencio y largarse a dormir.

Misa quería esto, estar sola. Observó las escaleras, ensombrecidas. La casa estaba en oscuras en su mayor parte, el amanecer sólo alcanzaba aquellos sitios con ventanas o algún otro orificio por obviedad. Había mucho que tramitar y mucho que escribir. También necesitaba comprar manzanas, varios kilos.

Había enviado varios mensaje a Ryuzaki. Necesitaba hablar con él. Después de todo, mal que mal, era con el único que podía explayarse sobre los hechos de sus pasados sin necesidad de crear un Armagedón. Aunque L sólo le daría unos segundos y probablemente respuestas poco comprensivas detrás de un tono impávido. Eso podía bastarle, si alcanzaba a soltarlo todo. Se dejaría arrestar, si fuera necesario.

Pero L no le había contestado y no parecía tener interés en hacerlo. No se quejaba, tampoco le sorprendía…

Sí. Estaba sola. Y se lo había buscado.

-.-

—Así que aquí estabas —observó a su hermana menor, quien descansaba sentada en las gradas del campo exterior de deportes del instituto, con la mirada perdida mientras el sudor le resbalaba por las sienes.

—Y sigo estando.

—¿Con sólo un uniforme deportivo de tela fina? ¿y con este frío?

—Si no fuera porque te conozco, pensaría que te preocupas como buena hermana mayor y que no intentas fastidiarme.

—Pero realmente me preocupo —parpadeó con falsa confusión.

—Claro…puede que de hecho tu estómago lo haga,… considerando que ha de entrar en pánico cada vez que ni yo ni Misa estamos en casa y no haya nada en la heladera para comer…

—Uy, qué la defensiva estás hoy… —comentó con tranquilidad. Su hermana suavizó su expresión. Dallas le entregó un abrigo que había traído hecho una bola de tela en sus brazos y Lizzie se lo puso, aunque su cuerpo se hallase sudado. El clima había empeorado desde la tarde hacia la noche y la más joven de las muchachas no lo había previsto al partir de su casa.

—Lo siento… —suspiró.

—Ash, relájate Liz… Entiendo muy bien —miró en dirección hacia el campo deportivo.

Lizzie sonrió dulce y cansadamente a su hermana. Era lindo tener a alguien que le conociese lo suficiente como para no necesitar explicarle absolutamente nada y que le comprendiese al instante.

—Supongo que no habrás estado filmando la práctica otra vez…

—No, qué va… Acabo de llegar…Entré en los vestidores y no te vi, así que vine hasta aquí…

—¿Qué te hacía creer que estaría en los vestidores? —preguntó incrédula—. Sabes que siempre me cambio y ducho en casa…

—Con este clima, esperaría algo más interesante e inteligente de tu parte…

—No hoy —respondió con una sonrisa mordaz. Su hermana frunció el ceño. Parar y dejar que el sudor se enfriase luego de estar haciendo ejercicio, con el cuerpo en un cierto ritmo y aclimatado a la temperatura del exterior, podía ser muy riesgoso.

—Está bien… péscate una gripe —blanqueó los ojos siguiéndole la corriente—. Cuando ingresé en los vestidores todo el mundo gritó como si fuera una vil rata o el virus de la celulitis…

La más joven de la dos rió divertida.

—Ah, ¿Dallas te he dicho que te adoro? —esa falta de tacto y de diplomacia social de su hermana a veces podía desembocar en entretenidos hechos.

Dallas se encogió de hombros y se sentó a su lado.

—Fue todo un espectáculo de niñas escandalizadas… —comentó con sarcasmo.

—Les tomaste por sorpresa, nadie fuera de su círculo suele entrar a los vestidores, ni siquiera otras mujeres ni la entrenadora…es algo delicado —rodó los ojos con resignación.

—Lloronas…y es incoherente porque revolean el trasero ante cualquiera en sus exhibiciones de medio tiempo —resopló.

—Lo sé… por suerte me las he arreglado para sólo hacer piruetas.

—De todos modos no son tan malas… aunque parecen bastantes ingenuas y arrogantes…

—Quizás dramaticé un poco la situación —admitió Lizzie y su hermana enarcó una ceja observándole con suspicacia—…la exageré totalmente, tú ganas… En general son buenas muchachas…hay que saberles tratar. Hay unas dos o tres que son problemáticas y odiosas… Sin embargo, a la gran mayoría si le llegas a conocer, te llevarás una muy buena impresión…

Dallas asintió apreciando la lejanía.

—Puedes ser muy empática si te lo propones, Liz —hizo una observación con tranquilidad.

—Gracias… no estoy acostumbrada…

—No es tu culpa… no has tenido oportunidad de estarlo —contestó para sí, pareciera.

—Estás muy pensativa… ¿sucede algo? ¿Por qué has venido a buscarme?

—Hay un par de cosas que quiero hablar —Lizzie elevó las cejas.

—¿Ahora?

—No, no ahora ni aquí boba… —musitó y se aclaró la garganta—. Ocurre que he recibido correspondencia del abogado de papá, ¿Mr. Crawford, lo recuerdas?... Nuestro padre sentenció que debían pasar diez años desde su muerte antes que nosotras pudiéramos ver su testamento o heredar un centavo… hace unas semanas ese tiempo determinado se cumplió…

—Y Mr. Crawfort tan puntual como siempre —susurró cavilando.

—Ese hombre siempre ha estado de nuestro lado.

—Lo sé… pero a mí no me interesa nada de esa herencia…Tú eres la primogénita y a criterio de papá quien debe manejar los bienes, decide tú.

—No, nada de eso. No accionaré sin antes analizar las cosas contigo…a mí tampoco me atrae lo que podamos heredar, pero hay tierras y muchos otros capitales en juego… Mucha gente aún trabaja en los campos de nuestro padre y vive de ello... Es por eso que quiero que lo charlemos tranquilas.

Lizzie respiró profundamente y en breve el vapor enfatizó su exhalación. Los asuntos de su familia de origen no le causaban ningún placer, no obstante comprendía que dejar con esa carga a Dallas era muy desconsiderado. Su hermana siempre se había echado al hombro esa faena para protegerle. Pero continuar con ese régimen sería absurdo siendo ella ya mayor, ahora que lo recapacitaba.

—Está bien…suficiente problemas ya nos ha dado… Sería bueno terminar con ello de una buena vez.

—Obviamente… Ve a buscar tus cosas, nos largamos de aquí.

—Ok —Lizzie asintió y tras estirarse, tomó rumbo hacia los vestidores, atravesando el campo deportivo.

Dallas la contempló marcharse, siendo la figura de su hermana consumida y reducida por los reflectores que la eclipsaban, a medida que se alejaba sobre el césped, forjando una triple sombra de pobres tonos grises. El verde de la explanada se veía perfecto y frío, con las líneas blancas del campo recientemente pintadas. En los límites de la terreno, a ambos lados como no, estaban situados toda clase de porterías, canastas, goalpost, etc. para la práctica de los respectivos deportes. Era un polideportivo muy cuidado. Al fondo, con solo las luces encendidas que escapaban por las ventanas y su estructura escondida por la oscuridad, se veía un depósito de importantes dimensiones donde debía guardarse todo el instrumental atlético y deportivo. Pegado a él, yacía un segundo edificio, un gimnasio techado por donde entraban y salían jóvenes en shorts y sudaderas de baloncesto y otros con armadura, kimonos oscuros y sables de madera en mano, practicantes de Kendo seguramente.

A ciencia cierta Lizzie se sentiría mucho más a gusto participando en alguno de esos deportes, en vez de estar obligadamente en un equipo de porristas, pensó. Aunque la gimnasia rítmica tenía su mérito. Como fuere, su hermana menor muchas veces estaba muy cansada como para entrenar Karate con ella. La chiquilla llevaba un ritmo agitado, entre la finalización del año, el ingreso a la universidad y los viajes de trabajo inoportunos de su tutora. Pero se las arreglaba.

Ciertamente la preparatoria tenía instalaciones envidiables, por lo que podía apreciar. Mejor, caviló. Era del todo tranquilizador saber que Lizzie asistía a un establecimiento de confiabilidad. Y era abismal la diferencia de situaciones. Cuando Dallas realizó sus estudios secundarios, lo hizo dentro del orfanato que les había albergado y aunque la educación rural a manos de Monjas no era de ningún modo despreciable, no podía compararse con la japonesa en una escuela de alto rendimiento.

Le ponía de buen humor saber que su hermana estaba lejos, muy lejos de ese infierno. Y ahora tocaba volver a abrir viejos cajones empolvados y comprender qué su padre les había dejado tras su muerte. Una pregunta incógnita que pululó seguido entre los primeros años de orfandad. Objetivamente, si bien tenían cierta curiosidad, nunca les importó. Tantos infortunios les causó su padre y sus acciones con el mundo de los negocios, que era mejor dejarlo todo atrás hasta donde se pudiera.

La noche estaba gélida y pese a que Lizzie se había puesto el abrigo que le había dado, vestía un conjunto de acetato de invierno bastante delgado y húmedo. De verdad esperaba que no se resfriase. No le era fácil exponer su preocupación, pero sí estaba presente. Debió traerle una bufanda. Bostezó con ganas, la jornada había sido larga. Sin embargo, nada que una suculenta cena caliente no arreglase. Otra cosa que podía mejorar su temperamento era la comida.

Apreció en la lejanía como su hermana se cruzaba con otra persona, pareciera una mujer. Intercambiaban un par de palabras y seguían su camino. Y para fastidio suyo, la desconocida se dirigía hacia ella con paso decidido

Shit.

Suspiró y apoyó sus codos sobre sus piernas. Le miró de reojo, no era bienvenida. Le costaba mostrar respeto o reconocer la autoridad, no por arrogancia o malicia, puramente porque nunca se acostumbró a ello. No obstante, esta tipa podía volver una pesadilla las tardes de su hermana, así que debía ir pensando en no decir alguna descortesía, estupidez o cualquier cosa que para ella era tomada de los pelos, pero para los demás podía ser una actitud fuera de lugar.

Observó el suelo y escuchó como el crujir del césped se incrementaba, hasta que finalmente se detenía en frente suyo. Un trío de sombras dispersas se pintó en el pasto.

—¿Señorita Amane, cierto? —levantó su mirada con cierta distracción o al menos eso esperaba que se viese. Se presentó ante ella una mujer de estatura media, cabellos lacios y oscuros, ojos rasgados, pómulos prominentes, de mentón pequeño y labios finos; vestida con un traje de acetato negro.

—¿Qué quiere?

Eso, Dallas. Directa. Porque un "Buenas noches" o un "¿Cómo le va?" eran demasiado maleducados.

—Ah…soy la entrenadora Makiguchi, —ella se presentó, la respuesta anterior le había desestabilizado un poco—. Ha llegado a mis oídos que ha ingresado erróneamente en los vestuarios de las chicas.

—No fue erróneo. Busqué a Lizzie allí —resaltó como una obviedad.

A los mayores les encanta que les corrijan o les lleven la contra, claro.

—Debe saber que está prohibido el ingreso de sujetos ajenos a la institución en los vestuarios y en el campo de juego. Esta práctica es privada.

—La administración de este instituto me permitió ingresar…porque primero, soy una de las personas que está a cargo de mi hermana y segundo he venido por ella porque este entrenamiento se realiza en horarios extra- escolares y en condiciones climáticas no adecuadas —argumentó. Su teléfono celular vibró en el bolsillo trasero de su pantalón y lo ignoró.

—Eso no la autoriza a entrar en el vestuario de las chicas.

—Pero sí al estar en el campo de juego.

Porque no hay algo más agradable en una conversación que discutir. Brillante.

—Como fuere, le pido que no lo vuelva a hacer, por favor.

—Haré lo posible —contestó a duras penas e intentó no blanquear los ojos ni bufar.

—Gracias, así lo espero porque no deseo mayores problemas —comenzó a alejarse—.Un gusto, Señorita Amane.

—Igualmente —intentó forzar una sonrisa— Vieja desagradable—masculló por lo bajo luego de unos instantes.

—¿Disculpe?

—Tenga una noche agradable —arregló como pudo. La mujer le hizo un gesto de despedida con una aprobación y se marchó tan rápido como había llegado, a grandes zancadas.

Dallas tienes el cerebro de una paloma.

Se rascó la cara, estas cosas le producían comezón. Probablemente, por sus modales más de uno le debía considerar un orangután que sólo piensa en comida. Y lo último era cierto. A decir verdad, le tenía sin cuidado, estaba muy cómoda consigo misma en todos los aspectos, mientras esto no le causase problemas a su entorno íntimo.

Se encogió de hombros, podía despreocuparse fácilmente de muchas cosas. Ahora estaba segura, que en todo caso, su hermana podría enfrentar a esa mujer como había venido haciéndolo hasta ese día, esa tipa no parecía tener mucho ingenio para la maldad o algún derivado de ella, como la venganza. Simplemente era histérica.

Estiró las piernas y un escalofrío ascendió por su médula espinal. Extrajo el celular de su bolsillo y desbloqueó la pantalla. Un mensaje.

"¿Nos vemos el viernes?"

Miró el horizonte y balanceó el teléfono entre sus manos. Contempló la idea de no contestar, desconocía a la clase de monstruo al que estaba alimentando. El emisor del mensaje era un compañero ocasional de trabajo. Un periodista y publicista un par de años mayor que ella. El hombre había tenido que cubrir un evento político en el norte del país por lo que no lo veía hacía más de una semana. Él solía acercarsele cada vez que tenía oportunidad durante las horas de trabajo para hablarle y si no, le invitaba a tomar un café.

No era muy callado, acostumbraba tener una opinión acerca de todo y siempre intentaba hablarle a ella de temas diferentes. Reiteradas veces él parloteaba y ella solamente acotaba muy de en cuando en cuando. Era una persona de gran tranquilidad con comportamientos entusiasta y de voluntad sana. De gusto por la música alternativa y la antropología. Vestía invariablemente con un gorro caído de color gris, al que ella consideraba un nido de ratas y se lo había mencionado, y el muchacho se había reído. En realidad él siempre lo hacía cada vez que ella lanzaba algún comentario ácido, creyendo que iba todo con un gajo de humor. Un tipo extraño.

Podía ser irritante en algunas ocasiones, pero se moderaba. Para ella rozaba casi en la indiferencia. No estaba segura de querer una relación amorosa y no quería lastimar los sentimientos de nadie. Quizás, si se esforzara por conocerle, podría…

De todos modos, tampoco tenía la certeza de que el trato recibido fuera algo más que compañerismo. Bien el joven podía de ser de naturaleza amable simplemente y ella estar malinterpretando las cosas. Sin embargo, visto así, era extraño el esfuerzo que él predisponía para pasar tiempo junto a ella, siendo que no era muy amigable o cortés. Tampoco creía que él estuviese detrás suyo por la fama de su tutora, el chico le rehuía a los temas de la farándula.

Su hermana había salido por las puertas del vestuario con un bolso cargado al hombro, estaba a unos 70 metras de ella y disminuyendo.

Se diera el caso que fuese, siempre podía ahuyentarlo con un gruñido o con una muestra de frialdad cruda. En general los hombres de hoy solían hacer elecciones prácticas en sus vidas amorosas, si lo advertían antes le escapan a las mujeres que podrían tener mal genio o que podían hacerles enloquecer. Excepto por Mello,… él había visto parte de lo peor de su carácter y había seguido insistiendo de todas maneras. Aunque luego prefiriese a otra. Chasqueó la lengua.

Debía tener cuidado, con el joven también mantenía una relación laboral y una mala maniobra podía hacer peligrar el trabajo o el futuro de un proyecto. Rodó los ojos. Vida personal, separada de la laboral.

"Seguro, en el bar de siempre"

Su hermana ya estaba a su lado cuando envió el mensaje, mirándole curiosamente. Hizo un gesto con la cabeza en señal de "vámonos". Dallas se irguió y se quitó el largo pañuelo que tenía anudado en el cuello. A continuación, se lo colocó a Lizzie sin darle tiempo a objetar.

—¿Es esto necesario? —inquirió mientras se reacomodaba la tela recientemente amarrada a su garganta.

—Totalmente.

—¿No te hará falta a ti?

—Estaré bien.

—¿A quién mensajeabas? —cuestionó Lizzie una vez en marcha.

—Un compañero de trabajo.

—¿Mucho para hacer mañana?

—No en realidad. Me preguntaba si nos podríamos ver el viernes.

—¿Sales con él?

—Algo así.

Lizzie hizo un gesto de disconformidad.

—No me habías contado.

—Estas cosas no te suelen interesar.

—Hey, eso no es verdad. Al menos no contigo… aunque no lo parezca yo también necesito cotillear de vez en cuando.

Dallas casi esbozó una sonrisa de lado. Estaban caminando paralelamente a un alambrado que comenzaba detrás de las gradas del campo y que se extendía mucho más allá. Allí, donde las luces de los reflectores no podían alcanzarlas. En busca de una salida más práctica que recorrer todo el instituto, una alternativa que no existía como tal, pero que ellas usarían. En algún momento el cercado se hacía más bajo porque el terreno se tornaba débil y flojo.

—¿Quién es el chico? ¿Lo conozco? —preguntó Lizzie con curiosidad, y una leve preocupación solapada.

—Sólo es un compañero eventual de trabajo. Suele estar en el equipo cuando lo necesitamos en el estudio… Y de vez en cuando intenta pasar tiempo conmigo —Dallas se encogió de hombros, no había mucho más información y la existente no era del todo impactante.

—Ya veo… Me sorprende que no lo hayas mandado a volar… después de todo —Liz tenía cierta intranquilidad, sabía que su hermana mayor aún conservaba sentimientos por alguien más e intentar borrarlos usando a otra persona no era correcto ni sabio.

—No es conveniente en primer lugar, somos compañeros. Él no ha hecho nada por lo cual desee apartarlo y por último, últimamente pienso que debería ampliar mi círculo social… Tranquila,… le dejaré las cosas bien en claro a este muchacho… Sé por qué me miras con esa cara.

—No quiero que sufras de nuevo… ni que tengas problemas con alguien más… Siento que ese chico no busca algo casual.

—Relájate chiquilla… —hizo un gesto con su mano transmitiendo despreocupación—. Soy consciente de que nadie podrá quitar a Mello de mi mente. Esa es una tarea y responsabilidad únicamente mía.

—Sé que no debería preguntar esto pero… ¿Deseas olvidarlo realmente?

—Siendo franca,…. No puedo darte una respuesta definida —contestó reflexiva, llenándose de pensamientos que se contradecían a diario—. Lo pertinente sería dejarlo ir —su mirada se tornó fría y distante tras esas palabras.

—Sin duda… —Lizzie suspiró y dejó que el silencio se acentuase por unos minutos y tras ellos decidió derivar la conversación a otros derroteros más banales— ¿Qué quería la entrenadora contigo? —mientras preguntaba también daba un vistazo de rutina a sus espaldas. Nadie debía verles.

—Me sermoneó por haber entrado en los vestuarios y en el campo de juego…

—Lo imaginé… olvida lo que dijo.

—¿Mi hermana incitándome a desafiar la autoridad? Qué raro día es hoy —resopló con picardía.

—Autoridad la tiene quien inspira respeto…y esa mujer sólo tiene un silbato y un megáfono con el cual grita… Con todo lo que el equipo de chicas representa, sería tolerable de no ser por ella… Finalmente la entrenadora es el problema —las mejillas se le habían encendido. Dallas le observaba divertida, Lizzie se veía tierna enojándose.

—No es de extrañar…

Lizzie miró a su hermana recordando una anécdota.

—¿Sabes cómo descubrí que el alambrado en determinado sitio se hace más bajo y más fácil de sobrepasar?... Fue una consecuencia de una de estas tardes, a comienzo del mes pasado… Buscaba a unas cuatro chicas faltantes para empezar la práctica de ese día, sus pertenencias estaban en los casilleros de los vestuarios pero ellas no se veían por ningún lado… Luego de buscar en otros lugares, vine por descarte aquí… Mientras recorría estos trechos tras las gradas, las hallé sentadas contra el cercado fumando cannabis… de inmediato me di la vuelta, segura de que no serviría de nada reclamarles, no notaron mi fugaz presencia…La entrenadora estaba al tanto, ella me preguntó por ello… y se cruzó de brazos, sin hacer nada al respecto…

—Puede que realmente no le importe…

—De ser así, es una hipócrita… ella que proclama el equilibrio ideal entre salud, deportes y estudios y bla bla bla… Y le vale un comino lo que hacen sus alumnas —frunció el seño con fuerza—. Este instituto es un establecimiento de elite, de reconocimiento, de excelencia y un real cuerno…—suspiró, sus mejillas continuaban ardiendo—. A los días siguientes, hablé con esas muchachas… me admitieron que realmente sólo buscaban experimentar…Sé que no debo inmiscuirme en los asuntos de los demás y que ofrecer mi ayuda es en cierto modo una actitud arrogante… Sin embargo, no podía evitar hacer algo… están sacrificando su salud… además, las personas que fuman cualquier porquería tienen un aroma detestable…

—Pensar que puedes solucionarle los problemas a los demás es una actitud arrogante… ofrecer tu ayuda simplemente, no —le corrigió su hermana mayor—. Hemos tenidos peores condiciones de educación, no te quejes Liz… También es probable que la entrenadora esté resignada… No quiero defenderla, pero ella cumple su rol al advertirles y aconsejarles, escapa de sus manos la acción que tome cada una de ustedes…Ninguna es una niña allí.

—Es una imbécil.

Dallas carcajeó limpiamente por la respuesta conclusiva.

—Cómo has crecido, Liz.

—Déjame —lanzó su bolso a su hermana.

Habían llegado al punto en donde el alambrado metálico se hundía y permitía ser escalado rápidamente. El terreno era fangoso y hacía mucho que habían abandonado el césped.

—A algunas personas, por no decir la mayoría…no les interesa controlar la vida a los demás —comentó Dal mientras veía como su hermana se prendía de la malla metálica.

—¿Insinúas que hago eso? —hizo uso de falsa indignación. El metal estaba gélido y al contacto con la piel de sus dedos quemaba. Salía despedido de sus bocas el vapor de su respiración. Una vez que estuvo en la cima del cercado, respondió—; No poseo malas intenciones.

—No lo pongo en duda. Pero es fastidioso.

—Tampoco puedo evitarlo —le mostró la lengua y saltó al otro lado del alambrado. Aterrizó gatunamente.

Su hermana le arrojó con fuerzas el bolso para que pasara por encima del cercado. Lizzie lo atrapó antes de que esté se estrellará estrepitosamente contra el pavimento.

—Entonces… ya que gustas de chismear…¿qué es lo que hay entre tú y Near? —Dallas inquirió para molestar y tras ello comenzó a trepar.

—¿Es en serio?...Supuse que en algún momento lo preguntarías…

—Por lo que ya tienes una respuesta pensada —tras unos pocos segundos, alcanzó el tope del cercado y saltó ágilmente a su lado. Frente a ellas se abría, un poco más al norte, todo un llano y vacío pavimentado, el cual noventa metros más allá era atravesado por una carretera y contiguo a ello, se hallaba el estacionamiento techado del instituto. Allí se dirigirían.

—No realmente…

—¿Amigos con beneficios?

Lizzie rió suavemente.

—Para nada…

—Pero existen sentimientos del uno por el otro.

—Así es… pero eso no nos lleva a constituir una relación definida… Somos muy jóvenes y vivimos alejados… quizás cuando la situación cambie —se encogió de hombros.

—¿Situación….? —cuestionó elevando una ceja—. No creo que vaya a cambiar…

—No descarto ninguna posibilidad —Lizzie respondió con simpleza y se adelantó unos pasos. Dallas no logró comprenderle.

—¿Confías en él?

—Totalmente. Él no dejará de quererme ni yo a él.

—Qué cursis e increíblemente aburridos —Dallas hizo un gesto de asco.

—Oh, ¿preferirías lo contrario?

—No, no… obviamente no —levantó las cejas con rechazo evidente, al menos para Lizzie—. Que seas una potencial monja es una ventaja enorme hoy en día… —como consecuencia del comentario, recibió un codazo de su hermana menor y tosió por ello—. ¿No se te hace monótono?

—No es que espere algo ciertamente… sé que si le busco, él estará ahí para mí.

—Eso tiene un gran valor —Dallas reflexionó y Lizzie le dedicó una sonrisa.

Cruzaron la carretera en ausencia de voces. No había vehículos a la vista, nada de luces o un ronroneo cercano. Bastante inhóspito, algo oscuro, pese a la iluminación vial, los faroles del aparcamiento y los halos que desprendían los reflectores del campo atrás de ellas, alejado mucho más allá. Había un guardia merodeando la entrada al estacionamiento, les vio llegar y posteriormente entrar con una mirada aburrida.

El frescor se cortaba dentro, aunque toda la estructura de concreto era igualmente helada. Lizzie palpó sus mejillas y éstas ardían, fuera la temperatura de las mismas o que su piel se hubiese irritado y quemado por el frío. Necesitaba urgentemente ducharse. La calidez del hogar aparecía inevitable como una fantasía en su mente.

Traspasaron varias zonas dentro del estacionamiento hasta llegar a la sección de las motocicletas. Al igual que en el exterior, el sitio estaba casi vacío, gran parte de los pocos vehículos que habían pertenecían al personal no docente del instituto. Dallas quitó la alarma de la motocicleta y también la cadena de seguridad, donde se hallaban atados a ella dos cascos. Le lanzó uno a su hermana, quien lo atrapó torpemente por estar distraída.

Dallas se alejó de la moto para acercarse y depositar una mano sobre la frente de Lizzie.

—Parece que te está por dar fiebre.

—Estoy bien…

—Cómo no —se colocó el casco y regresó al vehículo. Le hizo rugir y salió del apartado de las motos y de las bicicletas. Su hermana se había alejado de esos diez metros cuadrados dedicados a los vehículos de dos ruedas y le esperaba con el casco puesto.

Lizzie le vio pasar rápidamente. La inscripción Ducati, se quedó unos segundos en su mirada. ¿Tenía algún sentido comprar una motocicleta italiana viviendo en un país productor de la misma calidad y excelencia? ¿Valía la pena la inversión en el extranjero? Su tutora invertía su dinero de una manera peculiar o se dejaba llevar por la cultura global. Cualquiera fuera la razón, la motocicleta de su hermana resaltaba entre sus pares, no por lujo, sino por tener un diseño que no coordinaba con el resto. Eso era objeto de miradas. La sociedad japonesa no era muy abierta a la variedad, no a la forastera.

Y eso era muy parte de ellas, ser forasteras. La sangre japonesa que llevaban gracias a su padre, no servía de puente para que lograsen integrarse del todo. Siendo las pupilas de una celebridad, sobresalir era una idea peligrosa. Pertenecían a otra cultura y eso no se perdona. ¿Racismo? O ¿Simplemente eran diferencias culturales?... Nunca supieron qué pensar. Sabían sobrevivir como parias al igual que tantas otras personas, de todos modos.

—¿Misa no mandó sus guardaespaldas contigo? —su voz sonó ahogada por el casco. Lizzie se subió a la moto aferrándose primero de los hombros de su hermana. Tras ello reacomodó el bolso en su espalda.

—Nop y si lo hubiera hecho, me les habría escapado —Dallas contestó segura.

El motor bramó y teniendo el camino hacia la carretera totalmente libre, en breve pisaron el asfalto. El guardia les vio salir y Lizzie le hizo un gesto de despedida que fue correspondido con un vago movimiento de cabeza. A lo lejos el cielo parecía arremolinarse en nubes, los días de nieve no habían acabado. No pasó muchos minutos antes de que la más joven sintiera como sus manos se entumecían por el frío y por la velocidad a la que se movían. Metió sus manos en los bolsillos del abrigo de su hermana. Dallas no le objetó nada.

La preparatoria se hallaba instalada en un elevado terreno por encima del nivel de la ciudad, por lo que era posible contemplar la metrópolis desde sus posiciones. A sus izquierdas, las luces de la urbe frecuentaban tonos amarillentos, alguno que otro rojizo perteneciente a alguna antena de comunicación masiva como las de una radio. Las grandes torres y rascacielos sobresaltaban, y a nivel arquitectónico era lo único que podía distinguirse como tal. El puerto se veía como una delgada línea llena de cinceladas, que debían ser las embarcaciones con una que otra luz escondida si estaban amarrados al muelle. Sobre el agua se reflejaba toda la iluminaria, un único modo de ver a los edificios danzar al ritmo de las olas. Previo a ello toda una zona comercial de pescado fresco y una galería de servicios de hotelería, que también figuraban como espectros amorfos por las luces. Había un puente colgante, cuyos cables estaban decorados con luces, ubicado hacia el norte que conectaba a la ciudad con un pequeño islote, otro tanto de los miles que Japón poseía.

A nivel vial, era posible reconocer las calles y las autopistas sólo por el sucesivo puntilleo de luces cálidas o blancas que marcaban su recorrido. Y las zonas negras o ausentes de luminaria abarrotada pertenecían a los barrios y suburbios, privados como no, hallados en la periferia de la metrópolis. Era un bonito paisaje nocturno e invernal, en tres planos, el primero estaba representado por la barrera metálica de seguridad de la carretera que separaba la calzada de un precipicio, poseía nieve acumulada y sucia en cada rincón; el segundo se trataba de distintas rutas y autovías que se conectaban entre sí e iban empequeñeciéndose conforme se acercaban a la ciudad y por último, el tercer plano estaba dado por los edificios brillantes junto al el cielo. Había una cierta bruma en todas partes, que acentuaban el carácter glacial.

Iban cuesta abajo, por una carretera que descendía la colina en forma de espiral. Y continuaban siendo las únicas allí. Con tal clima, ¿quién iba a poner un pie fuera de su hogar? No debió asistir a la práctica del día, caviló Lizzie. Supuso que su hermana había venido en la motocicleta porque su tutora ocupaba casi todo el tiempo el auto. Debían conseguir otro.

Al descender y tomar camino por una autopista, pudieron sentir mayor calor, una diferencia apreciable que no tenían en las alturas. Mayor iluminación, más tráfico. Civilización. Lizzie cerró los ojos unos instantes y recostó como pudo su cabeza sobre uno de los hombros de Dallas. El visor de su casco se había empañado por completo, así que daba igual si miraba o no. Además, con la brisa fría no lo correría. Sólo tenía que seguir suavemente los movimientos del cuerpo de su hermana mayor, como inclinarse a los costados si doblaban o enderezarse tras ello.

Dallas le susurró un par de cosas que no alcanzó a oír cuando seguramente frenaron frente a un semáforo. Había relajado su cuerpo pero mantenía su agarre firme sobre el abdomen de Dallas. Sentía cuando aceleraban o disminuían la velocidad, las subidas y bajadas, el camino perfectamente asfaltado y el que poseía baches o un terreno desigual. Cuando volvió a abrir los ojos, advirtió qué ya estaban en la calle que les conducía a su casa. ¿Había dormitado? No creía que su hermana pudiera conducir tan rápido.

Luego de realizar todo el trámite rutinario de entregar identificaciones a los guardias de los portones de su morada, estuvieron por fin dentro del garaje, que comúnmente estaba abierto a menos que todos los vehículos estuvieran en él. Las luces de la cochera estaban apagadas, en realidad, nunca las prendían. Liz se quitó el casco y bostezó largamente tras eso. Depositó el mismo en una estantería después de que su hermana hiciera idéntica acción. El automóvil de Misa no estaba, ya debería haberse ido al hospital. Se había marchado muy temprano ese día, por lo que se veía. Había un rico aroma a salsa casera.

Sin emitir palabras y entre bostezos, subieron por las escaleras hacia la cocina. Las luces estaban encendidas, por los que les encandiló la vista unos segundos. Dallas se estiró con flojera una vez en el recinto. La temperatura de la casa les acogió como un fuerte abrazo de alguien prendido en llamas. Inmediatamente de perder la frescura del exterior, se encontraron sofocadas con tanto abrigo.

El aroma de salsa cocida de tomate era mucho más intenso allí. El ventanal que alcanzaba el techo y el suelo de la cocina, estaba enteramente empañado, haciendo imposible la visión del jardín a través suyo. En un rincón próximo a él y a la salida hacia el patio trasero, había varios costales de manzanas rojas, apilados unos sobre otros. Parecían manzanas frescas, compradas recientemente.

—¿De dónde salieron las manzanas? —se extrañó Liz. Todo eso en la mañana no estaba.

—¿De un manzano?

—Qué respuesta tan acertada, hermana.

—No específicas, no esperes más que lo obvio —respondió despreocupadamente. Se iba deshaciendo de su ropa a medida que hablaba—: Posiblemente Misa las ha comprado para preparar pasteles o alguna otra receta… dudo que vaya instalarse un puesto de venta de manzanas o hacérnosla comer como fruta del mes… Vaya a saberse que estupidez se le ocurrió ahora —se había quedado con tan sólo un suéter gris largo y unas calzas negras que había llevado debajo de sus pantalones. El resto de la ropa, la depositó en una de las sillas que rodeaban la mesa de la cocina. Lizzie hizo un sonido gutural en señal de protesta. Dallas se encogió de hombros.

—No lo sé… esto se suma a la lista de rarezas suyas que viene alimentado desde hace poco…—Lizzie despegó la mirada de los sacos de fruta carmín e hizo un vistazo panorámico. La mesa estaba preparada para sentarse y cenar, sólo faltaban los alimentos. Todo estaba limpio, ni rastro de haberse utilizado en un largo rato. En la puerta del horno empotrado había algo pegado, se acercó y contempló un papel adherido con cinta. Lo arrancó.

"Hay estofado recién hecho para la cena. Les quiero, Misa"

—Tenemos la cena dispuesta —declaró Dallas al ver la nota en las manos de su hermana.

—Quizás haya que volver a calentarle un poco antes… —Lizzie volvió a bostezar.

—En estos últimos días no he estado en casa desde la mañana temprano,… ¿sabes cómo se encuentra Misa?... además de estas compras compulsivas de fruta...

—Sigue con la misma rutina: visita a su manager y regresa para tomar un descanso… Hoy ha hablado mucho por teléfono… al menos en el transcurso del rato en el que estuve aquí, antes de regresar a la preparatoria.

—Raro…

—La he espiado porque no sale de su habitación más que para preparar la comida… y sólo duerme o se aferra a ese libro blanco que tiene.

—Nos evita descaradamente… ¿por qué… a qué se debe ese maldito alejamiento? Pulula en ella un aire de incertidumbre… cansancio...derrota… Ya no sé qué es más preciso —caminó alrededor de la isla de la cocina—. Aunque nos sonría, nos mime igual que siempre… hay un espectro, un no sé qué apaga todo en ella…

—No quiere enfrentarnos… ¿como si considerara que no puede mirarnos a los ojos? —Lizzie observó el piso y arrugó el entrecejo pensando.

—¿Dices que oculta algo?

—Es obvio, ¿cuántas semanas lleva así ya? Mucho antes de lo de Sayu ya ostentaba indicios de esta actitud…. ¿no hemos esperado lo suficiente?…

—Sería buen punto de partida conocer por qué Yagami Sayu le atacó… —comentó Dallas con cierta frustración visible, apoyándose sobre el desayunador de la cocina. Esa tipa había estado cerca de joderle la existencia a todas allí y Misa se había negado a esclarecerles algo, hundiendo el tema en el olvido. La rutina y los horarios de cada una habían contribuido a no poder discutir las cosas con comodidad.

—No nos dará ninguna explicación… No confía en nosotras… ¿Obligarla a habla sería contraproducente?... No es buena idea forzar pero… es incoherente ocultar algo en una familia de tres individuos.

—Tanto como nosotras, ella ha sufrido muchísimo en años anteriores… ¿esto es un decaimiento? O ¿es que hay algo nuevo?

—A ciencia cierta no lo sé… Ella nunca nos contó claramente su vida anterior… sólo cosas difusas sobre su novio, sus padres… ¿hay más?

—¿Quieres que hagamos uso de la paranoia?

—Pues siempre nos ha resultado útil…—Lizzie se encogió de hombros suavemente. Se quitó el pañuelo de su hermana y se lo regresó, posteriormente también se deshizo del abrigo que tenía encima.

—Hay quien sabe más que nosotras.

—L.

—Nunca fue creíble que él fuera su amigo… es decir, fue algo sacado de la galera —Dallas blanqueó los ojos.

—Intentaré comunicarme con él… de la vez pasada en el teatro cuando me contactó, aún conservo su número… —Lizzie estuvo a punto de agregar que también guardaba el número de línea por el cual hacía mucho tiempo Mello había intentado hablar con su hermana y ella lo había detenido, pero Dallas no estaba al tanto de ello y no debía estarlo. Además, no venía al caso.

—Dudo que esa línea siga en funcionamiento.

—También yo, más intentar no quita nada… ¿Le diremos a Misa de la correspondencia que hemos recibido del abogado de papá?

—No —Dallas contestó tajantemente. Lizzie siempre había admirado la determinación en los actos de su hermana mayor, mucha del cual le faltaba a ella. En la posición de Dallas, habría dudado en callarlo o no—. Tiempo al tiempo...

—Está bien… me iré a duchar… —anunció con intenciones de marcharse—. Aunque habría que calentar el estofado.

—Lo haré yo… ve a quitarte esa ropa y a ducharte con agua bien caliente.

Liz entrecerró los ojos.

—No hagas explotar la cocina.

—Claro que no —rodó los ojos—. ¿Cómo se encuentra tu brazo?

—Excelente, como ya te había dicho… La herida desapareció sin dejar rastro de la noche al día… como si nunca me hubiera lastimado una bala… como si nunca hubiera pasado nada de eso… Es una locura —se mordió los labios mientras palpaba el brazo descripto—. No hay dolor, tampoco contusiones, nada…Sólo una fina línea en plan de cicatriz… Parte de la extrañeza que empieza a ser común —sonrió mordaz—. Cosas de esta familia incoherente —se fue pronunciando eso.

Dallas suspiró viéndole desaparecer por el pasillo oscuro, luego revisó que la fuente con la comida estuviera en el horno y lo encendió. Se frotó los brazos y los hombros, mientras cavilaba. ¿Había alguna posibilidad de que lo que ellas ignoraban fuera a explicarles todo? ¿Podía haber una razón tan grande?... ¿Conocían realmente a Misa?

Parte de esto escapaba a sus manos.

Luego de cenar, hablarían de las cartas. De hecho, las había dejado encima de la heladera. Un sitio donde la altura de su tutora no dominaba. Recordaba la estilizada caligrafíacon pluma de Mr. Crawford , con cierto trazo tembloroso actualmente debido a su avanzada edad, en donde les adelantaba una pequeña lista con algunos bienes. Un campo de diez hectáreas aproximadamente, dos viviendas, un Chevy Camaro del '69, armas Wínchester, acciones en diferentes compañías constructoras y de otras ramas, los dividendo de Ginkgo Biloba, la empresa constructora que nació y murió con su padre, etcétera, etcétera. No era una gran fortuna comparada con la de su tutora, pero era mucho dinero y debían pensarlo bien.

Se trataba del capital de un Yakuza. Debían pensarlo más que bien…

.

-.-

.

Entonces, déjame ver si he entendido correctamente… ¿El supuesto y autoproclamado detective más polémico del globo me contacta para informarme que Misa Amane, mi Misa, pasa por un trastorno depresivo? ¿Y que las probabilidades de que peligre su salud son de un setenta y siete por ciento? —una voz anciana, pero con imponencia hablaba desde la incredulidad. Se trataba de Madge, vieja conocida de Misa.

—No me consideraría el más polémico, sí el más popular y eficaz. Las posibilidades son un de setenta y ocho por ciento.

Ajá. ¿Por qué esto me suena a una combinación de Miami Vice con Get Smart?

—Porque no ve televisión desde los ochenta.

Al igual que tú, por lo que parece.

—Veo Doctor Who —mintió.

Claro, eso no lo daban en los ochenta.

—Como fuere —interrumpió brusco la desviación del tema—. La requiero aquí Japón. Si mis sospechas no son erradas, usted mantiene un fuerte vínculo con Misa.

Como para que te creyese… dime algo que me convenza.

—Usted es viuda desde hace treinta años, su marido falleció por muerte súbita cardiaca. Le llama Missy a Misa y ella a usted, Madge.

Qué bien…un acosador —y cortó como si el tubo del teléfono hubiese sido un mata moscas y la tecla de colgado el insecto.

Ryuzaki observó la pantalla con austeridad, no había suficiente cafeína en el mundo que reflotara su estoicismo. Hizo una leve mueca de irritación y se sirvió más café de la jarra que tenía a su derecha sobre el escritorio, que pese a los esfuerzos implacables de Watari, poseía ya marcas circulares como huellas del continuo tráfico de tazas, desgaste en el color de la madera por el calor y manchas pertenecientes a alguna crema o jarabe que un día decidió caerse de su respectivo postre. Llenó la taza hasta el límite, lo azucaró, bebió y volvió a llamar. El tono de la línea telefónica sonó largo y tendido. Se rascó los pies, sabía que Ryuk estaba detrás suyo aburriéndose y reía en cuanto tenía la ocasión.

Zaoshang hao.

Zaoshang hao —contestó L cortésmente en chino, a través de la voz artificial.

Oh, eres tú de nuevo…

—Sí, ¿no posee identificador de llamadas?

No… ¿qué es lo que está mal contigo?

—Nada en absoluto.

Qué humilde.

—Escúcheme… no soy de dirigirme directamente a desconocidos ni de contactarme a un red local de teléfono, estoy tomando grandes riesgos —la voz sintetizada por línea telefónica era mucho más aguda. En estos momentos no podía enviar a Watari en busca de esa mujer, lo necesitaba por si había que accionar en emergencias—. Su vuelo y todo gasto que deba requerir para viajar a Japón será cubierto por nosotros, incluso puedo buscarle un sustituto para su puesto, mientras esté fuera.

¿Das cuenta del tiempo que me has hecho perder, no? ¿Y de lo inverosímil que suena todo?... No sé cómo estás al tanto de muchos detalles, ni de cómo conseguiste este número, pero entiende que no puedo creerle semejante locura a alguien que acabo de conocer por teléfono.

—Le pido disculpas, pero no hay tras esta voz algún equipo de terroristas ni de estafadores, sólo un detective que pide su colaboración. Usted ha trabajado para la policía, tómese esto como un caso más.

¿Y mis honorarios?

—Compórtese.

Creyó oírle resoplar.

Haremos lo siguiente… Envíame por fax el número de tu placa o de credencial y los registros de los casos que has resuelto, además deseo hablar con autoridades policiales japonesas que certifiquen esto —exigió con gusto.

—Hecho. Enviaré la información en breve —poseía permisos gubernamentales y placas policiales en más de 109 países, con una veintena de casos bastaría y de inmediato informaría al Jefe Yagami. Era bastante sencillo, aunque el sistema de fax le parecía ya anticuado y de fácil transgresión.

Una vez tenga esa información y ésta sea corroborada, te regresaré la llamada… Conozco a la policía japonesa, ante la leve sospecha de fraude que posea puedes olvidarte de mi colaboración.

—Perfecto.

La conversación volvió a cortarse, pero esta vez con un mutuo acuerdo. Se sirvió más café y abrió una caja de Pocky. Extrajo unas cuantas barritas de pan bañado en chocolate y las devoró rápidamente. Jugó con su labio inferior y mordisqueó su dedo pulgar. Presionó de nuevo el botón de encendido del micrófono inalámbrico y marcó un número interno. Si aquella mujer había pretendido quitárselo de encima pidiéndole requisitos irracionales, tendría el placer de demostrarle lo equivocada que se hallaba. Él no desistiría, no sabía hacerlo. Un plugin faltante en su personalidad.

—Watari, contáctate con Soichiro Yagami. Infórmale que recibirá la llamada de la doctora Tay Marjorie, pidiéndole garantías sobre mi persona y mi trabajo. Que ofrezca toda la información que crea conveniente —estaba dispuesto a todo, ya había cruzado el límite de lo seguro y sensato hace tiempo, cuando el caso Kira o el de Los Ángeles, con BB. Tendría un bonito repertorio de historias para cuando fuera viejo. De todos modos, la policía no poseía información en alguna escala peligrosa.

—Así lo haré.

—Gracias.

Su tutor se desconectó también, para internarse en la tarea. Ryuk se posó en cuclillas a su lado y contempló las pantallas con vago interés, pareciéndole controles del todo inútiles. Toda acción humana circunspecta para un shinigami constituía algo infructuoso. Todos iban a morir, así que daba igual lo que intentasen. Ryuuzaki no le había dirigido la mirada en ningún momento.

—Deberías estar espiando a Amane, Ryuk —le recordó entre tanto volcaba el contenido restante de la azucarera al café e intentaba revolverlo.

—Me he aburrido de seguirle.

—¿Continua hablando con abogados?

—Sip. Prepara un testamento.

—Planea suicidarse.

—Y si no le detienes, tú le acompañarás a tocar el harpa…. Ah, espera, Misa irá a la nada.

—No le acompañaré a ningún sitio.

—¿Cómo sabes que esa anciana actuará?

—Ya le he ocasionado la duda, el pensamiento le replicará más de una vez sus acciones y las consecuencias de no moverse… finalmente por paranoia o temor a volver a perder a alguien preciado actuará… Es la lógica secuencia de una persona con sentido común y un adiestrado sentido de la sobreprotección.

—¿Por qué no te encargas tú directamente?

—Ya te he explicado porque… y tú mismo lo has visto. Misa enloquecería al verme, podría causarle algún ataque y en consecuencia uno a mí también… dado que piensa que está en deuda y que debo sentenciarla —entrecerró los ojos y saboreó un Pocky sin masticarlo—. El riesgo pierde el sabor cuando lo has atravesado tantas veces, como todo, aun así sepas que de esa ocasión podrías no salir luego… La costumbre destruye todo temor.

—Sin miedo no es divertido.

—Eres muy estereotipado —sorbió café.

—¿Esperas originalidad por parte de la muerte?...ingenuo. Eres quien cree que en toda ancianita vive un instinto materno,… ¿en qué modo eso no es un estereotipo?

—No he dicho que espere tal cosa de cada anciana existente… Sólo de la correcta.

—Con mecanismos comunes, sin tener en cuenta su psiquis o particularidad… Siguen siendo una generalidad aplicada algo en específico.

—Me sorprendes Ryuk.

—La muerte tiene diferentes voces con una misma boca. Todas oídas o no. Pero no dependo de la fachada de bufón que les hago ver —pronunció con sencillez, invocando a una nada de emociones o percepciones. Como un ser mitológico, poseía la capacidad de no significar algo en concreto. No por carencia, sino por falta de necesidad. Para un shinigami, nunca era requerida una razón.

—No te subestimo.

—Pero me tienes de lacayo.

—Porque así lo quieres.

—Todo sea por las manzanas y un poco de diversión… —se regocijó la muerte—. Sin embargo, también puedo hartarme.

—Lo dudo.

—Ciertamente no hay nada tan divertido como ustedes los humanos —su figura siniestra mostró una sonrisa puntiaguda y escabrosa—. Qué cruel eres con la pobre Misa.

—Eso es muy hipócrita de tu parte —habló flemático. Realizó la selección de casos y reunió los datos que la doctora le había exigido en un par de clics en el ordenador frente suyo. Una galería de ventanas se desplegaron en la pantalla principal con fotografías de periódicos, análisis de pruebas forenses e informes varios. Ryuk veía el hecho sin mucha emoción. El mundo humano también tenía un costado aburridísimo.

—Puede que sí pero no estoy en conflicto con ello… ¿esas barritas vienen de sabor manzana?

—No, Ryuk.

—Misa ha comprado varios costales de manzana. ¿Ves? Ella sí piensa en mí.

—No lo ha hecho con esas intenciones. No te acerques a esos costales.

—Ofréceme algo mejor.

—Un piso repleto de manzanas.

—Es una mentira.

—Muy suspicaz —ironizó L mientras untaba mermelada de fresa en la barrita de chocolate—. Ve y síguele los pasos a Misa, o no obtendrás manzana alguna.

—Continúas mintiendo —el shinigami desplegó sus alas y con impulso ascendió, atravesando el techo y otorgándole al recinto el silencio que sólo podía ser interrumpido por el choque de la porcelana, del metal, de los procesadores de los ordenadores y del aire acondicionado. Sonidos sumisos, suaves y que por sobre todo no podían catalogarse como ruido, a gran diferencia del Dios de la Muerte.

El salón guardaba su regular iluminación; sólo dependiente de las pantallas y monitores acumulados en la pared más amplia, junto a los escritores. Ryuzaki estaba bañado por luces azules y parpadeantes de cuando en cuando. Ese ambiente actual tenía mucho común al de sus primeros años en el oficio. Aislado con sus razonamientos, únicamente en busca de satisfacer un hobby para su ego. Sin sucesores o conflictos colaterales. Debió suponer que en alguna medida nunca estaría limpio de vínculos ni de pruebas para imputarle. Él también era un delincuente, si las cosas debían ser claras.

Pero sólo era una similitud superficial, en el núcleo las cosas eran muy diferentes. No tenía quejas, él se lo había buscado. No obstante, ejercía su imperturbabilidad con menos devoción, año tras año. El intelecto sólo había sido pleno para hacer interesante las cosas, no para simplificarlas y mantener su salud. Haría un poco de ejercicio luego, pues podía sentir cómo su cuerpo prefería momificarse o petrificarse allí.

Los sucesos, los sufrimientos, los extremos que Misa experimentaba, le afectaban a él en directo gracias a Rem. Y debería mencionar que también gracias a los sentimientos que había desarrollado por ella. Ese cariño romántico, fortuito y poco conveniente. Sus principios como detective desaprobaban esos sentimientos. Para ser francos, aunque su razón le dijese que no, odiaba no poder auxiliarla ni acercársele. Recordó con cansancio como hace un tiempo atrás estuvo a punto de declararse, por mero accidente. Había estado cerca. Misa invocaba su lado más humano, uno que estaba aprendiendo a controlar.

Misa…

Sacudió la cabeza. Con el razonamiento ante todo, lograba solapar los efectos y sobreponerse con eficiencia. No tenía así un vínculo con Mello o Near que le garantizase conocer sus sensaciones. En el caso de N, era de fácil deducción, ambos pertenecían al mismo tipo de madera, más allá de diferencias ideológicas y metódicas. Sin embargo, Mello corría entre el límite de actuar deliberadamente y accionar con escrupulosidad. No existía algún patrón o constancia en sus operaciones que lograse determinar bases.

Por supuesto, conocía todo complejo que atosigaba a M, así como la petulancia que Near dejaba flotar a veces. Mello había desistido de comunicarse hace dos días, desde Orán. Daba por sentado que se había deshecho de la cámara de Sidoh, de artefacto confeccionado por Sonny, de los ordenadores, de micrófonos y cámaras instaladas en los apartamentos. Todo fuera desde un sólo golpe. ¿Por qué así de repentino, tan en evidencia? Desde luego, no era un desliz. Si su sucesor estratificaba algo diferente, ¿por qué decidía hacerlo por sus propias manos?

¿Probar algo o lograr el escape? Ambas opciones eran un abanico de posibilidades por separado. Conjeturar lo peor era sencillo, pero no cruzarse de brazos. Desde que pusieron ese plan en ejecución, lo supo. La última localización registrada de Mello, indicaba su paso durante la noche por una dulcería mayorista, situada a pocas manzanas de una playa del lado Este de la ciudad, lejos de su apartamento y del puerto. Un sitio desierto y sólo poblado por edificios de poca altura. ¿Por qué merodeaba esos lugares a esos horarios?

Dicha ubicación la había obtenido gracias a que Mello había pagado la compra con tarjeta de débito, y los recibos e informes de gastos obviamente llegaban a L. Sabía que Mello simplemente podía haber salido por provisiones, como el chocolate que siempre ingería. Pero ¿qué razón de ser tenía realizarlo a esa horas y tan desviado de su habitual recorrido? Había comprado chocolate antes, pero en lugares que quedaban en la vuelta de la esquina. Desde ese registro, hacían cuarenta y ocho horas. El día de la localización era el mismo en que Mello había roto la comunicación.

Premeditado y alevoso. Necesitaba informarse con el resto de su equipo. Buscaría primero a Aiber. Él junto a Sunhnee, se hallaban investigando un supuesto viaje de negocios a Hong Kong por parte de sus adversarios. Entre tanto Wedy y Matt permanecían en Orán llevando una investigación paralela a la de Mello.

El algún momento el detective de escritorio sentía cómo sus extremidades finalmente se unirían a la silla, al escritorio, a la taza, generando raíces, atándole. No podía estar en el lugar de los hechos, porque no existía uno en concreto y aunque lo hubiera, en la mayoría de las oportunidades no podría operar con intervención física y directa. El cuidado de su identidad lo justificaba todo, pero nunca dejaría de imaginar cómo sería investigar según la vieja escuela. Sin terceros, sin tecnología, sin necesidad de controlar a la policía o manipular alguna otra entidad. Simplemente con las pruebas y su razonamiento.

Mas, continuaría desde su sistema de ordenadores, satélites y cámaras coordinando todo y utilizando a su personal para accionar. Como siempre.

Abrió la línea para comunicarse con los computadores y demás dispositivos que cargaba cada individuo de su equipo. Inmediatamente llegó una llamada proveniente de la periferia en Hong Kong.

¡Ryuzaki!

—Sunhnne, ¿dónde se encuentra Aiber?

Está fuera de la ciudad, monitoreando el movimiento de los hoteles con probabilidades de albergar a estos tipos, los mismos que nos señalaste vigilar…

—¿Fuera de la ciudad?

Estos sujetos han mandado a representantes en su lugar a su viaje a Hong Kong, demonios. Se han quedado en Argelia…probablemente con Mello, ¡él no podrá volver con esos tipos cercas!... desde luego han sospechado que él han infiltrado toda la información para nosotros…Matt, estando en Orán junto a Wedy, no ha podido ponerse en contacto con él.

—Tranquilízate, Sonny… Mantengan su posición… proseguiremos con la otra parte del plan como lo habíamos acordado. Me encargaré de contactarme con Mello.

Está bien… de todos modos, no hay mucho que podamos hacer aquí.

—Capturen a los subordinados que estos individuos enviaron, tengo la leve sospecha de que ese viaje de negocios no es otra cosa que una venta y diseminación de información sobre mí.

Entendido… ¿puedo torturarles, una vez secuestrados, con imágenes sobre las consecuencias ambientales y humanas de las pruebas de bombas nucleares?

—Mientras no te metas en problemas…—aceptó indiferente, sin ánimos de detenerle o sermonearle. Antes de que lo hiciera con ellos mismos o les molestase cansinamente con esos temas, prefería que jugase con otros. Y con mayor razón si se trataba de vándalos de información. Últimamente su paciencia daba asco, la tolerancia o buena voluntad que toda su vida había tenido para afrontar los estorbos en esos últimos tiempos escaseaba. Estaba cansado. Y dejaba que ciertas cosas se cortasen por su propio filo, se tropezasen con sus propios pasos. Aprendieses solos. Le tenía un poco harto hacer de niñera o luchar contra el raciocinio de los demás, consciente de que nada cambiaría.

Dejar hacer y no intervenir, y de hacerlo sólo lo mínimo, como en el caso de Misa. Aunque doliese. Como alguna vez Watari le había sugerido que hiciese.

¡Yay!

—Que Aiber se notifique conmigo en cuanto regrese.

Está bien.

—¿Algo más que deba saber?

No, mi capitán. Por favor, infórmanos si sabes algo de Mello.

—Así será. Comunicación fuera, Sonny.

Fuera.

Dirigió su atención al carrito del té, que en realidad era el del café y que también era el de los dulces, todo en uno. Tomó de allí un paquete de galletas sabor calamar, un producto japonés que nunca imaginó que le gustaría pero así era. Se había vuelto uno de sus snacks dulces favoritos. Sin embargo, por muy concentrado que estuviera en suplir su ingesta de azúcar, jamás podría aplicar su mente exclusivamente a ello. Todavía menos cuando había una mirada clavada en su nuca. Una mirada acompañada por agudos silencios y un sentimiento de frialdad. Dicho sentimiento era impuro, porque solapaba ira y frustración. Near podría ocultarle sus emociones a cualquiera, pero no a él.

Su sucesor había estado desde hace horas en esa habitación, junto con él y Ryuk. No había mencionado palabra alguna, hundido dentro de su fortaleza de cartas de poker, que había levantado alrededor suyo. Sus juegos con frecuencia acaparaban gran parte del espacio de cualquier salón que ocupasen para el trabajo. Era claro que esos juegos no eral tales, sino ejercicios mentales y canales por donde Near movía sus pensamientos. Y ese día, las construcciones ambiciosas que solía realizar con cuanto material apilable existiera carecían de fluidez, de altura y de belleza. Eran estructuras asimétricas y caóticas. Y el caos no formaba parte de los esquemas de N. Por lo menos no en su expresión más obvia.

Seguro, a veces tocaban días faltos de inspiración. Pero Near no sufría por una musa escurridiza que se negaba a brindarle ideas. Más bien, se trataba de Mello. Eran sólo dos casos en donde había visto a ese adolescente pálido como la muerte misma, mostrar preocupación y/o afecto por alguien más, aun por muy leve que fuera. Lizzie y Mello. Y éste último había sido el primero el lograr tales efecto en Near. Desde luego, sutiles y poco evidentes, pero ahí estaban.

De diferente manera, la mala energía que podía percibir a sus espaldas era incuestionable.

—Lo sabías — incriminó el joven luego de unos segundos.

—Y tú también, pero ambos tomamos la misma decisión.

—En eso te equivocas —sus palabras cortaron el aire como una navaja recién afilada cortaba la carne—. Mello no es un traidor.

L frunció el seño. No esperaba que se diese una discusión ni un choque de moralidades o principios. No ahora. Cuestiones básicas como ¿dejar que Mello jodiese todo el plan luego de tanto esfuerzo?, no eran el tema de importancia. Porque ambos sabían que eso no sucedería, Mello aún en sus decisiones más desatinadas había tenido el oficio de cumplir con los objetivos establecidos por todos. No obstante, el modo en cómo cada uno se tomaba las acciones de Mello era lo que molestaba a Near.

—No interfieras en lo que Mello intente, él ha elegido su camino.

—Es evidente, pero no significa que no pueda asistirle.

—Que desconfíe no significa que lo haya desamparado….He preparado una ambulancia camuflada en las coordenadas latitud 35° 51' 44.44" norte y longitud 0° 24' 44.64" este, junto con un cuerpo policial de la zona… lo demás lo dejo a tu juicio, después de todo, es su plan… ¿no? –respondió fríamente.

—Estaré en esa ambulancia, entonces –respondió lapidario.

L volteó a ver a Near. La tensión estrangulaba el momento. Ambos se apreciaron con absoluta frialdad. ¿Me juzgas?...Lo hago. Los dos preguntaban, los dos respondían. Eran como dos cargas de igual energía, totalmente incompatibles, de repelencia recíproca y colisión constante. Near guardaba el debido respeto por L, el detective, no por Ryuzaki, la persona. Siempre mantuvo una distancia marcada por las diferencias que ambos presentaban en sus ideales. Ahora esa separación era una doble línea amarilla brillante, el cruce de un carril a otro era imposible. La desobediencia y el cuestionamiento estaban patentes y afilados en la expresión de Near. Entre su indiferencia dejaba filtrar la desaprobación que sentía.

Ryuzaki cerró los ojos y le dio la espalda. Al fin y al cabo todos hacían sus propias decisiones.

—Te espera un vuelo de trece horas entonces.

Near entrecerró los ojos y afirmaba lo que siempre creyó de L: tanto él como Mello eran meras marionetas para suplir su puesto. No le dedicó ninguna clase de contestación o mirada.

L se mantenía extraordinariamente indiferente, inclusive tratándose de situaciones que le afectaban de manera directa. Jamás les daría la espalda a sus sucesores, se habían vuelto para él un equipo inigualable. Sucumbido por la impotencia, pero consolado por su magistral razón, esas circunstancias albergaban tal importancia para sí, que requería conservar el estoicismo para que su logística no se viera contrariada y en consecuencia los resultados fueran como los anhelaba.

No se equivocaba en sus decisiones y la menesterosa existencia de temores, eran sólo producto de sus afectos. Nada malo sucedería, sus deducciones, aunque inauditas en la primera impresión, eran correctas. Dejaba que las cosas fueran por su propio cause, uno que él arbitraba estrictamente.

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-.-

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"El dueño del libro, podrá escribir su nombre en el mismo, sólo una vez"

Rió con amargura al leer la nueva regla. No tenía ninguna opinión ya al respecto. Cerró el libro y lo lanzó sobre su cama, éste rebotó un par de veces al aterrizar, hasta quedar de canto. Rodó los ojos, ese objeto tenía que hacer todo a su maldito modo. Extrajo una manzana del bolsillo frontal de su sudadera, la había sacado de las bolsas de la cocina hace un rato. El rojo relucía. La lanzó al aire como si fuera una pelota y la atrapó al instante en el que descendía.

La locura es una manera de ver la verdad, sin filtros, sin límites, sin anestesia. Una claridad que ciega. Un cuarto blanco que exhibe todo, pero que al mismo tiempo es difícil de interpretar. No existe un modo correcto. Y todo lo que se entiende duele, lo que lo hace inmanejable e impredecible. Fuerza y rompe umbrales, y desbarata conocimientos. Es demasiado y desquicia...

Construyamos un nuevo mundo juntos, donde tú serás la diosa. Ni juntos, ni deidad que poseer. No importa la mentira, lo mucho que él le engañó, nunca ignoró lo suficiente como para que Light pudiera matarle deliberadamente. Quemar estructuras para alzar cimientos y paredes sobre restos moribundos suena a una historia repetida, no una, si no cientos de veces. ¿Alejandro Magno, Julio Cesar, Atila, Hernán Cortés, Napoleón Bonaparte, Adolf Hitler? Por solo citar algunos. Seguro, a un hombre hay que verle en su contexto, en su época, en las reglas de sus días, pero pocos son los que en su sueño de gloria e idílico social, han adolecido cada herida de cada uno de sus soldados y de los terceros víctimas.

Clavó las uñas en la manzana. Ella, de algún modo, avaló todo eso.

Depositó la manzana en una mesita de té colocada entre dos sillones, en el centro de su alcoba. La luz lunar le alcanzaba lo suficiente como para seguir preponderando su rojiza cáscara.

Salió de su habitación y el frío del suelo de los pasillos le provocó escalofríos. Ciertamente casi toda la casa estaba helada, sólo mantenían la calefacción en las habitaciones de uso frecuente, lo cual podría representar un veinticinco por ciento de su hogar. La casa les quedaba grande y dentro de breve tiempo iba a sobrarles más espacio todavía.

Se dirigió a la alcoba de Lizzie. Los pasillos estaban a expensas de la oscuridad, pero a su ventaja tenía los pasos acostumbrados, la inercia lista. Por otro lado el cuarto de su prima más pequeña no estaba muy alejado del suyo. La puerta no estaba cerrada, estaba entornada. La abertura despedía un tibio oxigeno. En silencio y en tonos apagados de la noche, ingresó en la alcoba avanzando sobre la punta de los pies. El suelo de parqué estaba en armonía con el ambiente, que por poco rozaba lo agobiante. Por supuesto, para alguien que venía de sitios helados, los escalofríos eran instantáneos y de algún modo relajantes si ascendían por su corta columna.

El tacto de la demacrada planta de sus pies, por el uso de zapatos de taco alto, hizo contacto con una aterciopelada superficie. La alfombra se extendía desde las patas derechas de la cama, hasta las puertas del balcón. La percepción era suave y embriagadora. En sí, todo el cuarto parecía compartir esa característica. Un sitio afable, que no permitía el ingreso de la frustración, o que al ingreso en él, la exoneraba.

Había unas cuatro o cinco pilas visibles de libros y de discos de vinilo, depositadas cercanas al balcón, donde la luz de la luna se filtraba por las cortinas blancas de las puertas y bañaba los libros con una proyección nívea en pequeños cuadrados, que también alcanzaban la alfombra del suelo. En una de las pilas, como cabecera, yacía un libro macizo, blanco y gordo, el triple de tamaño de los que tenía por debajo. Chasqueó la lengua, libro del demonio. Cambió la dirección de su mirada y observó un amplificador Fender y una guitarra en su funda encima de él junto a un piano eléctrico Yamaha sobre sus pie, los tres al lado de una biblioteca de madera, completamente repleta de libros, pegada a la esquina norte derecha del cuarto, próxima al balcón.

La habitación estaba dotada de muebles oscuros del estilo Reina Ana, los cuales eran una cama con dosel y su mesa de luz, situada en medio de la pared a su izquierda; un sillón de dos cuerpos con tapizado blanco y una mesita que lo acompañaba situados a su derecha y encima de la mesita había un toca disco moderno conectado a una serie de parlantes depositados en el suelo, casi en el medio del cuarto. La ya mencionada biblioteca de la esquina derecha; un escritorio de patas torneadas con más libros, más vinilos y una laptop, y su silla antigua, hallados a la izquierda del balcón; le seguía un armario de múltiples cajones con ropa y la puerta que conducía al baño. Y por último, a sus espaldas, detrás del sillón y la mesa, pegada a la pared, había una batería Yamaha de tambores negros.

A Lizzie le había consentido en todo, especialmente en su pasatiempo musical. No escatimaba en nada y no se arrepentía. La niña usualmente tocaba la guitarra, pero también frecuentaba el piano en sus mejores días y cuando quería quemar energías frenéticamente, la batería. Así también había alimentado gustosamente su obsesión por los libros, de los que debía haber cientos. La colección de vinilos, los finos muebles. Todo.

Estaba en posición de dárselo y aunque con esto entendía que podía malcriarle, creía fervientemente en el agradecimiento y aprecio de Lizzie. Uno que podría destruir fácilmente si decidía abrir la boca, por muy fuertes que fueran los sentimientos de su prima por ella. Es que era incompresible verlo de otro modo, cualquiera de sus confesiones desataría el odio y repulsión de la niña hacia ella. Lizzie vería sus principios salpicados por los crímenes de Misa y un cuestionamiento moral demasiado conflictivo. ¿Mantener el cariño, poder separar las cosas objetivamente y entender más allá del horror a su tutora, si es que hubiera algún motivo valido y digno de explicar su proceder, o rechazarla inmediatamente, apartarse y desearle verle lejos, dolida por la mentira, el misterio y la brutalidad de sus actos? ¿Qué tan duro le juzgaría? ¿Vería en ella a alguien desconocido, bipolar, sin escrúpulos?... realmente no había mucho que poner a cuestión cuando las respuestas eren tan obvias.

Y como tales, aún así no quería contemplarles.

Si dejaba a sus primas, lograría apartarlas del espectro del duro pasado suyo, enterrándole consigo en la tumba. Un acto de cobardía, cuyos pies eran sus heridas y el amor hacia sus dos niñas. Quienes podrían ser sus hijas, dos aliadas que le habían regalado los mejores años de su vida. Le habían dado una familia, le habían aceptado como una de ellas. Habían hecho el gran esfuerzo de adaptarse a otra cultura, de soportar el ritmo de vida de celebridad suyo, de abandonar su ciudad natal y todo lo que era natural para ellas, de cambiar reiteradamente de escuelas e instituciones educativas, etc., para embarcarse en un proyecto de familia que las tres necesitaban.

Era una traición que despedazase y ultrajase esa aceptación. Pero no podía convivir más sabiendo que les mentía y que ellas le dedicarían un rencor eterno, siempre en conflicto, poniéndolas en una situación de indecisión y sufrimiento. Prefería otorgarles el beneficio de la duda y aunque les dejase todo por escrito, la verdad pura, creía que por la ausencia de su persona, ellas enfrentarían los hechos con más calma, una vez pasado todo y que, en algún momento, podrían dejarlo en el olvido.

Estando viva solo sería un recordatorio constante del engaño, algo que nunca cesaría en su daño diario. Sólo rogaba que su marcha no las acongojase por mucho tiempo, que no se culpabilizasen y que, si la piedad de ellas era lo suficientemente firme frente a la incredulidad y el padecimiento, que le recordasen en sus mejores momentos.

Había venido hasta esa habitación de blancas paredes, para apreciar a la joven que dormía en la cama, ajena totalmente a su situación. Deseaba abrazarle y agradecerle. Pero solo se limitaría a observarle desde su posición. Intentaría absorber y llevarse consigo la paz que Lizzie tenía al dormir. Tapada por colchas blancas con decorados florales en tonos grisáceos; con el cabello corto que usualmente llevaba trenzado o en dos coletas, ahora totalmente desparramado en la almohada y su flequillo tapándole los ojos, con las manos débilmente cerradas y con el cuerpo acostado de lado, con las rodillas flexionadas. Serenidad y un sueño profundo. En un costado de la cama, no muy alejada de Lizzie, descansaba una generosa bola de pelo blanco, de grandes orejas y maullido nada sutil. El animal mantenía también una respiración acompasada. Tal escenario le generaba ganas de dormir. Y esa era otra cosa que no volvería a hacer. Se mordió los labios.

Nunca más le oiría tocar la guitarra o el piano. Ni escuchar su dulce risa. Una lágrima resbaló por su mentón. Cerró sus puños con frustración, una gran ira contenida y que debía reprimir se agitaba en sus nervios. Una leve taquicardia retumbó en su tórax, dificultando su respiración. Sacudió la cabeza y puso una mano en el pecho, mientras inhalaba profundamente. Sabía que corría el riesgo de sufrir ataques de arrepentimiento. ¿Pesaba más el dolor de seguir viva que todo lo que dejaba atrás a causa del mismo? Inaudito. Suspiró, guardando la imagen de ese momento en su mente. Si no se movía la noche se le consumiría pensando en una indecisión que ya no tenía cabida. Por lo que dio media vuelta sobre sus talones y salió del cuarto, haciendo el menor ruido posible. Después de todo, se trataba de cortas visitas en donde solo buscaba verles por última vez.

Dejó la puerta entreabierta, como la había hallado. Y tomó rumbo hacia la alcoba de Dallas, en la otra punta del pasillo. Era la última habitación de esa galería. Al caminar, sintió sus piernas livianas, débiles y varias punzadas a manera de aguijones en sus pies.

La puerta estaba cerrada firmemente. Como si debiera cumplir la función de apartar ese recinto del mundo. Agarró el picaporte y lo giró rogando que el mecanismo de la cerradura cediera sin chistar ni crujir, sin delatar sus acciones. Empujó la puerta con suavidad y lentitud. Y escaneó rigurosamente el panorama del interior. Todas las luces estaban apagadas y no había señales de que Dallas estuviera despierta. La joven solía trabajar en la noche dentro de su cuarto cuando las responsabilidades amarraban una soga a su cuello. Y había de otras, en que se pasaba el día sin horarios fijos, yendo de un lado a otro.

Pero esa noche no parecía acontecer tales desbarajustes. Entró al sitio y nuevamente fue recibida por una ola de calor. Y un rico aroma a avellanas. La habitación de Lizzie usualmente olía a lavanda, es decir, a limpieza y a orden. Pero en la de Dal pululaba siempre una fragancia de avellanas. Desconocía si su prima compraba aromatizante de ambientes con ese perfume y que ella nunca se hubiese enterado en todos esos años. Aunque era algo que no le importaba.

Dejó entreabierta la puerta, en caso necesitar un escape rápido. No avanzó mucho, no sabía en dónde pisar con seguridad. Había cosas regadas por el piso, pero no estaba segura de que pudiera ver a la mayoría y menos a su totalidad. Pisarlas o peor, resbalarse con ellas, produciría un estruendo difícil de ignorar en sueños. La luz natural se proyectaba a través de la ventana, pero ésta era alejada y pobre, sumada a la poca transmisión de luz de algunas paredes, que estaban pintadas de un color granate.

La alcoba no guardaba algún orden, o al menos no en el sentido tradicional del término. Había cartelería enrollada en tubos, libros a cada metro, impresiones, muestras, cuadernos, bloques de hojas, materiales de arte gráfico, etc. distribuidos en estantes, en los escritorios y algunos desparramados por los suelos. También había ropa que colgaba de las puertas abiertas del armario y una que otra prenda en el piso.

La habitación era muy espaciosa, poseía desniveles y estaba divida en dos sectores. En el primero se hallaba la puerta de ingreso a la alcoba, que a su izquierda se podía apreciar una mesa con un sistema de audio monstruoso y a su derecha, pegada a la pared estaba inmediatamente la cama de plaza y media. Le seguía a su lado, casi rozando la esquina, las puertas de un armario empotrado a la pared. En la pared contigua había un espejo de pie y a su lado una ventana bow window, que acaparaba lo que quedaba de ese muro. Y en la última pared del primer sector, se hallaba la puerta a un baño pequeño, y unos centímetros más a la izquierda, la conexión con la segunda zona, que se encontraba elevada sobre un escalón más alto. El segundo sector contenía dos escritorios colocados en dos esquinas opuestas con dos laptops y un ordenador con una pantalla de dimensiones generosas, entre la separación de los escritorios, yacían dos repisas con libros y de más objeto ya mencionados, y una biblioteca en medio de ellas, que albergaba más de la misma utilería, una cafetera, un microondas y en su último y más prologando estante un frízer mini bar. Y eso era todo que sus ojos distinguían entre la oscuridad, por lo que no había que descartar mayor caos.

Ciertamente tenía una distribución de los espacios muy extraña. Difería muchísimo de las otras habitaciones. Ésta no poseía balcón, estaba orientada al este, tenía escalones y diferencias en el terreno, etc. Había objetos de diseño por doquier, como extrañas lámparas, cuadros y muebles modernos.

Tampoco lo negaría allí, a Dallas le había mimado en igual forma. Aunque la muchacha ganaba su propio dinero y se sustentaba en cuanto quisiera. Muchas veces había sido difícil complacerle o discernir qué quería. Su carácter esquivo dejaba un velo de incertidumbre en muchos aspectos haciéndole sentir impotente al no poder interpretarle. Sin embargo, las disputas habían cesado hacía tiempo atrás. Las peleas ahora podían ser de eventuales a nulas. Una se había adecuado a la otra y viceversa, Dallas había aprendido a respetar su figura y escucharle, y ella a darle su espacio y tolerar el modo en que ella hacía las cosas. No es que se llevasen magistralmente, pero no iba a quejarse.

Misa dejó caer sus hombros. De nuevo estaba cavilando melancólicamente en recuerdos. ¿Por cada rostro que apreciara debía buscar antecedentes compartidos que le hicieran daño? Demasiado esfuerzo por construir una relación saludable con su prima para terminar volándola en mil pedazos. Pero objetivamente, un muerto no puede mirar atrás.

Se arrodilló junto a la cama. Dallas tenía las facciones de su rostro distendidas. Misa extendió su brazo sobre ella y apartó un par de mechones de cabello que se habían colado en la cara de la joven.

El dormir era la más sencilla y común a todo ser de las vulnerabilidades, que fortificaba al individuo durante su proceso. Fuera una pesadilla o no, era un entrenamiento que daba alarmas o información del inconsciente. Un sistema imprescindible libre de una búsqueda de perfección.

Dallas tenía el sueño más liviano que Lizzie. A veces pareciera que durmiera en guardia por ciertas posiciones de los brazos y de las piernas. Pero por su modo de ser relajado y despreocupado, y que ciertamente hallaba el sueño escuchando música, era una teoría difícil de sustentar.

Dallas le había salvado el pellejo de la voluntad de Sayu. Ese fue un pensamiento inmediato. Varias imágenes se dispararon en su cabeza. Las dos, Liz y Dal habían sido carne de cañón por ella. Estaba agradecida, no sólo por toda su convivencia como familia, que era más que obvio, si no por haberlo dado todo por salvarle de Sayu. Lamentablemente, tenía que decir en vano, pero su aprecio hacía ellas siempre sería todopoderoso. Sin embargo, aborreció cómo L las usó para la situación dentro de sus tontas estrategias en vez de enviar a un oficial o agente especializado.

¿Acaso creería que viéndolas arriesgarse sería motivo para que ella perdiese ese estado depresivo y volviese a la realidad? Nunca había estado tan consciente de todo, y ahora más que nunca comprendía que sin ella, sus primas tendrían mayor paz tanto social como emocionalmente. Estorbaba. Y Ryuzaki, con ninguno de sus ingenios, le haría cambiar de parecer.

Con lo que haría, desvaloraría el esfuerzo de sus primas. Y al mismo tiempo, entendía que alejarles sería una forma de limitar el alcance del peligro hacia ellas. Hasta ese momento, sonaba heroico justificar el sacrificio con la protección y bienestar de sus pupilas. Las razones eran verdaderas, pero no las principales de sus actos.

Qué egoísta puede ser uno.

—¿Me perdonarás?... —sonrió tristemente mientras susurraba—... ¿Me perdonarán?

Era grande y poderoso el temor que le apremiaba acerca de la reacción de Dallas. La joven podría forjar un rencor sin procedentes si se daba espacio a contemplar cómo Misa había tomado el rol materno y lo había usado de trapo para fregar el suelo. Y con mayor razón, cuando a la muchacha le llevó mucho trabajo aceptar el papel de su tutora.

Dallas se movió y encontró una nueva posición en la cama, dándole la espalda. Misa se irguió y le dio un último vistazo. Cerró la puerta con cuidado y depositó una mano sobre la madera. La muerte parecía una tontera, frente al dolor de dañar algo que se aprecia incondicionalmente. Dio dos pasos por el pasillo, antes de aferrarse a la pared de su izquierda.

No vería a ninguna lograr el éxito laboral, casarse si se diera, iniciar su propia vida. No les volvería a ver crecer. Se mordió la mano derecha, en un acto de nerviosismo y llanto. Si había algo de cierto en su maternidad y que rectificaba su naturaleza como asesina, es que mataría por sus primas. Sin pensarlo.

Necesitaba la imagen de ambas, sus dos chiquillas. Dos rostros que le cuidarían y le acompañarían en el recuerdo cuando estuviera en la Nada.

Las sombras en el pasillo se agitaron, fuera de los alcances de la luz y la oscuridad. Como si el aire hubiese sido traspasado por una vibración silente. Se quedó quieta. Sólo las zonas de mayor claridad concentraban su atención, la penumbra podía guardar lo que sea. Aunque fuere algo que no necesitaba resguardarse, que no quería hacerlo, que estaba allí para los ojos habilitados.

Y los suyos no lo estaban. No actualmente.

Había comprado seis costales. Si fuera una persona previsora, hubiera transportado las bolsas a su habitación al instante de haberlas recibido en su casa. Así hubiera evitado que sus primas se enteraran de la existencia de las manzanas. Pero no. Frente a la permanencia de los costales intactos no podía evitar dudar de sus sospechas. ¿Por qué no habían sido abiertos, rasgados y vaciados durante ese par de días? ¿Por qué resistirse?

¿Qué retenía a un shinigami de saciar su hambre? Si es que éste se encontrara allí, pululando detrás suyo, registrando su pulso. Porque había estado segura de que Ryuzaki utilizaba al shinigami para espiarle, con una micro-cámara o con un micrófono ultra insignificante en cuanto a masa. No sabría cómo hilar una explicación respecto a su creencia, pero de su experiencia con los Dioses de la Muerte, podía afirmar que cuando ellos decidían compartir un ambiente con un humano, éste se tornaba más pesado o cargado. No es que escaseara el oxígeno o de pronto la fuerza gravitatoria hubiera decidido aumentar su presión, sino que se sentía un permanente vacío en el estómago y una fricción en el aire, una estática fría. Como si una gran boca emanara aliento congelado todo el tiempo a las espaldas de quien estuviera allí.

Era difícil de definir con cualquier término o comparación humana. Poco después de que L decidiera abandonar su estadía en la casa junto a su séquito, esas impresiones comenzaron a surgir, una más vívida que la otra y una vez recuperados sus recuerdos, pudo comprender a qué se debían. No podía ver al shinigami, porque no había tocado su correspondiente libreta, sólo la de Jelous que había sido la que ella había usado. De modo que sí, recordaba todo, pero no podía observar a su supuesto espía.

Ryuzaki conservaba los cuadernos de la muerte. ¿Por qué no emplear al Dios de la Muerte para merodearla a ella? Era posible comprarle con un par de manzanas. Pero la integridad de los costales le hacía dudar. Era factible que Ryuzaki hubiera dejado instaladas microcámaras en su hogar y en su auto, y ahí terminaba la historia. No obstante, ¿por qué él se enteraba de hechos donde ninguna cámara podía alcanzarle? Sonaba trabajoso y una pérdida de tiempo que hackeara y empleara cámaras de la vía pública. Además, éstas no poseían la suficiente tecnología que el señorito necesitaba.

Aunque, no es que necesitase un infrarrojo para seguirle la pista. Malditos infrarrojos, impiden que uno se haga de la privacidad que las cortinas otorgan.

Como fuera, a donde pensaba ir no había cámaras estacionarias o viales, micrófonos escondidos o algún vehículo de Google Street View al acecho, si se quiere contemplar el colmo. Tampoco habría un Dios de la Muerte, porque si en efecto él le vigilaba, ella le tendería una trampa. O algo similar a ello. Un shinigami puede leer los pensamientos de un humano, eso era absolutamente cierto. Sin embargo, no podían manipular a una persona, a no ser que buscaran su muerte y sólo por medio de una libreta. Por lo tanto, el Dios de la Muerte no podía detenerle.

Si bien sus certezas con respecto al tema sólo tenían cabida en lo que los shinigamis habían querido mostrar de su mundo frente a ella, éstos podrían ocultar muchas otras cosas con respecto a su naturaleza. Pese a ello, si tenía la oportunidad de quitárselo de encima, la tomaría.

Retomó a su habitación y su atención se dirigió directamente a la mesita entre los sofás. La manzana no estaba, había desaparecido completamente. Esto superaba sus expectativas, porque en el mejor de los casos esperaba hallar una manzana carcomida casi en su totalidad. Revisó los alrededores, siempre cabía la posibilidad de que la manzana hubiera rodado y se hubiera caído de la mesita. Sin embargo, no había rastros en las periferias.

Sus sospechas se confirmaban. Por lo que ahora debía proceder con mayor cautela.

Enfiló hacia su cama y debajo de ésta extrajo una mochila negra, que tenía preparada desde hace un tiempo. Se la echó al hombro y se irguió. Llevó su mirada hasta la puerta de su habitación, pero en el trayecto ojeó el panorama. La única otra cosa que podía acaparar su atención, era el libro, que se hallaba al pie de la cama. Sabía que en cuanto se alejase de la casa, el Life Book la seguiría hasta que ella lograse su cometido. Tras ello, el destino del libro sería incierto. ¿Se trasladaría solo hasta un lugar seguro, donde nadie le vería? ¿O permanecería con ella, después de muerta esperando a que alguien viniera por ambos? Desearía heredárselo a sus primas, mas el artefacto explicitaba que éste elegía a su dueño a su parecer y que no era posible adueñarse de él sin su consentimiento.

Si tan sólo pudiera hacer una última cosa con él, algo que ayudara a su familia y conocidos. Suspiró ruidosamente. Tomó el libro entre sus brazos y lo abrió en la primera página.

"Para sanar:

El nombre de la persona se debe escribir para sanarla completamente"

Recordaba cuando había leído eso por primera vez, hace más de tres años, junto con el resto de las reglas que traía originalmente el libro. Volvió a releer ese fragmento. Y buscó de inmediato un bolígrafo. Tenía la posibilidad de salvar a sus seres queridos y conocidos de la muerte, aunque sólo fuera una vez por cada persona. El pedido de curación de un individuo, esté éste enfermo en el momento o no, podía realizarse sellando la sangre del mismo en el libro o escribiendo su nombre. Puesto que no poseía alguna especie extravagante de registros de sangre en tubos de ensayo de su entorno, debía limitarse a escribir cada nombre.

Esto era una clase de precaución, consciente de que cualquier tipo de acontecimiento en el futuro pudiera llegar a darse. Un airbag que amortiguase todo, si era necesario. Ignoraba si el Life Book tenía posibilidades de remediar no solo las congojas físicas, sino también las psíquicas. En cuyo caso, esperaba que el impacto de la verdad fuera menor en Lizzie y Dallas gracias a los efectos del objeto sobre ellas. ¿Manipulación? Sí. Así y todo, tanto la Death Note como este objeto, ponían de manifiesto el control que un sujeto podía guardar sobre diversas vidas. Ruin o no, era verdad. Y aunque, como en este caso se buscara un bien popular, no quitaba que estuviera incorrecto.

Sin embargo,… ¿qué sabe uno de lo correcto o de lo incorrecto? Parecía que la definición se quedaba coja al sólo tomar en cuenta lo socialmente aceptado. La moral o la ética podían fragmentarse por el interés individual, una clase de independencia de beneficios. Uno especifica qué es bueno o malo para sí mismo, y si esto coincidía con la opinión mayoritaria era un cantar diferente.

Le disgustaba en gran parte tener la posibilidad de cambiar de eje de los días venideros de los demás. Quitaba el peso del libre albedrío, las consecuencias se volvían más livianas. Y como había pensado con respecto a sus acciones usando la libreta de la muerte en el pasado, ¿quién era ella para cambiar el futuro de una persona? ¿Qué derecho tenía?

¿Podía haber alguna razón que explicase por qué había sido la dueña de dos objetos, cuya única cosa en común era cambiar el destino de la vida de una persona? Prefería entender que eran dos hechos aislados, sin conexión. No quería más implicancias.

En el libro, de tapa y contratapa férreas, curtidas con algún material incorruptible como el lírico adamantio, escribió los nombres de sus pupilas, de su representante —una vez más— y de la hija de ésta, de su antigua conocida Madge, de sus guardaespaldas, de su modista, de su piloto, en fin de todo su personal. Incluyó también los nombres y/o apodos de Ryuuzaki y de su equipo. Desconocía si el Life Book requería nombres verdaderos, no lo especificaba, así que esperaba que funcionase. De la misma manera, aguardaba que no hubiese problemas en anotar a una misma persona repetidas veces como lo hizo con su agente y con L.

Y por último, escribió su propio nombre, no porque esperase ser salvada —el libro no accionaba a corto plazo casi nunca—, sino para que la muerte le supiera mejor. Al fin y al cabo, ella elegía ese remedio.

Guardó el bolígrafo y salió de su habitación, con el libro entre sus brazos. Atravesó el pasillo a paso acelerado, entre tanto cavilaba en que hasta ahora el detective seguía filmándola, por lo que había visto en directo que ella usaba al Life Book y que conocía su nombre real. Rogaba que ello no animase una cacería a manos de él que involucrara a sus primas, una vez ella fuera del plano. Casi trotando alcanzó las escaleras, cuando sabía que se había alejado lo suficiente como para no despertar alguien con sus pisadas. Descendió de dos en dos por las escaleras y corrió hacia la cocina, donde se dirigió directamente a los costales de manzana.

Se tardaría demasiado desatando y vaciando con cuidado cada costal, por lo que dejó el libro en una esquina de la isla de la cocina y buscó un cuchillo en las alacenas. Dio con uno de hoja lo suficiente ancha como para hacerse pasar por un cuchillo de carnicero. Retornó sobre sus pasos y tomó el primer costal, al que le hizo un par de tajos largos en forma de cruz. Las manzanas quedaron expuestas inmediatamente, como si se tratara de un dulce caramelo con su envoltorio abierto. Apartó la primera bolsa, para que las manzanas no se escapasen y asió la segunda, donde repitió el procedimiento anterior, y así en sucesión con el resto.

Acabada la labor con el cuchillo, guardó el utensilio en la alacena y acomodó en el suelo los costales cuarteados, de la manera más atractiva posible. Del armario ubicado a la derecha del refrigerador, extrajo un desodorante de ambiente en aerosol, con aroma a manzana. Agitó el recipiente e impregnó toda la cocina con la fragancia, en especial donde había depositado las bolsas. Cuando creyó que había rociado lo suficiente del aromatizante en el recinto, como para confundir a la cocina con el interior de un pastel de manzana, arrojó el aerosol a la basura.

Si creía conocer lo necesario a Ryuk, éste devoraría la fruta antes de que se diera el amanecer. Para ese momento, esperaba haber logrado su fin. Sus niñas no le habían preguntado en ningún momento por los costales, ellas no parecían sospechar nada peligroso. Mejor así. Aguardaba que ninguna de sus primas tampoco decidiese levantarse en el medio de la noche a buscar un bocadillo nocturno y se toparan con la frutera improvisada en el piso siendo exterminada.

Tal vez L hiciera algo para evitar que el shinigami se pasase la noche tragando y le continuase vigilando. Pero lo dudaba y mucho. Nada podía alejar a un Dios de la Muerte de su fuente de satisfacción. Sacudió la cabeza, estaba pensando demasiado las cosas.

Antes de salir de la casa y dirigirse a los portones de los jardines, debía quitar de su camino a los guardias de seguridad que se hallaban allí. No es que no pudiera salir, ellos no podían impedírselo siendo sus empleados, pero no quería testigos de su marcha, a pie a la mitad de la noche. Y para que eso no pasara, descolgó el teléfono interno con el que solía comunicarse con ellos y esperó a que le respondieran.

Amane-san.

—Lamento la hora, pero… Podría revisar el lado exterior de los paredones de los jardines traseros, por sobre todo los del sector norte. Desde aquí he creído oír ruidos extraños —no era la primera vez que les pedía algo así.

¿Ruidos?...podrían provenir de la calle que se encuentra adjunta a ellos.

—Lo sé, pero ¿De todos modos, podrían ir a examinar... ambos? Tan solo para sentirme más tranquila, no he podido pegar un ojo en todo la noche por el escándalo.

Nosotros no hemos oído nada semejante, Amane-san, pero si le conforta, iremos en breve a inspeccionar.

—Se los agradezco mucho.

Es parte de nuestras funciones —colgó.

Reajustó la mochila en su espalda, dio un último vistazo al panorama de la cocina antes de salir. El libro yacía en una de las esquinas de la isla. No volvería. Quizás eso significase la muerte, que no hay renovación y lo último, será por siempre lo último.

A menos que el Life Book lo niegue.

Se supone que ahora debería estar cuidando a su representante. Sin embargo había acordado con Satou-san intercambiar horarios, de modo que ella ahora debía ir en la mañana y la enfermera, por la noche. Por supuesto, no sucedería nada de eso, jamás se presentaría. Había decidido ese acuerdo, para que no se extrañase su ausencia durante la madrugada. Así también podía haber elegido el día, pero las altas horas de la noche tenían su encanto. Sin olvidar que no había tanto tráfico en las calles ni gente merodeando, por sobretodo paparazzis (había iniciados acciones legales para cualquiera que se acercase 50 metros de su propiedad). Privacidad, si así se le quiere llamar.

Tras escapar de los paredones que limitaban su morada, descendió por una calle estrecha, de sentido único, cuya iluminación vial sólo se situaba del lado derecho del camino, por el que ella iba. Los haces ovalados de luz proyectados sobre el pavimento del alambrado público guardaban una distancia de seis metros aproximadamente, Misa los esquivaba pasando por el medio de la calle, por lo que no caminaba en línea recta, sino en zigzag. Desde que había tomado rumbo por allí, no había pasado un solo vehículo, por lo que podía circular por donde se le ocurriese hacerlo. La carretera era suya.

Hasta ahora, podía asegurar que estaba sola. Ni un alma además de ella. En otros tiempos, hubiera tenido el corazón en la boca al transitar por una vía totalmente solitaria y apartada en la madrugada. Ahora poseía un sentimiento de tranquilidad y paz que no había esperado, como si esa clase de soledad le consolara en algún modo. Su atmósfera se respiraba libre, porque no sentía la presencia de un shinigami cercano a ella (podría estar segura aunque éste pudiera sobrevolar a unos cuantos metros por encima suyo). La calle estaba situada en terrenos desprovistos de casas, edificios o cualquier otra construcción, sólo había arboles a ambos lados del camino. Poco a poco un bosque comenzaba a tomar forma a su derecha. Los grillos y las propias pisadas suyas opacaban el silencio.

¿Seria ésta la calma que un piloto Kamikaze —o correctamente llamados tokkōtai— experimentaba antes de ejecutar su último afán? ¿La seguridad de que su destino está en sus manos? ¿De que la muerte es suya y no cosa del futuro lejano, incierto? Que nada le arrebata la existencia, él la entrega. ¿O lo experimentaría como la última y máxima descarga de tensión jamás tenida? Algo que le haga sentir infinitamente vivo, antes de descender radicalmente a ser un resto inanimado. Aunque a ciencia cierta, se tratara de gente cuya tendencia de autopreservación había sido dañada y que su contexto bélico les implicaba cierta resignación a morir.

Si los shinigamis se encargaban de determinar las muertes de los seres una vez la esperanza de vida acaba… ¿Qué hay de un suicida? ¿Es alguien que no tiene una muerte asistida por un Dios de la Muerte? O ¿es alguien que estaba predestinado al suicidio? O ¿alguien víctima de los caprichos de un Shinigami y su Death Note?

Los usuarios de las libretas de la muerte eran pseudos-shinigamis, titiriteros a medio pelo. Podía uno con un cuaderno implicar el auto-asesinato. ¿Ella era presa de tal cosa? Lo dudaba.

Extrajo de su mochila una guía turística que había obtenido cuando había comprado su casa en Oita, nunca se acordó de tirarla a la basura y en esos instantes le era útil. Abrió en la página treinta y tres, dentro de la sección de Flora. Y sí, estaba en el sitio correcto, o al menos el que ella había elegido. Las grandes zonas arbóreas que rodeaban la calle eran bosques de arce palmeado, una especie nativa de Japón. Se trataba de plantas de follaje de tonos carmines en su mayoría.

Las hojas compartían un rojo irreflexivo, cercano a la sangre, la vida y el amor. Era visceral porque en el medio de la noche, con una oscuridad parcial, las hojas parecían brasa caliente. Los arboles daban aspecto de estar dotado de capas y capas de afiladas puntas rojizas. Un ramaje que contrastaba con la nieve y la niebla, que aún en la hostilidad del invierno mostraba un escarlata vigoroso. Muchos de los arboles allí habían sucumbido ante las contingencias climáticas, delatando una estructura arbórea similar a la de un bonsái de diez veces su tamaño, sin embargo otros mantenían su frondosidad aún en pie.

Ese paisaje como lecho de fallecimiento era hermoso. Quizás lo único bello que podía apreciar a la situación.

Cuando, antes de adoptar a sus primas y luego de la muerte de Light, había intentado por primera vez incurrir en el suicidio, su concepto de estirar la pata estaba más arraigado a un poema que a una explicación verídica. En ese momento, comparado con su actual situación parecía una simple bufonada, un drama-queen. Ahora sentía que podía caerse desde la azotea de un edificio sin sufrir el vértigo, sin que el atardecer le cegara, sin esperar atención, sin ñoñerías o vanas acciones.

Aquí no se mostraría como una muñequita de porcelana de vestimenta victoriana. No. No interesaba qué tan fabulosa se viera a la hora de que le hallasen muerta, porque de todos modos sería una bolsa de huesos sangrante. De hecho, llevaba puesto un conjunto deportivo sencillo gris, cuya fabulosidad era igual o menor a un hámster con guantes de boxeo en sus patas delanteras, que en todo caso se veía gracioso.

La muerte tenía mayor sentido sin tanta frivolidad de por medio.

Guardó la guía. Su mochila iba casi vacía, sólo llevaba una caja metálica que contenía un revolver; unos cuantos analgésicos por si la herida en su pierna decidía estorbarle antes del hecho; algunos accesorios por si necesitaba disfrazarse a mitad de camino, no quería ser reconocida y la guía turística. La mochila le resultaba demasiado liviana, porque naturalmente estaba acostumbrada a cargar siempre con el libro. Pero en esa ocasión, él no le acompañaba. No se había introducido mágicamente como solía hacerlo siempre en sus bolsos. ¿Había aceptado el Life Book la voluntad de su dueña?

Detuvo su caminata en seco y agudizó el oído.

Retrocedió unos pasos instintivamente y corrió a un costado del camino, internándose en el bosque hasta la segunda o tercera hilera de árboles. Esquivó un par de ramas y saltó antes de tropezar con algunas raíces sobresalidas del terreno. Derrapó al frenar, pero se asió de una rama al alzar el brazo derecho en busca de equilibrio. Se apoyó contra un árbol de tronco ancho y allí se escondió, mientras se arrodillaba y observaba la carretera. Suspiró y liberó así vapor de sus labios. Cambió de posición, se colocó de cuclillas porque sus rodillas se congelaban.

El ronroneo que antes había creído oír se fortaleció. La brisa meció las ramas frente a sus ojos y contempló subir por la calle a velocidad moderada a un vehículo blanco-negro, con una sirena apagada en su techo. La policía. Los latidos de su corazón se hicieron notar en su cabeza. Se mantuvo en la oscuridad, entre tanto veía cómo la luz de los faroles del auto iluminaba los troncos más cercanos al borde de la carretera. Cuando el automóvil se alejó lo suficiente calle arriba y dobló por una intersección, se dejó caer sobre su retaguardia y volvió a exhalar profundamente.

Cerró sus puños y retuvo nieve y barro en ellos. ¿Qué hacía la policía allí? ¿Una simple ronda rutinaria de vigilancia? Qué casualidad…Frunció el ceño y desplazó su mirada hacia el cielo y luego a sus espaldas, forzando a sus sentidos a percibir algún estímulo que prescindiera de lo físico. Nada. No habían shinigamis.

Se puso de pie. De ahora en más continuaría su marcha usando a los árboles de escudos, de todas maneras en algún momento iba a hundirse en el bosque. Miró hacia atrás, había dejado huellas de pisadas. Chasqueó la lengua, no quería rastro que permitiera seguirle la pista. Estudió el camino que tendría que abrirse entre medio de un frondoso ramaje. La iluminación de la carretera entre las sombras firmes de la arboleda parecía la luz de una vela a punto de consumirse, tan suave y cansadora.

Ella había matado a policías inocentes. El recuerdo inmediato le hizo detenerse abruptamente y mirar sobre sus hombros por unos segundos. Frotó sus manos con energías. A estas alturas del partido ningún pensamiento podía cobrarle más inquietudes. O eso quería creer.

La brisa gélida corrió de nuevo en medio de los árboles colina abajo y entre sus gráciles silbidos trajo sonidos de zumbidos, como si se tratara de abejas encerradas en latas de metal que chocan entre sí. Era un estruendo que viajaba con la velocidad y que traía a base de tracción algo consigo. Frunció el ceño y se ocultó con torpe movimiento, tropezándose, entre unos arbustos a unos metros. Al final, terminó lanzándose y al aterrizar, su pierna herida se resintió.

Un sedán negro antiguo, quizás un Packard de la década del 30, descendió por la calle a gran velocidad. No pudo verlo con detalle, ni tampoco su conductor o a sus ocupantes, sin embargo era extraño observar a un vehículo de esas características por esos caminos y a esas horas. En sí, era peculiar hallarlo en Japón. Podía pertenecer a un sujeto adinerado que viviese en las colinas de las cuales bajaba ahora, o podía ser lo que ella temía.

Estaba a punto de amanecer. El tipo del Packard probablemente salió a dar un paseo matutino, ese camino no conducía a la ciudad ni a algún suburbio cercano por lo que no se dirigía al trabajo. No obstante, en sus miedos la más grande sospecha tenía que ver con Watari. No podía estar más segura de que Ryuk había dejado de merodear sus pasos. ¿Y si se había equivocado? ¿Y si Ryuzaki utilizaba otro medio para perseguirle? Antes de erguirse se colocó la capucha de su sudadera y examinó la carretera a unos metros. No había sonidos de motores, el pavimento permanecía en silencio.

Se adentraría en la espesura y no continuaría el camino en paralelo a la calle. Su ideal era llegar hasta la colina siguiente, en donde los bosques aumentaban en proporciones y la urbanización declinaba notablemente. Mas no podría, era dificultoso avanzar en línea recta análoga a la carretera y con el correr del tiempo podría ser descubierta o intercedida por alguien porque la circulación de gente aumentaría, pese a ser un sitio recóndito en la naturaleza. Había corrido con suerte.

Un muchacho trotaba del otro lado de la carretera, mientras en su brazo derecho sostenía la correa de un perro, que le seguía el ritmo por detrás. Sin ninguna clase de apuros subían tranquilos por el camino, el joven llevaba cables que colgaban de su cabeza y que se columpiaban con cada movimiento. Escuchaba música ajeno a todo, lo cual era una ventaja. Misa permaneció estática, como si le hubieran empalado. Si por alguna razón el canino que acompañaba al chico, decidía detenerse a orinar u olfatear con esmero en el aire, podría percibir su adrenalina y comenzar a ladrar.

Tal vez estaba siendo obsesiva.

Ambos, mascota y dueño, lejanos a lo suyo. ¿A cuántos así había matado? No lo recordaba y no iba a hacerlo. No quería crear otra sensación que le acorralase con un nuevo recuerdo ni que le vinculase con un tipo que desconocía. Esa no era la forma en que trabajaba la inteligencia emocional. Bien cierto es que para empezar no debería estar allí de saber controlar sus sentimientos.

¿Cómo puede una sensación tan grande ser única para una sola persona? Cuyo núcleo caliente yace en la misma, pero a poca distancia todo se torna totalmente frío. Apenas sale del sujeto y pasa a otro, el calor que mata desaparece. ¿A caso nadie más podía ver lo que ella? ¿Compadecerle? ¿Siquiera estar al tanto? Esa era otra prueba de lo solo que se está siempre. Ningún sentimiento es igual a otro, y menos de individuo a individuo. Podrán ser comparables y aproximados, más no iguales. En las incisiones más profundas, en las diferencias que la debilitaban, descubría su identificación.

Su dolor le decía quién era. Una Harley Queen despechada, una Bonnie Parker contrariada, una Mata Hari al borde de la ejecución.

Dio la vuelta. Venir a los bosques le entregaba un sentimiento completo, donde la soledad distaba de esa ambivalencia al fin.

El terreno en descenso estaba cubierto parcialmente por rocas, muchas desnudas de nieve. Caminaría cuesta abajo sobre ellas, esperando así reducir el rastro de pisadas. Aunque era consciente de que podían seguirle por muestras de huellas digitales, de cabello, etc. Pero mientras más se tardasen en hallarle mejor.

Para un tercero, sólo sería otra imbécil que apenas había tocado la tercera década de vida, presa de sus propios actos, todo consecuencia de la locura de la fama. No estaría en el club de los 27, pero podría crear uno nuevo. Ya podía imaginarse los estúpidos titulares de los medios y sus especulaciones sobre la causa de su muerte, cuando la criminalística no iba a contribuir a aumentar su morbo. Rogaba que éstos no asediasen a sus pupilas en busca de respuestas.

Pero no importaba la maldita prensa, ella ahora tenía su libertad. Ahora podía gritar, soltarle la cadena al razonamiento y despojarse de su presencia. Dejar que el pensamiento hiciera lo que quisiera, que su mente liberase la presión y no tener que mirar en su hombro por si alguien veía.

Necesitaba llegar a un punto en donde un disparo sólo escandalizase a las aves.

En la mayoría de las padecimientos, cuando se cree que por fin se ha vencido, que la paz ha llegado, que uno se ha sanado, es cuando más cerca está del precipicio. A veces esas fuerzas renovadoras, no son otra cosa que la ausencia del dolor que se prepara para un nuevo y definitivo golpe.

Redención o no. Era tarde para buscarla.

Vio a sus padres morir asesinados, a su novio condenado y a sus víctimas ejecutadas… No existía la justicia, sólo acciones, sólo hechos. No existía el karma. No existía el equilibrio, no había una fuerza cósmica que lo proveyera. Sólo eran creencias con la esperanza de la recompensa futura. El malo no tenía porqué ser castigado por su destino. El bueno no tenía porqué ser recompensado. Nadie tenía prefijado una situación. No había buenos ni malos absolutos. No había especies superiores, sólo bestias con poder temporal. Ningún conocimiento era puro, innegable o imperecedero, nada era una certeza eterna. Ni la ciencia, ni la religión, ni el sentido común, el razonamiento o la vida. Un periodo de moléculas reproductivas. Si ese fuera su nombre, si ahí se acabara el misterio. Nada era absoluto. Lo cual era una paradoja. Una contradicción cíclica. Si pudiera probarse la indefinición de las cosas, nadie volvería a poner las manos en el fuego. Aunque eso fuera otra consecuencia de la paradoja.

Cuán crucial hubiera sido tener esa clara visión cuando sus progenitores murieron, qué distintas habrían sido las cosas. No obstante, lejos de llegar a esa objetividad ideal, sabía que otra vez accionaba bajo las reglas de su dolor, con la diferencia de que ahora estaba consciente de ello. Anteriormente había pensado en lo que era justo o no, en lo que se merecía o no. Y en verdad, solo hacía lo que hacía por cansancio. No por una búsqueda de equilibrio o venganza, como en su pasado. Si había una balanza en alguna parte, ésta no conocía de cifras humanas. Quizás, de ningún concepto cósmico. O de algún sentido concebible.

¿Siempre estuvo condenada a esto? No. Sin las Death Notes las cosas no hubieran ocurrido. Sin embargo, sin ellas, jamás habría entendido a su persona enteramente, no se habría dado por enterada de su faceta como asesina. Y aunque la verdad le quitase la existencia, la ignorancia hubiera sido una jaula de dudas que no podría disolver en ningún sitio.

Qué forma más bella de matar...qué manera más terrible de morir. Sus propias palabras de hace más de una década atrás sonaban con simplicidad, despreocupación, hasta con diversión. Ahora todo eso le parecía irrecuperable e inentendible...

La bruma se incrementaba a medida que se internaba más, lo que le complicaba determinar dónde pisar. Un paso en falso y podía reventarse la cabeza contra alguna piedra que no hubiera previsto. No era mala idea. Pero podría terminar sobreviviendo inconsciente. Y si quisiera a la altura o a algún elemento contundente de verdugo, se hubiera lanzado desde un puente o hubiera dejado que le atropellasen. Una cortina de haces de luz rojizos se abrió paso en el cielo purpureo, detrás de las montañas en las lejanías. El amanecer comenzaba.

No sentía sus manos, tampoco su nariz ni sus mejillas. Una taza de café caliente lo solucionaría. Sonrió amargamente. Miró hacia atrás, ya no podía apreciar la carretera desde allí. Nadie le alcanzaría. La corriente gélida que sopló esta vez provino desde el horizonte, contrario al sentido en el que ella caminaba, por lo que la brisa le dio de lleno en el rostro. Frunció el ceño y cerró los ojos, un espasmo martirizó su columna. Tragó duro, mejor era darse prisa.

Misa.

Un susurro grave, firme y ronco pero femenino se alzó entre los silbidos del viento. Llevó su mirada al frente con brusquedad desestabilizando su próximo salto de roca en roca. Resbaló al aterrizar y frenó su caída apoyando sus antebrazos, por el movimiento su cabeza se meció hacia atrás y su mochila se clavó en su espalda, apretada entre ésta y el suelo. Su nuca, sus codos y su trasero vibraron en resentimiento. Respiró con dificultad y alzó su cabeza. Sus ojos ascendieron su perspectiva hasta el cielo. Parado delante de ella, había un ser de esquelética apariencia, de extremidades largas y blanquecinas, como si fueran huesos revestidos de una armadura de a capas, similares a una espina dorsal. Sobresalían de sus brazos picos prolongadas y había una suerte de malformaciones óseas puntiagudas que nacían en su pecho y poblaban sus hombros. Poseía un rostro alargado, con pómulos y labios marcados, un ojo vendado y lo que tal vez era su cabello, emulaba el peinado de Medusa. Su postura era encorvada y poseía garras alargadas, que parecían querer acariciarle la cara.

Rem.

Misa guardó el aliento y sus labios temblaron, se sentía inmóvil, capturada por el susto y la fascinación. Abrió la boca, pero no pronunció palabra. ¿Era esto posible? ¿Acaso Rem seguía con vida? La shinigami le miraba impávida, en silencio, mientras detrás suyo el sol cobraba fuerzas. Misa intentó acercar su mano a las extrañas extremidades de la Diosa de la Muerte, pero ésta alejó sus garras y retrocedió. ¿Había estado allí esperándole? ¿Desde cuándo? ¿Qué significaba esto?

—R-Rem… —Misa logró nombrarle, entre tanto una serie de lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Buscó erguirse, pero sólo se quedó de rodillas—. Rem… —le apreció con gesto perdido. El ser dio pasos hacia atrás, desvaneciéndose. Su imagen se fundía con los rayos de luz—. No,… Rem… no —logró ponerse de pie, temblorosa. Corrió hacia la figura que le desesperaba ver marcharse—. ¡Rem! ¡Rem! —gritó desconsoladamente, con los brazos extendidos hacia adelante, como un niño que quiere le alcen—. ¿¡A dónde vas!? ¿¡Estás viva!?...¡Rem! —vociferó con garganta ardiente. La presencia que ella clamaba desapareció totalmente, justo al alcanzarle— Rem… —suspiró y supo que volvería a caerse—. ¡Rem! —chilló con todas sus fuerzas y una bandada de aves que descansaba en los árboles de los alrededores desplegó alarmada el vuelo— ¿Por qué…? —respiró forzadamente. Su pera goteaba lágrimas como un grifo averiado o mal cerrado.

¿Qué había sido eso? Le dolía cada músculo del cuerpo. Cerró los ojos con fuerza. Sentía sus huesos desunidos, cortados, como puentes inconexos. Era en exceso punzante. La indiferencia con la que le había mirado, hasta con desprecio, un mutismo que sólo le había dedicado en su momentos más equivocados. Rem estaba decepcionada de ella. Lloró observando el suelo, sus lágrimas morían en la nieve. El amanecer ganó fulgor y las hojas rojas de la arboleda parecían reavivarse con la luz, pasando de brasas a un fuego intenso.

Sólo eres una asesina. Una criminal repugnante —un timbre masculino, profundo, con un acento extranjero tomó ahora el micrófono del escenario. Misa miró alterada a su costado, con los ojos abiertos al límite.

—Ryuzaki.

Su cuerpo se ocultaba en parte por la sombra generosa del tronco de un árbol a unos metros. No podía verle los ojos, su flequillo los tapaba. Se veía mucho más pálido, avejentado, vencido. En sí, su presencia guardaba cierta lobreguez, como si hubiera sido sacado de un ferrotipo. Pero su postura era acusante y fría. No estaba abrigado, llevaba puesto su conjunto de camiseta blanca y jeans arrugados. ¿Qué hacía allí? ¿También le había estado esperando? ¿Sus sospechas eran verdaderas?

No podía sostenerle la mirada, claro, si es que hubiera alguna dedicada a ella. Misa regresó a contemplar el suelo, sin saber qué decir. ¿Humillación? ¿Era este el primer bocado de la muerte?

—¿Por qué te encuentras aquí? —inquirió pretendiendo sonar indignada—. ¿Has visto a Rem?

Afonía. Ni siquiera podía escucharle respirar, con ese clima tan hostil era imposible que la respiración no se agitase. La nulidad de respuesta dejaba puesto libre al eco mental. Criminal Repugnante. Oír algo así, aún a sabiendas de que era verdad, de alguien que amas era como ahogarse con oxígeno. Lo que te es vital, quiere matarte.

Volvió a mirarle. Le impresionaba su rigidez, como la de una estatua.

—¿Qué…? —masculló relajando sus hombros. Lo estudió, no recordaba que él tuviera canas en su caballera—. ¿Piensas detenerme? — El detective no le respondió.

¿Por qué nos ocultaste la verdad?

¿Acaso pensabas asesinarnos también una vez lo supiéramos?

Misa se paralizó aterrada. Se trataba de voces femeninas, que hablaban a su espalda con cólera y odio. Lizzie y Dallas. Tembló al voltear. Como espectros, sin miradas, descoloridas pero con muecas de rabia en sus bocas, estaban allí, entre los árboles. Con poses tensas como si fueran perros a los que les han quitado los bósales. Listos para atacar.

No entendía nada de lo que sucedía.

—No, no… no, nunca, por favor… —sollozó. Se estaba muriendo—. ¿Tú las trajiste? ¿¡Por qué!? —rugió entre las lágrimas hacia Ryuzaki. Sus niñas vestían sus delgados piyamas. ¿Por qué no se protegían del frío? Estaban descalzas, ¿qué buscaban probar con eso? ¿¡Qué pasaba!? ¡Maldita sea!

Deberías pudrirte en una cárcel —severa, autoritaria e impaciente. Y con veneno. Una mujer permanecía a su lado, vestida con tan sólo una bata para enfermos, sin calzado y de cabello despeinado. Su frágil imagen no se correspondía con sus voraces palabras. Su bermellón cabello combinaba con el follaje rojo que danzaba frente a su gran reflector, el sol. Su representante lucía como un cadáver.

Misa cerró los ojos asintiendo, subyugada. El viento congelaba sus lágrimas, adormecía su nariz y mejillas, y secaba sus labios, entorpeciendo su expresión. Comprendía lo que sucedía, pero no sabía cómo detenerlo o no poseía las fuerzas para hacerlo. De improvisto, las voces se alzaron simultáneamente, en un coro desfasado, sin afinación o melodía, repitiendo una y otra vez sus mismos diálogos, como si fueran máquinas programadas a las que le han dado una cuerda infinita.

—¡Misa! —creía oír a la brisa silbar. Los árboles castañeaban sus ramas, simulando el sonido de pisadas.

¿Podía la conciencia ser tan buena actriz?

Esos son tus demonios, Misa. Personas a las uno ama que denuncian sus propios errores y se convierten en su propio asusta-niños. En un Coco, en figuras ciegas, sin sombra, acromáticas, carentes de algún rasgo de vida, solo bocas que acusan.

—¡Basta! —ordenó en un grito irascible, que hubiera dejado sorda a la audiencia promedio de un espectáculo teatral.

Silencio.

Abrió sus ojos, éstos colorados e hinchados corroboraron que estaba sola. No había ninguna figura humanoide cerca ni lejos de ella. Se habían esfumado. Su organismo tiritaba. Pero a los pies de los árboles, se había sumado nuevos integrantes. No les había prestado atención. En las raíces descansaban muñecos de felpa, con ojos de botones, telas rasgadas, bocas cocidas, sucios y de expresiones que alguna vez fueron alegres. Algunos estaban quemados y otros desmembrados. ¿Qué eran esas cosas tan siniestras? Había unos ocho o siete desparramados. Eran sus antiguos muñecos, de los que se había deshecho junto con su ropa de estilo gótico antes de adoptar a Lizzie y Dallas. Cuando, entonces sin saberlo, había terminado de echar tierra a su pasado.

Y ahora volvían. O ella les hacía volver.

Cada uno crea sus propios zombies. Para ello solo es necesario enterrar los hechos en el pretérito y dejar que estos se desentierren por algún extraño virus proveniente de una sobredosis de culpa o dolor. O mero masoquismo. Una y otra vez. Cada vez más muertos, cada vez más bestias, más desteñidos e irracionales. Los recuerdos son muertos vivientes, han expirado como situación ocurrente y subsisten en el preconsciente, en tumbas de tapas removibles nunca antes vistas, a la espera de energía que robar. La fortaleza de uno se basa en saber administrar la energía y no dejarse embaucar. En cuidar las buenas memorias, que envejecen con uno y nunca mueren.

—¡Misa! ¿¡Dónde estás!?

Se colocó de cuclillas y buscó en su mochila. Extrajo la caja metálica y en consiguiente el revólver. Un Smith & Wesson, que perteneció a su padre y al padre de éste. Obtenido como botín de guerra de soldados norteamericanos, capturados por fuerzas japonesas en la Segunda Guerra Mundial. Revisó el tambor. Estaba cargado.

Se puso de pie.

"No palpites, deja de palpitar… Por favor. Mi sangre no se derrama, sólo corre… circula. Hincha el dolor de más energía, cumple un ciclo de agonía"

"Lo repite, en un cuerpo que vive de deudas, en un cuerpo que se calcina sin estar incendiado, que tiene punzadas sin heridas, que cosecha lamentos sin pronunciarlos"

"Cómo quema…cómo arde…. cómo duele… ¿son éstas las manos de Lucifer?"

"Tú ya las conoces… ¿por qué te retuerces… Misa?"

Le dio la espalda al sol y retrocedió. Error. Porque trastabilló por una gran roca detrás suyo. El terreno dejó hace tiempo de ser empinado, no así rocoso. Se derrumbó con fuerza y el arma salió despedida al impactar su mano contra el suelo. El choque del revolver contra las piedras produjo un disparo al aire. El seguro automático había dejado de funcionar al parecer. Maldijo. Contempló sus pies y cómo estos se habían atorado en sus pasos por una roca perfectamente prismática y blanquecina. De preferencia con hojas de dorados bordes y de personalidad endemoniada.

El Life Book.

No.

Exasperada buscó el arma. Y allá había dado a parar, donde la luz de un amanecer tapaba el horizonte en lugar de resaltarlo y en donde los límites del bosque no se veían, sólo se distinguía en la lejanía la silueta de árboles siendo tragados por la luz.

—¡Misa!

Se arrastró palpando la tierra en busca del Smith & Wesson. ¡No podía haber ido tan lejos! Una de sus rodillas se había lastimado con tanto tropezón. En fin, sería problema de la funeraria hacerla ver bien, si es que le hallaban incorrupta y lograban reconstruirle la cabeza, como para exhibirle y llorarle en un cajón.

—¡Misa! ¡Detente!

Le pareció oír ruido en su periferia, nuevamente una voz de timbre femenil, mezclada con la brisa y el sonido del follaje. No obstante le ignoró y siguió investigando entre las rocas. Podría preguntar dónde estaba su mente, pero más fácil sería responder porque ésta en dónde estuviere, seguía generando esas figuras. Algún mecanismo de defensa o la locura misma tal vez. El revólver había ido a parar en lo profundo de una gran masa de nieve, que en efecto tenía como base más rocas. El arma había hecho volar la mitad de la nieve de a su alrededor y ella dispersó la otra mitad faltante. Una vez recuperado el revólver escurridizo, colocó el cañón sobre su sien.

Y como se trataba de una historia de nunca acabar, unas manos le impidieron tirar del gatillo.

—¡Misa!... ¡Misa!.. ¡Niña, baja el arma!

—¡No! ¡No, mierda, no! —ahora las alucinaciones habían pasado a otro nivel, formando parte del plano físico. ¿Acaso ya se había volado la cabeza y estos eran los últimos momentos, cuyo sentido se esfumaba con su vida misma?

—¡Suéltala! ¡Te descolocaré el hombro si no me haces caso! —la otra persona forcejeaba irritada—. ¡Por el amor de lo que más quieras, deja eso!

Había algo en esta alucinación que la hacía diferente, ¿se trataba de un cuadro de esquizofrenia? No, porque ésta era la primera vez en varios minutos, que podía entender lo que sucedía. Sin embargo, el shock de la realidad era mucho más gélido y contundente que cualquiera de las alucinaciones anteriores.

—Madge…—aflojó el agarre sobre el mango. La veterana vio su oportunidad y arrojó lejos lo que ella consideraba cosa del demonio. El arma aterrizó en alguna parte entre las rocas cubiertas por la nieve. Misa cayó sobre sus rodillas, sus fuerzas la abandonaban estrepitosamente, producto de un corto circuito interno. Fue ahí cuando la lucha acabó en definitiva.

—Mujer,… ¿por qué?... ¡No ibas a solucionar nada! —Madge gesticuló iracunda. Misa jaló su cabello con consternación y enterró la cabeza en la nieve. Su cuerpo tiritaba, como tantas veces había hecho en ese último mes. No obstante, el temblor de seguir viva le había inyectado una dosis de adrenalina que no podía controlar, ni remotamente. En cualquier momento su sistema nervioso entraría en suspensión por sobrecarga.

Madge la rodeó con sus brazos para mecerle con suavidad e hizo señas hacía un espectador oculto. Un hombre de avanzada edad captó el mensaje a través de la mira telescópica. Se hallaba ubicado detrás de unos arbustos situados a una distancia de cien metros de ellas, cuan cazador listo para dispararle a un ciervo. Watari abandonó la posición de oficio, pues aún mantenía su privilegiada visión de francotirador. Utilizó el fusil a modo de bastón para colocarse de pie. Acomodó su corbata y quitó la nieve de su pantalón caqui negro. Y emprendió su acenso por el elevado terreno ayudándose con el rifle, sin mencionar palabra.

Si la doctora no podía frenar a Misa, era tarea de él desarmarle. Y como predijeron los cálculos de L, no fue necesario. Pero nunca sobraba el plan B.

El segundo Kira, o Misa para ser más precisos, se puso de pie con la ayuda de su vieja conocida. La susodicha le hablaba en voz baja y calma. No le estaba prestando atención, de modo que no entendía lo que le decía. De pronto no podía concentrarse, sentía una revoltura interna que no podía controlar. Una agitación que no podía calmar. Como llevar un panel de abejas en su interior. Había hecho enojar a las abejas y ahora éstas le picaban sin cesar. Con cada movimiento que realizaba podía sentir un aguijón.

—Déjame —alcanzó a susurrar. Quería recostarse, no podía mantenerse de pie mucho más, había mucho ruido dentro suyo. Necesitaba estar quieta.

—Jamás —afirmó Madge, que lentamente la conducía hacia la carretera de nuevo, donde el Packard las esperaba con Watari de chofer.

Misa sabía de algún modo hacia donde la llevaban, y que había terminado en ese viejo auto más tarde, recostada sobre el regazo de aquella mujer que le mecía de la manera más dulce y comprensiva, mientras la regresaban a su casa esa misma mañana. Oh, pero si la confusión fuera una enfermedad, ella sería una paciente crónica. Porque no recordaba particularmente los hechos, sólo sombras que se mezclaban con el amanecer y que poseían sonidos familiares, por lo que en parte todo eran intuiciones.

Por supuesto, había perdido el conocimiento segundos posteriores. Un desmayo que vino en buen momento y que logró callar los demonios de su mente durante largas horas, las primeras en mucho tiempo.

Un silencio que por primera vez no le trajo tortura.

.

-.-

.

La puerta se abrió y las jóvenes se pusieron de pie, llevaban tiempo esperando con gran ansiedad en los pasillos contiguos a la habitación de su tutora.

—Misa está descansando, recobró el conocimiento tras el desmayo pero la propia experiencia la ha dejado extenuado…Habrá que vigilarle periódicamente, no hay que perderle la pista, prometa lo que prometa ella —le advirtió al par de hermanas—. El desmayo no ha sido de gravedad, pero ha sido producido por una fuerte crisis emocional... Y por poco y no la logramos detener —suspiró la anciana una vez en el pasillo, cierto era que había sido una corrida de toros, no por salvar su propia vida si no la de alguien más. Una carrera contra reloj que la había traído como bala hacía un día y medio de China, donde se encontraba trabajando, para no parar hasta ese mismo momento (la vida del médico tiene todo esto a diario y podría decirse que estaba acostumbrada). No recordaba haber almorzado ni cenado nada contundente. Ni siquiera haber dormido más de un par de horas. Y a juzgar por su compañía en esa madrugada, esas chiquillas tampoco parecían haberle dado tregua a sus nervios.

Dallas le escuchó lo mejor que podía pero Lizzie estaba ausente, en sí ninguna allí estaba con todas sus capacidades de descernimiento. Dallas observó como su hermana asentía con un movimiento de cabeza robótico y sin pronunciar palabra se alejaba de ellas, internándose por los pasillos de la casa. Su figura presentaba una actitud vencida y desenergizada, una contraposición total a lo que Lizzie siempre era. Su hermana mayor le apreció con infinita preocupación.

—Habrá que tomarlo con calma, de algún modo —comentó Madge después de ver desaparecer a Lizzie—. La templanza es una virtud.

—Y si hay alguien que ha cultivado esa virtud es mi hermana —defendió Dallas. Esa mujer, como toda desconocida, le causaba desconfianza y más en momentos como aquellos. Y no quería oír lecciones de vida—. Así que usted es la heroína del día… Cuénteme ¿es de esos personajes que aparecen cada tanto en la vida de uno y le cumplen deseos? No lo sé ¿un hada madrina? —y como buen mecanismo de defensa, el sarcasmo jamás la abandonaría.

—Si tuviera ese poder, querida, no sería médica —la anciana reparó en la joven, dado que ahora la tenía cerca y meditó. Sin duda las tres Amanes compartían rasgos de una genética caprichosa. Una mezcla inesperada entre el mundo oriental y el occidental, donde los genes dominantes y recesivos habían invertido papeles. Cabello rubio, ojos claros pero rasgados, acompañados de una pequeña contextura de cuerpo, aunque la joven que estudiaba parecía tener una personalidad que compensaba su porte. No cabía duda del parecido que guardaban con Misa. Un caso de genética que luego estudiaría con la curiosidad de un gato. Recordaba que cuando Misa era una niña, había tenido los mismos pensamientos. Además otra cosa robaba su atención, y era el demacrado rostro que tenía frente suyo—. ¿Han desayunado algo?... la verdad es que no es conveniente que ustedes sufran descompensaciones también.

—Nunca creí decir esto, pero la comida es lo último en lo que pienso ahora —respondió Dallas con una sonrisa mordaz—. Por lo que veo tiene estómago para eso, así que usted puede desayunar si lo desea.

—La comida es algo que nunca hay que dejar de lado.

—Estaré bien por unas horas más —comenzó a avanzar por el pasillo. Lo que sí necesitaba era aire fresco y pensar en frío por cinco segundos.

—Dime… ¿Fumas? —esa pregunta descolocó a Dallas.

—Am, no —¿a qué venía eso? ¿Tan mal se veía?

—¿Segura? Porque pareces hacerlo y seguido.

—No fumo. Soy atleta…

—Claro, es por eso que la alacena y el refrigerador están llenos de comida chatarra… entonces, ¿Drogas? ¿Energizantes? —¿En qué momento había revisado la cocina como para saber eso?

—Nada… mujer, ¿así empieza interrogando a sus pacientes? No quisiera escuchar un diagnostico suyo.

—Sólo tanteo el terreno,… Sospecho que no llevan una vida muy saludable… esta casa tiene apariencia de ser un escondrijo empecinado con no compartir la misma atmósfera que el resto del mundo. Es ahogante,… ¿cómo pueden vivir así?...Si fuera por mí haría una...docena… de tragaluces.

—Haga lo que quiera. Menos joder la paciencia —aclaró con toda la energía que podía evocar en ese momento.

—Oh ¿Son de pocas pulgas?

—Felizmente. Y sólo yo. Mi hermana es una cucharada de miel y a Misa ya la conoce.

—¿Diabetes?

—Also no.

—¿Inglesa?

—Norteamericana.

—Ah, ustedes provienen del otro lado de la familia… —Madge pareció observarle ahora con verdadero interés—. Tu hermana es Elizabeth…y tú, ¿Dallas?

—That's me.

—Tu padre no me cae bien —Dallas sonrió ante esas palabras con un suave cinismo.

—Estamos de acuerdo en algo...aunque, da igual. Está muerto.

—¿No me digas?... ¿El cigarro lo mató? —al parecer tenía una obsesión particular con lo respectivo al tabaco, se trataba de una puritana con poco tacto.

—No. Un accidente. Y a mi madre también —Dallas pensó que esa era una síntesis injusta. Pero no valía la pena entrar en detalles, llevaba varios años sin remover esa vieja tierra en su memoria.

—Oh, eso sí es lamentable... Lo que me han explicado es cierto, por ende.

—Entonces, ¿por qué está haciendo estas preguntas estúpidas?... Honestamente creo que me corresponde a mí hacer el interrogatorio—dijo con una ira rechinadora de dientes.

—No hay porqué enojarse.

—Mi tutora es una supuesta psicópata y decide suicidarse. Usted, una aparente doctora amigable, aún así totalmente desconocida para nosotras, aparece de la nada y decide salvarle... Dígame, cómo puede explicar esto…

—Elle… o es así como me dijo que le llaman. Tiene nombre de chica. Y una voz que parece hecha con tubos metálicos.

—It's a letter, not a name.

—Puedes dejar de hablar en inglés —no fue una solicitud, fue una orden. Y nosotros sabemos lo bien que se lleva Dallas con las órdenes.

—Es mi lengua materna —se excusó. Solía hablar en inglés cuando sus emociones no estaban del todo controladas.

—Yo hablaré en chino, entonces.

Dallas suspiró y se rascó la cabeza. No estaba razonando, sólo dejándose llevar por la conversación. No quería procesar todo lo que sucedía, sólo entenderlo superficialmente. No ahora. Porque sabía que si se concientizaba de todo, explotaría como un balón al que inflan sin cesar. Y no había lugar para tal cosa. Las circunstancias estaban demasiado en crudo. Sólo trataba de mantener su cabeza estable por su hermana y, qué más daba si era cierto, por su tutora.

Además, la cantidad de información recibida excedía a su razonamiento aún en sus tiempos más calmados y fríos.

—Está bien… Estoy hablando con una persona que pertenece al pasado de Misa, no precisamente al de su etapa como...criminal, si no a uno anterior —recapituló masajeándose una sien.

—A su adolescencia. Yo era amiga de la madre de Misa, es decir, de tu tía política.

—Mmm..—asintió Dallas sin mirarle—. ¿Alguna vez vio, que ella… no lo sé,… mostrara signos de locura?

—¿Piensas que tu tutora está loca?

—No... —contestó tajante, sin saber qué fundamentaba esa respuesta—. Pero, tampoco puedo ahora definir su comportamiento… ¿Qué son las Death Notes? Pensé que eran una leyenda…

—No me observes como si lo supiera, para mí, una mujer de ciencia, el concepto es de lo más innovador.

—Para mí todo es nuevo ahora —pronunció con austeridad.

—¿Se les da bien reinventarse?

—Más de lo que cree —le dio la espalda—. Y usted ha venido a hacer su buena acción del día, ¿nada más?

—Vengo a quedarme.

—¿Aquí?... oh, eso lo veremos —refregó sus ojos, replanteándoselo un café no estaría mal—. Deja un prometedor trabajo en China, donde ha estado por años, suponiendo que lo que ha contado es cierto… ¿para quedarse aquí, cuyo lugar que le da hospicio le obliga a cuidar de una mujer con intentos de suicidio y sus dos angeladas pupilas?... ¿Por qué no suena creíble? —planteó mordaz.

—Dime algo que de toda esta situación suene creíble… —se encogió de hombros—. Estoy por retirarme, hace tiempo que quería volver… no obviamente de esta forma, pero…extrañaba a Misa y tener un poco de tiempo para mí…

—Como diga,...con ella cerca no tendrá tiempo para usted… ¿me quiere hacer entender que a pesar de enterarse de que la niña que usted cuidaba es…una psicopata, aún está cómoda de venir y quedarse como si fuera un asilo para el retiro de jubilados?...

—No voy a darle la espalda… sea lo que sea, voy estar con ella, esperé mucho para volver a verla...el tiempo y los hechos nos apartaron, pero ya no más. No estoy segura de que me comprendas… —Dallas le comprendía en efecto, dado que un nombre se mantenía en su mente, fijado con un pegamento eterno. Un nombre que jamás olvidó y por el cual sentía tamaño cariño y dolor. Sonny.

—Pues sorpréndase porque compartimos más de lo que parece señora…—manifestó sin muchos ánimos de hablar de esos temas—. De todos modos es ridículo, Misa para usted, luego de tantos años, puede ser alguien totalmente distinto…

—Tomaré el riesgo entonces —Dallas observó dudosa a la anciana, pero la mujer continuó hablando—. Esta es la clase de tranquilidad que te da estar en Emergencias todos los días en un país donde la miseria desborda por cada ventana… Lo he visto todo —aunque lo que sucedía ahora sobrepasaba cualquier experiencia que hubiese tenido antes.

—Y precisamente por ello… ¿no busca paz?

—Sólo cuando ésta esté disponible de verdad… ¿Y ustedes?... Por lo que me ha informado este sujeto L, no la han pasado nada bien antes.

—No… sin embargo, tampoco vamos a cerrarle los brazos a Misa… demonios, ellas no sacó de un infierno y nos ha cuidado todo este tiempo… El segundo Kira parece algo inconexo a ella —miró hacia arriba, como si la respuesta pudiera caer desde alguna parte y cruzó los brazos—. Pero, esta situación imposible, da sentido a muchas otras anteriores…

—Si Misa decidiera entregarse… ¿qué harán?

—Pedirle que respire… que piense por una puta vez en su vida, como invertir su dinero en caridad como decía de hacerlo en su testamento… no lo sé, que realice trabajo comunitario…Y solicitar a L, que de ser necesario, la espose a una tubería externa de la casa…

—Se amparan mucho en ese… personaje.

Dallas le observó, con su seño arrugado a no más poder. ¿Justo esta mujer tenía que ser de aquellas, cuyo pasatiempo es hacer observaciones odiosas? Y oh, casualidad, tocaba una fibra sensible. Luego de conocer la historia completa de su tutora, el personaje de L se había desdibujado para ellas. ¿Quién era realmente? ¿Un aliado, un enemigo, alguien neutral? ¿Acaso podían conservar la poca confianza que le habían tenido? Sintió como sus nervios desfallecidos revivían unos segundos para hervir su sangre. Watari aún estaba en la casa y no estaba sólo. Ellos aún estaban rondándolas. Respiró frustrada. Más tarde se ocuparía de ellos. Misa era prioridad ahora. Y debía ver cómo lidiar con esa anciana.

—¿Sabe que puedo echarle de aquí? ¿Verdad?

—Sí, pero como me necesitan no lo harás—afirmó con seriedad, Dallas la fulminó—. No debes depositar tu enojo en mí, he venido a ayudar… —rectificó—. Te enfurece saber la verdad y que te la han ocultado, pero no mi presencia…

—Siendo franca, me enfurecen muchas cosas de Misa… pero esto escapa a cualquier enojo que pueda generar… No tenemos formas de contemplarlo…

—Estamos de acuerdo —la anciana asintió—. Ciertamente ahora no es momento para tomar decisiones… te recomiendo ir a descansar un poco, cuidaremos a Misa por turnos.

—Está bien —la joven aceptó a regañadientes—. Pero no espere que sigamos órdenes, sabemos cuidar de los nuestros.

—Ya veremos —contestó dejando entrever su incredulidad—. Como has dicho, estas circunstancias no tienen comparación… por ello es conveniente seguir a la voz de la experiencia — la doctora se refería así misma claramente.

Dallas mostró una sonrisa cínica.

—Tiene toda la razón —comenzó a dirigirse en dirección al pasillo contiguo, por la izquierda—. Puede que entonces, le pidamos consejos a L —comentó casualmente una leve mentira, con una picardía latente. Dado que el detective parecía no ser una persona del agrado de la doctora, ¿por qué no usarlo para molestar? Escuchó como la anciana le contestaba, en un tono que no catalogaría de amable, sin embargo para ese momento ya se había alejado varios metros de ella, marchando a grandes zancadas. La conversación anterior no había sido de ayuda.

Necesitaba encontrar un espacio para pensar en paz. Porque cada habitación que visitaba estaba pintada por incógnitas. ¿Cómo invitar a la reflexión, si los principios y la moral no le dejaban pensar con claridad? Las reglas de toda una vida que ahora mismo no podía aplicar. Si tan solo uno pudiera apagar sus sentimientos para cavilar sin tanto ruido.

Pero hasta sus pensamientos más lógicos jugaban con el miedo, con el miedo a la verdad; ¿qué podía pensar de su tutora? ¿Horror por su intento de suicidio y por sus espantosos actos? Una manera de mirarlo simplista. Porque el horror no venía solo, traía consigo un vagón de contradicciones. ¿Estaría diciendo la verdad? O ¿serían invenciones propias de algún trastorno? Y de ser así ¿en qué momento se había desarrollado éste?

Al parecer su existencia estaría expuesta a la supervivencia permanente. No solo en lo físico, en lo material, sino también en lo ético. Necesitaba respuestas que no sabía si podría tolerar.

Su familia, su estirpe, sí que eran especiales. Desde su padre con sus negocios malhabidos, disfrazados de empresas de lucro honesto, hasta su tutora, su prima, envuelta en un sinfín de crímenes y situaciones propias de una película de fantasía policial.

Relajó sus puños, los mismos se habían tornado blancos. Podía sentir como el estrés había destrozado su espalda, como si éste usara zapatos de tap y hubiera bailado enérgicamente encima suyo. Sentía que podía enloquecer en ese mismo momento, un par de gotas de sudor frío resbalaron por su columna. De pronto notaba que el pasillo estaba totalmente helado y que deberían haber encendido la calefacción hace horas. Las emociones aminoraban. Se apoyó contra la pared y descendió hasta que dar de cuclillas. Sus ojos miraron el suelo, pero su mente sólo se enfocó en la duda.

No se trataba de un problema inminente, de algo carente de solución. No había escases de tiempo y nadie les perseguía. Sus temores siempre se limitaron al exterior de su familia, no a su interior. ¿Cómo proteges a tus seres queridos de sí mismos? Estaba en blanco.

Contempló el suelo absorta.

¿Y ahora qué?

-.-

Nevaba en Oita. Qué suerte corría la nieve al ser tan efímera.

La cocina estaba desolada. Había unos cuantos costales de manzanas vacíos en el piso, que Ryuk se debió encargar de vaciar. También había un cúmulo de hojas dispersas en la mesada de la isla. Lectura, análisis, comprensión, ansiedad y furia. Puede que no en ese orden de términos, pero sería lo más lógico. Cabía la posibilidad de simple lectura y conmoción. Pero cualquier acontecimiento nervioso por razones de tales magnitudes, con dos personas de participantes, hubiera dejado mayores rastros, como una silla destrozada o un vidrió roto, objetos descolocados, por regla general. No había evidencia de violencia. Eso era como un volcán con un tampón puesto en el momento de erupción.

Watari se encontraba en esa cocina, pero no era él quien realizaba esas observaciones, sino Near, que había decidido acompañarlo por unas horas esa mañana antes de partir hacia Orán, donde buscaría a Mello. No había participado del rescate de Misa.

—¿Has hablado con alguna de ellas? —inquirió el joven, estudiando el panorama.

—No, no lo he hecho.

—Sus dudas o decisiones podrían ser un problema en un futuro —puntualizó desviando su mirada hacia los corredores que se conectaba con la cocina.

—No veo cuál sería la diferencia con el presente, joven Near.

—Podría ser mucho peor.

—Es verdad, pero se tomarán medidas preventivas… —el mayordomo consultó su reloj de bolsillo—. La señorita Halle le espera en el aeropuerto en breve.

—Estoy enterado, en unos minutos saldremos —enredó sus cabellos entre los dedos de su mano derecha—. Por favor, hazte de una copia de ese testamento, Watari —pidió entretanto rodeaba la isla y examinaba sin tocar.

—Ya me he encargado de ello.

—Bien —su ojos grises inspeccionaron el silencio, lo cierto es que las jóvenes Amane no habían tomado consciencia plena de la verdad o tenían una capacidad de resiliencia superior. Recordaba cómo hace tres años ese recinto guardaba mucho más candor y calidad. No importa qué tan agradable sea un escenario por sí mismo, su esencia se la da los actores que participan en él. Su enfoque visual se posó sobre la puerta del patio, ésta no estaba encajaba en su marco, sino que se hallaba mínimamente abierta. Alguien había salido a fuera. Indistintamente de quién fuera, mantener a los individuos de la familia en la casa era conveniente. Inclusive hubieran salido al jardín por un poco de aire.

Near caminó hasta el ventanal y asomó su mirada para una visión panorámica del bosque poblado de los jardines traseros, que en esas épocas era un sándwich entre troncos, ramas raquíticas, nieve y bruma espesa. Alejó su óptica de la profundidad del jardín y la depositó en Lizzie, quien permanecía fuera, en el inmaculado balcón.

—Watari, espérame en el auto, por favor.

—Está bien.

El joven no le devolvió la mirada al anciano y directamente salió por la puerta del patio que daba al palco y éste a unas escaleras al jardín. La imagen era blanca en todo su sentido, desde el cielo, la nieve, la bruma, el color de la casa, los tonos pálidos de la piel de ambos, las ropas. Todo. Parecía el cuadro de un pintor que maneja un estilo a base de tonos pasteles, o quizás de uno con influencias del Ukyo-e.

La muchacha traía puesto una bata de color crema tenue, por debajo su piyama azul y poseía pantuflas en sus pies. Su cabello lucía crispado, como recién revuelto. Sin embargo, su expresión distaba de mostrase adormilada. Apreciaba fijamente el horizonte, mientras su acompasada respiración generaba nubes de vapor. Estaba apoyada sobre el barandal y ocultaba sus manos dentro de los puños de la bata. No se veía tensa y tampoco relajada, poseía una especie de frialdad agresiva. Ella no reaccionó cuando él se colocó a su lado.

—¿Cómo puedo confiar en ustedes? Siempre lo supieron… ¿por qué se lo guardaron? —inquirió con dureza luego de dejar pasar unos minutos.

—Honestamente… ¿hace tres años hubieras creído tal información por parte de desconocidos como nosotros?

—No… pero me hubiera dado de qué dudar…No respondes mi pregunta, ¿por qué?

—No les incumbía saberlo.

—Qué cínicos —siseó ácidamente— Ni si quiera sé si me dices la verdad ahora,.. no sé realmente quiénes son ustedes —masculló dolida.

—Se trata de información confidencial correspondiente a uno de los mayores casos criminales del mundo. Sus vidas podrían transcurrir con tranquilidad sin estar al tanto.

—En un maldito engaño…

—Tu tutora nunca dijo ser lo que no es. Al menos no con ustedes.

—No le defiendas —cerró los ojos con fuerza y frustración. Tenía sentimientos contrariados; amor, furia y dolor hacia su tutora. Incredulidad y horror ante la realidad. Y todos esos sentimientos los miraba a través de un cristal. Cada pensamiento que tenía ahora, hacía un hueco en ese cristal y dejaba pasar esas emociones que no podía controlar.

—Hablo desde la verdad.

—Tú mismo te hubieras visto repugnado en mi situación… No es tan sencillo separar las cosas.

—Por ahora, te duele saber que te lo ocultaron, no lo que fue tu tutora en su pasado.

—¿Es una chiste? Me enfurecen ambas cosas —¿a ciencia cierta cuándo Near había bromeado con algo?

—Niégamelo.

Lizzie le observó por primera vez y transmitió todo el desprecio que pudo, que probablemente era cercano a lo nulo. A los ojos de Near, su gesto sólo denotaba cansancio y sufrimiento. Ojeras, el ceño fruncido, mejillas coloradas, los labios mordidos. Entendía el calibre del conflicto por el que ella pasaba, pero le entregaría su sinceridad. No una clase de consuelo falso en palabras esperanzadoras. La joven Amane regresó su visión al horizonte, pero esta vez no para mirar un punto fijo sino para perderse en el paisaje.

—¿Me juzgas? —susurró ella.

—No en el sentido en el que peguntas.

—Ajá —acotó a secas. Cerró los ojos, sentía hastío como para desmenuzar las palabras de Near y seguirle el juego—. ¿Puedo confiar en ti?

—Desde luego. Si mis palabras representan algo para ti.

—Lo hacen...después de todo —musitó con suavidad. Necesitaba oír información certera, aunque solo fuera una gota de ella. Aún cuando ésta estuviera dotada de un puño de boxeo. A pesar de sus dudas, sabía que Near no actuaba con malicia alguna ni con afán de confundirle, más allá de su modo de hablar, y también entendía que él estaba allí por ella—. Misa… ¿fue una asesina serial?

—Sí.

—Hmm… —tragó duro, su interior gritaba, pero guardó compostura del modo que pudo—, ¿los… cuadernos de la muerte son reales entonces? ¿La leyenda es cierta?

—Así es.

—¿Los shinigamis?

—Ídem.

—Es decir,... todo esto desbarata conceptos físicos, matemáticos, filosóficos… ¿cómo pueden estar bien con eso? —continuaba preguntado, lo que fuera que pudiera distraerla, aunque mínimamente, de la imagen de Misa como una criminal de tal categoría y con tales herramientas. Su cerebro había puesto un reflector sobre ese pensamiento.

—¿Crees que nuestro conocimiento de las cosas están dotados de tal potencial como para explicarlo todo? La ciencia sólo es un ensayo de respuestas con la tentativa de calmar nuestras dudas, no por ello en su integridad verídica o totalmente eficaz. Sólo explicamos lo que podemos y creemos observar.

—Buen punto…—no estaba segura de haberle seguido el hilo a Near, pero lo intentaba—. Quisiera preguntarte más cosas, pero no ahora… —suspiró desganada, suficiente por ese momento. Esperaría a calmar su ser para buscar más información—. Pero sí hay algo que quiero comentarte… Hay un libro blanco, que le pertenece a Misa por lo que entiendo… también pareciera tener estas cualidades sobrenaturales… Yo lo había tocado antes, sin darme cuenta de su rareza… Esa cosa posee una esencia distinta a cualquier otro objeto... No hay frialdad, tampoco calidad… es como una tibieza absurda, insólita… como si respirase, pero no se siente una respiración que así lo pruebe… cómo la propiedad de un alma —intentó describirle sin poder ser muy precisa—. Misa le llama Life Book.

—Estoy al tanto de él. ¿Sabes cómo funciona? Su utilidad es deducible.

—No, lo desconozco. Pero sí he entendido bien, no sería de extrañar que su mecanismo no se diferenciase del de una…Death Note —tampoco es que estuviera segura cómo funcionaba una libreta de la muerte. Sólo lanzaba conjeturas que su imaginación inflaba.

—¿Esta información la conoces gracias al testamento de tu tutora?

—Sí —el testamento contenía toda una explicitación generosa referido al tema de esos objetos, que un principio ignoró por incredulidad y porque otras cosas habían captado mayormente su atención. Imaginaba que Misa habría solicitado ayuda legal para confeccionar ese testamento pero duda mucho que hubiese acudido a los servicios de un Notario, dado el increíble contenido del documento—. ¿Por qué has venido?

—Para verte.

—Una cita para hoy estaría un poco difícil de llevarse a cabo —Lizzie intentó formar una sonrisa al decir esto, la respuesta de Near le había tomado por sorpresa.

—Un picnic no me desagradaría —Near se encogió de hombros, siguiéndole la corriente. Quizás eso la relajaría un poco.

—¿Con este clima?... Perdóname, pero no tienes pintas de estar a la intemperie a menudo —Lizzie hizo amague de una broma. A pesar de tener él las facciones ya de un adulto, su piel seguía pareciendo la de un bebé.

—No necesariamente tiene que realizarse en el exterior.

—Claro —afirmó logrando formar una sonrisa tímida, no podía olvidar que Near era una persona exclusivamente de interiores.

—En efecto eres tú quien se encuentra desprotegida contra el frío.

—Estoy bien —Near era la segunda persona quien le reprendía por ello esa semana. Quizás estuviera algo descuidada consigo misma últimamente. No sería de extrañar que ya se hubiera pescado algo.

—Tus mejillas se ven rojas —observó y luego colocó una mano en la frente de Lizzie—. Y es fiebre, sin duda.

—¿No te cansas de estar siempre en lo correcto?

—No.

Near cerró los ojos con serenidad y retorció sus cabellos, su actividad motriz favorita. Lizzie lo observó de pies a cabeza, por primera vez le veía vestido como un civil y no como un niño que se ha levantado de la cama recientemente. El traje antidisturbios no contaba. Vestía un jean amplio, un abrigo grisáceo pálido y una bufanda celeste. Y zapatillas de calzado. Sonrió a medias, era hasta gracioso. La muchacha se estiró, y se quitó de su cabello y hombros los copos de nieve que se habían asentado allí. No sentía su nuca por la tensión. Posteriormente regresó a la cocina, donde el tufo a manzana perduraría por años. Near le siguió el paso.

—¿Me puedes aconsejar?... porque obviamente, no tengo idea de qué hacer —solicitó una vez dentro, en el calor de la casa.

—Eso dependerá de cómo te adaptes y entiendas las circunstancias… No obstante, piensa con calma ante todo... da tiempo a tu mente.

—Lo intentaré —asintió y luego decidió abrazarlo con fuerza, tomándolo desprevenido, aunque Near estaba resignado a esas muestras de cariño suyas, le había tomado tiempo acostumbrarse a ellas. Near correspondió el abrazo, aunque no le disgustaba como lo había imaginado, en un principio fue poco natural para él. Era como abrazar a un osito rosa y cálido. Lizzie enterró su rostro en el hombro de él, tras ello levantó su cabeza y pegó su cara contra la de Near en un dulce rose—. ¿Qué tal así? —agregó, la mirada de Lizzie tenía un mínimo de paz ahora, la suficiente para hacer esa pequeña broma.

—No era lo que tenía en mente —N contestó paciente y apoyó su frente contra la de ella—. Me pegarás el resfrío.

—Joven Near, he de pedir que se dé prisa —Watari apareció asomado por la puerta del garaje. Ambos se tensaron y Lizzie se separó bruscamente.

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-.-

.

La tentación pesa más que la consumación, la insinuación más que la explicitación, la aproximación más que la totalidad, la imperfección más que la perfección.

Tras un segundo intento de suicidio, las caricias de la muerte le habían hecho sentir más viva que nunca.

Abrió los ojos de par en par.

¿Cómo había llegado hasta ese punto?

Su cerebro se encendió como un viejo motor, ruidoso y desgatado, tambaleándose por todos lados. Una maquinaria que pedía tanto aceite como el que desperdiciaba gracias a las múltiples averías. Realmente ¿qué había sucedido consigo misma? Su mente era una laguna viscosa de pensamientos y recuerdos entremezclados. Y que lentamente iban encontrando lugar y forma, a medida que las neuronas hallaban energía para despertar. Se removió en la cama. Estaba tapada por varias capas de colchas que le sentaban cómodas y confortables, eran como un pequeño refugio. De modo que no se saldría de la cama aún. No recordaba haber estado así de bien en su lugar de descanso en mucho tiempo. ¿Porque estaba en su habitación? ¿No? Volvió a abrir los ojos pero esta vez fue sólo un vistazo rápido. Sí, estaba en su alcoba.

¿Por cuántas horas había dormido? El sol apenas entraba por las ventanas. La noche se acercaba. ¿Qué día era? ¿Habría dormido varios días?

Estaba claro que no había despertado orientada. Como para no, luego de una batalla entre alucinaciones angustiosas y su propia agonía. Pero que no supiera qué condenado día era, no quería decir que no supiera lo que había pasado. Lo tenía grabado a fuego. O como un cartel de neón siempre prendido y que no se desgastaría nunca, en un brillante rojo. El suicidio no era una materia que se le daba bien, pensó con cierta sátira. Esta vez había sido un viaje variopinto. ¿Habría visto realmente a Rem? De todas las alucinaciones era la única que no podía descifrar. Rem… cuánto tiempo vieja amiga.

Sus desenfrenadas ideas habían movido cielo y tierra. Habían puesto a todos a bailar al compás del Misa no te mates. Rió internamente, lo cierto es que le causaba gracia. Pero no debería ser así. La risa es un acto de reflejo frente a hechos traumatizantes.

De cara a todo lo sucedido, era afortunada. Había intentado entregarse voluntariamente dos veces a la muerte y ésta la había rechazado. Las oportunidades de vivir no son muchas y la muerte las cuenta con avaricia. Y ella sí que sabía de muertes.

Tenía 30 años. Y con esa edad había vivido un desenfreno de situaciones inverosímiles. Con cada década que sumaba a su persona más locos se volvían los hechos. ¿Qué le depararía a los 40 o a los 50? ¿Seguiría viva? Probablemente no intentaría acabar consigo misma de nuevo.

Así que le habían fastidiado su escape de esta vida… ¿Cómo se había salvado? Estaba Madge, estaba Watari, estaba L… esos eran los personajes obvios, era fácil saberlo. Y el Life Book. Apretó los ojos. Jamás podría descontarlo de ninguna situación.

Estaba segura de que esta reflexión retrospectiva la había realizado muchas veces, pero no podía encontrar límite dada su importancia y el hecho de que no dejaba de reinventarse. Si no hubiese encontrado al Life Book, jamás habría revivido a L, su vida jamás habría tomado este rumbo, para empezar no viviría en Oita, seguiría en Kanto —el recuerdo del lugar sólo le originaba escalofríos, no nostalgia— y finalmente no habría rememorado quién era, la zona más espesa de su ser.

Mello estaría muerto, gracias a Kiyomi Takada. En su momento, Light le habría informado vagamente lo sucedido con el segundo sucesor. Near habría formado la SPK y habría detenido a su difunto novio, recordaba hasta lo que no había sucedido, pero para que ella contaba de algún modo. Watari no estaría vivo tampoco.

Al revivir a L, su pasado en cuanto al caso Kira había sido modificado. Nunca llegó a tener con Light planes de casamiento, ni siquiera seis años de relación, sólo uno (por ende no había matado a tanta gente como ella esperaba, aunque eso no resolvía nada). La SPK nunca existió, Near jamás se enfrentó a Kira y Mello no se unió a la mafia por el mismo motivo. Y como una vez Ryuuzaki le aclaró, habían transcurrido más años de los que contaba. Todos esos acontecimientos —ahora sin realidad— se habían tornado en un sueño vaporoso y lejano, innecesarios de cumplirse.

Ella había intentado suicidarse (por primera vez) tras saber del fallecimiento de su pareja, no obstante, con todos esos cambios ¿Había sido en el momento en que ella había creído que era? ¿Había sucedido realmente? Sí Light murió antes de lo que ella tenía grabado, quería decir que su primer intento de auto-homicidio había sido mucho antes de lo que recordaba… Entonces, cada hecho se veía arrastrado hacia atrás en los años y contextos.

Era estupefaciente cómo la ausencia y el regreso de una sola pieza al tablero, modificada todo el juego. Quisiera o no, L formaba parte de la telaraña de su vida y lo que le sucediera a él, le afectaba a ella irremediablemente. Gracias al Life Book. Maldito libro alienígena. Pero no todo era culpa del libro. Ella tenía profundos sentimientos hacia él y hasta hace unas horas, iba a enterrarlos con ella misma. Dichos sentimientos habían sufrido una suerte de despropósito, con sus recuerdos del caso Kira recuperados había dado cuenta de un hecho particular. Se había enamorado de quien había sido su enemigo, técnicamente. De alguien que había estado dispuesto a torturarle por obtener información.

Sin embargo, alguien que también le había ayudado infinitas veces y que por alguna razón había decidido evitar condenarle, ponerle tras las rejas. Alguien que había depositado su confianza en ella, lo suficiente como para confiarle su localización por un año (aunque fuera en la propia casa de Misa).

Se producía un balance peligroso, donde sus sentimientos estaban amenazados y protegidos al mismo tiempo. No lo negaría, sentía el sabor de lo prohibido. Debería realmente plantearse el eliminar aquel cariño, pero en su lugar pensaba en conservarlo. Cuánto drama shakesperiano.

No podía quitarse a Ryuuzaki de su mente. Era un hecho. En el pasado había tenido la intención de confesárselo, pero ¿para qué? no habría podido soportar una respuesta fría. De todos modos, tras los hechos ocurridos, ¿qué podía perder si lo confesaba?

No podía existir ya mayor distancia entre ellos.

Lo que nunca se había visto modificado por el libro blanco, había sido la adopción de sus primas y la conformación de su familia. Ellas habían sido sus pilares inamovibles para vivir feliz. Les debía todo. Y estaba segura de haber echado a perder las cosas. Quería abrazarles fuertemente y rogarles que no le odiaran. ¿Era eso un deseo irrealista? ¿Hizo bien en contarles la verdad? ¿Le habrán creído acerca del caso Kira, de las Death Note y del Life Book? ¿O solo le tomaron por lunática? ¿Cómo podría volver a mirarles a los ojos? No estaba segura de qué debería hacer ni por dónde empezar. Desde luego, su mente no podría tener ideas muy creativas en este momento, estando recién despierta, con aún lagañas en los ojos. El aturdimiento aún no había terminado con ella. Pero esas cuestiones no tenían una respuesta, aún con la mayor de las inteligencias.

No se iría tan rápido el dolor que la había impulsado a tales acciones, a poner punto final con su existencia. Era una mole de padecimientos que le había drenado el espíritu por mucho tiempo. Podía sentirlo latente. Sin embargo, había un pequeño rayo de claridad en su mente. No muy fuerte ni cercano, pero ahí estaba. Eso era un comienzo. No sabía de dónde había salido ni porqué. Lo cierto es que sus gritos internos empezarían de nuevo en cuanto pudieran y, quizás, si de verdad estuviera ese algo que le estaba dando fuerzas, podría resistir. Así aún era muy pronto para determinarlo, ni siquiera había interactuado con alguien como para confirmar eso.

¿Madge quizás? La mejor amiga de su madre. Quien fue una especie de niñera cuando era un infante y con quien tenía gratos recuerdos. Los años más inocentes de su vida se los debía ella, le guardaba un profundo cariño, que la distancia y el tiempo no habían marchitado. ¿Acaso la aparición de una especie de figura maternal había atemorizado a sus demonios internos? La mente se apacigua cuando encuentra amparo, aunque sea por unos segundos. Cuando se reencontraron, Misa estando con arma en mano, su dolor puso un freno, si bien fuera momentáneo. Simplemente no pudo seguir. No tuvo el valor para pegarse un tiro enfrente de alguien a quien apreciaba tanto.

A veces no notamos cuánto extrañamos a una persona, hasta que la vemos o la enfrentamos. Sonrió con gesto amargo. Los momentos duros son los que te recuerdan cuánto quieres a alguien. Por otro lado, pensó que si ella misma estaba fuera de la historia, la verdad le dolería menos a sus pupilas, pero con su propia muerte de por medio ciertamente empeoraría todo. Suspiró. Debería escribir un libro que se llamase Cómo agregar complicación a tu ya difícil vida, por Misa Amane.

Había estado perdida durante tanto tiempo. ¿Había encontrado un eje?

Quizás debía empezar progresivamente. Necesitaba hablar con muchas personas. Sus primas serían el escalón más arduo sin duda alguna, siendo las más jóvenes y de principios idealistas. Pero L era el más cercano en lo que respecta al tema en sí y puede que Madge le siguiera por detrás. Iba a ventilar muchas cosas. Guardaba emociones dentro suyo que nadie conocía.

Pero ya era hora que se enteraran.

Se incorporó en la cama, quitó de por medio la gran mayoría de colchas y de frazadas que yacían encima suyo. Estiró su espalda. Su cuerpo estaba realmente descansado. Sintió escalofríos al salir del calor de las sábanas. Apoyó los pies en suelo, o eso creyó. Pero lo cierto es que las plantas de sus pies rozaron una superficie que difería de la felpa de su alfombra. Observó hacia abajo. Era de extrañar que aún no hubiera hecho aparición su fiel compañero, el Life Book. Por suerte lo avistó antes de ponerse de pie, resbalarse y pegarse un porrazo que no necesitaba. ¿Clásico, no? Se agachó, lo recogió y lo depositó en la cama. Bostezó sonoramente y refregó sus ojos.

—Missy, ¿cómo te encuentras? —una voz suave y melodiosa le habló. Misa condujo su mirada hacia esa dirección. Madge se le acercaba con precaución. ¿Había estado todo este tiempo en la habitación?

—Madge… —Misa le abrazó sin esperar un minuto, tomando desprevenida a la otra mujer—. Lo siento… —musitó suavemente, aferrándose con un toque infantil. ¿Qué peso tiene una simple disculpa para tales actos? ¿Disculpa por haber atentado contra su propia vida? ¿Disculpa por haber truncado la vida de otros? ¿Qué clase de disculpa se pide por tales actos? Tras hablar, dio cuenta de lo mundano de sus palabras. La anciana le correspondió el abrazo y acarició su cabeza, ignorando este torbellino de dilemas dentro de Misa.

—Me has dado un buen susto —le reprochó—. No solamente a mí. A todos tus allegados.

Misa suspiró y se separó de ella.

—Lamento que te vieras involucrada de este modo. No era la manera en que yo quería que volvieras a Japón.

—Niña, pues con tus ideas no me has dejado muchas opciones… O volvía para salvarte o para despedirte en un ataúd —comentó tajante y preocupada—. Admito que jamás me imaginé una bienvenida con tanta adrenalina.

Misa sonrió de lado, con lentitud.

—He de pedirte que no me juzgues… sé que te pido una tarea imposible. Pero te necesito —ella sabía que esas palabras podían tomarse a mal luego de tantos años sin verse ¿Recién ahora requería su presencia? Sin embargo, en la expresión de Madge, había una amabilidad genuina.

—Misa, escucha, me es imposible juzgarte también… Lo que sucedió, lo que viviste e hiciste son hechos complejos. En todos mis años jamás oí de nada semejante, aun cuando trabajé con la policía...—rememoró en su mente viejos recuerdos—. Debo encontrar el modo de procesarlo, de comprender los contextos, los motivos que te llevaron a comerte tales actos, las herramientas que te ayudaron… Una vez entienda todo, aceptaré la verdad sobre ti —hizo una pausa breve—. A pesar de la situación, no te dejaré sola. Buscaré entender el espantoso dolor que cargas,… pero por ahora no es necesario que indaguemos en él. Busquemos respirar.

—Eres muy benevolente —Misa lagrimeó un poco—. Casi irrealista,…soy una criminal ¿lo sabes?... ¿no sientes horror, ira, vergüenza, repudio hacía mí?

—Quizás si hubiera estado en el momento de los hechos… Pero tengo el lujo de verlo todo en frío, como un pasado al que puedo disecar y estudiar al detalle. Así que no —respondió con tranquilidad y seguridad—. Seguro, la sorpresa amenazó con matarme cuando me relataron esta información… pero ya me encuentro serena —cerró sus ojos mientras cavilaba en lo siguiente a decir, había en su rostro líneas de cansancio—. Hay algo que debes tener claro…las personas no somos una baraja de rótulos inmutable, podemos dar vuelta el tablero tanta veces como deseemos. Podemos ser algo mucho mejor de lo que fuimos.

—No creo merecer tanta comprensión…

—Bueno, entonces tendrás que trabajar para merecerla —sentenció como si fuera un juez—. No creo en el castigo que no conlleve retribución a la sociedad.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre hay una solución. Piensas que le has quitado mucho al mundo, ¿no? O que por lo menos, tus actos fueron tan terribles que no hay forma de arreglar nada… Bien, es probable que no vayas a prisión. Por lo tanto, sería conveniente aprovechar tu libertad para accionar bien y entregarle algo a esta sociedad que valga la pena —Madge tomó asiento en la cama—. Nada te quitará la culpa ni el remordimiento, es algo con lo que tendrás que aprender a vivir… Pero sí puedes lograr que se te mire con indulgencia de nuevo. Que al menos tus conocidos vuelvan a sentir confianza en ti. Tienes fortuna y fama, lo que se traduce en poder. Úsalo para un bien útil.

—Suena como un plan idealista —por supuesto que le encantaría practicar algo de filantropía en vida, pero jamás pudo considerarlo real. Ni siquiera había sentido que pudiera contra la culpa.

—Creo que es mejor plan que el suicidio —acotó tajante—. Ibas a crear un desastre… supongo que eres totalmente consciente de eso —intentaba elegir las palabras cuidadosamente pero sin abandonar la honestidad, dudaba mucho de la actual estabilidad mental de Misa—. Dejar solas a esas chiquillas, con todo lo que ya han sufrido… sé que no eres así de egoísta…Tu mejor decisión en la vida fue acercarte a ellas, ¿me equivoco?

—En lo absoluto… —Misa rehuyó de su mirada—. Llegué a pensar que estarían mejor sin mí. Me ha dominado el dolor y no he sabido hacerle frente.

—Ahora tendrás tiempo para eso… Me adelantaría a decirte que has tenido algo de suerte. Esas criaturas aún esperan por ti, con todo el cariño del mundo.

—Aún no comprenden lo sucedido…—Misa cerró los ojos, intentando frenar las lágrimas— Han de odiarme.

—Están confundidas… no lo negaré —advirtió la doctora—. No será fácil… pero no desestimes el amor que te tienen. Porque es lo que puede salvarte.

Misa asintió cabizbaja. En los días venideros debería dar muchas explicaciones y pensar con toda claridad qué es lo que haría.

—Entonces… respóndeme ¿Cómo te sientes Missy? —inquirió la anciana echándole una mirada de escrutinio.

—Mejor que en mucho tiempo… sin embargo, temo que sea eso una fachada, mis demonios aún duermen… pero cuando despierten…

—Estaré yo aquí para ayudarte —le tranquilizó mientras posaba una mano en el hombro izquierdo de Misa—. Ningún otro fantasma del pasado volverá a buscarte y si vuelve a suceder… Estaré junto a ti —aseguró. Misa no podía creer lo que oía, ¿Madge le daba palabras tranquilizadoras simplemente para mantenerla estable y a salvo o había franqueza en todo aquello? La anciana jamás había dado su palabra en vano, sus dichos eran sinceros—. Es temprano para hacer promesas… pero no vuelvas a contemplar la idea del suicidio —Misa se silenció mientras le oía—. Ahora no buscaré cuestionarte más… —prosiguió Madge—. Pero toma este tiempo para reflexionar, no para martirizarte. ¿Está claro?

—Sí… muy claro —que lo entendiera no significaba que fuera sencillo aplicarlo, ¿Acaso no había deseado lograr algo así durante semanas?—. Presumo que debes tener muchas dudas con respecto a la historia que te deben haber contado —suponía que L debía haberle facilitado los datos de los que Madge estaba al tanto.

—No tienes idea…—resopló Madge—. Cuando oí todo por primera vez pensé que era una broma muy pesada y elaborada… una de muy mal gusto. Una locura. Pero resultó ser tu historia…

—Con el tiempo te aclararé todo, tienes que conocer mi versión de la historia —respondió tímida—. Y tú tienes mucho para contarme también, ¿eh? —se animó a sonreír, aunque el momento no fuera idóneo—. Han pasado muchos años desde que nos vimos por última vez.

—Tenemos que ponernos al corriente, eso es verdad. Lamento no haber estado aquí para auxiliarte mejor en tu dolor… Has pasado por mucho.

—Pero ahora te tengo. Es lo que importa.

—En efecto —afirmó con seguridad.

—Admiro tu calma… ¿Sabes? De niña pensaba que eras una especie de gurú para mí. Tienes la capacidad de apagar mi infierno interior. Y al parecer, no soy la única que ve esa habilidad en ti… dime ¿L ha sido quien te trajo hasta aquí? —una pregunta cuya respuesta no era necesaria, mas le interesaba saber cómo se dio todo.

—Ese sujeto…ese sujeto…—renegó Madge poniendo una mano en su frente, no sabiendo qué pensar—. A pesar de todo, debo reconocer que estoy agradecida con él.

—Curiosamente, comprendo ese sentimiento… —podía juntar todo el enojo del universo, que aún así una parte sí misma siempre le estaría agradecida a ese flacucho y desgarbado ser. De algún modo L continuamente le ayudaba con una situación u otra. Y no guardaba rencor hacia el detective por lo sucedido con su intento de suicidio, podría hacerlo por muchos otros hechos pasados, pero no con el presente. No guardaba rencor hacia ninguno de sus salvavidas, de hecho ¿Cómo podría?—. Ryuzaki siempre se está entrometiendo en cada situación, ya es algo rutinario —Agregó con simpleza. Aunque en las últimas semanas había notado una pronunciada ausencia por parte de él, una muy dolorosa—. Es un fisgón de alta categoría.

—Así que se trata de un hombre… Ryuzaki —la veterana procesó la información— ¿Es ese su nombre?

—Algo así…

—¿Algo así? ¿Acaso tiene más de uno?... Me pone de los pelos tanto misterio, tanto rodeo —Madge acotó hastiada.

—Con el tiempo te acostumbras —Misa se encogió de hombros. Con el pasar de los días uno se cansa de darle relevancia a las peculiaridades de L y comienza a aceptarlo. La anciana le observó con curiosidad—. Ya le conocerás mejor —agregó, como si aquel suceso si fuera algo inevitable.

—¿Has visto al "mejor detective del mundo" en persona? —Madge hizo gala de ironía y de una sorpresa fingida.

—Sí,... dados los hechos, somos como una especie de viejos conocidos —era una forma vaga de definir la relación que los unía, sin embargo, al mismo tiempo era precisa.

—Hm, ya veo… —Madge cavilaba sobre lo que sabía del caso Kira, cuya síntesis se la había facilitado Watari. Si Misa estuvo involucrada en esos hechos, en parte tendría sentido que conociese a la persona detrás de esa letra L. Dos criminales, un detective. Solo uno de los culpables es condenado, el otro es perdonado. Evidentemente se perdía de varios detalles. Por otro lado, la preocupación de Ryuzaki por evitar la muerte de Misa había sido llamativa. ¿Por qué un detective de renombre ponía tal empeño en mantener a una criminal viva? ¿Para ser sentenciada y que cumpliese condena? Misa no parecía haber pasado por ningún proceso legal y tampoco parecía que fuera a hacerlo. Había otra razón. Una que Madge había sospechado a leguas— Pues… menudo príncipe azul te has venido a buscar —y con sarcasmo se lo hizo saber.

Misa emitió una risa cansada.

—No… definitivamente no… sería un sin sentido —negó rápidamente. Era verdad que no lo había buscado. Nunca imaginó sentir atracción por él, de hecho. Pero ahí estaban sus sentimientos latentes. ¿Era algo que Madge debía saber en esos momentos? Claro que no, ya suficiente ensalada de información debía tener dentro suyo. Paralelamente, ¿de dónde Madge había sacado esa idea? No tenía pruebas. Ella no estuvo presente cuando el caso Kira y, tampoco, en la muy posterior convivencia entre ellos. ¿Serían simples conjeturas de una anciana casamentera? A Misa esa idea no le resultaba convincente, ¿qué veía Madge que ella no? ¿A qué venía eso? También cabía la posibilidad de que siendo una persona que recién entraba al panorama, pudiera tener ideas erradas. Muy erradas. Lo estaba sobrepensando demasiado—. L está más cerca de ser una rana que un príncipe —Misa bromeó suavemente para distraer a la veterana.

—Pareciera que se le da bien los dos papeles —Madge le siguió el juego.

—Creo que ya es suficiente con que haga el papel de sí mismo —dijo Misa pensando en que Ryuzaki no podría ser más inconfundible—. Si has hablado con él me darás la razón.

—Tener una charla con él no ha sido de mis experiencias favoritas, es cierto —aclaró con diplomacia—. Lo que me recuerda, hace unas horas este hombre llamó para saber de tu estado… y me solicitó que en cuanto estuvieras consciente y en condiciones, le permitiese hablar contigo… —Madge pudo notar como la postura de Misa daba un pequeño respingo—. Escucha, no permitiré que hables con él si sé que podría causarte un daño o una amargura. En estos momentos es fundamental que te mantengas bien Misa —tal vez no debería haberle hablado de la llamada, pero era conveniente no ocultar cosas—. De todos modos, tengo en cuenta que él ha sido quien ha orquestado tu salvación… Podría haberme advertido antes de que todo pasara a mayores, eso sí.

—No es su culpa… —y esa era una verdad a medias—, yo podría haberte buscado también… pero no tuve el valor —lamentó Misa—. He querido intercambiar unas palabras con él desde hace un tiempo… quizás sea útil hacerlo ahora —Madge le contempló con incredulidad ante la repentina decisión—. Confía en mí, no será una llamada que pase de los cinco minutos.

—Cinco minutos son suficientes para cualquier cosa.

—Hay cosas que necesito preguntarle,… necesito respuestas… y es difícil comunicarse con él.

—El saber ayuda a vivir, pero también a causar angustia. Tu situación no es la más ventajosa para recibir verdades impactantes.

—Lo sé… —dijo Misa con pesar—. No obstante, he vivido por mucho tiempo en la ignorancia… no quiero volver a ella —respiró profundo—.Tú misma me lo dijiste, deberé aprender a vivir con lo que hice y con lo que fui…

—Puedes empezar mañana.

—No —le dio la espalda y luego volvió a mirarle—. Quiero que sea ahora.

Madge suspiró.

—Puedes quedarte escuchando si eso te tranquiliza —Misa le sugirió.

—En lo absoluto.

—Cálmate… no me estoy exponiendo a nada radiactivo… Contra todo pronóstico, comparto mucho con él. Y quizás, si hubiera podido tener esta charla antes, mi mente hubiera resistido más.

—¿Aún estamos de acuerdo en que ese hombre no es el mejor de los interlocutores?

—Sí. No busco tener un momento afable. Sino uno sincero.

La pobre anciana recargó su peso sobre una de sus piernas y miró hacia arriba, como si esperara una iluminación. Tomó aire y lo meditó por unos segundos, seguido de eso dio media vuelta sobre sus talones y se acercó hasta el sillón donde había estado sentada durante unas largas horas previas al despertar de Misa, allí se encontraba su pequeño bolso de uso personal, lo tomó y de él extrajo un teléfono celular.

—Luego refréscame la memoria,… creo que no recuerdo la parte en que este hombre se convirtió en tu aliado.

—Me ha salvado.

—Y años previos te quería tras las rejas.

—Es complejo.

—Subestimas tu propia historia. Es más que complejo —volvió a tazar la idea con el aparato en mano, hasta que desistió y se dirigió hacia Misa. Con expresión aún dubitativa le extendió el teléfono y Misa lo recibió. ¿Desde cuándo Madge tenía uno? Lo último que Misa recordaba de ella con respecto a la tecnología, es que ni siquiera tenía contacto con la televisión.

—¿Ahora posees un celular? —desvió el tema de conversación.

—No es mío. Me lo ha entregado L, en realidad, su mayordomo… ya sabes, para estar en contacto —Madge desestimó aquella idea con un movimiento de ojos—. Tengo entendido que sólo tiene un número registrado. Y debe ser el que necesitas para contactarle, yo no entiendo mucho de estas cosas —¿Así que Madge había recibido un teléfono para mantenerse comunicados? Entonces ¿para qué cuerno estaba esa especie de pantalla táctil que el propio detective había instalado en una de las habitaciones de su casa? Porque desde un principio se hablaban por allí, esa era la idea. Misa entrecerró los ojos. Aquel celular no era otra cosa que un micrófono, es decir, una vía de espionaje. Como ahora podía distraer a Ryuk con manzanas, L necesitaba un nuevo medio para vigilarle que fuera realmente efectivo. Era una sospecha y desde luego, no se trataba de un dispositivo común y corriente.

Como fuese, si ese teléfono servía para comunicarle con él, por ahora dejaría pasar el resto.

—Gracias Madge —dijo Misa al recibir el aparato. Desbloqueó el celular y buscó el registro de llamadas.

—Estaré en el pasillo, llámame cuando termines —la doctora enfiló lentamente hacia las puertas de la habitación y al salir dejó la salida a medio cerrar—. Sigo desestimando esta idea—le recordó amistosamente.

Misa suspiró, sabía que la anciana estaría desde los pasillos escuchando o por lo menos, tanteando los tonos de voz que emplease, las emociones que trasmitiese durante la llamada. Era una falsa privacidad. Como fuera, ella misma le había ofrecido estar presente y Madge había rechazado la idea como tal. A estas alturas, con todo lo vivido con L y con su propia vida en el estrellato, ¿qué podía representar la idea de privacidad para ella? Una vieja pelea que no quería retomar.

Encontró el registro de llamada y marcó. La línea sonó durante unos segundos, se mordió los labios. ¿Hay algo más atemorizante que buscar la muerte por cuenta propia? Sí, intentar hablar con alguien a quien uno ha buscado con esmero y al fin encontrarle. Es curioso cómo el humano se altera y cómo evalúa a qué situación darle mayor importancia, aún cuando ésta puede ser una total tontera.

Esa ansiedad hecha de hule y plomo al mismo tiempo, resbaladiza y pesada. Difícil de mover, difícil de atrapar.

Doctora, escucho lo que tenga para informarme —la famosa voz robótica, casi ya un sello de personalidad, hizo su aparición. Por lo que se ve, L esperaba la llamada de Madge y no una de ella. Quizás no estuviera espiando o solo guardase apariencias. No importaba, estaba algo inquieta como para prestarle atención a esos detalles.

Tragó duro.

—Ryuzaki, soy yo —dijo Misa, tras ello hubo un silencio prolongado y un sonido de traqueteo desde el otro lado de la línea—. Madge me dijo que habías llamado.

Misa, ¿cómo te encuentras? —la voz metálica había desapareció, L la había deshabilitado. Su voz humana, aún carente de carisma, sonó preocupada.

—Mejor... de algún modo, estoy tranquila —una calma que no era plena, pero sí presente—. Ha sido un viaje del cual no quiero repetición… Lamento el alboroto.

No te concentres en eso, sino en tu bien,… No vuelvas a incurrir en tales ideas… ¿Has descansado correctamente?

—Sí, he dormido profundo por muchas horas.

Bien, ¿has comido algo?

—No todavía, pero lo haré en breve… —no había dado cuenta pero estaba hambrienta, su estómago perecía por la falta de contenido. Tendría que empezar a prestarle mayor atención a su organismo. Se apenó—. Supongo que deseas sermonearme…

Negativo. No lograría nada con eso.

—Hmm… es una lástima, es como una tradición entre nosotros —Misa comentó extrañada, sentía la necesidad de reclamarle, había un rumor en su interior que paulatinamente empezaba a conquistar terreno hasta ser ensordecedor. Un ruido que Ryuzaki alimentaba con su ausencia.

Hoy será la excepción.

—Prométeme algo —su voz tembló—. Nunca vuelvas a dejarme sola en este asunto.

No lo hice —su tono sonó levemente molesto.

Misa tomó una bocanada de aire.

—A ambos nos une una historia… podré ser la culpable en todo esto, pero no podrás negarme que merecía tu atención, aunque sea unos minutos —había ira, tristeza y frustración que había reprimido esas semanas y ahora encontraban liberación—. Te he estado buscando. Todo este maldito tiempo te he necesitado.

Lamento mi ausencia. Sin embargo, era crucial mantener distancia —había un deje de culpabilidad en su tono—. Además, ha habido otros acontecimientos que han requerido mi tiempo.

—Eso es una excusa —Misa entrecerró los ojos. L estaba siendo demasiado esquivo. ¿Acaso intentaba no alterarla con explicaciones?—. Sé lo que piensas… Que no merezco compasión por ser una criminal.

Te recuerdo que Madge llegó a ti por mí. Fui yo quien dispuso los elementos necesarios para frenar la situación —ahora su tono había evolucionado en un pronunciado enojo. Misa tenía el mérito de extraer sus emociones más recónditas—. Te he otorgado más que compasión…

—No lo entiendes… eso no es lo que te reclamo… Agradezco todo lo que has hecho antes por mí, tanto ahora como antes. Pero, ¿por qué me ignoraste por semanas? Un par de palabras tuyas me habrían bastado. Tu indiferencia, creas o no, me ha hecho daño —se sinceró sin perder la voluntad—. Cuéntame la verdad —sabía que Ryuzaki era un mentiroso sin remedio, pero tenía la esperanza de escuchar algo honesto.

No es algo que debamos charlar ahora, no es conveniente para ti. Sólo me interesa saber de tu estado —su voz se había apagado un poco, había cansancio detrás de ella.

—¿Y lo que me interesa no cuenta?...Mi estado también depende de ti L, cuento con esta conversación para cerrar un círculo —Misa se refregó las sienes. Sin dudas, el detective no era el candidato ideal para una tertulia—. Tienes la inteligencia emocional de una roca —estaba afligida con él, semanas de buscarlo y cuando al fin podía contactarle, la conversación se limitaba a un escrutinio de su salud. Suponía que tenía sentido si lo miraba con detenimiento, Ryuzaki era puro raciocinio analítico.

Un largo sigilo encontró lugar del otro lado de la línea. Misa relajó su postura, la conversación no estaba resultando.

No hubiese servido de mucho el enfrentarte y detenerte en tu suicidio con mis propias manos,… no me habrías oído, porque no sabes hacerlo y te ciegas por tus emociones, ambos sabemos que mi presencia te desboca. Ergo, enviar a alguien de tu entera confianza era la manera más efectiva de interrumpir tus actos —L articulaba enfadado, cosa notable aún por detrás de su flemática locución.

—Ya veo…—respondió con lentitud cabizbaja, sentía cierto desconcierto, de pronto el coraje juntado se desvanecía y el enojo caía en aguas frías, quedándole tan sólo la tristeza. Se mordió los labios y sacudió la cabeza—. No me mal entiendas, Madge pacificó mi infierno en un santiamén… Pero hubiese deseado verte a ti también… Aunque sea escucharte —se sinceró, no quería ocultarlo más.

Ryuzaki no contestó. De nuevo su mudez fue súbita y dilatada. Esa charla estaba teniendo demasiados impasses, como si no pudieran comprenderse entre sí. Apenas circulaban dos frases que volvían a callarse. Como si el enfrentamiento fuera duro. Misa temió, no quería que la llamada se cortase ahora, con lo mucho que había deseado conversar con él. Sin embargo prosiguió hablando, necesitaba dejar ir sus pensamientos. Puso el foco en otra inquietud que sentía.

—¿Acaso no deseas ponerle fin al caso Kira con tus propias manos? ¿Terminar el asunto de una vez por todas?

Explícate.

—Jamás me condenaste. Ni el más leve de los castigos mientras que Light yace enterrado 7 metros bajo tierra desde hace años. ¿Por qué?

Es una larga historia.

—Y yo tengo mucho tiempo… Literalmente puedo vivir por siglos, a pesar de haber hecho el trato de los ojos, Jelous, un shinigami, dio la vida por mí, de modo que me transfirió su esperanza de vida,…

Y no fue el único —acotó el detective con cierta resignación.

Misa frunció el seño sorprendida. ¿De qué hablaba L? Y al momento lo supo con amargo sabor. Sintió como sus entrañas se retorcieron ante la idea.

—No… No… Dime que no hablas de Rem… —Misa rogó con clara negación. Jamás supo cuál había sido el destino de su shinigami, lógicamente, tras perder sus recuerdos y al recobrarlos su mente no poseía respuestas. Era un espacio en blanco que acababa de notar. Una incógnita que descubría con máximo dolor.

Precisamente… —admitió L con reserva, a punto de relatar lo sucedido. Misa emitió una exclamación de horror mientras escuchaba—. Rem, tu shinigami, en el clímax del caso Kira, convino accionar a mi favor para finalmente detener a Light… Deduje que Light sacaría partido del cariño y de la sobreprotección que dicho Dios de la Muerte expresaba sobre ti, para aniquilarme... puesto así, antes de que tal cosa ocurriese, celebré un trato con Rem, cuyas cláusulas establecían por obligaciones mi consentimiento de tu libertad absoluta, así como la protección de la misma, a cambio del desenmascaramiento y muerte de Kira por parte de Rem…—expuso en términos generales, lo cierto es que el contrato era mucho más complejo—. No obstante, dado que la shinigami moriría por dichas acciones y no estaría para vigilarme, se aseguró del cumplimiento de las estipulaciones forzándome a sellar el trato con sangre, sobre un papel de aparentes poderes sobrenaturales… lo que tiene por eterno efecto una especie de encadenamiento entre nosotros, que sólo me condena… Todo daño físico, y en un grado superficial psíquico, que recibas, me repercutirá a mí… En síntesis, tengo que cuidarte si no quiero que me mates accidentalmente...

Misa contuvo la respiración mientras Ryuzaki hablaba y la dejó ir cuando el relato acabó, como un sollozo pesado que deseaba extraer todo el malestar de su cuerpo. El sacrificio de Rem generaba truenos en su sistema.

—Ryuzaki… —susurró. Nunca se hubiera imaginado tal cosa—. Esto es…Perdóname… Rem… siempre buscó protegerme… —no hallaba palabras que el pasmo no envenenase. Refregó la palma de la mano izquierda contra su rostro. Aunque la información le cohibió en las honduras, no era la explicación que aguardaba. A pesar del dolor, un detalle le llamó la atención: L había pactado un trato insano, sobre un papel con poderes para vincular personas por medio de sangre, le sabía tan familiar… apestosa y aparatosamente familiar. ¿Rem había tenido a su alcance el Life Book?... No podía ser.

Afirmativo.

Ella volvió a suspirar con abatimiento. Tras aquella charla Misa tendría mucho para reflexionar, especial, por Rem. Era tantísima la información recibida y las emociones sobrepoblaban su mente. Sin embargo, la parte más complicada de la conversación aún estaba por venir.

—Entonces… podemos decir que la mayoría de las veces te has arriesgado excesivamente conmigo… Me sorprende aún más que no me hayas encerrado en una asquerosa celda para mantenernos a salvo.

Con franqueza, esa idea ha surcado mi mente diversas veces… Pero llevarla a cabo significaría infringir en el incumplimiento de mis obligaciones de manera deliberada al quitarte tu libertad… Por lo que pagaría las consecuencias igual. Y no deseo causarte más daño.

—¿Has probado deshacerte de ese papel? ¿Quemarlo, triturarlo?

Desde luego. Sin embargo, goza de indestructibilidad…

—Quizás yo sí pueda deshacerme de él. Y serías libre —teniendo en cuenta que era la actual dueña del Life Book, tal vez gozase algún poder sobre las extensiones del mismo, suponiendo que ese pedazo de papel lo fuera—. Déjame probar en algún momento.

De acuerdo… —Ryuzaki sospechó del porqué Misa pensaba que podría lograr éxito en dónde él no pudo. Había sometido a ese pedazo de papel a todos los maltratos posibles y no había obtenido resultados. La verdad tenía que ver con ese libro blanco, aquel que Misa denominaba Life Book en su testamento. Porque sí, Watari ya le había enviado una copia del documento y ya lo había leído. Deseaba intensamente interrogar a Misa sobre todo lo que sabía acerca de ese objeto, pero aquel no era el momento, dado que primero su dueña se hallaba indispuesta y segundo prefería ver y examinar el objeto en persona, haciendo las preguntas correspondientes. Dudaba que Misa fuese a cedérselo de todos modos y Watari no había tenido suerte hurtándolo. Ese objeto no parecía inerte ni manipulable.

—Una vez yo me deshaga de ese trato… ¿Me llevarás ante la justicia?

Suponiendo que puedas y lo dudo,… Sí, Misa, lo haré —respondió imperturbable, probablemente algo aburrido. No obstante, temía que esa respuesta pudiera afectar a Misa.

—Entiendo… Si no termino siendo condenada a muerte, ¿podría… retribuir de alguna manera a la sociedad? Quiero decir… Sé que no enmendaré nada... y que el asunto no se arregla simplemente con dinero… Pero quisiera lograr un bien mayor, dejar un legado y que éste no sea el del segundo Kira… He hecho mucho daño… Cuando mis padres fueron asesinados, el dolor descolocó mis principios, me convertí en un monstruo…que siguió a un monstruo mayor… No quiero que mi dolor vuelva a causar tales errores…

Es una posibilidad que puede estudiarse naturalmente,… además tu influencia social podría ser útil para el cometido.

—Bien… En todo caso,… te pediré que me guíes en esto. Y si la justicia decide que debo morir, dejaré a tu juicio dónde mi dinero puede ser un héroe.

Está bien… —Ryuzaki aceptó parcamente, ponía en tela de juicio que esos momentos fueran los más estratégicos para mantener esa clase de charla, si bien hasta hace unos minutos había aceptado darle el espacio a Misa para ser escuchada, era momento de mermar— ¿Hay algo más que necesites hablar ahora?

Misa resopló. Qué pregunta. Sí. Había algo más. ¿Lo mejor para el final? O ¿sólo aquellas palabras que no podría hilar nunca en una conversación normal con L? Aquellas malditas palabras, tan peliculeras y tan ciertas.

Dudó, como una hoja que se mece por el viento, siendo rasgada de su rama, aquel milisegundo en cuya duración se desconoce si proseguirá entre el boscaje o se caerá al suelo siendo pronto arrastrada por la brisa. Elegía el suelo, fuera tierra, pavimento, agua o fuego.

Todo era mejor que el silencio.

Incluso contra la frialdad y la actitud calculadora de su interlocutor, no callaría. No había tormento que le asustase en este caso, la mente de ella gozaba de una emancipación y una claridad que sólo el borde de la muerte había logrado confeccionar y afilar. Y ninguna consecuencia le haría arrepentirse de esta decisión. Tenía que dejarlo ir.

—Tan sólo el puente para entablar discusión —fue irónica, si bien careciese de humor por el momento—. Quiero confesarte algo, aunque hasta hace unas horas pensaba llevarme conmigo este secreto a la tumba…De hecho, durante esta conversación, he estado pensando si no debería seguir guardándolo… Pero qué más da… No juzgues lo que estoy por decir, porque es sincero y no se apoya en ninguna de mis actos recientes. Es algo que acarreo desde hace mucho mucho tiempo.

Está bien, dime —el detective pensaba que Misa por fin le hablaría del Life Book, sin embargo sus expectativas estaban muy lejos de la realidad.

Y Misa esperaba no cortar el cable incorrecto de la bomba.

—No espero que lo entiendas… Yo misma aún intento descifrarlo… El asunto es que mi mente no sabe en qué lugar situarte, porque mis sentimientos se han liado gracias a ti. Has creado un caos en mí… Podría odiarte como Kira, como criminal, como enemiga tuya… pero como Misa, sólo puedo amarte. Es un cariño inocente que he desarrollado en estos últimos años y que ha logrado sobrevivir a pesar de la historia que compartimos... Ryuzaki, me he enamorado de ti.

Corto circuito.

Oh, silencio mortal que robas nuestras voces...

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-.-

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El 5 de julio de 1962 Argelia conocía la Independencia con Francia fuera de sus fronteras, cuya consecuencia establecía oficialmente el Islam de rama Sunnita como religión nacional. Para que más tarde se identificara al noventa y nueve por ciento de la población como musulmana. Dejando a un uno por ciento compuesto por el cristianismo, el cual se abría en unos treinta mil protestantes, diez mil católicos y unos pocos de miles judíos. Si bien en la constitución argelina la libertad de religión fuese contemplada, distante era de ello los actos gubernamentales, así como la tolerancia de los sarracenos hacia las creencias occidentales. En tal contexto, numerosos templos y catedrales habían sido clausurados, ultrajados y destruidos por los atentados. De modo que eran contadas las iglesias en pie. Aunque para sus fines, daba igual. En las afueras de la ciudad de Orán, sobre un descampado previo a la playa del mar mediterráneo yacían las ruinas de una basílica desmantelada a finales de los sesenta. Alejada del mundo, amplia para ocultar, abandonada para no ser recordada, digna para ser perdonado. Esa había sido su retorcida preferencia.

Siempre empleando el rigor del pormenor, siempre usando la aguja del pajar.

Lo suyo era tan factible como intentar llorar sin lagrimales, vivir sin latidos y gritar sin cuerdas vocales. Había respirado cada día de su vida gracias a las excepciones y corajes. Las leyes de la física se arrodillaban ante él y callaban sus efectos.

Un actor actúa, la redundancia firma con pluma de oro, por lo tanto, de él tan imposible, sus acciones no podían escapar a un destino distinto. Hacía del agua, fuego. Un autor que reciclaba la genialidad de la ficción para introducirla en su vida, para darle hechos, para cumplirla, para desmentir las creencias del vulgo.

Era impulsivo y tanto como lo hacía la frialdad, alcanzaba y sobrepasaba límites encerrados en conceptos inverosímiles dentro de una realidad que podía ser asfixiante pero que de alguna manera se dejaba agujerear para que el oxígeno surcase.

Entre otras palabras, ampliaba la esencia de lo posible, conquistando territorios vírgenes en su nombre.

No había medicina, política, milicia, ciencia o religión en sus funciones, en su trabajo. No podía ser delimitado por una categoría o por un oficio. No era un engranaje más en la sociedad, lo que entendido de otra manera significaba que no existía. Aunque había sido criado para volverse un reemplazo —que visto así se trababa sobre ser amoldado a un puesto sin permitirle proyectar un porvenir propio o una labor diferente o creer en sí mismo a alguien inédito—, por así decirlo un pseudo-detective, un pseudo-L. Porque jamás igualaría al original.

Muy a pesar de que no fue obligado, la libertad bajo esos términos se volvía intermitente o parcial, objeto de una irregularidad que no siempre estaba en su control. Porque si se hubiese negado, era evidente que siempre hubiese permanecido bajo el ojo de la providencia de su predecesor.

Sin embargo, los propósitos de Quillsh Wammy por clonar de la forma que fuera al prodigio al que dedicaba su entera vida había sido todo un fracaso. No había recepción para tal gen en su encéfalo, por lo que en lugar de dar raíces y crecer fue agonizando hasta esfumarse gracias al discernimiento de varios leucocitos, que desde el principio advertían su auténtica complexión y que lo que ambicionaban inculcarle no era precisamente compatible consigo. Él no era un activista de la justicia, aún cuando pudiese ostentar dotes deductivos y vocación por la investigación.

De todas maneras, aunque Wammy hubiese sido un gran influyente, no tenía la culpa de su situación. Y tampoco impugnaría su propia naturaleza: no podía prescindir del estímulo para mantener a su intelecto satisfecho, que a menudo se vio representado por casos delictivos. Mas, la angustia por ser el número uno, le impedía disfrutar lo que fuera.

Y ese fue su error, cegarse y condenarse por no poder cumplir con una talla hecha a medida única y no propia. No poseía duda alguna, de haber seguido pretendiéndolo lo habría conseguido —porque como explicó, había sido entrenado para volver sal en azúcar— no obstante habría logrado aborrecerse por completo gracias a las exigencias personales que se hubiese impuesto, dado así que no habría adquirido el éxito deseado. Él era considerado un sucesor, pero también un genio del siglo XX y XXI. Quizás podría haber sido un literato intenso, un matemático relativista, un triunfante ejecutivo y ¿por qué no un detective? Fehacientemente fundado en sus reglas y sistema exclusivo.

Ahora discernía la sensata y erudita decisión de Linda al rechazar ser una de ellos. Ella tuvo claro en mente qué le amparaba y qué le complacería más. A diferencia de él que fue presa de la intransigencia, altanería y de un complejo de inferioridad que mal sanaba actualmente. La rivalidad le colmó las venas y por mucho tiempo fue lo que su corazón bombeó, un recelo enfermizo que le problematizaba sucesivamente. Fue durísimo aceptarlo y darse cuenta que todo el esqueleto de su vida, al cual se había aferrado tozudamente, sólo era un acopio de articulaciones y piezas óseas débiles en calcio, que se quebrarían si las siguiere forzando.

La tribulación abatió fibras sensibles, a tales efectos que había logrado experimentar la objetividad neta, luego de sentir agudamente la inexistencia y cuando no, el fracaso.

Reconocía que gozó de las ventajas y de las recompensas del trabajar con su equipo, se guardaba gratos momentos a pesar de todo, además no renegaba de la admiración hacia L y de la enseñanza sobre la voluntad de lograr un bien social como la equidad penal. Mas, lo que debió haber hecho fue saciar el hambre de gloria viviendo para sí, no maniáticamente alerta a lo que hacía su competencia y tampoco bajo la dependencia de alcanzar las expectativas ajenas. Nunca debió compararse.

Debió y no debió. Era pasado. Y en su presente traía chocolate guardado en la guantera, entre otras cosas, junto a un shinigami de copiloto.

Era tarde y todavía subyacía el deseo de ser útil, en algún momento se resignó a ser una herramienta pero no volvería a sucederle. Comprobaría la fuerza y la rentabilidad de sus acciones. Esta era su última oportunidad para su revancha.

En esto terminaba la pérdida de todo sostén familiar, básicamente, cada gramo que había compuesto a su vida cuando niño; el cuidado de unas monjas en una abadía que fue su destino siguiente; la estadía en el orfanato siendo un sendero diáfano, seguro, hospitalario y que por sobretodo auguraba un futuro —por el socorro recibido debía sentirse agradecido pese realmente a todo—; haberse convertido en uno de los selectos a la orden y gusto de un superdotado excéntrico cuya identidad estaba animada por el misterio del anonimato y colaborar para el mismo durante los últimos años. En esto terminaba todo y ésa era la historia de su vida.

Comprendía totalmente a Beyond Birthday, si bien antes había temido en caer tan bajo como él. Ahora era distinto.

—Entonces… Mello, ¿así has dicho que te llamas efectivamente?… ¿Por qué traicionaste a tu jefe?

Los caló con la mirada por el espejo retrovisor. La luneta trasera estaba totalmente empañada al igual que los cristales laterales y el parabrisas no yacía lejos de alcanzarlos. Entre más se distanciaban de la metrópoli, más crudo y gélido se tornaba el clima. Encendió el desempañador. Cuando había tenido la breve oportunidad, había depositado una caja debajo del asiento del piloto y ahora ésta se agitaba un poco, por lo que la movió con el pie izquierdo. Observó como Sidoh miraba curioso el sistema de calefacción, tenía estrictas órdenes de no levantar nada ni hacer ruidos sino se lo pedía.

—Entre sus filas, jamás encontré oportunidad para progresar.

Todo fue eliminado de su camino: la microcámara que llevaba Sidoh, el artefacto que Sonny bautizó como Telepathy Bot, la laptop que hacía de telecomunicador, en sí cualquier clase de conexión o línea que le vinculase con su equipo. Nunca fueron muchas y la nulidad era su nueva elección. Lo que fue material ardió en el fuego de la chimenea y lo que no, con un par de tabletas de chocolates decidió colaborar con su causa. Libre de incordio y libre de respaldo o ayuda. Había encubierto su localización al escabullirse. Estaba solo. En verdad, lo estuvo antes de hacer aquello y luego de tomar esta decisión de accionar solitario. La deducción encarnaba más que un método especulativo y calculador con el afán de estudiar los ingredientes de un suceso o elemento para darle vuelo a una verdad, era un nexo comunicacional entre líder y herederos, por lo que no hubo necesidad de informar en lo absoluto, sus congéneres estaban al tanto. Y al parecer, no había voluntad de detenerlo.

A las pruebas se remitía para patentar el hecho de que a ninguno de su tropa le importaba mucho lo que él fuera a hacer. De lo contrario, le hubieran impedido estar allí.

—Hemos hecho lo que has solicitado… recuérdanos ¿cuál es el trato? —el más joven de los dos hermanos sentados en los asientos traseros de un Hyundai Genesis negro, extrajo un abano de la caja que les había obsequiado y lo prendió mientras cuestionaba. Ambos individuos habían recibidos varios archiveros en forma de carpeta como una pequeña muestra de todo lo que él poseía sobre L y sus investigaciones. Así, les había convencido de venir con él, de meterse en ese auto y aceptar a realizar un negocio, un trueque, un canje de mercancía. Esos dos hombres, conocidos como el dúo Hansson en el mundo de los negocios, de traje y aspecto ario, jóvenes hermanos, ambiciosos y arriesgados por el poderío que la infromación podía otorgarles, estaban aceptando entrar en una apuesta peligrosísima, si así se trataba del premio gordo. La ambición, por primera vez, jugaba a favor de Mello.

—Como ya les había explicado con anterioridad… Entre mis haberes yace confeccionado un compendio de documentos, escritos y legajos en su mayoría originales, compuestos de informes, registros, fotografías, muestras sobre casos, datos exclusivos sobre las mayores organizaciones mafiosas, etcétera. Todo lo que necesitan saber del bajo-mundo… Les entregaré esa información, a cambio de la suya. Absolutamente todo lo que saben y tienen de L.

—¿Qué nos asegura que la información no sea falsa? ¿Crees que no sabemos lo suficiente del crimen organizado? —el más joven de los dos había dejado uno de los archiveros de lado y cuestionaba.

—No todo lo que la base de datos de L puede ofrecerles… ¿Piensan que daría la espalda a L sin poseer armas válidas con las cuales defenderme de él? Esa documentación es verídica.

—¿Y cómo es que L todavía no ha iniciado ninguna persecución contra ti?

—A ciencia cierta debe considerarme de momento un problema secundario, con la certeza que podrá deshacerse de mí con facilidad más tarde. Por otro lado, sólo han pasado pocas horas desde iniciada mi deslealtad… —cambió de marcha en el auto—…Ustedes se han arriesgado al subirse a este auto y creer en mi palabra…

—Si lo que prometes es verdad, estaríamos frente a una fortuna… Somos vendedores de información, roedores de cables, hemos vivido siempre de esto…todo riesgo es válido, cuando se trata de información… Las fotografías que poseemos son apenas bosquejos de un gran negocio… lo que tú podrías darnos significaría el santo grial del sabotaje, algo diez mil veces mejor… Cualquier nación, organismo de inteligencia o fuerza milicia se enloquecería por tener todos los datos necesarios sobre L… Después de todo, no somos los únicos que creemos que su justicia es mero autoritarismo y capricho… —uno de los hermanos sonrió cínicamente, ellos habían sido quienes habían puesto a la CIA y al FBI en contra del famoso detective—. Además… siempre podemos matarte, así que nos da igual… aunque sería preferible no hacerlo en pleno movimiento… —A esos tipos parecía no preocuparles ni estorbarles nada—. Pruébanos tus verdaderas intenciones… ¿Cómo sabemos que has traicionado a L realmente, que esto no es un plan?...Y ¿qué todo ha sido una manipulación tuya para traernos hasta aquí y evitarnos participar del juicio?... Porque, sin nuestra presencia, nuestros abogados no podrán hacer mucho…

—Este no es un plan de L… Su estrategia se basaba en demandarles y llevarles a juicio, mientras realizaban su viaje de negocios, no esto… Además podría haberles entregado habanos envenados… si me interesara quitarles del camino y no lo he hecho —contempló por el espejo cómo los hermanos continuaban fumando con comodidad.

—Esa hubiera sido tu idea... no la de L. Entre sus estrategias, carece de presencia el asesinar a sus adversarios… No prueba absolutamente nada.

—Es cierto, pero podría cumplir las órdenes de L de diversas maneras… él a sus subordinados da ciertas libertades… Como fuere, tengo algo más que ofrecerles a efectos de que me crean, qué será parte del trueque… ¿Han oído de las Death Notes? ¿Las libretas de la muerte? —se observaron entre ellos disimuladamente. Sidoh lo miró expectante.

—Son sólo una leyenda…

—No estaría tan seguro… —extendió su brazo derecho y abrió la gaveta del auto. Sidoh no se perdía un solo movimiento. Atrás suyo, oyó los chasquidos característicos de un cargador entrando en la culata de un arma y de la primera bala ingresando en el cañón. Mello no se inmutó en ningún momento, sabía que venían armados y sus reacciones eran propias del desconcierto—. Las Death Notes son objetos que no pertenecen a la naturaleza humana ni preceden de ella… Los Shinigamis, Dioses de la muerte, son sus portadores y creadores… —de la gaveta había extraído un sobre blanco.

—¿De qué mierda se supones que nos hablas? —Mello imaginaba que, a estas alturas, llevaban arma en mano. En cierto modo, los había asustado. Le tomaban por loco.

Mello les entregó el sobre y ellos lo recibieron con incredulidad.

—Abran el sobre, dentro contiene una hoja…una hoja de una Death Note… si la tocan, podrán ver a un auténtico Shinigami —la hoja que les había dado, era la misma que Ryuuzaki le había enviado hacía meses para que él mismo conociese a Sidoh. Nunca se deshizo de ella.

—Continúa con estos chistes y te perforaremos la cabeza —abrieron el sobre como si se tratase de un virus empaquetado.

Mello guardó silencio y en breve, agudizando el oído, oyó la contención de la respiración, exclamaciones guturales de sorpresa y maldiciones rezadas entre dientes. El porte relajado había desaparecido de sus rostros. Sidoh le miraba sin saber concretamente qué hacer. El chico movió un par de dedos sobre el volante, en señal de negativa, para que el Shinigami se quedase quieto y callado. A poco de ello, explotaron un par de estruendos de disparos. Mello frunció el ceño, el sonido le aturdía y dejaba un vacío inflado dentro de sus órganos auditivos, no oía mucho pero el ruido que se generaba a su alrededor presionaba su cabeza. Sin embargo, no mostraba ningún signo de disturbio, continuaba conduciendo.

El vehículo, en una marcha que no sobrepasaba los sesenta kilómetros por hora, empezó el tránsito por una ruta campestre irregular dada la existencia de baches y el precario pavimento. Para luego doblar y adentrarse entre la hierba a menor velocidad. Se trataba de un camino marcado por las huellas de algún otro auto que con anterioridad había irrumpido en la explanada de la playa.

Por el espejo retrovisor interno les echó un vistazo. Poseían dos pistolas Colt. Los casquillos del par de balas que cayeron libremente en el interior del auto, se agitaban en el suelo con cada nueva maniobra y chocaban con la caja que estaba debajo suyo. Los hermanos realizaron los disparos como si esperasen que la imagen que veían detrás del asiento del copiloto se desvaneciera o el supuesto artefacto que la generaba se descompusiera agujereado. Pero lo que ciertamente habías logrado era propinar orificios en el sector derecho del parabrisas, en la ventana de la puerta derecha, en el asiento del copiloto y en la gaveta —pobres tabletas de chocolate—. A su suerte no hubo ninguna bala desviada, había tomado un gran riesgo.

El algún momento temió que Sidoh decidiera huir, sin embargo había cumplido todas sus indicaciones hasta ahora. El shinigami había ostentado temerle a él, pero estos sujetos no parecían amedrentarle, incluso cuando le habían disparado sin consuelo. Entre los dos hermanos, habían acabado dos cargas completas de municiones, si su cálculo no fallaba. A menos que trajeran cargadores extra, se habían quedado sin disparos.

—¿De qué se trata esta payasada?

—Él, lo que ven, es un Shinigami.

—Hola, soy Sidoh.

—Habla… —musitó inconscientemente uno de ellos, el mayor, que exhibía unas canas ligeras que caían en su frente—… ¿Ninguna clase de tecnología holográfica…? ¿Es un ente animado por algún tipo de sistema?

—Para nada. Sólo un Dios de la Muerte, la mítica figura del folclore japonés —Mello proseguía con su monotonía de respuestas. El shinigami yacía encogido, con sus extremidades y alas plegadas, sólo su cabeza y parte de lo que podría ser su tórax sobresalía del asiento—. Él es el guardián de la Death Note que espera junto a toda la información, en el refugio a donde les llevo.

Sidoh estiró su cuerpo y atravesó el asiento, de modo que su cabeza y garras yacían próximas a los dos individuos, que indudablemente se apartaron al verle acercársele con expresiones de repulsión. Una creatura de aspecto reptil-ovoide, de brazos de insecto, cabeza vendada y de ojos amarillentos que carecían de pestañeo, no era una bonita visión obviamente. El shinigami extendió uno de sus brazos y le arrancó de las manos la hoja del cuaderno de la muerte al más viejo de ellos dos y regresó a su posición original en el asiento del copiloto.

—Cómo ven, un holograma no podría atravesar cosas sin distorsionarse y mucho menos tomar objetos físicos o externos a él… —Mello explicó brevemente. A Sidoh hasta le había llegado a divertir la actitud de los hermanos. Éstos guardaron silencio, buscando recobrar la compostura de alguna manera.

Por los orificios de bala se filtraba el frescor del exterior y el sonido de la hierba siendo aplastada. La dirección del auto fallaba un poco al doblar a la izquierda, probablemente debían haber averiado la rótula de dirección, apreciando por donde los proyectiles habían penetrado en el tablero. El auto pertenecía a la compañía de esos tipos, se habían negado a utilizar un vehículo extraño a ellos, por lo que daba igual. Y si no lo fuera, también. Sólo esperaba que resistiera lo poco que quedaba de camino, el cual había sido muy sinuoso. El aroma del mar se coló y pese a la oscuridad de la noche podía distinguir en la distancia su destino, la construcción a la que se dirigían.

—Danos una demostración de tu poder… shinigami —el hermano más joven se dirigió a Sidoh demandante—. Si eres lo que aparentas ser...

—Eso será muy sencillo… Sus nombres son Rune y Christer Harmonisson… Rune en este momento está pensando que este auto no está preparado para recorrer estos senderos y que un vehículo todo-terreno hubiera sido mejor elección… Christer está intentado evitar una jaqueca, pensando en la suma de dinero que obtendrán si me exhiben como fenómeno de circo… —Sidoh regresó la mirada sobre Mello, aparentemente no comprendía mucho el concepto de "circo" o cómo se aplicaría a él. El dios de la muerte sólo había leído sus pensamientos en el aspecto literal, sin hacer interpretaciones. Los hermanos guardaron silencio, con una que otra gota de sudor frío resbalando por sus caras. Eran de procedencia sueca, rescató Mello en su mente. El país de origen siempre era buen comienzo para una investigación.

—¿Ha sido suficiente?

—Definitivamente… —Rune, el muchacho más joven, moduló con cuidado mientras evaluaba de pies a cabeza al espécimen a efectos de comprender—. Si la leyenda es cierta... ¿Cómo funcionan las libretas concretamente?... ¿anotas a alguien allí y ya?

—Se requiere conocer el nombre verdadero y el rostro de la víctima —aclaró Sidoh.

—Tentador… Entonces, si la hoja que se nos dio antes formaba parte del cuaderno… ¿sólo quienes hayan hecho contacto con una libreta o una parte de ésta pueden ver a un shinigami?

—Así es… —Sidoh tenía prohibido dar demasiados detalles, simplemente debía demostrarse creíble y no titubear. Hasta podía mentir si lo deseaba, pero eso no se le daba bien.

—¿La muerte es inmediata?

—A menos de que se especifique lo contrario, sí.

—¿Puede ser destruida? —cuestionó Christer.

—Sí.

—¿Existen límites para asesinar alguien?

—Sólo físicos… El cuaderno contiene reglas que explican todo este tipo de cosas.

—Entréguenme las fotografías que poseen de L y su equipo, y la Death Note será suya, junto con toda la documentación… les presento armas de destrucción masiva que jamás nadie habría podido concebir —Mello volvió a tentarles con la oferta, comenzaban a cansarle las preguntas. Sabía cómo manipular a su antojo. Eso le había permitido con anterioridad infiltrase sin problemas en diferentes mafias y así completar investigaciones o aportar pistas sobre crímenes, pero variadas veces su impaciencia tomaba las riendas del asunto.

En breve acabaría con todo esto. Las ruinas de la catedral estaban próximas, situadas en la arena, la fuerza del mar que había comido terreno y deteriorado lo que allí quizás fue un jardín con pintorescas verjas que bordeaba la edificación y un camino que pasaba junto a él. Más allá se presentaba una costa rocosa afilada por el castigo de las olas. Y luego de ello, la oscuridad del agua que no revelaba gran movimiento esa noche. Maniobró para saltear las últimas depresiones del sendero.

—¿Por qué nos darías semejante armamento? ¿Por qué nos otorgarías toda la información? ¿Por los originales de unas fotos asquerosas…? No tiene mucho sentido... ¿Qué esconden estos cuadernos? ¿Vender tu alma o alguna idiotez semejante? ¿Cuál es el precio?

—Ninguno, las libretas no exigen nada a su usuario… Por otro lado, sencillamente no tengo intenciones de poseer uno de esos cuadernos,… Ya me he ensuciado lo suficiente las manos…. Esas fotografías incluyen mi figura en su gran mayoría, necesito resguardarme, ocultar mi identidad y no dejar que se conozca la relación que tuve con L… especialmente si accionaré en su contra.

—No obstante, es obvio que él puede hacerse de cualquier prueba que te evidencie, llámese huellas dactilares, ADN dado por muestras de cabello, etc. por el llano hecho de que has trabajado todo este tiempo para él.

—No es la clase de pista que L utilizaría para buscarme… ese tipo de métodos elementales se utilizan en la identificación de sospechosos de crímenes y en el seguimiento de su rastro… L sabe que no dejaría esa clase de evidencia tan básica por donde estuviere, por lo que su búsqueda así no daría resultados coincidentes… y él no dispersaría esos datos por los organismos anti criminales para buscarme… Además, L no sería mi mayor preocupación…—pensó en Near. Estaba seguro que tenía más posibilidades de ser encontrado por sus acciones, que por pruebas físicas. Si es que pretendiesen buscarle.

Frenó con poca suavidad frente a los restos de lo que alguna vez fue una verja y se quitó el cinto de seguridad.

Si había algo que le sorprendía, después de toda esa noche, era la extraña actitud de esos dos. Habían aceptado venir con él a cambio de información, sin hacer muchas preguntas. Y una vez sobre el camino, habían decidido cuestionarle todo lo que se les ocurriera… ¿no hubiera sido más sensato o estratégico hacerlo antes de subirse al auto, en lugar de peligrar sus vidas así? ¿Tan al extremo vivían? ¿tan confiados estaban de que Mello no representaba un peligro?... ¿le consideraban un simple subordinado que intentaba fracasadamente vengarse de su jefe por medio de ellos? O eran unos imbéciles ingenuos o unos genios estratégicos, porque no podía concebir qué pretendían. Bien él podía estarles trayendo a un sitio donde les esperaban toda una fuerza policial para capturarles y ellos le seguían sin dramas.

De todas maneras, esos sujetos podían hasta matarse entre ellos en cuanto tuvieran la información en sus manos, aunque fueran hermanos. Debía actuar con cautela. No eran psicópatas por sus actos pero sí por sus ideales. Caza-recompensas a como dé lugar, del modo en que sea… especialmente contra L.

Debían creer que matar a un subordinado de L sería una buena forma de ganar una batalla, de burlarse del detective, una recreación que les alimentaría el ego. Un acto sanguinario que demostraría su poderío o de lo que eran capaces. Puesto que el detective les desmantelaría financieramente, ellos se jactarían frente a él degollándole la cabeza a uno de sus chicos. Rodó los ojos y cerró los puños.

Bajó del auto, sin voltear a verles. La ventisca fría le dio de lleno en el rostro y por ello cerró los ojos. Estaba más despierto que nunca. Palpó con disimulo su abrigo.

—Por órdenes mías el shinigami puede matarles en segundos. Les recomiendo bajar las armas —advirtió mientras metía sus manos en los bolsillos de su sobretodo negro y se aseguraba de hallar lo que había guardado en él. Sidoh tomó posición detrás suyo. La manipulación de las pistolas cortó el silbido del viento helado por unos instantes.

El descampado yacía en la penumbra, no había alumbrado público ni ninguna construcción o instalación cercana que lo proporcionase. Mello sacó una pequeña linterna de su abrigo e inició la marcha de a grande zancadas hasta las ruinas sin mencionar nada más o dar alguna otra indicación. Había una considerable distancia desde donde habían dejado el auto hasta donde se hallaba la edificación.

—¿Por qué un sitio tan alejado? —sin embargo sus acompañantes no pretendían quedarse callados, siendo que no podían seguirle el ritmo.

—Se trata de un vasto arsenal de información impresa, era necesario resguardarlo en un lugar de extensiones considerables y que estuviera apartado de las cámaras estacionarias de la vía pública, de ojos de terceros, de registro de satélites…cualquier medio que L pudiera utilizar para averiguar esta localización…

—Pero él sí podría sospechar de toda esta zona costera, sin necesidad de estar seguro de un sitio en específico…Y siendo que peligra su pellejo, lanzar un misil podría solucionar todo.

—No haría tal cosa, puesto que en primer lugar; desconoce esta ubicación y no he dejado pruebas de ninguna clase que puedan llevarlo a sospechar de este sitio —algo que en realidad suponía y no estaba en condiciones de afirmar, pero qué comino más daba. Nunca se podía estar seguro con L—. Y si por alguna razón lo intentase basándose solamente en sus conjeturas, el mínimo error en las coordenadas representaría un saldo de miles de vidas de inocentes. L jamás arriesgaría cabezas de ese modo, ni siquiera las de los criminales.

—Es un buen punto —Christer exhaló erráticamente—… ¿Por qué la información es impresa y no digital?... Con la humedad del mar, es una idea desastrosa.

—L controla la información digital a su placer, no importa cuál sea el origen o servidor que la albergue, incluso si hablamos de información clasificada de cualquier Estado o el planeamiento de algún ataque terrorista. No obstante, no puede deshacerse de información impresa con la misma rapidez y efectividad, por lo que para esta tarea emplea subordinados suyos, cuyo número es muy escatimado teniendo en cuenta mi deserción y que el resto de su equipo se encuentra involucrado en el proceso judicial contra ustedes. Por lo que no tiene forma de eliminarla en este momento… —se encogió de hombros—. Los documentos yacen protegidos de la intemperie y las condiciones climáticas… —subió por la escalinata deteriorada y apenas visible por estar cubierta de arena.

—¿Es por ello que nos solicitaste que imprimiésemos las fotografías y eliminásemos todo registro informático?

—Exactamente.

Frente a ellos se alzaba los restos de una imponente fachada, cuyo pórtico poseía arcos ojivales y columnas cilíndricas de piedra, íntegramente erosionada. Por encima, ventanas alargadas de vitrales rotos, que se intercalaban con pequeñas estatuas destrozadas de santos o figuras angelicales. Más arriba proseguía un pequeño rosetón y terminando la delantera del edificio un gablete puntiagudo. La basílica parecía componerse de tres naves; una principal y dos secundarias, y una torre para el campanario, el cual carecía de campana y de chapitel. Las puertas del lugar eran tablones macizos de madera tallada, sostenidos por bisagras de hierro labrado antiguo. La madera tenía rincones con mogo, agujeros, grietas, zonas astilladas, etc. Todo el frente había sido objeto de ataques vandálicos, dado por ello habían grafitis y ladrillos dispersos en la arena.

Mello empujó una de las puertas, produciendo cierto crujido característico. Libró así toda clase de aromas; humedad, polvo, madera amojosada, entre otros. La puerta se atrancó a un ángulo de 45 grados con respecto de su marco, gracias a que las bisagras estaban vencidas. Por lo que no fue posible abrirle más. Los días anteriores no había tenido ese problema, ¿o había empujado la otra puerta? No lo recordaba.

Todavía así se podía ingresar. Continuó dándoles la espalda, apagó la linterna y se introdujo en la negrura de los interiores. Sidoh le siguió el paso, pegado a él. De a miradas y gestos desconfiados los dos hermanos entraron también en la construcción.

—Este chiquero no ha de tener instalaciones eléctricas funcionales…

—Es una iglesia —le corrigió Mello desde algún sitio, su voz sonaba espaciada por el eco—. Me he encargado de que posea suministro de luz para así poder estar cómodos durante nuestros negocios—en la segunda nave a la derecha, detrás de uno de los pilares que componían una larga hilera que separaba la nave principal de la derecha, se hallaba una caja eléctrica con interruptores y fusibles.

—La humedad parece haber arruinado todo aquí… —comentó Rune de mala gana, mientras encendía un nuevo habano. Christer se había bajado del auto cargando un maletín metálico y su hermano llevaba dos folders, los que Mello les había dado como adelanto. No habían tenido mucho tiempo para analizar ese pequeño compendio de hojas, pero de lo poco visto había varios informes de investigaciones sobre la Interpol, la CIA, la ONU, altercados desconocidos de la Guerra fría, de diversas Guerras Civiles, de corrupción política, etc. Un poco de todo. Información que devaluaría al Euro, el Dinar Kuwaití, la Libra Esterlina, lo que fuera. Y eso sólo había sido una pequeña muestra. Poseer el lote completo daba posibilidades infinitas. Ni hablar de la libreta de la muerte.

De manera tardía y parpadeante, se prendieron algunas luces en las naves secundarias, otras en los pilares que rodeaban la principal, un foco que pendía en el aire sujeto simplemente al cable de electricidad en la entrada, unas farolas cercanas al altar y un par de bombillas en una vieja lámpara de pie que yacía junto a un confesionario de madera unos metros a sus izquierdas. El resto del lugar permaneció oscuro.

—No todo —volvió a corregir Mello. Sus pasos retumbaban en las paredes, por lo que no detallaban una clara procedencia.

El deterioro del lugar se hizo más evidente, las telarañas eran prominentes, la pintura de los muros estaba descascarada y había trozos de vidrios por todo el suelo. Las alfombras estaban rasgadas, carcomidas y descoloridas. También había ladrillos desparramados en el interior y el techo de bóveda presentaba un agujero que parecía estar en proceso de expansión. El altar carecía de velas, mesa, sillas, cruces, todo eso parecía haber sido saqueado. El retablo donde se situaba alguna serie de estatuas, pinturas y demás ornamentos religiosos, junto con el lugar destinado a guardar la hostia, estaban estropeados, con partes faltantes, con estatuas degolladas y manchones de grafiti. Más de la misma herida que se presentaba en todo la construcción.

En la nave central se encontraban distribuidos sin ningún orden aparente, entre medio de bancos rotos y uno que otro sanos, una serie de archiveros metálicos verde pino, de cinco cajones cada uno. Debía haber unos treinta, quizás. En realidad, a medida que se acercaban la estimación parecía no hacer justicia a la cantidad. Con la poca iluminación era difícil evaluarlo correctamente. Encima de uno de los archiveros, había una caja fuerte pequeña de cierre electrónico.

Mello volvió a reaparecer junto con Sidoh a su lado y se interpuso en su camino.

—Los archiveros contienen la documentación prometida… sin embargo, deseo primero ver las fotografías.

—Bien —Rune se encogió de hombros y su hermano llevó el maletín hasta uno de los bancos sanos que se hallaban en la nave central, apenas se ingresaba en ella. Lo abrió, extrajo un sobre negro un tanto abultado y se lo entregó. Mello sacó las fotos del empaque con tranquilidad, quizás habían unas veinte. Les dio un vistazo rápido sin detenerse en alguna fotografía en particular. Eran las mismas que L había extraído a Yami Taihen y las mismas que tenía entendido habían estado almacenadas originalmente en la computadora de Sayu Yagami. Las fotos retrataban su convivencia en la casa Amane, por lo que se exhibían no solo a L, sus sucesores y su mayordomo, sino también a la familia dueña de la casa, en diferentes situaciones.

—¿Las fotografías fueron extraídas y eliminadas de la laptop de Sayu Yagami? —conocía la respuesta gracias a su líder, pero estaba interesado en ver cuánto esos tipos podían mentirle.

—Sí…la muchacha ya nos había vendido unas cuantas con anterioridad, junto con información y habíamos acordado que le compraríamos todas al poco tiempo… por supuesto eso nunca sucedió, y antes que L diera con su computadora, decidimos hackearsela para robar las fotografías y eliminarlas… Fue un juego de niños realizarlo, el verdadero reto era llegar antes que el detective… Además, en ese momento era nuestra única oportunidad de conseguir material de calidad, puesto que anteriormente no habíamos logrado con eficiencia sabotear los sistemas ni penetrar en los ordenadores de L…—Mello entrecerró los ojos, técnicamente lo que decían era cierto—. Usamos un infiltrado como lo fuiste tú para L, una vez… pero le perdimos de vista, imagino que L lo habrá crucificado —Christer bromeó cínicamente, en relación al contexto en que se hallaban.

—Han pasado un par de semanas desde el incidente de Yagami… ¿Por qué no han hecho uso de estas fotografías?

—No somos impulsivos… hemos estado evaluando nuestras posibilidades y con quién nos convendría negociar para empezar… hay una vasta oferta de compradores en cualquier mercado, no sólo en el negro. Hoy en días pocas naciones se preocupan en ocultar sus vínculos con la mafia —Rune tomó una nueva calada del habano. Mello sabía que mentían, era poco probable que no hubieran realizado negocios, esas fotografías eran como una papa caliente—. Hay que pensar bien las cosas para sacar el mayor provecho… —tras decir esto Rune, se ganó una mirada inquisitiva por parte de Mello. El sucesor dudaba mucho de la definición de impulsividad y de "hacer las cosas bien" que esos sujetos tenían. Mello observaba las fotos todavía. Eran un par de imbéciles. Desearía tener a varios de ellos como saco de box o como alfombras a las cuales pisar y ensuciar. Su vida sería mucho más saludable así.

—Aunque hay que dar el crédito… con ingenio esa mocosa obtuvo buenas tomas fotográficas... ¿Quién podría hallar el rostro de L?...y mejor, ¿estando vinculado a una celebridad?... —Christer exhaló humo—. ¿Se montaron todo un harén allí? ¿verdad?...No sólo por Misa Amane, si no por también las crías que la acompañan... incluso si se trata de las hijas de un yakuza, no son un desperdicio…

—Sólo fueron una distracción de unos días…—guardó las fotos en el sobre y se dirigió al centro de la nave principal, en donde se encontraban depositados los archiveros y la caja metálica. ¿Yakuzas? ¿Las Amane estaban vinculadas con ellos? La palabra persistió en su cabeza mientras introducía la clave en el panel electrónico de la caja fuerte. ¿Qué sabían esos sujetos de aquello? O ¿simplemente hablaban por hablar? Hasta dónde tenía sabido, la familia no tenía antecedentes criminales, a parte del segundo Kira.

—Menuda distracción, ¿no pudieron hallar zorras más caras?

—No realmente —contestó tajante. Ahora deseaba que se callasen o se ahogasen con su propia lengua, aunque le fuera conveniente extraerles información. La caja fuerte se abrió y un pequeño vapor salió despedido. Sacó el cuaderno de su resguardo y se los enseñó—. Esto… es una Death Note —Rune, con habano en boca, había empezado a hurgar en unos de los archiveros y había extraído varios folders protegidos con envolventes plásticos térmicos. Su hermano se había sentado en uno de los bancos e inspeccionaba uno los de archivos, previo a haberle quitado el envolvente.

—Parece un simple cuaderno de notas.

—Conveniente que se pueda camuflar, ¿no? —Mello les acercó la libreta negra. Christer la recibió con desconfianza y la abrió.

—¿Reglas?

—Sí. Sidoh ya les había adelantado un par.

—Interesante —se rascó el mentón mientras ojeaba—. ¿Tienes que ser el nombre verdadero de la persona, sin excepciones?

—Sin excepciones —aclaró el shinigami, que había tomado un perfil bajo en toda la escena, siempre cerca de Mello.

El muchacho rubio se alejó de los archiveros y dejó que Rune siguiera registrando a comodidad. Regresó hacia el maletín y guardó las fotografías junto con la hoja de Death Note que el shinigami había tenido en posesión todo ese rato. Le hizo señas a Sidoh y le dio la valija metálica. El dios de la muerte no emitió ningún sonido, pero aferró el objeto entre sus garras.

—Así que… se consideran los chicos buenos —Mello les dios conversación para distraerles.

—Si los hubiera, sí… pero no existen los malos y los buenos absolutos, todos hemos estado en ambos bandos alguna vez… —le contestó Rune, que había tirado el habano y lo había pisado, entretanto releía un historial sacado de uno de los archiveros. Ambos hermanos parecían haberse sumido entretenidos en la labor de revisar todo. Definitivamente eran extraños, no sólo idiotas. Mello se alejó lo suficiente como para alcanzar la serie de pilares de la izquierda en dos o tres pasos más.

—Entonces… ¿el Shinigami ahora nos obedecerá?

—Sidoh hará lo que esté en su voluntad… Nunca les prometí que él seguiría sus órdenes…

—Pero es el guardián de esta libreta…

—Eso no implica servidumbre —aclaró tranquilo. Christer levantó la vista de mala gana.

—¿Hay que ganarse su confianza? —el hombre había llevado disimuladamente su mano hacia su bolsillo. Mello se echó hacia atrás y se introdujo en la nave de la izquierda, mientras al instante una serie de disparos resonaba detrás suyo y destrozaban los ornamentos de los pilares, los pocos que quedaban en pie. ¿Ahora se avispaban? El sucesor sonrió. Podía batirse en un tiroteo con ellos pero, por muy buen artillero que pudiera ser le superaban en número y no estaba en sus planes gastar ni una sola bala. Los disparos nuevamente sonaban enloquecidos, o poco certeros, pues atacaban a la oscuridad. Como si se tratara de una ametralladora de la Segunda Guerra Mundial en pleno campo de acción que tiroteaba más allá de las colinas, la niebla o la tierra que volaba. Si esos sujetos no cuidaban su puntería, terminarían agujereando los archiveros. Entre los efímeros instantes que los disparos cesaban, podía oírles maldecir o decidir para que lado partir sin mucha idea.

Corrió por la nave izquierda, hasta introducirse en la oscuridad total. Sidoh le seguía sin problemas volando un metro más atrás. Cruzó hacia la nave principal por detrás de los numerosos archiveros, usando a su favor la sombra. Los archiveros no estaban desordenados, al menos no azarosamente. Y no todo lo que había entre ellos compartía su misma naturaleza. A simple vista parecían una gran masa de muebles metálicos verdosos.

—Nos entregarás toda esa información… y luego que harás… ¿escaparás? ¿Piensas que te dejaremos ir? —Rune vociferó con sentido del humor y la bóveda de la basílica se encargó de generar resonancia. Habían decidido divertirse.

Mello se alejó de la nave principal tras verificar que todo estuviera en orden, sin hacerle caso a los gritos que buscaban una contestación para delatar su posición. Se adentró en la nave derecha y avanzó hasta la caja eléctrica, que hace unos momentos él había abierto para dar luz al lugar. De un manotazo en los viejos interruptores dio de baja toda la electricidad del sitio. La oscuridad reinó a gusto. Se acurrucó contra una esquina mientras miraba ambas direcciones, esperando a sus ojos pudieran acostumbrarse a la casi nula iluminación, proveniente de la Luna o destellos pobres de las luces de la ciudad. Se movía siempre que oía los disparos volar, era de la única manera que sus pisadas no se oían retumbar entre las paredes. Le pareció oír un rugido en el aire, en lo lejano, como un silbido áspero o raspado.

El apagón de las luces produjo chasquidos y el cese del tiroteo por un largo rato. Al parecer sí traían varios cargadores consigo. No le importaba realmente, confiaba en que nada de ello les serviría. Por sobretodo, ¿quién en su sano juicio dispara a bocajarro dentro de interiores estando a ciegas? Era claro no sabían utilizar un arma o no le temían a una bala perdida. Por ello no se tomó la molestia de evitar que vinieran armados. Siempre tuvo la sospecha que esos dos individuos eran más hombres de código binario que de código de combate. Usaban las armas porque las tenían, no porque supieran cómo. Era increíble que hubieran sido ellos quienes habían jodido sus existencias durante tres años. Podrían tener crédito informático y estratégico, pero con el oro entre las manos perdían fácilmente la concentración.

Tenían a un metro y medio una ventana alargada y de poca anchura, que proyectaba una línea delgada de luz precaria sobre el suelo. Previo a dar varios vistazos a su alrededor, acercó la oreja izquierda hasta la ventana e intentó rastrear el sonido que había percibido anteriormente. Eran bramidos, el crujir de la hierba siendo aplastada; previo a deslizarse por un camino lleno de baches y de arena. Contempló la playa oscurecida y a lo lejos las discontinuas verjas blancas que se mantenían de pie torcidas o rotas. La ciudad se mostraba por sus altos edificios sumisa tras la neblina.

Vio aparecer varias farolas de automóvil, lo único que delataban la llegada de vehículos, además del rugido de motores y su avance dificultoso por el terreno. Se detuvieron antes de las verjas, muy cerca del auto que él había dejado allí hace no mucho. Había llegado la compañía. Por lo poco que podía apreciar, se trataban de cinco coches. Retomó a su posición contra la esquina y hurgó entre los bolsillos de su sobretodo, extrayendo un aparato de cuerpo metálico.

—Piensas que estamos solos… ¿cómo creerías que nos llevaríamos todo esto?... El auto tenía un chip de rastreo, lógicamente no dejaríamos que nos trajeras a la nada sin respaldo… —los hermanos volvieron a gritonear, en este caso creía reconocer la voz de Christer.

Mello blanqueó los ojos y observó el detonador entre sus dedos. Un objeto de cilíndrico que consistía de dos botones y un interruptor. Frunció el ceño y meditó varios segundos. Apretó el segundo botón.

En las afueras de la catedral un primer estallido desgarró el silencio como un trueno cayendo en el medio de una plantación, volátil e infernal, generando llamaradas inmediatas que iluminaron como si se tratara de pleno medio día o de grandes reflectores de campos de futbol americano. La onda expansiva amenazó con quebrar los suelos, porque agitó el terreno como si fuera un abanico. Inmediatamente sucedieron estallidos en cadena que ahogaron toda percepción. La humareda irrumpió en el interior de la basílica con la fuerza de un tornado, y todo lo que el resplandor de las llamas iluminaba el humo teñía de hollín y ceniza. Los gritos provenientes de la playa estremecían por su agudeza y el horror del dolor.

El olor a combustible, a gas y a acero quemado se propagó junto con el humo. El fuego se incrementó y tomó posesión de las hierbas silvestres rápidamente, incendiando los alrededores de la playa como una antorcha enorme. El mar azotaba violento la costa, a las espaldas de la catedral, que yacía en medio de los dos elementos. Una nueva explosión se produjo lanzando un vehículo por los aires, éste aterrizó a metros de la basílica, estorbando su entrada. Mello tosió ahogadamente y regresó sobre sus pasos para acercarse a la ventana estrecha, que aún filtraba un poco del aire de mar.

Tenía la tranquilidad de pensar que ninguna de estas explosiones podía causar un tsunami, dadas sus bajas potencias.

El automóvil que había utilizado para transportarse junto con los otros dos sujetos contenía debajo del asiento del piloto una caja con una bomba dentro. La había preparado como maniobra auxiliar en caso de algún desperfecto en el plan original. Era consiente desde el principio de la posibilidad de que estos dos tipos no viniesen solos. Las personas que habían aparcado próximas al auto se trataban de subordinados y asociados a los negocios de los hermanos. Gente del bajo mundo. Y que pese a ello, nunca quiso asesinarles.

Creyó haber escuchado exclamaciones de desconcierto desesperado de los tipos que aún se encontraban con él en las ruinas. Mello rebuscó en el interior de su sobretodo en donde había almacenado un revolver con sus municiones, una máscara de gas y una linterna. Extrajo la máscara de gas.

La Death Note que había entregado a los hermanos era falsa, del mismo modo que lo era todo ese lote de información exclusiva de L que había ostentado poseer e intercambiar. De hecho, había comprado un cuaderno de apuntes común, de tapa y contratapa negras, y le había encargado a Sidoh escribirle las reglas y darle toda la apariencia que él creyese necesaria. Y dado que ninguno de los dos hermanos habían visto una libreta de esas antes, no cabía la posibilidad de comparación o de deslegitimación. Los archiveros y la caja fuerte los había adquirido de un edificio de oficinas antiguo que estaba a punto de ser demolido al otro lado de Orán. Toda la documentación había sido obra de su invento, de su capacidad literaria. Todo totalmente falso. Ciertamente, los primeros veinte archivos de cada cajón en los primeros diez archiveros a la vista, poseían informes y registros apreciables, el resto estaba relleno con hojas en blanco o con garabatos cualesquiera.

Los numerosos archiveros metálicos, situados en el centro de la nave principal, rodeaban y encubrían a dos tanques de gas del mismo color, y junto a ellos la madre de las bomba caseras. Los tanques los había robado de la fábrica de insecticidas de esos dos tipos. La bomba había sido de su propia fabricación. Tanto la que se hallaba en la basílica como la que había explotado en el auto. Esa era una de las utilidades que había aprendido infiltrándose en la mafia.

Confiaba en que L aprovecharía la oportunidad de saquear y registrar libremente las oficinas de la empresa, los departamentos y demás lugares, teniendo a los dos zoquetes de sus dueños fuera. Esa había sido parte de la idea original de la noche. Por otro lado, era necesario alejarlos de los juzgados para que el juicio se celebrase sin defensa por parte de los hermanos, lo que resultaría un triunfo sin más. Por último la obtención de las fotografías o parte de ellas, en caso de haber copias. Esperaba que Sidoh no tuviera dificultades. Si Ryuzaki ordenaba una inspección en las propiedades de los hermanos, finalmente las hallarían todas.

—El viaje a Hong Kong tenía por fin empezar a comerciar las fotografías de L… ¿¡Todavía piensas que no hay copias!? En este momento, en China hay representantes nuestros vendiendo esas fotografías… Tu líder está hundido —Rune gritaba a los cuatro vientos, enfurecido e irritado por haber perdido a sus refuerzos, conscientes de lo que les aguardaba.

Mello volvió a sonreír. Era muy conveniente que en Hong Kong se hallasen Aiber y Sunnhnee en plan de capturarles ¿no? Estaba seguro, que a pesar de no tratarse de los hermanos en ese viaje, Ryuzaki les habría ordenado actuar de todos modos para atrapar a quienes fueran y extraerles toda información posible. Con todo así, estaría en situación de confirmar que el movimiento de las fotografías había sido neutralizado.

—Sidoh… —le llamó en un susurro, el shinigami respondió con un quejido—. Vete ahora, llévate la maleta, resguárdala bien y escapa por el agujero del techo… ahora no te verán. Vuela sólo de noche, a grande alturas y ocúltate en el día, nadie debe ver una maleta o un objeto no identificado surcando el aire. No mires atrás, lleva esto a L si pretendes recuperar tu cuaderno… ¿has entendido? —le recordó las instrucciones. Mello le observó asentir, lo tenía lo suficiente cerca como para distinguirlo.

El shinigami se alejó de él y se internó en la penumbra del espeso humo, con el maletín entre sus largas garras. Ese maletín, además de contener los supuestos originales de las fotografías, era un mensaje simbólico dirigido a L. Un mensaje de éxito.

Estaba a punto de seguir quitando vidas. Cerró los ojos con fuerza. No tenía escapatoria de todos modos.

Con el mar acechando, ganando terreno todo el tiempo... ese sitio parecía insalvable. Había sido profanado vilmente, olvidado y humillado. Destruirle era una opción para detener tales actos. Además era una edificación totalmente aislada, cuya demolición no afectaría a otras.

Con los planes trastocados y con la información a punto de difundirse, cortar las cosas de cuajo parecía lo más sano y práctico. Sino, sería un círculo vicioso enloquecedor. Y L lo sabía. El mundo entero se vería involucrado si se quiere, no sólo su líder y equipo, sino también los externos a ellos como las Amane y los niños de la Wammy House. Y ni concebir la idea de países destrozándose unos a otros por conocer descripciones verídicas del rostro del famoso detective. Más que el negocio del siglo, podría ser una hecatombe sacada del mismísimo infierno. Un incendio mundial. No podía dejar escapar a esos sujetos con toda la información que sabían gracias a Sayu Yagami.

Buscar justificaciones al aire que le diesen un sentido a sus acciones sólo eran engaños para llevarse a la tumba.

Él no era un héroe, sólo una grieta en la pintura perfecta que luchaba por expandirse. Y que no permitiría que le parcheasen.

Vio a Sidoh desplegar sus alas fantasmales e iniciar vuelo, para desaparecer por el gran agujero del techo. La penumbra robó mayores detalles, lo perdió de vista. Suspiró, sintiendo una gran angustia en su pecho. ¿Fue siempre un caso perdido? O ¿podría haber logrado otras cosas realmente?...Como sea, ahora ya no interesaba. Él no iba a ser parte de las víctimas de la noche, porque era el propio artífice de su suerte. Nadie escribiría su destino en una Death Note.

Había olvidado las tabletas de chocolate en la guantera del auto. Chasqueó la lengua.

Tenía opciones, siempre las tuvo. El veinte por ciento de sus expectativas que no se vinculaban con la vida que había llevado. Frunció el ceño, el arrepentimiento no podía caer más gordo en un espacio tan reducido y agobiado. Una vez más, sabía que replantearse las cosas no tenía ningún sentido para él. La impulsividad había sido un modo de vida más que un defecto. Observó la máscara de gas en sus manos. ¿Para qué la había comprado? ¿Ese era su arrepentimiento? ¿Las posibilidades que no querían irse? Lo que fueran, se lo estaban haciendo más complicado.

Se mantendría firme en su posición. No era resignación. No era dolor. Era su decisión.

Miró a la nada. Sus acompañantes estaban hablándole a los gritos, buscándole, pero él les ignoraba por completo. Aflojó sus hombros y se relajó. Por unos momentos, las luces de las llamaradas del exterior que se filtraban por huecos y ventanas, se esfumaron de su mirada y su respiración se volvió suave. Tragó duro y lo vio claro. Si tendría que vivir, abriría la oportunidad y si no, su futuro cerraba allí. Se colocó la máscara de gas. Había parloteo a su alrededor, los otros individuos hablaban entre ellos y de cuando en cuando se dirigían a él sin saber dónde estaba, hundidos en una terrible desesperación por hallarle. Si no se hubieran dejado llevar por el éxtasis del botín, deberían haberle matado hace tiempo. Eran imbéciles y se le hacía indigno tener que ensuciarse las manos con esos tipos. Él valía mucho más que eso.

No se lamentaría más. Arrugó el ceño y tensó la mandíbula. Su mirada se chispeo de voluntad y sus nudillos debieron blanquearse. Les haría arder tanto que ni las cenizas quedarían. Sabía que no habría perdón luego. Y que si salía vivo o no el infierno le esperaba. De alguna forma debía quemar su insano enojo, ya no podía con él.

—Esto es lo último que puedo hacer —comentó para sí.

Apretó el detonador.

El infierno abrió sus fauces, la tierra dejó de ser tierra y el cielo vio volar la vida en pedazos.

Pero él no traicionaría a L, él no era Beyond Birthday.

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Dos explosiones de gas se registraron en la costa este de Orán, en lo que pareciera las antiguas ruinas de un templo perteneciente al catolicismo, a las 4:36 de la mañana del día 22 de noviembre del año corriente. Se desconoce aún si existen víctimas fatales que estuvieran adentro o en los alrededores del sitio. Un cuerpo de bomberos se encuentra ya trabajando en el lugar, cuya área se halla parcialmente cubierta por llamas, dada la presencia de hierba seca descuidada del sitio. Una ambulancia y dos patrullas policiales acaban de arribar a la zona… Informe matutino, la Radio Costera de Orán. 5:30 AM

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Notas de Autora: Tras más de 6 años de ausencia, he salido de mi tumba y aquí me tienen de nuevo. No sé si alguno de ustedes, mis queridos lectores, aún aguardaban con paciencia titánica una actualización, y de ser así, su espera ha terminado. Debo disculparme, los derroteros de mi vida me han alejado de terminar esta historia, pero nunca lograron que mi mente se apartase del ideal de concluirla. Fiel a mi palabra, he vuelto.

Agradezco infinitamente su amor incondicional y su paciencia. Siempre leo con emoción los comentarios nuevos y viejos. Son ustedes mi inspiración.

Life Book es para mí mucho más que un fanfiction. Con él desarrollé mi hábito de escritura y mi amor por contar historias. Es y ha sido mis rueditas de entrenamiento. He crecido con él. Y como tal, merece ser finalizado épicamente. Sueño con algún día poder publicar mis propias novelas.

Estecen atentos, porque pronto vendrán los últimos capítulos y podremos conocer el final de esta historia.

Sobre este capítulo he buscado retratar el dolor, la depresión y la muerte. En mi hacer no he escatimado en descripciones ni en situaciones porque… la mente es un desarreglo constante de pensamientos y emociones, y como tal merece ser vista, en sus más extremos y lastimosos momentos.

Misa ha pasado por una de las circunstancias más difíciles de su vida. De pronto recordar que ha sido una asesina serial y que no puede remediar ni comprender sus acciones pasadas la mortifican. La culpabilidad de múltiples hechos la llevan a tomar decisiones precipitadas. Pero no todo tiene que terminar así. Aunque tarde, Ryuzaki ha intentado ayudarle, fiel a su estilo por supuesto. Y puede que nuestro librillo blanco haya tenido que ver en el desenlace…

Entre ellos dos, han surgido muchas verdades ¡Misa finalmente ha declarado sus sentimientos por el detective! ¿Cómo reaccionará L? Desde luego, es una sorpresa para él y la incredulidad lo colmará. Veremos cómo maneja la situación próximamente y si de su parte logra sincerarse también.

Dallas, Lizzie y Madge enfrentan un gran conflicto moral. El amor que sienten por Misa se ve contradicho por los terribles actos de la misma como segundo Kira, agravados por el intento de suicidio. Será un gran reto sobrellevarlo y comprender lo sucedido. ¿Podrán volver a la normalidad? ¿La familia se recompondrá? Además, ahora conocen a las Death Note y al Life Book, dichos conocimientos no las dejarán indiferentes.

La representante de Misa continúa hospitalizada y lejos de recuperarse. ¿Sonny sabrá lo de su madre? ¿Logrará verla antes de que suceda lo peor?

Al parecer Ryuzaki comienza a sentir desinterés y hartazgo por todo el mundo. ¿Será parte de la influencia que Misa tiene sobre él por medio del contrato de Rem? O ¿Se sentirá así por cansancio y falta de aire? Por otro lado, L se entera plenamente de la existencia del Life Book, ¿conocerá la verdad sobre este objeto y Misa?

Finalmente, tenemos a Mello, que ha orquestado su propio plan para deshacerse de aquellos tipejos que les vienen complicando las cosas dese hace un buen tiempo. Puso su vida de por medio, se reveló contra su equipo y sólo Near va en su rescate, ¿qué sucederá finalmente con él? ¿Habrá sobrevivido? ¿Dallas se enterará de este hecho?

Demasiados dilemas que se irán resolviendo en los próximos episodios.

¡Nos veremos!