Capítulo XXI: Rompiendo las cadenas

-¿Cómo que ya no estaremos divididas?

-¿Prisioneras del Ala Norte en el Ala Sur?

-¿Compartiremos celdas con esos trasgos?

Muchos eran los comentarios de las mujeres del Ala Sur en esos días, porque el nuevo alcaide había impuesto unas nuevas ordenanzas dentro de la prisión y una de las cuales consistía en terminar con la segregación existente entre las internas del Ala Norte y las del Ala Sur. En términos más procesables, las violaciones iban a aumentar de forma trágica y la vida dentro de la prisión sería más difícil y dolorosa.

Por supuesto, las más afectadas por la noticia eran el grupo de amigas al que pertenecía Ginny. Stephanie rugía en todo momento, tratando con violencia las cosas y caminando como si estuviese pisando cucarachas; las demás la entendían porque sabían que ella era una chica muy temperamental y se molestaba con facilidad. Como contrapeso, estaba Luna, a quien parecía darle lo mismo la nueva ley y paseaba por la prisión como si estuviese en un parque. Laura le dijo a Ginny que la rubia nunca había sido violada a causa de su extraña forma de ser y las del Ala Norte creían que estaba completamente chiflada y no la tomaban en cuenta, pese a que no era para nada fea.

Según el nuevo alcaide, la implementación de la nueva ley se haría efectiva de forma paulatina, tomando un total de dos semanas reacomodar a todas las prisioneras de una forma equitativa. La mala fortuna quiso que una de las primeras celdas en ser ocupada por una de las brutas del Ala Norte fuese, precisamente, la celda de Ginny. La pelirroja vio cómo los guardias arrastraban de forma inmisericorde a Stephanie, quien pataleaba y golpeaba a los gendarmes como si ella estuviera en un manicomio en lugar de una prisión. Diez minutos después, dos guardias acompañaban a un mastodonte de mujer, atada de manos por gruesos grilletes y, cuando se los quitaron, aquella pobre imitación de chica fue empujada hacia la celda y la cerraron. Ginny tuvo que arrugar la nariz para soportar el mal olor que provenía de la persona que acababa de convertirse a la fuerza en su nueva compañera de celda. La mujer se quedó mirando a la pelirroja por un largo rato, deslizando su vista de arriba abajo, contemplando con evidente lujuria la anatomía de su nueva compañera. Una sonrisa macabra se insinuó en el rostro redondo de la recién llegada, pero Ginny, habiendo soportado tantas situaciones como aquella, no se amedrentó y devolvió la mirada a la interna de manera desafiante.

Tres pisos más arriba, en el último nivel, Luna pasaba por una situación similar, sólo que la prisionera que se iba a convertir en su compañera de celda no parecía haber salido del Ala Norte, pues era perturbadoramente atractiva, aunque tal despliegue de belleza no fuese aplicable a su cara. La rubia miraba con una leve curiosidad a la mujer, sentada en su litera con las manos entrecruzadas por los dedos.

-Tú eres la chica Parkinson, ¿o me equivoco?

Pansy no dijo nada. Se quedó mirando a Luna como si ella fuese una cucaracha particularmente grande y babosa, pero a la rubia parecía importarle poco o nada la opinión de la recién llegada. Continuaba sonriendo ligeramente, mostrando simpatía cuando otra chica le hubiera encajado un puñetazo en la cara de esa morena estúpida al segundo de verla.

-¿Te puedo preguntar algo? Si es que puedes responder –dijo Luna, cediéndole la litera de abajo a Pansy, quien no podía creer que esa chica estuviese siendo tan amigable con ella-. ¿Cómo es que llegaste a estar en el Ala Norte si te pareces tanto a nosotras?

Mientras Pansy se debatía entre responder a la rubia, un verdadero drama se gestaba en la celda de Ginny.

La pelirroja estaba dispuesta a cederle a la recién llegada la litera de abajo, lugar donde acostumbraba dormir, pero la interna no parecía estar contenta con nada que Ginny le ofreciese. Ella se atrevió a preguntarla qué era lo que deseaba, a lo que la mujer respondió con cuatro lapidarias y crueles palabras.

-Te quiero a ti –dijo con un gruñido.

Ginny puso los brazos en jarras, mirándola con decisión. Una lágrima la traicionó sin embargo, porque fue Hermione quien le enseñó a ser fuerte y no sucumbir ante la desesperación frente a situaciones estresantes.

-Lo siento, pero mi cuerpo no está a la venta –negó Ginny, dándole la espalda y recostándose en la litera de abajo. La prisionera, rugiendo de rabia, tomó a Ginny por el uniforme y la levantó como diez centímetros en el aire.

-Me darás lo que quiero por las buenas… o tendré que tomarlo por las malas –gruñó la compañera de celda de Ginny, pero la pelirroja no se amilanó. Aprovechó que sus manos estaban libres, alzó su brazo derecho y, con todas sus fuerzas, hundió su dedo índice en el ojo derecho de su captora. El efecto fue instantáneo. La mujer soltó a Ginny, quien le hizo perder el equilibrio y, pisoteando con fuerza el abdomen de quien yacía gimoteando en el suelo, la pelirroja se inclinó encima de ella con un rostro iluminado por la ira.

-Si me vuelves a decir algo como eso o me amenazas de cualquier forma –decía Ginny lenta y deliberadamente para que su compañera de celda entendiera cada una de sus palabras-, me aseguraré que tus entrañas salgan por tu boca. ¿Me has comprendido, vil insecto?

La mujer asintió lentamente, sus ojos llenos de un miedo indescriptible al ver de lo que era capaz su atractiva compañera de celda. Ginny suspiró hondo y volvió a recostarse donde siempre, llevándose las manos atrás de su cabeza y silbando una melodía romántica para apaciguar sus ánimos. No era propio de ella comportarse como una bruta del Ala Norte, pero cuando debía hacerlo, no iba a dudar en hacer el mayor daño posible sin herir de gravedad a cualquier persona que la tratara mal o la amenazara de cualquier forma.

Al otro lado de la prisión, Stephanie no corría con la misma suerte. Tenía una compañera de celda como treinta centímetros más alta que ella y la noqueó apenas las puertas del cubículo se cerraron. Diez minutos después, Stephanie volvió en si con un horrible dolor de cabeza, dándose cuenta que yacía tirada en el frío suelo de cemento y la mujer que la dejó allí descansaba en la litera de abajo. Sentía mucho frío, como si estuviese recostada sobre una placa de hielo pero, cuando se puso de pie y miró sus brazos, se dio cuenta que no tenía su uniforme puesto.

Estaba desnuda.

Sus ropas colgaban en la litera de arriba. Stephanie sintió un temblor estremecer su piel. ¿Qué rayos hizo ese monstruo con ella mientras estuvo inconsciente? La pregunta era superflua. No había ninguna duda acerca de lo que hizo esa estúpida con su cuerpo mientras no tenía forma de defenderse, pero la simple noción hizo que sus piernas flaquearan y cayera de rodillas al suelo, importándole poco o nada el dolor en sus rodillas. Sentía un ligero dolor en su entrepierna; aquello vino a confirmar sus peores pesadillas. Stephanie se puso nuevamente el uniforme y se trepó a la litera de arriba, lágrimas manchando las sábanas. ¡Cómo había cambiado la vida en la prisión! La angustia terminó por deshacer los últimos jirones de razón existentes en su mente y, temblando, lloró todo el día.

Lo malo de toda esa situación era que Stephanie no era la única chica que lloraba en silencio dentro de su celda. Muchas más como ella yacían boca abajo, empapando la almohada con sus lágrimas, víctimas de violaciones o golpes o insultos. Las únicas beneficiadas de todos estos cambios eran las prisioneras que una vez pertenecieran al Ala Norte; ahora podían dar rienda suelta a todos sus más oscuros deseos sin que nadie dijera ni mu, porque los guardias, como se ha dicho antes, amaban ver escenas lésbicas y ninguno de aquellos hechos lo reportaban al alcaide, de modo que él no se enteraba ni de la cuarta parte de lo que ocurría en su propia prisión. Y los rumores entre las prisioneras que pertenecieran al Ala Sur decían que poco le importaba al alcaide aquellos hechos, porque su principal objetivo era que las internas la pasaran muy mal en la prisión.

Alan Dunwich se sentía a sus anchas en la oficina que alguna vez le perteneció a Cho Chang y no mostraba el más mínimo remordimiento de haber emitido aquellas nuevas directivas. El nuevo alcaide estaba empecinado en recuperar el espíritu de una penitenciaría; Cho Chang estaba siendo muy blanda con las prisioneras y, por gracia de ella, existía una plazoleta en el Ala Sur para que las internas pudieran sentirse mejor. Alan estaba en rotundo desacuerdo con el anterior alcaide; la primera directiva consistía en demoler la plazoleta y dar espacio a más celdas. No le importaba cuántas quejas de parte de las prisioneras recibiera, Alan creía que la privación de la libertad no involucraba zonas de esparcimiento, sino todo lo contrario: generar un ambiente de opresión para que las mujeres que ingresaran allí la pensaran dos veces antes de cometer un crimen.

Con esa premisa en mente, lanzó la segunda directiva, la cual consistía en terminar con la segregación entre prisioneras lindas e internas feas y musculosas. Alan tenía muy claro que las prisioneras más feas eran las más peligrosas y se le ocurrió mezclarlas con las internas lindas… sufrimiento mutuo. Alan no hacía diferencia entre internas atractivas o no; para él todas eran criminales y merecían el mismo castigo… todas eran iguales ante la ley y debían medirse con la misma vara. Cho Chang tenía favoritismos por las chicas atractivas porque creía que se comportaban mejor y merecían más beneficios. Esa palabra no existía en el diccionario de Alan Dunwich.

Una de las prisioneras entró en el despacho del alcaide. Vestía el típico (y horrible) uniforme amarillo canario pero tenía una expresión altiva en su rostro y caminaba con una dignidad tal que parecía ser una princesa caída en desgracia antes que una interna común y corriente. Su cabello rojo encendido parecía fuego al ser impactado por la luz del sol que se filtraba por las ventanas de la oficina.

-Buenas tardes, señorita Weasley –dijo el alcaide, poniéndose de pie y acercándose a paso lento a la pelirroja, quien tenía una expresión estoica en su rostro, una decisión marmórea irradiándose por cada poro de su piel-. Me imagino que sabe a qué ha venido a este lugar.

Ginny no dijo nada. Sólo se limitó a mirar con ojos indiferentes al alcaide. Sabía que no estaba siendo sensata, pero tampoco quería someterse a cualquiera fuese la voluntad del alcaide Dunwich.

-Tomaré su silencio como un sí –dijo el hombre, paseándose alrededor de Ginny como un predador a la espera de cualquier movimiento de su presa-. Sin embargo, por protocolo debo informarle el porqué de su presencia en mi oficina-. El alcaide hizo una pausa para volver a su escritorio y extraer algo de uno de los gabinetes. Ginny miró con aprensión el objeto que ese hombre sostenía con su mano izquierda-. Señorita Weasley, me imagino que está al tanto de las reglas de esta prisión. Una de ellas establece claramente que no habrá violencia dentro o fuera de las celdas, sea provocada o no.

Ginny siguió mirando a Dunwich de forma desapasionada, incluso aburrida.

-Hoy, a las diez y media de la mañana, recibí un reporte de que usted agredió gravemente a su compañera de celda, amenazándola con más injurias si la susodicha mujer trataba de propasarse con usted. No tiene sentido que usted confirme las palabras anteriores, porque yo soy la autoridad aquí y, le guste o no, tiene que vivir en esta prisión de acuerdo a las reglas por las cuales se rige. ¿Me explico?

La pelirroja siguió dedicando al alcaide la misma mirada dura y penetrante de siempre, pero esta vez, su decisión fue acompañada con palabras.

-Bueno, señor Dunwich, ya era hora que sus inútiles guardias hicieran su trabajo. Pero déjeme aclararle algo para que no haya malentendidos. –Ginny se acercó al escritorio del alcaide y se apoyó en éste, como desafiándolo-. Sí, agredí a mi compañera de celda y sí, la amenacé con golpearla si volvía a intentar violarme. Pero, déjeme decirle que hay algo que se llama defensa propia y, cualquier intento por defenderme de una potencial agresión no puede considerarse una transgresión a las reglas de la prisión. ¿No cree, señor Dunwich?

El hombre quedó por unos momentos sin habla, desconcertado a causa de la forma en que esa mocosa se atrevió a desafiarlo, una simple y estúpida prisionera. Esa estúpida pelirroja iba a comprobar qué tan duro podía ser su oponente y que las reglas de la prisión no eran muy diferentes a las de la selva.

-Señorita Weasley –dijo el alcaide, con una calma venenosa en su voz-. Su comportamiento es ejemplar… para un babuino. Nadie, y lo digo en serio, nadie se atreve a desafiarme en esta oficina. ¿Quién se cree que es? ¿Cree que tiene derechos dentro de esta prisión? Los ciudadanos normales tienen derechos. Ustedes, que son la mierda de esta sociedad, no son ciudadanos. ¡Son escoria! ¡Son lo más vil que existe! ¡Son basura y por lo tanto NO TIENEN DERECHOS!

Y Alan Dunwich blandió el látigo que sacó de su escritorio, azotando vilmente a Ginny en la cara. Un hilo de sangre brotó de su mejilla, pero no hizo ninguna mueca de dolor.

-Vas a darte cuenta, escoria, que aquí no vales nada, no eres una persona. Eres un animal, un animal que no sabe cuál es su lugar, un animal que no sabe cómo comportarse CON SUS SUPERIORES. –Y sobrevino otro latigazo, el cual rompió el uniforme en la espalda. Ginny arrugó su rostro, pero no emitió sonido alguno. No iba a darle el placer de sentir dolor a ese imbécil sádico.

El alcaide se acercó rápido a Ginny, la tomó por los hombros y la aplastó contra la pared, girándola violentamente y pegándose al cuerpo de ella mientras le arrancaba de un tirón el uniforme y él mismo se desabrochaba el cinturón de sus pantalones de forma apresurada.

-Esto no lo vas a disfrutar –dijo el alcaide tomando por la cintura a Ginny de forma brutal-. Pronto aprenderás cuál es tu lugar, puta insolente. –Alan Dunwich empujaba con fuerza tremenda, a tal punto que Ginny sintió un dolor punzante en sus entrañas. Aquello no se lo esperó y comenzó a gritar y a llorar de pura desesperación-. ¡Sí! ¡Llora! ¡Gime, ramera estúpida! ¡Esto te pasa por desafiar mi autoridad! ¡Sufre, te lo mereces!

Los llantos y gritos de Ginny no escaparon de la oficina del alcaide.


Hermione caminaba por una calle lúgubre, totalmente vestida de negro y un velo cubriendo su bella cara. Hace media hora atrás había terminado el funeral de su marido, pero era extraña la sensación en su interior. No extrañaba para nada a la persona a la que le dedicó su último adiós, era otra la persona a la que echaba de menos, una mujer de cabello rojo intenso que había dejado atrás cuando salió de Nueva Nurmengard. Sí, era libre de la prisión, pero todavía se sentía prisionera del amor que sentía por Ginny, de una mujer a la que aprendió a conocer, a querer… a amar. Nunca sería libre si no tenía a su adorada pelirroja en sus brazos, besar sus labios, tocar su piel, penetrar en su secreta intimidad de una forma jamás experimentada por ella.

Era extraño, pero aun cuando había perdido a un ser querido, su corazón se henchía al sólo pensamiento de hacer el amor con Ginny, su respiración se dificultaba tan solo imaginar que besaba sus labios del mismo color que sus cabellos y su piel se erizaba al recrear la piel de la pelirroja rozar de forma tan sutil con la de ella. Quería completar el acto que dejó inconcluso en aquella celda y darle a Ginny el mayor regalo que podía darle… y era un regalo porque era una posesión de Hermione que no tenía precio.

El deseo de hacer el amor con Ginny fue creciendo a medida que el funeral se iba distanciando en el tiempo, a expensas de lo que alguna vez sintió por su marido. No podía culparse porque, simplemente, lo que sentía por Ginny era más intenso, más fuerte y más dulce, y no podía evitar sentir esas cosas más que su amada pelirroja. Hermione sentía a Ginny a años luz de distancia, ella en la calle y la pelirroja tras las rejas en una prisión para mujeres, seguramente pensando en lo mismo que ella.

Hermione no tenía forma de saber que Ginny estaba pasando por un sufrimiento terrible, llorando sin consuelo, hecha un ovillo en su litera, temblando y mojando las sábanas con las muestras de su dolor.

Pero Hermione sintió una puntada en su corazón, casi como si estuviese sufriendo un infarto. Se llevó una mano a su pecho, sintiendo una desesperación terrible escapando de su ser y Hermione supo que Ginny, dondequiera que estuviese, estaba sufriendo mucho, estaba sintiendo un dolor terrible, abrumador, insoportable. Me necesita a su lado, se dijo la castaña, pero no sabía qué hacer para estar con ella otra vez. La desesperación crecía de forma desmesurada en el corazón de Hermione, tratando de buscar alguna manera, la que fuera, de estar al lado de Ginny una vez más…

Objetivos desesperados ameritaban acciones desesperadas.

Y Hermione estaba dispuesta a todo para sentir a su amada pelirroja de nuevo.

Media hora después, Hermione entraba a un banco como cualquier persona en la mañana de un martes, presumiblemente para hacer alguna transacción o depositar algún dinero. Pero esa no era la intención de la castaña.

Hermione sacó su varita, la apuntó al techo e hizo un encantamiento explosivo. El ruido del estallido y de los escombros que caían de las alturas espantó al público y a los funcionarios. Las alarmas sonaron en todos lados, reverberando y contribuyendo al pandemónium general dentro del recinto bancario. La castaña, juzgando que ya había cumplido con su objetivo, se sentó junto a los mostradores, con la varita en su regazo, esperando.

Diez minutos más tarde, un grupo de Aurors penetró en el edificio y divisó a la figura sentada frente a ellos. Una mirada rápida por parte de uno de ellos y se dio cuenta que era la misma mujer que fue liberada hace pocos días de Nueva Nurmengard. Se aproximaron con cautela a Hermione, creyendo que se había vuelto peligrosa, a juzgar por los escombros que yacían sobre el suelo del vestíbulo. Pero la castaña no hizo ningún movimiento e incluso extendió las manos para que les fuera más fácil a los Aurors apresarla. Uno de los Aurors extrajo unos grilletes de aspecto pesado y con éstas ataron de manos a la castaña y se la llevaron fuera del banco, rumbo al Ministerio de la Magia para ser enjuiciada y, con suerte, condenada a pasar otros tres años en Nueva Nurmengard. Pero Hermione no dijo nada, no mostró el típico rostro de alguien que es capturado en medio de acto criminal; una leve sonrisa adornaba su cara al tiempo que era guiada hacia una de las cortes.

No te preocupes amor mío. Allá voy.