Capítulo 20

Cuando Rose le habló de una ciudad acuática, se esperó edificaciones bajas que aprovecharan las oquedades del suelo y las rocas como respaldo, como una pequeña aldea en las montañas. Pero aquello no tenía nada que ver. París estaba lleno de luz, de altos edificios y bellos espacios públicos donde pudo ver, desde su altura, que se reunían sirenas y tritones.

Se maravilló al contemplar los edificios, construidos con piedras que se mantenía sólidamente unidas entre sí gracias a las algas y al musgo que crecía sobre su superficie. Todos estaban llenos de luz, aunque Marinette no terminaba de comprender cómo funcionaba allí. Pero si podía respirar bajo el agua sin tener branquias, no le era de extrañar que alguna variante del fuego existiera allí abajo.

—¡¿A qué es preciosa?!

—Sí… —admitió Marinette, boquiabierta.

—¡Sabía que te gustaría! Es completamente imposible no enamorarse de una ciudad tan bella como esta. ¡Es que es tan preciosa!

Rose parecía tan deleitada con las vistas que a Marinette le dio temor que acabara teniendo un ataque al corazón, si es que eso podían padecerlo las sirenas.

—¡Mira! —exclamó Rose, señalando una alta y hermosa torre, la edificación con más luz y envergadura de toda la ciudad—, ¡la torre Eiffel!

A Marinette se le crisparon los músculos y le regresó la desagradable sensación de que ella conocía ese nombre, aunque no tenía ningún sentido puesto que ella jamás había estado en aquella ciudad. Al menos, no lo recordaba y, según pasaba nadando junto a Rose y se cruzaba con otras sirenas, estuvo segura de que nadie la reconocía.

Se deshizo de la incómoda idea cuando pasaron nadando cerca de la cúspide de la torre y comenzaron a bajar por su figura. A Marinette le resultó especialmente bella la manera en que las plantas y las pequeñas esferas de luz se entrelazaban y se adherían a la estructura, haciendo parecer que ese era su destino natural. Era una belleza silvestre y ligeramente nostálgica, pero tan llena de vida… Marinette estiró la mano, curiosa por rozar la torre con la yema de sus dedos, cuando Rose volvió a tirar de ella.

—¿No tienes hambre?

—Mmm… Un poco —admitió Marinette, siendo consciente por primera vez el tiempo que llevaba sin comer.

Siendo realistas, no recordaba haberse llevado una comida decente a la boca desde que se había visto cayendo por aquella madriguera. Porque la galleta mágica y la fiesta del té no contaban.

—¡Perfecto! Yo también me muero de hambre. Te llevaré a una cafetería que te encantará, es de mis favoritas, hace unos bocados de algas maravillosos, ¡y podrás conocer a una amiga fantástica! ¡Oh, os encantaréis, estoy segura!

Sabiendo ya cómo era el carácter impetuoso de Rose, Marinette simplemente se dejó llevar por ella a través de las calles de París hasta que llegaron a un coqueto edificio de tres plantas.

—¿Esto no es una panadería? —preguntó Marinette instintivamente, sin ser realmente consciente de las palabras que salieron de su boca.

—¿Una panadería? ¿Qué es eso? —preguntó riendo—. Esto es una cafetería. Bueno, antes fue una floristería, no sé si es a eso a lo que te refieres.

Marinette frunció el ceño, desconcertada por no poder quitarse de la cabeza la idea de que aquel lugar tenía que ser una panadería. Le resultaba tan extrañamente familiar, y había una extraña convicción en su mente que le recordaba una y otra vez que no estaba equivocada. Aun con esos pensamientos, Marinette no volvió a abrir la boca al respecto.

—No te preocupes, son solo cosas mías.

—Si tú lo dices, entonces entremos.

Marinette siguió a la sirena dentro del local. Y antes de poder echar un vistazo en la habitación, una preocupada sirena se acercó a ellas y tomó a Rose de las manos.

—¿Se puede saber dónde estabas? Me tenías tan preocupada.

Rose rió nerviosamente.

—Hola Juleka.

Lunes, 19 de febrero de 2018

Pues nada, Marinette ha llegado a París después de ser arrastrada de un lado para otro por una impaciente Rose.

Muchas gracias a karen Agreste por sus comentarios, ¡me hacen muy feliz! 3

Con esto y un bizcocho, ¡nos leemos pronto!