No me atraparon. Aunque no sé si me buscaron, supongo que sí. Pero el caso es que logré alcanzar la salida de la Selva de Golmore sin que nadie de la División Granate me detuviera, sin encontrarme a ninguno de ellos desde que me despedí de Sir Lama en la base, hacía ya unas buenas horas. Fue un viaje tenso, pues estaba desarmado y aunque tenía mi magia, los monstruos de la zona bien podían haberme hecho picadillo para degustarme y zamparme sin piedad. Pero no me encontré ningún obstáculo semejante en todo mi viaje.

El problema principal es que no sabía muy bien a donde ir. Por supuesto, no iría a Midgar, nada había allí que me importase, nada salvo Mark, y sabía que no estaba preparado para enfrentarme a él, si alguna vez osaba llevar a cabo semejante propósito. No sabía a dónde ir, pero sabía donde no podía volver. No podía volver a la aldea en que me crié, pues esta ya no existía, tras que fuéramos todos expulsados por el mil veces maldito Conde Dit. Pero tampoco podía volver con la Orden, no tras todo lo que había hecho, no tras todos mis repudiables actos. Tendría que buscar mi propio camino.

Decidí empezar en una de las aldeas colindantes que existían cercanas a la Selva de Golmore. Algunas eran dirigidas por Arcadia, otras por Mirage y alguna pequeña aldea por una mezcla de ambas potencias. Entré en una de las aldeas de Mirage, a sabiendas de que no portando la armadura de la Orden ni ningún espadón, sería muy difícil identificarme como un miembro de la División Granate, y por ende ser arrestado, juzgado y probablemente ejecutado.

Mis pasos me llevaron hasta una posada del pueblo, donde tuve la suerte de encontrar que estaban buscando personal de cocina. Sin pensármelo mucho, me ofrecí a ello, pues tenía un problema enorme y era la ausencia completa de guiles en mis bolsillos. Un Caballero de la Orden Sacra vive en los bosques, y allí no es que te encuentres muchas tiendas, precisamente. Vivíamos de la caza principalmente, y si teníamos algo de dinero, este formaba parte de una caja común. Y claro está, yo no toqué ese dinero al irme.

El trabajo era sencillo, casi se reducía a tareas de limpieza y sobre todo fregar platos. Fregar una ingente cantidad de platos. Pero el precio era bastante razonable, pues aparte de tener comida y techo como sueldo, me llevaba una mínima parte de las propinas que se dejaban en la posada, con lo que podría ir ahorrando para poder ir a alguna otra parte una vez que tuviera suficiente. Me veía a mí mismo vagando por el mundo buscando cualquier forma de sobrevivir en esta existencia, tratando de buscar un sentido a mi desgraciada vida.

No tengo muchos recuerdos de mi vida en la posada, ni siquiera recuerdo el nombre de la misma. Apenas tuve relación con la gente, salvo con la dueña de la misma, una señora mayor bastante buena y amable, que se preocupaba de que me encontrara bien. Pero con respecto al resto del servicio no tuve relación alguna, encerrado en mí mismo en virtud de mi timidez.

No sabía que pensar, pero sí sabía lo que sentía. Sentía dolor, mucho dolor. La pena por la muerte de Sir Rioma, la culpa de mi doble traición cometida, el odio hacia el otro traidor que me había estado engañando durante todo este tiempo,… En las noches que pasé en la posada, soñaba una y otra vez con las lágrimas que Sir Lama había soltado tras ver el cadáver de Sir Rioma en mis manos. Esos ojos rojos como el fuego, lanzando lágrimas trasparentes que descendían por su bello rostro, volvían una y otra vez cada vez que me sumía en el sueño, y me atormentaban continuamente. Todo era culpa mía.

Pero a la mañana del cuarto día tenía que sufrir un nuevo giro el destino, el cual terminaría por demostrarme e tipo de persona que soy, y cuál era el destino que debía correr para ventura de toda Terra. Y es que a la misma mañana una paloma entró por la ventana del cuarto en que yo dormía gracias a la generosidad de la posadera y que había abierto para que entrara aire. Al principio pensé que se trataba de una paloma cualquiera, que se había extraviado y entraba por azar, pero en seguida comprendí que era una paloma mensajera. Una paloma mensajera que me enviaba un mensaje en una de sus patas.

Lo cogí y lo miré por encimas. Se trataba de un simple mensaje de la División Esmeralda enviado al Capitán Sir Jonne. Al principio no entendí por qué el mensaje me había llegado a mí, si el destinatario era el Capitán. Las palomas mensajeras que utiliza la orden están perfectamente entrenadas, de tal forma que pueden recorrer grandes distancias para llegar al lugar de destino, y encontrar al destinatario, siendo preparadas para reconocerlo. No eran palomas cualquiera, eran palomas adiestradas para localizar el aura de una persona (casi se les podría llamar palomas mágicas si se quiere) de tal forma que es imposible que se pierdan. La Orden había dependido durante su larga existencia de este medio de comunicación, pues desconfiábamos en grado sumo del Servicio MoguRed.

Entonces se me presentó una terrible posibilidad, una posibilidad aterradora ante la existencia de aquella carta enviada hacia mí. Cuando una de esas palomas no es capaz de encontrar a su destinatario buscará al miembro más cercano de la División a la que va dirigida la nota. Y la única razón que se me ocurría por la cual la paloma no hubiera encontrado al Capitán Sir Jonne, es que no hubiese sido capaz de captar su aura. Pero la única explicación posible a eso es que su aura no estuviese en la Selva de Golmore, sino en un lugar en donde las palomas no pudieran captarla, un lugar… como el Etéreo. Y si además, yo era la persona más cercana de la División Granate cuya aura habían podido captar la paloma, eso sólo podía significar una cosa. Pero no, eso no podía ser verdad ¡Era imposible!

Enseguida vi como otras palomas se acercaban a mi ventana. Todas traían mensajes para la División Granate. El corazón me dio un vuelco por completo al corazón. Quería creer que había un error, que no estaba pasando lo que por mi mente estaba pasando, que aquello que me imaginaba no era real. Tenía que comprobarlo. No avisé a nadie que me iba, simplemente dejé una nota a la posadera diciendo que me tomaba el día libre y que le compensaría todas las molestias sin falta. Decidí ir andando, pues no tenía otro medio de locomoción para llegar hasta mi destino, la base de la División Granate. Pero fui a toda velocidad, sin tomarme apenas descanso para llegar a la selva, y adentrarme en ella, hasta llegar a la base.

No me encontré con monstruo alguno, cosa que de la que tuve suerte. Mi intención era simplemente comprobar a escondidas, sin que nadie me viera, que la División Granate estaba bien, que no les había pasado nada y que lo de las palomas se debía a un simple error. Sin embargo, mi corazón latía a una velocidad frenética, por temor a que fuera todo lo contrario. Ese temor me angustiaba por completo, apenas me dejaba respirar. Traté de bloquear las imágenes que se venían a la mente como fuera, pero parecía imposible. Entonces llegué. Y lo vi.

Se trataba del "Claro de la Luz Pura", el claro donde la División Granate discutía acerca de todas las cuestiones que tuvieran relevancia para la misma, al menos mientras estuviéramos en la Selva de Golmere. Cualquier tema, desde análisis de política nacional e internacional, objetivos a marcarse para la División Granate, misiones que cumplir o reparto de tareas entre los miembros de la misma, era discutido en ese lugar. Para la ocasión se habían colocado un número determinado de rocas, que servían de asientos para cada uno de los miembros de la División, trece rocas en total, que hacían referencia a todos los miembros de la División Granate (contándonos a Sir Rioma, Mark y a mí, porque no hubo tiempo de retirarlas).

Pero cuando llegué el espectáculo no podía ser más aterrador, más horrible, más desesperante y más trágico. Mis peores temores se confirmaron, e incluso resultaron que se habían quedado bien cortos. Y es que en cada una de las rocas, en cada uno de los asientos, había un miembro de la División Granate, con una herida en su corazón, muerto e inerte ¡Todos estaban muertos! Sir Monrasa, Sir Carjau, Sir Llesvac, Sir Narpaca,… Incluidos el Capitán ¡Y Sir Lama! Todos sus cuerpos estaban apoyados en la roca, que hacía la función de silla, todos contemplando el vacío con sus ojos difuntos, todos muertos en esa mañana soleada. Todos menos uno.

-Te he estado esperando, Sir Ressu.-Era la voz de Mark, sentado tranquilamente en su asiento correspondiente, cargando con la misma armadura que llevaba puesta el día en que asesino a Sir Rioma, mientras me sonreía amigablemente y sostenía en una mano el espadón negro de esa noche, un espadón manchado de sangre.-Me alegro de que estés aquí.

No podía hablar, no podía reaccionar. La situación me superaba por completo. El horror que mis ojos vislumbraban era sin duda mayor de lo que jamás hubiera sido capaz de concebir en mi vida, yo que estuve y conocía lo que era un campo de batalla. Pero en los otros campos de batalla como mucho moría una persona importante para mí, como fue el caso de mi padre. Pero aquí habían muerto todos los que significaban algo en mi vida. Y Mark sonreía, como si me saludara un día cualquiera cuando ambos éramos legítimos miembros de la División Granate.

-Mira lo que me has obligado a hacer, Sir Ressu.-dijo Mark con un falso tono de reproche mientras con sus manos mostraba el macabro espectáculo que había elaborado.-Te vine a buscar para retomar nuestro viaje a Midgar y no estabas. No me quedó otro remedio que hacer esto para llamar tu atención y poder cumplir con nuestra promesa. Tenemos un viaje pendiente, Sir Ressu.

Caí de rodillas. El dolor por todo lo que veía era superior a mis fuerzas, no podía comprender nada de lo que mis ojos veían y mis oídos escuchaban, porque superaban toda racionalidad, toda capacidad que mi limitado entendimiento podía ejercer. Y Mark sonreía, sonreía amistosamente. No había crueldad en sus estos, ni vanagloria, ni odio. Sólo la misma sonrisa de siempre.

-¿Por… qué…?-fue lo único capaz de decir mientras las lágrimas empezaban a brotar de mis ojos, ante todo lo que estaba aconteciendo ante mí, haciendo titánicos esfuerzos por no derrumbarme por completo.

-¿Por qué? Sólo quiero lo que todo el mundo quiere, amigo mío, y eso es maximizar mis preferencias.-contestó Mark sencillamente desde su asiento de piedra, contemplando mi reacción con el mismo porte amistoso y tranquilizador de siempre.-Si quieres algo más concreto, esto te puede servir de ayuda.

Entonces se quitó el parche. Y pude ver algo a la vez terrible y asombroso. Era la primera vez que se quitaba el parche ante mí. Nunca le pregunté acerca de él por mi naturaleza tímida, pero otros miembros si le preguntaron por qué lo llevaba, y Mark contestaba con bromas como que había perdido el ojo en una apuesta. Eso era mentira, pero era algo mucho más fácil de creer que lo que estaba viendo. Porque lo que estaba viendo era un ojo totalmente negro, salvo la pupila, que tenía la forma del Clan Vendetta.

-En la Antigüedad, los tatuajes de los Clanes se hacían de otra manera.-comentó Mark sonriente mientras se volvía a colocar el parche.-Pero sí, soy un miembro legítimo del Clan Vendetta, aunque no muy en activo últimamente.

Mark entonces se levantó de su asiento y empezó a caminar en mi dirección, aunque se quedó a varios metros enfrente de mí, contemplándome con una sonrisa y un gesto amistoso de confianza, como suele hacer siempre. Entonces volvió a hablar:

-Aun así, me debo al Clan, y la verdad es que tenía que producir algún que otro resultado ¿no crees?-comentó Mark alegremente, como si estuviera diciendo algo completamente lógico y supiera que yo estaba plenamente de acuerdo con él.-Así que les dije donde podrían encontrar la División Granate para acabar con ella, y así a cambio poder tener asilo político para ti, ya que como ex miembro de la División Granate no tendrías muchas facilidades en Midgar de otra manera.

Escuchaba las palabras de Mark con atención y mi ira iba creciendo en mi interior cada vez más. Sus justificaciones no me importaban en absoluto, lo que yo quería saber era cómo había sido capaz de matar a la gente con la que trabajó y convivió durante tres años, cómo había sido capaz de matarlos a sangre fría, sin mostrar una seña de arrepentimiento por ello. Y por qué seguía manteniendo esa postura confiada conmigo, mientras me contaba toda su historia, como si nada hubiera pasado y siguiéramos siendo amigos.

-La incursión falló fuera de lo previsto, pero eso ya no era problema nuestro.-cuando dijo la palabra "nuestro" hizo una seña dejando claro que se refería a nosotros dos.-La suerte de la División Granate ya era completamente irrelevante. Pero en vez de esperar a que te viniera a buscar de nuevo, una vez que la herida de mi corazón estuviera sanada de nuevo, decidiste huir. Y no me quedó más remedio que matarlos para hacerte venir hasta aquí.

No podía creerlo. Mi ira y mi odio crecían de forma abismal con cada palabra que pronunciaba ¿Los había asesinado para que yo acudiera a él? Lo había dicho dos veces, luego no había duda de que era así. Tantas muertes honorables para algo tan caprichoso como eso, era algo que no podía aceptar de ninguna manera. Me levanté, dispuesto a acabar con esa locura como fuera.

-Ahora que estás aquí podemos continuar nuestro viaje, Sir Ressu.-dijo extendiendo el brazo que no llevaba su espadón, como una invitación a seguirle.-Hora de vivir nuestro sueño. Hora de despertar.

-¡ASESINO!-grité entonces a Mark con todas mis fuerzas y me acerqué al cadáver más cercano, el cadáver de Sir Carjau, para cogerle el espadón que llevaba envainado en su armadura y enfrentarme a Mark.-¡PAGARÁS LO QUE HAS HECHO CON TU VIDA!

-Todo lo he hecho por nosotros, Sir Ressu. Hicimos un juramento de amistad, y eso es algo que jamás traicionaré.-dijo Mark sin inmutarse de ninguna manera ante mi reacción, con el mismo porte amistoso de siempre.

-¡MUERE, MALNACIDO!-grité con todas mis fuerzas mientras me lanzaba a por Mark a toda velocidad, dispuesto a lanzarle un corte vertical desde arriba mediante un salto.

Corte que rápidamente y de una manera completamente natural me respondió Mark con un corte horizontal que de la fuerza que imprimía me echó para atrás. Me volví a lanzar hacia él con una estocada directa, pero él logró desviar mi ataque con un sorprendente giro, como si me toreara. Volví a lanzarme a por él con un corte en diagonal, que él rápidamente contestó con un movimiento contrario, haciendo nuestros espadones entrechocar.

-Te falta muchísimo para llegar a mi nivel, amigo mío.-me dijo Mark con una sonrisa como si estuviéramos en una pelea de entrenamiento.-Deja de jugar y vayámonos. Tenemos un sueño que cumplir.

Grité de rabia como respuesta. Salté hacia atrás y volví a probar con otra estocada que fue respondida con un simple giro que lo volvió a esquivar. Me daba igual, lo seguiría intentando, pero uno de los dos debía morir ese día. Ya nada importaba mi vida, el odio era tan grande hacia Mark que eso ahora mismo suponía una auténtica nimiedad. No pensaba, ni razonaba ni nada por el estilo. Sólo deseaba matar.

Pero Mark decidió parar el encuentro, y lo hizo a través de un martillo de justicia que me lanzó tras el enésimo regate, impactando en mi espalda. Sentí la explosión mágica que me propulsó varios metros hacia delante, y enseguida mi cuerpo se paralizó, efecto de la magia de un paladín ¿pero cómo podía Mark lanzar una magia semejante? Un hombre como él no puede albergar justicia en su corazón ¿cómo podía entonces usar semejante poder?

Me quedé inmóvil en el suelo, mientras todos mis músculos se agarrotaban debido a la función de la luz mágica que envolvía mi ser. Me costaba respirar y el dolor físico por la explosión había sido atroz. Y sin embargo tuve la impresión de que se había quedado corto, de que hubiera podido hacer mucho más si hubiera querido, y que había limitado la fuerza del hechizo para no dañarme de gravedad. Sentí como se acercaba, y entonces, haciendo un esfuerzo enorme por hablar, ya que la parálisis me dificultaba bastante la tarea, dije:

-¡Te... odio…!-mi voz apenas fue audible, pero estoy seguro que Mark la escuchó mientras se colocaba enfrente mía.

-Ya veo. Me temo que me precipité. Todavía no ha llegado el momento. No ha llegado la hora de despertar para vivir nuestro sueño.-comentó con un deje de tristeza pero sin dejar de sonreír.-Vive y hazte fuerte, Sir Ressu. Cuando llegue el día nos volveremos a encontrar. Y entonces viviremos, tu y yo, para realizar el sueño prometido.

Y desapareció. Se fue sin más, como hiciera en la noche fatal en la que murió Sir Rioma. Se esfumó sin dejar ni rastro ¿Qué sentido tenía? ¿Asesinaba a mis seres más queridos para cazarme y cuando me tiene me deja por qué no es el momento? ¡¿Qué clase de locura es esta?!

Me levanté, y contemplé los rostros de todos los miembros de la División Granate que me estaban contemplando desde el más allá con su mirada de muerte y vacío. Mark había colocado allí a Sir Rioma incluso, como uno más de los cadáveres que estaban allí sentados, observando el centro del claro, donde yo me encontraba. Pero enfrente mía estaba el peor de todos, el asiento de Sir Lama.

Me acerqué a ella despacio, pues cada paso era una tortura. Verla en ese estado, mirando la nada desde unos ojos rojos que habían perdido por completo su fuerza, era mil veces peor incluso que verla llorar por la muerte de Sir Rioma. Cada segundo que mi mirada se fijaba en su bello cuerpo, con esa terrible herida abierta en la zona del corazón, era la peor de las pesadillas. Entonces mi mente retrocedió al pasado, al último momento en que la vi, y las últimas palabras que me dedicó."No te vayas, Sir Ressu. La Orden te necesita".

La Orden me necesitaba. En ese momento no lo creí pero tenía toda la razón. Como un cobarde había huido del peso de la culpa y les había dejado en la estacada. Si me hubiera quedado, Mark me hubiera encontrado y no hubiese hecho falta que llevara a cabo semejante acto inhumano. Por tercera vez los había traicionado. Y esta vez, las consecuencias habían sido devastadoras. Esta vez ya no había esperanza alguna. Ya no había forma de enmendar el error. La mirada de Sir Lama, la dulce Sir Lama, la mujer a la que amé y con la que soñaba en la Orden, aquella que me salvó la vida y me apoyó en todo momento, con la que pase tan buenos momentos, esa mirada ahora era espejo de lo que yo era. Mis actos, todos ellos, causaban más y más dolor. Mientras siguiera existiendo, la gente seguiría sufriendo. Mi vida era un mal que debía ser erradicado.

Grité. Pero lo hice con todas mis fuerzas. Lo hice con toda mi furia, con todo mi odio, con toda mi desesperación. Un grito de agonía que probablemente recorriera toda la selva, un grito de dolor, que conmocionaría a cualquiera que lo escuchara, un grito que mostraba un deseo, un simple deseo:

-Quiero morir...-fueron las palabras que solté tras gritar de esa manera, el mayor grito que haya soltado en mi vida. Volví a caer al suelo y lloré desconsoladamente, ante los pies del asiento donde yacía Sir Lama, mientras repetía en mi mente ese deseo una y otra vez. Un deseo de muerte, el deseo de mi muerte.

Pero antes estaba Mark. Si había una persona, sólo una que pudiera odiar con más fuerza que a mí mismo, ese era Mark. Mi existencia era dolor para la gente que me rodeaba, la suya también. No había redención posible a mi alma, salvo la propia muerte, pero tampoco la había para él. Y si él no iba a poner fin a su propia existencia, lo haría yo. Me haría fuerte, entrenaría, lucharía, seguiría viviendo, pero lo haría para acabar con él.

-Soñaremos… Mark…-dije levantándome, sucio, herido y lleno de lágrimas y de dolor, a ninguna parte en particular.-Soñaremos juntos… el sueño eterno… de la muerte… Te lo juro…