Morder la manzana

Capítulo 21: La serpiente celosa.

A los dos tragos, con la garganta ya quemada, Severus se sentía más desinhibido que de costumbre. Y eso se traducía en empezar a expresar que se sentía triste: apoyó la cabeza en sus manos y los codos en la mesa. Los warlocks, unos tipos de aspecto brutal, seguían metiendo follón cerca de la barra y la puerta. Florence se limitaba a mirarle a los ojos con una curiosa expresión en la cara y los ojos febriles. Ella no solía beber y todo aquel ambiente cargado le hacía sentirse mareada. No es como si Severus pudiera fardar, puesto que sólo le había dado dos tragos a una botella de alcohol y ya se sentía demasiado alegre.

— Y, dime, Severus, — a la media hora, él ya tenía la mejilla pegada a la mesa y ella el pelo despeinado y una mirada vivaz y salvaje. — ¿Por qué no has querido, ya sabes?

— Porque no. No quiero hablar de eso. — contestó Severus en voz baja y rasposa, pero sobre todo, gangosa. Preston hizo un mal gesto y siguió preguntando, mientras él bebía el sexto chupito de whisky de fuego.

— ¿Y cómo te va… todo? — Severus la miró por largo rato antes de decir en voz muy baja:

— Mal. — volvió a desviar su mirada a la superficie de madera; encontró curioso que, desde su posición, se pudieran ver los relieves de la mesa.

— ¿Por? ¿Los Merodeadores te han vuelto a molestar?

— No, ellos son el último de mis problemas. — Severus apuró su trago un poco más y volvió a dejar la cabeza pegada a la mesa. Luego la miró, dudoso, y añadió. — Todavía no he hablado con Lucius.

— ¿Malfoy?

— El mismo. No quiero hablar con él.

— En el colegio parecíais buenos amigos. — Severus hizo una mueca extraña y contestó con un bufido, levantando los hombros. — Aunque a veces os miraba y juraría que parecíais más bien — Florence dejó su frase a medio terminar: Severus se había levantado golpeando con su puño la mesa y le gruñía desde arriba. Florence sintió cómo el mareo se iba yendo un poco mientras bajaba la vista, asustada por la mirada feroz que le echó Snape.

— Vámonos. — demandó Severus con fuerza. Cogió su botella de whisky de fuego y, sin esperar a Florence, echó a andar hacia la salida. Preston le siguió con pasos torpes y cuando pasaron por delante de los warlocks, éstos le pusieron la zancadilla a Florence para que se cayera. Así lo hizo y, en menos de un segundo, ella ya estaba en el suelo, tambaleante. Los warlocks se rieron tontamente y Severus la ayudó a levantarse. Florence tenía lágrimas agolpadas en los ojos y eso le causó un poco de incomodidad y otro tanto de impotencia. ¿Por qué no ayudarla? — ¿Por qué habéis hecho eso?

— ¿Por qué no? — el más bajito de los warlocks se levantó. Parecía también, sin embargo, el que más potencial mágico tenía. Severus frunció el ceño: si era un warlock, sería poderoso. — Lárgate con tu putita a otro lado, fantoche.

Y antes de que Severus pudiera responderle algo ofensivo, el warlock sacó su varita rápidamente y les hechizó, mandándolos fuera del local. Florence y Severus cayeron al suelo de la calle y la botella de alcohol se rompió en las escaleras. Severus frunció el ceño y se levantó, con cuidado de no marearse y caerse al suelo otra vez. Aún desde fuera ambos podían oír el ruido de las risotadas de los warlocks. Apretó sus manos en puños y se dio media vuelta, de regreso a casa. Florence le llamó varias veces, antes de seguirle, poniéndose a su lado.

No hablaron. No hacía falta, ya sabían cómo se sentía el otro. Anduvieron cabizbajos y, cuando finalmente llegaron al pasaje que conectaba el callejón Knocturn y el callejón Diagon, Severus bajó los cuatro escalones que daban acceso a su casa y abrió la puerta a punta de varita. Entraron y Florence le acompañó hasta su pequeño cuartito.

— Déjame dormir hoy aquí, Sev— Snape. — le pidió. Severus la miró, todavía un poco triste por lo acaecido con los warlocks y, finalmente, asintió.

— Me iré al salón.

— ¡No! Quédate. Aquí cabemos los dos.

Severus miró alternativamente la cama y a Florence. Ella se sonrojó y bajó la mirada, sabiendo que su proposición podía verse como algo pecaminoso y, finalmente, él asintió, sin expresión en la cara. Se quitó la túnica oscura y las botas y se tumbó en la cama, mientras ella se quitaba también su ropa. Se tumbaron en la cama pequeña, apretados, y Florence le sonrió, mientras se pegaba a él y le abrazaba. Antes de que Severus quitara la luz, Florence ya se había dormido.

Al día siguiente le despertaron los fuertes ruidos afuera. Severus abrió un ojo, cansado, y observó la cara de Florence a pocos centímetros de la suya, dormida. Suspiró profundamente, recordando lo que había pasado el día anterior. Frunció el ceño, notando el dolor de cabeza, producto de la resaca, y decidió levantarse. Florence se movió a su lado, pegándose un poco más a él y Severus intentó despegarla, preocupado.

Aquellos ruidos… Se parecían tanto a cuando su padre se enfadaba y comenzaba a romper cosas. Pero él ya no estaba, se dijo Severus a sí mismo, eso ya no es normal. Escuchó el potente grito, y aunque no entendió nada, supo inmediatamente de quien se trataba: Malfoy. ¿Qué hacía ahí?

Florence se despertó en ese momento, segundos antes de que la puerta del diminuto cuarto reventara y Lucius entrara. Toda la hipocresía y la falsa amabilidad habían quedado atrás: parecía un león enjaulado, un hipogrifo ofendido a punto de despellejar a alguien. Y Severus sabía que sí, aquello era una metáfora barata, pero Lucius bien podía hacerlo. Se quedó pálido mientras Lucius le miraba como animal embravecido.

Con una agilidad que rayaba en lo inhumano, Lucius se abalanzó sobre Severus, le agarró por los hombros y le tiró al suelo. Snape cayó boca abajo, apenas pudiendo protegerse del golpe en la cara. Malfoy ya estaba sentado a horcajadas encima de él y Severus intentó levantarse. Antes de poder hacer el primer esfuerzo para quitarse a Malfoy de en medio, éste le cogió del brazo y lo retorció en su espalda.

— ¡Tú, maldito mocoso idiota! — le insultó en voz baja Lucius. La boca de él estaba pegada a la oreja de Severus. — ¿Cómo te atreves siquiera?

— No le hagas daño. — Severus no especificó y Lucius lo malinterpretó:

— ¿A tu putita? — preguntó. Los ojos de Severus buscaron los de Florence, que les miraba desde encima de la cama con una expresión de terror. — Sabes, Severus, pensé que estábamos empezando a entendernos. Tendré que volver a enseñarte la lección, ¿es lo que quieres?

— No he hecho nada, Malfoy. — su brazo se retorció un poco más en su espalda y Severus jadeó de dolor. — De verdad, no hemos hecho nada.

— Ah, pero lo habrías hecho si no hubiera llegado. — le rebatió Lucius. Severus intentó negar con la cabeza y, en ese momento, Florence habló:

— ¿Qué— qué pasa? — preguntó ingenuamente. Severus frunció el ceño, deseando hacerla desaparecer con la mirada, y Lucius hizo amago de levantarse.

— Largo de aquí, Preston. — le ordenó rápidamente Snape. Entre su orden y la mirada asesina que le lanzó Malfoy, Florence recogió su túnica del suelo, se puso los zapatos sin abrochárselos y salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta con fuerza: parecía a punto de llorar. — No iba a hacer nada, Malfoy, relájate.

— ¿Relajarme? Ahora mismo lo único que quiero hacer es patearte el trasero hasta mi mansión, grandísimo estúpido. — Severus sintió cómo se le desencajaba la cara: ¿a su casa? ¿Para qué quería llevarlo a su casa? — Así que vístete y vámonos, Snape.

Lucius le empujó contra el suelo de mal humor y se levantó. Severus se sentó débilmente, un poco mareado, y se frotó el brazo, mirando el tono rojizo que iba adquiriendo su piel allí donde Malfoy le había agarrado. Se giró a mirarlo mientras se levantaba: él estaba de espaldas, aunque podía ver parcialmente la cara de asco que le estaba poniendo a su cama. Severus frunció el ceño mientras se vestía: Malfoy había cambiado, no mucho pero sí había cambiado: parecía más maduro, más anguloso y un poco más pálido que antes. ¿Eso significaba que ya era un vampiro hecho y derecho? No se atrevió a preguntárselo.

— ¿Ya estás? Vámonos, entonces. — le apuró Lucius. Le cogió del brazo y le arrastró fuera de su cuarto y su casa: el salón estaba desordenado y su madre, Eileen, le miraba consternada y quizás, con un poco de resentimiento. Sin embargo, ella levantó débilmente la mano y le despidió, sin decir nada. Lucius se lo llevó en volandas prácticamente y pronto estuvieron andando por el callejón Diagon. — ¿Sabes? Pensaba venir a verte antes; los negocios son algo que debe estar siempre puntual, ¿no? — Lucius pasó su brazo por los hombros de su amigo y sonrió de forma peligrosa. Severus apartó la mirada, sabiendo que si se la aguantaba un segundo más, le daría un escalofrío. Le siguió escuchando, — Pero Narcissa insistió en esperar hasta el domingo para poder hablar contigo en la mansión. Sabes que a ella tú le caes bien, ya sabes cómo es. — añadió despectivamente. Severus frunció el ceño y se aventuró a preguntar:

— Pensé que la amabas.

— Nunca podría amar a un ser tan imperfecto como ella. Imagínate si mi hijo sale más parecido a ella que a mí, ¡sería horroroso! — dramatizó Malfoy; sin embargo, Severus sabía que todo ese teatro iba en serio. —Pero de momento es lo mejor que he podido conseguir: es rubia, pero no tanto como yo; tiene los ojos claros, pero no tan bonitos como los míos; tiene la piel tersa y suave… Pero no tanto como yo. De todas formas, me quiere y los dos sabemos que tarde o temprano ella se irá y yo me quedaré. — Severus intentó no poner mala cara a lo que Malfoy había dicho: ¿cómo podía ser tan narcisista? Narcissa era muy guapa y a pesar de que podía llegar a comportarse como una cría caprichosa y tenía unos gastos que no cualquiera sería capaz de satisfacer, seguía siendo buena. — Puede que decida quedarme contigo; depende de cuánto me falles, claro.

Lucius paró y Severus a su lado, paralizado por el miedo: ¿acababa Lucius de sugerir que pensaba convertirle en vampiro? ¿A él? Giró la cabeza lentamente, pálido y asustado, y miró a Malfoy directamente a la cara: sí, lo había sugerido. Lucius le apretó del brazo y, después de ensanchar un poco más su sonrisa feroz, desapareció junto a él. Un torbellino de colores y sensaciones, un tirón en el ombligo y, finalmente, la Mansión Malfoy.