Veinte

Hermione no sabía qué era la poción del suplemento dietario que le había dado Harry. No había encontrado la fórmula, por más que había separado un tiempo de su investigación para hacerlo y todo. Sin embargo, después de solo tres o cuatro días había sentido que no era tan difícil pararse de la cama. Que, de pronto, podía subir las escaleras hasta la biblioteca sin hacer una pausa para tomar aire. Al tener más fuerzas, sintió que todo era más claro, le rindió más en el estudio, encontró conexiones donde antes únicamente veía un montón de información dispar.

A medida que se le acababan los días, entendía perfectamente que esa poción podía ser adictiva si se usaba más tiempo, y que probablemente en eso recaía lo limitado de su tiempo de uso y la mirada de aprensión que había llegado a la cara de Severus al ver la botellita. Pero, con la mente más clara, pudo encontrar poco a poco la decisión y fortaleza que había perdido en los últimos meses. Cada día trataba de comer un poco más en las comidas y de mantenerlo dentro. Las charlas con Frank, en ese momento, se estaban enfocando más en la voluntad y la consciencia que únicamente en lidiar con traumas pasados; ya volverían a ellos en cuanto se pudiera alimentar conscientemente.

Justamente, luego de una de las citas con Frank de esa semana, aprovechó para dar una vuelta por el Londres muggle. Cada par de semanas caminaba un poco por los parques, veía niños jugar y de pronto se tomaba un café, tan extraño al mundo mágico. Las últimas semanas, al ver a los niños, había sentido un dolor en el pecho que había hecho que espaciara cada vez más sus caminatas. El sabor amargo que le quedaba luego era más que suficiente para quitarle el poco apetito que hubiera podido tener.

Ese día fue diferente.

Ver a los niños, a sus madres, los árboles, era como si todo estuviera saturado de color, como si emitiera una energía que la hacía sentir ligera como antes de la guerra. No es que el día estuviera particularmente soleado; de hecho parecía que iba a llover. Pero de la misma forma en que había llegado a la biblioteca en un solo impulso, que había desayunado más que una tostada esa mañana, que le había sonreído a Severus en algún momento la tarde anterior, vio a los niños con otros ojos. Era como si se hubiera quitado un velo.

No era ingenua, sabía que su ligereza se debía casi exclusivamente a la poción, pero quería encontrar una forma de volver eso permanente. Frank le había explicado que, más o menos, así era como se sentía ser feliz, encontrándole la armonía a las cosas y la belleza en lo más insospechado. ¿Solo con tener un cuerpo ligeramente más sano, ligeramente mejor nutrido hacía semejante diferencia? Frank le había dicho que, en su caso, tal vez era así. Cada persona era un universo diferente y era imposible decir que lo que le servía a ella le serviría a cualquiera. Pero sí le recomendó buscar una dieta equilibrada, llena de alimentos frescos, cuidar su cuerpo y ejercitarlo, si es que eso era lo que le había dado ánimos.

Un cuerpo cada vez más sano seguramente ayudaría a que tuviera una mente cada vez más calmada, menos ahogada en pensamientos negativos. Al preguntarle qué tipo de ejercicio podía hacer, él se encogió de hombros. Cualquiera que implicara que estuviera afuera por un tiempo. No había muchas opciones mágicas (quidditch definitivamente no era una opción), por lo que le recomendó que aprovechara su ascendencia y mirara alguna cosa muggle que le llamara la atención.

Se sentó en una de las bancas y miró qué hacía la gente. Había unos que trotaban. ¿Tal vez podría intentar eso? Frank le había dicho que, en últimas, podía trotar o hacer cualquier cosa que no fuera necesariamente un deporte en equipo. Tal vez necesitaría unos zapatos… Otros jugaban con una pelota. Fútbol. Negó. Era algo en equipo y, fuera como fuera, ella no tenía coordinación para una pelota. Continuó así por un tiempo, viendo a su alrededor, relajada con su taza de café en la mano.

Al final, caminó hasta un grupo de chicas que estaban estirando luego de terminar su rutina. Las saludó y entabló una breve conversación con ellas sobre lo que necesitaba para comenzar a hacer ejercicio, explicándoles que era una completa novicia en el tema.

-Pero seguro te acuerdas de lo que hacían en las horas de educación física en el colegio, ¿no?- le preguntó una de ellas, mientras trataba de tomarse las puntas de los pies. Hermione se había sonrojado, pensando que lo más cercano serían las clases de Madam Hooch, y que definitivamente no les podía hablar de eso.

-Mi colegio era… un poco alternativo. No teníamos esa clase ni ninguna… de ese estilo- las dos chicas la miraron, sin comprender muy bien cómo podía existir tal colegio.- Por eso les digo que soy nueva en esto… El colegio era un internado en el campo, entonces tampoco había opción de ver mucho más.- Eso fue suficiente para que las otras dos comenzaran a contarle todo sobre los zapaos, los pantalones y todo lo que pudiera necesitar. Se ofrecieron a acompañarla a comprar las cosas, pero Hermione les dijo que tenía que ir en seguida, pues su tren salía en poco tiempo.

Esa noche volvió al castillo, con varias bolsas encogidas en su bolsillo. Fue directamente al comedor, decidida a que iba a comer algo más que su acostumbrada aromática. Se sentó junto a Severus, que la vio levantando una ceja.

-¿Se alargó tanto tu reunión con Frank?- le preguntó en su monotono. Hermione negó. Examinó las fuentes, tratando de ver cuál le repugnaba menos. Era muy fácil tomar la decisión de comer cuando no tenía la comida al frente.- Tienes que comer- agregó el profesor, lentamente, con esa voz que hacía que cualquier estudiante le hiciera caso sin pensarlo.

-Yo sé- murmuró ella.- Solo estoy tratando de pensar qué… Pásame esas verduras, por favor- añadió, haciendo una seña a una bandeja que se encontraba algo más allá de Severus, llena de coloridas verduras al vapor. Él la tomó, le sirvió y, luego de preguntarle si era lo único que iba a comer, le sirvió un poco más. Hermione, como las últimas semanas, tardó en comer mucho más que todos los otros profesores. Severus la esperó pacientemente, leyendo un libro, hasta que ella se negó a comer más. En su favor, se había comido casi todo lo que el profesor le había servido e incluso había probado una de las galletas de chocolate.

-Me alegra que estés haciendo un esfuerzo- dijo al final el profesor, marcando la página con un pedazo de pergamino lleno de anotaciones y levantándose. Hermione hizo lo que pudo por sonreírle.

-Compré ropa- Severus la miró, levantando nuevamente una ceja.- Es para hacer deporte. Frank parece estar de acuerdo con que estar más saludable me ayuda a estar más tranquila, y sugirió que comenzara a hacer algún tipo de ejercicio.

-¿Y…?

-Voy a trotar. Compré las cosas que me recomendaron unas chicas en el parque… y claro, me conoces, terminé en una librería buscando un libro sobre cómo hacerlo. Debería estar bien, si comienzo despacio. Se supone que abre el apetito, además…- terminó, casi murmurando. Severus asintió decididamente con su cabeza. Continuaron caminando en silencio, hasta que llegaron a la puerta de su cuarto.

-Antes de que lo olvide. Vino Potter hace un par de horas. Le dije que aún no habías vuelto de la cita con Frank. Tal vez deberías ir a visitarlo. Siento que algo no estaba del todo bien.

-¿Cómo así…?

-Solo lo vi acelerado, inquieto. No tenía su actitud normal. Sabes que tiendo a fijarme más de lo necesario en las personas… Y a Potter no le quité el ojo en seis años- Hermione asintió, sintiendo cómo el velo que había visto levantarse esa tarde en el parque volvía a caer, aunque tal vez menos grueso que las últimas semanas.

Al abrir la puerta, se encontró con dos lechuzas en su escritorio. Las reconoció a ambas. Una de Andrew, del que no había oído en los últimos días, no supo si le dio más fastidio, alegría o rabia ver. Otra de Harry, que de inmediato supo que no podían ser muy buenas noticias.