¡Hola a todos! He estado muy ocupada últimamente. Mucho pero mucho mucho. De hecho, éstas vacaciones han sido las más cansadas que jamás he tenido. Creo que preferiría estar de vuelta en la escuela xD
Como éstos no han sido exactamente los mejores tiempos, y como hace mucho que no subo capítulo con la regularidad que desearía, intenté desbloquearme un poco de la realidad escribiendo. Y éste es el resultado.
Debido a mi costumbre de siempre tener el siguiente capítulo empezado cuando subo Chapter, mi antiguo estilo está aún un poco aferrado al principio, pero después voy volviendo a lo que estaba más acostumbrada con este proyecto. De hecho, el siguiente Chapter está también terminado, pero como le debo reviews a la gente, me voy a dedicar a estructurarlos y los enviaré el viernes antes de subir lo que sigue. O eso es lo que deseo.
DISCAMIER: Nada de Inception me pertenece. Sólo algunos personajes como Vanessa, Roberto, Penelope, Christian, Mario y Sebastian.
¡Que lo disfruten!
REEMPLAZABLE
Una semana más pasó, entre trabajo acumulado y tareas pendientes. Cobb era mucho más indulgente de lo que yo merecía.
Desde el cumpleaños de Eames, Vanessa había tomado la costumbre de salir con nuestro falsificador siempre que se les presentase la oportunidad, con la excusa de que iban a tener una entrevista con el militar que estaría involucrado en la extracción. Sin embargo, no volvían a casa hasta entrada la madrugada. Eso no hubiera sido un problema, de no ser porque mis tardes se volvieron mucho más pesadas sin Eames en la casa para aligerarme un poco la carga a la hora de la comida chatarra. A hora todo en el Cuarto de Arquitectos era trabajo y seriedad en su más pura expresión. Y el hecho de que Arthur nos acompañara a tomar un café de vez en cuando no cambiaba mucho la cosa.
El viernes, Cobb anunció que partiría al día siguiente. Me dejó un montón de trabajo por terminar, aunque personalmente creo que él no confiaba que fuese capaz de terminarlo a tiempo. Hubo un pequeño desorden en el ambiente ese día, mientras arreglaba los últimos detalles de su maleta y andaba de un lado a otro de la casa, yendo y volviendo por cosas que recordaba de último minuto. Ese día, como fue de esperarse, Vanessa y Eames no salieron a ningún lado. Se quedaron ahí en la casa, haciendo lo que sea que se supone que hacen los extractores y los falsificadores en su tiempo libre. Después recordé que ambos habían dejado un montón de pendientes sin resolver por sus recurrentes salidas. Me sentí repentinamente aliviada de no ser la única atrasada del equipo.
Arthur era el único que no parecía alterado ese día, con sus pasos tranquilos y sus sugerencias pacientes a cualquier cosa que Cobb le solicitara. Él había sido el que había planeado todo el viaje, quién más si no.
—Ariadne, ¿Te parece construir el espacio del sueño en lo que no estoy? —me preguntó de repente, sacándome de mis pensamientos.
—La verdad, no creo poder terminar todo a tiempo sin… —comencé, aunque pensé que quizá me estaba conmiserando.
—Sé que harás un buen trabajo —me cortó, recogiendo su saco. Se dirigió hasta mí, y me dio un beso de despedida en la frente. Por algún motivo, eso no provocó en mí ninguna reacción.
No vi como el taxi se lo llevaba, tenía mucho que hacer. Sin embargo, escuché el suave sonido del motor alejándose, y el alboroto que se hizo después en la planta de abajo. La voz de Vanessa se alzó, captando mi atención.
—¡Pedazo de incompetente! ¿Tienes idea de cuánto costaba eso?
Si mal no me acordaba, había sido Eames el miembro en turno para ayudarla a preparar la comida de esta tarde.
Bajé velozmente, para ver lo que pasaba. En la cocina, Vanessa se mantenía parada frente a lo que parecían ser los restos de su platón de porcelana favorito. Cruzó todo el cuarto al notar mi presencia en un par de zancadas. Su cara estaba roja, y ni siquiera me dirigió una mirada.
—¡No quiero ver eso para cuando vuelva!, ¿Me oíste?
Escuché su fuerte taconeo alejándose, y luego el sonido de los botones de su celular. Llamó rápido a alguien para que la recogiera y se fue.
—Bah, va a estar bien en una semana —murmuró él, recogiendo ese desastre.
—Yo no sé Eames —escuché la voz de Arthur. Él estaba del otro lado de la barra, fuera de mi campo de vista—. Creo que era valioso para ella… —insinuó.
Divagué, recordando que ella alguna vez me había mencionado algo acerca de que esa bandeja se la había regalado alguien muy importante, o que significaba el recuerdo de algo que atesoraba terriblemente.
—Reemplazable —le cortó.
Parecía algo tenso. Caminé hacia él, pero me detuve en el último momento. Extendí la mano hasta su hombro, pero no acerté a tocarle. Fruncí el ceño.
—¿Qué pasó? —le pregunté.
Él hizo una especie de mueca, levantándose del suelo.
—Nada, sólo una pequeña discusión. Pero ya sabes cómo es ella —lo soltó todo con demasiada seriedad.
Asentí encogiendo uno de mis hombros, desviando la mirada. No quería pensar en lo incómodo que era verlo enojado. No solía ocurrir muy a menudo. Quería irme, pero pensé en lo grosero que eso podría verse. Comencé a jugar con mi mascada, sin saber qué decir. El silencio se alargó, y él no se movía de su posición, de espaldas a mí. Parecía tenso, pensativo.
—¿Eames? —inquirí, muy bajo.
Él despertó de su trance, y su mirada voló a mí en un segundo. Sonrió.
—Creo que vamos a tener que utilizar las reservas hoy para no morir de hambre —insinuó, y de un momento a otro, nos encontramos corriendo entre risas, subiendo las escaleras hasta el cuarto de arquitectos.
—Segunda en nacer, segunda en todo —se burlaba él mientras me ganaba ventaja, y me bloqueaba el paso con su cuerpo.
—¡Eames! —le golpeé la espalda, pero él me ignoró con facilidad.
Entre risotadas y arañazos, abrimos la puerta del Cuarto de Arquitectos, y nos quedamos en la entrada, intentando regular nuestras respiraciones y nuestra risa. Yo me tomé el estómago y arrugué la nariz, mientras usaba mi ligereza para pasarlo y sentarme en mi lugar de siempre.
—Voy por una silla —me anunció alejándose. Yo empecé a dar vueltas sobre mi eje, mientras lo esperaba.
Pensaba en todo lo que tenía pendiente, pero hoy apenas se iba Cobb… y Vanessa no estaba en la casa, así que había que aprovechar. Distraídamente, tomé mi lapicero, y comencé a moverlo entre mis dedos. Al tiempo, percibí el sonido de unos pasos ligeros y rítmicos acercándose. Levanté la vista sonriendo, como si esperara que fuera Eames —porque había olvidado que él no tenía los pasos ligeros—, pero era Arthur quien se mantenía frente a la puerta abierta, mirando extrañado al interior.
—Qué raro —fue lo único que pronunció, y yo recordé que él se había encontrado con nosotros en la cocina antes de que Eames y yo saliéramos corriendo. Tal vez nos había seguido.
El motivo de su comentario era probablemente porque de haber sido un día normal, ni de broma esa puerta se hubiera mantenido abierta. Cobb y yo atesorábamos demasiado la idealidad que proporcionaba el aislamiento y el silencio en las horas de trabajo, por lo que siempre había sido una regla no-pactada entre nosotros que debíamos mantenernos encerrados. Pero él no estaba, y yo realmente no tenía ánimos de trabajar. Por primera vez en mucho tiempo. Observé la manera en la que cambió su expresión cuando percibió ese aroma del café escapándose de la habitación.
—¿Quieres pasar? —le pregunté—. Aún queda un poco del café que hizo Cobb esta mañana.
Él asintió, y dejó los papeles que sostenía hasta ese momento sobre una de las mesas de trabajo. Yo anoté mentalmente que no debía de tocar aquello. Por lo general, cada hoja que llegaba ahí terminaba convertida en ideas de planos, anotaciones o portavasos. Pero ésas tenían que sobrevivir. Tenía que recordarlo.
No fue necesario que le ofreciese mi ayuda, porque él mismo caminó hasta la cafetera y se sirvió hábilmente su bebida. Creo que estaba confundida en ese momento o algo, pero juraría que lo escuché suspirar largamente cuando se recargó en el lindera de una de las mesas de trabajo.
—¿Tienes mucho que hacer? —le pregunté.
—Ah… uno pensaría que el trabajo disminuye con el tiempo… pero mientras el proyecto progresa, más detalles surgen, y más problemas para mí por aclarase.
Asentí mientras dejaba el lapicero sobre mis deberes pendientes.
—… pero quiero terminarlo todo para mañana a más tardar, debemos aprovechar para construir el espacio de la mente del soñador —insinuó como si no tuviera importancia.
Yo contraje ambos labios, mientras pensaba en cómo demonios le haría para equilibrar mis pendientes con eso.
—No te preocupes, recuerda que el tiempo se multiplica cuando sueñas —me dijo de repente, como si pudiera leer mis gestos y adivinara mis pensamientos—. Van a ser cosas de un par de minutos en tiempo real.
—¿Qué cosa va a ser cuestión de unos minutos? —preguntó Eames improvisadamente, entrando con su silla de la Habitación del Falsificador.
—Lo de construir el espacio del sueño en la mente de Arthur —le sonreí, mientras él tomaba su lugar a mi lado.
—¿Ah, sí? ¿Cobb te dejó construir el primer nivel de sueño? —apoyó una de sus manos sobre la rodilla, provocando que su codo creara un ángulo extraño fuera de su cuerpo. Yo asentí arrugando la barbilla.
—Y yo seré el soñador del primer nivel, ya lo habíamos acordado con Vanessa antes de que él se fuera —respondió Arthur desde su posición, mientras Eames parecía incrédulo.
—Espera… ¿Qué? —Eames se hizo para atrás en su silla, y por un momento pareció que no comprendía lo que estábamos hablando—. ¿Están diciendo que ustedes tomaron una decisión con Vanessa sin que yo me enterara? ¿No se supone que todo se trata en la Sala de Planeación antes de autorizarse?
—Bueno, sí; pero hicimos el acuerdo prácticamente antes de que él se marchara, así que no había tiempo para planear una reunión.
—Ah, es una lástima —soltó Eames casi en un susurro, desviando la vista—. Siempre tiene que haber alguien en este equipo que no sabe de algún secreto de los demás.
Por un momento, casi creí que sus palabras tenían la intención de un doble sentido, pero nos miró de ese modo enigmático y divertido que tiene cuando sólo intentaba mantener una broma.
—Ah, no es para tanto —intenté calmarlo, como ignorándolo—. Ni que no te fueses a enterar de todos modos.
—Bueno —casi me cortó—, yo propongo que ya que la bruja mala no está, nos pongamos a disfrutar de la comida que tenemos aquí, ¿no?
—Espera… ¿acabas de llamar a Vanessa Bruja Mala? —Arthur rio.
—Ah… lo he pensado a veces. La verdad no es tan malo cuando la conoces, pero se comporta como si lo fuera la mayoría del tiempo.
—¡Uh! — soltamos Athur y yo, mirándonos. Como si hubiéramos pensado lo mismo.
—Yo creo que estás enojado con ella porque te gritó de esa manera allá abajo, y a ti no te había tocado —dijo Arthur, lo más rápido que pudo.
—Yo creo que estás dolido.
—¡Dolido! —se burló él mismo, echando la cabeza para atrás.
—Dolido y despechado, pero no puedes dejar de amarla —mi tono fue casi el de una niña burlona mientras soltaba la frase. Él se levantó para elegir algo de los paquetes de comida congelada en el refrigerador.
—Ya Ariadne, te ves ridícula haciendo esa cara —me reprendió una vez que hubo puesto sus cosas en el microondas, desinflando mis mejillas hinchadas de los falsos pucheros. Reí con él—. Deja de insistir, ¿sí?
Yo negué con la cabeza, y le saqué la lengua.
El día pasó increíblemente rápido después de eso, y no sé cómo. Después de comer, nos quedamos un rato hablando en el Cuarto de Arquitectos, y cuando Eames recordó que aquella misma noche había partido, todos bajamos a donde estaba la televisión para verlo juntos. No es como si yo hubiese entendido mucho lo que ocurría, pero disfruté de los gritos mientras reía por los comentarios que soltaban de vez en cuando. Algo que noté, conforme el tiempo pasaba, era que Arthur había terminado relajándose. Para el final del día, había terminado despojándose del chaleco de su traje y su camisa clara se movía libremente sobre él mientras levantaba las manos con alegría, o maldecía, o festejaba. Yo estaba sentada entre ambos, porque era la hermana pequeña, pero casi terminé arrepintiéndome. Y cuando terminó el partido, apagamos la televisión y nos sentamos en el piso, hablando de boberías. En menos de lo que me di cuenta, ya era bien entrada la noche.
—¡Oh! —grité cuando vi por fin el reloj de marcos dorados que decoraba una de las paredes.
—¿Qué? —preguntó Arthur.
—Se hizo muy tarde, y tengo que trabajar mucho mañana. Yo tengo que volver a la escuela el lunes, ¿Saben? No puedo darme el lujo de… quedarme despierta tanto tiempo.
Arthur asintió, y Eames bostezó. Nos vio a ambos y se encogió de hombros.
—Me voy entonces. Arthur, ¿vienes?
Él asintió —En un momento.
Eames torció la boca y se dio la vuelta para desparecerse. Lo vi alejándose, y me recargué en mis muñecas. Comenzaba a sentirme un poco cansada.
—Realmente no quiero levantarme, ¿Sabes? —solté, observando lentamente cómo se quitaba el reloj.
—Yo tampoco —admitió.
Suspiré, mirando a mí alrededor. Caí lentamente sobre mi espalda. Arthur hizo lo mismo.
—Crees que el enojo le dure tanto a Vanessa? —inquirí.
—No lo sé. No es muy predecible.
—Considerando que no ha vuelto… —comencé, pero él negó violentamente con la cabeza, como intentando decirme que la idea era impensable.
—Así es ella. Créeme. Eames rompió algo que ella atesoraba demasiado. Si vuelve para mañana, con lo que sea que haya comprado, seremos afortunados.
—¿Y si volviese en unos minutos?
—Entonces realmente aprecia a Eames —dijo, mientras yo reía por lo bajo.
—Eames parece tomarse lo todo a la ligera —observé, acurrucándome en mi sitio.
—Bueno, así es él también. Aunque no creo que no hubiese sido nada para él. Va a buscar la forma de disculparse, vas a ver. Sólo pretendió que no le importaba.
Asentí en silencio, fijando mi vista al techo. Pasó el tiempo.
—Parece que lo conoces perfecto. —solté de repente, sintiendo el sueño descender sobre mí.
—Los conozco desde hace mucho, no perfectamente. Es diferente… —dijo, muy bajo. Creo que él también comenzaba a sentirse cansado. Sonreí.
—Arthur.
—¿Si?
—Recuerda que mañana comenzamos lo del diseño de…
—¿No dejas de pensar en trabajo nunca, no? —me cortó, amable.
Negué lentamente con la cabeza, volteándome hacia él.
—Realmente quiero ganar esto, Arthur.
—Yo igual. —su rostro estaba frente al mío, y yo recogí mis rodillas para sentirme más cómoda.
—¿Y si ganáramos? Es decir, ¿Y si en serio lo hiciéramos?
Él torció la boca en un gesto amistoso.
—Creo que seríamos un verdadero equipo entonces. Uno fijo, tú sabes… no como solemos ser normalmente. Las cosas cambiarían.
—Y podríamos cobrar más.
Arthur soltó una larga carcajada. Yo dejé de seguirlo después de un rato. Era bueno verlo así, disfrutado tan sinceramente. Observé con detenimiento como sus ojos se rasgaron más, casi desapareciendo, y se marcaban pequeñas arrugas a sus costados. Podía ver sus colmillos vibrando detrás de sus labios y la depresión de su garganta subiendo y bajando. Pestañeé. No era fácil hacer que Arthur estuviera en ese estado, y quería disfrutarlo. Su risa, tal y como sonaba en ese momento para mí, era maravillosa. Sonreí ligeramente, como intentando sumergirme en ella en mi silencio.
Fruncí el ceño cuando él paró, abruptamente. Intenté descifrar el motivo por el que lo había hecho, pero él me veía fijamente. Entonces me di cuenta de que acariciaba su garganta.
Quité mi mano rápido y lo miré. Sentí la sangre agolpándose en mis mejillas.
No sé cuánto tiempo pasamos así, mirándonos el uno al otro, sin encontrar que decir. Intenté descifrar lo que pensaba, pero su mirada estaba tan inexorable como siempre. Por mi parte, me sentía expuesta.
Ni siquiera sabía por qué había hecho aquello. Intenté decirle que estaba avergonzada, que no sabía qué pasaba conmigo, pero él me indicó que callara cuando al fin me atreví a abrir la boca.
—Shh —dijo. Vi como levantaba lentamente su mano, y se acercaba hasta donde yo estaba. Fruncí el ceño ligeramente, confundida. Entonces sentí sus dedos suaves posarse sobre mi mejilla, despertando la piel dormida con electricidad. Entreabrí los labios, aturdida por esa sensación. Entonces, escuchamos la puerta principal abrirse estrepitosamente.
—¿Vanessa?
Abrí los ojos, y me levanté rápidamente. Arthur tenía la mirada fija en el lugar del que se suponía que tendría que llegar Vanessa. Sentí un nudo en la boca del estómago, y la única manera en la que pude reaccionar fue estúpida. Corrí hasta mi habitación. No tendría mucho tiempo para cambiarme, asearme y pretender que había estado dormida antes de que ella llegara. Mientras me apresuraba a mi trabajo, escuché las voces de mi compañera y de Arthur en la planta baja. No entendí lo que decían con exactitud, pero supuse que ella le preguntaba a él por qué se encontraba despierto tan tarde… o tan temprano. Para mi suerte, él la entretuvo un rato y yo logré meterme en la cama antes de que ella entrara. Parecía que estaban discutiendo.
Su perfume llenó la habitación, y las luces se encendieron.
—Ah, Ariadne, levanta tu ropa por favor —se quejó.
Yo proferí un quejido, pretendiendo ser molestada por las luces.
—No me pretendas niña, no te voy a dejar dormirte con este desastre en el piso… ¡Ariadne!
—Mañana —solté desde mi lugar. Mantenía los ojos abiertos desde debajo de las sábanas. No sé por qué, mi corazón latía violentamente.
—Ah… —se quejó ella, y la escuché aventándose sobre su cama—. Hoy, tonta.
No hubo desayuno la mañana siguiente. Nuestra extractora permaneció acostada hasta tarde, insensible de la luz y del tiempo. Lo único que pude ver de ella cuando decidí despertar fueron sus rizos revueltos sobre la almohada y un pedazo de su barbilla, despreocupada. Me escabullí hasta la cocina, donde Eames ya se encontraba. Y era el único que permanecía despierto. Al parecer, Arthur le había dicho que se levantaría tarde.
Torcí la boca al oír eso, sintiéndome culpable. Creo que Eames pudo notar mi reacción, y el modo en el que no había dormido pensando en lo que había sucedido durante la noche y porqué, recriminándome mi reacción al oír la llegada de Vanessa, porque me miró con esa mirada que le conocía tanto. En ella me preguntaba si no tenía nada que decir, y yo negué con la cabeza mientras buscaba algo con qué prepararme algo de comer.
—Miré a Arthur cuando llegó a la habitación en la madrugada —insinuó él—Parecía algo… aturdido.
Carraspeé.
—¿Sí?
—Sí… ¿No estuvieron hablando antes de decidirse a subir; tú sabes… justo cuando Vanessa llegó?
—Claro que hablamos. Yo mencioné el trabajo y él me dijo que nunca dejaba de pensar en los deberes. Y así.
—Pero qué irónico —rio, mientras le daba un sorbo a una especie de licuado sobre su mano.
—¿Y cómo supiste que Vanessa llegó en la madrugada? Pensé que dormías.
—Me despertaron sus voces. La de ella y la de Arthur. Estaban peleando otra vez, pero no sé de qué. Sólo sé que Arthur se ofreció a llevar lo que había comprado y ella se negó. Creo que ella siempre compra cosas cuando está enojada —lo escuchaba mientras me servía un plato de cereal y comenzaba a devorarlo—. Como sea, lo que sea que le impidió levantarse de la cama hoy tiene que ver con eso o con lo que estuvieron hablando en la noche…
—O tal vez está cansado.
—Tal vez.
Se hizo un pequeño silencio. El hermano Eames parecía pensativo, llevándose ese brebaje rosado que contenía su vaso a la boca una y otra vez.
—Como sea —rompí de repente—, tengo mucho trabajo que hacer hoy. Voy al Cuarto de Arquitectos, por si necesitas algo —terminé con mi plato y corrí a lavarlo—. Si Arthur se levanta, recuérdale que teníamos trabajo pendiente, ¿Sí? Voy a cerrar la puerta, así que…
—No hay problema —asintió él. Pero dudo que llegue a verlo. Tengo que salir.
—Oh —suspiré. Bueno, entonces…
—No te preocupes. No creo que se le olvide —me cortó, y me hizo un gesto con la mano para que me fuera—. Buena suerte.
Me miró un instante, y le sonreí antes de volverme. Corrí al cuarto de arquitectos lo más rápido que pude y cerré la puerta tras de mí. En la seguridad consoladora de la soledad, suspiré pesadamente y miré la extensión del cuarto extendiéndose frente de mí. Sin un ruido, me dispuse a mi trabajo. No me tomó nada fusionarme de nuevo con su ambiente y me sumergí en mis deberes siendo consciente del tiempo sólo por la luz que llegaba desde el ventanal. Llevaba un largo tiempo sin trabajar en serio, y creo después de todo, eso era lo que realmente necesitaba. Mientras pasaba el día, iba olvidándome de lo que me preocupaba, y el mundo detrás de esa puerta blanca cerrada con llave parecía lejano, irreal. Lo único que necesitaba para completar ese cuadro ideal creado a mí alrededor era Cobb. Pero por algún motivo, no lo extrañaba.
Mi ambiente se rompió cuando escuché que alguien tocaba la puerta. Levanté la cabeza, y recordé a Arthur y nuestro trabajo de hoy. Me alegré de que lo recordara. Corrí hasta la puerta y la abrí en vuelo.
—¡Arthur! —solté repentinamente eufórica, dándole paso. Él ocupó el lugar de Cobb, recargándose en las dos patas traseras.
—¿Lista? —preguntó. Mi vista voló hasta el trabajo que me encontraba haciendo. En realidad, ésas últimas horas encerrada me había encontrado retocando los planos con los que trabajaría. El Primer nivel del sueño, me repetí.
—Lista —le respondí.
¿Qué tal? ¿Les gustó? ¡Espero sus comentarios! Ya saben que mientras más reviews, más me animo a seguir escribiendo... y más rápido llegará el siguiente Chapter xDD
La verdad me gustó escribir este capítulo... quizá porque ya extrañaba esta historia y me hacía falta mi dosis de Año Nuevo de éstos personajes.
Por cierto... ¡Feliz Año Nuevo! ¡Para todos mis lectores! Ojalá que sus sueños y propósitos se realicen, y que hayan recibido justo los regalos que querían.
Pero bueno, para aquellos que se pregunten acerca de mi promoción pasada... sigue vigente, siempre y cuando me envíen un mensaje con la respuesta correcta. Y además, en este capítulo, abro otra: ¿De dónde viene el diálogo que Eames le grita a Ariadne cuando van corriendo hacia el Cuarto de Arquitectos? Él le dice: "¡Segunda en nacer, segunda en todo!". Viene de una película animada. Ésa es mi única pista. Si lo adivinas, igualmente podrás preguntarme acerca del tiempo que quieras de uno o dos personajes que a ti más te parezcan. Bajo tu propio riesgo. Mwajajaja.
¡Besos! ¡Hasta el viernes, si tengo la suerte!
¡Espero sus reviews!
