NdA: Besos y gracias a todos por leer y comentar ^^

Capítulo 21 Puentes tendidos.

Malfoy Manor, Wiltshire

27 de enero de 2020

Querida Andromeda,

He pasado mucho más tiempo del que habría deseado preguntándome si escribirte esta carta era una buena idea. Lo último que deseo es molestarte y si esta carta reabre viejas heridas, sólo hará falta una indicación tuya para no volver a tener noticias mías nunca más. Espero, sin embargo, que al leer estas líneas recuerdes lo mismo que yo: las tardes jugando en el jardín, las risas cuando escuchábamos a Padre roncar en el despacho, los horrendos vestidos de volantes y encajes que le poníamos a nuestro elfo…

Los años me han vuelto más directa, creo, así que lo diré sin rodeos: te echo de menos, Andromeda. Me sentí traicionada cuando abandonaste a la familia, cuando te marchaste sin despedirte, anunciando que no querías saber nada de nosotros. Pero nunca dejé de echar de menos a mi hermana mayor. Y me gustaría poderte decir al menos cuánto siento la muerte de tu marido y, especialmente, la de tu hija Nymphadora. Jamás aprobé la decisión de Voldemort de asesinarla a ella y al bebé, lo juro, y si no te envié mis condolencias antes, si no he tratado de darte mi apoyo, ha sido únicamente porque pensaba que no lo querrías, no con la guerra tan reciente. También me detuvo pensar que confundirías mi sinceridad con un intento de utilizarte con el fin de parecer más respetable, pero ahora no somos parias y esa confusión ya no es posible.

No te necesito, Andromeda, simplemente te quiero. Y no sé si hay alguna posibilidad de volver a ser hermanas, pero sí sé que necesito intentarlo. La decisión es ahora tuya, pero espero de corazón que quede en el tuyo un poco de amor por mí, aunque mis errores hayan sido tan grandes. Esperaré con impaciencia tu respuesta.

Afectuosamente,

Narcissa Malfoy.

Cuando Andromeda terminó de leer la carta, su semblante era impasible, pero la mano que la sostenía temblaba un poco. Había estado esperando a medias algo así desde que Harry había dejado caer que Narcissa estaba pensando en un acercamiento; no había sabido qué pensar y ahora que el momento había llegado seguía sintiéndose incapaz de tomar una decisión.

Durante muchos años, Andromeda había tenido momentos en los que incluso había olvidado que tenía una hermana viva. Narcissa y ella no frecuentaban los mismos círculos y podían pasar semanas, incluso meses, sin cruzársela por el callejón Diagon o por Hogsmeade, o sin pensar en ella. Narcissa Malfoy era sólo la mujer de un mortífago, llena, hasta donde ella sabía, de prejuicios que la harían mirar con asco a Teddy. No tenía nada que hablar con una mujer así.

Pero el año anterior habían pasado muchas cosas que la habían hecho preguntarse si su imagen de Narcissa era tan exacta como pensaba. James Potter le había hecho esa atrocidad al pequeño Malfoy y eso había sacado a la luz la amistad entre Albus y Scorpius y el permiso que Merrythought había recibido de los Malfoy para tomar a Teddy como aprendiz. Los Malfoy, después, habían retirado la demanda, un gesto que la había pillado completamente por sorpresa; por supuesto, si Scorpius no se hubiera recuperado su familia no se habría mostrado tan generosa, pero eso era algo que no se les podía echar en cara porque sólo unos santos habrían sido capaces de tal cosa. Además, habían honrado el vínculo que se había formado entre ellos y Albus hasta el punto de abrirle su casa, de invitar a su padre con él. Y ahora, por si todo eso no fuera suficiente, la relación entre Harry y Draco Malfoy también había sufrido un cambio sustancial. El propio Harry era, al fin y al cabo, el primero en insinuar que un acercamiento entre ella y su hermana podía ser posible; ¿y habría sugerido algo así si Narcissa aún pensara como una mortífaga?

Andromeda volvió a leer la carta con emociones mezcladas y mil pensamientos en la cabeza. ¿Qué Narcissa veía? ¿La fría esposa de ese bastardo de Lucius Malfoy? ¿La niña rubia que se tapaba la boca con la mano para ahogar las carcajadas, roja por el esfuerzo, mientras los ronquidos de su padre reverberaban por todo el despacho?

No, no conocía a Narcissa. Su hermana no era ninguna de esas dos cosas. Y no sabía si quería tener relación con ella. El año anterior había tenido un gesto impulsivo hacia Scorpius Malfoy: le había enviado un libro sobre fantasmas, ya que parecían interesarle tanto. Había sido su manera de decirse a sí misma que no le guardaba rencor a él y que lamentaba lo que le había pasado. Pero Narcissa… Oh, estaba hecha un lío en lo que respectaba a Narcissa.

-Abuela, ¿estás bien?

Andromeda no había oído entrar a Teddy al salón.

-Sí, sí…

-¿Malas noticias?

Ella miró el pergamino en sus manos.

-Noticias de Narcissa –contestó; aquello era una categoría en sí misma.

-¿Tu hermana? ¿Qué quiere?

-Verme.

Teddy la observó en silencio unos segundos, probablemente intentando descifrar el motivo de su laconismo. A veces Andromeda pensaba que su nieto se había hecho psicomago de tanto esforzarse por interpretarla a ella.

-¿Puedo leerla?

Andromeda dudó un momento, pero después se la dio. ¿Por qué no? Él formaba parte también de todo aquello. Su rostro, casi siempre expresivo, pasó de la curiosidad a la aprobación a medida que iba leyendo.

-Bueno, parece que habla en serio, ¿no? –dijo, devolviéndosela cuando terminó.

-¿Tú crees?

-¿Tú no? No me digas que la carta está llena de sutilezas que sólo la mente retorcida de un Slytherin es capaz de desentrañar.

Andromeda volvió a quedarse mirando la carta.

-No, sólo dice lo que dice.

Teddy se arrodilló frente a ella y tomó sus manos entre las suyas.

-Si la echas de menos, deberías al menos intentarlo, abuela.

-No sé si la echo de menos. La última vez que hubo algún contacto entre nosotras yo tenía dieciocho años y ella quince. Me escribió una carta cuando me fugué con tu abuelo diciendo que había llevado el deshonor a la familia Black y culpándome del dolor que sentían mis padres por mi supuesta traición.

Y ella le había contestado con una carta igual de tajante y extrema, fruto del calor del momento. Y con eso, sus caminos se habían separado para siempre. Resultaba extraño pensar que cincuenta años después pudieran volver a reencontrarse.

-Han pasado muchas cosas desde entonces.

-Sí, su gente mató a tu abuelo y a tus padres.

Teddy la miró con pena y Andromeda se arrepintió de haberlo dicho. No le gustaba que la compadecieran y había hecho todo lo posible por evitar que Teddy viviera en un hogar triste y lleno de resentimiento.

-Siempre he creído, o he querido creer, que somos algo más que nuestro peor crimen o nuestro peor error.

-Oh, eres un ingenuo –exclamó, aunque sonaba como algo que Ted o Dora habrían dicho.

Entonces su nieto se inclinó para darle un beso en la mejilla.

-Es tu dolor y es tu decisión, abuela –le dijo afectuosamente-. Yo te apoyaré decidas lo que decidas.


Después de un par de sesiones con Urien, Teddy tenía la impresión de que el niño ya empezaba a fiarse de él. Aún no le había contado nada importante, sólo habían hablado de las clases y de cómo se sentía por haber atacado así al chico de Slytherin. Teddy estaba dispuesto a esperar lo que hiciera falta para que Urien se sintiera lo bastante cómodo con él como para hablarle de su padre.

Cuando Teddy se dirigía hacia la salida del castillo, oyó que Albus le llamaba a lo lejos, y vio que se acercaba a él con Lily, pero también con dos niños rubios que sólo podían ser Scorpius y Cassandra Malfoy.

-Hola, chicos.

En teoría nadie sabía que estaba allí por Urien, aunque éste podía contárselo a quien quisiera, por supuesto, pero Dominique le había visto la vez anterior y él le había dicho que iba a estar por Hogwarts un par de veces a la semana. No le extrañaba que los Potter y los Weasley ya supieran que andaba por allí.

-Mira, Teddy –dijo Albus-, estos son Scorpius y Cassandra Malfoy.

El chico era algo más alto que Albus, muy parecido a Draco Malfoy, pero de expresión mucho más simpática. Aunque también era delgado, no daba la sensación de ser todo ángulos y picos, como su padre. Cassandra era más guapa, pero no parecía tan abierta como su hermano.

-Encantado de conoceros por fin, soy Ted Lupin.

-Igualmente –dijo Scorpius, tendiéndole la mano con aplomo. Teddy se la estrechó pensando sin poder evitarlo en todas las lecciones de buenos modales que había recibido de su abuela cuando era pequeño.

-¿Es verdad que tu abuela y nuestra abuela son hermanas? –preguntó la niña, estrechándole la mano también.

-Sí, señorita. Eso nos convierte en primos segundos.

Esta vez habló Scorpius.

-¿Y es verdad que eres… metamorfomago?

Teddy cerró los ojos con fuerza y se concentró para que su pelo pasara del azul al rojo.

-Ahí lo tienes.

Los dos Malfoy, como buenos Slytherin, se esforzaron en no parecer demasiado impresionados aunque era obvio que les había encantado.

-Está muy bien –dijo Scorpius, asintiendo con aprobación.

-Ya te lo dije –dijo Albus, tan orgulloso como si fuera él quien había hecho el truco-. Puede hacer un montón de cosas. ¿A que sí, Teddy?

-Sí, es verdad.

-¿Por qué estás viniendo a Hogwarts, Teddy? –le preguntó entonces Lily.

-Bueno, para empezar tenía que ver lo guapa que estás con los colores de Hufflepuff, cariño –dijo, sonriendo. Estaba muy contento de que ella y Hugo hubieran acabado allí-. Y además estoy ayudando a la profesora McGonagall con un asunto.

Scorpius se lo quedó mirando con ojos entrecerrados y expresión intrigada y de pronto se giró hacia Albus y le dijo algo al oído que le hizo poner cara de sorpresa. Teddy se preguntó si no habría deducido que se trataba de Urien, pero ninguno de los dos niños hizo ningún comentario. Era curioso también ver el modo en el que había reaccionado Albus al toque de Scorpius, totalmente confiado, como si estuviera acostumbrado a tenerlo constantemente en su espacio personal.

-¿Qué pasa? –preguntó Cassandra, con suspicacia, mirando a los dos chicos.

-Nada, cosas nuestras –le contestó su hermano.

-Rose te manda saludos –dijo Albus-. Ella está ahora en francés, por eso no ha venido.

Teddy se quedó hablando con ellos unos minutos más, aprovechando para conocer un poco más a sus dos primos. Tenía algo de prisa, pero la curiosidad era demasiado grande. Había oído hablar de los Malfoy toda su vida, siempre en los peores términos, y de pronto, como la mayoría, se había visto forzado a modificar su opinión sobre ellos para poder seguir considerándose justo. Ahora, sobre todo, sentía curiosidad. Al fin y al cabo, eran su familia también, aunque no los sintiera como tal, y quería averiguar por sí mismo cómo eran realmente.


Andromeda fue la primera en llegar al Caldero Chorreante. Después de pedirle a Hannah que le llevara un carrito de té al cuartito que habían reservado ella subió también y se sentó en una de las sillas para esperar a su hermana Narcissa. Esta llegó apenas dos minutos después, con el rostro cubierto todavía por la capucha de su capa, algo que escamó un poco a Andromeda. ¿Acaso había acudido al Caldero a espaldas de su familia? ¿No quería que nadie supiera que había ido a hablar con ella?

-Hola, Andromeda –dijo Narcissa, quitándose la capucha y la capa.

Las dos se habían cruzado con la suficiente frecuencia para no acusar los cambios que había sufrido en cincuenta años; si no otra cosa, al menos se habían visto envejecer.

-Narcissa…

-No has esperado mucho, ¿verdad? –dijo, tomando asiento.

-No, acabo de llegar.

Las dos estaban sentadas frente a frente, una a cada lado de una mesita de mármol. A un lado estaba el carrito de té con dos tazas y un surtido de dulces. Sin el mínimo disimulo, Narcissa sacó su varita y lanzó un hechizo no verbal sobre el carrito. Andromeda arqueó las cejas, segura de que lo había hecho para detectar rastros de veneno.

-Si me crees capaz de envenenarte, no sé por qué has venido.

Narcissa la miró con una ligera sorpresa.

-No lo he hecho pensando en ti. Nunca tomo nada fuera de mi casa o las de mis amigos sin las debidas precauciones.

-¿Han tratado de envenenarte alguna vez?

-La verdad es que nunca lo han intentado de este modo, pero… ya sabes lo que dice el refrán, "Un poco de paranoia hace al Slytherin longevo".

-¿Lo han intentado de otro modo?

-A través de cartas y supuestos regalos. –Entonces se preparó para servir el té, dejando a Andromeda con la tarea de averiguar cómo narices se sentía respecto a eso-. ¿Cómo lo quieres?

-Con limón y azúcar.

Narcissa sirvió las dos tazas y Andromeda aprovechó esa pequeña pausa para calmar sus nervios.

-¿Cómo está tu nieto? ¿Es verdad que ha empezado a trabajar en Hogwarts? –Andromeda asintió-. Ayer nos llegó una carta de Scorpius diciendo que Albus se lo había presentado a él y a Cassandra.

-Sí, Ted me lo dijo cuando volvió ese día de Hogwarts.

-Me alegra que se hayan conocido.

-Lo dudo, Narcissa –dijo Andromeda, con voz tranquila-. Puede que no te moleste mucho, pero de ahí a que te alegre dista un gran trecho.

Narcissa le mantuvo la mirada sin parpadear.

-¿Por qué no? Seguro que tu nieto es un joven encantador. Merrythought, desde luego, parece tenerle un gran aprecio.

Andromeda le dio un sorbo a su taza de té; sabía perfectamente que Narcissa acababa de recordarle que habían dado su visto bueno a que el psicomago lo tomara como aprendiz.

-Ted también le aprecia mucho a él –dijo al fin.

Narcissa bebió también.

-¿Y cómo estás tú?

-Podría estar mejor y podría estar peor.-Apretó los labios un segundo, incapaz de continuar con esa charla insustancial-. Dime, Narcissa, ¿a qué viene esto ahora? ¿Por qué de pronto tienes interés en volver a ser mi hermana?

Esta vez, Narcissa sí pareció sorprendida.

-¿De pronto? Te ruego que me digas cuándo dejé de querer ser tu hermana. Tú fuiste la que se marchó de casa sin más, la que ni siquiera se despidió. Tú fuiste la que ya no quiso ser mi hermana, no al revés.

Andromeda fue incapaz de entender cómo Narcissa podía responsabilizarla de aquella separación.

-Yo me marché para poder casarme con Ted. Tú me enviaste esa carta horrible dejando muy claro que ya no querías saber nada de mí.

-Tenía quince años y estaba furiosa por lo que habías hecho. Madre y padre estaban histéricos y era yo la que estaba encerrada con ellos en Blackhill oyéndolos todo el santo día.

-¿Y luego empezaste a apoyar a Voldemort por despecho? –replicó, sarcástica.

-No, empecé a apoyar a Voldemort por muchas razones que no tienen que ver contigo y estoy dispuesta a dar explicaciones sobre ello y a reconocer que fue un error, el peor que he cometido nunca, pero no te atrevas a decir que dejamos de ser hermanas por mi culpa. Eso es mentira. Si no quieres… si no quieres que volvamos a vernos es una cosa, pero no pongas eso como excusa. Fuiste tú la que se marchó, fuiste tú la que dijo que no quería volver a saber nada de nosotros, no yo.

Esta vez fue Andromeda la que se sentía sorprendida, pues nunca habría imaginado que su hermana pudiera haberse sentido abandonada. Narcissa siempre había sido la favorita de sus padres; Bella había sido agresiva y algo estrambótica ya desde pequeña y ella, demasiado contestona y rebelde. Su hermana también era dura y obstinada, pero de las tres, había sido la única capaz de representar hábilmente y a su conveniencia el papel de hija complaciente. Andromeda se habría apostado la varita a que Narcissa había estado encantada de quedarse con sus padres para ella sola y sobre todo, a que había borrado de su corazón cualquier cariño que pudiera haberle tenido antes. Por lo que parecía, se habría equivocado.

Andromeda no podía presumir de conocer bien a su hermana, pero su instinto le decía que no mentía sobre aquel punto y aquello le hizo sentirse aún más extraña que antes.

-No lo sé, Narcissa, no lo sé –dijo, meneando la cabeza, rehuyendo su mirada por un momento-. No sé si puedo, después de todo lo que ha pasado. Quizás la paz sea tarea de hombros más jóvenes y menos resentidos que los míos.

-No digas eso, Andromeda –le pidió-. Ahora estamos hablando, estamos aquí. ¿No se trata de eso? Yo no esperaba que empezáramos a compartir recuerdos infantiles como si no hubiera pasado nada. Sólo te pido… que no actuemos como desconocidas cuando nos encontremos, que no actuemos como enemigas. No quiero seguir así.

Andromeda bajó la vista de nuevo, fijándola en sus manos. En una de ellas brillaba el anillo de prometida que le había regalado Ted y su alianza de boda; en la otra, la alianza de Nymphadora. ¿Qué habrían pensado ellos de todo aquello? ¿Qué habrían querido que hiciera? Los dos habían ido a Hufflepuff, como Teddy, y eso le daba una ligera idea de cuál podría ser la respuesta. Los dos se habrían ablandado como un budín de arroz sólo de pensar en una Narcissa de catorce años convencida de que su hermana Andromeda no quería saber nada de ella.

-No somos enemigas –dijo al fin-. Y no somos desconocidas.

Al oír aquello, Narcissa sonrió ligeramente.

-A mí me parece un buen principio.


Draco se había encontrado pensando en Potter, y más concretamente en su espalda, desde que todo lo de Senegal había pasado. Habría sido buena idea ver cómo se la curaban del todo, pensaba, porque aquello le habría dado cierta clausura aquel asunto, y ahora él no estaría dándole vueltas al estado en el que habría quedado.

Por eso, cuando se lo topó en el callejón Diagon, saliendo de Olympic, el gimnasio de Bletchley, se alegró de verlo.

-Eh, Potter…

-Hola, Malfoy –saludó Potter, pareciendo tan contento de verlo como él.

Los dos se estrecharon la mano. Potter tenía el cabello húmedo y olía a recién duchado. En una mano llevaba una bolsa de deporte muggle.

-¿Poniéndote en forma? ¿Los aurores no tienen una sala de entrenamiento para ellos solos?

-Lo creas o no, no está tan bien equipada como este sitio. ¿Has estado?

Draco no pudo evitar una sonrisa de suficiencia.

-Adivina quién le prestó el dinero a Bletchley para montarlo.

-Oh, vaya… Entonces, ¿es tuyo?

-Técnicamente el propietario del gimnasio es Bletchley, pero el edificio es de mi familia. –Draco señaló el Innsbruck-.¿Quieres tomarte una cerveza de mantequilla?

-Claro. ¿También es tuyo? –bromeó Potter.

-No, este es de ellas.

Los dos entraron entonces en el establecimiento de las chicas alemanas y se sentaron en una de las mesas vacías. El local estaba razonablemente lleno y recibieron las miradas habituales, unas de sorpresa y curiosidad, otras, dirigidas a Potter, de admiración. Draco apenas les prestó atención.

-¿Cómo va tu espalda?

-Oh, ha cicatrizado muy bien –dijo, quitándole importancia. Draco se sintió aliviado; no tanto como si lo hubiera visto con sus propios ojos, pero se le acercaba bastante-. En San Mungo me dijeron que pronto no quedarían señales. Es una suerte que usaran un látigo normal y corriente, y no algo que tuviera que ver con la magia.

-¿Sigues sin acordarte bien de lo que pasó?

Potter asintió.

-¿Y tú?

-Intenté no ver y no oír mientras duró todo. –Había tenido un par de pesadillas relacionadas con torturas propias, pero nada demasiado grave, ni siquiera le habían hecho despertarse.

-Gowon ha pedido que lo asignen sólo a trabajos de oficina –dijo, pensativo-. Imagino que es lo mínimo que podía esperar, la verdad es que casi daba por sentado que iba a pedir el traslado a otro departamento.

-Parecía bastante conmocionado cuando salió de Metit.

Potter meneó la cabeza.

-Y total, para nada. En fin, por lo menos ya pasó.

Draco se mostró de acuerdo con un asentimiento y cambió de tema.

-¿Te contó Andromeda que ella y mi madre se habían visto?

-Sé por Teddy que quedaron y que salió bastante bien, pero no he hablado con ella de eso. Y también sé que Teddy y tus hijos se conocieron el otro día, en Hogwarts.

-Sí, a nosotros también nos escribieron para contárnoslo. –Por suerte, Cassandra no había repetido delante del chico el epíteto que su abuelo le había enseñado dos años atrás. En su carta decía que "para ser de Hufflepuff no estaba mal".

Potter parecía satisfecho.

-Sé que a Teddy le gustaría conocerte a ti también. Podríamos cenar una noche los cuatro en Grimmauld Place, Astoria, tú, él y yo. Además, seguro que a Kreacher le das una alegría.

Draco sintió un leve vértigo ante la propuesta. Aquello empezaba a ser una costumbre; cuando aún no se había acostumbrado del todo a aquella nueva relación con Potter, este daba un paso más y volvía a dejarle en terreno resbaladizo. Resultaba raro pensar en ir con Astoria a cenar a Grimmauld Placer con Potter. Menos de un año atrás todavía lo odiaba a muerte.

-Lo hablaré con Astoria –dijo, sin comprometerse.

Potter se lo quedó mirando con súbita preocupación.

-No te meterás en líos con Rookwood, ¿no?

-¿Por cenar en tu casa? –dijo Draco, que no había pensado en eso-. Los mismos líos que tú con Shacklebolt, ¿no? Además, ¿es que va a salir en los periódicos?

-Bueno, esperemos que no. Los periodistas no han llegado aún a meterse en mi casa, gracias a Dios.

-¿Lo han llegado a intentar?

-Alguna vez, al principio. Primero en La Madriguera, y luego en Grimmauld Place. Pero fui a hablar con Cuffe…

-¿El antiguo editor del Profeta? –El padre de los Bullard, entonces en Francia, se había desentendido del periódico, y Barnabas Cuffe había obrado a su antojo durante casi veinte años.

-Sí. Por suerte conseguí convencerle de que había ciertos límites que hasta él y sus reporteros debían mantener y al menos dejaron de intentar entrar en mi casa.

-¿Por suerte? Diez galeones a que hubo persuasivas amenazas de por medio.

-No, los perdería –admitió Potter-. Le amenacé con llevarlo a juicio. No era sólo que fuera una intrusión en mi intimidad, ¿sabes? Quedaban aún dos docenas de simpatizantes de Voldemort con orden de busca y captura. Cada vez que se acercaba un intruso me llevaba un susto de muerte y luego resultaba ser un periodista que quería una jodida foto mía comiendo cereales o escuchando la radio o algo así de emocionante.

-¿Y las defensas de Grimmauld Place?

Los hipotéticos atacantes de esa casa debían de recibir más o menos el mismo tratamiento que la gente que intentaba meterse en los terrenos de Malfoy manor. Potter, sin embargo, hizo un gesto de fastidio.

-Nunca me han funcionado bien. Hermione estuvo haciendo algunas averiguaciones y…

-No eres un Black –le interrumpió Draco, comprendiéndolo todo.

Potter podía ser el legítimo dueño de Grimmauld Place, tanto Kreacher como la mansión lo aceptaban como amo, pero eso no le daba acceso a la magia exclusivamente familiar que rodeaba la casa.

-Andromeda se acercó en un par de ocasiones a levantar las protecciones, pero al cabo de diez o doce días dejaban de funcionar de nuevo. Entre Kreacher y mis propias defensas la casa está bastante protegida, de todos modos. Aunque hay pocas mansiones tan inexpugnables como Malfoy manor.

-Mi familia lleva cuatro siglos largos viviendo allí. No hay muchas familias que lleven viviendo tanto tiempo bajo el mismo techo.

-Pero los Malfoy llevan más tiempo en Inglaterra, ¿no?

-Llegaron a la isla con los normandos.

-¿Y dónde vivían?

-Se construyeron un pequeño castillo cerca de Cornualles, y allí vivieron tres o cuatro siglos más, hasta que una de mis antepasadas, Arabella Malfoy, nacida Gaunt, tuvo una visión y predijo que si los Malfoy se quedaban a vivir allí, morirían todos antes de cinco años. Por suerte le escucharon, y construyeron Malfoy manor.

-¿Por suerte? –repitió Potter-. ¿Que qué pasó?

-Un par de años después de trasladarse allí, una manada de dragones silvestres pasó sobre el castillo y uno de ellos, imagino que viejo, murió en pleno vuelo y se desplomó justo encima de donde estaba el salón principal. Pesan un par de toneladas y cayó desde dos o tres mil pies de altura, así que imagínate el impacto.

-No jodas… ¿Le cayó encima un dragón?

-Dicen que el ruido se oyó en todos los pueblos a la redonda. Era la hora de cenar, así que probablemente habría matado a toda la familia.

Potter silbó ligeramente.

-Guau, vaya muerte… Aplastados por un dragón…

Draco hizo una mueca divertida.

-Las protecciones no habrían servido de nada contra eso.-Entonces le dio un trago a su cerveza-. Ni los paraguas.

Potter se echó a reír.

-Había oído casos de lluvias de ranas y de peces, pero ¿de dragones?

-Las ruinas aún están, y una de las torres quedó intacta, aunque ahora está inhabitable también.

Potter abrió la boca como si fuera a decir algo, pero un pequeño revuelo en el pub les hizo prestar atención a su alrededor. Draco lo vio enseguida, era un patronus con forma de cangrejo atravesando la puerta de Innsbruck como un fantasma. El cangrejo se dirigió sin vacilar hacia Potter, que parecía haberse inquietado al verlo.

-Jefe, es urgente, vaya a la Oficina o consulte con su Avisador.

Draco reconoció la voz, era la ayudante de Potter. Éste se agachó rápidamente a recoger su bolsa y se puso a buscar el Avisador. Cuando lo sacó, lo encendió con su varita y se lo acercó al oído. A Draco no le hizo ninguna gracia que cerrara los ojos un segundo y maldijera en voz baja.

-¿Qué ha pasado? –preguntó en voz baja, consciente de que ahora todo el pub tenía la vista puesta en ellos-. ¿Han vuelto a empezar las desapariciones?

Potter meneó negativamente la cabeza mientras se ponía de pie, listo para marcharse a toda prisa.

-Lo siento, tengo que irme –dijo, buscando torpe y apresuradamente en sus bolsillos.

Draco imaginó que buscaba dinero.

-Deja, yo te invito. –En vista de que Potter se marchaba, Draco se levantó y le siguió fuera del establecimiento-. Pero, ¿qué ha pasado? Potter, ¿es alguien que yo conozca?

Casi sin darse cuenta lo había sujetado del brazo. Potter por fin le miró; parecía un poco sorprendido de verlo allí, como si su mente ya estuviera en el sitio en el que había pasado lo que fuera que había pasado.

-Creo que sí –dijo, sobresaltándole-. Escucha, han encontrado asesinado a Timothy Bole, a las afueras de Hogsmeade. Por lo que me ha dicho Chloe, mi ayudante, ha sido cosa de los Vengadores. Ándate con cuidado, ¿de acuerdo?

Sin más, Potter desapareció. Draco se quedó mirando el hueco que había dejado aún con la boca abierta, hasta que cayó en la cuenta de la estampa poco digna de un Malfoy que estaba mostrando y recobró rápidamente la compostura. Aún estaba asimilando la noticia. ¡Uno de los Bole! ¿Y lo habían matado los Vengadores? Pero, ¿por qué? Los Bole eran sangrepuras, pero durante la guerra se habían mantenido neutrales, y Timothy era apenas un bebé en aquella época.

Tenía que ir a Malfoy manor.


Lucius estaba pasando un mal rato tratando de actuar de manera natural, dadas las circunstancias, cuando en realidad por dentro la cabeza le iba a mil por hora. Era imposible que aquello fuera una simple casualidad. Había mandado a Bole a investigar a los Purificadores y ahora aparecía asesinado. Pero, ¿por los Vengadores? ¿Quería decir eso que ese traidor de Furmage estaba metido en los Vengadores, después de todo?

Pero más importante aún era considerar si Bole habría hablado antes de morir.

Si había llegado a confesar que estaba allí por orden suya, él y su familia corrían peligro. Pero Lucius pensaba que había muchas posibilidades de que no fuera así. Por lo que habían dicho en la radio, el cuerpo no mostraba signos de tortura. Y si hubieran sabido que él estaba implicado, ¿no habría sido más sensato ocultarle que habían descubierto a Bole para así pillarlo a él por sorpresa? Si querían ponerlo nervioso, ¿no lo habrían conseguido con más eficacia dejando el cadáver en algún sitio que tuviera una mínima relación con los Malfoy, como cerca de la mansión o el puerto?

No, cuanto más lo pensaba, más convencido estaba de que los Vengadores no habían oído su nombre de labios de Bole. Probablemente el chico había muerto mientras los otros trataban de capturarlo, y no habían tenido ocasión de interrogarlo.

Por otro lado, aquel asesinato era la prueba de que Bole no se había equivocado al pensar que Alex Furmage estaba relacionado con uno de esos dos grupos de vándalos, aunque no fuera el que cabía esperar en un primer momento. Los aurores, sin duda, habrían agradecido una pista así. Pero, ¿cuánto? ¿Suficiente como para ofrecerle el mismo trato que le habían ofrecido a Draco? Seguramente no. Las cosas serían distintas, sin embargo, si podía entregarles a su cabecilla. Ahora él era la única persona del mundo mágico con una pista clara sobre los Vengadores, el único que podía desenmascararlos. Y si eso no era una oportunidad, ¿qué lo era?

Lucius sabía que lo más inteligente que podía hacer era contárselo, al menos, a Narcissa. No le vendría mal un socio en aquella aventura y, en el fondo, no se sentía cómodo ocultándole cosas. Pero su intuición le decía que Narcissa insistiría en que fuera ya a contarles a los aurores lo de Furmage, que evitara correr ese tipo de riesgos. Y Lucius no podía dejar de sonreír para sus adentros si imaginaba la expresión de su cara si lograba descubrir a los Vengadores por su cuenta, si se convertía en alguien admirado que no merecía recibir el trato de los Marcados.

Sí, era mejor guardar silencio de momento. Primero esperaría un poco; tenía que asegurarse de que, por ejemplo, Bole tampoco le había contado a nadie de su familia que andaba en negocios con él. Por suerte, Lucius ya había usado un guardasecretos para impedir que nadie pudiera sonsacarle el nombre de Furmage, así que si los aurores se presentaban en Malfoy manor le pillarían con los deberes hechos. Pero después, intentaría averiguar todo lo que pudiera de Alex Furmage. Quizás uno de los elfos sería capaz de seguirlo y averiguar con quién se reunía; en caso de apuro, una de esas criaturas tenía más posibilidad de escapar indemne que un mago humano. O quizás debiera encargarse él mismo.

Fuera como fuera, averiguaría quienes eran y compraría con ellos el billete a la respetabilidad.

Continuará