"Niña de mi alma"

CAP.21: Escapada.

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Tras haber ido a La Push estuve castigada, cortesía de mi hermano Edward. Mi madre, de regreso del C.A.I. me levantó el castigo y pude ser libre nuevamente para llamar a Leah. Era increíble lo bien que nos llevábamos ella y yo, nos entendíamos a la perfección. Después de una semana pude darme cuenta de lo más importante que teníamos en común: ambas habíamos sufrido mucho en nuestra niñez, yo al ser abandonada por mis padres biológicos y sufrir en el orfanato durante trece años, y ella, sufriendo la pérdida de varios familiares en un terrible incendio y, recientemente, la separación definitiva de sus padres y las constantes peleas ente ella y su hermano Seth.

Sacamos un diez en la maqueta de biología, que nos había quedado genial. Casi me había quedado dormida en la feria de exposición, gracias a mi hermana Alice, que me había tenido toda la semana de un lado a otro, entre la prueba de los malditos tacones y las elecciones de servilletas, del menú, el pastel, los vestidos, la música, la decoración y esto y lo otro.

Amaba los cumpleaños, pero no quería ser el centro de la atención. Me gustaba más pasarlo en familia, con mi madre, mi padre y mis hermanos, una pequeña torta para mí, los regalos obligados (ya que no me oían cuando les decía que no quería nada) y la noche de películas que siempre hacíamos. Así fueron mis cumpleaños hasta los catorce. Bueno, en realidad, mi único cumpleaños. Para mí fue perfecto, pero ahora a Alice y a mi madre se les había ocurrido la idea de que debía pasarlos también con mis amigas y compañeros. ¿Qué diferencia había?

Apreciaba más que nadie los cumpleaños ya que yo nunca había tenido la posibilidad de festejarlos. Jamás podría evitar derramar unas cuantas y vergonzosas lágrimas cuando soplaba mis velitas en la tarta. Era inevitable, me decía a mí misma que no lo haría y terminaba fallando miserablemente. Ahora que cumplía los quince tendría que mostrarles a todos mi debilidad al momento del pastel, lo cual incrementaba mis nervios.

No faltaba mucho para la fiesta y las chicas Cullen estaban eufóricas, aun más que yo, y me tenían de un lado para el otro haciendo cosas. Entre los preparativos para la fiesta, que seguro que será la más grande de todo Forks en años, y las tareas del Instituto, apenas tenía tiempo para mí misma y apenas tenía tiempo para pensar en escaparme a La Push.

¿Por qué no había ido antes? Pues bien, mi familia estaba realmente extraña desde que había ido a esa playa la primera vez. Yo pensaba que era el producto de haber sido una niña mala y escaparme a la playa sin haber pedido permiso, pero Alice seguía mencionando el hecho de que no podía ver bien mi futuro. Eso por un lado me molestaba, no quería que me vigilaran como una niña pequeña e indefensa, había sobrevivido durante varios meses en la calle dependiendo únicamente de mí misma, pero por otro lado me intrigaba. Parecía preocupada de verdad por el hecho de verme de forma borrosa. ¿Por qué mi hermana ya no podía verme?

Sea cual sea la razón, me parecía que se estaban preocupando demasiado. ¿Qué peligro podía haber si siempre estaba acompañada y Edward me dejaba en la puerta del instituto y luego me iba a buscar?

Sinceramente era imposible que me pasase algo. Todas las noches los oía discutir en la sala sobre el tema y como era demasiado entrometida bajaba lentamente las escaleras para tratar de escuchar algo. Claro que no servía de nada con siete vampiros con un increíble sentido auditivo: en menos tiempo que un latido Edward ya estaba frente a mí con los brazos cruzados. Yo me hacía la tonta y le ponía mi carita más inocente, como si no hubiese estado intentando escuchar su conversación.

Era viernes y estaba realmente exhausta con todos los preparativos de la fiesta. Alice era un torbellino, apenas me dejaba respirar, porque según ella todo debía de estar perfecto. Yo, en cambio, no estaba de acuerdo: con solo el hecho de llevar el apellido Cullen me hacía el centro del universo, y a eso había que sumarle el hecho de que la mayoría de los estudiantes conocerían por fin la mansión prohibida.

Sentada en mi pupitre, moví los pies por debajo de la mesa. Me dolían, ayer había tenido que practicar toda la tarde con los condenados tacones, subiendo y bajando las escaleras del brazo de Edward. Aunque ya me estaba adaptando, cada día era más fácil lidiar con esos zapatos.

Suspiré, había llegado a un acuerdo con Alice. Sí, parecía increíble pero era cierto. Ella quería una gran entrada de típica quinceañera, pero la había convencido de que bajaría por las escaleras del brazo de Edward, y ella, después de muchas vueltas y la intervención de Jasper había dicho que sí.

Edward… Mierda, Edward, cómo lo querí una de las personas más importantes de mi vida, todos eran parte de mí, pero con Edward era diferente. Teníamos ese algo que no se comparaba con nada. Aún seguía viniendo a mi habitación cuando tenía pesadillas, me acunaba entre sus pétreos brazos y yo me dormía tranquila. No importaba lo triste que estuviese con respecto a algo, él siempre me sacaba una sonrisa, amaba sus caricias en mi cabello, sus besos en mi mejilla….

Él me miraba como si fuese su vida, seguía diciendo que era su ángel, me hacía sentir tan importante… No podía empezar un día sin su abrazo por las mañanas y sin sus palabras de amor. Sí, de amor, Edward me amaba, me lo había dicho infinidad de veces. Decía que era su pequeña princesa, su niña mimada, su hermanita del alma… y yo me sonrojaba como un tomate.

Otras de las cosas que me hacían llorar era el baile padre e hija. Alice también había insistido, y yo acepté, con un poco más de gusto ya que mi padre era único. Era increíble, iba a su estudio casi todas las noches a hablar, solo hablar. Si él estaba en el sofá, yo me acurrucaba entre sus brazos y me dormía. Él acariciaba mi cabello tiernamente cuando le contaba sobre cómo había pasado mi día, llegaba muy tarde a casa, casi a la hora a la que me iba a acostar. Venía cansado y con una pila de trabajo para hacer para el día siguiente, pero él se tomaba su espacio, se quitaba su bata de médico y me dejaba quedarme con él hasta que mi madre me venía a buscar. Mi padre era el mejor del mundo, era igual de gracioso como de serio, aún curaba mis rodillas de mi torpeza, de mis patéticas caídas…

Siempre con una sonrisa en los labios, siempre con paciencia. Los días que llegaba temprano corría descalza escaleras abajo y saltaba entre sus brazos, llenándome de su fragancia a vainilla y... hospital. Intentaba ignorar eso, también ignoraba su bata y su maletín negro hasta que se los quitaba de encima y podía respirar en paz. Él, al igual que Esme, adoraba tener a una hija pequeña a la quien mimar y proteger, ya que no podían hacer lo mismo que me hacían a mì a Rosalie o a Jasper.

Era la más pequeña de sus hijas y disfrutaban cada momento, siempre me lo decían, era su pequeña bebé. Bueno de bebé no tenía nada, pero les permitía decírmelo. Después de todo, no era la única que necesitaba cariño, Emmet y yo nos peleábamos por los abrazos de mamá.

Los gritos de alegría de los demás estudiantes del salón de clase me sacaron bruscamente de mis pensamientos. Escuché atenta lo que decían a mi alrededor y no pude evitar sonreír.

El profesor Banner había faltado y salíamos dos horas mas temprano. Solté una risita, llegaría a casa y me tiraría a dormir. Como a Alice se le ocurriese venir a molestarme…

En la puerta me encontré con Jessica, Angela, Leah y Paula. Iba a llamarle a Edward cuando me interrumpieron:

—Hey, Bella, ¿vienes a La Push? —Preguntó Leah.

Me quedé de piedra: ¿La Push?

Recordé repentinamente a Jacob. Me había llamado un par de veces en el transcurso de la semana y habíamos hablado por horas, conociéndonos aún más. Lamentablemente había tenido que rechazar todas sus invitaciones, pero había quedado satisfecho al escuchar que era por todo mis planes con respecto a mi fiesta y que él estaba más que invitado. Le había encantado que lo hubiese hecho, y yo estaba emocionada por verlo en mi fiesta. Bailar el vals con él…

¿Sería lo suficientemente valiente para escaparme y ver a Jacob? ¿Qué era lo peor que podía pasarme? No quería causarle preocupación a mi familia, ellos me amaban y yo a ellos. Pero, ¿qué había de malo en ir? Edward me diría que no y volaría al Instituto para venir a buscarme, pero… ¿Por qué debía de preguntarle a él?

Leah tenía su celular en la mano.

—Ya llamé a los chicos, vienen a recogernos en quince minutos. ¿Qué dices, vienes? —Me animó mi amiga.

—Lo siento, chicas, yo no voy a poder ir. Para la próxima, ¿vale? —Respondió Pau. Todas asintieron.

—¿Bella? —Preguntó Jessica.

—Un momento —les dije alejándome de ellas.

Marqué el celular de mi padre, y atendió al tercer pitido.

—¿Bella? —Dijo preocupado. Nunca lo llamaba al trabajo y menos en horario escolar.

—Hola, pa —le dije.

—Oh, hola, cariño. ¿Cómo estás? —Respondió dulcemente. Sí, él me diría que sí.

—Bien, el profesor no vendrá hoy y nos dejaron salir temprano. Me preguntaba si podía ir a La Push, las chicas también irán —me mordí el labio, expectante.

—Mmm… ¿La Push? No lo sé, nena —se estaba negando. ¡Mierda! Oí, como un sonido de fondo varios papeles revolviéndose, debía de estar muy ocupado.

—Por favor, papá. No me va a pasar nada, ni sé porque se preocupan tanto. Estaré con las demás, lo prometo —intenté. Lo sentía dudar: perfecto.

—Está bien. ¿Luego regresan al instituto? —Preguntó. Traté de no gritar de alegría.

—Sí, claro, volveremos todas juntas. ¿Le puedes avisar a Edward que me venga a buscar luego? —Dije, tampoco tentar la suerte.

—Claro, nena, yo le aviso, pero… Cuídate, por favor —dijo preocupado.

—Claro, papi, lo prometo —corté la llamada y junto con las chicas corrimos a la salida.

Estaba feliz, muy feliz, Jacob estaba ansioso por verme en mi fiesta de cumpleaños pero no podía esperar tanto. Habíamos hablado mucho de… todo.

Apenas habíamos cruzado la puerta cuando cuatro impresionantes motos negrasse deslizaron frente a nosotras. Mis ojos, sin embargo, solo miraron a una persona: un muchacho con piel rojiza, unos vaqueros y solo una ligera camiseta gris montado en una de ellas. Me hizo señas con la cabeza a que me montase tras su espalda, encima de esa monstruosa motocicleta, que era una verdadera trampa mortal.

Sonreí, con mi corazón latiendo en mi garganta. Si Edward me veía… Pobre de mí.

...

Dejé mi Volvo en el estacionamiento el centro comercial más grande de Seattle. Jamás me había alejado tanto de mi ángel, excepto los días que iba de caza, pero hoy era especial: hoy iba a hacer un importante recado para la fiesta de cumpleaños de mi pequeña.

Ya quince años, solo un cuarto de su vida,pero de igual forma solo una pequeña parte de su vida. Me sentía increíblemente orgulloso y afortunado de poder estar allí para ella, de poder ver sus cambios físicos y mentales, aunque ya fuese bastante madura.

Mi mente voló rápidamente a la primera vez que la había visto en robando el supermercado. Me reí entre dientes. No daba risa en el momento en que ocurrió todo, pero recordarlo ahora… Sus mejillas sonrosadas y la manera en que me había amenazado con su navaja…

No la culpaba, era solo una pequeña asustada y desconfiada en ese momento. Cuando la había encontrado sobre el árbol en el parque, me había alegrado tanto… Claro que no se me había quedado quieta y la había terminado perdiendo por segunda vez. Era un incompetente, me sentía realmente estúpido al recordar eso. No había que negar que era inteligente, demasiado tal vez, al menos lo suficiente para evadir a un vampiro.

Humm… Vampiro. De qué manera se había enterado de nuestra existencia. Aún me estremecía cuando salía de mi mente los recuerdos de mi ángel prácticamente rozandoa la muerte.

Sacudí la cabeza: no quería llenarme de malos pensamientos. Ahora con mi Bella todo era completamente perfecto, ella llenaba mi existencia de una manera única, inconmensurable… Nunca creí ser tan feliz, era tan cálida y suave entre mis brazos….

Estaba todo el tiempo que podía con ella. Por las noches, cuando no estaba con Carlisle, leíamos juntos en el sofá o ella me oía tocar el piano y la consolaba cuando me necesitaba para ahuyentar las molestas pesadillas de sus sueños.

La mayoría de sus sueños eran maravillosos, hablaba o murmuraba entre ellos, algunas veces mi nombre, o el de los miembros de la familia o cosas sin sentido que me hacían reírme.

Amaba mi nombre en sus labios, me hacía sentir… vivo. Sus labios…

Tenía un serio problema con su apetitosa boca….

Me llamaba demasiado la atención y aún más cuando la usaba para hablar inconscientemente. Aun así, no solo la usaba para decir mi nombre, sino también el de los demás, y eso me llenaba de celos. Estaba celoso, me volvía loco. Ella era mía, mía y solamente mía.

Era mi pequeña princesa. Bueno, no, claro que no, ya estaba creciendo. Dolía admitirlo, pero cada día pasábamos menos tiempo juntos: a ella le interesaban otras cosas, hacía otras cosas, con sus amigas, con Alice; se estaba alejando de mí. No a propósito, claro que no, pero estaba creciendo, era una adolescente, una hermosa adolescente que atraía las miradas de todos los mocosos de su instituto. Por suerte no veía peligro en ello ya que a ella no le interesaban los muchachos por ahora. Por ahora, me recordé. En algún momento, a ella le gustaría alguien, en algún momento ella diría que sí a alguna invitación.

Y no sé cómo, tendría que buscar fuerzas para ese momento y no matar al maldito afortunado.

Aunque no iba a ser el único fuera de control: Emmet y Jasper eran igual de protectores con ella, sin duda armarían un escándalo cuando Bella regresara un día a casa con la noticia de que tenía novio. Rosalie… Mmm… No estaba seguro, tal vez le haría una inspección de pies a cabeza al muchacho. Si yo fuese èl esperaría su aprobación…

Alice, no. La muy traidora, la apoyaría en todo momento, usaría sus dotes magníficos para dejarla hecha una reina y una Bella irresistible más una gran cantidad dehormonas masculinas no parecía una buena combinación.

Ja, que se atreviesen a ponerle un dedo encima.

Carlsile y Esme la dejarían ser, siempre me lo repetían cuando veían que mis celos ya rozaban el limite de lo soportable; me decían que ella era una niña bien educada y sabría perfectamente qué hacer y de qué manera, no tomaría decisiones apresuradas y tenía bastantes mujeres en la familia para consultar sus dudas, si las tenía.

No importaba cómo, pero mi nena estaba creciendo. Se alejaba de mí a cada paso que daba, le estaban abriendo las puertas a la adolescencia. Sería un cambio interesante, ya lo estaba experimentando: su cabello había crecido bastante, al igual que su altura, aunque no demasiado. Seguía siendo mucho más alto que ella, por lo cual siempre se quejaba. Sus labios estaban más adultos, por decirlo de alguna forma, sus fracciones estaban más marcadas, pero no demasiado; seguía manteniendo su faceta de niña.

Había cambiado mucho y al mismo tiempo nada. Me traía loco, era perfecta, la perfección personificada.

Me paseé con las manos en los bolsillos por el centro comercial. Mi hermana Alice tenía muchas cosas que hacer y por ello no me había acompañado. Nunca pensé que llegaría el día en que Alice le diría no al centro comercial, pero en fin…

Fui directo a la joyería, una de las más caras de la cuidad. Toda reina necesitajoyas y yo pensaba dárselas, aunque me hiciera sus típicos berrinches y caprichos. Ella, al igual que yo, sabíamos que si no lo aceptaba me lastimaría. No me gustaba usar ese concepto con ella, pero lo veía necesario.

Entré en el lujoso local y me dirigí directo a la caja, donde una sonriente recepcionista me esperaba al otro lado.

—Muy buenos días, bienvenido a Tiffany's, ¿en qué puedo ayudarlo?—me sonrió, mirándome con deseo. Ya me estaba cansando de esas atenciones.

—Buenos días, venía a retirar un recado —dije osco, entregándole un papel, doblado por la mitad, donde estaban todos los datos de lo que había encargado.

No debía molestarse en sus coqueteos conmigo, yo solo tenía ojos para una sola persona: solo adoraba a una niña, una hermosa niña. Era lo único que necesitaba para sobrevivir, nada de compañeras eternas, solo necesitaba una hermana, una mujercita que me había atrapado el alma desde el primer momento. Hipotéticamente hablando, yo no tenía alma, por supuesto.

De mal humor, la recepcionista me trajo una cajita con lo que había encargado. La caja ocupaba toda mi mano a decir verdad, de color rojo, terciopelo, fino y reluciente. A la vista se veía de un material carísimo, y era así como lo quería.

Ella, haciendo un poco de teatro abrió muy cuidadosamente la caja donde contenía mi regalo para Bella. Dentro, el estuche era con un alfombrado blanco, casi perlado y atado a los extremos de manera delicada, había un collar: un fino collar de oro blanco con pequeños diamantes entre medio. En el centro colgaba bastante llamativo un pequeño corazón, que, a la luz, se veía el arco iris entre medio. Era un diamante carísimo, traído de Francia, un recado que me había sacado varios miles de dólares, pero no importaba, era justamente lo que quería.

Observé con cuidado el corazón que colgaba del collar. Era muy hermoso y parecido al mío, frío, duro, sin vida. Traía un mensaje oculto, como una ofrenda, un pacto, de que mi corazón, a pesar de que no valía mucho, le pertenecía a ella. Sonreí. Me había encantado, ya podía imaginármelo colgando arriba de su pecho, justo debajo de su garganta, rodeando su suave y frágil cuello…

—¿Satisfactorio? —Susurró la recepcionista con un doble sentido. La miré, pero no como ella quería que lo hiciese.

—Perfecto. Me lo llevo —saqué mi tarjeta de crédito. Traspagar y demandar que lo envolvieran de la mejor forma que se les ocurriesen me llevé el regalo alcoche.

Carajo, estaba increíblemente feliz, tenía el regalo perfecto para la chica perfecta.

Miré el reloj. Aún faltaba más de dos horas para ir a buscar a mi ángel al instituto, pero aceleré el paso, ansioso por estar lo más cerca de ella que fuese posible.

Puse algo de música, mi favorita al igual que la de Bella: clásica.

Mi celular sonó, anunciando una llamada. Miré la pantalla.

—¿Carlisle?

—Hola, hijo —saludó él, como siempre con su tono tranquilo y reconfortante.

—Hola, padre —le saludé.

—¿En dónde estás? —Preguntó curioso.

—Llegando a casa, no tardaré.¿Qué ha ocurrido?

—Nada, nada, solo… Bella llamó —dijo tomándome por sorpresa.

Aceleré en coche inconscientemente. ¿Bella me necesitaba y yo no estaba allí? ¿Por qué no me había llamado a mí?

—¿Qué le pasó? —pregunté. Si algo malo llegara a pasarle…

—Está bien hijo, tranquilo, solo me llamó para avisarme que ya había salido —contestó.

—Está bien, enseguida llego —volví a acelerar.

—No va hacerfalta. Ella… me dijo que saldría con las chicas, y yo le di permiso —dijo mi padre. ¿Qué? ¿Adónde?

—¿A dónde fueron? —No me olía nada bien.

—A La Push —contestó mi padre, confirmando mis sospechas. Oh Dios, ¿otra vez?

—Carlisle, ¿por qué no le dijiste que no?

—Edward, solo irá a la playa con sus amigas. ¿Acaso no quieres que tenga una vida humana lo más normal posible? —siempre usaba ese maldito pretexto que funcionaba tan bien conmigo.

—Padre, si se topa con alguno de esosmonstruos, si le hacen daño… —empecé.

—Hijo, ¿qué probabilidades hay de que eso ocurra? Yo también la amo y quiero protegerle pero será como cualquiera de las chicas normales que van a esa playa. ¿Por qué tendría que ocurrir algo? —No dije nada, estaba demasiado enojado conmigo mismo y con mi padre. Él no tenía idea de lo que significaba ella para mí.

No diría que yo la quería mas, claro que no, solo que a él le resultaba más fácil dejarla ir, dejarla hacer su vida humana…

Es que me enloquecía… Bella tenía demasiada mala suerte, algo podría pasarle, cualquier cosa… No podíamos revelarle la existencia de los licántropos, lo teníamos prohibido. Por un lado no tenía sentido ya que ella era parte de la familia, pero Carlisle creía que podría ser muy chocante para ella. Le había costado bastante acostumbrarse a nosotros, varias semanas… Lo había logrado increíblemente rápido después de todo, pero no me había gustado ni pizca oírla llorar por las noches y que mis padres me prohibieran ir a consolarla.

Eso me desesperaba, si al menos pudiésemos decírselo… Sonaba mal, pero quería hacerlo, solo por el hecho de que se asustaría y no querría ir nunca más a ese cochino lugar. Increíble, eso sería la gloria, ella se quedaría aquí y no estaría en peligro, no iría a ningún lado, o al menos a ningún lado donde no pudiese protegerla…

—Bien —respondí irritado. Sin esperar respuesta corté la llamada, si no lo hacía terminaría en una seria discusión con mi padre.

Con un gruñido recordé la peste de esas bestias en el cuerpo de mi ángel. No los culpaba, y tampoco a ella por cruzarse con ellos, esos descerebrados animales estaban atrapados: de un lado tenían el océano y de otro a los vampiros, no tenían salida y apenas tenían territorio. Solo deseé que Bella se mantuviese con sus amigas, sabía que los perros debían de guardar su secreto así que no estarían transformados cerca de personas que no conociesen y serian muy prudentes, o eso esperaba. Así que no debería haber peligro en la playa donde mi ángel y sus amigas estarían.

Regresé a toda velocidad, mi buen humor sehabía esfumadocomo la carretera bajo mi coche.

Llegué a mi casa azotando la puerta y subí a mi habitación como alma que lleva al diablo. Alice estaba en el pasillo e iba preguntarme algo pero mi mirada de odio la calló por completo.

Me tiré de los pelos una vez en mi cuarto. ¿Qué tenía que hacer con esta niña? ¿En dónde debía meterla para que no se metiese en problemas?

Habíamos discutido que le prohibía ir a esa playa, y ella se quedó callada pero no antes de recordarme que yo no era su padre. Hum… Cuánto deseaba serlo, aunque fuese solo para prohibirle esas cosas peligrosas e ella había llamado a Carlisle hoy para pedir permiso, y este se lo dio. Toda contenta me lo refregaría en la cara en cuanto volviese, me diría que nuestro padre le había dejado, que ella debía pedirle permiso a él y no a mí. Y tenía razón. Me lo diría, porque ella era así, le encantaba tener razón, al igual que a mí.

Mi teléfono sonó anunciando un mensaje. Era de Carlisle, claro si no lo había dejado terminar de hablar. En media hora debía de ir a buscarla al Instituto. Sonreí. Genial, tendríamos una larga e interesante charla…

...

Jacob y yo nos sentamos en uno de los enormes troncos caídos que rodeaban las rocas del acantilado de La Push. Suspiré, aún con mi corazón galopando fuertemente sobre mi pecho.

Ese viaje había sido… Wow, no tenía palabras. Simplemente me había puesto el casco, cortesía de mi amigo, y habíamos volado por la acera hacia la carretera que nos dirigiría a la playa.

La adrenalina recorrió mi cuerpo en cuando Jacob aceleró furiosamente, tal vez demasiado, pero no importaba. No tendríamos un accidente en una calle tan vacía como aquella, además llevaba casco y, lo más importante de todo, me sentía increíblemente segura a su lado.

Me sonrojé al rodear con mis brazos su ancha cintura, su calor me envolvió en el limitado espacio de la motocicleta y a pesar de ir lo suficiente rápido como para que el viento nos helara la piel, Jacob ardía debajo de mi contacto… Era algo que asustaba. Pero más me asustaba saber que aquello me gustaba demasiado.

Leah iba compartiendo la moto con una chica de cabellos negros, al igual que ella; alta y esbelta con ojos marrones,color café, tal vez.

Jessica iba igual de roja que yo detrás de uno de los muchachos que había conocido la última vez. Parecía bastante feliz cuando rodeó con sus brazos al chico.

Angela… Parecía ansiosa, pero rodeó la cintura del muchacho que iba en una motocicleta roja y se agarró con fuerza a la chaqueta de este. Al igual que yo, era su primera vez encima de una de estas bestias.

Mis brazos aún dolían de la fuerza con la que me había agarrado al cuerpo de Jacob. Él, con una sonrisa a mi lado, jugaba con unas piedrecillas.

Era tarde, tal vez demasiado, habíamos estado casi todo el día jugando en la arena con los muchacho, escalando una de las partes "seguras" de los acantilados, visitamos una cueva a lo lejos de la playa, nos internamos en el bosque profundo, fuimos a ver el río que corría mas allá de la playa, donde se podía apreciar pequeños corales y peces que jamás había visto.

Embry, uno de ellos, se dedicó a intentar atraparlos con una vara y lo hizo increíblemente bien.

Viendo el cielo, apoyada en el hombro de Jacob, me puse triste.

Triste, por recordar.

Recordar los sucesos que me habían traído a aquel lugar, recordar todo el dolor que había tenido que pasar para poder formar parte de algo, de una familia.

Me sentía mejor que los primeros meses, pero tenía problemas con todo el dolor que tenía encima. Jasper lo notaba, y me apoyaba, diciéndome que no había razón para sentirme culpable por todos los males que había hecho. Yo lo clasificaba como males, para mi familia habían sido cosas que tenía que haber hecho para sobrevivir sola en la calle, como robar, golpear a niñas tan inocentes como yo y escaparme de donde sea que me encerraban.

Bueno, de eso ultimo no me arrepentía, si no hubiese escapado del orfanato no estaría siendo una de las niñas más felices de la tierra, con la mejor familia del mundo, con Edward.

Hola hermosas mias, como estan? mil disculpas con la tardanza de este capi, se los prometi para el miercole, lo siento, pero estoy muy liada con los estudios y queria revisarlo bien antes de publicarlo.

Espero que les sea de su agrado, me cuentan que les parecio he!

Saluditos :P