─ Échalo de tu casa antes de que sea demasiado tarde. Puede ser que luego ya no puedas, tienes que echarlo antes de que las sombras recrudezcan. Échalo… ¡Sácalo de tu casa antes del otoño!

Entrecerré los ojos tratando de grabar en mi memoria cada palabra. Sé que no habrá una segunda vez para hablar de esto con la mujer que tenía sentada frente a mí, la que había venido buscando. Ahora, al llegar tan lejos, ─al estar en ese momento debajo de la techumbre de más de cien años de edad, debajo de las altísimas copas de los pinos que miraban cielos nocturnos como ese: despejado y tachonado de estrellas tristes bajo las cuales árboles gemían y se mecían al compás de la luna creciente, al compás del viento─ sabía que no podía echar en saco roto nada….

Sopesé en mi mente lo que la vieja me había dicho, suspiré mirando mi regazo, mis piernas, mis rodillas cansadas, rasguñadas en la última misión encomendada hacía unos cuatro días, apoyadas sobre una apolillada y vieja alfombra sobre la cual descansaban las carcomidas patas de una mesa japonesa, encima de la cual se esparcían asquerosas dunas de ceniza, cera derretida, residuos de comida. Me dio asco. La cabaña volteada, abandonada a su suerte, pequeña, sucia. La casa macabra, olvidada adrede, la de esa vieja loca (rostro ajado, ojos hundidos en sus cuentas, dilatados, perturbadores, cuajados por los gruesos surcos de edad que se cortaban en sus parpados) cuyo nombre los lugareños no pronunciaban, cuyo nombre querían olvidar, un nombre del que mi padre no se olvidó, si no lo recordó para decírmelo, para aconsejarme que la buscase cuando él estuviera demasiado lejos para poder aconsejarme.

Voltee la mirada hacia el ventanuco cuyo vidrio se rasgaba en la vejez y la suciedad. Levanté una ceja, hablé sin que el miedo o la duda se notaran: ─ ¿Cómo?

─ Sabes cómo…

─ Sólo lo he leído, no…nunca lo he hecho…yo, yo no poseo tal poder ─ su sonrisa descompuesta y macilenta es lo único que pude distinguir en la semi oscuridad. Luego escuché el crujir de sus huesos, cuando ─ me pareció, lo imaginé ─ levitó para poderse levantar. Alcé la mirada para ver su rostro a medio metro de mí, caminó unos pasos en dirección opuesta, unos metros nada más. Luego regresó trayendo un talego que arrojó en mi regazo sin siquiera voltear a mirarme. "Ahora vete ya, no puedo ayudarte más", dijo.─ Después será tarde… será si lo haces cuando el mundo se envuelva en la estación de las sombras ─ echó a andar de regreso, a adentrarse aún más en su pocilga ─ sácalo de tu casa antes del otoño… puedes, tú sabes que puedes…

Luego desapareció.

Me puse de pie más llena de dudas que antes de haber venido, aferré entre mis dedos el sucio y roído talego, saqué del bolsillo un fajo de libras, los dejé sobre la mesa japonesa (entre la suciedad y la cera derretida), me dirigí a la agreste y apolillada puerta de salida, salí sin mirar atrás.

Jamás regresé ni pensé en volver a hacerlo, sólo me llevé el talego y sus palabras. Cuando hube caminado suficiente por la gris vereda hasta donde la oscuridad de los robles y los pinos me dejó ante la luz de la luna, me arrodillé sobre el mustio pasto para abrir el saco que cargaba. Al mirar cada objeto, cada elemento, un escalofrío recorrió mi alma, pero no quebró mi voluntad. Volví a levantar una ceja, tragué espeso y encendí un cigarrillo. Luego até la jareta, me eché el fardo a la espalda, acaricié con la punta de mis dedos la fría cacha de un revolver apretujado entre la pretina de mis pantalones y mi carne, seguí el camino hasta salir de las espesuras del bosque. Anduve un poco más, cosa de unos minutos hasta distinguir la silueta taciturna de Walter, ambos caminamos sin decir mucho hasta subir al auto…Horas después despegamos desde un helipuerto de regreso a casa.

-ooOOOoo-

Caminó hasta rozar el borde del acantilado para contemplar de cerca al sol morir en las aguas cuyas olas se rompían contra las rocas. El horizonte pintado en decenas de colores vespertinos, melancólicos: rojos, grises, malvas y purpuras observados desde más de diez metros de altura sobre ese peñasco espolvoreado de musgo y pasto suave.

Suspiró profundo inhalando la brisa salada, metió la mano al bolsillo, extrajo una cajetilla, un encendedor y se dispuso a fumar su primer cigarrillo de la noche, mientras el viento necio que anunciaba la noche, enmarañaba el negro de su cabello.

Se acercó todo lo posible al borde del imponente acantilado, como a un par de centímetros de caer, en una altura tan prodigiosa que cualquier mortal hubiera retrocedido presa del vértigo, pero no él. Sosteniéndose a sí mismo sobre las rocas matizadas de musgo, dejando al viento frío de la hora del crepúsculo golpear su rostro.

Hacía una semana que había partido de Londres a cumplir con la misión de exterminar cierta clase de criaturas de la noche, pequeñas, humanoides, repulsivas.

─ "Duendes", usted sabe, así las llama el vulgo…según esto, están siendo azuzadas por una pandilla de oscuros facinerosos…─ recordaba el vampiro, escucharle decir al hombre canoso, regordete carraspeando debajo del cuello de su almidonada camisa, debajo de la anticuada corbata de moño.

─ Oscuros facinerosos ─ repitió como en dubitación el rey no muerto al tiempo de exhalar una bocanada de humo.

─ Sí, eeh…brujos de mala nota. Gustan de robar infantes de sus cunas, hacer sacrificios humanos, ─ lo escuchaba mientras las piedras bajo las suelas de su calzado crujían sobre un piso de tierra húmeda por las constantes lluvias británicas. El comisionado de esa comarca miró de soslayo al imponente caballero de aire extranjero, como tratando de sacar algo en concreto en medio de su ensayada y aparente indiferencia ─ …además rituales orgiásticos, entre muchos otros satanismos …

Para fines prácticos, el rey no muerto recordaba los detalles de esa conversación acontecida hacía días

Transcurrió un rato. Después de observar la parsimonia eterna de las olas del mar contra los acantilados, el vampiro dio dos pasos hacia atrás sosteniendo el cigarrillo entre los labios. De la gabardina sacó un pequeño blog de notas, pasó algunas páginas escritas en de puño y letra de Integra. Mentalmente marcaba las aldeas y pueblos que debió purgar en su búsqueda. Habiendo tenido éxito en casi todas, le restaba apenas una noche de cacería para completar su encomienda y volver lo más pronto posible a la capital inglesa. Más no era que extrañara a la ciudad tanto como echaba de menos a su ama. Desde que había dejado el corazón del reino, despertaba a medio día (no carcomido por la culpa de causar "sufrimiento" a Walter, como había predicho, sino pensativo por la suerte de la heredera), y cuando aquello ocurría, se maldecía a sí mismo y el día en que atrajo la atención de Abraham Helsing, el día en que selló su destino.

─Duerme bien, ama…─ dijo hacia el horizonte, como si la brisa marina pudiese llevar esas palabras consigo, a través del mar, a través de las aguas del Támesis y un poco más lejos, donde la doncella pasaba sus noches mullida en el sofá de la biblioteca que hacía las veces de cama; debajo del piar sonámbulo de un canario blanco, (regalo del viejo mayordomo quien había leído, las aves son buenas para ahuyentar al demonio, al ser ellas una de las creaciones más amadas de Dios).

Sales de mar alrededor y oraciones en la madrugada. Oraban media hora antes de dormir las sirvientas más creyentes, entre las que destacaba Teodoré y una que otra tórtola que, valientemente resistieron el oscuro asedio de la mansión.

Muchos años después, aquellas noches a Integra se le antojarían surreales, extrañas y profundas como los sueños que la embargaban, donde un vampiro pálido y luengo pensaba en ella bajo la lunar luz de una fría playa escocesa, y ella lograba no sentir miedo.

─ ¿No crees que es mala idea que hayas mandado a una misión tan lejana al único que podía protegerte de esas porquerías sobrenaturales?

─ Tal vez, Blair…o tal vez lo hice a propósito…tal vez necesito estar lejos de él unos días…

Unos días, unos cuantos nada más, y las hojas del calendario se escurrían como si el calor de junio pudiera derretirlas. Ella arrancaba una cada noche antes de dormir, antes de soñar los mismos sueños lucidos que, a muchas millas, mucho mar y mucho cielo de distancia, él soñaba despierto también.

XXI

El estío.

Él era Charles Gregor Ferguson de la Casa Islands, cuyo árbol genealógico se inscribía en la nobleza británica desde hacía más de diez generaciones, caballero de gran fortuna y reputación, etonian de elite, aristócrata a toda prueba, imprescindible en los más altos círculos de la sociedad. Tan refinado, tan propio, tan pagado de sí mismo. En unos cuantos meses sería un flamante y prometedor estudiante de leyes en la no menos prestigiosa y antiquísima Universidad de Oxford. Señor que en unos años heredaría las riquezas, el poder, la influencia, el título del todo honor y carácter de su padre. Charles, cuarto de su nombre, era todo lo que se podía esperar de un lord y soltero codiciado, mas estaba prometido desde la infancia con una joven de cierto renombre. Una joven a quien en ese momento clavaba el azul asesino de sus ojos, a no más de cinco metros de distancia, donde ella charlaba con sus tres únicas amigas.

"Conversar, beber champagne, actuar sin el menor remordimiento, andar por el mundo sin la menor vergüenza. ¡Si todo el mundo supiera tu secreto, maldita hipócrita!" Pensaba, machacaba para sus adentros el joven lord enfundado en el ceñido blazer negro de su uniforme de equitación, estrujando entre sus manos unos guantes de gamuza, (como hubiera querido estrujar el cuello de la joven rubia ). Ella usando un vestido ligero color cian y una modesta pamela veraniega de mimbre sobre sus cabellos lacios, dorados, brillantes bajo los rayos del sol de mediodía.

─Me alegra que hayas venido, Integra, te hacía falta distraerte─ le decía Catherine Marshall antes de darle un sorbo a su copa de espumoso champagne.

La aludida sólo miró a todos lados y esquivó con total desenfado la mirada punzo cortante de su prometido (la cual le tenía sin el menor de los cuidados). El prometido quién ya estaba hallando difícil disimular sus impulsos en medio de la concurrencia reunida allí esa mañana para verlo competir a él (y a otros cuantos jóvenes) en una justa ecuestre. Al fin, él desvió los ojos, lo tuvo que hacer porque sus compañeros le anunciaron que era hora de comenzar.

─ Ahora vamos a hacer de cuenta que este deporte es lo más adrenalínico que le ha pasado al mundo, chicas ─ dijo Blair quien tampoco había podido dejar de beber champagne ─ y tú, Integra, ¡debes estar atenta y animar a tu radiante lord! ─ sarcástica y sonriente, como siempre, echó a andar para ocupar un lugar en las gradas. La siguieron Catherine, Margaret e Integra cuya mirada se perdía en el césped recién podado, aplastado bajo la suela de sus zapatos tipo Oxford.

"Échalo de tu casa antes del otoño", se repetía junto con otros pensamientos recurrentes. "Ya falta poco para el fin de las clases" …" Ya falta poco para volver…para volver a verlo". Sorbió el último trago de su copa, después de haber ocupado su lugar en la grada junto con el resto de las damas y los caballeros. Escuchaba a lo lejos la voz que iba a comentar la competencia de salto, que animaba a la distinguida concurrencia, que anunciaba el nombre de los jinetes, que daba por iniciada la jornada.

Integra observaba lo que ocurría en el campo y no, oía y no…

─ Me voy sólo porque estoy siguiendo tus ordenes, pero si por mi fuera… ─ miró hacia otro lado, movió negativamente la cabeza un par de veces, trató de encender un cigarrillo, aunque el aire que producían las hélices a un par de metros de ellos le dificultaba la sencilla tarea. Sus pupilas corintas detrás de las gafas oscuras, y una sonrisa de resignación. ─ ¿ya qué? Donde manda capitán…

Ella dijo: ─ Es cuestión de trabajo, no hagas dramas…

Él se sonrió hasta los colmillos, se encogió de hombros, sostuvo el cigarrillo aún apagado entre sus labios y sacó del bolsillo de la gabardina negra un dije de plata muy sencillo, pendiente de una cuerda de cuero delgado, haló una de las manos de ella (la derecha) y colocó la incipiente joya en su palma. Ella abrió la mano y la observó.

─ Es un sigil… ─ el sol dentro de un triángulo, el triángulo dentro de un circulo, dos estrellas, la cruz de hierro (un sigil idéntico al que el rey no muerto había pintado bajo la alfombra, debajo del sofá, sobre la duela de la biblioteca donde ella ahora pernoctaba).

─ Y te ayudará como protección, llévalo prendido a tu cuello, ahora que no voy a poder estar cerca para patearle el culo a quien ya sabes ─ por fin encendió su cigarrillo, le dio una bocanada.

─…pues gracias.

Él sólo movió la cabeza afirmativamente, volvió a encogerse de hombros: ─ Bueno, ya me voy, con tu permiso ─ hizo una reverencia teatral, dos pasos de reversa y subió al helicóptero que en seguida comenzó a elevarse. Antes de alcanzar no más altura que diez metros, asomó la cabeza y levantó una mano. Ella respondió el adiós sin gesto alguno, sólo con la mano levantada. Así lo miró marcharse con destino a tierras escocesas, y de eso ya hacía casi dos semanas.

De repente, la voz exaltada del comentarista la sacó de sus absortos pensamientos, "¡Damas y caballeros, parece que lord Charles Islands acaba de sufrir un percance!" Y confundida, entre sus recuerdos y la luz del sol en el cenit bañando el campo, apenas pudo distinguir a Charles en el suelo. Había caído del caballo.

Por suerte para él, no había sido una caída que se tradujera en fatalidad, pero sí le hizo perder toda posibilidad de ganar, lo cual lo llevó a levantarse con aún peor humor, y una muy amarga y fustigante sensación de humillación, ¡y peor aún! Bajo los ojos indiferentes de la joven quien sólo se dedicó a mirar a otro lado, porque, ¿qué le importaba él a ella? "Nunca te va a amar ni un poco". El ego del lord se estremecía, se retorcía bajo la verdad.

"¡Nadie, nadie me va a humillar de esa forma!" Fue lo que le espetó a la joven rubia con furia cuando consiguió interceptarla en los solitarios establos, fue lo que le gritó a quemarropa cuando pudo asirla por las muñecas y sujetarla contra una pared.

─ ¡Mírame cuando te hablo! ─ hirviendo en rabia e impotencia. Por toda contestación, ella suspiró y sin expresión alguna de agravio, angustia, miedo u otra emoción que debiera sentir, se dignó a mirarle a los ojos, entonces la mano derecha de Charles la sujetó por el rostro con rudeza ─ ¡no vas a seguir mofándote de mí y de mi nombre! ¡Y más vale que te hagas a la idea de que, te guste o no, serás mi esposa! Aún, ¡aun cuando ya no seas digna de mi apellido! ─ Entonces la rubia no pudo evitar el sonreírse burlescamente. Al ver aquello, Charles tuvo que contenerse mucho de veras para no comenzar a estrujarle el cuello.

Resoplaba, sus ojos estaban casi desorbitados, su rostro enrojecía aún debajo del barro húmedo que lo manchaba, y creyó que, si no hacía algo para desquitar su rabia, iba a explotar de veras. Así que deslizó la mano que la sujetaba por el rostro a través del cuello, y luego pretendió bajarla por el pecho, mientras colocaba una pierna entre las de ella para evitar que se moviera. Ella, sobresaltada sí, pero aún sin inmutarse, sentenció: ─ Si intentas tocarme, te juro por Dios que será lo último que hagas con esa mano…

─ Si acaso intentas defenderte, ¡Todo el mundo se va a enterar de que lo que ha pasado entre tú y tu demonio!

Esto último sí tuvo una reacción en ella, una que se guardó muy, pero muy para sus adentros mientras evaluaba fría y analíticamente lo que acababa de escuchar. Dos segundos después aplicaba una hábil llave evasiva cuando él intentó meter la mano debajo de su falda, y lo que ocurrió fue que Charles quedó otra vez de rodillas contra el suelo, mientras ella se alejaba caminando a paso calmado.

─ Conmigo no te gusta, ¡¿verdad?!

Ella no volteó, no se inmutó, sabía que no podía protagonizar otro escándalo, sabía que estaba a prueba, ¡pero no! No iba a ser ese niño petulante, ese despreciable el que pusiera en jaque lo que por dos semanas había logrado con estoicismo, muy a pesar de la presión constante de sus prefectas y directora, del acoso cruel de sus enemigas, ¡Y de todo cuanto intentaba hacerla caer! "Integra Hellsing le hace honor a su hombre", dijo para sus adentros al terminar de escuchar la ofensa, y sólo detuvo su marcha unos segundos, no muchos, no pocos, tan sólo los suficientes para contestar con voz contundente, segura pero limpia de toda exaltación: ─ y nunca me va a gustar…y si quieres cuéntale a todo el mundo lo que has sabido, a ver a quién le importa más. ─ terminó de marcharse sin volver a mirar atrás, porque poco le importaba lo que él pensara y porque ella no quería que cayera en cuenta de esa sonrisa maliciosa que se dibujó en su rostro quasi triunfante: "¡Excelente, Charles, has mordido el anzuelo! …"

ooOOoo

"¡Pronto, ¡Integra, pronto!" … A kilómetros de distancia le decía en sus sueños y pensamientos el rey no muerto.

─ Demoraré en regresar a Londres unos cuantos días más ama…Sí, ya salí de Escocia, te lo dije. ¿Qué a dónde iré? Perdona ama, no intento hacerte rabiar, pero yo también tengo mis asuntos…"Por más que me insistas no te lo voy a decir, Integra, esto tiene que ser…una sorpresa"…No quisiera, ama, pero tengo que colgar…sé que todo está bajo control en la mansión, no creas que no me preocupo de ello, pero esto también es importante, tú misma verás que sí cuando sepas de que se trata, ahora…tengo que colgar, ¡hasta pronto! ─ cortó la llamada ─ no tardaré, te lo prometo─, guardó el móvil en la bolsa interna del saco, siguió su camino por tierras galesas, por montañas peladas, de roca, arena y césped verde, avanzando en esa búsqueda que inició la tarde en que descubrió que Sixtina había desaparecido de Londres, y así comprendió que ya no había forma de ponerla en peligro. Ese Londres donde el día que Integra había estado esperando, al fin llegó.

Era la primera vez en muchos años que la joven miraba con agrado el extenso terreno del colegio. Esa era una mañana del viernes de la penúltima semana de junio, esos días que ella no olvidaría jamás.

Llegó al colegió más temprano que de costumbre y, cosa muy extraña en ella, descendió del auto, sonriendo, sintiendo alivio en el alma. Avanzó hasta ingresar al edificio principal y caminó por sus pasillos con una sonrisa y una actitud como de quien consuma una revancha largamente esperada. Cuando pasó por debajo de la trabe que sostenía el gran reloj de pared, como muchas otras estudiantes, volteó a verlo y suspiró con alivio minutos antes de encontrarse con su pequeño grupo de amigas, quienes esa mañana se saludaron afables y alegres, se desearon lo mejor en ese, el último examen, el último requisito, el último día oficial de la preparatoria.

Cuando se despidió momentáneamente de sus condiscípulas, la joven heredera echó a caminar como con una recuperada paz porque había sobrevivido a las últimas semanas de ese pequeño infierno que sus declaradas némesis y la punzante vigilancia de la señora Philiphs, habían hecho del colegio.

A pocos metros de llegar al aula correspondiente, antes de hacer girar el frío picaporte entre sus dedos, escuchó un cuchicheo: ─ Ella es la chica…

Sí, ella era la chica, la chica cuyo nombre había estado dando tumbos por todo el colegio: sus aulas, pasillos, jardines y habitaciones. Pero lejos de inmutarse ante aquellas inevitables habladurías, ella sonrió entre dientes con una extraña satisfacción interna: todo ahora formaba parte de su plan.

Fingió, fingía no escuchar ni una sola palabra que la estuviese aludiendo, y esa, como otras tantas ocasiones, se encogió de hombros, traspuso el umbral de su salón de clases a esa hora listo para comenzar el examen final de Ciencias al cual se presentó formal y disciplinada de pies a cabeza.

"Debe mostrar un comportamiento ejemplar dentro y fuera de nuestras Instituciones", esa fue la orden. Los consejos, como los de Sir Irons, de que guardara toda la compostura posible al menos por las semanas que le restaban en el colegio, ¡y en verdad que estaba dispuesta a ello! Por eso, el lunes que siguió a la reunión en el Parlamento, la joven se había presentado puntual y sin desaliño ni modos toscos de portar el uniforme, no más botas militares, ni blusa desfajada, no hubo camisetas de los Rolling Stones, ni brazaletes con estoperoles o cabello revuelto, está vez no. Cinco minutos antes de las ocho de la mañana, una alumna impecable, portando el uniforme completo, entraba sin más accesorio que una diadema de imitación de carey sobre la cabellera rubia prolijamente cepillada, y así hasta esa mañana.

─ Es la última prueba que tendrán en este colegio, señoritas─ la joven profesora, mirando su reloj de pulso─ así que pongan todo su empeño, les deseo toda la suerte, ¡ya pueden comenzar!

El sonido del grafito contra las hojas de papel, el único sonido dentro de aquel viejo salón de clases, y en el contiguo, y así sucesivamente. Las manecillas del gran reloj del vestíbulo hasta que marcaron una hora exacta, cuando la prueba tuvo que ser devuelta, y la asignatura fue despedida. A esa clase le seguirían otras cuantas con un excesivo ambiente disperso y relajado que les impedían a las alumnas poner de su parte, estar ese día en el colegio era un mero requisito, por lo que todas se sentían con el justo derecho de atesorar ese último al lado de amigas y vivencias que no volverían jamás.

"Voy a recordar está época dentro de muchos años, con humor", se decía Integra, "algún día todo esto me parecerán chiquilladas, puede ser que incluso llegue a sentir nostalgia por este lugar". Y los pensamientos recurrentes que insistían en no dejarla en paz: Alucard lejos aún, la mansión asediada por manifestaciones apenas puestas a raya desde esa madrugada, un día después de esa noche loca de viernes cuando corrió a través de Londres; cuando logró rescatar a una de sus mejores amigas de las garras de una banda de vampiros paupérrimos; cuando cruzó el Támesis en una barcaza robada al lado de él; cuando llegó tardísimo a la mansión, empapada, borracha, atormentada de deseo y amor, cuando…

Hacía sólo tres semanas de eso, pero a ella se le antojaban meses. Luego pensaba, por supuesto, en la organización, pensaba en el futuro, en la Universidad que la aguardaba, incluso, pensaba en Charles Islands: blondo, iracundo, frustrado, lleno de barro desde sus cabellos hasta sus botas hípicas, tratando de amedrentarla.

─ …¡estaba como loco! Total, pero totalmente fuera de sí, ─ se detuvo a evocar con todo lujo de detalles el momento y le dio risa ─ si sus ojos hubieran sido armas de fuego…

─ Y, ¿te siguió? ¿Te siguió hasta los establos?

─ No lo sé, yo sólo caminé hasta allí porque quería ver a los caballos, siempre que vamos a las hípicas lo hago.

─ Y en su lugar viste a un imbécil… En fin, hablando de fuego, creo que estás jugando con él─ detuvieron un poco su caminata a través del campo, Blair se colocó una cinta debajo del flequillo, dobló sus calcetas, puso las manos en la cintura y miró hacia ningún lado─ ten cuidado, Integra, todos sabemos que Charles Islands es un hijo de puta, ¡lo gracioso es que el único que no parece darse cuenta es el viejo Hugh!… ¡Sir Irons a veces me da pena! Si supiera la clase de araña ponzoñosa que tiene por hijo …

─ ¡No le tengo miedo! ─ demasiado segura de sí misma para el gusto de B ─ ¿Además fue divertido! ¡Debiste de haber visto su expresión! Es que el hombre estaba retorciéndose en su propia bilis ─ una risa burlona se dibujó en su rostro, Blair Hamilton sólo frunció extrañada el ceño, torció la boca confusa y no supo que pensar

─ No sé qué te traigas entre manos, pero espero que te resulte bien… No quiero que otra de nosotras esté en aprietos y mares de lagrimas

─ ¿Lo dices por Maggy?

─ Creo que sí…

─ El vicealmirante no entiende razones, te juro que yo misma traté de…

─ ¡El vicealmirante es un viejo cabrón! Siempre quiso a Bobby en una academia militar, y ahora lo va a lograr, ¡todo gracias a las estupideces de Ralph!

─ Yo espero que no lo logre, espero que sir Walsh no se salga con la suya

─ Ya somos dos…

─ ¿Y qué hay con Ralph?

─ Ya terminamos … lo tomó bien, dice que seguiremos siendo amigos…─ se encogió de hombros con indolente indiferencia

─ ¡Las ventajas de no estar enamorada!

─ ¡Tú lo has dicho, pelo de trigo! Aunque a veces, ¡sólo a veces! Quisiera saber que se siente estar enamorada, y envidio a Maggy…─ chasqueó la lengua ─ y te envidió a ti…

Al escuchar eso, al ver la mirada picara y escrutadora de su amiga, Integra pegó el mentón al pecho, con las mejillas enrojecidas: ─ Yo no…yo no estoy enamorada…

─ ¡Sí, aja! ¡Y yo soy la duquesa de York! ─ Le dio un leve codazo.

─ ¡Señoritas, dense prisa, ya vamos a comenzar! ─ la voz de la profesora de educación física llamándolas a voces a través del campo amplio, rodeado de gradas. Jóvenes hablando en grupos, la cuadrilla de porristas organizando su ceremonia a las estudiantes que las sucederían, (entre las veteranas la condesa Felton, con cada cabello acicalado, perfectamente bien maquillada aún bajo el calor, compartiendo de lejos risas y besos con sus amigas); las miembros de los equipos de soccer y rugby firmando camisetas entre sí. El campo oloroso a pasto recién podado, reverberante como la vida plena que contemplaba la vieja escuela

─ ¡Está es su última clase, no se demoren!

Veinte muchachas en camiseta y shorts preparadas en el campo, a dos metros de Integra y Blair. La rubia colocó el antebrazo frente a sus ojos para mirar mejor, distinguió la figura delgada de Maggy corriendo desde el otro lado del campo, (Catherine Marshall estaba exenta de tomar la clase de deportes porque formaba parte del comité de alumnos); volteó a sus compañeras comenzando a hacer flexiones, a Isabella Bardsley mirándola con mofa como siempre; a Blair haciendo a la cruel joven, una seña obscena disimulada con subir de nuevo la banda debajo de su cabello castaño; a la profesora que la volvía a llamar al sonido de un silbatazo que las puso a correr a todas a dos metros y sentadilla, a cuatro y elongación, a seis, "toco el suelo y de regreso"...La clase siguió cuando la profesora les entregó balones de voleibol para jugar a los quemados, y volaron en todas direcciones: de derecha a izquierda, de arriba abajo, mas de repente, cuando les habían ordenado descansar unos minutos, a Agatha Collins se le ocurrió que sería buena idea practicar un saque de balón el cual "casualmente" fue a estrellarse contra la cara de Integra. Todos fijaron su atención en ella: la profesora,Agatha, Isabella, la condesa a más de media chancha la cual señaló y empezó a reír; Blair Hamilton que miró como en cámara lenta como Integra viró ciento ochenta grados sobre su propio eje, manando sangre por la nariz para caer de bruces al pasto.

─ ¡Agatha! ─ grita la educadora

Y no se dio ni cuenta, ni como, ni en qué momento, Blair caminó hasta ella con aplomo feroz, con mirada asesina, con pasó contundente, con sus armas tomar. Margarett la vio, nadie más lo hizo, estar a medio metro de Agatha y propinarle una sonora y regia bofetada que la arrojó contra el pasto también.

¡Boom! La cámara lenta terminó y ni la maestra supo tampoco, como pudo apenas detener una batalla campal entre jovencitas enardecidas.

─ ¡Lo hiciste a propósito, perra!

Mientras que Margarett corrió a auxiliar a Integra quien aún yacía en el suelo, echa un ovillo, pero no en inconsciencia o en dolor, sino aferrando fuerte en su puño derecho, el sigil que le había sido regalado… "Esto es por nosotros" …pensó la rubia, se sonrió levemente y aún con los ojos cerrados distinguió al gran vampiro regresando al fin a Londres. Sin borrarse esa sonrisa peculiar, sin dejar de aferrar el sigil en su puño ensangrentado, sobre el cuello de la camiseta ahora empapada de sangre, se levantó con la ayuda de Margarett, la miró a los ojos, se volvió a mirar a todas las demás, le sonrió con cariño a sus amigas, y echó a andar con su aplomo acostumbrado para salir del campo, llevando la frente en alto aunque la cara partida.

Media hora después, mientras la enfermera escolar le hacía las curaciones necesarias a una casi ausente Integra, ella se preguntaba que habría sido de su amiga. Nada que a la misma Blair le pudiera importar demasiado: detención tan sólo, una llamada de atención, puede que, hasta la expectativa de no asistir al baile. El hecho fue que cuando la rubia salió de la enfermería con el rostro lavado y curado, un tropel de muchachas de sexto grado se apiñaban en el corredor principal por donde se miraba a dos metros de altura, el gran reloj de pared del colegio.

─ ¡Diez!

Integra caminó entre el tumulto buscando un rostro conocido.

─ ¡Nueve!

Se sentía aún un poco aturdida por el golpe y los pensamientos amalgamados en su cerebro remolido por el sol de mediodía y el balonazo.

─ ¡Ocho!

Se abría paso a paso entre todas las condiscípulas de su generación, empujándose con los hombros. Levantó la mirada, distinguió el minutero a punto de marcar las dos de la tarde en punto.

─ ¡Siete!

Se quedó quieta un momento, tan sólo eran ella, el segundero recorriendo su última traslación, la euforia y aquella vivencia única.

─ ¡Seis!

Cerró los ojos, tan sólo quería escuchar.

─ ¡Cinco!

Una sonrisa se dibujó en su rostro…

─ ¡Cuatro!

Entreabrió los ojos azules.

─ ¡Tres!

"¡Integra, aquí estás!" Margarett y Catherine por detrás, abrazándola por los hombros.

─ ¡Dos!

Escuchó a un escaso centímetro de sus oídos las voces animadas de sus amigas.

─ ¡Uno!...

Y todas clamaron jubilosas hasta que un segundo después el instante se resolvió en las campanas del colegio tañendo el final de la jornada académica de ese día. Unas se abrazaban y besaban, otras (como las mismas Cathy y Maggy) saltaban, todas unidas en un barullo el cual continuaron hasta la salida principal del colegio donde comenzaron a desperdigarse. Integra se detuvo justamente ante las gradas de esa, la institución que para bien o para mal la había acogido por seis años, entrelazó los dedos sobre sus hombros y suspiró tranquila, feliz, satisfecha.

"Voy a recordar este momento, tal y como es, desde ahora y para siempre"

─ ¿A dónde creen que van? ─ Blair a sus espaldas, corriendo con una sonrisa dibujada en el rostro ─ ¡No se marchen sin mí!

─ No pensábamos hacerlo… ─ respondió Margarett

─ Ha habido un tumulto en salón de detención por querer salir lo más pronto posible, hoy es el último día de clases, no valen los castigos ─ sonriendo, acomodando apenas sus pertenencias en el interior de su bolsa escolar

─ ¡No hay nada que detenga a Blair Hamilton!

─ ¡Jamás! ─ mostró sus dientes parejos y abrió como platos sus ojos color esmeralda al decir aquello ─ Integra, ¿cómo estás?

Por toda contestación, la aludida soltó sobre el pavimento caliente su bolso de lona y se adelantó con prisa a abrazar a su amiga, ante la mirada afable de Catherine y Margaret: ─ ¡Gracias!

─ No hay nada que agradecer, pelo de trigo, ¡Yo tendría que ser la que te diera las gracias por la satisfacción de haberle rajado la cara a Agatha Collins! ─ Integra levantó una ceja y sonrió de buena gana, y entonces ambas amigas comenzaron a reír hasta que de nuevo se estrecharon casi carcajeándose, a lo que se unieron las otras dos chicas… y así estuvieron unos minutos, dejando que el momento se esfumara poco a poco. Cuando terminaron el abrazo, las cuatro miraron el colegio una vez más.

─ Qué extraño, saben que jamás volveremos a tomar clases allí… ¿se dan cuenta como terminan las cosas en la vida? ─ dijo Catherine

─ De un momento a otro… ─ agregó Margaret.

─ Así es la vida, se va como poluta de humo entre los dedos ─ terció Integra

─ ¡Bueno ya! Dejemos la filosofía para otro momento, ¡vámonos!

Las cuatro se miraron a las caras, asintieron, y con una sonrisa tranquila echaron a andar por el sendero que se abría entre ellas, no una calle londinense más, sino la vida entera aguardando.

Continuará...

.

.

.

.

"Han pasado 84 años!.."

No tengo perdón del dios fan fiction net, sólo decir que por periodos muy largos de tiempo no tengo nada de tiempo ni oportunidad de inspirarme ni un rato en Hellsing =(

Ahora sólo quiero agradecer a quien dejó comentarios desde la última vez que estuve aquí que fue hace mucho, mucho D=.

Gracias a Freya, a Wiccanian, a Zoe LJ, a Abrilius (en serio, gracias por tomarte el tiempo de comentar con detalle mis capitulos), a Malina Westerna, Regina, Palomixta y Barbara Gizela, a todas ojala vean esto y sepan que nunca me olvidé del fic, sólo que aveces uno ya no halla el tiempo de escribir como cuando tienes menos obligaciones en la vida u.u.

Sin más, les digo "nos vemos" (seguro, seguro que publico dentro de ocho días otra vez), espero que les guste este episodio que tiene un "épilogo" un poco largo, sí, pero me gusta poner distintos sucesos de esa manera. Espero sus comentarios, sugerencias, etc.