Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo le pertenecen a la inigualable Stephenie Meyer, yo sólo me divierto junto a ellos ubicándolos en un mundo paralelamente imaginario que brota de mi alocada cabecita soñadora.

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Trato Hecho

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Beteado por Isa :)

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Capítulo Veinte: Orlandolandia

—¿Eres consciente de lo que me estás pidiendo? —preguntó, ocultando su rostro en el hueco de mi cuello, intentando calmar su respiración agitada.

Tomé una bocanada de aire y me sujeté mejor, afianzando el agarre de mis piernas en torno a sus caderas. Ya no tenía sentido postergar lo inevitable. Era como había dicho antes, mi límite había llegado. Ya el grado de frustración que llevaba encima no era algo sano y, por supuesto, estaba dispuesta a llegar más allá. No habría arrepentimientos, ni tampoco nada parecido a ello. Estaba cien por ciento segura que quería seguir adelante; no tenía ninguna duda. Está claro que este día llegaría, quizás hoy o mañana o pasado… pero no se haría esperar mucho más. El momento era ahora y estaba dispuesta a disfrutarlo.

«Oh, Dios, oh, Dios… ¡Al fin mi sueño se hará realidad!».

Miré a Edward a los ojos, y quise que mi mirada le manifestara esa determinación que estaba sintiendo. De verdad que no tenía dudas, pues se trataba de Edward. Él era muy especial para mí y, sobre todo, el único que fue capaz de enamorarme. ¿Qué dudas tendría, de todos modos? Él era ese chico que estaba esperando y sentía que ese momento importante en la mayoría de las mujeres, por fin me había llegado.

Quería dar el siguiente paso; de lo contrario, no soportaría más tiempo.

—Soy muy consciente de lo que estoy pidiendo —respondí sin titubear.

Él me quedó mirando fijamente; seguramente para analizar mis palabras y mi convencimiento. Era frustrante no saber qué pasaba por su cabeza; más en este momento. ¿Él me desearía tanto como yo a él? ¿Habría esperado este momento con las mismas ansias que las mías? ¿También sentiría que ya no había necesitad de postergar lo inevitable? Era notorio que, al menos, una parte de su cuerpo sí estaba de acuerdo conmigo —y la parte más importante para el acto, hay que aclarar—, pero quería que él mismo me lo dijera. Obviamente, yo no estaba pensando en lo que pasaría después, sino que me concentraba en lo que sucedería si Edward estaba de acuerdo en llevarme al departamento para visitar Orlandolandia, como Amanda lo había llamado. Yo estaba dispuesta, Amanda estaba dispuesta, ¿Edward estaría dispuesto?

«Más le vale porque de lo contrario tendré que estrenar mis reservas de cloroformo».

Reprimí una sonrisa por las palabras de Amanda y volví a focalizar mi atención en esos ojos verdes que se oscurecieron un poco más. La espera mata, esa es la verdad.

—¿No te arrepentirás? —preguntó con un poco de vacilación.

Rodé los ojos.

«No lo hará, Ojitos; no dejaré que lo haga. Llegar a este punto me costó sangre, sudor y lágrimas. Créeme, ella no se arrepentirá».

«Tampoco exageres».

«Es la verdad y ahora asegúrate de agilizar los trámites, vas por buen camino».

—¿Me ves como con ganas de hacerlo? —pregunté refiriéndome a su pregunta anterior, refregándome en su creciente erección. La verdad, no sé de dónde saqué esa desvergüenza para hacerlo, supongo que era la necesidad de calmar ese calor insoportable entre mis piernas que me venía persiguiendo desde hace semanas. No lo hice a propósito, o quizás inconscientemente sí, ¿quién sabe?

—Puta madre —gruñó entre dientes.

Cerró sus ojos y lo pude ver con el ceño fruncido. Otra vez había puesto ese rostro de conflicto interno; me hizo acordar a cuando yo me quedo sumergida en mi propio mundo discutiendo con Amanda. ¿Tendría algo que ver ese tal Armando? Desvié mis pensamientos, cuando su ceño se fue frunciendo más, siguiendo en esa lucha interna que parecía no darle tregua. Luego de unos instantes, sus ojos se abrieron y de sólo ver esa mirada llameando fuego, todos mis músculos se contrajeron de pura antelación. Mi cabeza gritaba a los cuatros vientos: «¡Se nos dio! ¡Se nos dio!», supongo que por fin había llegado el día. Mi pulsó se aceleró.

—Nos vamos —dijo con convicción.

Enarqué una ceja.

—¿Cómo? —pregunté. Todavía la fiesta no había terminado. ¿Estaba pensando en irnos y ya? ¿Qué sucedería con sus invitados?

—Lo que escuchas, nos vamos.

—Pero… pero… —comencé a decir cuando él ayudó a pararme sobre mis pies—. Edward, no cambiaré de opinión, lo juro. Pero no creo que sea buena idea dejar el boliche, es tu cumpleaños y ni la mitad de tus invitados han abandonado el lugar. No podemos irnos y ya. ¿Qué pensarán?

«¿Puedes cerrar el pico? Ya comienzo a verle la cara a Orlando».

«Y lo verás más de cerca, te lo prometo. Pero no tenemos que lucir tan desesperadas».

«¿Tan desesperadas? Llevo esperando este jodido momento desde que Ojitos apareció en el parque. Eso es mucho tiempo, no me hagas esperar más».

—Sí podemos, sí lo haremos —dijo sin alejar esa mirada de deseo puesta en mí. Mordí mi labio inferior y él volvió a gruñir—. Bella, llevo esperando este puto momento desde hace no sé cuánto tiempo, ya no aguanto más.

¡Uau! Parece que él también estaba tachando en el calendario los días para que este momento llegara. Supongo que eso me hizo sentir un poco mejor, al menos no era la única emocionada por lo que sucedería esta noche.

Sin darme cuenta, Edward me tomó desprevenida y me estampó contra la pared, para poder tomar mi rostro y besarme con fiereza. Bien, creo que morí en ese instante, pero luego una fuerza desconocida hizo que reviviera para poder degustar el sabor de la anticipación a esos Orlandos que nos estaban esperando. Enredé mis manos en el cabello de Edward y metí mi lengua en su boca cuando él buscó desesperadamente la mía. Aquí no había dulzura, no había cuidado, pero sin embargo, seguíamos manteniendo esa acostumbrada chispa entre nosotros. A pesar de la pasión y de las ganas de arrancarnos la ropa y conocernos en otro ámbito, no olvidábamos que éramos Edward y Bella: dos chiflados que ya no aguantaban ni un segundo más sin meterse mano el uno con el otro.

Rompió el beso llevándose mi labio inferior entre sus dientes y, obviamente, gemí como una muchacha que disfrutaba eso. Bueno, realmente era una muchacha que disfrutó eso y que quería seguir disfrutándolo. Junté un poco mis piernas para aligerar la molestia entre ellas y mis ojos volvieron a conectarse con los de Edward.

—Nos vamos —volvió a repetir—. A nadie le importará, créeme, y lo que piensen me tiene sin cuidado. No esperaré ni un puto segundo más.

Tragué pesado, sintiéndome rara, encendida y, sobre todo, muy, muy excitada. No tuvo que volver a decirme dos veces esas palabras, es decir, ¿quién era yo para interponerme a sus deseos? Yo también moría por llegar a su departamento y dejar que las cosas siguieran su curso. Comprendió al instante que estaba de acuerdo con él sin que le dijera ninguna mísera palabra. Supongo que aprendió a leer mi rostro o mis gestos; o mi excitación era más notoria de lo que creía. Enredó su brazo en mi cintura de manera posesiva, haciéndonos salir de ese pasillo oscuro e ir hasta la barra, en donde estaban Emmett y Rosalie —Esme y Carlisle se habían ido hace unas horas alegando que ya estaban viejos para soportar hasta altas horas de la madrugada—. Apenas estuvimos a su lado, Emmett por supuesto ya sabía qué pasaba por nuestra mente.

«Sexo, sexo, sexo y ¡más sexo!».

«Exacto».

—Ya decía yo que estaban tardándose mucho —sonrió pícaramente mirándonos con una amplia sonrisa—. De hecho, se los agradezco, pues ahora Brad tiene que pagarme cincuenta dólares.

¿Apostaron? Mi vista se desvió a Rosalie y ella me ofreció una mirada sugestiva aunque luego me guiñó el ojo, haciendo que sonriera. Creo que por primera vez, las insinuaciones que nos habían hecho desde el principio se volverían realidad. Gracias, Señor.

—Bien, entonces ahora con más razón, nos vamos —dijo Edward. Por primera vez no vi que se quejara por las bromas de su hermano mayor. Supongo que su mente estaba tan ocupada como la mía pensando en lo que nos esperaba—. Salúdame a todos y diles gracias por venir.

Sólo me dejó balancear mi palma en dirección al matrimonio y emprendimos camino hacia la salida. No me preocupé en saludar a mis amigas porque sabía que ellas estaban tan ocupadas como yo; Jessica a la cabeza, obviamente, seguida por Alice. Si bien Tanya sólo charlaba con Daniel, sabía que quizás hoy le dejaría tomar su mano. Los dos eran muy tiernos y un poco lentos para avanzar, y mi amiga lo haría esperar algún tiempo hasta, al menos, besarlo.

Íbamos caminando rápidamente hacia la salida; yo no podía parar de reírme, completamente divertida por el accionar de Edward. Lo seguí sin rechistar y agradecí no haber aceptado cambiarme las zapatillas cuando Alice me ofreció los zapatos; pues la velocidad que Edward estaba usando para salir de allí era aterradora. Hasta parecía mucho más emocionado que Amanda por los Orlandos. ¿Sería eso posible?

—Nadie nos está corriendo, ¿sabes? —dije divertida, ya cuando faltaba poco para traspasar la puerta de salida. Él miró sobre su hombro y me lanzó una mirada entre divertida y entusiasmada.

—Bueno, de hecho me estoy asegurando que esto esté sucediendo de verdad —musitó.

Tiré de su mano que tenía fuertemente entrelazada con la mía y lo obligué a que me mirara a los ojos. Estábamos parados a un lado de la pista central del boliche, si bien no faltaba mucho para que éste diera por finalizada la jornada, todavía había muchos presentes disfrutando de la música y de la compañía de sus acompañantes.

—No es mentira, o sea… sucede de verdad —dije, alzando un poco la voz—. No me iré a ningún lado, tampoco me arrepentiré. Edward, he llegado a mi límite y no estoy dispuesta a que la noche acabe ahora mismo. Te dije que quiero que me lleves a tu departamento, y eso es lo que quiero.

Él jaló un poco sus cabellos con la mano libre y clavó sus preciosos ojos en los míos.

—Tengo miedo a que te arrepientas —suspiró—. No sé… siento que inevitablemente este día llegaría, pero…

Sabía que él también temía por lo que pasara después. Por mi parte, no quería que nada cambiara. O bueno, que no cambiara más. Pero era lógico que ambos estemos un poco nerviosos por lo que vendría.

—Las cosas no tienen por qué arruinarse —largué un fuerte suspiro—. Lo hablamos en Tacoma… No me arrepentiré, ¿tú lo harás?

—Sabes que no —respondió al instante.

—Entonces todo estará bien. —Apretó su mano con la mía—. Sólo dejemos que las cosas fluyan con naturalidad…

Él subió su mano para acariciar mi mejilla y ladeé mi cabeza en búsqueda de su calor.

—Eres tan hermosa. —Su mano descendió hasta apoyarse en mi garganta. Sentí como todo mi pulso se aceleró, seguramente él estaba sintiendo el rápido latido de mi corazón debajo de su mano—. Lamento estar actuando como un lunático, supongo que estoy un poco nervioso.

«Déjame que te ayude a calmarte, Ojitos».

—Yo también estoy nerviosa —admití—. Pero eres tú.

Sus ojos brillaron con una gran intensidad y me vi envuelta en esa tórrida mirada. Lo demás desapareció. Olvidé la música alta, olvidé el nombre del boliche, el mío propio y hasta mi color favorito. Podría haber pasado un unicornio real y yo ni me hubiese percatado de ello. Para lo único que tenía atención era para ese hombre perfectamente imperfecto que me miraba como si fuese la única persona que le importara. Sentí algo cálido rodear mi pecho y me convencí aún más que quería seguir adelante con todo esto. Yo lo amo, y hoy se lo iba a demostrar. O bueno, eso intentaría.

—Y tú eres mi hermosa voz de pito —susurró—. ¿Puedo besarte?

«Oh, Dios santo, ¡vale la pena estar vivo!».

Lo miré con diversión.

—¿Desde cuándo pides permiso para hacerlo? —pregunté con gracia, al mismo tiempo que él me acercaba a su cuerpo, tomándome fuertemente de la cintura.

—Desde que me siento nuevo en todo esto —respondió.

Le sonreí ampliamente y cerré mis ojos; una clara invitación a su pedido. Sentir sus labios sobre los míos no se hizo esperar y, como si fuera arte de magia, la música en el boliche había cambiado de ser movida a Love of my life, esa mítica canción de Queen para los enamorados. Esta vez el beso no era nada parecido a los anteriores. Aquí había dulzura, anhelo; claramente no había ninguna otra intensión aunque ambos sabíamos lo que nos estaba esperando puertas afuera. Él delineó mi boca con su lengua, y obviamente nuestras lenguas no tardaron en saludarse y comenzar con esos movimientos sincronizados que tan bien estudiados teníamos. Al cabo de un momento, nos separamos y juntamos nuestras frentes. Un gesto tan íntimo que hizo que mi pecho se inflara.

—¿Ya te dije que eres absolutamente preciosa? —repitió, rozando nuestras narices—. ¿Nos vamos?

Sonreí y me refugié en su pecho, llenándome de su aroma tan peculiar.

—Nos vamos —afirmé.

Él me mantuvo abrazada por la cintura y yo hice lo mismo con él, refugiándome en su costado cuando íbamos atravesando el poco camino que nos faltaba para despedirnos de Burqa. El guardia de seguridad se despidió de nosotros cuando nos vio salir y, rápidamente, nos acercamos al coche. Las mariposas en mi estómago no se habían calmado ni un solo segundo y ya era imposible mantener a raya mi hombro. Ya me parecía extraño que se hubiese comportado todo este tiempo.

«Pasajeros con destino a Orlandolandia, favor de embarcar al coche plateado».

«Estás muy emocionada, ¿verdad?».

«¿Emocionada? ¡Pero si sólo pienso en quitarme la ropa!».

Sonreí y suspiré con pesadez. Edward rodeó el coche y se subió en el asiento del conductor. Creí que arrancaría el auto y nos iríamos rápido, pero parece que su nerviosismo era igual al mío. Apoyó sus manos en el volante y me miró de costado. Yo mantuve la mirada hasta que no aguanté más. Comencé a reírme de tal forma que todo mi cuerpo convulsionó por las carcajadas y sentí que mis ojos comenzaban a aguarse por las lágrimas que se acumulaban en ellos. Edward intentó mantenerse serio pero le fue imposible, al cabo de unos segundos éramos dos lunáticos que no podíamos dejar de reírnos como los locos que somos.

—Creo que nunca podremos actuar como dos personas normales —dijo intentando calmarse.

Solté unas risitas.

—¿Qué es lo normal de todas formas? —encogí mis hombros. Luego, no sé cómo hice para girar mi cabeza hasta el asiento de atrás, y me encontré con el paquetito envuelto en papel de regalo negro con el moño blanco que había preparado para Edward. Olvidándome del porqué nos llevó a reírnos como locos, me quité el cinturón de seguridad y lo tomé en mis manos. Sentí la mirada de Edward puesta en mí y le sonreí—. Casi lo olvido, uh, feliz cumpleaños —le pasé el paquete y él lo tomó con sorpresa.

—¿Es para mí? —Lo miré como diciendo: «¿Para quién sino, tonto?»; y lo alenté para que lo abriera. No era la gran cosa, pero apenas lo vi me acordé de él, por eso decidí comprárselo—. No tenías que regalarme nada…

—Pero quise hacerlo —le sonreí.

Él me miró con una amplia sonrisa en sus labios, observando el paquete rectangular desde todas las perspectivas. Sus ojos brillaron y algo me decía que le gustó mi gesto, o que no esperaba que lo volviera a sorprender. Así se hace, Bella… vamos por buen camino.

«De eso no hay dudas, y pronto vendrá nuestra recompensa».

—Gracias —murmuró. Luego, rompió el papel de regalo alegando que decían que eso traía suerte. Me reí por su desesperación. Una vez que sacó el obsequio, me miró con los ojos bien abiertos. Rodé los ojos, tampoco era para tanto. Era un simple coche en miniatura, color negro, parecido al que le había regalado a mi padre. Lo vi en una tienda cuando volvía de la Universidad y fue imposible no acordarme de él; después de todo, su vida estaba dedicada a hacer esa clase de juguetitos—. Es… es… wow, me encanta.

¿Tanto por un coche en miniatura?

Le sonreí.

—Fue imposible que no piense en ti cuando lo vi —admití—. No es la gran cosa… pero tampoco sabía qué regalarte. Si puedes ver, tiene un detalle en la patente… no estoy de acuerdo con el apodo que me pusiste, pero supuse que a ti te gustaría leerlo allí. Además quería que cuando leyeras «voz de pito» escrito allí, te acordaras de mí. —Creo que eso fue más cosa mía que pensar en él, por eso mandé a grabar mi estúpido apodo en la patente del pequeño juguetito; así sería más nuestro aún. Y un recuerdo del primer cumpleaños que pasamos juntos.

—Es completamente perfecto —murmuró, pasando sus dedos por las letras de la patente—. Es el mejor regalo que me han hecho... hasta ahora. —Añadió sin perder ese brillo en sus ojos, mirándome con una infinita profundidad; profundidad que hizo que mis músculos se contrajeran por alguna causa. Mi pecho se infló de felicidad al saber que le había gustado y que, probablemente, siempre lo haría acordarse de mí; pase lo que pase.

Guardó el coche en su caja nuevamente y quise reírme por la extrema delicadeza que utilizó para hacerlo. Luego, volteó su cuerpo un poco y lo volvió a colocar en el asiento trasero, sólo que esta vez lo sostuvo con el cinturón de seguridad. Creo que lo miré con los ojos bien abiertos, ¿por qué hacía eso?

—No quiero que se estropee. —Fue su respuesta, adivinando mi pensamiento.

Me reí peor y él me acompañó en las risas hasta que cesaron; luego, encendió el motor del coche y clavó sus preciosos ojos en los míos.

—¿Nos vamos? —preguntó.

«¿Vas a seguir preguntando, Ojitos, o ya podemos ir a la acción?».

Lamí mis labios y ajusté mi cinturón de seguridad.

—Creo que ya respondí a esa pregunta —musité, mirándolo sin poder controlar el movimiento de mi hombro izquierdo.

Edward sonrió de costado y no nos hizo esperar mucho para poner en marcha el coche. A medida que el paisaje iba corriendo por la ventana, no pude dejar mi cabeza en blanco. Tampoco esperaba poder hacerlo, claro. En mi interior sabía que luego de hoy las cosas cambiarían. Inevitablemente eso pasaría. Si bien no quería preocuparme mucho ahora por ello, pues confiaba en que tendría tiempo para hacerlo luego, no podía dejar de sentir ese ligero temor de estar estropeando todo. Quería creer que eso no era así, es decir, sin dudas esto algún día ocurriría, pues jamás había sentido esa tensión sexual que sentí y siento junto a Edward. Es más, jamás nadie me hizo sentir así como él. Sólo se trata de Edward. Siempre será él.

Había estado excitada algunas veces atrás, porque… bueno, hay libros que son muy gráficos y están tan bien narrados que es difícil no sentir las mismas sensaciones que transita la protagonista y… obviamente una no es de palo. Pero lo que estaba sintiendo ahora no tenía nada que ver con eso. Por primera vez en la historia de la humanidad de Isabella Swan, un hombre de verdad la hacía perder el control, perder la capacidad de recordar su nombre y hacer que sólo piense en alguna manera para liberar esa tensión acumulada que se fue incrementando con el pasar de los días.

Escuché una suave melodía sonar desde el estéreo del auto y suspiré. Era imposible no sentir esos nervios de la primera vez. Después de todo, sabía toda la teoría de lo que me esperaba pero hasta ahí llegaba mi conocimiento, luego no sabía nada más. Miré de soslayo a Edward y mis nervios comenzaron a apaciguarse un poco. No tenía que estar aterrada porque confiaba en Edward ciegamente y, además, sentía que el momento había llegado. Estaba decidida y no pensaba dar marcha atrás con esto. La decisión estaba tomada.

Aparcó el coche frente a una farmacia y fruncí el ceño, mirándolo.

—Si vamos a continuar… —carraspeó y creo que sus mejillas se colorearon ligeramente. Quise besarlo—. Debemos hacer una parada antes.

Creo que por encima de mi cabeza se encendió la lamparita. Por supuesto. Protección.

—Claro —aclaré mi garganta—. Te esperaré aquí.

«Vestidito para el amiguito, ¡esto va a ponerse bueno!».

Él me miró… me miró y me miró; luego, sonrió ladinamente y salió del coche. Cuando estuve sola, tiré mi cabeza hacia atrás del asiento y cerré los ojos. Cada vez, todo iba siendo más real. Sólo sentía los nervios lógicos, nada más. Intenté recordar las palabras de mi abuelita: «Toda mujer es hermosa, mi niña; la única diferencia entre ellas, es que no todas han encontrado los ojos indicados para que ellas lo crean». Por supuesto que la inseguridad de desnudarse delante de alguien por primera vez es inquietante; pues es casi imposible no sentir un poco de vergüenza. Supongo que a la mayoría de las mujeres les sucede. Por mi parte había tenido suerte de tener a mi abuela, aconsejándome desde temprano que una muchacha debe sentirse segura consigo misma. Después de todo, si tú no te sientes segura, ¿quién lo hará por ti?

Hoy me sentía precisamente algo parecido a hermosa; o sea, creo que estaba en esos días en donde te miras al espejo e, inevitablemente, te ves linda. Subí un poco mi rostro para observarme en el espejo retrovisor y me miré. De acuerdo, lo admito, me había arreglado para lucir patéticamente bonita para Edward —o quizás era por mi misma en realidad y quería camuflarlo de alguna manera—, creo que eso me brindaba aún más confianza de la que comenzaba a sentir. Supongo que era algo bueno, de todos modos. Ver mis ojos brillantes, grandes y expectantes, me hizo entender que eso era lo que Edward veía: mis ojos demostraban determinación y, obviamente, el deseo que no se había aplacado para nada; es más, la anticipación a lo que estaba por venir, sólo hacía que se incrementara. Le guiñé el ojo al espejo para ver mis muecas al hacerlo y me reí sola. Genial. Ahora había llegado al punto de hacer muecas frente a un espejito para ensayar rostros sensuales. Sí, lo sé, soy idiota.

El sonido de la puerta del coche abrirse me sobresaltó; allí estaba Edward, ya sin su saco puesto, llevando en sus manos una bolsita de la farmacia. Creo que tragué pesado, no estoy segura.

«¿Trajiste de sabor a frambuesa, Ojitos?».

«¿Cómo se supone que sabes tanto de condones, Amanda?».

«Una buena maga no revela sus trucos, Bellita».

—Bueno, creo que ya está todo —murmuró. Rodé los ojos, ¿otra vez empezábamos a divagar?

Asentí y le señalé para que se colocara el cinturón de seguridad.

—Antes de eso… —dijo, y en un movimiento inesperado tomó mi rostro entre sus manos y me besó. Sonreí sobre sus labios y, aún atajada con mi cinturón de seguridad, me las ingenié para abrazarnos lo máximo posible. Enredé mis manos en su sedoso cabello y lo escuché suspirar sobre mis labios—. Cada vez se hace más difícil parar…

Mordí su labio ligeramente y nos separamos con lentitud.

—Bueno, amigo, no tendremos que parar… no esta noche.

Creo que esas fueron las palabras mágicas, ya que luego de gruñir arrancó el coche y salimos rumbo al departamento de Edward.

«¡Aleluya!».

La anticipación me estaba matando lentamente… o bueno, nos estaba matando lentamente porque sabía que Amanda estaba igual o peor que yo. Inevitablemente, el nerviosismo se incrementaba a medida que empezaba a darme cuenta que estábamos llegando a nuestro destino; sin dudas, esperaba que todo suceda con naturalidad. No sabía qué esperar, o bueno sí sabía porque había leído bastante del tema. Una chica debe tener en cuenta todo detalle posible, más aún si se dedica a escribir historias románticas. Sólo esperaba que todo fuese perfecto, aunque teniendo a Edward junto a mí… sería difícil que eso no pasara.

—Supongo que esta vez, tu silencio no es malo —susurró y recién allí me di cuenta que el auto ya estaba aparcado en el estacionamiento del edificio.

Suspiré y lo miré.

—Sólo pensaba… —musité.

—¿Todo bien?

«Ay, Dios… ¿Van a seguir preguntando o qué?».

«Amada…».

«Amanda nada. Vamos, agiliza al hombre y llévanos al nido de amor».

Oh, genial… ahora se venía con esas cursilerías. Le rodé los ojos a mi conciencia y me concentré en Edward. Aunque… en cierto punto, Amanda tenía razón. Estábamos dando muchas vueltas y no quería que termináramos mareados.

—Todo bien —le respondí—. Uhm, ¿podemos subir ya?

Sus ojos destellaron.

—¿Y recién lo dices ahora? —respondió.

Ambos bajamos del coche a la velocidad de la luz y, cuando esperaba que él se acercara para tomar mi mano, me tomó por sorpresa cuando me arrinconó entre su cuerpo y el coche. Creo que tenía una manía con hacer sandwichito de Bella entre él y algún objeto cercano que tuviese a mano. Obviamente, la pasión se adueñó de nosotros y comenzamos a besarnos como dos posesos. Creo que hacía esto por temor a que quiera salir corriendo. ¡Ja! Claro… ahora no me paraban ni con una grúa. Ya habíamos llegado muy lejos, ni loca daba un paso para el costado.

«¡Esa es mi Bella!».

—No puedo mantenerme alejado de ti, mi voz de pito —susurró mordisqueando mi labio inferior. Creo que mis ojos volaron hacia atrás de tal manera que vieron mi cráneo, no sé si eso se puede o no, pero yo lo sentí de esa forma. Lo sé, exagero, pero soy así—. La espera me está matando…

«¡Al demonio con la jodida espera!».

Jalé sus cabellos con fuerza y me gané un gemido ronco de su parte. Mi corazón martilleaba rápido en mi pecho y el dolor entre mis piernas era un grado más arriba que insoportable.

—Entonces no esperemos más… —dije con la respiración errática. Él me miró con los ojos negros nublados de deseo e hizo que su creciente y notoria erección se estampe de lleno en mi estómago. Oh, Dios, dame fuerzas.

—Jamás estuve así, nunca… —siguió diciendo mientras continuaba mordisqueando mi cuello. La verdad, me sentía más indestructible que Terminator, si no morí justo en este momento es porque era jodidamente eterna—. ¿Qué me estás haciendo?

Sólo espero que esté enamorándote, Edward; lo deseo con todas mis fuerzas.

Con mucha dificultad, se alejó unos centímetros de mí y tomó mi mano con fuerza para poder guiarme hasta la entrada del lobby del edificio. No pude detenerme en observar mucho el lugar, ya que Edward rápidamente encaró hacia el sector de los ascensores. A medida que iban pasando los pisos que el elevador bajaba para buscarnos, mi pulso se incrementaba al igual que mi nerviosismo inevitable. Edward se mantenía sereno o, bueno, eso quería aparentar, porque su respiración era agitada y chocaba su pie con el suelo repetidas veces, mostrando su impaciencia para poder llegar a su departamento.

«Orlandolandia, estás cada vez más cerca».

En lo que pareció una eternidad, las puertas del elevador se abrieron y esperé a que Edward tapara mis oídos para realizar nuestra habitual táctica anticlaustrofobia, claro que hoy todo lo que hacía sólo me sorprendía. Como si fuese una ligera pluma, me alzó en brazos, haciendo que mis piernas se enredaran en sus caderas. Otra vez me vi apresada entre él y la pared del elevador. Obviamente que no me importó el moretón que seguramente me quedaría por el fuerte impacto de mi espalda contra la dura pared. No cuando sus labios me hacían olvidar de todo y de todos, menos de nosotros dos.

—Creo que esta táctica también está buena, ¿no? —preguntó lamiendo; sí, lamiendo mi cuello. María Teresa de Calcuta, ¿encima pretende que le responda?

«Gracias, San Orlando, gracias por estar tan cerca».

Cerré fuertemente mis ojos y me concentré en sus besos. Parecía que toda la pasión que veníamos conteniendo hoy se multiplicaba por mil. Y esta vez no exageraba, claro que no. Creo que mi límite ya lo había pasado, y por lo que se veía, el de Edward también.

—La vez que estuvimos aquí en el ascensor, ¿recuerdas? —Como si fuera que alguna vez podría olvidarlo. Esa vez estuvimos a poco de seguir adelante y quién sabe si, quizás, habríamos visitado Orlandolandia esa misma noche—. Sólo pensaba en follarte, como ahora.

Apreté más fuerte mis ojos, sintiendo oleadas de calor viajar a mi bajo vientre.

—Y en la casa de tu padre, ¿también recuerdas eso? —siguió preguntando. Esta vez, su boca se pegó a mi oreja y, al terminar de hablar, mordió el lóbulo de ésta. Obviamente gemí, ¿qué persona bajo todas sus facultades mentales hubiese podido evitarlo?—. Sólo pensaba en ti y en mí, haciéndolo sobre la mesada de la cocina. ¿Lo imaginas?

«Corazoncito, tienes que aguantar. Vamos que la noche sólo acaba de comenzar».

Ay, santo cielo. ¿Por qué tiene que comportarse jodidamente caliente en este momento? Si quiere hacer que estalle, lo está consiguiendo. Por supuesto que en esas dos veces nos fue muy difícil parar. Aunque, últimamente, nuestros besos no eran sólo fingidos besos inocentes. Claro que no; debíamos utilizar todo nuestro jodido autocontrol para frenarnos y no comenzar a follar como dos locos en cualquier superficie apta para ello.

Mi espalda volvió a chocar con la pared del elevador y rápidamente nuestras bocas volvieron a la carga, comenzando con esa dulce batalla que no tenía ni vencedores ni vencidos. Si alguien me dijera que, probablemente, estábamos quedándonos más tiempo del necesario dentro del ascensor y que, posiblemente, en cualquier momento a una persona claustrofóbica como yo le agarraría el ataque; seguramente, lo mandaría a la mierda. O sea, ¿a quién le interesa la puta claustrofobia cuando Edward besa de esa manera y, por si eso no fuese poco, se asegura de mostrarte cuan excitado está, haciendo chocar para nada casualmente su polla en mi fuente de calor? Porque sí, justo en medio de mis jodidas piernas parecía que se estaba formando un volcán que sólo pensaba en hacer erupción.

Santo Dios.

Finalmente, mi cerebro conectó con mi mente y escuché el sonido de las puertas abrirse en el piso 14. Agradecí a la vida por ser tan maravillosa conmigo. Edward nos encaminó por el pasillo —no me bajó de sus brazos y yo tampoco dejé de besarlo en la mandíbula y cuello, aprovechándome de nuestra cercanía—. Creo que fuimos colapsando por las paredes hasta dar con la bendita puerta del bendito departamento, pero estaba tan inmersa en las sensaciones que sería difícil asegurarlo.

La puerta se abrió y, al siguiente segundo y una vez que estuvimos dentro del departamento, se escuchó el sonido del portazo al cerrarla. Me reí porque Edward le había metido una bonita patada para hacer que se cerrara de un golpe certero.

«Las cosas que me ocurren que puede hacer con golpes certeros».

Uf.

—No necesitas un tour, ¿verdad? —preguntó, acariciando lentamente mi mejilla, aún sin bajarme de sus brazos.

Lo miré con una ceja alzada.

—Ya conozco el departamento, Edward. ¿Por qué lo dices?

—Menos mal —sonrió de costado—. Porque sólo te quiero en mi cama.

Si mis bragas habían durado hasta ahora, definitivamente con esa frase ya quedaron en algún sitio de por aquí. ¿En serio es legal ser así de… caliente? No tuve mucho tiempo para reaccionar, ya que él nos llevó a gran velocidad hasta su cuarto y me dejó sentada sobre la esquina de la cama. Por el rabillo del ojo vi que dejó la bolsa de la farmacia encima de la mesa de luz. Eso me hizo acordar de un detalle. Estaba segura que ya lo sabía; pero era mejor dejar las cosas claras desde el primer momento.

Orlandos, esperen un poco; ya iremos por ustedes.

«Me encanta que hables en plural, eso significa más de un Orlando».

No me di cuenta de ese detalle hasta que me di cuenta. Bueno, si teníamos suerte quizás el plural estaría bien usado. Había hablado con Alice del tema y, bueno, a Jessica no hacía falta preguntarle nada porque una de las cosas que amaba es hablar de sexo. Ambas no habían tenido muy lindas experiencias en la primera vez. Mi mejor amiga, por su parte, dijo que sintió como un pinchazo fuerte entre medio de las piernas y que fue algo sumamente incómodo. Por otro lado, Jessica tampoco estuvo muy agradecida con su primer encuentro sexual, sobre todo porque, según ella, había sufrido por nada, ya que ni siquiera pudo ver a un Orlando de cerca. Todo eso sucedió por la inexperiencia de ambas y, porque no habían esperado por alguien con quien se sintieran cómodas y seguras. Por eso mismo, era mejor hablar antes de actuar. Aunque a veces no lo llevo a la práctica, esta vez lo haría.

Edward se acercó a mí y lo miré fijamente a los ojos. Suspiré y, sin soltar mi vista de la suya para brindarme confianza, tomé sus manos y lo obligué a sentarse a mi lado. Él, como niño bueno, me obedeció sin rechistar.

«¿En serio van a seguir hablando?».

«Esto es importante y lo sabes».

«Pufff».

—¿Qué sucede? —preguntó guardando un mechón de mi cabello por detrás de mi oreja.

Largué un profundo suspiro, intentando mantener mi corazón sereno por ese gesto dulce y tierno.

—Hay algo que quiero decirte… —comencé a decir un tanto dubitativa—. Quizás ya lo sabes… es más, creo que te lo dije el primer día que te conocí. Justo en el parque, qué loco, ¿verdad? Apenas te conocía y ya andaba soltándote intimidades; quién iba a pensar que llegaríamos a esta situación ¿cierto? No es que diga que me arrepiento, claro que no porque, créeme, quiero seguir hasta el final… ya sabes…

—Hey, respira —dijo, apretando mi mano. Cerré mis ojos y me golpeé mentalmente la frente, otra vez largando el pico en momentos inadecuados. ¡Maldita sea, carajo!—. ¿Qué es lo que tiene nerviosa?

Después de estar a punto de perder la virginidad, decir con todas las letras que soy virgen. No estaba apenada de eso, para nada. Sé que, quizás, a comparación con otras chicas era algo parecida a una abuela por tener veintitrés años y todavía seguir sin romper esa barrera, pero las demás chicas me importaban un carajo. Yo era yo misma, y mi condición me hacía sentir bien. En mi opinión, mejor era haber esperado hasta ahora que arrepentirse por una experiencia traumática que luego sólo quieres olvidar. Lo sabía de primera mano por Alice y Jessica; yo no quería lo mismo para mí. Suspiré con nerviosismo. Dios, era más difícil de decir de lo que creí. Vamos, Bella… tú puedes.

—Bueno… es que… yo… —Él me miró como alentándome a seguir. Volví a mirarlo y sentí la determinación viajar a mí. Se lo diría, rápido y conciso. Vamos, Isabella—. Esto… yo… huh, estoy cero kilómetro ¿sabes?

«¿En serio eres tan bruta como para decir esa monstruosidad?».

Sí, creo que lo fui. Siempre la misma idiota de decir cosas sin sentido. Quise que la tierra me tragara, aunque luego recordé en la condición en la que estábamos y mejor quise que la tierra no me tragara nada. Edward me miró y sé que estaba intentando mantener su rostro sereno. Rodé los ojos, era obvio que quería reírse. Hasta yo me quería reír de mí misma.

—¿Cero kilómetro?

Mordí mi uña y asentí. No sé de dónde saqué eso, supongo que el regalo del coche en miniatura y estar inmersa en el mundo de los autos estos últimos meses me hicieron comparar todo con eso. Genial. Jodidamente genial.

—Sí, bueno… quizás soy la única persona en el mundo en llamar a la virginidad «cero kilómetro», pero supongo que es una buena analogía, ¿no crees?

Sonrió levemente y besó castamente mis labios; reprimí un suspiro de idiota enamorada.

—Yo… bueno, yo sabía eso aunque no lo hubiésemos hablado en una charla formal —dijo. Asentí, pues yo también sabía que él lo sabía—. ¿Estás segura de…?

—Ya te dije que sí —puse los ojos en blanco mientras sonreía—. ¿A ti no te importa?

—No —dijo con convicción—. Y créeme que es un gran privilegio que quieras comenzar a echar a andar tu kilometraje conmigo —guiñó su ojo, haciendo que mis mejillas se calentaran.

No sólo el primero, sino que también el único, Edward. Sacudí la cabeza, ¿desde cuándo era tan boba y cursi?

«Pues entonces apretemos el acelerador, ¿no?».

—Así que… —murmuró.

—Así que… —repetí, pasando mis sudorosas manos en mi vestido para secarlas.

Volví a suspirar y cuando nuestros ojos se encontraron nuevamente, esa electricidad volvió a hacerse presente entre nosotros, pero esta vez mucho más intenso a comparación de las veces anteriores. Edward se levantó y me ofreció su mano para ayudarme a hacer lo mismo. Con mucha valentía, tomé su mano con fuerza y él hizo que me refugiara en sus brazos, manteniéndome sujeta firmemente a él con fuerza. Una de sus manos fueron hacia debajo de mi mentón e hizo que nuestras miradas se conectaran. Su aliento caliente le hizo cosquillas a mi rostro y el ejército de mariposas no se hizo esperar para atacar mi estómago sin piedad.

—Quiero que sepas tres cosas —murmuró, acercando su rostro todavía más al mío—. Primero, eres la mujer más hermosa que he podido ver jamás. —Mi pulso si de por sí ya estaba acelerado, ahora se incrementó el triple—. Segundo, no sabes lo jodidamente sexy que te ves hoy. Siempre eres putamente sensual, pero hoy… Dios, me vuelves loco. —Eso lo dijo creando un camino de besos desde el lóbulo de mi oreja hasta la base de mi garganta. Allí dejó un beso y tragué pesado. Esto se estaba poniendo interesante—. Y, tercero, no sabes lo feliz que me hace que me elijas para ser el primero, mucho más en el día de mi cumpleaños. Eres perfecta, mi voz de pito, y eres mía.

«Jó-de-me; y lo digo en ambos sentidos».

Al terminar de decir aquello, no soporté más la tensión y lo atraje a mi cuerpo para besarlo con todas mis fuerzas. Esta vez la pasión era tal, que hasta pude ver a Katy Perry cantando Firework. Miles de fuegos artificiales estallaron a nuestro alrededor y eso que ni siquiera habíamos comenzado. Me abracé a él como si mi vida dependiera de ello, agarrándome fuertemente a su espalda y creo que hinqué mis uñas en ella —por encima de la tela de su camisa— cuando sentí que mordió mi cuello no tan ligeramente.

«Desabróchale los botones de la camisa. Vamos, Bella… debemos desnudarlo; yo ya voy en ventaja».

«No jodas ahora, Amanda. Estoy ocupada».

«¡Oye, espera! Creo que yo también lo estaré… Un momento, creo que conoceré a Armando. ¡Esto se pone interesante!».

No sé realmente a qué se refería Amanda, pero ahora no tenía cabeza para eso. Llevé mi mano arrastrándola hacia adelante, para poder dar con los botones de su camisa. Como toda una experta —cosa que no era— comencé a desabotonar uno por uno con una sola mano; hasta yo misma me felicité por ello. Cuando la camisa estuvo totalmente desabrochada, despegué mi boca de la suya y lo miré. No recuerdo haberlo visto tantas veces en cueros para mi desgracia, pero por suerte ahora era capaz de hacerlo. Mis dedos picaron por tocarlo, así que no pude evitar posar mi mano en su fuerte pecho. Su piel era suave, tersa y muy cálida. Él cerró sus ojos y suspiró. Mis manos viajaron hasta sus hombros para quitarle la camisa y, una vez que así fue, me elevé de puntitas para abrazarme a él y acariciar sus omóplatos al mismo tiempo que comenzábamos con un nuevo beso.

Sus manos volaron hacia mi espalda y posó una de ellas en el inicio del cierre de mi vestido. Instintivamente, me arqueé a él para hacerle entender que quería que bajara la prenda, y así lo hizo. Sentí sus manos en la piel desnuda de mi espalda cuando el cierre se hubo abierto y sentí sus labios besar mi garganta, mi clavícula y un poco más abajo, aunque sin llegar al nacimiento de mis senos. Suspiré y tomé su rostro para volver a estampar mis labios en los suyos. Esta vez, fue con más decisión e hizo que quitara un hombro del vestido primero y luego el otro, sin romper el beso. Una vez que mi corpiño color natural —especialmente haciendo juego al color del vestido— estuvo al descubierto, él abandonó mis labios para mirarme.

Al ver su abrazadora mirada, mordí mi labio inferior y él gruñó en tono bajo. Escondió su cabeza en el hueco de mi cuello y ladeé la mía, dándole acceso a toda la extensión de él cuando comenzó a besarlo con suavidad, haciendo que hasta el mínimo recoveco de mi cuerpo se erizara. Finalmente dejó caer mi vestido hacia abajo y sentí como se deslizó por mi cuerpo. Ahora sólo me encontraba en ropa interior, con las zapatillas aún puestas, mientras que Edward estaba sólo con pantalones y sus zapatos. Su camisa desapareció por completo. Yo soy la culpable. ¡Qué lindo es poder decir eso!

Edward me miró con una ferocidad innata y eso me hizo sentir poderosa. Luego, porque obviamente había nacido para arruinar momentos, no pude frenar mi boca parlanchina debido a mis nervios y ésta simplemente se activó.

—Sé que quizás no tengo una belleza extravagante —dije, jugando con el pequeño moño de mis bragas—. Pero soy una chica normal, con las virtudes y los defectos de cualquier chica normal. Pero esta soy yo, la que soy y la que me alegra ser y…

Si tenía más estúpidas palabras para decir y arruinar el momento, se quedaron atoradas en la garganta de Edward. Sus labios se movían contra los míos con maestría y mucha, mucha impaciencia. Me refregué contra él y gemí cuando lo sentí todo, aún cuando estaba escondido en sus pantalones.

—Eres completamente hermosa —me dijo dejando besos con la abierta sobre mis labios—. No tienes que decirme nada, porque eso ya lo sé. Eres mi voz de pito. Una chica única y especial. Preciosa por donde te mire.

Le sonreí de oreja a oreja y volví a abrazarlo para fundirnos en un beso cargado de pasión. Se fue moviendo hasta que mis piernas se toparon con la cama y no pude evitar caer hacia atrás, con Edward encima de mí. Ambos reímos por la caída, aunque al poco tiempo siguiente nos volvimos a besar como si nuestra vida dependiera de ello. La verdad, no quería dejar de besarlo nunca. Estar así con él, en este grado de intimidad, no se comparaba con nada, ni tampoco tenía algo con qué comparar. No creo que haya nada mejor que sentirse más a gusto con una persona. Me sentía libre, natural, y lo mejor de todo es que no estábamos fingiendo. Para nada. En este momento no estábamos bajo la vigencia de nuestro loco trato, sino que estábamos aquí porque ambos lo queríamos… ambos lo deseábamos.

La incipiente barba de su rostro hizo cosquillas en mi garganta y solté unas risitas cuando comenzó a refregar su rostro en ese lugar. Aunque mis risas se vieron aplacadas cuando volvió a morder mi cuello; sin ser consciente, clavé mis uñas en su espalda, ganándome un jadeo de su parte. Levantó su cabeza y me miró fijamente. Entendí su mirada preguntándome si quería ir un paso más, así que le sonreí y subí un poco mi cuerpo para que pudiese enredar sus cálidas manos en mi espalda, hasta dar con el broche de mi sujetador. Tardó en desabrocharlo lo que pareció una eternidad; sabía que ya mi paciencia era casi nula y sólo quería que el calor entre mis piernas de calmara de una vez por todas, pero parecía que Edward tenía diferentes planes para nosotros, ya que se mostraba muy meticuloso con cada paso que daba.

Mis pechos estuvieron al descubierto y los ojos de Edward se oscurecieron aún más. Todo mi bajo vientre se contrajo y, en vez de sentir vergüenza por estar con los pechos al aire, sólo deseaba continuar y continuar. Tiré mis brazos a su alrededor, pegando mi pecho con el suyo. La sensación de estar piel con piel era absolutamente maravillosa. Besó mi frente, luego mi mejilla izquierda, luego la derecha; siguió con mi nariz y rozó suavemente nuestros labios. Ladeé mi cabeza cuando comenzó a bajar por mi garganta, dejando un camino de besos en esa zona, haciendo que esté al borde la locura. Sus besos siguieron bajando hasta la base de mi garganta, donde dejó allí uno sonoro y… el camino siguió. Sentí sus ojos en los míos cuando estuvo entre medio de mis pecho y lo alenté a seguir, subiendo mi mano hasta sus cabellos para acariciarlos.

Necesitaba más. Oh, claro que necesitaba más. Edward comenzó a lamer mis clavículas y tuve que concentrarme para no empezar a gemir como loca. Aunque ya no pude reprimir más los gemidos cuando esos besos, pasaron a mi seno izquierdo. Podía sentir mi corazón bombear sangre a todo mi cuerpo, especialmente a una zona sur. No hace falta decir cuál. Su boca, cálida y húmeda, hizo contacto con mi pecho y, la verdad, me sentí desfallecer, así que no sé cómo sería cuando pasara lo siguiente.

—Esto… se siente bien —susurré, porque malditamente no podía tener mi boca cerrada. Sentí su sonrisa curvarse, y comenzó a besar mi pecho más decisión, haciendo que mis ojos volaran hacia atrás y tuviese la boca abierta, desesperada por buscar aire. Inconscientemente, enredé mis piernas en sus caderas y me pegué malditamente a él, sintiendo toda su dureza en 3D. Él también gimió y chupó más fuerte mi pezón izquierdo.

Esto. Es. Putamente. Bueno.

Fue alternando sus caricias, besos y lamidas entre mis dos pechos, sin desatender a ninguno y preocupándose de mimarlos a los dos por igual. Todo mi alrededor estaba rodeado de Edward. Su calor, su aroma… su todo. Me sentía como en el séptimo cielo y tuve que pellizcarme para entender que esto estaba sucediendo de verdad y que no era ningún sueño. Realmente ambos estábamos aquí, disfrutándonos por primera vez, y esperaba que no fuese la única.

«¿Sigues viva?».

«Oh, Amanda... ¿Siempre es así de bueno?».

«Y eso que aún no has visto nada».

De mis labios salían incoherencias, aunque suponía que nadie podría decir cosas con sentido en una situación como esta. Edward quitó su cabeza de mis pechos y me miró con esa sonrisa torcida que hacía que quiera tirarme encima de él. Bueno, técnicamente, lo tenía muy bien agarrado, ya que mis piernas no lo liberaron en ningún momento y eso significaba que la fricción que se creaba entre nuestros cuerpos sea insoportable.

Sus besos bajaron por mis costillas al mismo tiempo que sus manos se encargaban de acariciar mis piernas con detenimiento. Mi respiración se agitó y mi corazón se desbocó aún más, si eso fuese posible. Su boca volvió a subir a uno de mis pechos y pude verlo, con los ojos cerrados, y sus labios alrededor de mi piel sensible. Creo que gemí, pero no sé qué ocurrió con exactitud. Mis piernas afianzaron aún más su agarre y su mano derecha viajó al interior de mi muslo, acercándose a mi fuente de calor. Rozó esa parte que gritaba por ser tocada y luego movió su mano hacia mi cadera, justo por encima de los bordes de mis bragas. Mi respiración se atoró en mi garganta a medida que iba bajando un poco más su mano.

Su respiración también se cortó y levantó la cabeza, de tal manera que nuestras narices quedaron rozándose. Le sonreí ampliamente y mi sonrisa fue devuelta. En sus labios bailaba esa sonrisa brillante, hermosa y tierna. Y, luego, tuvimos nuestro momento de intimidad, aunque esto no tenía nada que ver con lo sexual, sino que era más bien ese momento en el que te sientes muy conectado con el otro. Nuestros ojos hicieron contacto y… simplemente, nos miramos. Podía verme reflejada en sus ojos y, supongo, que él también podía hacer lo mismo. Rozó una vez más su nariz con la mía y, luego, me encargué de rozar nuestros labios, sin querer separarme ni un poco de él.

La mano que se posaba por encima de mis bragas comenzó el camino en búsqueda del calor y… simplemente, fue certeramente hacia ese sitio. Con una impresionante precisión dolorosamente perfecta, sus manos hicieron el contacto más íntimo que alguna vez alguien me haya hecho jamás. Sin más preámbulos, me tocó.

«Jesús… Cristo… joder».

«Amén».

Un mar de sensaciones me atacaron con brusquedad y mi cabeza voló hacia atrás, aterrizando en el mullido colchón. Mi respiración se agitó más aún cuando pude sentir como su mano se abría paso con más presión, por debajo de mis bragas. De golpe, toda la tensión que venía percutiendo a mi cuerpo fue sólo algo ínfimo a comparación de lo que estaba sintiendo en este momento. No hay palabras para describirlo… simplemente, era absolutamente maravilloso. Sin ser consciente del todo, me moví con él, a medida que sus dedos comenzaban a explorarme. Jamás había sentido algo parecido a esto y era putamente genial. Gemí, porque me fue imposible retener ese gemido de mis labios. Sentí que Edward gruñó aunque no dijo ninguna palabra; tampoco es que hacía falta decirlas, de todos modos.

Todo lo que comenzaba a sentir estaba comenzando a abrumarme. Las sensaciones, los sentimientos… todo era mucho más de lo que imaginé. Edward estaba haciendo vivir a un cuerpo que nunca había sido explorado de esta manera. Todo para mí era nuevo, claro… pero jamás, jamás de los jamases, podía llegar siquiera a imaginar lo bueno que podía ser esto. Edward, ajeno a todas las sensaciones que causaba en mi cuerpo con un simple roce, comenzó a mover sus dedos con determinación y decisión y yo… bueno, creo que estaba a poco de morir allí mismo.

—Eres tan… Jesús, Bella,… no sabes lo hermosa que eres —murmuró, acariciándome con más intrepidez. Bien, vamos de a poco. Primero, voy a morir. Segundo, ¿se supone que debo hablar, decirle algo? Y, tercero, ¿ya dije que podría morir ya mismo y lo haría feliz?

En un momento de desconocimiento conmigo misma, me semi-senté en la cama, e hice que momentáneamente me mirara confundido. Aunque, luego, entendió mis movimientos y cerró sus ojos cuando mis manos fueron hacia el botón de su pantalón. Sí, querida Lauren, mira a la virgencita, está aquí, desabrochando el pantalón de un novio-no novio. ¿Cómo te quedó el ojo, ah? Ya no tuve tiempo de divagar más, ya que Edward se separó de mí sólo unos escasos segundos para quitarse los zapatos, las medias y el pantalón de un solo tirón; demostrando en sus movimientos su ansiedad de volver a lo que estábamos haciendo.

Quise reírme por su apuro pero, la verdad, que verlo sólo en bóxers negros hizo que olvidara hasta el nombre de mi abuelita. Obviamente como cualquier chica normal, no pude evitar que mis ojos fueran hasta su… ejem, paquete.

«Válgame Dios».

Las suaves risas de Edward me hicieron volver a la realidad y, con las mejillas sonrojadas, quité mi vista de su… tienda de campaña, para posarla sobre sus ojos. Él siguió riendo y volvió a posicionarse arriba de mí, sólo con los bóxers puestos y yo con mis bragas, las zapatillas me las quité vaya uno a saber cuándo.

—¿De qué te ríes? —le pregunté, cerrando mis ojos cuando su nariz acarició la piel de mi mejilla acalorada.

—Es que nunca me sentí tan ansioso como hoy —musitó. Sonreí y comencé a juguetear con sus cabellos.

—Bueno, yo tampoco lo había estado antes —respondí con diversión.

Mordí mi labio y sus ojos se volvieron negros.

—¿En qué estábamos?

No creo que sea necesario aclarar que él sabía muy bien en qué estábamos. Esta vez fue con más decisión, recorriendo mi cuerpo con sus labios, mientras que sus manos acariciaban la parte interna de mis muslos. La fuerte palpitación en mi centro gritaba y exigía por ser atendido de una buena vez. La ávida lengua de Edward mordía, lamía y chupaba alternando mis pezones para no desatender ninguno. Yo estaba que me volvía loca con cara caricia, sentía todo mi cuerpo en llamas y pegajoso, deseoso de más, más y más. Sus besos fueron bajando. Mi cuerpo se tensó y creo que él notó mi expectativa. Pasó su lengua por mi panza, mi ombligo, donde se detuvo un momento y siguió bajando. Mi cuerpo comenzó a prepararse, ¿haría lo que creo que haría?

—Eres tan dulce, voz de pito… —susurró, haciendo que su cálido aliento en mi abdomen me hiciera estremecer—. Yo… necesito probarte.

Mis ojos se abrieron desmesuradamente.

—¿Te refieres a…?

Asintió, mirándome con los ojos llameantes de lujuria.

—Sí.

—Oh… —fue la frase elaborada que salió de mis labios.

—Sí… oh.

«¡Carajo! Dile que sí, dile que sí… santa madre de los Orlandos, gracias. Armando, ven aquí».

Sus ojos siguieron mirándome y todo mi cuerpo se calentó aún más. Creo que él entendió mi aceptación tácita a su pedido, ya que su nuez de Adán bajó y subió, haciendo que ese movimiento sensual captara toda mi atención. Luego, apareció esa sonrisa ladina baja-bragas y hoy sería literal. De mis labios salió un gemido gutural que estoy segura que habría despertado hasta a Drácula en pleno mediodía.

Edward volvió a trazar un camino de besos desde mi ombligo hasta el inicio de mis bragas. Esta vez, sin titubeos, enganchó un dedo de cada mano a los costados de mi prenda íntima y comenzó a bajarla muy lentamente. Cerré mis ojos y me removí inquieta. Santo cielo. Una vez que la prenda estuvo fuera de mí y, en consecuencia, me encontré completamente desnuda frente a él, expuesta, dispuesta y completamente a su merced. Y, carajo, jamás me sentí tan malditamente viva como hoy. Tiró de mis caderas hasta la punta de la cama y se dejó caer de rodillas, sin quitar sus manos de mi cuerpo en ningún momento.

Jesús, María y José.

Sus manos comenzaron a acariciar la parte interna de mis muslos y yo, maldita sea, quería mirar. Entonces, apoyando mis codos sobre el colchón, erguí un poco mi postura y lo vi. Jamás había visto algo tan hermoso: estaba de rodillas, sólo en sus bóxers aunque faltaba poco para que estuviese sin ellos; y no sólo lo digo porque moría de ganas de hacerlo, sino que su amiguito —como lo llama Amanda— luchaba para poder liberarse, arrodillado frente a mí. Su cabello estaba completamente despeinado, una ligera capa de sudor bañaba su frente e intentaba regular su respiración tomando aire con la boca abierta. En una sola palabra para describirlo: perfecto.

Dejando que los movimientos sólo sucedieran, plantó un beso en la cara interna derecha de mi muslo. Volví a atorarme con mi propia respiración. Luego hizo lo mismo con mi otra pierna, besando muy cerca de donde más lo necesitaba. Sin esperar demasiado y con cuidado, levantó una de mis piernas y la enganchó por encima de su hombro. Mi cuerpo se arqueó ligeramente. Ansiaba sentirlo y estaba más que lista para esto.

Sus ojos buscaron los míos y cuando los encontró, volvió a regalarme esa preciosa sonrisa.

—Completamente hermosa —murmuró y sí… señoras y señores, definitivamente tengo más vidas que un gato. En el momento en que presionó su boca en mí, no supe nada más… se sintió tan pero tan bien, que otra vez sentí como si hubiera muerto y vuelto a revivir para volver a morir. Era un círculo vicioso, pero lo más cercano que encuentro para poder describir todas las sensaciones que mi cuerpo estaba sintiendo.

Mi cabeza daba vueltas y vueltas, completamente abrumada por estos sentimientos y agitaciones nuevas. Mi cabeza cayó a la cama con un sonido sordo, mientras sentía sus pequeños mordiscos en mi botón de placer. Jodido cielo. Nada era rápido, sino más bien lento, Edward llevaba un ritmo que a mí me parecía perfecto. Sus labios me rodeaban con fuerza pero también eran movimientos lentos, seguramente no quería abrumarme aún más de lo que estaba. Como en las jodidas películas y porque yo no quería ser menos y realmente me moría de ganas de hacerlo, tomé un puñado de sábana entre mi mano y apreté fuerte, mientras mi cuerpo se erguía con voluntad propia hacia arriba, sintiendo los primeros espasmos.

«Orlando uno, a la vista».

Oh, sí… creo que era eso. Edward notó el cambio en mi respiración y me sostuvo más cerca de él. Su lengua sabía que lo que hacía, pues me estaba llevando al País de las Maravillas y yo no sabía qué mierda hacer. Así que actué por inercia, mi mano bajó a su cabello, para tironearlo un poco, y poder acercarlo más a mí. Sinceramente no me conocía, me sentía volar y eso era putamente bueno. Con ayuda de su mano, Edward hizo que me abriera más a él y su cálida, salvaje y hermosa lengua chocó justo en el sitio en donde más lo necesitaba. Mis ojos se cerraron con fuerza, todo mi cuerpo se tensó, me era difícil respirar y, para completar, un extraño hormigueo comenzaba a recorrer mi bajo vientre. Él gimió, y ese sonido me hizo vibrar y terminé de perder la cabeza.

Luego, no recuerdo más nada, sólo la cara satisfecha del primer Orlando saludándome con una amplia sonrisa. Y, yo, maldita sea, me dejé llevar a Orlandolandia por primera vez en mi vida. Mi cuerpo entero se estremeció, mis muslos apresaron la cabeza de Edward, mientras su lengua mandaba latigazos y latigazos de placer a todo mi cuerpo. Pegué un grito que seguramente habría revivido a los muertos y el bollo de sábana que tenía en mi mano —la que no tomaba a Edward de su cabeza— la apreté bien fuerte mientras sentía que todo mi cuerpo se sacudía con violencia.

Cuando bajé del séptimo cielo y luego se ser recibida formalmente a Orlandolandia, intenté entender en donde estaba. La habitación estaba a oscuras, salvo por una pequeña lámpara de noche que iluminaba el lugar tenuemente. Seguí con mi inspección, hasta toparme con dos ojos verdes que me miraban con mucha alegría y satisfacción.

«Te amo, Ojitos».

—Hola —saludó con una sonrisa brillante.

Mi cuerpo, sudoroso, deseoso y satisfecho parcialmente, volvió a despertarse al verlo tan hermoso, deseable y comible.

—Hola —respondí. Mi voz sonó ronca, supongo que era normal para una persona recientemente aterrizada de Orlandolandia, luego de descubrir de primera mano lo que era un Orlando de verdad. Sin dudas, la teoría se iba al retrete; no hay nada como la práctica.

Como aún estaba media grogui, mi cuerpo más que despierto esperando por más y, de alguna manera, quería recompensar por hacerme conocer el paraíso a Edward, simplemente actué. Así que, desnuda como estaba y sin rastro de vergüenza o algo parecido, salté a su regazo, haciendo que gruñera fuertemente cuando caí sobre su notoria y dolorosa, parecía por la mueca que hizo, erección. No esperé mucho tiempo, pues la llama que había en mi cuerpo que nunca se apagó, ahora revivió con más ganas. Enredé mis manos en sus cabellos, tirándolo hacia mí para besarlo con las ganas y ansias que me urgían. Él no se quedó atrás y poco tiempo después, éramos un desastre de dientes, labios y lenguas.

—Esto es mejor lo que imaginé —susurré, besando su garganta mientras él aprovechaba para acariciarme sin piedad. Mi cuerpo tenía vida propia y ya me sentía más que preparada para un segundo Orlando.

«¿Y qué estamos esperando?».

«La verdad, no lo sé».

—Entonces… ¿Lo imaginaste?

Rodé los ojos.

—¿Acaso tú no? —devolví la pregunta, al mismo tiempo que me refregaba contra su polla más que lista para mí.

—Puta mierda —bramó, respirando agitadamente—. Ya… te dije que… no sé desde cuando espero este… puto momento —añadió, con dificultad—. Carajo, Bella.

Me seguí refregando en su erección, al mismo tiempo que soltaba un feroz gemido cuando pellizcó mi pezón. Fue tan jodidamente genial que quise que lo hiciera de nuevo. Maldición, esto era muchísimo mejor que en los libros, que en las películas, que en todo. Sin dudas, la realidad supera la ficción.

—Yo… esto, no creo aguantar mucho más… —dijo, escondiendo su rostro en la curvatura de mi hombro. Algo que decía que amaba ese lugar—. Si sigues haciendo eso, me vendré ya mismo y ninguno de los dos queremos eso.

Mordí mi labio y lo miré.

—¿Y qué estamos esperando? —pregunté.

Sus ojos chisparon fuego y todo mi cuerpo se estremeció.

—Pareces sacada de alguna película, eres la fantasía de cualquier hombre… mi voz de pito. —Le sonreí y rodé los ojos.

—¿Sabes? No sé si eso es un halago o qué. Porque, bueno, en las películas porno que vi, las mujeres tienen cara de…

Él frunció el ceño.

—¿Has visto películas pornográficas?

¿Alguna vez vieron a alguien imitando la cara de la Chilindrina cuando quería evitar ser regañada? Pues bien, yo acababa de hacerla.

—Umm, yo… —balbuceé y luego puse los ojos en blanco—. Sí, lo hice. Las mujeres también lo hacemos, ¿sabes? Sobre todo las personas que escriben y necesitan una visión más… omnisciente del acto.

—Sólo tú puedes pronunciar pornografía, omnisciente y acto en una misma oración —sonrió—. ¿Sabes algo? Después de decirme esto, estoy más duro de lo que ya estaba. Así que, ven acá… ya es tiempo de usar nuestra compra en la farmacia.

Má-ten-me. Dios mío. ¿Este hombre quiere acabar conmigo?

«Y conmigo, no te olvides de Amanda. ¡Armando ven acá para la tercera ronda!».

Su boca estuvo sobre la mía en poco tiempo, iniciando nuevamente esa batalla que tan bien practicada teníamos. Mis manos fueron hacia su espalda, pasando suavemente mis uñas por ella cuando él mordía mi cuello. Sí, otra vez mi jodido cuello. Sabía que eso me ponía loca y él se aprovechaba de ello. Coloqué mis piernas a cada lado de sus caderas, mientras sentía su polla colapsar precisamente en el lugar que aclamaba por él. Siguiendo mis puros instintos básicos, comencé a mecerme en tono a él; adelante, atrás, arrancándole gemidos y jadeos. Nuevamente, volví a sentir mi termómetro corporal llegar al límite.

Él nos dio vuelta, quedando encima de mí y, sin analizar muy bien los movimientos, salió de la cama y se quitó apresuradamente los bóxers. Creo que mis ojos se abrieron, aunque intenté disimularlo bastante.

«Epa, epa, epa… ¡Mira nada más!».

—Puedes cerrar la boca, esta primera vez no iremos por allí —me guiñó el ojo.

Cuando me di cuenta el significado de sus palabras, me elevé un poco, quedando arrodillada en la cama y le di un golpe juguetón en el pecho. La situación era bastante… peculiar, por decirlo de alguna manera. Pues estábamos ambos desnudos, a momentos de pasar a siguiente base y éramos los mismos tontos de siempre. Eso me gustó, pues demostraba el grado de confianza que habíamos sabido crear entre los dos.

—Eres un tonto —le dije.

Él sonrió y me atrajo a su cuerpo. Cerré mis ojos al sentir su polla desnuda y preparada chocar con mi estómago. Joder.

—¿Estás segura de esto? —De repente, en sus ojos pude notar su preocupación. Asentí, le sonreí y dejé un breve beso en sus labios. Por supuesto que estaba segura. No había nadie más que él para mí y quería demostrárselo de alguna manera—. Prometo que seré cuidadoso.

—Oh, claro que lo serás… —Elevé mis cejas—. Porque, según lo que me contaron mis amigas, duele como el infierno. Te juro, escúchame Edward, te juro que si siento que me desgarro o… no sé qué cosas leí por ahí. Te morderé… allí —señalé su amiguito y luego aparté la vista; todavía no estaba preparada para tanta cercanía—. Si yo sufro, tú también lo harás.

Él comenzó a reír.

—Es la amenaza más sagaz que he escuchado —picó mi nariz y dejó un breve beso en mis labios. Suspiré contra ellos, intentando calmar mi corazón por ese simple gesto tan tierno—. Pero no te preocupes, intentaré que duela lo menos posible y… por si acaso te llega a doler, dejaré que muerdas mis partes nobles. De hecho, creo que quiero que lo hagas de todas maneras.

«¿Escuchaste, Armando? Él nos dejará, ven acá que te muestro».

«¿Qué estás haciendo, Amanda?».

«Lo mismo que tú, Bellita. Luego te explico. ¡Armando!».

Mi conversación con Amanda murió cuando sentí que Edward pellizcó mi culo. Lo miré con ambas cejas alzadas y me guiñó el ojo. Luego, pasé mis brazos alrededor de sus hombros y lo besé con todo el amor que estaba sintiendo. Él, al principio, tomó por sorpresa el gesto, pero luego me devolvió el beso con las mismas ansias que yo. Rápidamente, volvimos a la cama, aunque esta vez él me colocó encima. No me dijo nada, sólo apartó un poco el cabello de mi rostro y volvió a besarme con suavidad. Mi corazón dio un vuelco y todas mis terminaciones nerviosas se pusieron en alerta.

—Si estás arriba será más fácil —murmuró, al mismo tiempo que terminábamos de acomodarnos. Su erección rozó contra mi sexo y ambos gemimos por la sensación. El momento estaba cada vez más cerca y mi hombro comenzó a moverse solo. Edward lo besó, notando el movimiento propio—. No estés nerviosa, no hay nada de qué preocuparse o avergonzarse. Eres absolutamente hermosa y me estás dando el mejor regalo de cumpleaños que hubiese deseado nunca.

Esas dos palabras se atoraron en mi garganta pero ni loca las dejaba salir; no ahora que el momento era tan íntimo, tan agradable. No quería echar todo a perder. No ahora. Bajé mi rostro en búsqueda de sus labios y volvimos a fundirnos en un beso, dulce, lento, que a medida que nuestras bocas se movían en sintonía, se volvía más salvaje, pasional y duro. Ya no había vuelta atrás, por fin me entregaría a un hombre. Por fin el momento que esperé por varios años había llegado. Y justo como lo deseaba: con el chico indicado.

Tomó el paquete plateado que en algún momento apartó de la caja de condones y me miró. Mordí mi labio y no esperó ni un segundo más; con aires de maestría, se lo colocó y largué el aire que inconscientemente retuve en mi garganta. Vi la pregunta en sus ojos y antes que lo dijera en voz alta, me adelanté.

—Carajo, Edward… estoy segura —dije, con convicción—. Sé que para una chica la primera vez es importante, pero créeme cuando te digo que no deseo a nadie más aquí. Somos tú y yo, nadie más.

—Sólo tú y yo —repitió, colocando sus brazos alrededor de mi cintura—. Tú lleva el ritmo, prometo aguantar.

«Ojitos es todo nuestro, Bellita».

Sin saber muy qué hacer, apoyé mis manos en el pecho de Edward para levantar un poco mis caderas. Él me miró a los ojos y me ayudó a guiar su miembro hasta mi entrada. Creo que yo no era la única nerviosa, pues Edward se sentía también un poco abrumado por todo. Luego, fui bajando mis caderas, despacio… sin despegar mis ojos de los suyos. Me concentré en su mirada para no pensar en nada más. Él llegó a esa barrera que corrobora mi estado de cero kilómetro en el campo sexual y, sin pensar demasiado, me dejé caer, haciendo que esa fina membrana se rompiera. Me quedé quieta, sintiendo una ligera presión entre mis piernas, pero nada que no se pudiera soportar. Igualmente, Edward me ayudó a mitigar el dolor, ya que su boca encontró la mía y pellizcaba débilmente mis pezones, haciendo que mi atención esté puesta en todos lados y no sólo en nuestro punto de unión.

Entonces, fui consciente de todo y… lo sentí. Ambos nos acoplábamos perfectamente. Sentirlo dentro de mí era una de las mejores sensaciones que había sentido en la vida. Sentir su calor rodeado del mío, sentir su aroma mezclándose con el mío… no tenía ninguna descripción posible. En este momento, me sentía perteneciente a un lugar. Yo le pertenecía, eso estaba más que claro.

Él irguió un poco su postura y me abrazó a él, besándome con urgencia aunque sin moverse. Sabía que todavía estaba esperando a que me adecue a su invasión tan placentera. Cuando la incomodidad de los primeros momentos pasó, elevé un poco mis caderas y rompimos el beso para gemir al unísono. Poco después, comenzó a pujar dentro de mí y eso para mí fue… monumental. ¿Existía algo mejor que esto?

«No lo creo… oh, Dios… moriré».

Nuestros ojos se encontraron y, la verdad, cualquier tipo de palabra sobraba. ¿Qué podíamos decir, de todas maneras? Nada describiría el momento, ni tampoco podíamos decir palabras cariñosas, porque nuestros cuerpos se encargaban de hacer que habláramos sin necesidad de palabras en voz alta.

—Hola, de nuevo —susurró, apretando sus dientes.

Me moví para adelante y hacia atrás.

—¿Qué hay? —correspondí a su saludo como pude, jadeando de puro placer, mientras seguía meciendo mis caderas al compás de las suyas.

Nos dio vuelta una vez más, quedando encima de mí y besó mis mejillas, para luego besar mis labios.

—Lo siento, pero ya no aguanto más tiempo… —dijo, moviendo ligeramente sus caderas. Cerré los ojos, disfrutando la agradable sensación—. ¿Estás bien?

—Perfectamente, por favor… muévete.

Con una amplia sonrisa en sus labios, se deslizó suavemente dentro de mí. Me relajé completamente y me dejé ser, adecuándome a su ritmo. Ya la incomodidad se había ido, ahora sólo era capaz de sentir placer, placer y más placer. Edward se deslizaba con lentitud, asegurándose que esté lo completamente lista para acelerar un poco más sus movimientos. Por mi parte, me sentía desfallecer en cualquier momento. Si antes me sentí excitada, sin dudas ahora eso se incrementó por diez. Todo mi cuerpo ardía en llamas, concentrándose en una sola parte de mi cuerpo.

Ahuequé con ambas manos el rostro de Edward, mientras él entraba y salía de mí con una dolorosa lentitud. ¿Cómo podía ser tan hermoso? Su rostro estaba ligeramente sonrojado por el esfuerzo de aguantar un ritmo lento, sus labios hinchados debido a los incontables besos que nos habíamos dado, sus cabellos revueltos, siendo yo la culpable por que estuviesen así. Me fijé en su cuerpo y, con cada estocada que daba, todos sus músculos se contrajeran de una manera deliciosa, y mordía su labio inferior al mismo tiempo que aparecían unas arrugas en su ceño. Nos miramos a los ojos, fundiéndonos en una mirada cargada de deseo… aunque yo sabía bien que eso no era lo único. Enrosqué mejor mis piernas en torno a sus caderas, sintiéndolo más dentro de mí.

—Preciosa —murmuró una vez más. Cuando se aseguró que ya la molestia hubiera pasado, comenzó con movimientos más certeros. Haciendo que todo el aire de mis pulmones se atascara en mi garganta y jadeara frenéticamente, acompañando sus movimientos, meciéndome en torno a él.

Poco a poco, comenzamos a adquirir un ritmo más rápido. Con cada nueva estocada, me sentía más cerca del cielo y hasta podía visualizar nuevamente al segundo Orlando levantando su palma para saludarme de cerca. Cerré mis ojos y los apreté bien fuerte, disfrutando de cada sensación, de cada nuevo ángulo de penetración que hacía que disfrutara más y más. Todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se volvieron a poner en alerta y podía sentir como los dedos de mis pies comenzaban a retorcerse.

Gemí, gemí, gemí y él gimió, gimió y gimió. La habitación era un reinado de jadeos, gemidos, maldiciones y nuestros nombres mezclados entre todo ello. Sus caderas empujaron más, y volvió a esconder su cabeza en mi cuello para morderlo ligeramente. Mi cuerpo entero se retorció y el segundo Orlando estaba más cerca que antes. Ya podía comenzar a sentirlo. Nuestros cuerpos, sudorosos y pegajosos, se rozaban entre sí buscando su liberación. Juntos. Los dos.

—Mi voz de pito —musitó Edward, entre medio de jadeos rítmicos.

—¡Oh, santo Dios! —dije sin sentido, porque definitivamente no podía armar una simple oración con coherencia.

Entonces… justo en ese momento, todo volvió a cobrar intensidad. Los movimientos de Edward se hicieron más demandantes, más certeros y yo… bueno, yo estaba volviendo a morir para resucitar en el séptimo cielo de Orlandolandia. Miré a Edward, tan hermoso, tan agitado. Sus largas pestañas llegaban a sus mejillas cuando entrecerraba los ojos, que era imposible mantenerlos del todo abierto. Su frente estaba sudorosa, pude ver como una gota de sudor caía por una de las esquinas. Sus labios entreabiertos, buscando de alguna manera el aire que nos faltaba.

Jadeé y cerré mis ojos con fuerzas, cuando sus movimientos aceleraron el ritmo. Dios santo, esto era tan bueno. Me abracé todo lo que pude a él, pegándome lo máximo posible. Mi cabeza comenzó a dar vueltas y pude sentir ese hormigueo recorrer mi cuerpo para concentrarse en mi bajo vientre. Me sentía cerca, no faltaba nada para volver a encontrarme con un nuevo Orlando.

—Bella… —jadeó—. Bella… mírame.

Y lo hice, costó como el infierno, pero lo hice. Nuestros ojos hicieron contacto, y ninguna mirada que me haya dado antes se comparaba con esta. Sus ojos llamearon, ardientes, oscuros, salvajes. Mordí fuertemente mis labios, mientras levantaba mis caderas, a sólo un paso de volar por segunda vez en la noche.

—Carajo, Edward… —gemí, cuando sentía que mi cuerpo comenzaba con las convulsiones. Él dio una dura estocada y… hasta ahí llegué.

«La que lo parió».

Oleadas y oleadas de placer me llevaron hasta el infinito y más allá. Duro, bueno, indescriptible, maravilloso. El segundo Orlando me dio un abrazo de bienvenida y no me soltó, me dejó disfrutar hasta la última gota. Todo mi cuerpo cobró vida propia, sumergiéndose en el interior de Orlandolandia, visitándolo por segunda vez en mi vida. ¿Si era bueno? No creo que hubiese sentido algo mucho mejor que esto en toda mi vida.

En medio de mi trance, sentí un gemido ronco y, luego, una extensa maldición seguida por mi nombre. Ambos colapsamos con peso muerto en la cama cuando bajamos del paraíso. Él me aplastó con su peso pero me importó poco. Lo abracé con todas mis fuerzas, pese a mi debilidad, y él hizo lo mismo, intentando calmar su respiración con su cabeza recostada en mi pecho. Acaricié sus cabellos, como acostumbraba a hacerle a Fofi cuando quería que durmiera, y él soltó un suspiro suave. Levantó un poco su cabeza y pidió mis labios para besarlos dulcemente. Mi corazón casi se derrite con tanta dulzura de su parte.

—¿Estás bien? —preguntó sin movernos ni un ápice, estábamos demasiado a gusto aquí.

—Perfectamente —respondí, con la voz ronca y agitada—. ¿Tú?

—Más vivo que nunca… —respondió—. ¿Me esperas un segundo?

Asentí.

—No pienso ir a ningún lado —contesté. Él me sonrió, besó mis labios y se levantó para ir hacia la dirección del baño, así que supuse que iba a tirar el preservativo usado.

Me dejé caer en las almohadas con una estúpida sonrisa en mi rostro y una felicidad que no entraba en mi pecho. Realmente todo esto había pasado no era mentira y ahora me sentía… rara. Pero en el buen sentido. Estaba alegre, con ganas de correr… bueno, no para tanto, pero me encontraba feliz. Sólo quería reír y reír. Supongo que eso es un efecto postcoital. Un hermoso efecto que yo estaba disfrutando. ¿Quién lo diría? Ahora sí puedo afirmar que no moriría virgen. ¿Lo ves, mamá? Realmente lo hice, y fue muchísimo mejor que lo que me decías en tus charlas.

«Fue mucho mejor que todo, Bellita. ¿Sabes? Me amo, ahora sí puedo decir. ¡Lo logré!».

«Has hecho un gran trabajo, Amanda».

«Todo trabajo duro tiene sus recompensas. Y… vaya recompensas».

Comencé a reírme de muy buen humor y, recién allí me di cuenta que Edward me miraba desde el umbral de la puerta. Estaba demasiado feliz como para escandalizarme por su desnudez, además había hecho algo más que sólo verlo desnudo.

—¿Soy culpable de ese buen humor? —preguntó, cruzándose de brazos sin inmutarse por andar en cueros por la vida. Apreté la sábana en torno a mi cuerpo y rodé los ojos.

—Puedes declararte culpable, amigo —le guiñé el ojo.

Una carcajada salió de sus labios y se acercó a mí.

—Todo está bien, ¿verdad?

Le sonreí con dulzura.

—Todo está bien —aseguré. Salvo que, bueno, me di cuenta que estoy enamorada de ti, pero eso no viene al caso ahora. Oh, genial. Es obvio que no podía decir eso ahora—. ¿Vamos a dormir?

Él enarcó una ceja.

—Creí que estabas de muy buen humor como para dormir —dijo, mirándome con un brillo perverso en sus ojos. Tragué en seco y ya pude sentir como mi cuerpo volvía a reaccionar. ¿Tan pronto?

—¿En serio quieres hacerlo otra vez?

—¿Por qué te extrañas? —sonrió ladinamente, al mismo tiempo que me obligaba a salir de la sábana. Podía sentir mis pezones erectos esperando el momento—. ¿Tú no quieres?

«Seríamos tus esclavas sexuales, Ojitos… tú sólo dinos».

—Sí… bueno, pero… ¿tan pronto?

Su rostro cambió.

—Tienes razón, sin apuro… —Otra vez apareció esa sonrisa brillante en sus labios—. ¿Te parecen bien cinco minutos? —Comencé a reírme a carcajadas—. En serio, tenemos varios condones para la noche.

—No tienes que acabarte toda la caja hoy, ¿sabes?

—Para mañana compraremos más —dijo subiéndose a mi cuerpo. Comencé a reírme con más ganas—. Me encanta el sonido de tu risa, es maravilloso. —Acarició la piel de mi mejilla y ya podía sentir como una parte de él iba creciendo, lo miré con picardía—. ¿Otro regalo de cumpleaños?

Sonreí y tiré mis brazos alrededor su cuello.

—Eres un aprovechado —rozó su nariz en mi mejilla y suspiré—. Uhm, Edward…

—¿Qué?

—Feliz cumpleaños —dije, atrayéndolo a mi cuerpo para besarlo con fervor. Él sonrió sobre mis labios y me abrazó fuerte, devolviéndome el beso con las mismas ansias que las mías.

Gracias, Orlandolandia… pronto iré a darte mi tercer visita.

«De nada, ¿no? Soy un genio, he hecho un gran trabajo; bien por mí. Armando, ¿en dónde te metiste? Me debes el sexto Orlando, ¡Armando!».

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Y... en algún momento, esto tenía que suceder.

¡Hola a todos! Lamento no haber actualizado ayer, pero estaba sin internet y mi vida fue un completo caos. Lo bueno es que eso ya está solucionado y aquí estoy :). No tengo comentarios que hacer sobre el capítulo, salvo que espero que haya estado a la altura de sus expectativas.

Infinitas gracias por todo su apoyo, en serio... no hay palabras para el agradecimiento. Isa, lamento otra vez volverte loca con estas actualizaciones rápidas y caóticas. Eres un sol y no sé que haría sin ti. Como siempre digo, tienen el grupo en Facebook a su disposición, sólo pidan unirse. Los links están en mi perfil de FF.

Hasta el próximo viernes, espero que esta semana sea normal.

Muchos, muchos besos :*

Alie~