Casi Héroes

"Long drive,
Could end in burning flames or paradise
Fade into view, oh,
It's been a while since I have even heard from you
"

"Style", Taylor Swift


Capitulo 21: Salvando a Madge (parte I)

El profesor Phillips de matemáticas depositó el examen sobre la mesa de Peeta con una mirada de desaprobación. Peeta tomó la hoja y observó de cerca la enorme "D" roja en la esquina superior. Había pasado un largo tiempo desde la última vez que había visto una de esas.

Suspiró.

Sus calificaciones habían vuelto a bajar durante las últimas dos semanas, y era consciente que el accidente con Cato no era excusa para justificarlo. Sabía muy bien que esa no era la razón por la que había vuelto a desatender sus estudios.

—Peeta, revisa tu teléfono —le siseó Glimmer desde atrás.

Peeta se giró un poco para verla.

—No deberías sacar el teléfono durante la clase —le dijo.

Glimmer solo lo vio divertida.

—Si no me ven no me pueden decir nada. Anda, mira lo que ha puesto Tresh en el grupo. ¡Es graciosísimo!

—Vale, voy —dijo Peeta volviendo su mirada al frente, aunque sin verdaderas intenciones de hacerlo. Se encontró con la mirada fija del profesor Phillips viéndolo desaprobatoriamente de nuevo. Nervioso, se concentró en su cuaderno. Nadie lo había puesto en palabras, pero sabía que si sacaba su teléfono sería hombre muerto.

El resto de la clase tuvo que soportar a Glimmer a su espalda insistiéndole en que viera su teléfono y al profesor Phillips dedicándole miradas asesinas. Cuando el timbre para cambio de clases sonó, casi se sintió aliviado.

Casi, porque Glimmer seguía revoloteando a su lado como un irritante mosquito que no dejaba de zumbar en su oído. Aunque en realidad, lo que no dejaba de zumbar era su estúpido teléfono.

—¡Dios! ¿Viste lo que dijo Clove de Arthur Hemingway? Estoy escribiéndole para que me cuente todos los detalles.

—Excelente —dijo Peeta, inyectando una dosis de cinismo que Glimmer pasó por alto. No había visto qué había escrito Clove, no sabía quién era Arthur Hemingway y en realidad no le importaba conocer "todos los detalles". Pero para Glimmer parecía ser un asunto de vida o muerte, porque no dejaba de ver la pantalla con la misma desesperación de un vampiro por sangre fresca.

A su alrededor, sintió un repentino revuelo y a una gran masa de estudiantes pasando a su lado, todos al parecer con el mismo objetivo. Se giró a ver a Glimmer para preguntarle qué pasaba, pero la vio tan concentrada en su teléfono que ni siquiera lo intentó. Sin decir nada, empezó a seguir a los demás hasta que llegó a una gran pantalla que habían colocado improvisadamente en el comedor.

—Oye —llamó a una chica que se encontraba al frente de él—. ¿Qué está pasando? Acabo de llegar.

—Es el alcalde Undersee —explicó la chica—. Ayer dijo que daría unas declaraciones sobre los héroes, pero aún no ha salido. Lo que es extraño porque siempre es puntual en sus declaraciones.

—¿Y tienes alguna idea de por qué está retrasado?

La chica se encogió de hombros y negó con la cabeza.

Peeta volvió la mirada a la pantalla. En ella un reportero transmitía desde el lugar donde ocurriría la rueda de prensa, y hacia especulaciones sobre el motivo del retraso, que ya llevaba más de cuarenta y cinco minutos.

Peeta hizo un escaneo de los estudiantes a su alrededor, tratando de localizar a Katniss, pero en vano. Tal vez Katniss supiera el motivo del retraso, o al menos tendría alguna suposición. ¿Pero qué sentido tenía pensar en ello? No hablaría con Katniss ni aunque supiera donde estaba. Llevaba dos semanas sin hacerlo.

Y muy adentro de su ser, eso lo estaba matando.

A veces se preguntaba si en verdad estaría haciendo lo correcto, si no sería mucho más inteligente de su parte ir hacía ella y olvidar todo lo que había pasado. Comenzar de nuevo.

Sin embargo, había otra parte de sí mismo, mucho más orgullosa, que insistía en no dar su brazo a torcer. En esperar que ella decidiera. En no volver a arrastrarse como un perrito faldero tras ella.

Era esa la misma parte de su cerebro que aún no aceptaba del todo el hecho que su madre hubiera vuelto a la casa, ni el hecho que su padre hubiera olvidado cinco años de sufrimiento y la hubiera aceptado de vuelta como si nada hubiera ocurrido.

¿Es que acaso era un pecado conservar un poco de dignidad? Si su padre había decidido cruzar el puente hacía el olvido y el perdón usando su dignidad de alfombra, bien, pero Peeta no estaba dispuesto a hacer lo mismo. En el fondo, no quería cometer el mismo error que su padre había cometido.

De repente, se hizo un gran silencio a su alrededor y todas las miradas se concentraron en la pantalla. Con cincuenta y dos minutos de retraso, el alcalde Undersee había aparecido finalmente ante las cámaras y los reporteros. Pero tenía un aspecto terrible. Como si no hubiera dormido en toda la noche.

Las bolsas bajo sus ojos eran marcadas y oscuras. Su mirada estaba algo perdida y sus labios se notaban resecos, incluso a través de las pantallas. Peeta había visto al alcalde un par de veces antes en televisión, y siempre le había parecido el tipo de alcalde que Los Ángeles debía tener: un tipo bien parecido, firme y seguro de sí mismo, como un actor de cine. Sin embargo, lo que veía en esos momentos no podía estar más lejos de esa definición.

Y por el silencio que sentía a su alrededor sabía que todos estaban pensando lo mismo: ¿qué le había pasado al alcalde? ¿Sería ese el motivo de su retraso?

—Primero que nada, les debo una disculpa por el retraso —dijo el alcalde, con una voz cansada—. Y también quisiera disculparme con los periodistas, pero no podré contestar las preguntas que trajeron hoy.

Al igual que en la sala donde se encontraba el alcalde, en el comedor de la escuela comenzó a sonar un zumbido de rumores. A Peeta todo le parecía cada vez más extraño.

Como si le costara lo mismo que sostener un camión sobre su cabeza, el alcalde continuó hablando a través del micrófono.

—Yo solo tengo que declarar… una cosa —dijo, como si cada palabra fuera una sierra pasando por su garganta. El sudor se veía correr por sus sienes, sus ojos fluctuaban de un lado a otro, nerviosos, como si esperara que desde el escenario alguien se le lanzara encima de un momento a otro. En el comedor la gente guardaba completo silencio—. Los héroes —comenzó, pero se detuvo, como si no supiera como continuar. Se sostuvo del podio, y por un segundo parecía que se derrumbaría allí mismo, pero al final logró erguirse con suficiente firmeza como para continuar—. Desde que los héroes comenzaron su causa y las personas de Los Ángeles comenzaron a seguir su ejemplo, Los Ángeles ha visto una disminución en la tasa de crímenes. Lo que es bueno —dijo, sonriendo nervioso—. Sin embargo, mucha gente ha expresado su descontento con las acciones de los héroes, y pretenden que yo haga lo mismo. Pero no lo haré. Porque Los Ángeles es una ciudad dañada por el crimen y la corrupción, y como su alcalde mi deber es promover su erradicación. Y hasta ahora, los héroes han probado ser grandes colaboradores en eso. Así que les digo a ustedes, ciudadanos: sigan el ejemplo de los héroes, ayuden a la policía. Sean parte del cambio que Los Ángeles necesita. Y no se dejen amedrentar por amenazas; el crimen nos ha tenido amenazados por años, es hora de que le pongamos un alto.

Se hizo una pausa. El alcalde seguía frente al podio, pero había cerrado los ojos. Había agotado todas sus energías en ese pequeño discurso. Toda la ciudad estaba expectante, esperando que continuara. Sin embargo, cuando pareció haberse recuperado, solo se acercó al micrófono para decir que la rueda de prensa había acabado. Y luego se bajó del podio de regreso por donde había venido.

Como era de esperarse, los murmullos comenzaron a borbotear dentro del comedor, mientras el hombre de las noticias daba su opinión sobre la escueta aparición del alcalde frente a las cámaras.

De repente Peeta sintió a alguien halándolo del brazo. Se giró y se encontró a Glimmer, que lo veía acusadoramente.

—¿Dónde te habías metido, Peeta?

Recordó que había dejado a la chica atrás en aras de ver lo que pasaba en la pantalla. Sin embargo, no pudo sentirse culpable por ello. Glimmer lo había estado ignorando toda la mañana por un teléfono, había sido un justo quid pro quo.

—Me perdí entre la gente —se excusó Peeta—. ¿Has visto lo que ha dicho el alcalde?

Glimmer lo vio como si se hubiera vuelto loco.

—¿El alcalde? Te dije que estaba hablando con Clove. Arthur Hemingway en verdad lo ha liado todo. Todo comenzó cuando…

Peeta se desconectó. Estaba claro que con Glimmer no podía mantener una conversación ni medianamente interesante. La dejó hablar y asentía de vez en cuando, cuando sentía que era el momento adecuado para hacerlo. Pero su mente no dejaba de pensar en las declaraciones que acababa de hacer el alcalde. Le seguía pareciendo que había algo muy raro en todo eso. Algo que no terminaba de encajar. Y tenía el presentimiento de que se trataba de algo malo.

En la clase de Artes, el último periodo del día, pudo gozar de algo de tranquilidad. Era la única clase que no compartía con Glimmer o Clove o nadie de su grupo. El salón de artes era su templo sagrado.

Los otros chicos que veían artes con él apenas le habían dirigido la palabra en todo el tiempo que habían cursado juntos. Despues del altercado con Cato comenzaron a saludarlo, pero no pasaban de allí. Peeta había descubierto que los chicos de Arte eran bastante tímidos en realidad, y tenían, al igual que él, la costumbre de sentarse cada uno muy apartado del otro. Cosa que venía como anillo al dedo en aquellos momentos, en los que necesitaba un poco de soledad.

Sacó su cuaderno de dibujos y se dedicó a dibujar, sin prestar mucha atención a lo que hacía. Seguía pensando en el alcalde, en sus extrañas declaraciones con respecto a los héroes, su aspecto demacrado. Tan solo el día anterior le había parecido el mismo alcalde de siempre, lleno de vitalidad. ¿Qué había sucedido en tan solo una noche para que estuviera así?

—Excelente dibujo, Peeta —dijo una voz, sacándolo de su ensimismamiento.

Al levantar la cabeza, Peeta vio al profesor Clark sonriéndole con amabilidad.

—Gracias, profesor Clark —respondió Peeta, algo ausente.

El profesor acercó un taburete y se sentó junto a Peeta.

—¿Ya tienes todo listo para la exposición? Quería saber si necesitabas algún tipo de ayuda.

Por unos segundos, Peeta no entendió de lo que hablaba, pero al hacerlo, abrió los ojos como platos. Se le había olvidado por completo el asunto de la exposición. Y su cara debió haber sido muy obvia, porque al profesor Clark no le pasó por alto.

—Se te olvidó, ¿no es cierto? —le dijo—. Vale, no hay problema. Todavía quedan dos semanas, y tú tienes muchísimo material para exponer. Pero es necesario que te organices, Peeta. Y organices tus prioridades.

—Aun no estoy muy seguro de querer participar, profesor…

—Peeta, escúchame. Esta exposición puede abrirte muchas puertas en el futuro. ¿Has pensado en la universidad? Aquí mismo en California están muchas de las mejores universidades de artes gráficas del país.

—Y muchas de las más costosas también —agregó Peeta, descartando por completo esa opción.

Pero el profesor Clark no se daba por vencido.

—Si sigues así —dijo, señalando su cuaderno de dibujos—, podrías optar por una beca. Tienes un potencial increíble.

—Mi promedio no ayuda —dijo Peeta, pensando en la D que había sacado en matemáticas.

—Todos tus profesores me han comentado que los últimos meses tus calificaciones mejoraron notablemente. Aun te quedan dos años de instituto, Peeta. Me parece que si te esfuerzas, puedes lograrlo. Solo tienes que demostrar un poco más de interés. La pregunta es, ¿estás realmente interesado?

Peeta se quedó pensando. ¿Lo estaba? Hasta ese año nunca había pensado realmente que sus dibujos pudieran valer de algo más que de una forma de pasar el tiempo. ¿En verdad era tan bueno como para optar por una beca?

—Te dejaré los datos de la exposición anotados aquí —le dijo el profesor Clark, escribiendo en un pedazo de papel—. Si decides no presentarte, lo entenderé. Pero solo piensa que este podría ser el primer paso para un futuro brillante, Peeta.

Peeta tomó el papel y lo leyó. Luego lo guardó dentro de su cuaderno de dibujos, sobre el dibujo que había estado haciendo. Pero al ver el dibujo, se quedó estático.

No se había dado cuenta, pero durante toda la clase había estado haciendo un retrato de Katniss.

Suspiró.

Parecía que entre más trataba de sacársela de la mente, mas pensaba en ella.

Cuando la campana que anunciaba el fin de las clases de ese día sonó, también lo hizo su teléfono.

Peeta se imaginaba que se trataba de Glimmer, o Clove o cualquiera de ese grupo, que no podían pasar más de veinte segundos sin ver la pantalla de su teléfono. Pero se sorprendió al descubrir que no se trataba de ninguno de ellos.

Era un mensaje de Haymitch.

"Reunión urgente del equipo. Todos aquí YA"

Le extrañó un poco ver el mensaje, y no puso evitar pensar que tal vez la reunión tendría algo que ver con las declaraciones que había hecho el alcalde Undersee. Algo se estaba cociendo a su alrededor, estaba casi seguro, pero lo confirmaría en la reunión.

A paso seguro, salió de la escuela, cuidándose muy bien de no encontrarse con nadie que pudiera retrasarlo. La casa de Katniss no quedaba lejos de la escuela, pero aun así se trataba de una larga caminata. Tal vez necesitara comprarse una bicicleta. Si, una bonita, resistente; tal vez una montañera de varias velocidades…

Estaba pensando en eso cuando una bicicleta de verdad pasó a toda velocidad a su lado, solo para frenar en seco unos metros más adelante.

Katniss se bajó de la bici y se giró a ver a Peeta, pero no dijo nada. Él siguió caminando y pasándole de largo, como si no estuviera allí.

Katniss suspiró, pero en vez de alejarse con la bicicleta, comenzó a caminar a su lado, en silencio.

Peeta se vio tentado a dirigirle la palabra un par de veces, pero reculó. No iba a ceder. Esta vez ella tendría que hablar primero, Katniss no volvería a ganar. No esta vez.

Pero joder. Tenerla tan cerca otra vez era demasiado. ¿Cómo podría concentrarse en su decisión si la tenía justo a su lado, como tantas otras veces? Llevaba dos semanas sin hablarle. Quince minutos no iban a matarlo, ¿o sí? No estaba tan seguro. Y menos cuando tenía de nuevo tan cerca la dulce esencia de su piel, la suavidad de sus labios, el brillo astuto de su mirada. No había olvidado ninguno de esos detalles, y sin embargo, volver a tenerlos ante sí una vez más hacía de su imaginación un pobre y burdo reflejo de la realidad.

Oh, santísimo señor. Esa caminata estaba resultando más larga de lo que creía. De verdad necesitaba una bicicleta.

Cuando llegaron a la casa, Peeta sintió un alivio casi celestial, que se evaporó rápidamente al ver una patrulla de policía frente al porche.

—Plutarch y Johanna —dijo Katniss mientras tiraba la bicicleta al suelo de cualquier manera y se apresuraba a entrar en la casa.

Peeta fue tras ella y se encontró con un gran bullicio en la sala. Parecía que toda la ciudad se encontraba allí dentro. En el mueble estaban sentados Plutarch Heavensbee, el teniente de la policía de Los Ángeles y su compañera, Johanna Mason. Beetee se hallaba repantigado en uno de los sillones, con su laptop en el regazo y Haymitch estaba en el otro, con un vaso en la mano. Finnick y Gale estaban dando vueltas por el lugar, mientras que Wiress colocaba una bandeja con fiambres sobre la mesita ratona.

Cuando Katniss y Peeta entraron todos se voltearon a verlos.

—Qué bueno que llegan —adujo Haymitch, con un dejo de reproche.

—Vinimos caminando —se excusó Katniss—. Aun no tengo mi licencia, ¿recuerdas?

—Sí, sí. Te la sacaremos la semana que viene. Ahora presta atención, ha pasado algo gordo.

Esas palabras, sumado a las caras de preocupación de todos, devolvieron la seriedad a la situación.

—¿Qué pasó? —preguntó Peeta, dando un paso al frente.

Haymitch lo vio primero a él y luego a Plutarch. Este último se aclaró la garganta y se acomodó en el asiento para hablar mejor.

—Snow ha secuestrado a la hija del alcalde.

Como un balde de agua fría, esas palabras dejaron a Katniss y a Peeta estáticos. Plutarch no agregó nada más, y esperó a que procesaran la información. Katniss fue la primera en decir algo.

—¿Cómo… cómo pudo suceder eso?

La pregunta bien pudo haber sido una flecha disparada a su pecho por la cara que puso Plutarch.

—El alcalde recibió una llamada de Snow anoche, pidiéndole que en la rueda de prensa de hoy pidiera a los héroes entregarse a las autoridades—dijo, con su ira visiblemente contenida—. Pero el alcalde no podía hacerlo. Los Ángeles siempre ha sido una ciudad peligrosa, pero desde que ustedes aparecieron los índices de crímenes han descendido. Las elecciones son el año que viene, y el alcalde Undersee quiere ganar la reelección. Pero ¿cómo podría hacerlo si se pone en contra de lo único que ha probado ser efectivo en disminuir el crimen? Además, la gente adora a los héroes. Y el alcalde Undersee lo sabía. Políticamente, sería contraproducente hacer lo que Snow le pedía.

—Ese bastardo —masculló Johanna, a su lado.

—Pero las amenazas de Snow no son algo que puedas ignorar como si nada —continuó Plutarch—. El alcalde estaba entre la espada y la pared y pensó que la única manera de salir de allí sería con ayuda. Así que me llamó para que le cubriera la espalda. Me dijo que Snow prometió acabar con él si no hacía lo que le pedía. Así que me encargue de proporcionarle seguridad. Las últimas doce horas el alcalde ha estado bajo la vigilancia de mis mejores hombres. Snow no podría acercársele a mil metros sin que nos diéramos cuenta.

—Pero no pusiste ninguna seguridad sobre la hija del alcalde —dijo Haymitch.

—No sabía que irían tras ella —gruñó Plutarch. Se notaba que ese error le irritaba—. Además, ella estaba en su casa cuando se la llevaron y la casa siempre había estado muy bien custodiada.

—¿Cómo se la llevaron?

—Los mataron a todos —terció Johanna—. Cinco guardias de seguridad asesinados limpiamente. Al principio pensamos que también habían matado a los perros. Pero resulta que solo los habían puesto a dormir.

—Aún estamos esperando los resultados de los exámenes de sangre, pero creemos que utilizaron algún tipo de droga para dormirlos antes de matarlos.

—Entonces drogaron a los guardias, los mataron, entraron a la casa y se llevaron a la hija del alcalde… todo eso, ¿mientras ustedes estaban…? —inquirió Gale.

—Tomando el sol —dijo Johanna con una mirada asesina—. ¿Tú que crees?

—Tiene que haber sido en algún momento mientras el alcalde hablaba y regresábamos a la casa —respondió Plutarch—. Antes de que el alcalde hablara no había motivos para secuestrar a la chica, pero supongo que ya lo tenían todo planeado por la manera en que todo sucedió.

—Limpiamente —apuntó Finnick. Plutarch asintió—. ¿Así que están seguros que fue Snow? —preguntó.

—Sí —dijo Plutarch—. Llamó al alcalde en el camino de regreso. Le dijo que había secuestrado a su hija y que tenía solo cuarenta y ocho horas para hacer lo que le había pedido o si no…

No terminó la frase. Pero todos en la sala comprendieron.

—Pero eso no es todo —dijo Johanna y miró a Plutarch, para que él continuara.

El hombre suspiró, cansado, como si toda la situación lo hubiera hecho envejecer diez años en una hora.

—Snow fue muy claro en una cosa: le dijo al alcalde que si metía a la policía o llegaba a hacer esto público, se encargaría de acabar con la chica de inmediato —explicó—. Lo que nos lleva a esta reunión. Sabemos que Snow tiene infiltrados en la policía. Si Johanna y yo intentamos hacer algo fuera de lo que nos corresponde estaremos bajo la mira de Snow.

—Y cualquier intento de rescatar a la hija del alcalde se convertirá en el rescate de un cadáver —dijo Johanna, con su usual tacto.

—Por eso necesitamos su ayuda. Snow nos ha puesto en una situación delicada. Pero no podemos dejar que se salga con la suya. No más. Ustedes aún tienen a Crane, tal vez él sepa algo. Y ya que la policía no puede involucrarse, esperaba que ustedes pudieran rescatar a la hija del alcalde. Y que pudieran hacerlo sin que nadie se enterara de lo que está pasando.

—Y en menos de cuarenta y ocho horas —agregó Finnick.

Plutarch vio su reloj.

—En realidad, solo nos quedan unas cuarenta y seis.

—Así que es momento de comenzar a trabajar —dijo Haymitch.

—Pero esperen, aún nos falta algo —señaló Gale—. ¿Cómo sabremos a quien tenemos que rescatar?

—Cierto, casi lo olvido —dijo Plutarch, mientras se sacaba algo del bolsillo del pantalón. Era una pequeña foto que le tendió a Gale—. Su nombre es Madge Undersee y mide aproximadamente uno sesenta. Tiene dieciséis años y unos rizos rubios inconfundibles.

—Vale —dijo Haymitch mientras todos iban pasándose la foto de mano en mano—. A partir de aquí nosotros nos encargaremos del asunto. Plutarch, Johanna, quiero que mantengan un ojo sobre el alcalde todo el tiempo, y que eviten que se vuelva a comunicar con Snow.

—Entendido —accedió Plutarch—. Será mejor que nos vayamos.

Él y Johanna se levantaron y se dispusieron a irse, pero cuando pasaba junto a Haymitch, este lo detuvo por el hombro.

—Toda la culpa es de Snow, Plutarch. Tú hiciste todo lo que pudiste.

—Debí saber que Snow no iría tras el alcalde directamente. Era demasiado obvio.

—Tonterías. Deja ya eso atrás. Ahora lo importante es no dejar que Snow se salga con la suya. Rescataremos a la chica, tenlo por seguro.

—Gracias, Haymitch.

No hubo más palabras. Plutarch y Johanna se fueron finalmente, y la cacería dio inicio. Haymitch, aun con su vaso en la mano, comenzó a dar instrucciones a todos.

—Muy bien. Esto es lo que haremos: Finnick y Katniss, encárguense de hacer una campaña de distracción. Pónganse los trajes y salgan a la calle. Hagan algo heroico, llamen la atención de la gente; llamen la atención de Snow. Beetee, encárgate de cubrirlos. Usa las redes sociales, haz mucho ruido. Hazle creer a Snow que no sabemos nada de lo que está pasando, que estamos enfocados en algo más. Pero hazlo con sutileza.

—Ya estoy en ello —respondió Beetee, mientras tecleaba incesantemente en su laptop.

—Así es que me gusta. Ahora, tengo algunas preguntas, y creo que Seneca Crane sabe las respuestas. Gale, Peeta, ¿les molesta ayudarme con ello?

Los muchachos asintieron y se disponían a seguir a Haymitch cuando Katniss se adelantó.

—¿Por qué yo tengo que ser la distracción? Yo también podría ayudarte con Crane.

—Katniss, sé lo que hago y sé lo que necesito para llevar a cabo esta misión a tiempo —dijo Haymitch, muy serio—, lo que por cierto, no incluye ninguno de tus berrinches. Gale y Peeta se encargarán de Crane, mientras tú y Finnick se encargan diligentemente de la distracción. Punto. Deja de hacerme perder el escaso tiempo que tenemos.

Katniss tuvo que ocultar su rabo entre las piernas, mientras Peeta y Gale seguían a Haymitch a través del pasillo que daba al sótano.

Peeta aún seguía como en trance. Todo estaba pasando excesivamente rápido. Sus suposiciones habían sido correctas: el aspecto del alcalde durante la rueda de prensa ocultaba algo grande. Solo que no se había imaginado qué tan grande. Debían rescatar a la hija del alcalde, sin que nadie se enterara, y en menos de dos días. ¿Cómo lo lograrían? Comenzaba a pensar que toda esa guerra contra Snow era algo que se les escapaba de las manos, mucho más grande que ellos.

Pero no debía perder la esperanza. Mucho menos en esos momentos. Si Haymitch creía que podían lograrlo, lo lograrían. Sin embargo, cómo lo lograrían era algo en lo que no quería pensar mucho.

Bajaron en fila india la escalera que daba al sótano de la casa, y a la sala de operaciones oculta. Todo estaba justo como Peeta recordaba: la mesa redonda en el centro, una pantalla detrás, las paredes llenas de muchas más cosas de las que podía mencionar. Y al final, una puerta, que hasta ese momento no había tenido más importancia que las losas del piso.

Pero Haymitch fue directamente hacia esa puerta, e hizo que Gale y Peeta entraran a través de ella antes de cerrarla tras de sí. Se trataba de una habitación diminuta, casi un pasillo, con una puerta y una ventana polarizada en una de sus paredes. Al ver mejor, Peeta vio que detrás de esa pared se encontraba un hombre, que estaba recostado sobre un catre que estaba unido a una de las paredes, con un ejemplar de Oliver Twist entre las manos. Además del catre, en la habitación había una mesa con un par de sillas, un inodoro y un lavamanos. El lugar era apenas más grande que el pasillo-sala en el que se encontraban, pero de alguna manera se las habían ingeniado para convertirlo tanto en una pequeña prisión como en una sala de interrogación.

—¿Ese es Seneca Crane? —preguntó Peeta.

—El mismo —asintió Haymitch.

—¿Y no puede vernos?

—Ni escucharnos. Así que es hora de establecer la estrategia. Dime, Peeta, ¿estas familiarizado con la dinámica "Policía bueno, policía malo"?

Peeta se encogió de hombros e hizo un breve gesto de asentimiento.

—Pues bien —continuó Haymitch—, Gale y yo somos los policías malos. Y aunque hemos logrado obtener una gran cantidad de información, aun no es suficiente. Necesitamos a un policía bueno. Y tú resultas ser el indicado para el papel.

—¿Yo?

—No seas modesto. Cada vez que apareces en televisión consigues que más personas se unan a la causa. Tienes un extraño don para tocar la moral de las personas.

—¿Y confías en que eso logrará que Crane me diga dónde está la hija del alcalde?

—Probablemente también necesite un poco de extorsión premeditada. Pero sí, confío en que eso lo logre.

Hubo una pausa, en la que el peso de la fe que Haymitch estaba depositando en él caía como un yunque sobre sus hombros.

—Ya son las cinco de la tarde —anunció Haymitch viendo su reloj—. El tiempo se nos agota. Peeta, antes de entrar llama a tus padres y dile que te quedaras en casa de un amigo por esta noche. ¿Tienes alguien que te cubra?

Peeta pensó en Glimmer, Clove, Tresh y todo su nuevo grupo de amigos y por primera vez sintió algo de afecto por tenerlos.

—Sí, solo tengo que hacer un par de llamadas.

—Vale. Gale se encargara de explicarte la dinámica de los interrogatorios. Recuerda: trata de actuar como el policía bueno.

—Ey, espera ¿a dónde vas tú? —preguntó Gale cuando vio a Haymitch dirigirse hacia la puerta de salida.

—No tiene sentido que me quede aquí mientras hacen el interrogatorio. Ayudaré a los demás con la distracción. En cuanto sepan algo sobre el posible paradero de Madge, avísenme. —Por la mirada que le dedicaba, Gale no se veía muy convencido del nuevo rumbo de la misión, así que Haymitch se vio en la necesidad de agregar—: Confío en que puedes hacerte cargo de esto, Gale. Y tienes a Peeta para ayudarte.

Despues de eso se fue.

Gale y Peeta se quedaron de pie en el pasillo-sala aun algo atónitos.

—Es la primera vez que me deja dirigir un interrogatorio. Por lo general es él quien me dice qué preguntas debo hacer.

Se le notaba algo alterado.

—Por lo que he oído, eres el mejor en esto —le dijo Peeta, dándole aliento—. Soy yo el que debería estar nervioso. No tengo ni idea qué tengo que hacer.

—Claro. —Como si estuviera despertando de un largo sueño, Gale pareció volver lentamente a la realidad y tuvo que asentir un par de veces antes de recordar que el reloj seguía avanzando y el tiempo para salvar a Madge Undersee se les agotaba—. Claro. Lo que tienes que hacer. En realidad es bastante sencillo.

Tratando de ser lo más conciso posible, Gale le explicó brevemente a Peeta que como mano derecha de Snow, Crane sabía mucho sobre sus asociados, sus rutinas, su forma de pensar y posiblemente también sabría de los lugares a los que Snow solía llevar a sus víctimas de secuestro. Pero, le advirtió, sacarle la información era mucho más difícil de lo que parecía.

—Para poder encontrar a Madge, necesitamos saber a donde la pueden haber llevado. Así que ese sería nuestro primer objetivo. Luego, tenemos que hacer que Crane nos diga cómo sacarla de donde sea que la tengan. Y sé que suena sencillo, pero conociendo a Crane nos costara toda la noche hacerlo colaborar.

—Entonces lo mejor es comenzar cuanto antes —dijo Peeta. Luego hizo una pausa y añadió con una sonrisa—: Hasta ahora me parece que has sabido hacerte cargo de esto.

Pero Gale no respondió al comentario, y en cambio le tendió a Peeta una de las dos automáticas que colgaban de su cinturón.

—Sé que Haymitch dijo que tu debías actuar como el policía bueno, pero no dudes en usarla si trata de pasarse de listo. Ya ha tratado de escapar un par de veces y es un tipo bastante inteligente. Oh, y ten cuidado con lo que dices. Nunca des demasiada información.

—Entendido —asintió Peeta, revisando el seguro del arma. Estaba cargada y lista para usarse. Pero, por alguna razón, eso no le proporcionaba ninguna tranquilidad.

—Entonces vamos —dijo Gale, comenzando a girar el pomo de la puerta—. Si quieres, observa primero cómo hago las preguntas.

Y sin más preámbulos, entraron.

Seneca Crane, que hasta ese momento había estado ensimismado en su lectura, levantó la mirada al oír la puerta cerrarse, y compuso una expresión de desconcierto cuando vio a Peeta junto a Gale. Dejó el libro a un lado y se acomodó mejor en el catre hasta quedar sentado con la espalda apoyada en la pared, pero en ningún momento emitió sonido alguno. Su mirada escudriñaba a Peeta con ferocidad, observándolo de la misma manera en que un tigre observa una gacela y trata de medir sus puntos débiles.

Sin embargo, Gale llamó su atención antes de que pudiera terminar su escrutinio.

—Muy bien, Crane. Es momento de comenzar el interrogatorio de hoy. ¿Estás listo?

Crane le dedicó una sonrisa exageradamente forzada.

—¿Tengo otra opción?

—No realmente —respondió Gale sentándose a la mesa e indicándole a Peeta que tomara la otra silla.

El cuarto olía fuertemente a lejía, hierro y humedad, olores que hicieron a Peeta pensar en lo insoportable que debía estar allí encerrado todo el día.

—Max Crawford, contable de la compañía de seguros All Century. Todos los viernes, sin falta, va al club nocturno Bella Donna, en Hollywood, aunque no precisamente a disfrutar de un baile erótico. Suele ir solo, en un Chevrolet blanco. Supongo que no les será difícil atraparlo —recitó Seneca Crane de corridilla, como si hubiera estado pensando todo el día en ello—. ¿Hemos terminado? Quisiera terminar mi libro.

—Aunque es una información muy útil, me temo que no es lo que necesitamos saber hoy —le indicó Gale amablemente—. Y espero que te muestres igual de colaborador con lo que vamos a preguntarte.

Seneca Crane resopló audiblemente.

—Solo quiero terminar mi libro, ¿es mucho pedir?

—Tendrás todo el tiempo que quieras para terminarlo cuando respondas mis preguntas.

—La verdad es que me apetece tomar una siesta primero. Ya les he ayudado suficiente por hoy. Tal vez mañana…

—NO —lo interrumpió Gale, colocando la automática sobre la mesa de un golpe. Tanto Crane como Peeta se sobresaltaron—. No hay mañana, no hay más tarde. Vas a contestar nuestras preguntas y vas a hacerlo ahora.

—¿Y si me rehúso, qué? ¿Vas a matarme? Todavía me necesitan, y tu desesperación solo lo hace más obvio —se jactó Crane—. Así que por qué no nos haces un favor a todos y te ahorras el numerito de "el machote con el arma sobre la mesa".

Gale parecía estar a punto de lanzársele encima, pero milagrosamente se contuvo de hacerlo, tal vez recordando que él estaba a cargo de esa misión, y que cuando uno se encuentra a cargo de algo no debe perder el control.

—¿A dónde lleva Snow a las personas que secuestra?

—A la morgue —contestó Crane, haciendo una demostración de su filoso sentido del humor. Por la cara de Gale, bien podría haberle clavado la frase en el pecho—. De verdad no estoy de ánimos para contestar a tus preguntas hoy, machito. Me duele la cabeza, creo que comienzo a necesitar un poco de aire fresco.

—Joder, Crane, no podrías hacer esto más fácil para todos y responder esta simple pregunta: ¿dónde lleva a Snow a las personas que secuestra mientras las mantiene secuestradas?

—Voy a necesitar un poco de tiempo para pensar en ello.

—¡No hay tiempo! —exclamó Gale, exasperado.

Seneca Crane se tapó los oídos con sus manos y arrugó el ceño.

—¡Ay! —se quejó—. Lo del dolor de cabeza es en serio. No hables tan fuerte.

Gale hizo un sonido entre gruñido y resoplo para expresar su creciente frustración.

—Te voy a dar una última oportunidad para responder a mi pregunta, Crane.

—¿Qué es lo que quieres saber ahora? —Crane se hizo el desinteresado.

—¿Dónde esconde Snow a las personas que secuestra?

Seneca Crane lo meditó un instante.

—Hay por lo menos una docena de casas desperdigadas en Los Ángeles, ni hablar de todo el estado de California. Mi consejo es que comiences por el cementerio.

Gale volvió a apuntarlo con el arma.

—No me tientes, Crane.

—No estoy bromeando —se defendió él, alzando ambas manos en el aire, aunque no lucia especialmente preocupado por el hecho de tener un arma apuntándole directo al pecho—. Te estoy diciendo la verdad. Snow no es precisamente piadoso, y si alguien lo molestó lo suficiente como para llevar a cabo un secuestro, dudo mucho que le perdone la vida.

—Dime un lugar —exigió Gale de nuevo.

—South Beach, East Los Ángeles, el centro, Beverly Hills —comenzó a enumerar Seneca Crane—. Hay por lo menos una docena de lugares en los que podría tener a alguien. Necesitaría un mapa para poder ubicarlos todos.

Gale apretó el puño en el que tenía el arma hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Una vena en su frente comenzaba a resaltar. Su paciencia ya había alcanzado el límite.

—Digamos que es alguien muy importante. Y que sabemos que no lo asesinará. No en las próximas horas, por lo menos. ¿Dónde lo enviaría?

—Así que Snow ha pescado un pez gordo, ¿eh? Eso tal vez reduzca las opciones.

—Joder, Crane. Estoy harto de tu maldito jueguito. Le das vueltas y vueltas a la misma pregunta una y otra vez. ¿No es más fácil hablar y ya?

—Creo que me gusta tu presencia. Estoy aquí solo todo el día. Un poco de compañía es agradable.

Gale se levantó, cuando ya no pudo más, y comenzó a dar vueltas alrededor de la pequeña habitación.

—Esto es imposible. Siempre es igual. Crees que solo porque sabes cosas sobre Snow no podemos hacerte daño. Pero tal vez una pequeña bala alojada entre las bolas te suelte la lengua —como un loco, Gale se acercó hasta donde estaba Crane y lo tomó fuertemente del hombro con una mano y con la otra apuntó el arma justo en donde dijo que lo haría.

Peeta pensó que aquel era un buen momento para intervenir.

—Dijiste que con un mapa podrías ubicar los lugares para nosotros —dijo, dirigiéndose directamente a Crane. Gale también se volvió para verlo, aflojando el agarre sobre Crane y (gracias a Dios) bajando el arma—. Si conseguimos un mapa, ¿lo harías? ¿Podrías señalarnos los lugares en los que Snow mantiene a sus secuestrados?

Las pupilas de Crane seguían muy dilatadas luego de las amenazas que le había hecho Gale y también parecía estar pasmado, porque le costó unos cuantos segundos asentir.

—Sí, creo que sí —respondió, alejándose sutilmente de Gale y cerrando un poco las piernas—. Y creo que una aspirina también podría ayudar.

—Bien —le respondió Peeta—. Gale, ve tú por el mapa, una aspirina y un poco de agua. Yo cuidaré de Crane mientras tanto.

A Gale, que también parecía haber estado en un trance, le llevó lo suyo comprender que estaba recibiendo ordenes de Peeta. Y otro tanto en comprender que había estado a un solo paso de perder el control, justo como le había pasado la otra noche con Katniss. ¿Qué le estaba ocurriendo?

—¿Gale? —repitió Peeta—. Yo puedo hacerme cargo de Crane un rato. Consigue un mapa de Los Ángeles y tráelo para que él pueda señalar los lugares en los que Snow oculta a sus secuestrados. ¿Comprendes lo que digo?

Gale cerró los ojos un momento, y cuando los volvió abrir, volvió a parecer el mismo de siempre.

—Sí, ya estoy en ello —asintió Gale. Antes de salir se dirigió a Peeta—. No dudes en usarla si las cosas se salen de control —le dijo, señalando el arma que le había dado antes.

Peeta asintió. Gale abandonó la habitación. Seneca Crane exhaló todo el aire que había estado conteniendo. A Peeta lo abrumó lo asustado que se veía.

—¿Te encuentras bien?

Seneca Crane sacudió la cabeza de un lado a otro.

—La cabeza me está matando —dijo—. Gracias por intervenir. Creo que te debo una. Por un momento pensé… pensé que de verdad dispararía. Nunca pensé que se pondría así. Parecía estar totalmente fuera de sus cabales.

—Solo está estresado —comentó Peeta, aunque también sentía un poco de preocupación por lo que había pasado con Gale. Si hubiera esperado un segundo más para intervenir tal vez todo se hubiera salido de control.

—Tu amigo está loco, hermano —dijo Crane antes de echarse a reír, con esa risa nerviosa que sale luego de sobrevivir a un buen susto.

Peeta esperó que Crane dejara de reír y la habitación volviera a quedar en silencio para hablar.

—¿Era eso cierto? —preguntó. Seneca Crane lo vio sin entender—. ¿La información que tienes sobre Snow… es lo único que les impide lastimarme?

—Es parte de la verdad —contestó Crane, encogiéndose de hombros—. Aunque si hay algo completamente cierto es que ya soy un hombre muerto —agregó, y esta vez fue Peeta quien lo vio sin entender—. Soy un hombre muerto, y lo he sabido desde el primer día…

—¿Qué te trajeron aquí?

—Que comencé a trabajar para Snow.

Definitivamente eso no era lo que Peeta esperaba escuchar.

—Creo que no te sigo.

—Vamos, chico. Es bastante obvio, ¿no? Tanto si logran acabar con Snow como si él los acaba primero no veo ningún escenario en el que yo salga vivo de esta. Los he ayudado demasiado —escupió Crane—. Soy un soplón, un chivo expiatorio. Es por eso que no puedo decirles todo lo que sé. Si Snow se llegara a enterar que lo delaté… me va a matar.

—Eso solo si Snow se sale con la suya, cosa que no hará —aseguró Peeta, con la confianza que caracterizaba sus discursos de esperanza—. Si nos ayudas a atrapar a Snow, si logramos acabar con él, no tendrás que preocuparte por eso. Te doy mi palabra: te liberaremos. Tal vez tendrás que pasar una temporada en prisión como todos los demás, pero seguirás con vida.

—Eso suena aún mejor —sentenció Crane, lacónico—. Una temporada en prisión junto a todos los buenos amigos que ayudé a meter allí. ¿Qué crees que me harán ellos si llegan a enterarse que fui yo quien los entregó? —ahora usaba la retórica—. Como dije: los he ayudado demasiado. Mi esperanza de vida se ha reducido al tiempo que pueda seguir soportando este lúgubre sótano.

—Eso es ridículo. Hablas como si te gustara estar aquí dentro.

—Si pudiera elegir no estaría aquí, claro está. Pero dadas las opciones…

Peeta se dio cuenta de lo fustigada que estaba la mente de Seneca Crane a esas alturas. Y no era de sorprenderse: había pasado semanas encerrado en una habitación pequeña, húmeda, sin luz ni contacto con el exterior, completamente indefenso, rodeado de extraños que podían llegar a ser bastante violentos. No era difícil imaginarse porque era tan difícil hacer que los ayudara.

Aunque…

¡Eso es!, pensó Peeta. En la situación en la que se encuentra es casi imposible que nos ayude. Pero tal vez esté más dispuesto a ayudar a alguien en su misma posición.

Sin proponérselo, Peeta acabada de encontrarle la solución al problema.

—Está bien. Tienes razón. Morirás de todas maneras. Como todos los jodidos seres humanos lo hacen. ¿Pero no te parece deprimente tener que hacerlo aquí dentro?

Por su mirada, Seneca Crane ya estaba harto de la conversación, así que se cruzó de brazos y miró a Peeta con hastío.

—Sí, me parece deprimente. Jodidamente deprimente. ¿Es eso lo que querías escuchar?

—En realidad, sí —respondió Peeta—. Porque eso significa que aún hay algo de humanidad en ti, a pesar de todos los esfuerzos que han hecho por arrancártela. Y confío que ese resquicio de humanidad te ayude a hacer lo correcto hoy.

—Ya me has vuelto a liar la cabeza. ¿Dónde está tu amigo con mi aspirina?

Peeta se levantó de la silla que había estado ocupando y fue a sentarse en la cama junto a Crane. Este, aun algo receloso por lo que había pasado con Gale, se hizo para atrás todo lo que pudo.

—No te voy a hacer daño —le dijo Peeta—. No sé con qué clases de personas estés acostumbrado a tratar con Snow, pero nosotros no somos así. Incluso si Gale te dio una mala impresión hace un rato… es solo el estrés, te lo puedo asegurar.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —le preguntó Crane, aun receloso, pero lo suficientemente interesado en la respuesta como para permitirle a Peeta seguir adelante con lo que para él sonaba a locura.

—¿Conoces a Madge Undersee? Creo que por aquí tengo una foto… si, aquí esta. ¿La reconoces? Es la hija del alcalde.

Seneca Crane vio la foto que Peeta le mostraba un par de segundos antes de asentir.

—Sí, la conozco. La he visto un par de veces en casa del alcalde. Es… una niña encantadora.

—¿La clase de niñas que merecen morir en un lúgubre sótano como este?

—Madge… ¿qué ha pasado con ella? —por primera vez en lo que iba de noche, a Seneca Crane parecía no importarle lucir verdaderamente preocupado. Y esa, era la toda la humanidad que Peeta necesitaba ver.

—Snow la ha secuestrado —expuso Peeta, tratando de sonar lo más tranquilo posible—. Ya debe saber que estamos tras él, y necesita que el alcalde se ponga de su lado. Así que lo ha amenazado con matar a Madge si este no acepta.

—Pero… Madge es una niña encantadora —musitó Seneca Crane, estupefacto—. ¿Por qué Snow haría algo como esto?

—Tal vez estés un poco desconectado de lo que está pasando allá afuera pero debes saber que Snow no se encuentra en la mejor de las posiciones justo ahora. Esta comenzado a tomar medidas desesperadas.

Seneca Crane seguía atónito, así que Peeta esperó unos momentos que se recuperara para seguir.

—Es por eso que necesitamos que nos ayudes. Podemos salvar a Madge, y evitar que Snow se salga con la suya esta vez. Pero tienes que decirnos en donde puede estar escondida.

En ese momento la puerta se abrió, y Gale apareció con un mapa bajo el brazo, y un lápiz, un vaso de agua y una aspirina entre las manos. Vio a Peeta sentado en la cama junto a Seneca Crane y enarcó una de sus cejas.

—¿Qué está ocurriendo aquí?

—¿Trajiste mi aspirina? —preguntó Seneca Crane.

—Sí, aquí tienes —contestó Gale, tendiéndole la pastilla y el vaso con agua en la mano.

Seneca Crane se la tomó, y mientras lo hacía Gale le preguntó a Peeta con una mirada qué era lo que había pasado. Peeta no contestó, y en cambio le hizo un gesto con la mano para que esperara un momento.

Crane terminó con el agua.

—Mucho mejor —asintió—. Ahora, pásame ese mapa y ese lápiz. Les diré exactamente donde pueden encontrar a la chica —como si estuviera dentro de un sueño, Gale le pasó el mapa. Crane no perdió el tiempo: una vez en sus manos lo extendió frente a sí y con el lápiz trazó dos círculos en el papel—. Si se trata de la hija del alcalde estos son los únicos dos lugares a los que Snow puede haberla llevado.

—¿Estás… en verdad estás ayudándonos? —preguntó Gale. Su asombro apenas dejaba cabida para el escepticismo que quería sentir.

—No nos está ayudando a nosotros —le hizo ver Peeta—. Está ayudando a Madge.

Seneca Crane asintió.

—Y más les vale rescatarla cuanto antes. No sé cuánto tiempo les prometió Snow que tenían, pero les puedo asegurar que tienen mucho, mucho menos.

Eso no se lo esperaban. Peeta y Gale intercambiaron una mirada, repentinamente conscientes del poco tiempo que tenían.

—Puedo decirles como burlar la seguridad de cada una de estas casas, pero una vez dentro no sé cuántos guardias habrá colocado Snow para resguardar a la chica.

—Dinos todo lo que puedas —lo instó Peeta.

Seneca Crane lo hizo. Gale comenzó a anotar todos los detalles en un pedazo de papel, mientras Peeta se aseguraba de hacer cualquier pregunta que pareciera importante. Por primera vez, los tres hombres parecían estar de acuerdo en algo: había que rescatar a Madge, y había que hacerlo sin perder tiempo.

Para cuando Crane terminó, Gale ya tenía una buena parte del plan hecha. Solo había que afinar unos cuantos detalles.

—Iré a llamar a Haymitch —anunció Gale—. ¿Te veo arriba?

Peeta asintió. Dejó que Gale se marchara y se giró a ver a Crane. Le tendió una mano.

—Gracias.

Aunque receloso al principio, Seneca Crane terminó por estrechársela.

—Solo… llévenla con su padre sana y salva.

Había cierta desesperación en su mirada, como si fuera su propia hija la que estuviera secuestrada. Fueran cuales fuesen las razones que habían llevado a Seneca Crane a ayudar a Madge, Peeta no podía menos que respetarlas y estar agradecido por ellas.

—Lo haremos —le prometió Peeta—. Y yo mismo le diré que fue gracias a tu ayuda.

—¿Pudiste hablar con Haymitch? —preguntó Peeta cuando entró a la sala de la casa.

Gale, sentado en el mueble, sacudió la cabeza.

—No contesta, y Beetee tampoco. Deben estar ocupados. Volveré a intentarlo más tarde. —Peeta se acercó y se sentó. Los ojos grises de Gale estaban perdidos, mirando a la nada, pero turbios, como si dentro de ellos se estuviera desatando una tormenta. El silencio nocturno se estaba volviendo cada vez más hondo, y Peeta decidió acabar con él.

—Parece que se vienen un par de días muy largos —comentó.

Gale se exaltó por el sonido. Vio a Peeta un momento, y luego hundió la cara entre sus manos, ahogando un suspiro en ellas.

—Yo… ¿puedo contarte algo, Peeta?

—Por supuesto —respondió, prestando especial atención en la forma en que los hombros de Gale caían con languidez y la tormenta seguía relampagueando en su mirada.

Gale dejó caer sus manos, y vio a Peeta.

—Solo prométeme que no me juzgaras, solo quiero a alguien que escuche. Y que entienda de qué estoy hablando.

Las cosas comenzaban a tornarse un poco extrañas, pero Peeta asintió, decidido.

—Lo prometo, Gale.

Gale tardó unos momentos en continuar.

—Tú viste lo que pasó allá abajo, con Crane. La manera en que perdí el control… no es la primera vez que me pasa —dijo, como si las palabras fueran cemento abandonando su garganta—. De hecho, me ha estado pasando regularmente desde hace unos meses. Y cada vez es peor.

Peeta no dijo nada por unos segundos. La conversación en la que se encontraba requería de pausas largas y llenas de meditación.

Había visto cómo se había comportado Gale allá abajo, como si se le hubieran ido los cables. Había pensado que solo eran nervios; se encontraba bajo una gran presión y Crane no estaba colaborando. Pero si ya le había pasado antes, tal vez no fuera un simple percance.

—¿Cuándo fue la última vez que… tuviste uno de estos… episodios? —preguntó, muy suavemente.

—Hace un par de semanas, cuando fui de ronda con Katniss —bajó la mirada al decirlo, pero no lo suficientemente rápido como para que Peeta no se fijara en el rayo de vergüenza, mezclado con alivio, en sus ojos.

Volvió a hacer una extensa pausa, en la que recordó la última vez que había hablado con Katniss, hace más o menos ese tiempo. Y si mal no recordaba, había visto un moretón en su mejilla. Nada muy sorprendente, pero Peeta era un detallista nato, y cuando se trataba de Katniss, solía fijarse aún más en ese tipo de cosas. No había tenido (ni había buscado) la oportunidad de hablar con Katniss con respecto a lo que pasaba en esas rondas nocturnas que había estado haciendo últimamente o cómo se había hecho ese moretón, pero ahora que Gale lo sacaba a colación, no le costó mucho atar cabos.

Y en ese momento, lo único que impidió que se lanzara sobre el cuello de Gale, fue la fragilidad casi palpable que emanaba.

—¿Por qué no dijiste nada entonces? —le preguntó, tratando de reprimir su cólera. La situación era más delicada de lo que pensaba y si no la manejaba bien, todo podía irse al garete en un santiamén—. ¿Por qué Katniss no dijo nada? —la asunción de que había existido una amenaza iba implícita en la pregunta.

—Fue idea de ella —se defendió Gale—. Yo… no sabía qué hacer. Sigo sin saberlo. Pero necesitaba contárselo a alguien.

El alivio que sentía era más que evidente. Peeta le dedicó una sonrisa apaciguadora, pero su cara seguía demostración su consternación.

—¿Katniss sabía que llevas meses sufriendo estos episodios?

—No. Para ella fue un simple ataque de nervios. La situación se había salido de control, ella solo trataba de detenerme…

—No tienes que excusarte más, Gale. Sé que no quisiste hacerlo. Pero me preocupa el hecho de que esto siga sucediendo. ¿No has pensado en hablar con alguien al respecto?

—Estoy hablándolo contigo.

—Lo que me hace la única persona que sabe lo que te está pasando, debo asumir.

Gale asintió una vez. Peeta suspiró.

—Tienes que hablar de esto con alguien que sepa cómo manejar esta situación, Gale —le indicó Peeta—. Sé que hay psicólogos que se especializan en tratar a soldados con estrés post-traumático, tal vez alguno pueda…

—Yo no estoy loco —le espetó Gale, levantándose de su asiento con brusquedad. Peeta se puso en alerta enseguida—. No necesito la ayuda de ningún loquero.

—No estoy diciendo que estés loco, Gale —dijo, tratando de mantener la calma y proyectarla hacia Gale—. Solo que si es algo que lleva meses sucediéndote, y vamos a ser honestos, no es un comportamiento normal o sano, deberías conseguir la ayuda de algún especialista, dado que no parece que vaya a mejorar con el tiempo.

—Mejorará cuando atrapemos a Snow.

—Pero no sabemos cuándo será eso. ¿Qué harás mientras tanto? ¿Qué haremos los demás? Es obvio que no estás del todo estable, y eso supone un riesgo para el equipo.

—No sé porque te conté todo esto —masculló Gale, cruzándose de brazos y dándose la vuelta—. Fue idiota pensar que conseguiría algo de apoyo de ti.

—¡Te estoy dando mi apoyo! —exclamó Peeta, mientras se ponía de pie—. Necesitas ayuda, Gale. Y si tú no estás dispuesto a conseguirla, yo lo haré por ti.

En tres segundos, Gale cruzó la habitación hasta quedar frente a Peeta. Le sacaba varios centímetros de alto, y por si eso no fuera suficientemente amenazador, colocó uno de sus dedos sobre su pecho, mientras lo penetraba con la mirada.

—No te atrevas a decirle a nadie esto, Mellark. Si Haymitch se enterara no me dejaría terminar la misión. Debo atrapar a Snow… yo debo hacerlo…

La furia se había extinguido ligeramente con la última frase. Peeta se dio cuenta en ese instante de lo mucho que significaba para Gale atrapar a Snow. Parecía su único objetivo en la vida. Su sueño más profundo. Y se dio cuenta que aunque el sentido común le gritaba que mandara a Gale directamente al psiquiátrico, debía respetar sus deseos.

—Bien, no diré nada —aceptó, resignado—. Pero tú debes prometerme que apenas atrapemos a Snow te harás ver con alguien.

—Gracias —fue lo único que respondió Gale, dando un paso hacia atrás, aceptando el acuerdo de paz.

Se hizo otro silencio. Peeta seguía tratando de asimilar todo lo que había sucedido, y a la vez, pensaba en el futuro. ¿Qué pasaría si no atrapaban a Snow pronto? ¿Qué tanto podrían empeorar los episodios de locura de Gale? Lo incierto del futuro le daba escalofríos.

Y el futuro apenas acababa de comenzar.

El teléfono de Gale sonó sobre la mesa.

No fue un sonido fuera de lo común, pero atravesó el denso silencio que había en la sala como una sierra.

Gale se acercó hasta la mesa y lo cogió, volviendo a la realidad en la que se encontraban. Aún tenían una misión que resolver. Madge Undersee seguía secuestrada, y el tiempo era oro si lo que querían era regresársela a su padre con vida.

—Es Haymitch —dijo, mientras contestaba y ponía el teléfono en altavoz, de modo que Peeta escuchara también—. ¿Aló?

La voz al otro lado de la línea los dejó en el sitio.

—¡Gale! ¡Oh Dios mío, Gale! ¡Se los han llevado! ¡Oh Dios, oh Dios! —era Katniss. No dejaba de gritar y sollozar, o más bien de sollozar mientras pegaba gritos al teléfono. El hecho es que sonaba agitada y entre los gritos, y las típicas interferencias de la comunicación telefónica, no se le entendía mucho.

Peeta tomó el teléfono entre sus manos y se lo acercó a la cara, olvidando por completo su orgullo, su molestia o su bravuconería, y le dirigió a Katniss la palabra, por primera vez en dos semanas.

—Katniss, es Peeta. Cálmate. Respira un par de veces. ¿Estás bien? ¿Te encuentras bien?

—Peeta —sollozó Katniss, aunque ya no gritaba—. Sí, yo estoy bien. Estoy bien, y Beetee también. Esta junto a mí.

—Muy bien, eso está bien —respondió Peeta, con suavidad. Su corazón, que se había acelerado como loco, volvió a su ritmo normal al oír que Katniss se encontraba bien—. Ahora dime, por favor, ¿qué ha pasado?

Escuchó a Katniss romper en llanto al otro lado de la línea telefónica, un forcejeo, y luego la voz de Beetee respondiendo por ella.

—Katniss y yo estamos bien. Pero se los han llevado, chico… ellos… se llevaron a Haymitch y a Finnick. Estoy conduciendo de regreso a la casa, les explicaremos todo al llegar.

Peeta y Gale se vieron una vez.

Beetee cortó la llamada.


Primero que nada, les debo una disculpa. O miles, de hecho. Jamás pensé que tardaría tanto en escribir este capítulo, pero como ya les había mencionado una vez (hace como mil años), no soy la más veloz escribiendo, soy demasiado detallista, demasiado indecisa, y cuando el tiempo y la inspiración son adversos, me cuesta aún más escribir. Por eso solo tengo que decir LO SIENTO.

Sin embargo, quiero aclarar que NO VOY A ABANDONAR ESTA HISTORIA. Es una historia a la que le he cogido mucho cariño, y cuyos personajes siento como mis propios amigos, así que no importa cuánto tiempo pase sin actualizar, pueden estar seguros de que, eventualmente, lo haré.

Además, ya estamos en la recta final, jujuju. Y para agradecerles por toda la paciencia y la larga (larguísima) espera, les he traído un capitulo enorme. Tan enorme, que he tenido que dividirlo en dos partes. Esta primera parte ha sido un preludio para la segunda, así que lamento haberles dejado el rollo a medio cortar, justo cuando comenzaba la parte emocionante, "la cacería". Porque las cartas se han volteado para el equipo, de alguna manera Snow ha logrado echarle el guante encima a Haymitch y a Finnick, tiene al alcalde entre la espada y la pared, y suficiente poder como para acabar fácilmente con Gale, Katniss y Peeta. Pero ya veremos qué pasa… :)

Quiero agradecerles sus reviews a algunas chicas:

sai: aquí está, el problema que tenía que pasar. Las cosas están feas para el equipo, pero después de la tormenta viene la calma ;) y más tarde o más temprano, Snow recibirá su merecido… gracias por comentar!

Luna: GalexMadge? Puede ser, jajaja… lo que sí te puedo decir es que en el próximo capi habrá algunas sorpresitas respecto a esos dos. Y tienes razón, Gale no es malo, y en este capitulo trato de darle un poco mas de profundidad al personaje, sobre todo respecto a los problemas que tuvo con Katniss en el capi pasado. Espero que te guste! Y gracias por tu review 3

X: Katniss es bastante obstinada, y Peeta puede llegar a serlo aún más, pero los dos se quieren, y creo que este capítulo ha dejado bastante claro que toda resistencia es inútil, cuando llega la hora de la verdad. No te preocupes, que yo también soy Katniss&Peeta 4EVER xD y aunque se resistan, pronto todo se solucionara. Snow nunca planea algo bueno, y en este capitulo todo el juego se ha torcido a su favor. No quiero spoilear nada del próximo capitulo, así que dejaré esta respuesta hasta aquí y la intriga intacta, y tendrás que esperar la próxima parte para descubrir qué pasara. ¡Gracias por tu review! Y lamento haberte hecho esperar tanto por este! Gracias por todos tus buenos deseos :)

Gpe 77: gracias, gracias, gracias por tus palabras. Aunque lamento haberte tenido esperando tanto tiempo :( a veces la vida se opone a que uno escriba, pero lo importante es que me al final lo he logrado, y aquí te traje un capi que espero resuelva muchas de tus dudas. Snow sigue tramando cosas terribles, y Peeta y Katniss aún están aprendiendo a lidiar con sus problemas, pero como ya dije, estamos en la recta final, y pronto todo se solucionará ;) Espero que nos sigamos leyendo y que te guste este capi.

Y ahora sí, me despido de todos, y les prometo que la segunda parte estará lista pronto, pronto ;) aunque dicen por ahí que los autores son más productivos bajo reviews, ehm, quise decir bajo presión…

¡Besos!

Mariauxi.