PRIMERA PARTE
EL PORTAL DEL TIEMPO
Capítulo VI - El invitado de la reina
1
En su camino hacia el castillo, observó la catedral de la que Toma habló; jamás había visto en su época aquél lugar. Sin sorprenderse ya, supuso que quizá dentro de poco sería tirada abajo por los ejércitos de Magus, pues dudaba en que la gente cometiera el sacrilegio de destruir un templo Santo. Sintió pena, el lugar tenía una bella fachada, era una lástima el que ya no existiera más en su época.
Anduvo vagando por el bosque, cuidándose por lo que pudiera aparecer entre los árboles y los arbustos. De los diversos rumores que se corrían, se hablaban de muchos místicos permaneciendo ocultos tanto en los cañones de Truce como en el bosque Guardia, aunque ellos eran lo de menos. El bosque estaba lleno de otras creaturas peligrosas, como los rolly's (esas pequeñas pelotas verdes carnívoras que aún en su tiempo merodeaban por ahí). Tuvo que pasar con cuidado cerca de un árbol, para que los buitres que estaban ahí no se alebrestaran, pero igual lo hicieron dejándose ir sobre un pobre Kilwala que corrió desesperado de entre los arbustos sobresaltando a Crono.
Yéndose con cuidado, en dos horas a pie llegó a la entrada del Castillo, se sentía aliviado de estar ahí al fin, ahora era una nueva perturbación la que traía en mente. En su recorrido estuvo pensando la forma de solicitar ver a los presos para buscar a Marle, sin que lo creyeran en complicidad y lo arrestaran a él también. Sobre todo le preocupaba el estado de conmoción en que se encontraría su amiga de estar ahí, sola en una celda, confundida y asustada, sin poder comprender lo que ocurrió cuando probó la máquina de Lucca por diversión, convirtiéndose en tragedia el final.
El puente estaba abajo, pero las gigantescas puertas del castillo cerradas, de pronto se abrieron para permitirle la salida a un grupo a caballo. El muchacho se hizo de prisa a un lado para no terminar debajo de los cascos de las extraordinarias bestias. Galopaban a toda marcha hacia el bosque, probablemente hacia otra batalla. Cuando se disponían a cerrar de nuevo las puertas, Crono de nuevo se echó a correr al instante logrando entrar.
Ahora estaba por primera vez en el patio del castillo, y muchos soldados de reserva, y ciertas personas nobles andando por ahí entre los establos lo vieron con sospecha. Sintiendo las miradas puestas sobre él, nervioso intentó aparentar normalidad caminando a paso rápido hacia las escaleras principales al fondo, por las que podría entrar directamente al castillo; estaba a punto de lograr su objetivo cuando aparecieron dos guardias bloqueándole la entrada.
—¡Alto ahí! ¡Quién eres tú y cómo entraste a estos terrenos!
Los guardias, prevenidos estaban apuntándole con lanzas. Tragando saliva, el muchacho respondió:
—Yo… mi nombre es Crono Degjel. Abrieron las puertas y entré, no creí que tuviera algo de malo, señores.
—¿Cuál es tu asunto, niño? ¿Acaso eres un espía de los místicos? —Preguntó con sorna uno de los guardias.
Su compañero hizo una mueca de gracia.
—Por favor, a este muchacho lo hubieran devorado en un dos por tres esos monstruos. Responde, ¿qué asuntos te traen al recinto real?
—Mi asunto es… vine a buscar a alguien que quizá haya sido apresado por equivocación en los cañones de Truce —contestó avalentándose ante las burlas de esos individuos.
Con rapidez, uno de los soldados bajó hasta donde se encontraba, tomándole desprevenido por el cuello y mostrándole los dientes mientras su compañero reía con frialdad.
—¡Ha, sí! ¿Qué te pasa niñito? ¿Viniste a buscar a tu mamá?
La gente en los alrededores veía con cierto interés la escena. Crono lo miraba con rabia, soportando el dolor en su garganta para no darle el gusto de demostrarle lo mucho que lo lastimaba. Entonces el hombre observó la mano del chico sobre la empuñadura de su espada de madera en su cinturón. Eso le produjo gracia.
—¿Qué piensas hacer con ese mondadientes? ¿Pegarme hasta que me porte bien?
Crono se mantuvo desafiante.
—Pide que abran las puertas —indicó a su compañero sin desapartar la mirada del muchacho—. Voy a bajar con este mocoso al bosque para enseñarle lo que es el respeto.
—¿Por qué no me enseñas lo que es el respeto aquí mismo? —le espetó Crono con frialdad. El guardia enfureció ante su osadía de retarle.
—Porque no quiero que tu cochina sangre manche el suelo donde pisan los caballos reales.
—¡Deténganse ahora mismo!
Ante aquellas palabras, ambos guardias palidecieron llenos de temor; el que sujetaba a Crono lo soltó de prisa dándose la vuelta en posición de firmes, la rapidez del movimiento tiró al muchacho al suelo. Crono no entendió a dónde había ido el valor de tan arrogantes sujetos. Levantó la mirada y observó ni más ni menos que a la reina Leene en persona, sobre escaleras frente a la entrada principal del castillo; la mujer miraba a los soldados de manera altanera tras el abanico con el que ocultaba medio rostro, y aún así su semblante se percibía severo, pero sin perder su porte regio.
—Su majestad. Lamentamos que haya visto esto —se disculpó el guardia arrodillándose al pie de las escaleras—. Es solo un vagabundo que intentaba colarse en el palacio, pero en este momento lo llevaremos en castigo a las mazmorras, o si lo prefiere lo sacaremos de los terrenos del castillo con vuestro permiso.
—Permiso denegado, señor. Sucede que mientras venía para acá escuché los asuntos de este joven. La situación es dura, lo sé. Pero no es motivo para andar arrestando a personas inocentes, cuyo único delito es intentar encontrar por todos los medios necesarios a las personas que han perdido a causa de la guerra. Ustedes son los que deben de ofrecer sus respetos a este caballero por sus loables acciones, y hay de aquél que se atreva a ponerle un dedo encima, pues se las verá conmigo. ¡Han entendido!
Tanto Crono como los soldados la miraron boquiabiertos. Algunas personas a su alrededor vitoreaban en silencio las palabras de su alteza. Durante su perorata, la voz de la reina se notó ligeramente áspera.
—Pero Mylady, este chico resulta un tanto sospechoso —insistió un guardia—. No podemos tampoco dejar que la chusma se ande paseando a sus anchas por los terrenos del castillo.
La respuesta de ella fue una mirada todavía más severa.
—¡Osas desobedecerme!
—¡No, su majestad!
—Bien. Entonces permítanle la entrada, aliméntenlo, vístanlo y ofrézcanle descanso en los aposentos de los soldados. He decidido convertirlo en mi invitado.
—Sí, su majestad.
La reina se dio la vuelta cortándoles el aliento a todos. Aunque confundido, Crono no dejó pasar la oportunidad que se le presentaba; agarrando valor se puso de pie y habló antes de que la reina entrara al castillo.
—¡Su majestad! Lamento importunarla, he viajado muy lejos buscando a alguien que quizá hayan aprendido por error. Solicito su permiso para buscar entre sus prisioneros a la persona que busco.
Hubo una pausa, en la que uno de los guardias estuvo tentado a pegarle un puntapié por su atrevimiento, pero siendo un invitado de la reina, el hombre ya no quería buscarse más problemas que le ameritaran castigo. La reina dudó antes de responder, aún dándole la espalda le dio una noticia inesperada.
—Los prisioneros resultaron ser terribles bestias disfrazadas, espías de Magus. Fueron ejecutados por orden del rey. Me parece que la persona que busca no estaba con ellos, Crono Degjel.
—Pero… bueno. Agradezco su invitación, majestad. Más no puedo quedarme. Tengo que buscar a mi acompañante.
—No se lo puedo permitir, señor. Si se rehúsa a ser mi invitado, me temo que entonces permitiré su aprensión —esto hizo sonreír al guardia al lado del pelirrojo—. Además, ¿tanta importancia tiene para usted su acompañante?
—Perdone mi atrevimiento, su majestad. Sí la tiene. Por lo que ruego de nueva cuenta me permita seguir en mi búsqueda. He venido por ella y no pienso dejar de buscar por estas tierras hasta encontrar a mi doncella.
—¿Su doncella?
La reina hizo un movimiento extraño, como si hubiese pensado en darse la vuelta para encararlo cara a cara, pero fue un momento muy breve y su semblante continuó indiferente.
—Sí, su majestad. Mi doncella —contestó el joven muy seguro de sí mismo, ignorando el hecho que aquella era la primera vez que se dirigía a alguien de la realeza, siendo él tan solo un campesino sin padre del pueblo.
La reina guardó silencio unos segundos antes de contestarle.
—He dicho que esta noche la pasara en el castillo. Mañana por la mañana, le pido se reúna conmigo en mis aposentos para discutir sus demandas —alza la voz—. Guardias, traten a mi amigo como lo harían conmigo, pero no lo dejen partir.
Al terminar, la reina cruzó al interior del castillo, y Crono casi pudo jurar escucharle una risilla antes de retirarse. Nuevamente estaba con los guardias, sólo que no había ninguna agresión por parte de en esta ocasión; por el contrario, el que deseaba llevarlo afuera, frustrado, hizo una seña a su compañero para que se mantuviera en su puesto, y a Crono le indicó:
—Por favor, joven Degjel. Acompáñeme al comedor.
—¿Para qué?
—Las órdenes de nuestra reina fue que le atendiésemos. Debería de sentirse privilegiado, la reina Leene le llamó "amigo". Cualquiera envidiaría ello.
—¿Eso significa que ya no me echaran de aquí a golpes?
—Siga hablando y seguiré considerándolo.
