Todos los miembros del grupo ensayaron y estudiaron sin descanso para aquella fiesta. Cada uno debía saber y comportarse con seguridad y aplomo. Habían estudiado sin parar las normas de etiqueta, recitado de memoria los pasos de baile, aunque una vez puestos en práctica dejaban bastante que desear. Zuko trataba de enseñar someramente ciertas cosas, mientras que a otras les daba la más alta importancia; como en los modales tradicionales del Reino Tierra. Podrían ser descubiertos si no se comportaban como el resto.

Ya de noche, nuevamente alrededor de la fogata conversaron sobre lo que harían al día siguiente. Era el Festival del Cuervo.

-Vamos a las luchas, yo me ofrezco para pelear de nuevo, y con el premio retoman las compras que faltan –Decía Toph, empecinada y emocionada por volver a machacar cráneos.

-El festival empieza a las ocho de la tarde, y la primera pelea es a las cinco, por lo tanto, para cuando derrotes a todos y llegues a la semi final, serán las nueve, y a esa hora las tiendas están cerradas. –Explicó Sokka rascándose la cabeza, desesperado por una solución.

Debía haber alguna forma para asistir en conjunto al maldito pero delicioso festival. Él y Sukki habían logrado comprar lo necesario para disfrazarse, todo gracias a Toph ─al tener nulo poder el usar el apellido Bei Fong para conseguir una rebaja─, donó parte de su dinero para que ella lograra comprar el vestido.

Aang había comprado un traje muy variopinto que no le sentaba tan de maravillas como él creía cuando lo mostró al grupo.

Todos acordaron en que no debía usarlo. Atraería demasiado la atención. Había sido una compra inútil, pensaban con resignación, aunque nadie lo expresó en voz alta para no pasar a llevar sus ideas sobre moda.

Zuko, por su parte, sabihondo en el tema de la etiqueta y eventos sociales de alcurnia, encontró la vestimenta adecuada incluyendo los zapatos y una camisa por un costo proporcional a la calidad; aquel ropaje no duraría para dos o tres ocasiones más sin terminar raída de forma insultante.

-Vayan ustedes, no es imperioso que ni Aang ni yo acudamos, ¿verdad? –Cambió su discurso la chica ciega repentinamente.

Aang asintió con la cabeza, aunque sin poder disimular la decepción.

-Es verdad, chicos, vayan ustedes. Si el tiempo estuviera a nuestro favor... -Y dejó la oración inconclusa, para luego encogerse de hombros y empezar a devorar la cena, pusilánime.

Y el plan quedó delimitado a la asistencia de Sokka, Zuko, Suki y Katara. Asistirían en grupo los cuatro, y no como parejas como se empecinaba en decir Toph.

-Vamos, no te desanimes, sabes que eso de la piedra es una mentira para ocultar juegos de poder –Soltó Zuko cuando ya casi todos se habían ido a dormir.

-Lo sé... pero aún así quería ir con ustedes... -Aang se mantenía necio y negativo.

Zuko no supo qué más decir. Al fin y al cabo nada lo haría cambiar de sentir. Si hubiera estado en su lugar, también se encontraría decepcionado y molesto. Un evento así, aunque fuera de estirados, como Toph escupía con escarnio, era un excelente escenario para enterarse de muchas cosas. Y ver otras más. Vivir diferentes experiencias. Era novedoso y nuevo para todos, salvo para él, por supuesto.

Para el príncipe ese festival era como recordar lo bueno de su vida. Si no era lo único bueno.

-Estás espléndida –Elogiaba Katara a Suki, mirándola caminar con un vestido vaporoso que le favorecía de maravillas, horas antes del festival-. Te comerán. –Rió divertida y con admiración. Conociendo a su hermano, él lo catalogaría como escandaloso por decir lo menos.

-Tú también te ves preciosa –acotó la guerrera Kyoshi con seguridad, mientras se sentaba al frente de un tocador austeramente improvisado dentro de la tienda para terminar de peinarse-, ese vestido combina maravillosamente con tus ojos.

Ella agradeció con una sonrisa nerviosa. Su vestido era de seda tornasolada en color azul, ajustado y tan delicado que daba la sensación de que un ligero roce podría disolverlo. Tenía cierto efecto etéreo que simplemente la enamoró apenas se lo probó. Sin embargo, eso había sido ayer, y hoy se sentía diametralmente contrariada y hasta arrepentida de su elección.

Era atrevido. La espalda, los hombros, los brazos, el pecho. Demasiado pecho.

-No.

Katara empezó a desembarazarse de él, preguntándose por qué demonios había pensado que ponerse eso sería buena idea.

Maldito principito, había nublado su discernimiento tras lo sucedido en los vestidores.

-Recuerda lo que dije: sin quejas. Tú me pediste consejo, y yo te lo di. Y ese vestido es la prueba de eso.

Suki la miró ceñuda a través del espejo.

De pronto ingresó Toph bruscamente abriendo las puertas de la exigua tienda, sobresaltando a ambas chicas.

-¡Vamos, de prisa! Llevan años, ¿qué les toma tanto tiempo?

-Me-me cambiaré... -Soltó Katara, pasando por alto a la bandida ciega.

-¡Que no! Estás despampanante, ¡mírate!

Katara lo hizo, y lo único que vio fue piel. En torno a su cuello se unían unos delicados filamentos de seda entrelazados que sujetaban, de forma invisible, el vestido a su cuerpo.

-Me siento muy expuesta.

-Estás impresionante –afirmó Suki, mientras terminaba los últimos detalles de su complicado peinado.

Toph silbó y Suki rió. Katara sin encontrarle la gracia al asunto, continuó mirándose al espejo, intentando con todo su ser dejar de sentirse tan acomplejada.

-Si Suki lo dice, significa que tu hermano hará una buena escena hoy –Observó la maestra tierra sentándose en el piso de la tienda con tranquilidad-, demórense lo que deseen, valdrá la pena.

Katara dio unos pequeños tirones al vestido para asegurarse de que ninguna mano descuidada pudiera arrancárselo durante la festividad.

-¿Y es tan necesario que vaya?

-Deja de quejarte, la pasaremos bien -Susurró algo a Toph.

Haciendo un mohín, la ojiazul soltó de malas pulgas:

-Dejen de conspirar –se quejó-. ¿Puedo cubrirme o ponerme al menos algo encima?

-No –Respondieron al unísono Suki y Toph.

De pronto la voz de Sokka resonó con amplitud, instándolas a apresurarse.

-Toma –la novia de su hermano le tendió entonces una máscara con presteza- Cúbrete con esto.

-Ah, bueno, ahora me siento mejor –Contestó la chica una vez con el antifaz puesto, irónica.

El festival del Cuervo era una mascarada, un ocúltate y juega a que te descubran. Era la única noche del año dedicada a divertirse pagada por patrones ricos. Era sólo disfrutar y fingir que no había otra preocupación en la tierra. Pero para Katara, esa noche no le traía más que impaciencia. Se sentía nerviosa, ansiosa, propio de una situación desconocida. ¿Y si los descubrían y los capturaban?, las perspectivas menos terroríficas que también se le venían a la menta era hacer el ridículo, tropezar y caer, u olvidar las enrevesadas reglas y no saber cómo comportarse delante de toda esa gente adinerada le aceleraba el ritmo cardíaco.

-No entiendo, ¿acaso no elegiste tú misma el vestido, Katara?

-Sí, lo eligió ella –Respondió en su lugar Suki, mientras mezclaba unos ingredientes para el maquillaje a usar.

-¿Y ahora por qué no te gusta?

-Cambié de opinión.

- ¿Es porque Zuzu lo pagó?

Katara, quien había decidido sentarse al lado de Suki para que la maquillara, se paró como un resorte con el antifaz de plumas negro azabache en la mano:

-¡No, y ya para con las preguntas, me estás poniendo de los nervios!

-Vamos Katara, siéntate y déjame hacer mi trabajo. Toph no volverá a molestar, ¿cierto? -Regañó la guerrera Kyoshi mientras se ponía manos a la obra-, ¿y quién es Zuzu, por cierto?

-Un apodo tonto que debió ponerle ella, supongo –Replicó Katara sin importancia. Con un suspiro, se entregó a los cuidados de su amiga, deseosa de poder verse tan bella como ella, y quizá así conseguir más seguridad. Parecía una princesa.

-Está bien –accedió la muchachita ciega-, sólo quería entender qué problema había con tu dichoso vestido... –hizo una pausa, y luego añadió:- Oh, ya entiendo... ¿Zuzu te vio y no le gustó?

Katara sólo revoleó los ojos pero no dijo nada, inmovilizada por tener a Suki maquillándola. Permitió que perfilara sus ojos y coloreara sus labios con pasta de pétalos de rosa.

-Suena ridículo, Toph... Zuzu –Dijo Suki repitiendo el nuevo nombre para sí muy divertida.

-Tan ridículo como él... -acotó Katara, cediendo al deseo inexplicable de hablar, pese a tener a su amiga con un pincel a centímetros de su ojo- bien hecho, Toph.

-Congratula a Azula –espetó la bandida ciega con malicia en el rostro-, el viejo Iroh me contó que su hermana es quien lo llama así, y es lo que más detesta en el mundo...

Qué interesante, pensaba con sarcasmo, sentada y sintiéndose como una estatua, decidida a no exteriorizar su opinión ni arruinar el hasta ahora impecable trabajo de Suki. Ojalá Toph terminara pronto con su chisme y así ella podría volver a pasar por alto la existencia del hermano de la ingeniosa loca.

-Ya está... Lista –Anunció Suki tras largos y tediosos minutos que sólo la llenaron de ansiedad producto tanto como de la narración de Toph, como del evento que se aproximaba a cada segundo.

La maestra agua se miró y su reflejo le sonrió.

-Estás preciosa, lo digo en serio –le frotó el brazo con cariño la guerrera Kyoshi-, no estés insegura. Todo saldrá bien.

Katara asintió, contagiándose de su positividad.

-Esto, por supuesto, tendrá que guardarse –Casi ordenó agarrándole el collar que le rodeaba el cuello.

-No –Dijo cerrando la mano en torno a él, Katara.

-Sólo por hoy –suplicó la guerrera, sonando muy persuasiva-. No es adecuado para la ocasión, Katara.

-No me lo sacaré –Respondió ella con firmeza, y su tono de voz fue suficiente para disuadirla.

-Está bien –cedió finalmente-, pero algo debo hacer...

Katara sabía que su collar no era hermoso ni elegante, y resultaba obvio que no hacía justicia a su escote, pero no le importaba. Esa noche la tenía ansiosa, y el colgante de su madre aplacaba un poco ese caos interior.

La risa burlesca de la bandida ciega inundó la pequeña tienda. La ignoró lo mejor que pudo, desgraciadamente no era un sonido muy dulce . Volvió a concentrarse en Suki y en cómo continuaba mirando afligida su escote. De pronto, la vio abrir un bolso donde comenzó a rebuscar entre ungüentos.

-Esto ayudará.

Regresó con un polvo en un pequeño recipiente y una mediana brocha de madera con pelo suave, y antes de que la morena supiera lo que estaba ocurriendo, Suki había espolvoreado su pecho, su cuello y sus hombros con algo brillante.

-¿Qué es esto?

-Polvo de estrellas –Contestó Suki con una sonrisa.

-Claro. Ahora en serio, ¿qué es?

Con la yema de los dedos tocó su piel tratando de descubrir a qué olía ese polvo brillante y desconocido.

-Ya te lo dije, es Polvo de Estrellas.

-Es azúcar, ¿verdad?

-¡Toph! ¡No arruines el misterio!

Katara ceñuda y desconfiada, trató de sacudírsela pero era tan fina la partícula que se pegaba a su piel:

-¡Suki! ¿pero qué demonios... ?

-Azúcar en polvo es lo que las mujeres de alta sociedad utilizan cuando planean que alguien las pruebe –Explicó Toph con aires de sabelotodo. Movía los dedos de los pies en hileras, notoriamente de acuerdo con la situación.

-¡Pero bueno! ¿son abejas o mujeres? –Katara ya se había puesto de malas pulgas. Como si no fuera suficiente salir de su zona de confort usando una vestimenta que no era la usual, ahora debía andar por ahí como un dulce listo para ser devorado por mosquitos y criaturas voladoras. Su brillo revelador bien podría ser un cartel que dijera lámeme.

-Es tradición de las mujeres del Reino Tierra para hacer lucir la piel más bonita, Katara ¿es que no escuchaste a Zuko?

-Seguramente lo menos que hace es escucharlo... -Murmuró por lo bajo Toph, a sabiendas que a esa distancia aún sus palabras llegarían a los oídos de la aludida.

La maestra agua permanecía fija frente al espejo mirando su imagen durante largo rato, absorta a todo. Se sentía todo irreal, o más bien como a una ensoñación. Y presentía que algo estaba por ocurrir. El destino esa noche se desplegaría en todo suesplendor.

-Si no encontramos la piedra no será el fin del mundo, recuerden eso –decía Sokka con voz entrecortada, apresurándose en el camino- piensen que si es muy atrevido o temerario, no deben exponerse... No se arriesguen, por favor.

-Exacto, no vale la pena –Acordaba Zuko también, caminando a su lado, directo al evento del festival. Atrás de ellos iban las dos muchachas cada una ataviadas elegantemente. Había decidido nunca jamás mencionar el tema de los vestidores con nadie. Y esperaba que la muchachita salvaje hiciera lo mismo. Olvidar todo.

Nunca mencionaría ni pensaría en el hervidero que había sentido dentro de las venas, en aquella fulguración que su cabeza había albergado al imaginar a ese maestro Tierra colonizando lugares que no debía. No tenía por qué. Ni él ni nadie.

-También pensaba divertirme, de todas formas –soltaba con despreocupación por su parte Suki, aburrida de la perorata- nunca suelo estar así de arreglada y guapa, ¿sabes? –Murmuró lo último sólo a Katara.

Zuko y Sokka no comentaron nada más. Ambos estaban expectantes y deseos de llegar. Tenían certeza que esa noche les traería un buen número de aventuras. Mientras mantuvieran las apariencias no iba a ser difícil sobrellevarlas. Ya habían practicado lo suficiente.

¡Hasta el baile!

El baile trataba de una pieza musical de diez minutos destinada a ocasiones especiales y ceremoniosas que se llevaba a cabo en la calle principal de cada ciudad o pueblo antes del banquete principal. En este caso, sería en unos de los jardines amplios dispuestos por los terratenientes. La costumbre era bailar a lo largo de todo el recorrido, cambiando de una pareja enmascarada a otra hasta llegar al salón donde un opíparo banquete estaría esperando al público bailante. Zuko la trató de enseñar a grandes rasgos en las pocas horas previas a la celebración.

Haber practicado el baile con la morena fue desquiciante. Y las noches desoladoras mucho peores. Naufragaba en anhelos imposibles.

En silencio los cuatro jóvenes continuaron en dirección a la mansión de los terratenientes patrocinadores. Cada uno llevaba un vino de mediana calidad, sabiendo que eso era considerado un acto de muy alta alcurnia. Significaba que podían costearse tanto la vestimenta, como un aporte significante, sin terminar en deudas e hipotecas. Siendo considerados más o menos ricos, serían el blanco de menos sospechas y podrían mezclarse...

¿Qué tan difícil podía ser?

Cuando la morena ojiazul llegó a su lado mientras esperaban en filas de a dos en la fría, impecable y lujosa entrada, Zuko espetó:

-¿Le pasó algo a tu ropa habitual?

Y es que se veía extremadamente atractiva. Bella y exótica. Acababa de despertarle todos los instintos más primitivos. Casi no podía apartar la mirada de ella. Se sentía completamente sin palabras.

Katara llevaba el cabello semi recogido, pues había dejado varios mechones oscuros que se le escapaban del peinado para enmarcar su rostro. El aspecto general del peinado parecía hacer destacar aún más la delicadeza de sus rasgos. Sus labios relucían tentadores, con un brillo color cereza, y se había puesto una sombra en los ojos que los hacía parecer más grandes y más azules que de costumbre. Tenía unos discretos colgantes en las orejas que le daban un aspecto elegante y distinguido.

Zuko tuvo la seguridad que sería una noche muy larga.

Mientras avanzaban al salón con garbo, y tras haber anotado sus falsos nombres y fingir que asistían como pareja ─hecho que le omitirían a Toph más adelante─, Zuko notó que la mano le temblaba.

Llegaron a la zona del primer salón donde se reunían los invitados antes de empezar con el magnánimo festival. Había comida típica del Reino Tierra dispuesta en preciosas mesas con manteles confeccionados en verde con hilos de oro, e innumerables copas con bebidas de colores y adornos finos.

-De hecho, sí, algo sucedió con mi ropa –Replicó ella una vez quedaron a solas al lado de una mesa-, quiero verme sofisticada y guapa.

Zuko frunció el ceño y permaneció en silencio, tratando de decidir lo que tenía que hacer. Una parte de él no hacía más que pensar lo bien que estaría con aquella maestra agua tumbados en la cama.

¿Había elegido ella aquel vestido para que otros la contemplaran?

Se sintió atenazado por los celos. Los ojos se le salían de las órbitas mientras observaba el sugestivo escote y la curva sensual de esa cintura que podía dibujar aún dormido. Un fuego conocido pareció encendérsele en el pecho y el calor no demoró en extenderse por todas sus terminales nerviosas.

-¿Llamas a eso sofisticado... ? –Le preguntó con voz ronca siguiendo con la conversación minutos después, o así le pareció.

Ella le sacó la lengua, infantil. Sokka también había reaccionado de sobremanera cuando ella y Suki salieron de la tienda de campaña listas para la festividad horas antes.

Zuko prefería no pensar en todos los lugares en los que podría querer sentir aquella lengua viperina.

-¡Claro que lo es! Sé que estoy muy bien, aunque te empeñes en hacerme sentir lo contrario.

-Bien no es la palabra que yo utilizaría.

-Está bien, estoy impresionante.

-¿Y quién lo dice? ¿Tú?

-Venga, veo que estás mintiendo. Sé un hombre y admítelo –Le desafió Katara, evidentemente disfrutando con aquella conversación.

No habría mostrado tal seguridad en sí misma si no hubiera sido por los incontables piropos de Suki, y la mirada reiterada de varios hombres alrededor. No era tan distraída como para ignorar que estaba llamando la atención más de lo que esperaba.

Y no sabía muy bien cómo sentirse al respecto.

-Soy un hombre, y lo admitiría de buen grado si no estuviera tan ocupado buscando el resto del vestido. ¿Y bien? ¿Dónde está el vestido?

-¿No te gusta? –preguntó ella entonces con cierta inseguridad asomando-. Bueno, de todos modos no me lo he puesto para impresionarte a ti –Añadió encogiéndose de hombros.

Con eso, se dirigió hacia un recipiente con un líquido de color vivo y tras inclinarse sobre la mesa para sacar una copa larga y delgada de vidrio, Zuko la siguió.

Observó cómo el vestido se le ceñía al trasero cuando se inclinaba hacia adelante. La boca se le hizo agua. Tenía un aspecto tan dulce y tan delicioso que estaba salivando como si fuera un perro.

En un tiempo borrascoso donde lo carnal fue la medicina paliativa al constante golpe de la humillación por el destierro, había tenido largas piernas rodeándole el cuerpo y senos que llenaban sus manos, pero nunca antes se había sentido tan excitado.

Necesitaba a Katara tan desesperadamente que se sentía a punto de morir de deseo. Ansiaba acariciarla y borrar todo rastro y huella que no fuera la propia de su piel caliente. Anhelaba soltarle el cabello y ver cómo los mechones oscuros le caían para acariciarle las delicadas curvas de los hombros y de la nuca. Quería hundirse en aquel escote y bajar lamiéndole la piel con el pretexto de probar ese dulce brillo que la cubría, hasta llegar al centro de su ser y quería permanecer allí, toda la noche, bebiendo y dándose un festín, adorando cada centímetro de su feminidad. Quería hacerla enloquecer de placer.

Sabía que ella buscaba elogios aquella noche, y más que nada en el mundo, él deseaba dárselos.

Deseaba eso como también deseaba quitarle aquel vestido con los dientes y recorrerle los dedos de los pies con los labios e ir subiendo por los finos tobillos y las esbeltas piernas hasta llegar a los muslos. Ahí, recorrería a placer las caderas y la cintura, para luego subir hasta los cremosos y abultados pechos mientras enterraba los labios entre las piernas y se intoxicaba con su embriagador sabor.

Sin embargo, no haría nada, porque ella y él no tenían nada en común más allá de las ganas de vencer en aquella guerra. Vaya enfermo que era. Aquella era una misión disfrazada de un buen rato, y no debía olvidar que buscaban una respuesta a su sueño premonitorio.

Definitivamente no había vuelta atrás. Sus infernales pensamientos estaban desatados y tener a esa chica tentándolo constantemente tampoco ayudaba a menguar el calor que sentía su interior.

-Sé que me estás mirando, Zuzu –Dijo Katara con voz cantarina. De pronto se sentía poderosa y atrevida.

El joven se apoyó contra la mesa de cóctel y trató de recuperar la compostura con rapidez, pensando en la recién adquirida desenvoltura de la joven.

-Estás dejando al descubierto tanta piel que me preocupa puedas caer enferma -y luego añadió entre dientes-. Y no puedo creer que Toph no pueda guardar un maldito secreto.

Ella se dio la vuelta muy sorprendida, con una copa a medio llenar. Entonces, echó la cabeza atrás y soltó una carcajada.

-¿De verdad? ¿Tanto te preocupa mi salud o es más bien tu ego y el hecho de que ni siquiera puedes admitir en una ocasión que no estoy tan fea?

-Si no quieres que te estén acosando toda la noche, te sugiero que por lo menos te cubras con algo –Dijo, esperando que su voz sonara como la de un buen amigo. Era una mejor estrategia.

-Pero si hay más de treinta grados ahí fuera, ¿por qué iba a ponerme algo encima? No seas bobo, Zuzu –Bebió un trago y gimió de placer. Dulce y refrescante.

Zuko le miró los pechos con la intención de que ella se diera cuenta. El hecho de que ahora ella estuviera en conocimiento de tan horrendo apodo, no equiparaba en lo mínimo, la visión de la morena siendo el blanco de atención de imbéciles aspiracionales mimados.

-¿Acaso necesito recordarte que acudimos como pareja? Eres propiedad mía y no voy a consentir que esos canallas... t-te miren.

Tras esa inspección visual, muy sonrosada pero bien oculta por el antifaz, Katara pronunció tras beber un sorbo del contenido frutal de su copa para disimular una ola de nerviosismo abrumante que se aproximaba:

-Mido un poco más de metro y medio, y soy prácticamente invisible, Zuzu. Nadie me va a mirar a excepción, espero, de algún chico que me guste, por supuesto...

Zuko estuvo a punto de perder la compostura que tanto le había costado recuperar.

-No me he metido en esto para hacer el papel de estúpido, Katara. ¡Se supone que eres mi chica!

Ella tenía una expresión divertida en los ojos.

-Bueno, al menos podrás ejercitar tus músculos un poco mientras te enfrentas a los que quieran algo conmigo, ¿te parece? Sólo recuerda no usar fuego... –Bromeó con más ligereza, paseando la vista por rededor.

Zuko dio un paso hacia adelante con presteza, sin avisar, y Katara se sintió temblorosa como respuesta anticipada. Cada vez se acercaba más, y cuando se inclinó sobre ella, el corazón volaba acelerado en su pecho. No obstante, Zuko movió el brazo y cogió una copa que estaba a sus espaldas.

Escrutándola bajo el lustroso antifaz, soltó:

-Claro que lo haré, ¿sabes por qué?

-Ilumíname, Zuzu.

-Porque nadie se mete con lo que es mío.

-¡Por Dios! –Exclamó ella incrédula, y quiso soltar una burlesca risotada para descartar de sopetón esa idea tonta cuando se dio cuenta que en ningún momento la había mirado a ella.

Algo más había llamado su atención. Su mirada de fuego estaba posada en algo a sus espaldas. Cuando se iba a voltear curiosa por descubrir el motivo de su interés, Zuko la tomó del brazo con posesión, y acercándola a él de modo que casi se rozaban, susurró:

-Ahora vas a comportarte como si fueras mía y las gracias me las darás después. Y yo que tú pararía ahora mismo con los apodos, Princesa de Azúcar.

Katara lo vio alejarse en dirección a Suki y su hermano que recién llegaban al salón, emocionados y exclamando que la fiesta prometía. Muy molesta, pues él había ganado esa ronda, y sin entender a qué había venido la otra parte de su discurso, se dio vuelta para apoyar la copa en la mesa para encontrarse con un par de ojos grandes y castaños mirándola con alegría.

-¡Hola, qué gusto verte de nuevo!

La ojiazul quedó patidifusa en el lugar, sin poder recordar quién la saludaba. Era una mujer vestida de tal forma que la palabra buen gusto no llegaba a su nivel. Cada detalle en ella había sido estudiado a la perfección, luciendo extraordinaria. La tela de su vestido denotaba gran riqueza, y reparó con admiración la belleza del colgante que usaba. Sobre el punto en que se unían sus clavículas, colgaban unas finísimas cadenas de oro con diminutas lágrimas de cristal que titilaban con la luz.

Sin embargo, ante el atisbo de ese pelo castaño que inundó su vista, a su mente llegó el recuerdo que se configuró a ese rostro.

-Ya Shu, del Reino Tierra... así me llamo –Agregó ante tales segundos de silencio que le prosiguieron.

-H-hola, soy Katara... -Continuó la ojiazul, dubitativa y en alerta. ¿Cómo la había reconocido ella entre la multitud? ¿Su antifaz acaso no le era útil?

-Son tus ojos, ¿sabes? –replicó de pronto la castaña, con alegría- algo tienen que no te olvidas de ellos –Piropeó con amabilidad.

Katara pensó en la posibilidad de que estuviera siendo endulzada a propósito.

-¡Qué alegría verte de nuevo! Mira tú la suerte de coincidir en este festival. Ven, te presentaré a unos amigos... -se vio conducida por la parlanchina a lo largo del salón sin poder poner mucha resistencia-, a él ya lo conoces, claro, el muy desubicado...

Y de pronto entendió las palabras de Zuko.

Ahí estaba el mismo chico alto y de pelo oscuro que había soltado aquel comentario tan poco apropiado en aquel barrio bohemio, mirándola inefable, con un antifaz gris metálico en la mano luciendo tan sorprendido como ella.

N/A: Espero les haya gustado, escríbanme qué tal! Y gracias por la preocupacion; soy la misma de Wattpad ;)