Capítulo 21: Decisión

Jeremy se despertó aquella mañana especialmente agotado. La situación le empezaba a consumir. Aquello tenía que tratarse de una broma macabra o algo por el estilo. No podía ser real. Procuró no mirar al otro lado de la cama, donde habitualmente estaría Aelita, pero ahora llevaba semanas sin verla. Lo único que sabía de ella era que estaba a salvo, gracias a aquel pelirrojo de nombre Richard. Pero aquello no le bastaba.

—Buenos días, Jeremy —saludó Anthea.

Ella se había mudado temporalmente con él. Al señor Delmas no le había gustado especialmente aquello, pero sabía que no podía impedirlo. Anthea quería mucho a su hija, y tenía un cariño especial por Jeremy, a quien consideraba que la había cuidado durante su larga ausencia.

—No son buenos… desde hace mucho no son buenos —dijo el chico, sirviéndose un café.

—Piensa que hoy no hay que trabajar… —comentó ella, intentando distraerle.

—Día que podría aprovechar para ver a Aelita. Si supiera dónde está —dijo él con fastidio. Se sentía fatal por no poder hacer nada.

—Jeremy, sé que mi hija es muy afortunada por tenerte. Pero ahora mismo debe esconderse de ese loco.

—Ese loco merece morir. ¿Me has oído, Hannibal? ¡MERECES MORIR! —gritó a su teléfono, sabiendo que lo más probable es que los hombres de Hannibal Mago estuvieran escuchando en ese momento la conversación.

Anthea se levantó a darle un abrazo. A ella tampoco le resultaba fácil la situación. Se había pasado años lejos de su hija. Volver a tenerla lejos era muy doloroso. Y la forma en que se había enterado de su desaparición tampoco era la mejor: en medio de la noche, para luego ser llevada a un interrogatorio que había durado hasta el amanecer.

—Está en buenas manos. Y esto acabará dentro de poco, ¿vale?

El chico asintió, aunque le costaba creer en ello. Tenía la impresión de que no había ninguna luz que anunciara el final del túnel.

Salió a la calle para intentar despejarse. Y se sorprendió bastante al comprobar que estaba cortada. Se podía entrar y salir andando, pero no en vehículos. Siguió la extraña verja que habían implementado en plena calle, y sus pasos le llevaron a la colección de chalets que había detrás de su edificio.

Su rabia aumentó cuando vio a Hannibal en medio de la calle, sentado en un sofá, leyendo el periódico, escoltado por dos de sus agentes.

—Buenos días, Jeremy —saludó Hannibal cuando esté se acercó.

—¿Qué es esto? —preguntó el chico.

—Parece que mi visita se está prolongando mucho, así que he optado por cerrar este barrio. Total, por aquí solo vivís vosotros, así que estaremos más tranquilos ante la gente ajena. Que tengas buen sábado —y se tapó el rostro con el periódico, demostrando que no tenía la intención de seguir hablando del tema.

Aquel hombre era capaz de sacarle de quicio con mucha facilidad. Jeremy sentía el impulso de destrozarle, de herirle, de hacerle pagar por cada día que estaban sufriendo. Pero no era el primero que lo pensaba. Había hablado con Tamiya y sabía que la joven había tenido el mismo pensamiento que él. Así que se alejó de allí, con la intención de dar una vuelta por la ciudad, a ver si por alguna casualidad, se topaba con ella.

Poco se imaginaba que la joven pelirrosa estaba terminando con su plan en aquel momento. Sobre la mesa descansaba una pistola, que Carlos se había negado a contar de dónde la había sacado. Además de había comprado un teléfono desechable. Pensó en enviarle un mensaje a su marido, pero en aquel momento la prioridad no era esa. Debía terminar con la situación. Así que envió un mensaje a Yumi.

"Hola. Soy Aelita. Por favor, quiero hablar con Hannibal. Gracias, amiga, esto terminará pronto".

Confió en que la chica llevara su mensaje. Por lo que sabía de la situación, estaban vigilados. E incluso era posible que Hannibal ya hubiera accedido al mensaje. Sólo quedaba esperar la respuesta.

Los hombres de Hannibal, por supuesto, ya habían interceptado el mensaje y se lo habían enseñado a Hannibal. Le había tentado enviar a sus hombres a por ella, pero esperó pacientemente a que Yumi fuera a verle. Algo que había intuido que ocurriría cuando la japonesa había respondido a aquel número con "Ahora te lo llevo… Espero que estés bien". Y efectivamente, no tardó mucho en aparecer la chica.

Disfrutó de la cara de odio que le dirigió la chica al entregarle el teléfono, esa que le solían dirigir cuando había conseguido enfadar a alguien. En cierto modo, ese era su trabajo. Ocuparse de los casos que requerían la falta de preocupación por las personas y toda la sangre fría que pudiese. Incluso si eso incluía que te odiara la gente. Con tener a sus hombres a su servicio estaba servido. Y Octavio era bastante cariñoso, y sabía cubrir esas necesidades.

—Así que la joven Schaeffer te ha elegido a ti. Qué maja. Lo mismo hasta se entrega.

—Eso jamás —desafió Yumi.

—Peor para vosotros.

Hannibal respondió al mensaje de la pelirrosa.

"Hola, Aelita. Soy Hannibal Mago. Creo que tenemos una charla pendiente."

"No sé de qué me quieres hablar, pero sí. ¿Te viene bien hoy?"

"Por supuesto. Estoy viviendo en los chalets que hay detrás de donde vivís porque me gusta teneros cerquita." Hannibal tenía la intención de provocarla si era necesario.

"Perfecto. Estaré allí después de comer, si te parece bien."

"De acuerdo. ¿Vas a querer estar sóla? ¿O avisamos a tus amigos?"

"Avísales si quieres. Nos vemos luego. Y no hagas trampas."

—No me hace falta, querida. Ya te voy a tener —respondió Hannibal en voz alta y le tendió el móvil a la chica—. Avisa a tus amigos si quieres. Parece que Aelita viene hacia aquí esta tarde. Al final, el Gobierno siempre gana.

—¿Qué vais a hacerle? —preguntó Yumi.

—Interrogarla.

—¿Cómo a Anthea?

—… Más o menos —respondió Hannibal en una sonrisa en que mostró todos los dientes. Esos que Yumi le hubiera partido de buena gana.

Pero en lugar de eso, la chica se fue rápido hacia el edificio. Tenía que avisar a los demás. Aquella tarde podía ser el final de todo, o el comienzo de una pesadilla infinita. Y no era plato de su gusto. "Espero que tengas un buen plan, Aelita", pensó para sus adentros. Ella había sido una de sus mejores amigas por mucho tiempo, y estaba realmente preocupada por ella.

—¿Lo tienes todo listo? —preguntó Carlos a Aelita.

—Sí. Ya no tenemos otra salida —respondió la pelirrosa. Había tomado una determinación. El arma le sería de ayuda para lo que tenía intención de hacer. El plan no había convencido del todo al chico, pero sabía que podía contar con él—. ¿Estás preparado?

—¿Por nuestros amigos? Por supuesto.

Se miraron. En realidad, ambos temían que el plan no saliera en condiciones. Se dieron un abrazo para infundirse ánimos antes de salir. Se fueron de allí, sabiendo que, ocurriera lo que ocurriera, no volverían al piso franco aquella noche. Era lo bastante temprano como para moverse a pie.

Eva Skinner bajaba la basura. Sabía que en un rato tenía que ir con los demás a aquel curioso escenario que había montado Hannibal Mago, y que podía ver perfectamente por la ventana de su casa. Abrió la puerta del cuarto de basuras, subió la tapa del contenedor, y tiró la bolsa.

—Vaya, vaya. Hola, preciosidad.

Eva se giró alarmada. Era uno de los hombres de negro de Hannibal Mago. Tenía una pequeña sonrisa de autosuficiencia.

—… Hola —respondió finalmente,

—¿Tienes algún plan para esta noche? —preguntó él. Puso las manos en el marco de la puerta del cuarto, impidiendo a Eva que escapase.

—¿Perdona? —dijo ella, indignada.

—Te estoy pidiendo una cita. Ya que parece que hoy terminaremos con este asunto, estaré libre hasta que empiece el siguiente caso…

—No, gracias. Estoy muy bien como estoy —Eva intentó zafarse, pero aquel trajeado volvió a impedirle el paso.

—No seas así, podemos pasarlo muy bien.

—Te he dicho que no —respondió ella, roja de rabia y de impotencia.

—Te ha dicho que no —dijo alguien tras ellos. Era el hombre conocido como Octavio, la mano derecha de Hannibal. Al verle, su compañero se irguió. Octavio se acercó a él, y le habló en una voz muy bajita—. De parte de Hannibal, si se te ocurre hacer abuso de tu poder, de la chica, o de ambos, tu próxima misión será en Siberia. ¿Entendido? Pues ale, vete a llamar puerta a puerta para avisarles de que vayan. Casi es la hora.

El hombre de negro sin nombre pareció dudar un momento antes de empezar a subir los escalones de dos en dos. Octavio no le perdió de vista hasta que desapareció en el piso superior. Miró a Eva, que aún parecía asustada por lo que había pasado.

—El comportamiento de mi compañero ha sido inadecuado. Tomaremos medidas.

—Me resulta gracioso… con esto que nos están haciendo —dijo Eva.

—Nuestro deber es velar por ustedes. Por todos ustedes. Y eso incluye seguir bajo nuestra protección en medio de una investigación —respondió Octavio, sin cambiar el tono de voz—. Le aseguro que ese hombre no volverá a comportarse así.

Eva tenía tendencia natural a desconfiar de ellos. Y después de lo que había ocurrido, no era para menos. Pero intentó mantener la calma. Habían intervenido a tiempo. Octavio dio media vuelta y salió de allí. Ella decidió esperar allí a que fuese alguien más para no moverse sola. No tuvo que esperar mucho tiempo hasta que se abrió la puerta del ascensor y aparecieron Arya, Laura y William. La chica se imaginó que había empezado a dar los avisos por el piso superior y que de ahí iría bajando.

—¿Podemos movernos? —preguntó la rubia, pues no quería volver a encontrarse con el otro hombre.

—Creo que es mejor que vayamos en grupo —respondió Laura.

—Sí, además, Milly y Tamiya me han dicho que vendrían. También con Johnny e Hiroki —añadió Arya.

—¿Es que ha pasado algo? —preguntó William. Eva les contó lo que había ocurrido unos minutos antes, cosa que provocó la indignación de los tres—. Serán hijos de puta… En fin, no creo que se atrevan a nada si estamos juntos.

—Eres muy optimista… —dijo Laura, y en ese momento una lágrima recorrió su mejilla—. Lo siento… es que hemos dejado a Luna con mi padre. Por si ocurriera algo hoy…

—¿Pero él sabe algo de…? —preguntó Eva, a lo que Laura negó con la cabeza.

Poco a poco, los demás fueron llegando también al portal. No sólo los cuatro más jóvenes hicieron acto de presencia, sino que también Sissi y Javier lo habían hecho. Ellos también habían tomado la cautela de dejar a su hija con los padres de él, y otro tanto habían hecho Yumi y Ulrich, que aparecieron del garaje justo de dejar a su hijo con los Ishiyama.

Anthea y Jeremy abrieron la procesión hacia la calle cortada. Desde luego, con todo al aire, daba un poco de impresión la zona. Nadie les garantizaba que las casas estarían vacías, que no habría dentro de los garajes una serie de vehículos dispuestos a llevarlos para siempre. Sonaba a ciencia ficción, pero era difícil distinguirla de la realidad en un momento así. Los hombres de negro (que aquella vez parecían haber más incluso) estaban formando por los alrededores, vigilando. Hannibal y Octavio hablaban en el momento en que el grupo se acercaba. El jefe parecía un poco enfadado en ese momento, pero levantó la mano al ver llegar a los demás.

—Sospecho que Aelita debe estar a punto de llegar —anunció a la congregación—. Por si acaso, estoy vigilando los accesos a vuestro edificio. Eso sí, os recomendaría que cuando llegue, ninguno intervenga. Poseemos… medios para impedir que mováis las piernas —dijo en un tono de amenaza que pretendía ser amable—. No me odiéis. Es por vuestro bien. Por el bien de que el asunto no salga nunca más a la luz. No deberíais haberos implicado en esas cosas.

—Sin implicarnos jamás habría conocido a Aelita —dijo Jeremy, entre dientes—. No te atrevas a decir eso.

Hannibal no respondió al comentario del rubio. Se limitó a apoyar la cabeza sobre su mano, aburrido, intentando armarse de paciencia. Desde que sabía que Aelita iba a aparecer por allí voluntariamente, las horas se le habían hecho eternas. Y ahora que quedaba poco, los minutos parecían no transcurrir.

El nerviosismo se había apoderado de los demás. ¿Qué ocurriría aquella tarde? ¿De verdad sólo la iban a interrogar? ¿Se la llevarían para ello? Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la tablet de Octavio, de la cual sonó una alerta.

—Señor, nos informan de que han visto a Aelita Schaeffer en compañía de Carlos León. Se dirigen hacia aquí, y se prevé que estén en diez minutos.

—Bien, bien… —dijo Hannibal—. Igual podríamos sacar unos refrescos y unas patatas para amenizar la espera, ¿no? Y nos montamos una fiesta en lo que terminamos de hablar.

Su público no estaba receptivo para esas bromas, pero a él le dio igual. Estaba eufórico. Al fin había ocurrido lo que él pensaba que pasaría: Aelita querría ayudar a su gente aunque aquello significara entregarse. "Oh, los sentimientos. Que útiles", pensó con sorna para sus adentros. Empezó a contar en su mente los minutos que restaban para la llegada de la chica.

—Jeremy… pssst. Jeremy —susurró Hiroki—. ¿Tienes alguna idea?

—¿Qué idea voy a tener? Tenemos las de perder si intentamos algo —dijo este.

—¿No puedes hacer algo con el superordenador?

—Aunque pudiera, desde aquí no tengo acceso a él. Y borramos absolutamente todo hace años. No pensé que esto ocurriría.

—Claro —dijo Ulrich, detrás de él—. En esa situación podríamos materializar los trajes en la Tierra y plantar batalla.

Era una bonita posibilidad, pero demasiado imposible. Lyoko había desaparecido definitivamente, y con él, los trajes, los poderes, y todo lo que demostraba el pasado que habían tenido. Los guerreros de Lyoko lamentaron en ese momento el haberlos perdido.

—Ahí llega —informó Octavio.

Y era cierto. Se podía distinguir ya la cabeza pelirrosa de Aelita. Carlos iba a su lado, y un poco más atrás, dos hombres de negro les cerraban la posible escapatoria.

Otros dos agentes de Mago obligaron al grupo a retroceder un poco. Mago quería terminar frente a frente con Aelita. Jeremy intentó correr hacia su mujer, pero fue empujado hacia atrás por uno de los trajeados, que le dirigió además una mirada severa.

Aelita avanzaba a paso normal hacia ellos. Pero su mirada estaba fija en Hannibal. De buenas a primeras no le gustó nada verle. Y según se acercaba a él, aumentaba su repugnancia por aquel tipo. Estaba nerviosa. Muy nerviosa. Pero debía controlarse. Debía hacerlo por ellos.

Se hizo el silencio cuando llegó a la altura de ellos. Ella y Carlos dirigieron una mirada a sus amigos, y les sonrieron antes de volver a mirar al que era su enemigo en ese momento. Pero este parecía encantado con la situación. Se levantó de su sofá y extendió los brazos hacia la pelirrosa.

—¡Aelita Schaeffer! Un verdadero placer conocerte. Con lo que nos ha costado encontrarte.

—Técnicamente, he venido por mi propio pie, ¿no? —respondió ella, tajante.

—Bueno, lo que importa es que por fin nos hemos reunido. Y ahora, si no te importa…

—¡Quieto!

Era la señal convenida. Carlos desenfundó el arma. Los hombres de negro se llevaron las manos al interior de sus trajes. Pero contra todo pronóstico, el chico no apuntó hacia Hannibal… sino a la propia Aelita.

—¡¿Qué haces?!

—¡¿Te has vuelto loco?!

—¿A qué estáis jugando? —preguntó Mago. Su prepotencia había desaparecido instantáneamente. Ignoró los gritos de los demás.

—No voy a dejar que me atrapes —dijo Aelita—. Por eso se lo he pedido. Si desaparezco… nunca sabrás lo que quieres saber.

—¡Como aprietes ese gatillo te mataré! —gritaba Jeremy, que estaba siendo retenido por uno de los hombres trajeados, con cierta dificultad.

Mago evaluó la situación por unos instantes. Tenía una gran capacidad de observación. Su enfado tornó a la seriedad. Sonrió, y su sonrisa se ensanchó hasta que empezó a reír a carcajadas. Sacó un pañuelo para secarse las lágrimas de la cara, que le habían brotado por la risa.

—Ay… por favor, no me hagáis reír. ¿Matarte? ¿Él? Pero si no se atreve —dijo Mago, señalando a Carlos con el dedo—. No va a osar a matarte. Por lo que sabemos, es un tío legal y bueno… le tiembla un poco el pulso. No tiene la intención de disparar, así que… sed buenos, dadme el arma, y charlemos.

Carlos pareció dudar, pero bajó el arma… y esta fue recogida por Aelita, quien apuntó el arma contra su propia barbilla.

—Tienes razón. Sabía que no iba a poder hacerlo. Así que voy a tener que hacerlo yo misma.


¡Hola personas! ¿Os ha gustado el episodio? ¿Me queréis maldecir por haberlo dejado en ese punto? ¡Espero que sí!

Ha sido difícil escribir este episodio. Y el siguiente... bueno, no voy a decir nada o vais a querer matarme xD Más todavía, quiero decir.

Alejito480: Ese tipo de tramas se te dan mejor a ti que a mi xD Ya has visto que me he alejado un pelín de tu suposición :P

Moon-9215: Creo que el color de la tormenta ha pasado a negro en este capítulo, ¿no? xD

Usuario865: Últimamente me salen algo breves, pero porque no quiero excederme con el relleno innecesario, lo siento. Pero ya parece que la vigilancia se acaba. Y con respecto a tu pregunta, sí. Ella estuvo en una relación a 5, y quizá lo cuente. Lo sé que sería interesante, de ahí que haya decidido mencionarlo. Pero demasiado tiempo. Y los hombres de Mago tampoco lo iban a tolerar, anyway xD ¡Saludos!

No tardaré en actualizar. Lo prometo (como siempre). Ah, y hubo update de Code:Lemon también hace muy poco, pasad y leed. Lemmon rules!