LUS PRIMAE NOCTIS


—A bleeding heart—


VII


No era nada nuevo lo que alcanzaba a ver. Luego de tantos meses de haber hecho aquel primer recorrido, Allistor Kirkland sintió como el recuerdo en sí mismo se iba convirtiendo en parte de él y de su propia carne. El alma maltraída quebrada, donde ya nada destructivo podía caerle.

Amarrado a los pies de un caballo, el rey Eduardo encabezaba la marcha hacia el sur mientras el muchacho oía a sus propios soldados llorar de impotencia, otros por el mal destino que le correspondería tener. Ian lanzó un alarido al cielo rogando una respuesta, y Allistor debió quedarse en la incertidumbre porque nadie deseó informarle que su madre ya sabía dónde estaba, y que muy probablemente no volvería a verlo nunca más.

Ian marchó hacia el norte, con el ejército de Allistor herido y maltrecho. Eleanor divisó las mismas caras de siempre, algunos cuerpos cercenados, otros soldados heridos, quejándose de sus heridas y aterrados al ver su propia sangre brotar. Ian llegó hasta ella, le ofreció una reverencia primero, y Brigitte intuyó inmediatamente qué había pasado. Eleanor no lo hizo, tal vez por su abnegado corazón de madre, creyendo imposible la idea de perder a su hijo porque ya había sido demasiado haber perdido a su esposo. Su propio tiempo decretó lo contrario. Brigitte acarició sus hombros, apretó sus brazos para contenerla cuando escuchó de la voz de Ian la terrible noticia.

—Los ingleses se lo llevaron, Eleanor.

Y ella cayó al suelo de rodillas, jurando que su corazón explotaría en un eterno desconsuelo. Su experiencia de vida le decía que Allistor no tendría buen futuro en Inglaterra, no cuando se lo llevaban como prisionero y no como el hijo bastardo de un herido lord inglés.

Ian le pidió a Brigitte que acompañara a Eleanor todo el tiempo que fuera necesario. Para ella y para todos, ya era como vivir un duelo anticipado. Los chicos, Charles y Haydn se enteraron por acción de su madre, quien les dijo que Allistor se había ido para siempre.

—¿Por qué se fue, mamá?

Eleanor tragó saliva, sin saber cómo responder a esa tan inocente como dolorosa pregunta.

—El rey inglés lo capturó.

—¿Lo matarán, verdad? —Haydn apretó los dientes en una ira completamente justificada. Era pequeño, apenas un niño, pero no era tonto. Charles, más emotivo desde siempre a diferencia de su hermano, sintió más tristeza que furia.

Eleanor acarició el cabello marrón de Haydn y besó la frente de Charles. Con toda la fortaleza que pudo encontrar en su gastado corazón, respondió.

—E-es muy posible, mi amor.

Haydn gruñó por lo bajo. Charles se apegó al pecho de su madre y lloró en silencio. Ambos, a su manera, sin llegar a entenderlo del todo como tal pero sintiéndolo, juraron venganza.

Los ingleses no sólo le habían arrebatado a su padre; también a su hermano y la esperanza de crecer en un pueblo libre y sin yugos.

Pero eso, Allistor no lo sabía.

Desde su reducida celda, esperó a que los días pasaran en silencio y en una profunda desesperación. Permanecía siempre de pie, con una pequeña ventana, al frente las rejas y en sus muñecas, unas gruesas piezas de hierro apretándolas hasta escocer y romperle la carne. Las cadenas eran largas, lo suficiente como para poder moverse con libertad en la celda excepto para llegar a las rejas. Una innecesaria ironía por parte de sus captores.

Le servían dos comidas al día, cada una peor que la anterior. El Traidor, como le habían apodado, muchas veces debió comer desde el suelo como un animal cuando el hambre era más grande que el honor, pese a las risas, las burlas, el frío de las noches y la humedad de la lluvia filtrándose por la ventana o las malas terminaciones del castillo. No tenía permitido visitas, de nadie, ni siquiera de la nobleza (a excepción del rey, claro) al menos hasta que se agendara su juicio, el cual llegó el día 3 de agosto del año 1305 de la era cristiana. De mañana, entre varios soldados lo arrastraron al gran salón principal inglés, en el más pleno corazón de Londres, y allí se quedó de pie frente a su captor, los jueces, y la cruz cristiana tras el trono inglés.

Sus muñecas aún atrapadas delante de él, no sentía ninguna clase de entusiasmo por mirar a nadie a la cara. Estaba sumergido en su silencio. El rimbombante ir y venir del magistrado al hablar en un incomprensible acento le era absolutamente ajeno, y como nunca antes, recordó a su familia. La real, la que el padre Armand lo invitó a conocer, la que Frederick y Kerra alguna vez quisieron darle. Recordó a su hermano, y por los pocos segundos que vio los ojos celestes de Piernas Largas, adivinaba que el rey también lo había hecho. Recordó a su padre, muerto por una flecha en medio de los campos de Stirling cuando Allistor pensaba, aún inocentemente, que la victoria que traería consigo a Escocia no tendría precio alguno que él debiera pagar como su liberador. Pensó en su madre y sus hermanos, ahora solos de allí en más, porque estaba clarísimo que nunca más volvería a verlos. No podría consolar a su madre de haber perdido a tantos, ahora a uno más, no podría ver a sus hermanos crecer, no podría verlos casarse y tener hijos, pretendiendo ser libres del yugo tirano del inglés sentado en un trono elegante erguido en fuego y sangre. No podría acompañar a Ian y Brigitte en ese eterno duelo que ellos vivirán por su hija.

Recordó a su hermano, a la Claymore dándole la muerte, al momento en donde debió enterrarlo y acabar con su leyenda para siempre.

Recordó a Françoise, y pensó que ella tal vez estaba sufriendo por él, así como en Escocia se comenzaba a sufrir su pérdida, y siente culpable por todo. Él tiene la culpa de que los soldados escoceses hayan caído muertos, de que Arthur se haya obsesionado con la conquista, que haya asesinado a una mujer inocente que en nada se había equivocado excepto en enamorarse del escocés equivocado.

Ella era la menos culpable, quien murió sin saber absolutamente nada, ni siquiera alcanzando a conocer el motivo por el que un joven lord inglés la había asesinado. Desfalleció alejada de quien más amó, sintiendo a la esperanza irse de sus manos mientras la vida se le escapaba así como él, arrastrado hacia el sur. Murron, su bella esposa, la mujer que tanto le había enseñado sin saberlo, ahora parecía mucho menos lejana que antes.

Y eso, lo hizo responder lo único que se atrevió a decir durante toda esa nublada mañana.

—Allistor Kirkland. Allistor Wallace—Se burló socarronamente un juez—Cómo prefiere ser llamado.

Él, en ese momento, no respondió.

El juez carraspea, amenazante.

—Lord Allistor Kirkland—Determina entonces—, se le acusa de alta traición.

El muchacho parpadea lentamente, sin sorprenderse de tal acusación.

—Contra quién—Pregunta serio y sin entonar. Los hierros de sus muñecas suenan a sus lentos movimientos, es un tintineo que cuenta los segundos.

—Contra su rey—Allistor ni siquiera parpadea—. ¿Tiene algo que decir?

Un segundo antes, el escocés guarda silencio. Sus ojos verdes brillan al saber que jamás se traicionó a sí mismo ni a su pueblo y lo manifiesta con toda la seguridad que aún guarda en su valiente corazón.

—Nunca, en toda mi vida—el juez se echa un poco hacia atrás—le juré lealtad ni al rey de Inglaterra ni a mi derecho legítimo como lord inglés.

El juez se mantiene imperturbable y casi sin querer comienza una discusión con el prisionero.

—Eso no importa—Allistor le sostiene la mirada, nunca amedrentado—, es su rey.

Se mantiene en silencio.

—Confiese, lord Kirkland—intervino otro magistrado—, y tendrá una muerte rápida—Allistor no lo hará—. De lo contrario, su traición será redimida por el dolor. ¿Confiesa?

Más silencio. Un duro, firme y sempiterno silencio.

—¡¿Confiesa?! —Insiste.

Allistor desvía su verde mirada hacia alguna parte, medio burlisto, irritante, y férreo en su posición.

La decisión ha sido tomada.

—Mañana, el rey obtendrá su redención.

Los soldados ingleses, como si fueran una parte más de los hierros que envuelven sus muñecas y tobillos desnudos, hacen ademán de arrastrarlo de vuelta a su celda. Los escribas redactan con esmero lo recién ocurrido. Allistor sonríe al pensar que muy seguramente, jamás dejarán evidencia histórica a las futuras generaciones de que él jamás traicionó al rey inglés porque jamás prometió absolutamente nada. Siempre fue fiel a su causa, pese a la debilidad o el miedo que a veces llegó a sufrir, nunca desistió de liderar la guerra contra Inglaterra a sabiendas de las consecuencias.

Prometerle lealtad a un rey inglés jamás formó parte de su lucha. Nunca. Es ese mismo rey el que detiene a sus hombres y solicita a sus magistrados dejarlo a solas con el prisionero. Los escribas también son obligados a salir, quienes obedecen aunque de mala gana.

La puerta se cierra por fuera.

Allistor se mantiene en su lugar, no tiene intenciones de continuar con una discusión perdida, pero Eduardo necesita respuestas y el muchacho ya sabe hacia dónde se encaminará la conversación.

Arthur, aún después de muerto, sigue atormentándolo incluso a apenas horas antes de la suya propia.

—Dicen que la grandeza y el idealismo son dos caras de una misma moneda—Dice el rey, volviendo a sentarse en su elegante trono.

—De donde vengo no creemos en acertijos—Responde Allistor sin titubeos. Eduardo suelta una risa breve, pero triste.

—Tú saltaste de una cara a otra tan rápido que no me di cuenta.

—Creer en la libertad de mi patria y llegar hasta las últimas consecuencias por eso no es ser idealista, es ser justo.

—¿Y fue justo también dejar a tu hermano desangrarse en una sucia celda hasta morir?

—Arthur asesinó a mi esposa y a mi padre, su lucha jamás estuvo motivada por los afanes de su rey, sino por los suyos propios—Eduardo tuerce la boca intentando contener la ira. Se pone de pie rápidamente hasta acercarse a Allistor lo suficiente como para estirar su brazo y alcanzar a agarrarlo de sus infernales cabellos rojos—. Todo lo que Arthur hizo para conquistar Escocia no lo hizo por ti, Eduardo; lo hizo porque me odiaba.

—¡Arthur fue un patriota admirable y tú un rebelde traidor!

—¡Arthur conquistó las tierras de MI pueblo porque me odiaba! —las cadenas de sus manos y tobillos vuelven a chirrear—¡Todo lo que conseguiste por la orden de Arthur Kirkland, mi hermano, es porque yo existo!

—¡Inglaterra también es tu pueblo, bastardo insolente!

Allistor sonríe con burla, una expresión de incredulidad y sorpresa.

—La nación que usurpa, la de las emboscadas silenciosas, la que ha degollado a los nobles de Escocia bajo la promesa de un dialogo diplomático… ¡La de los lores que violan a nuestras mujeres! ¡Inglaterra debería estar ahora mismo igual que mi hermano!

Eduardo, sin contenerse más, golpea con el puño cerrado la cara de Allistor hasta hacerlo caer a peso muerto al suelo. La sangre le brota de la boca sin mayores esfuerzos. El rey, sintiéndose menoscabado y rebajado por un bárbaro tonto, deja salir definitivamente su ira y dolor.

—¡No eres más que un vil, pérfido traidor! —Su pie envuelto en una elegante bota de cuerpo golpea el estómago de Allistor, ya tendido en el suelo. El muchacho se queja ahogadamente—¡Ni siquiera dejaste que tu hermano fuera enterrado aquí, donde pertenece! —Y sin darse cuenta, el rey llora la pérdida de Arthur otra vez—¡Lo condenaste a quedarse para siempre allí, en una tierra que siempre odió! —Allistor intenta ponerse de pie y recuperar el aire. La mala alimentación y la falta de luz solar le han pesado en la carne y los huesos, algo que es notorio hasta llegar a niveles patéticos—¡Devuélvemelo…!—y el rey, arrodillado frente a un rebelde, suplica irracionalmente un pedido imposible. Allistor siente que las manos empuñadas de Eduardo aprietan su camiseta—¡Devuélveme a Arthur…!

Cuán diferente habría sido la historia de ambos hermanos si Eduardo hubiera demostrado ese amor paternal hacia el joven lord cuando aún había posibilidad de salvación para Arthur y de redención para Frederick. Allistor necesita cerrar los ojos al pensar en eso, porque indudablemente le produce un sinfín de arrepentimientos que no llega a comprender del todo, pero que sí los percibe como parte de su propia existencia.

Eduardo se lamenta con el menos indicado de todos. No tiene hijos, no tiene personas de confianza cerca de él y los lores ingleses son viles traidores ambiciosos de poder. Eduardo, pese a lo poderoso que es, es un hombre solo, y no se había dado cuenta de eso hasta que perdió a Arthur para siempre.

Allistor es devuelto a su celda, con la condena clara en los ojos. El sol está en su punto más alto, con un cielo irónicamente despejado y la esperanza de su nación con apenas unas cuantas más horas de vida. Esa tarde la pasa en soledad. Sólo los soldados de su guardia le hacen una curiosa compañía. En la noche le ofrecen comida de un aspecto tan asqueroso que parecen ser las sobras de los animales. Tiene frío, el lugar es húmedo, siente la piel pegajosa y daría cualquier cosa por una sumergida en el río. El hambre, más poderosa que el honor, lo hace devorar todo lo que le traen.

Le resulta un tanto irónico que su muerte vaya a ser más dolorosa y horrible que la de Arthur. Ian no lo hubiera deseado así. Muchas veces se habló de la posibilidad de la tortura pero Allistor lo prohibió tajantemente, porque esos métodos eran los propios de un pueblo opresor contra los oprimidos. Ian se indignó los primeros días con él, pero finalmente lo entendió. En cambio Allistor sufriría, y lo sabía de antemano, desde el principio lo supo. Venía sufriendo desde que Arthur lo había encontrado, qué podría sorprenderlo ahora si le mullían la carne cuando ya el corazón le sangraba desde hace tanto tiempo.

Y de todas formas, no puede evitar sentir temor. Sí teme. Teme a la venganza de los ingleses, aquellos que menos tolerancia a la frustración poseen, a los que menos les gusta perder. Sabe que se ensañarán, que no tendrán piedad, tal como Arthur nunca la tuvo.

Arthur nunca poseyó misericordia ni con su propio padre ni consigo mismo. Parecía odiarse pese a no demostrarlo, pese a derramar elegancia y superioridad por cada rincón del cuerpo, a ser distinguido, y sin embargo, por dentro era una maraña de resentimiento contra su propio linaje. Cuando conoció a Allistor, aquello terminó de explotar, y fue particularmente sanguinario con su hermano al saber que había sido él quien le arrebató el cariño de su padre, la oportunidad de enorgullecerlo y de enaltecer el apellido Kirkland hasta más allá de los registros escritos. Arthur, el muchachito perdido, rendido, envuelto en decepciones. El que menos culpa tenía, el más utilizado por su propio padre, el causante de la muerte de su madre, y sin embargo el que más hirió hasta llegar a lo sumo.

Arthur, su hermano menor, a quien él hubiera protegido de sí mismo si Frederick no se hubiera equivocado tanto.

Lo hubiera protegido con el mismo afán e intención que lo hizo Frederick con él al entregarlo a Escocia y no llevárselo consigo a Inglaterra.

Se limpia las lágrimas en un gesto que sabe patético. Cuánto desea hablar con su madre y despedirse de ella, cuánto se arrepiente de no haberlo hecho antes de encaminarse hacia Falkirk, de no haberse despedido de sus hermanitos y jurarles que todo lo que hacía lo hacía por ellos, para que crecieran felices, sin rendirle honor ni gloria a los ingleses. Deseó en su fuero interno que nadie les arrebate esa esperanza, que ellos la hagan perseverar hasta conseguir la libertad, luchar por ella y defenderla al precio que sea.

Con una manta roída por las ratas que los soldados le trajeron por orden de los jueces que de manera burlista querían otorgar el trato merecido al prisionero, se tapó como pudo, reducido en el estrecho rincón de la prisión donde la luz no le molestara. Allí durmió hasta antes del amanecer, recibiéndolo la moribunda noche. Vio al cielo e intentó memorizarlo por las próximas horas, deseando no olvidarlo en aquel lugar a donde pronto iría, y se queda allí, frente a la diminuta ventana mirando hacia el paisaje, cuando poco a poco amanecía. La luz derrotando a la oscuridad, la calidez a la frialdad, la vida a la muerte, y todo lo que triunfó lo iluminó, le brindó esperanza, una que no debía perder ni aún después de abandonar ese pequeño idilio por el que tan entregadamente luchó.

De pronto la reja se abre por la acción de uno de esos soldados. Sus muñecas, todavía atrapadas, chicharrean otro poco, es un sonido al que para bien o para mal ya se ha acostumbrado. Es como el sonido de su respiración o el latir de su corazón. Françoise, parada detrás de las rejas de hierro aún, mira duramente al guardia.

—Sólo un momento, Majestad—Dice éste, como si pudiera darle órdenes a alguien de la nobleza.

—Si quiero ver al prisionero lo haré el tiempo que yo estime necesario—Responde ella, seca.

—El rey ordenó que…

—El rey Eduardo, quien te recuerdo, no tiene hijos; aún no se recupera por la muerte de mi esposo, el cual era probablemente quien más derecho al trono inglés tenía. Sin Arthur, ¿quién crees que gobernará Inglaterra mientras Piernas Largas aún lo lamenta?

El soldado agacha la cabeza en señal de arrepentimiento. Françoise entra y le ordena cerrar.

—Y déjanos solos.

El guardia sale y se queda tras la puerta de madera, lejos de las rejas. Al verlo, Allistor no puede hacer otra cosa más que encogerse de hombros y lamentarse por verse en un estado tan ruin delante de ella. La princesa rompe la dureza de sus hermosas facciones femeninas, de su boca dulce y sus ojos tiernos. Su expresión se contrae en un llanto sincero, un trago amargo por el terror que la inunda y así como siempre le sucede con él, se olvida de su clase, de su nobleza, de su posición política y no le podría importar menos ya nada más de todo lo que la ha rodeado: su vestido de seda queda en el olvido cuando se acerca a Allistor para abrazarlo por el cuello y llorarlo, tocarlo por última vez antes de que todo lo que le perteneció desaparezca. Él, conmovido tal como siempre logra hacerlo ella con su calidez, simpleza y sinceridad, le devuelve el abrazo como puede, como un roce fantasma a su cintura, sonriéndole genuinamente. Era él dándole ánimos y fuerzas a ella, en vez de al revés.

—Princesa…—Dice él en un susurro. El de un amante, se responde Françoise—, no llore…

Ella no lo escucha. Sus lágrimas de niña y mujer empapan el hombro de Allistor, se agita contra él, desesperada por brindarle ayuda, mas no puede. Qué horrible era poseer poder en esa maldita corte y no poder ayudarlo, qué impotencia era la que la hacía enfurecer.

—No quiero que mueras, Allistor…

Él suelta una risa breve. Intentando mirarla a los ojos, la hace enderezarse un poco. Nota la altura de la princesa, mucho más baja que él, un poquito más baja que Murron.

Françoise por fin lo mira y las lágrimas no dejan de correr a cada lado de su nariz. Está aterrada por él, lo siente en lo más profundo de su corazón y no sabe si podrá soportar verlo sufrir, por eso ha ido a verlo.

—Allistor…—Él le sostiene la mirada de forma casi condescendiente; adivina perfectamente lo que ella quiere—vine a pedirte algo… confiésalo todo, júrale lealtad al rey—Françoise necesita respirar un momento para seguir hablando—p-para que sea piadoso contigo…

Él insiste en mirarla de la misma forma. Plasma pasión por su misión, por ella, por todo cuanto ha luchado.

—¿YEduardo? ¿Será él piadoso con mi patria?

Ella niega con la cabeza, ya casi desesperada.

—P-podrías tener una muerte rápida, o vivir en una torre… o…—traga saliva, y guarda silencio. Allistor se mantiene firme—no lo sé… podrían pasar varias cosas… si logras vivir.

Él parpadea lentamente, como si deseara mentalizarse en explicar algo que para él y para tantos, es obvio, pero no para ella, quien se muere de miedo.

—Si yo le juro lealtad al rey, moriría en vida.

Ella solloza, ya sin poder seguir conteniéndose.

—Será horrible, Allistor… morirás y…

—Todos los hombres mueren, princesa—La interrumpe él, aunque convencido; dulcemente—; pero no todos viven de verdad.

Françoise suspira, adolorida. Sus lágrimas brotan aún, su cara todavía está húmeda. Da un paso más hacia él, saca un pequeño frasquito entre sus elegantes ropas y se lo ofrece.

—Bebe esto, por favor—Suplica—, te aliviará el dolor…

—No—responde, casi en un susurro—, debo mantenerme despierto, totalmente despierto—las cadenas chicharrean de nuevo—. Si me duermo, o lloro, o grito, Eduardo habrá conseguido quebrar mi voluntad y la de mi pueblo.

Françoise suelta un suspiro doloroso y su boca se tuerce a punto de caer en el más sentido llanto, y ruega:

—No soporto la idea de que te torturen… tómalo, por favor…

Pero Allistor se doblega delante de ella, porque lo conmueve sin esfuerzo, porque el dolor que la princesa demuestra le parece genuino como pocas cosas ha vivido desde que Murron desapareció de su lado. Parece querer darle un poco más de esperanza para que continúe, y asiente quedamente.

Françoise se lo vacía entre los labios, y antes de asegurarse que lo tragó, el beso final no se hace esperar. Es una despedida definitiva, es un tacto dulce que derrama dolor; ella le hace saber con ese beso, todo lo que él ha hecho por hacerla feliz sin saberlo.

—Si es todo lo que deseaba decirme, por favor retírese, princesa. No es bueno que esté aquí.

—No tengo nada más que decirte—responde ella, apresurada. Sospechosamente apresurada y Allistor lo nota.

—¿Está segura?

Françoise guarda silencio abrupto. No alcanza a responder, a decir que sí o que no, a informarle que su legado continuará por ella, que su lucha no morirá con él, pero los guardias vuelven a entrar, lo sueltan de los hierros para ponerle unos nuevos, y jamás dejó de mirarla mientras esperaba una respuesta. Lo brusco de los soldados ingleses fue veloz como un rayo y la princesa volvió a quedarse sola.

Jamás se lo dice, y por su silencio vuelve a llorar, a tocar su vientre y a pedirse perdón a sí misma. Qué conseguiría él sabiéndolo, sólo morir con aún más dolor.

Entonces se encierra en la habitación continua a la del rey, quien no parece emitir sonido alguno, aún sumergido en su propio sufrir. Sella puertas y ventanas porque no desea escuchar absolutamente nada de lo que sabe que vendrá con aplastante dolor. Sentada, sólo su propia imaginación le dicta lo que sucederá.

Allistor está afuera, al salir escupe el líquido de sabor pastoso; con las manos tensas delante de su cuerpo. Se repite una y mil veces que está aterrado. Ruega a Dios que le dé la fortaleza para soportar semejante calvario y morir bien. Conoce perfectamente el castigo a los rebeldes, y por tal motivo es que, sabe, ni él ni nadie está preparado para sufrir, o vivir, algo así.

Lo suben a una especie de tarima arrastrada por un caballo. De rodillas, le amarran las muñecas y los tobillos a una suerte de cruz. El equino avanza. La multitud lo recibe en el interior del castillo y no es de los mejores que ha experimentado. Esta gente lo desprecia, le grita traidor sin llegar a entender el por qué, y no conformes con eso le lanzan fruta podrida y otras cosas. No es que pueda defenderse mucho, tampoco le parece tan extraño una humillación así; ya la ha sentido en carne al momento de estar encerrado en una celda inglesa. El juez lo mira desde su imperturbable altura, como si se sintiera orgulloso de aquel maquiavélico proceso, mismo que siglos más tarde sería repudiado, cuestionado y omitido por el intencional olvido.

Lo arrojan al podio, donde cae con estrepitoso golpe y sonido. Ya lo han separado del caballo, de los solados, ahora está a merced del verdugo y la crueldad sin remordimientos. Ni Eduardo ni Françoise están mirándolo y Allistor lo sabe. Cierra los ojos casi por inercia sabiéndolo todo, adivinándolo todo, y no ve nada más. Toman sus muñecas aún encerradas, roídas por el hierro, lo elevan, la multitud celebra, lo estiran a fuerza animal esperando el grito que ruega piedad y se desgarra en dolor, mas nada se oye de su boca. Sabe que es cosa de tiempo para que sus huesos cedan, para que su carne se deshaga, pero no. Lo sueltan de pronto, cayendo al piso otra vez. La gente se ríe, aplaude, y sólo unos pocos se lamentan profundamente.

Ian está entre la gente, suplicándole al cielo lo mismo que Françoise le fue a pedir esa mañana: ruega piedad, Allistor, jura lealtad y ríndete.

Pero él, sin saberlo, vuelve a decirles a todos que no.

El ruido es ensordecedor, el cansancio le pesa. Ahora rodean su cuello con una gruesa cuerda, le amarran las manos tras la espalda. Ni siquiera su instinto le ordena defenderse. Lo vuelven a elevar y lo suspenden por segundos enteros. El juez vuelve a demandar rendición. Él hace caso omiso, y al suelo de nuevo.

Otra vez al aire por el cuello. Ni siquiera patalea por acto-reflejo, pero sí su rostro se enrojece y sus ojos se aprietan. Sin embargo, su voz parece que permanecerá censurada para siempre.

Lo dejan caer a peso muerto al piso de madera. Lo vuelven a elevar. El proceso se repitió tantas veces que llegó el punto en que lo olvidó absolutamente todo. El dolor mismo lo había anestesiado y el juez, al notar eso, se hastió. Allistor seguía sin gritar.

Intentando colocarse de pie como podía, apenas pudiendo sostenerse en sus propios miembros, el verdugo volvió a tomarlo para alzar su aturdido cuerpo y lo recostó en una especie de cruz. Allí lo ató de manos y pies.

Jamás replicó, jamás doblegó su espíritu de libertad. El juez lo miró y lo notó inmediatamente en sus verdes ojos; orgullosos ojos Kirkland, libres ojos McCollough.

Tensó los brazos y las piernas porque el miedo lo embargó. El cuchillo corvo elevado en la mano del verdugo dio claro indicio de lo que continuaba en ese nefasto espectáculo. Apretó los párpados y la mandíbula, tembloroso, y ahogó el grito de dolor en una bocanada de aire cuando sintió la hoja abrirse paso por su estómago. Tragó por bocanadas, su cara se deformó, su piel se puso blanca y la sangre brotó por su larga, profunda herida. Su carne y entrañas resbalaron de él y el hombre sin rostro tironeó luego de enredar sus interiores entre las manos; Allistor, entero, se tensó más. El verdugo prendió el fuego purificador que él sintió arderle en cada célula.

Pero jamás gritó, jamás rogó piedad.

Ardió, ardió durante minutos enteros, lo soportó como un valiente soldado, un héroe temerario defendiendo a su nación. Ian cerraba los ojos delante de él como si le rindiera honores, admirándolo desde la distancia y el silencio.

El juez, de nuevo, insistiéndole en que ruegue por piedad. Que Eduardo sabrá escucharlo. Allistor lo miró y a punto estuvo de escupirle en la cara mientras su propia carne no cesaba de arder.

Quienes sí insistieron en ello, fue la multitud. Fue Ian quien más rogó misericordia, suplicándole al cielo mismo piedad con el muchacho y con su madre, quien seguro querría escuchar cada detalle de la muerte de Allistor.

No cedió. Su honor, en ese momento, no estaba en juego. El honor de su patria, de su familia, de su madre, su verdadera madre, jamás fue doblegado y Allistor lo entendió por fin.

La voz de juez insistiendo a su lado. El fuego consumiéndolo desde afuera hacia adentro, tensándose su cuerpo y su alma, estoica siempre. Le dijo que se declarara súbdito, luego le insistió en que besara el emblema real, después le ordenó ponerse de rodillas para ya no sentir más, sólo paz. Nada de eso sucedió.

—Grita "piedad".

Y pese al horrible dolor, al olor calcinado, al humo que venía desde su propio interior, no obedeció el mandato del juez ni la súplica de la multitud. Nunca. Su voz se abrió, su garganta soltó un último alarido que le dio el punto final a su historia. Alargó las sílabas tanto como pudo, como si deseara dejar escrito en todos los muros de Londres su legado, la misión que su padre y su madre le encomendaron.

—El prisionero desea decir algo.

Entonces el mundo entero enmudeció, y se asombró.

—¡LIBERTAD!

Un silencio de honor.

Luego, descanso. Una calma inimaginable se apoderó de él. Giró su cabeza apoyada en la madera, hacia la multitud, y vio a su suegro que lloraba, vio a la gente admirarlo, imaginó el llanto de Françoise, el dolor del dey Eduardo, el de Eleanor, su madre, y finalmente el momento que tanto tiempo esperó que llegara.

Ella, Murron, lo esperaba, y le sonreía. Aquí estoy, mi amor; decía su sonrisa, ven conmigo.

Y el juez permitió caer el arma más filosa que le dio fin a su historia.

El cuerpo del lord Allistor Kirkland fue regado a los cuatro puntos de Inglaterra. Su brazo derecho a Newcastle, su brazo izquierdo a Berwick, su pie derecho a Perth y su pie izquierdo a Aberdeen. Su cabeza, colgada en el puente de Londres.

Los enemigos de Inglaterra admirarían la imagen macabra del rebelde destrozado durante muchos años.

Años en los que la princesa pudo criar a su hijo en Francia. Vino al mundo con la herencia más notoria de Escocia: su cabello rojo, y los ojos azules de ella.

Lo llamó Robert, y su vida entera fue dedicada a liberar a las tierras de su padre del yugo inglés. Lo hizo definitivamente diecinueve años más tarde, frente a Eduardo II, el hijo del rey que su padre enfrentó. Era tanto o más joven que él, de hecho.

Yorkshire, allí estaban. Robert había besado la frente de su madre y se encaminó hacia el sur desde Escocia, donde residían hace un par de años. Los nobles no dudaron en elegirlo rey, tampoco los campesinos que alguna vez oyeron hablar sobre Allistor Kirkland, el lord inglés e hijo bastardo; o Allistor Wallace, el campesino que en todo tiempo vibró por la libertad.

Inglaterra estaba delante, el cielo y la tierra esperaron su orden. Robert miró su mano derecha y recordó las historias que su madre le contaba; la leyenda de su padre. El anillo de los Kirkland relucía como nunca a la luz del sol.

Giró hacia su pueblo, hacia su ejército, aquel que había dado tanto hace años, y les ordenó una sola cosa antes de cargar contra el invasor:

—¡Así como lucharon, como sangraron por y con mi padre…!—sus hombres, su tío Haydn y su tío Charles, lo miraron alzando su esperanzada mirada—¡Les pido luchar y sangrar hoy por mí!

Su caballo giró hacia Inglaterra, hacia Eduardo, su espada floreció desde su mano y ordenó la última emboscada luego de diecinueve años.

Los guerreros escoceses dieron su vida una última vez por su tierra, como un grupo de rebeldes amantes de la libertad, como un grupo de patriotas exacerbados de amor.

Escocia luchó una última vez, como un poeta guerrero ahora liderados por un rey. Escribió a fuerza de espada y de tinta ensangrentada sobre los campos de Yorkshire el decreto tanto anhelado de una vez y para siempre.

Robert terminó la hazaña de su padre, y Escocia ganó su libertad.


F I N