El tintineo de las cuerdas metálicas repiqueteaba profundamente dentro de sus oídos y bajaba por su columna. Observó detenidamente como las manos de Russell llevaban sus dedos a todas partes de la guitarra, produciendo sonidos aquí y allá en las cuerdas y la madera. Algunos fuertes, otros suaves o secos. La canción no era frenética como todas las cosas que se escuchaban por esos días, pero no menos compleja.
Ninguna voz acompañaba la melodía. Russell se había negado fervientemente a cantar al son de la guitarra como la timidez espolvoreaba sus pómulos con un color rosa. —Canto terrible — arguyó. Aquello sorprendió a Sam —mas no demasiado— pues rara vez podía ver a su extrovertido y aparentemente confiado-en-exceso novio cortándose de esa manera. Pero lo conocía mejor. Para ese momento, incluso si su tiempo juntos era todavía a ser considerado breve, había visto ya a través de algunas de las facetas de Russell y descubrió inseguridades bajo los destellos.
Russell siempre se pasaba la mano por el pelo cuando estaba ansioso, que era a menudo, pues se sentía cohibido y avergonzado fácilmente. Sam encontró sorprendente que Russell estuviera preocupado constantemente cuando lucía tan calmado, pero recordó que él mismo parecía alegre todo el tiempo.
«Es sencillo esconderse tras una sonrisa».
Sin embargo, el pequeño niño, cuya cabeza descansaba en las piernas cruzadas de Sam, no tenía ningún problema en tararear con la melodía con más bien demasiada energía. A diferencia de su hermano el niño aún no había sido despojado de aquella inocencia propia de los primeros años de vida; y lo demostraba con pura alegría emanando por sus poros ante la más insignificante de las cosas.
«¿Alguna vez fui así?».
Sam sabía ahora que los escalofríos recorriendo su espalda en aquel momento se debían a su cerebro enviando hormonas a través de sus sistemas. Detestaba no poder recordar la última vez que había sido feliz por el simple hecho de ser quién era, pero odiaba más que su cerebro tuviera que animarse a sí mismo a fin de no apagarse. Hizo el pensamiento a un lado, forzando el sonido de las cuerdas metálicas a través de sus oídos, dentro de su mente.
La música dibujó una tenue escena a su alrededor que se construyó pieza por pieza. Calor, prados de altura suficiente para cubrir sus caderas, nubes grises aclaradas por el sol encima y ningún otro sonido que el aullido del viento en sus oídos.
El niño volvió a tararear y rio cuando la canción llegó a su fin.
—¡Eso fue genial, hermano!
—¿Te gustó? —dijo Russell, sonriéndole despreocupadamente al chico, siempre tratando de lucir guay frente a él. El niño también lo conocía mejor.
—Sí, mucho —. También sabía que Russell adoraba los cumplidos.
—Connor tiene razón. Fue impresionante.
—Por supuesto que lo fue —bromeó Russell.
El niño saltó del regazo se Sam y comenzó a dar botes en la cama, parando ante las protestas de los adolescentes, pero no menos emocionado dijo— ¿Sabes qué sería genial? ¡¿Sabes?! Podrías enseñarme.
—¿Oh? ¿Quieres aprender?
—¡Sí! ¡Y podríamos tocar juntos y cantar horrible! ¡Y! ¡¿Adivina qué?!
—¿Qué? —dijeron ambos al unísono.
—¡Conseguir algunas chicas! Digo, chicos para ti, ¡pero puedo conseguir una chica bonita! ¡O un chico también!
Sam se sorprendió de todo lo que los niños sabían estos días, y el grado de tolerancia que tenían, a diferencia de la mayoría de los adultos.
—Woah, amigo, espera un poco. No estoy buscando chicos. Ya tengo uno —Russ rio un poco mientras rodeaba los hombros de Sam.
—¿De Verdad? ¿Así que ustedes están saliendo? ¿Y… se besan y se dan la mano?
—Eso es correcto —declaró Sam.
El niño, entrecerró los ojos un poco—. ¿Y son felices?
—Sí. Somos almas gemelas.
—¡¿Cómo mamá y papá ?! —Su cara se iluminó al instante.
Russell pareció tensarse un poco, como si de repente hubiese sido arrinconado—. No, Connor —ofreció—. Mamá y papá eran esposos, pero no eran almas gemelas.
—¿Por eso mamá se fue?
Sam pudo sentir el pánico dentro de Russell. El niño, cubriéndose la boca, soltó una rápida disculpa y salió corriendo de la habitación. Pudieron oír el estruendo de la puerta de al lado un momento después.
Sam se volvió hacia el chico junto a él, cogiendo la mano que no estaba sosteniendo la guitarra en las suyas.
—Lo lamento. No pensaba decírtelo de esa manera... —suspiró Russell.
—No tienes que si no estás listo. Está bien.
—No, quiero hacerlo —. Russell puso su guitarra, Janine, a un lado—. Mi madre nos dejó hace cuatro meses. No murió. Sólo se fue. Dijo que no podía soportar tener un hijo homosexual.
Sam estaba completamente sorprendido. La madre de su novio había abandonado a sus dos hijos y a su esposo porque Russell era gay. Sólo por el hecho de que su primogénito era gay.
—A mí no me importa —Russell continuó— no cambia lo que soy. Hace mucho tiempo que había aceptado mi homosexualidad para negarlo. Pero me rompe el corazón lo mucho que afecta a Connor. Es tan joven. No entiende por qué ella no está aquí o por qué nuestros padres peleaban constantemente.
»Mi madre dijo cosas horribles el día que se fue. Afortunadamente, papá había sacado a Connor de la casa. No sabía que tanta rabia podría acumularse en una mujer tan pequeña. No me importaba lo más mínimo lo que me dijo. Nunca fuimos muy cercanos. Pero Connor... era una buena madre para él.
»Papá nos ha apoyado mucho a ambos. Ayudo con todo lo que puedo, pero es difícil. Él perdió a su esposa por mí y… —. En este punto su voz se quebró, pero continuó de inmediato—, y Connor ya no tiene una madre.
Sam lo abrazó fuerte, hasta que sus cuerpos estaban tan cerca que casi le dolía. Esperó a que la respiración de Russell se normalizase, pero ni siquiera entonces tuvo el corazón para dejarlo ir. Le habló al oído en su lugar, en voz baja, sin embargo, no un susurro—. No es tu culpa. Lo sabes.
—Pero si... si hubiera...
—¿…sido hetero? —Sam concedió—. Eso habría causado mucho más daño, porque no habría funcionado.
—Lo sé —Russell se aferró a él con más fuerza, enterrándose profundamente en su hombro. —Maldita sea, lo sé, lo sé —dijo entre dientes—. No sería verdad.
—Mira, Russ. No conozco a tu madre, pero sé que no se puede complacer a todo el mundo y algunas de esas personas pueden alejarse, pero eso no quiere decir que estés solo. Hay un montón de gente a tu lado que te quiere.
Russell respiró un par de veces—. Tienes razón.
—Y eso es lo que hay que ayudar a Connor a entender. Sin importar qué, estamos a su lado.
Un breve silencio se estableció entre ellos. Uno cubierto por el zumbido de los latidos de su corazón en sus oídos.
—¿Me puedes prometer algo? —Russell susurró a su pecho—. ¿Me prometes que siempre serás sincero conmigo? ¿Que no importa qué, me dirás lo que sea?
Sam se puso pálido de pronto. Pudo sentir la roja calidez bajo su piel drenarse. Se mordió el labio, acarició la nuca de Russell, lo apretó suavemente—. ¿Incluso si considero que no es la decisión correcta? ¿Incluso si tuviera que mentir y ocultarte cosas para protegerte?
—Sí. ¿Puedes prometer eso?
—¿Tengo opción?
—Ninguna.
—Entonces sí.
—Entonces empieza ahora mismo. ¿Crees que soy débil?
—¿Qué? No. Idiota.
—¿Sam?
—¿Hm?
—Creo que te amo.
No podía aguantar más. No era la forma en que había planeado que pasara, y se sintió totalmente horrible por haberlo planeado en primer lugar. Pero sabía desde el principio que si alguna vez llegaba aquel día tal presión se posaría sobre el pecho; que el aire le sería escaso, que sus ojos se desbordarían en lágrimas y no sabría si eran causadas por el dolor palpitante en el pecho o el vacío en su cabeza o la sonrisa en sus labios. Tal vez todos ellos o tal vez porque su cerebro fallaba de esa manera. Pero la sensación estaba allí y ya no podía contenerla.
No sabía qué hacer consigo mismo, por lo que simplemente dejó las lágrimas fluir en el hombro de Russell, como ya lo había hecho, hasta que pudo hablar de nuevo, solo que lo que salió de su garganta era apenas un soplo, de modo que Russell y sólo Russell pudo oírlo.
Russell lo sostenía ahora, le impedía y lo animaba a desmayarse por los abrumadores sentimientos que se batían dentro de él. «No te merezco».
¿Puedes callarte por una vez? Disfrútalo, aunque sea un poco. Es el primero. Él te conoce y escogió amarme. «¿Puedo confiar en él?» ¿No ves que es el único en quién confío?
Sam encontró el niño sentado a los pies de la cama, arrastrando distraídamente un coche de juguete de color azul en el suelo. La lluvia de sedoso pelo negro le cubría los ojos, pero un suave quejido traicionó el hecho de que había estado llorando.
—Hey, —dijo Sam, sin atreverse a acercarse más hacia el niño, pues no quería asustarlo. Sin embargo, Connor hizo a un lado los legos a su alrededor y le hizo espacio en la pequeña alfombra de arco iris. Sam se sentó con la mirada fija en la pared.
—Escuché lo que dijo mi hermano —murmuró Connor—. ¿Es cierto que mamá se fue porque no lo ama?
—Yo... no lo sé. No la conozco.
—Tal vez... —sollozó— no me quiere.
—No creo que ese sea el caso. Russell me dijo que te quería mucho. No hay ninguna razón para que no te quiera ahora.
—No me ha llamado. ¿No me extraña?
Sam no voceó el hecho de que no sabía qué decir. ¿Que ella llamaría? ¿Que vendría por él? No podía saberlo, por tanto, habría sido totalmente irresponsable de su parte hacer tales promesas al niño, tan frágil y expuesto en ese momento.
—No lo sé —dijo con toda verdad— pero puedo decirte una cosa: no importa lo que pase, tu padre, tu hermano y yo siempre estaremos a tu lado. Para cualquier cosa que puedas necesitar.
—¿En serio? ¿Cualquier cosa?
—Sí. Estamos aquí para ti.
Connor, seguidamente, dejó salir toda la angustia que se había ido acumulando en su pecho todo el tiempo en un tembloroso gemido que intentó suprimir inmediatamente, volando las manos a sus ojos para enjuagar las abundantes lágrimas. Sam, al fin se rindió al impulso de pasar la mano por el cabello del niño, reconfortandole—. Está bien, Connor. Llora todo lo que necesites.
—Pero... los chicos no—lloran.
—Por supuesto que sí.
—¿Incluso tú?
—Oh, sí. Yo lloro todo el tiempo.
Connor sorbió su pequeña nariz, apartándose el flequillo de los ojos húmedos— ¿Por qué? —preguntó.
El corazón de Sam se sacudió un poco; nada que no hubiera aprendido a controlar a lo largo de los años—. Por un montón de cosas de las que preferiría no hablar en este momento. Tal vez te diga otro día.
—¿Promesa? —. Sam no tenía interés en hablar de su depresión con un niño de 7 años, pero no podía retroceder ahora, y quién sabe, a lo mejor Connor sería capaz de aprender una lección que Sam todavía no acababa de captar en una etapa tan temprana. Podría ser provechoso si lo manejaba adecuadamente.
Connor lo abrazó, o mejor, se aferró a él durante unos minutos, mientras acariciaba el suave cabello del niño, al igual que la madre de Sam solía hacer con él a la misma edad.
Una vez que Connor se hubiera calmado lo suficiente como para respirar normalmente bajaron las escaleras para encontrar a Russell acurrucado en el sofá, perdido en sus pensamientos. Connor se sentó junto a él.
—¿Hermano?
—¿Hm? ¿Sí?
—¿Podemos ver una película?
Sam sonrió para sí mismo.
—Pero por supuesto. ¿Cuál?
—Buscando a Nemo.
—¿De nuevo?
—¡Sí! —. Sus risas no eran claras como el cristal, no tan ligeras como debían ser, sin embargo, la tensión amainó un poco, lo que siempre era reconfortante.
