¿Jugamos? (parte XXI)
Ante la testaruda negativa de Gale a dejarse pinchar sustancias que desconoce, la mujer se marcha advirtiendo que tendrá que hablar con sus superiores para confirmar que él puede prescindir de la receta hormonal.
"¿Ha dicho que todos lo toman?", pregunta Gale; que ahora tiene ligeros agujeritos en los brazos, por la brusquedad con la que tiró de los viales.
"Sí", digo, aunque estoy desubicada con todo el asunto y no entiendo bien lo que sucede.
"Tal vez la clonación en serie tenga ese tipo de fallos", comenta Gale. "Quizá su cuerpo no pueda producir esas sustancias por sí mismo, pero… ¿por qué querrán dárnoslas a nosotros?".
"Forma parte de su método", habla mi madre, que continúa con la expresión entre reflexiva e inquieta. "Su método de control social, del que nos hablaron el primer día. La insatisfacción puede desembocar en problemas, en voces contrarias a la forma que ellos han elegido para vivir. La felicidad, sin embargo, tiende a volver a las personas conformistas. Si piensas que todo está bien, ¿por qué vas a quejarte?"
Gale y mi madre intercambian una mirada cómplice que da a entender que ya habían hablado previamente del asunto hormonal, mientras yo continúo sin comprender a qué es debido. Puedo preguntar, o seguir sintiéndome estúpida.
"Nuestro cuerpo genera de forma natural una serie compuestos hormonales que sirven para múltiples cosas, entre ellas mantenernos calmados, felices, conformes con lo que nos rodea; para aliviar nuestro estado de ánimo… para estar bien", me explica. "Al parecer aquí también se lo administran por vía exógena a sus ciudadanos…".
"Es decir", termina Gale. "Les hacen tragarse la felicidad junto a las comidas. O eso parece".
"¿Desde cuándo sabes cosas sobre hormonas?, le digo a mi amigo, incómoda con su repentina actitud de sabelotodo.
Él me sonríe. "Procuro mantenerme informado, Catnip".
Es inevitable dejar que se dibuje una sonrisa en mi boca al escuchar mi antiguo apodo. Tal vez se le haya pasado el enfado. No quiero estar mal con Gale mientras está enfermo. No quiero discutir con él nunca más, aunque eso va a ser complicado, me consta. Sin embargo mi sonrisa se evapora al caer en que pretenden hacer con nosotros lo mismo: darnos la receta de la felicidad en pastillas. A Peeta ya se la están dando y funciona. ¿Podemos dejar que lo hagan? ¿Deberíamos permitirles que lo hicieran?
Gale tiene la respuesta para eso.
"No pienso dejar que decidan por mí como tengo que sentirme. Eso es algo privado y personal, no una cuestión que concierna a la sanidad pública".
Tal vez no estaría tan mal, medito, pero no se lo digo. No tiene sentido dictar a Gale lo que piensa. Ha decidido que no quiere las hormonas, que es una forma de manipularle, y va a continuar con esa idea para siempre. Mis pensamientos se confirman cuando añade:
"Tenemos que largarnos de aquí".
Mi madre nos anuncia que tiene trabajo que hacer y sale del cuarto. Yo permanezco de pie junto a la cama de Gale, cruzada de brazos y anticipando una pelea, porque no estoy en absoluto de acuerdo con lo que acaba de decir.
"No tenemos a dónde ir, Gale. No podemos marcharnos de momento", digo cuando estamos solos.
"Pues habrá que encontrar la manera o el sitio".
"Aquí están cuidando de nosotros. Te han curado. Han curado a Peeta. Puede que no sea el mejor lugar del mundo, pero al menos estamos a salvo".
"Yo no voy a quedarme, Catnip. He luchado por la libertad, no para que traten de hacerme una persona feliz a la fuerza", replica él. Y así termina la conversación y mis ganas de no volver a tener broncas con Gale.
A los pocos días Gale es dado de alta y vuelve a dormir en su cuarto, aunque aún se pasa el día allí tumbado, ya que los médicos no le permiten realizar ningún trabajo o esfuerzo. Sólo sale para las comidas, y ya que está fuera, aprovecha para acudir a las reuniones que mantienen Dauphin, Haymitch, Paylor y Beetee con los miembros del Gobierno cada tarde. A veces también está en ellas Johanna, pero casi nunca Peeta.
Una de las veces que acompaño a Gale hasta allí, decido quedarme. La discusión es acalorada y si los gritos van a más, pienso llevarme a Gale para que no se altere en exceso. Los médicos han dejado claro que nada de sobresaltos hasta que se haya recuperado por completo.
Dauphin tiene peor aspecto del que le haya visto nunca. Sin sus gafas de cristales coloreados son evidentes los profundos surcos azules que escondía bajo sus ojos. Está claro que no es que haya pasado una mala noche de sueño, sino que lleva muchas noches de vigilia; probablemente preguntándose si Minerva sigue viva, y en el caso de que lo esté, buscando la manera de liberarla.
En medio del griterío no entiendo una palabra de lo que dicen. Sólo capto cosas sueltas como: No podemos enfrentarnos a ellos militarmente. No tenemos un ejército, frase que Leblanc repite con insistencia. Y, Tampoco podemos permitir que siga sucediendo lo que está pasando en Panem, lo cual Dauphin no cesa de decir con obstinación. Pero hay algo que silencia la redundancia de enunciados de ida y vuelta.
"Aquí podría fabricarse cualquier tipo de arma biológica, ¿verdad?", dice Beetee.
Gale habla por primera vez desde que nos unimos a al debate. "¿A qué tipo de arma te refieres?", pregunta mirándole, con esa expresión distante que se le dibuja en las facciones cuando está maquinando algo. Malo, opino en silencio.
"Bacterias", contesta Beetee. "Ya se han usado antes y sabemos los peligros que suponen. Podrían matar a la mitad de la población, pero no se me ocurren más opciones. Aquí no disponemos de armas. Si existiera la forma…"
"¿De cerrar un área?", elucubra Gale. "¿De hacer imposible que la epidemia alcance a los distritos?".
No doy crédito a lo que escucho. Salgo de la habitación como una bala en busca de Peeta; creo que es el único que podría poner un poco de cordura en esta reunión. Diferentes personas me han comentado que parte de culpa en el colapso mundial que sucedió años atrás, el que dejó apenas unos cuantos habitantes en el planeta, la tuvo el uso de armas biológicas contra población civil durante las contiendas. Epidemias imposibles de frenar que a su vez generaban nuevas epidemias. Esta gente renunció a la carne por evitarlas ¿y ahora quieren usarlas como arma arrojadiza contra otros humanos?
Desde que está mejor, Peeta ha sido asignado a las cocinas: es el encargado de hornear el pan. Resulta que él está encantado con la tarea. Aquí dispone de múltiples cereales y semillas para dejar correr toda su imaginación (que es mucha) en lo que a panes se refiere. Lo encuentro embadurnado de harina y con las manos en la masa, literalmente.
En cuanto pronuncio su nombre él detiene el minucioso amasado que realizaba y gira la cabeza para mirarme, con una sonrisa en los labios.
"Princesa, ¿cómo tú por aquí? ¿Gale ya está mejor?".
La palabra que me pone roja parece haberse convertido en mi nuevo nombre oficial para él. Le devuelvo la sonrisa, me acerco y limpio un poco de harina que tiene en la mejilla con los dedos de una mano.
"Sí, está mejor", le respondo. "Se encuentra en una de las tertulias anti-Coin, conspirando"
"Eso se le da bastante bien".
"Lo sé. Me preocupan las posibilidades que están barajando en estos momentos".
Peeta se limpia las manos en el delantal blanco que lleva puesto. "¿Te apetece que vayamos a hablar alguna otra parte? Ya había terminado con esto. Ahora tengo que dejar que repose, así que…".
"Sí", digo antes de que termine la frase.
Después de haberse deshecho del delantal, salimos de entre fogones y hornos y nos encaminamos hacia la sala común. Me detengo, porque no quiero volver allí. Quiero estar con Peeta a solas.
"Podemos ir a mi cuarto… si quieres", propone él al darse cuenta de mi indecisión. Acepto enseguida la sugerencia.
Una vez allí, los dos nos sentamos en su cama. Decido empezar por confirmar que Peeta sabe todo ese lío de las hormonas, ya que aún no había podido hablar con él de ese tema.
"Por supuesto que estoy al tanto", asegura. "Y no tengo ningún problema, más bien todo lo contrario. Gracias a eso puedo volver a ser yo mismo. Mi mundo ha dejado de ser un caos descontrolado, tengo que estarles agradecido".
Le cuento lo que ocurrió hace unos días, cuando fueron a pinchárselas a Gale y él se negó. También le explico que eso consiguió aplazar los planes de Leblanc para que el resto también tomásemos la mezcla, aunque él y los suyos siguen convencidos de que si permanecemos aquí tendremos que terminar por hacerlo, ya que toda la población local lo hace, desde pequeños.
"Ya sabes cómo es Gale", dice con la voz pausada, y un tono con el que da la impresión de que estuviera hablando de un amigo de toda la vida. "Diría no a cualquier cosa con tal de llevar la contraria. Y más desde que llegamos aquí, que parece que lo hayan pegado a Johanna con pegamento".
"Sí. Ya sé cómo es. Cree que deberíamos marcharnos".
Peeta respira hondo y después dice: "Yo no voy a ir a ninguna parte, Katniss".
Empiezo a morderme las uñas; él me frena y agarra mi mano. La coloca entre las suyas, sobre sus rodillas y empieza a hacer círculos con el pulgar en el dorso.
"Aquí me están ayudando", dice. "Aquí me siento capaz de llevar una vida normal, dentro de lo que cabe. Además, están cultivándome una pierna de verdad en alguna parte. Confío en que puedan arreglar la mía. No puedo marcharme".
Mi silencio hace que él continúe. "Tampoco tenemos a donde ir, princesa. Panem está hecho un desastre. El Capitolio es peligroso. El 12 son cenizas…".
Su mención del distrito 12 envía una avalancha de nostalgia y tristeza a mis entrañas. Él debe notarlo, porque se acerca y me besa suavemente la mejilla. "Aquí podríamos olvidarnos de los Juegos para siempre", añade. "Yo no pienso en ellos desde que tomo sus medicinas. Se acabaron las pesadillas".
Sus palabras hacen que me plantee ese tipo de futuro. En este lugar, junto a Peeta, con Prim y mi madre a salvo… pero sin Gale. La idea me estremece un poco, aunque sé que sería factible. Sé que podría estar bien. Una vida tranquila en un lugar en el que la felicidad es obligatoria. En el que la enfermedad o el dolor son cuestiones que pertenecen a un pasado remoto.
"Podría quedarme aquí contigo y olvidarme de Panem para siempre", digo en voz alta, aunque en realidad se trataba sólo de un pensamiento.
Peeta me mira por un momento antes de tomar mi cara entre sus manos y besarme dulce y suavemente. Lo he besado tantas veces que ni siquiera me sorprende el contacto con sus labios, ni mi corazón se acelera con el acto. Muevo la lengua al compás de la suya, devolviéndole el beso casi por inercia. Ambos caemos sobre la cama, y el contacto entre nuestros labios sigue siendo suave y agradable, muy delicado. Es profundo y largo, y me hace sentir bien. Me hace sentir que hago lo correcto estando aquí con Peeta. Confiando en él. Hace tiempo que no me dice que me quiere, pero sé que todavía lo hace. Y consigue hacérmelo sentir. Sólo que hay algo… hay algo que no encaja; algo que evita que sea perfecto. Como cuando a un puzle de muchas piezas le falta solamente una por poner.
Me separo de su boca y me incorporo ligeramente, sin dejar de mirarle a los ojos
Peeta hace lo mismo. "¿Qué te preocupa?", quiere saber.
"Nada", contesto rápidamente. "Es por… es por la conversación que estaban manteniendo Dauphin, Beetee y el resto hace un rato. Hablaban de usar armas biológicas contra Panem, y lo decían en serio".
Peeta arruga el entrecejo. "Eso suena fatal".
"Lo sé".
"Hay que conseguir que entren en razón. Pero no te angusties, princesa. Entre tú y yo podremos hacerlo".
Peeta es incapaz de borrar la sonrisa de su boca. Me pregunto si es debido al beso, o a las hormonas que se toma con tanta alegría. Espero que sea por el beso, la verdad.
"Eso espero".
Las dudas de ayer persisten hoy en mi cabeza. Desde que piensan que se me va la olla con demasiada facilidad como para tenerme trabajando, me paso las horas deambulando por los pasillos de nuestro edificio, visitando a mi madre en el hospital, o a Peeta en las cocinas, o a Gale en su habitación. Aunque ahora estoy en el mía, dándole vueltas a si lo correcto sería marcharnos de este lugar e intentar vivir en otro sitio, o permanecer aquí con Peeta, porque él tiene la absoluta determinación de quedarse.
Escucho unos golpes rápidos en la puerta segundos antes de que se abra. Es Gale, y está rojo de ira.
"¿Qué pasa?", pregunto mientras me levanto, lo acerco a mi cama y trato de sentarlo. No debería de acalorarse tanto, no es conveniente. Tan pronto como lo empujo contra el colchón, él vuelve a ponerse de pie.
"Nos largamos", me dice. Y empieza a caminar de un lado a otro de la habitación.
"¿Podrías explicarme qué es lo que ha pasado?", digo, frenando su arrebato y manteniéndolo quieto frente a mí.
"He discutido con Leblanc mientras estaba en la sala de curas, por todo ese tema de las hormonas. Está empeñado en que las tomemos. Insiste en que nos harán mucho bien, nos alegraran la vida… lo cual será especialmente bueno en mi caso, ha añadido, ¿te lo puedes creer?".
No cabe duda que Gale viene del área del hospital en la que se atienden y curan las heridas abiertas. Aquí no son comunes las operaciones; si alguien tiene que acudir a esa área médica suele ser debido a algún tipo de corte o lesión que se ha hecho en el trabajo. Ha debido de salir de allí como una exhalación, porque no lleva puesta la venda que suele cubrir su herida del pecho —a la cual ya han quitado los puntos— ni tampoco le ha dado tiempo a abotonarse la camisa.
"Tienes que tomártelo todo con más calma. ¿Qué pretendes? ¿Reunir a tu familia y marcharos así, sin más?".
Gale me mira fijamente y coloca las manos sobre mis hombros.
"¿Tú no vienes?, me dice. "Pensé que nos iríamos todos. Dauphin está de acuerdo, Haymitch y Paylor prácticamente convencidos. Tu madre también. Y tampoco podemos continuar ignorando lo que está pasando en casa".
Intento no hacer caso de sus palabras. Pongo una mano en su mejilla y eso parece apaciguarlo.
"Es demasiado pronto, Gale. Ningún especialista permitiría que acortases así tu proceso de recuperación. Ni siquiera sabes si tu nuevo corazón funciona bien".
Él cierra los ojos ante mi gesto.
"Bueno, eso podemos averiguarlo".
Me río porque me hace gracia todo ese optimismo. "¿Y cómo piensas averiguarlo?".
Sus iris, de por sí muy grises, se oscurecen algunos tonos. "Acércate". Su voz suena grave.
Cierro la distancia que había entre nosotros dando un paso hacia el frente. Él me mira levantando las cejas y después baja los ojos a los botones de mi camisa. No pregunta antes de empezar a desabrocharlos. El primero, el segundo, me separo… confundida.
"Gale qué…".
Pero él camina hacia delante colocándose igual de cerca.
"Si queremos averiguarlo habrá que quitarse algo de ropa", asegura convencido. Mi mirada no sirve para disuadirle, y continúa con el tercero.
Contemplo atentamente sus manos. Me gusta mirarlas mientras trabajan; son ágiles, meticulosas, delicadas. Son precisas cuando fabrican una trampa. Cuando termina, separa ambos lados de la prenda y la desliza ligeramente sobre mis hombros.
Permanezco inmóvil. La curiosidad por saber cuál es el siguiente paso en las averiguaciones puede más que el pudor que siento al ver la forma en que me mira. Agarra mi mano derecha y la coloca sobre la parte izquierda de su pecho, justo encima de la línea enrojecida que marca el lugar donde oculta su corazón recién estrenado. Después se acerca un poco más con esa mirada indescifrable. Noto él acelerado ritmo de sus latidos por debajo mi piel y su piel.
"Si se descontrola, tendrás que avisarme, Catnip".
Trago saliva mientras él se inclina sobre el hueso de mi hombro y empieza a recorrerlo con los labios, subiendo muy lentamente en dirección a mi cuello. Envuelve con un brazo mi cintura y con el otro me sujeta la nuca, ladeando ligeramente mi cabeza.
No es hasta que siento su lengua en mi piel que empiezo a respirar pesado. Parecen jadeos, pero no lo son; es sólo respiración un poco errática (pienso para mí misma). Cierro los ojos al notar sus dientes clavarse con suavidad sobre la fina piel de cuello, su conducción segura de camino a mi mandíbula, hacia mi boca. Muevo la cabeza y busco la suya cuando ya no lo soporto más. Él separa los labios de los míos casi al instante. Ha sido un beso muy breve.
"¿Cómo lo ves? ¿Crees que está preparado para enfrentarse al caos del mundo?", quiere saber, bajando los ojos a la mano que tengo sobre su pecho.
No obstante, el brazo que rodea mi cintura me impulsa contra su cuerpo mientras el que estaba en mi nuca se desliza por mi espalda. El aire que había entre ambos empieza a desaparecer hasta ser inexistente.
Pero sus palabras me devuelven a la realidad, y me invade una especie de sentimiento de culpa. ¿Qué estoy haciendo? Ayer estaba en la cama de Peeta dejando que me besase, y hoy me dedico a averiguar cosas con Gale. No hay manera de que lo que estoy haciendo pueda estar bien.
Aun así, no me alejo, porque sé que Gale no va a permitirlo, pero sobre todo porque yo tampoco quiero que lo permita. Él encuentra mi boca sin prisas, posando de nuevo una mano en la parte posterior de mi cabeza. Roza sus labios con los míos y mueve su lengua para que los separe. Hago lo que me pide sin rechistar, porque sé que mi cuerpo no está en condiciones de decir que no; no cuando se siente atrapado de esta forma por el de Gale, piel contra piel.
Es casi demente la forma en que volvemos a besarnos, ahora que Gale ha decidido participar activamente en la acción. Avanzamos sin darnos cuenta hasta el vértice de mi cama. Me empuja sobre ella, sin embargo él permanece de pie, observándome.
"¿Tienes suficientes evidencias de que mi corazón funciona, o quieres que siga?", pregunta, con deseo en la voz.
La cuestión me pilla por sorpresa. Pensé que iba a seguir de todas formas. No contesto, pero mis dos pestañeos deben de sobreentenderse como que necesito más evidencias, porque se cierne sobre mí, sujetando su peso con ambos codos y vuelve a devorarme el cuello. Ahora es menos suave, más intenso, clavándome los dientes para después deslizar la lengua sobre la piel sensibilizada. Arqueo la espalda y creo que se me escapa un gemido al chocar con la entrepierna de Gale. Aunque quisiera detener el frenesí de besos de después, presiento que sería incapaz. Me gustan demasiado, siento un deseo primario, imposible de controlar. Noto como todo su fuego empieza a consumirme.
Nos detiene un sonoro estruendo que hace que vibren los muebles de la habitación. Gale se incorpora, aunque se resiste a liberarme.
"¿Qué ha sido eso?".
Tengo la cabeza en otra parte, y es difícil concentrarse en nada que no sea el cuerpo de Gale comprimiendo el mío. Entonces vuelve a temblar el mundo. Gale se levanta del todo y coge mi mano para ayudar a que yo haga lo mismo. Tira tan fuerte de mí que choco contra su pecho.
"Parece que hoy no es el día, Catnip", dice pegado a mi boca, y me besa brevemente para después abrochar tres botones intercalados de mi camisa.
Sigo con la respiración errática y el corazón martilleándome en el pecho, mientras me arrastra a través de la puerta, y empieza a correr por el largo pasillo en el que se encuentran las habitaciones. Tengo que respirar profundo para asimilar qué algo debe estar pasando en el exterior, y que lo que fuera que iba a suceder entre Gale y yo hace unos momentos ya no será posible.
Una vez en la planta de abajo nos encontramos con resto de huéspedes de Panem. Peeta tiene a Annie cogida de la mano, ambos jadeantes; Haymitch con gesto obtuso y cara de recién despertado de la siesta. Mi hermana aparece con Posy en brazos y detrás llegan Hazelle y los hermanos de Gale. No veo a mi madre por ninguna parte, aunque supongo que estará en el hospital.
Pronto aparece Leblanc junto a otros miembros de gabinete al mando.
"Están bombardeando la cúpula", nos informa.
Gale, que no ha soltado mi mano, tira de mí hacia uno de enormes ventanales de cristal.
"Naves del Capitolio".
Hablamos casi al unísono, girando la cabeza hacia el resto. Entonces noto como Peeta clava los ojos en los dedos entrelazados de mi mano y la de mi amigo. Las desenvuelvo de inmediato. Se me pasa por la cabeza que debo de tener la trenza hecha un desastre, la camisa mal abrochada, y que tal vez él piense que… que piense lo que quiera. Si lo hace no irá mal encaminado, pero no es momento para plantearse esas cosas.
