XXI. Familias.

Era 24 de diciembre y al igual que cada año, Helga podía ver a la gente correr por la calle, apurada para comprar los últimos regalos que nunca faltan. La niña sentada en la banca de la plaza, abrigada y acurrucada contrastaba completamente con la imagen de las demás personas. Llevaba cerca de una hora ahí, muy metida en sus pensamientos, a tal punto, que no se dio cuenta que tres de sus compañeros de clase habían pasado por ahí, caminando muy rápido, igual de atrasados que las demás personas.

Por extraño que pareciera, por primera vez, se sentía con deseos de estar en su casa para Navidad. En esos momentos, seguramente que Emily, Miriam y Olga estarían preparando la cena de esa noche, Mike estaría de colado en la cocina, estorbando más que ayudando. Bob… bueno, últimamente estaba muy impredecible, sobre todo desde aquella noche que entró calladamente en su cuarto, y le habló mientras supuestamente estaba dormida. Después de esa noche, las cosas en su casa cambiaron bastante, mucho, en realidad…

La relación de Miriam y Bob se vio completamente cambiada de un día para otro. Helga notó que de un día para el otro parecían mucho más cercanos, como si su relación se hubiera renovado, o hubieran hecho algo parecido a borrón y cuenta nueva. La cosa es que andaban tan… extraños en la manera de tratarse, que en una ocasión Helga y Olga se quedaron mirando y se largaron a reír. Bob ya no era tan huraño como siempre, ni andaba gruñendo a cada momento porque algo no le parecía. Al contrario, de un momento a otro y sin que ninguno de ellos se diera cuenta, se estaban comportando como una familia normal.

Helga, que había estado conversando y compartiendo con los Pataki, de un momento a otro se quedó en silencio, mirándolos casi con la boca abierta. De pronto, se sintió como aquella vez durante la cena de Acción de Gracias, cuando de verdad se sintió parte de esa familia, en contraste a otras ocasiones que lo único que quería era largarse. De pronto se quedó mirando a Bob, recordando sus palabras, sus lágrimas y la sinceridad de su arrepentimiento, y también lo vio aquellos días en que Miriam los había dejado para que compartieran más, o cuando decidió ayudarla en la obra de Romeo y Julieta, acompañándola toda la noche para aprenderse sus líneas… vio la sonrisa de orgullo que tenía aquella mañana cuando ella y Arnold salvaron el vecindario.

Y se dio cuenta que no todo era tan malo…

Con cada día que pasaba se sentía más confundida. Sabía que cada vez se acercaba más el momento de tener que elegir con quien quedarse, y eso le daba terror. No se sentía capaz de poder elegir, se sentía entre la espada y la pared…

Le dolía el estómago con sólo imaginarse la posible situación… todos mirándola fijamente, esperando el veredicto, cada uno pensando que fuera a su favor. ¿Cómo poder responder a eso, sin que nadie saliera herido?

¡Sólo era una niña, por Dios!, no tenía idea qué podría hacer… y cuando hablaba con Olga del tema, terminaba más confundida aún.

Continuó sentada en la banca un ratito más, hasta cuando empezó a oscurecer. Tenía una cena familiar, quizás la primera realmente familiar que tendría en toda su vida, ya que ella se sentía cómoda como pocas veces, y también integrada por todos. Sentía muchos deseos de saber cómo se darían las cosas entre todos ellos.

Sólo esperaba que todo saliera bien.

Poniéndose de pie, y luego de observar un poco más a la gente que caminaba rápidamente a su lado, comenzó su camino hacia su casa, manos en los bolsillos y se rostro a penas visible por la bufanda que lo cubría. No tenía intenciones de enfermarse en esos momentos, y mucho menos por la enfermedad que tenía.


Arnold había comprado sus regalos anticipadamente, como siempre. En esos momentos se dedicaba a acompañar a Gerald a comprar sus últimos regalos de Navidad… como siempre.

-El próximo año no será igual- gruñía el moreno, abriéndose paso entre la gente en una tienda –te lo prometo, Arnold, el próximo año un mes antes tendré todas las compras listas.

-Sí, seguro…- contestó escépticamente el rubio, caminando detrás de él –pero estoy seguro que el año pasado dijiste lo mismo, y el anterior también- Gerald lo quedó mirando feo –no puedes negarlo, sabes que es verdad. Lo que el próximo año va a pasar, es que yo te voy a obligar a comprar los regalos conmigo, de esta manera no estaremos así el último día.

-Sueña, amigo…- replicó Gerald, poniendo su mano en el hombro. Arnold lo miró con el ceño fruncido, por lo que el otro soltó la carcajada -no te enojes, sólo me queda el regalo de papá y terminamos por hoy...

-Genial, pensé que nunca lo dirías- suspiró Arnold, siguiendo a su amigo.

Ambos fueron por algunas tiendas más, y en menos de quince minutos Gerald ya tenía todos los regalos comprados, lo que Arnold agradeció mucho, ya que tenía frío y quería irse a su casa. Esa sería la primera Navidad con sus padres, y no deseaba desaprovecharla.

Caminaba camino a su casa cuando, en el escaparate de una tienda, algo la detuvo. Quedó mirando fijamente la vitrina, que mostraba un par de botas de invierno de Nancy Spumoni. Gerald, que había continuado caminando, de pronto se detuvo, mirándolo con extrañeza.

-¿Qué es lo que pasa?- preguntó, acercándose. Quedó mirando también las botas, y luego volvió la mirada a Arnold -¿qué tienen esa botas de importante?

-Nada- contestó el otro escuetamente, aunque su mente trabajaba rápidamente.

-¿Nada?- repitió Gerald, suspicaz -te conozco, Arnold, y si te quedas mirando tanto rato esas botas, es por algo. Cuéntame en qué estas pensando, y te diré si es algo descabellado o no... aunque seguramente lo sea.

-Bueno...- Arnold bajó la mirada, inseguro. Podría jurar que su amigo se terminaría riendo de su idea, como la mayoría de las veces -estaba pensando... ¿recuerdas lo de las botas de Nancy Spumoni, del año pasado?

-¿La lista del señor Bailey?, sí, pero...- se detuvo, poniendo cara de entender qué era lo que quería Arnold. Lo miró como si estuviera pidiendo paciencia a una fuerza superior -¿qué te hace pensar que lo que piensas es una buena idea?

-No lo sé- se encogió de hombros -pero... pensando... ella regaló las suyas, y ambos sabemos muy bien cuánto las deseaba, al igual que Rhonda, no dejaba de hablar de otra cosa.

-Sí, pero eso no significa nada- replicó Gerald -¿qué te hace pensar que ella las desea aún?, según Rhonda ya pasaron de moda.

-Para Rhonda las cosas pasan de moda de una semana a otra- dijo con desdén Arnold, volviendo a ver el escaparate -es algo así como devolverle el favor, o como agradecerle el sacrificio que hizo.

-¿Sacrificio?

-Sabes perfectamente que para ella lo fue- suspiró Arnold, esta vez pidiendo él la paciencia necesaria -era lo que deseaba- se quedó en silencio unos momentos -además, ¿qué explicaciones tengo que darte a ti? Si quiero comprarle las botas a Helga, lo voy a hacer.

Sin decir otra palabra más, Arnold entró a la tienda. Esa acción hizo que Gerald se largara a reír, divertido. El sólo imaginarse la manera en que Arnold le entregaría el paquete a la rubia (y la posible reacción de ella, además), le hacían tener deseos de no perderse tal escena. Arnold volvió minutos después, con un paquete en sus manos.

-¿Cómo te fue?- le preguntó Gerald, tratando que el tono burlesco no se notara tanto.

-Bien, es obvio- replicó Arnold, y en ese momento se dio cuenta de la mirada que su amigo le estaba dando. Sin saber la razón, se puso ligeramente nervioso -¿por qué me estás mirando de esa manera?

-¿De qué manera?- le preguntó Gerald, como quien no quiere la cosa -no entiendo de qué me estás hablando...

-No te hagas- gruñó Arnold -te conozco muy bien, Gerald, y sé que algo estás pensando, que me estás mirando de esa manera tan... tan...

-¿Tan qué?

-Tan...- Arnold lo quedó mirando -¡da igual!- Gerald se rió con ganas -y ya deja de molestar, quiero pasar a dejar el regalo a casa de Helga antes de irme a casa.

-¿No se lo entregarás tú?- preguntó Arnold.

-No, ¿por qué tendría que hacerlo?- Gerald lo quedó mirando nuevamente con ojos burlesco, lo que por supuesto, terminó por cansar a su amigo -¡ya déjame en paz!

-No te enojes- le pidió Gerald, mientras trataba de dejar de reír -vamos, te acompañaré donde Helga.

Llegaron a la casa de los Pataki después de tomar un bus que los dejó muy cerca de ahí. En sólo unos minutos caminando, se encontraron en frente de la puerta. Por algunos momentos, y antes de llamar a la puerta, Arnold dudó si debía hacerlo o no, pero un codazo de Gerald lo hizo decidirse por fin. Sólo esperaba que no le abriera Helga, ya que no sabría qué excusa darle o qué decirle para entregarle el regalo. Para su suerte, fue Olga quien abrió.

-Hola, ¿ustedes son amigos de Helga, cierto?- les preguntó amablemente. Los otros dos asintieron -que sorpresa... ¿quieren hablar con ella?

-No, Olga, nosotros...- comenzó Arnold, pero fue interrumpido por la otra.

-Uf, menos mal, porque Helga no está. ¿Quieren pasar?- se hizo a un lado de la puerta y los otros, después de mirarse unos momentos, decidieron aceptar. Aún les quedaba algo de tiempo para vagar por ahí, antes de que comenzara la cena en sus casas -¿a qué vienen?

-La verdad es que...- sin saber la razón, Arnold sentía que su rostro ardía -hum...

-Arnie le compró un regalo a Helga- dijo Gerald, sonriendo. Arnold lo quedó mirando horrible -quería dejarlo en su casa, para que ella lo abriera...

-Oh, que tierno de tu parte, Arnold- sonrió Olga, sin notar el tono de burla de Gerald -estoy segura que Helga te lo agradecerá mucho.

-Eh... sí, seguro...-murmuró Arnold, muerto de vergüenza y agradeciendo que los padres de las chicas no estuvieran presentes en esos momentos -eh... ¿lo puedes recibir tú, Olga?- preguntó el muchacho, rojo como tomate -eh... no podemos quedarnos mucho tiempo más...

-Pero, ¿de qué hablas...?- comenzó Gerald, pero una patada no tan bien disimulada por parte del rubio lo calló de inmediato -eh... sí, es verdad, en casa nos esperan.

-En ese caso, pueden ir- dijo Olga, aguantando a duras penas la carcajada. Recibió el regalo por parte de Arnold y después de despedirse rápidamente, prácticamente salieron corriendo de la casa, ante la cara divertida de Olga.

-¿Quién era?- preguntó Emily, asomándose de la cocina.

-Unos amigos de Helga- contestó Olga, caminando hacia la sala, lugar donde estaba el árbol navideño, ya con bastante regalos -le trajeron un presente.

-¿Ah si?- tanto Miriam como Emily se notaron muy interesadas en el tema -¿los conocemos?

-Yo creo que sí, ¿se acuerdan de Arnold?...

-¿Arnold... Arnold?- preguntó Emily, sonriendo un poco. Miriam fue la única que se notó confusa.

-¿Quién es él?- preguntó.

Justo en esos momentos, la puerta de la casa de los Pataki se abrió, dando paso a Helga y Bob, que hablaban tan fuerte que detuvo la conversación en la cocina.

-Pero Bob- decía Helga, con cansancio -¿cómo se te puede ocurrir siquiera que quiero ir a ver Cascanueces?

-Bueno, el año pasado bien que fuimos a ver ese estúpido musical de los gatos- replicó Bob, Helga hizo ojos al cielo al recordar ese pequeño episodio -un poco de ballet no te vendrá mal, tampoco.

-Papá- Helga se volvió completamente hacia él, y comenzó a enumerar con sus dedos junto con sus palabras -punto uno, yo no quería ver a esos ratones cantores, quería ver el evento de la Lucha Libre que era ese mismo día. Te equivocaste al ver el afiche...

-Las Luchas son muy violentas para ti...- replicó Bob, mientras Helga continuaba hablando.

-Punto dos, ese famoso musical fue una verdadera porquería, y no puedes negarlo, porque bien que te reías conmigo mientras todos los demás lloraban de tristeza...

-Eso es verdad...

-Y tres, y el más importante: ¡¿de dónde sacaste que podría gustarme el ballet?, ¿quién te dio esa estúpida idea?

-En realidad- dijo Bob -es sólo una idea para que vamos probando- continuó, caminando hacia las escaleras -y si vas, la próxima salida la escoges tú.

-¿De verdad?- Helga dio un brinco -¿aunque sea Lucha Libre?

-Sí, sí, aunque sea Lucha Libre...- contestó Bob, subiendo las escaleras con paso lento, y haciendo unos gestos con su mano. Helga sonrió triunfalmente a las tres mujeres y fue hacia la sala, después de sacarse su abrigo. Tanto Emily, como Miriam y Olga volvieron a la cocina, bastante confundidas.

-¿Quién era el que actuaba más extraño?- preguntó en un susurro Emily -¿Bob o Helga?

-Los dos- contestó Miriam rápidamente, caminando hacia el mesón, para continuar cocinando -todo esto a ratos me confunde.

-¿El qué?- preguntó Olga, siguiendo a su madre.

-Lo de Bob, por supuesto- contestó Miriam, y al notar las miradas confusas de Olga y Emily, se decidió contar lo que había ocurrido en el cuarto de Helga noches antes. Cuando terminó, las dos estaban con la boca abierta, aunque a Olga se la vería muy feliz.

-¡No puedo creerlo!- sonrió Olga, feliz -¿de verdad papá dijo eso?

-Sí- asintió Miriam -y después que estuvo en el cuarto con Helga, conversamos mucho rato sobre todos los temas que pudimos. Creo que era algo que necesitábamos mucho...

-¡Por supuesto que sí!- exclamó Olga, aún feliz -ahora entiendo por qué de un día para otro papá cambió, sobre todo con Helga. Oh, al parecer esta sí que va a ser una Navidad perfecta.


-Oh, ya pensaba que no llegarías hoy.

Arnold sonrió levemente con las palabras de su padre, que se hizo a un lado y lo dejó pasar a la casa. Cuando pasó por su lado, éste sacudió su cabello con cariño, causando la risa del niño.

-¿Dónde andabas?- le preguntó, a la vez que cerraba la puerta.

-Acompañaba a Gerald a comprar los regalos- contestó Arnold, con cierto desánimo -todos los años es lo mismo, espera hasta el último momento para comprarlos...

-Bueno, mucha gente es así, no sólo él- sonrió Miles -ven, vamos. Recién logramos calmar a mamá haciendo que se sentara al piano y comenzara a cantar. Stella realmente se lució.

-Me imagino- sonrió Arnold.

A penas entró en la sala, en su mente se hizo una imagen que nunca podría olvidar. Ahí estaban todos sus seres queridos, por primera vez desde que tenía memoria. Estaba en silencio, sentado, observando a la distancia cómo su padre y su abuela cantaban un villancico, cuál de los dos más desafinados, mientras que su abuelo y su madre trataban de hacer cualquier cosa para callarlos, causando la risa de todos los demás huéspedes. A ratos Arnold pensaba que todo eso podía ser un muy buen sueño... era demasiado perfecto para ser verdad, o al menos eso era lo que pensaba él.

-¿Qué estás haciendo allá, Tex?- llamó su atención Gertie, Arnold despertó de su sueño -¡ven acá a cantar con nosotros, antes que logren que nos callemos!

-Quizás no sea tan malo- murmuró Phil, que los miraba cruzado de brazos, bastante serio. Stella, que estaba cerca de él, lo abrazó.

-No se moleste tanto, Phil- sonrió ella, divertida -déjelos que canten, es mejor eso a que Gertie quiera celebrar el Día de Acción de Gracias...

-Sí, creo que tienes razón, Stella...

Arnold, con una sonrisa tan grande que le llegaban a doler las mejillas, se sentó junto a su abuela y sacó su armónica, comenzando a cantar y tocar junto con ellos, acompañados por todos los huéspedes.

Como una familia. Como una gran familia...


Siempre había escuchado que la Navidad era un momento para pasar en familia, pero se dio cuenta que hasta ese momento, no había pensado en el real significado de esa frase. Normalmente andaba siguiendo a Arnold y Gerald, como siempre, pendiente de lo que decían para tratar de comprarle a él el regalo perfecto, mientras que en su casa se quedaban los tres Pataki cantando y compartiendo, casi nunca tomando en cuenta cómo estaba ella o si necesitaba algo.

El año anterior las cosas habían mejorado ligeramente. Miriam le había regalado lo que realmente deseaba, y según ella, tuvo que esperar más de cinco horas para poder comprarlas: las famosas botas de Nancy Spumoni. Y ella las había tenido gracias a Miriam...

Con todo lo que le había pasado ese año, tenía que reconocer que Arnold se había quedado un poco más atrás. No por eso tenía que pensar que lo quería menos, al contrario, seguía tan obsesionada con él como antes... solo que en esos momentos tenía tantas cosas en la cabeza, tanto buenas como malas, que casi no le quedaba tiempo para pensar en él.

-¡Bob, hiciste trampa!- la voz de Emily sonó por sobre la risa de Olga, que le faltaba poco para tirarse al suelo de la risa que tenía -ese no va ahí...

-¿Cómo que no?- replicó Bob, testarudo -pero si encaja...

-Puede encajar en cualquiera- Emily hizo ojos al cielo -siempre que jugamos, desde que éramos niños, te empeñas en hacer ese movimiento, no entiendo por qué no te das cuenta que no es correcto...

-Ah, me da igual...- cruzándose de brazos y mirando hacia otra parte, Bob zanjó el tema -si quieres seguir jugando tienes que mover...

Emily suspiró, y continuó con el juego. Helga se dio cuenta en esos momentos cómo en su tía se hacía presente la sangre Pataki: hacía cualquier cosa para ganas, y estaba segura que no se demoraría mucho en comenzar a hacer trampa.

Helga se dedicaba a observar a todos jugar, mientras ella se terminaba el postre de la cena. En esos momentos se daba cuenta qué significaba una Navidad en familia. Debía ser lo que sentía en esos momentos: no querer que terminara nunca, disfrutar cada risa e incluso cada discusión, porque todo tenía un tono de broma que los hacía divertirse. Era ver a Bob hacer equipo con ella y con Olga, o con Emily y Mike, como si los problemas de meses anteriores no hubieran ocurrido nunca.

La niña sabía que todos estaban poniendo lo mejor de sí para que esa Navidad fuera perfecta, sobre todo para ella. Helga se sentía tan contenta como aquella vez que volvió de dar un "pequeño paseo" durante la cena de Acción de Gracias, donde vio que tanto Bob como Miriam estaban desesperados buscándola.

Los miraba con atención, a Bob y Miriam. Podía ver cómo ellos también habían cambiado ligeramente esos días, desde que Bob había entrado a su habitación. Aquella noche Bob le había pedido perdón, y ella, después de considerarlo, sabía que no le costaría mucho dárselo.

Después de todo, ella era una Pataki. Tampoco estaba acostumbrada a demostrar sus sentimientos, también era dura con los demás y con ella misma, le gustaba la competencia (menos con Arnold, porque siempre lo dejaba ganar). Sabía que estaba equivocada, pero le gustaba imponerse a sus compañeros, ser una de las fuertes del grupo...

Así era ella. No era delicada, como Miriam, Emily u Olga. Era brusca, como Bob o Mike. No era femenina, y ya estaba segura que no lo sería... ya no tenía deseos de aparentar nada a nadie.

Mirándolos a todos ahí, pensaba en el momento en que ellos la harían elegir, cuando le contaran la historia completa. Aún no estaba segura de qué hacer, aunque a cada momento sentía que sus dudas se disipaban.

Después de todo... ella era de la idea que al final, la familia va más allá de un lazo sanguíneo... y aunque Emily sea realmente su madre, nunca la ha sentido así. Tampoco a Mike...

Ella los amaba, y mucho. Y quizás hasta un año atrás ella hubiera deseado fervientemente que ellos de verdad fueran sus padres... pero eso ya cambió...

Cambió cuando Olga le dijo que ella era su "hermanita bebé", cambió aquella tarde en que Miriam llegó de quién-sabe-dónde, sonriente, y la invitó a cocinar junto con ella... cambió la noche en que Bob, arrepentido por todo lo que había pasado entre ellos, le pidió perdón.

Ella ya tenía su familia, y aunque no era perfecta, ya era parte de ella... y ya a esas alturas, no sentía deseos de cambiarla.


Oh, espero que hayan disfrutado el capítulo, porque al menos a mí me encantó escribirlo.

En fin, como se dieron cuenta, Helga ya hizo su elección. La verdad es que ese camino lo decidí a última hora, más que nada influenciada por el final del capítulo anterior. No sé si están de acuerdo, me gustaría escuchar opiniones, jejeje.

Gracias a los que leen el fic, en especial a Teddytere, Derama17, Blankasill, Selene Nekoi, por dejarme sus comentarios!