Vocaloid le pertenece a Yamaha Corporation y Crypton.
Capítulo XXI – ¡Sonríe, Lenny!
— ¡YA ESTOY AQUÍ!— anunció histérica Rin, cruzando tan rápido como alma que persigue el diablo el umbral del ascensor, haciéndose paso al apartamento de Len.
Lo vio parado justo al lado de la puerta del elevador, con un suéter gris de capucha, una camisa blanca y unos jeans holgados, de tono azul claro. Su semblante era escalofriantemente relajado.
El muchacho la observó divertido. Traía una gabardina café mal puesta, seguramente por las prisas, una caja blanca de tamaño mediano con la tapa sutilmente descuadrada y su bolso colgando de su antebrazo derecho. Sus pómulos estaban encendidos y despedía un aire de haber corrido un maratón. Len se fijó que ni siquiera se había tomado el tiempo para quitarse el uniforme de su trabajo.
— Ya estoy aquí…— repitió jadeante, arreglándole la tapa a la cajita blanca, mientras observaba cansada a Len. Se desconcertó al ver la paz que emitía.— ¿Cuál es la emergencia…?
Él caminó tranquilamente hasta ella, le arrebató la caja y la colocó sobre una mesita de café cercana. A continuación, para la sorpresa y rotunda confusión de Rin, tomó a la joven de las manos y repartió cortos besos en ellas. Rin abrió la quijada e intentó hablar, pero antes de que llegase a articular alguna palabra, Len le acarició una mejilla con el roce suave de su nariz y terminó por darle un cariñoso beso, repleto de nostalgia y necesidad.
Aquello desconcertó terriblemente a Rin, quien, al separarse, no supo cómo comenzar el interrogatorio. Al ver los ojos celestes de la chica abiertos más de lo normal por la preocupación, Len sonrió.
— Te extrañaba, eso es todo.— aseguró.— No sabes cuánto me alegra verte.
La chica no supo si sentirse conmovida o enojadísima con el rubio. Lo miró exasperada, como reprochándole con la mirada su comportamiento tan inaudito. Sí, Rin había optado por la segunda opción.
— ¡Len, estás loco!
— Llevamos más de dos semanas sin vernos.— se justificó, cruzó sus brazos y la observó prolongadamente.— ¿O es que acaso no me extrañaste?
— ¡Por supuesto que lo hice!— replicó ella, avergonzándose por haberlo admitido tan deliberadamente. Se mordió la lengua y siguió:— Después de tener semejante fin de semana en Okinawa…— el sonrojo adornó su rostro, arrancándole una preciosa sonrisa al joven.— Pero, ¡no era como para que me enviaras un mensaje diciéndome que había ocurrido una tragedia!
— Para mí, no verte es igual de significativo.— alegó subiendo sus hombros, de forma tan despreocupada que hasta logró desesperar a la dama.—… Oye, ¿trajiste lo que te pedí?
— Sí… Tus dichosos postres están ahí.— Rin se desprendió de su abrigo y lo colocó en el respaldar de un mueble; tanteó exhausta, apoyándose de una pared, y se dejó caer sobre uno de los sofás de cuero de la sala de Len.
Len tomó el recipiente con los pasteles, observó a la joven, se ubicó en el borde del asiento, donde se apoyan los brazos, y se dedicó a examinar las facciones delicadas de las que era dueña Rin. Se sintió inimaginablemente feliz por tenerla a su lado; se inclinó y elevó cuidadosamente la cabeza de la chica, para colocarle sobre sus piernas y admirarla con más detalle. Se quedaron en silencio hasta que Len recordó algo que había mantenido su mente ajetreada en los últimos días.
— Rin, quiero… necesito… necesito tu ayuda en algo.— ella se incorporó y lo vio detenidamente, esperando a que continuara con la petición.
— Lo que quieras, Len…
El chico aspiró una gran cantidad de aire, demostrando que lo que diría no le resultaba nada sencillo. La rubia se formó una vaga idea de lo que le pediría el artista.
— Lo estuve pensando cuidadosamente, pero no tengo ni la más mínima idea de cómo comenzar…Yo quiero que me ayudes a reconciliarme con mi madre…— ella sonrió aliviada y extendió sus brazos hasta alcanzar su cuello y rodearlo. Él suspiró y atrapó su cintura afectuosamente.— Pero, quiero que estés conmigo cuando eso suceda…
— ¿Por qué yo? ¿No sería mejor pedírselo a Kaito o a…?
— Eres la única que sabe que me volví a topar con mi mamá, hermosa.— la rubia agachó su mirada, entendiendo. Se sintió un poco decepcionada, puesto que en realidad esperaba alguna respuesta cursi de su parte.
— Si eso deseas, por mí estará bien.— Len asintió y se levantó del mueble. Se dirigió a la cocina y Rin llegó a oír cómo sacaba dos platillos de la alacena. Después, comenzó a picar uno de los postres y servirlo para los dos. Era un pastel de fresas con crema.
La rubia se enderezó con curiosidad y alargó su cuello para ver qué hacía el muchacho. Cuando lo divisó, saltó del sofá y corrió dentro de la cocina.
— ¿Necesitas ayuda?—quiso saber, ojeando la manera de picar de Len, que a su juicio pareció espectacularmente habilidosa y precisa. Él negó.— ¿Seguro?
— Hay té frío de durazno en el congelador.— dijo sin apartar su atención de su tarea. Rin comprendió el mensaje. Iba a voltearse sobre sus talones cuando Len agregó:— Los vasos están en el compartimiento a tu derecha.
Se regresó y comenzó a buscar en donde el rubio le había indicado. Tomó dos vasitos de cristal y los colocó en la isla en medio de la cocina, hecha a base de granito. Luego, abrió el refrigerador y cogió una jarra de vidrio con un líquido de color marrón claro dentro de ella. Se había girado para poner la jarra a un lado de los vasos cuando se topó con la cara de Len a milímetros de la suya. Un tierno color carmín se fue propagando en su rostro.
— ¿Te gustaría ver una película?— susurró embelesado, quitándole la jarra de las manos a Rin, enterneciendo más su mirada.
— Verdad que me debes compañía en una película de comedia…— recordó ella, con los ojos posados en algún punto detrás del hombro de Len. Éste se rió.
— Entonces, es necesario que suelde mi deuda. Una película de comedia será.
— ¿Película con té helado y pastel? Vaya que eres raro, Kagamine.— bromeó con amabilidad, adelantándose a la sala.
— Preciosa, por aquí… La veremos en el estudio.— Rin enarcó una ceja.— Resulta ser un apartamento más grande de lo que crees.
Anduvieron a lo largo de un pasillo, que parecía cada vez más siniestro conforme se adentraban en él, en donde lo único que pudo desviar el interés de Rin fueron las pinturas al óleo que colgaban de las paredes. Eran paisajes coloridos, de vivas pinceladas y que casi adquirían movimiento por lo realista que suponían ser. Lo que más le llamó la atención a Rin es que todos tenían la misma firma: S. Kagamine.
— Len, esos cuadros…— dijo involuntariamente, exhorta en aquellas preciosas inmortalidades, mientras se detenía para admirar uno con más precisión.— ¿Los hizo tu madre?
— Sí, por lo que sé, las pintó cuando estaba embarazada de mí…— Rin se sintió intrigada al pensar en que Len vivía con el torturante recuerdo de su madre impregnado en cada una de las pinturas en su corredor.— ¿Quieres pasar?
Abrió la penúltima puerta de madera y se hizo a un lado para darle paso y ella se adentró en la habitación. Era un lugar amplio, con un escritorio de abeto en el centro, una pequeña lámpara negra sobre éste y muchos, muchísimos libros por doquier. Había una librería, un guitarra pendiendo de la pared y una pantalla plana con un enorme sofá enfrente. En el aire había un mísero rastro de lavanda.
— Quizá corramos con suerte y encontremos una película de comedia en la televisión.— sugirió un tanto depresivo, acercándose al mueble color crema del estudio. Se agachó y rebuscó el control entre los cojines del susodicho.
— Len, ¿estás bien? — no recibió contestación.— ¿Quieres que te ayude?
— No te preocupes…— Len suspiró abiertamente y se tiró sobre el sofá, dejó que sus hombros cayeran por el agotamiento que experimentaba y cerró sus párpados con delicadeza. Ella se aproximó hasta él.— Solo necesito un momento…
— ¿Quieres que te deje solo?
— ¡No!— se incorporó con violencia y la miró angustiado.— Quédate a mi lado, Rin… Es lo único que te pido.
Algo revoloteó en el corazón de Rin, aunque ella no supo diferenciar exactamente que fue. Dejó su platillo y el vaso sobre una mesita con una luz, y observó con gentileza a su chico. Finalmente, se volvió hacia Len y lo abrazó protectoramente, como si tuviese miedo a perderlo, mientras presenciaba la entristecida y desanimada respiración del rubio.
Tras un delicado mutismo, ella sonrió.
— Len, ¿te gustaría saber cuál es una de las pocas cosas que recuerdo sobre mi madre? — él alzó su mentón y afirmó con lentitud.— Jamás olvidaré la manera en que me hacía sonreír cuando me sentía triste…
Len se estiró ligeramente y la observó confundido. Iba a preguntarle de qué forma su madre detenía su infelicidad, cuando sintió que Rin lo halaba y le obligaba a ponerse en pie. La miró extrañado y oyó como la dama comenzaba a entonar una canción, a la vez en que lo hacía montar un improvisado vals:
Un hada bajó a la tierra de puntitas en el aire.
La apertura de la noche es una mascarada.
Llueven estrellas a la sombra de la luna.
Vamos, extiende tu mano derecha, blanca y delgada…
Déjate guiar por mí.
Un, dos, tres… Un, dos, tres… Len sonrió con gracia, mientras Rin le mecía de lado a lado, con el único propósito de animarle. Dieron un giro, otra vuelta, y su sonrisa se ensanchó. Ella se regocijó.
Mi Ángel, tus pasos van siendo coloreados ligeramente…
Mi Ángel, así como la primavera llega, bailemos dando vueltas…
La plateada luna llena ilumina a dos personas bailando…
La hermosa pareja no pararse darse cuenta,
Pero el ambiente es muy lindo.
Len unió su frente con la de ella y escuchó atento la letra, sin detener en ningún momento el compás de sus pasos. El pecho de Rin ardió de la alegría al revivir esas memorias enterradas en lo más profundo de su corazón, aunque ahora el contexto era sutilmente diferente.
Sin embargo, solo es el sueño de una noche.
Más, quiero verte y estar ahí contigo.
Mi Ángel, esas alas tuyas deberían de irse a descansar…
Mi Ángel, bailas con tal elegancia en el aire…
Mi Ángel, tus pasos van siendo coloreados hermosamente…
Mi Ángel, tus ojos brillan…
Demos pasos rápidamente y bailemos,
Tiro de tu mano por el camino…
Un amor dulce y una marea salada de un sueño efímero.
Tarareó como recordaba que su madre lo hacía, mientras posaba su mirada amorosa sobre el muchacho enfrente a ella, y se sonreían mutuamente.
¡Adiós! Una cortina se cierra y se dicen adiós…
¡Adiós! Al igual que las estrellas desaparecen al amanecer,
Ella también se irá…
¡Adiós! La luna también se va, es hora de partir.
¡Adiós! Hasta entonces, demos pasos de baile…
Y bailemos.
— Eso fue divertido.— se rió él, abrazándola.— Gracias, Rin.
— ¿Por qué?— ella le acarició el rostro con el suave contacto de sus nudillos sobre sus mejillas.— Cualquiera hubiese hecho lo mismo por verte sonreír.
— En eso te equivocas; solo tú me haces bailar un espontáneo vals para animarme…— ella suspiró.— ¿Sabes? Creo que serías una grandiosa madre.— soltó de improviso, generando un fuerte latido en el pecho de la joven. Rin se alejó con cuidado de él y se regresó hacia su postre.
— Entonces, ¿quieres ver una película? — eludió nerviosa aquel comentario, sonriendo de manera forzosa. El rubio subió sus cejas.
— ¿Dije algo malo?
— No, es solo que… Lo de ser madre…
— ¿Acaso no te gustaría ser mamá?
— No, no es eso… Bueno, algo así.
Len arrugó su frente y entrelazó sus brazos.
— Yo pensé que todas las mujeres por lo menos en algún punto de su vida se imaginaban casadas y con hijos…
— Sí, supongo que es así. La mayoría de las niñas pequeñas juegan con bebés por eso…
— ¿Entonces?
— Kyoko siempre me dijo que sería muy torpe como mamá.— confesó sonrosándose por la pena.
Al Kagamine eso lo dejó más que atónito y le hizo creer que era la cosa más estúpida que había oído en su vida. Y, por lo que había escuchado sobre la madrastra de Rin, no le parecía que esa descarada mujer fuera la más indicada para siquiera pensar en un prototipo ideal de madre.
— Dice que suelo ser muy despistada, descuidada, atolondrada, un tanto desorganizada…
— O sea, ser una adolescente normal.— replicó él con ironía. Ella detuvo su lista de defectos, con una expresión de cohibición. Len sintió la impotencia recorrerle cada vena del cuerpo; respiró y se propuso quitarle esas insensateces de la cabeza.— Vamos, Rin… ¿En serio vas a escuchar sus críticas?
— Bueno, de pequeña me las tomaba muy a pecho… pero ahora sé sobrellevarlas, o por lo menos eso creo.— maniobró nerviosa la pequeña cucharilla plateada entre sus dedos, haciendo mínimos malabares para distraer su atención.
Len suspiró.
— Entonces, dices que serás una mala madre…— el tono de su interlocutor experimentó un repentino y brusco cambio, tornándose a uno ligeramente pícaro, cosa que paró en seco todo pensamiento de la chica. Ella detuvo sus acciones y lo miró con intriga.
— Pues sí…
— ¿No quieres tener hijos?
A Rin le extrañó e incomodó aquella pregunta. No es como si el tema de hablar sobre formar una familia fuera de lo más común para ella...
— No es que no quiera; supongo que sí, pero no estoy segura…
— Decídete, Rin. ¿Quieres o no?
Rin tardó en pensar. Su total confusión empeoró al ver la impaciencia que demostraba Len en su mirada. ¿Por qué le interesaba tanto saber de eso?
— Bien, la verdad es que sí me encantaría tener niños. Pero me aterra no ser lo suficientemente buena como para ser una esposa o madre adecua…
Len rió bajito y le dedicó la más dulce e intensa mirada que Rin creyó haber sentido jamás. Se calló al percibir la risilla que se le escapó al joven y le dirigió una no muy bonita mirada, más que todo chispeante de capricho. Ahora sí que estaba hecha un caos. No comprendía que era tan gracioso, tampoco entendía por qué le interesaba su opinión acerca de tener hijos y mucho menos captaba qué tan crucial podría ser hablar sobre ese tema ahora, cuando tenían toda una vida por delante para discutir esas cosas.
Cuando volvió a conectarse con la mirada de Len, éste le dijo:
— Querida Rin, me parece que necesitas saber una cosita:— expuso con total tranquilidad, tirándose como si nada sobre el sofá beige detrás de él. Rin apoyó bruscamente su platico contra una mesa y sus ganas de asesinarlo salieron a la vista.— Con que yo crea que serás una grandiosa madre, es más que suficiente.
El comentario le arrancó una carcajada sarcástica a la chica.
— ¿Por qué el egocentrismo, Len? — inquirió.— ¿Por qué precisamente con tu opinión es más que suficiente? — se llevo ambas manos a los costados de la cadera, con ganas de atravesarlo con la mirada. Len sonrió inocentemente.
— Pues, pienso que lo más trascendental es lo que el esposo opine de su esposa, ¿no?— Rin se irguió, analizando la indirecta.— Así que no te dejes influenciar por las críticas sin importancia de terceros.
La sangre le subió hasta las orejas.
¡Lo mataría, definitivamente lo mataría!
Sin embargo, al ver la sonrisa socarrona que adornó el juguetón rostro de Len, supo que si se dejaba llevar por sus emociones solo conseguiría lo que él quería lograr: molestarla. Así que, como buena Kasane que era, decidió continuarle el jueguito. Después de todo, quien ríe al último, ríe mejor.
— ¿Ah sí?— Rin cruzó sus brazos y esbozó una sonrisa con una maligna pisca de desafío. Len apenas la miró.— ¿Y quién te asegura a ti, Len Kagamine, que yo quiero ser tu esposa? Digo, hay mejores partidos allá afuera. Apuesto a que hay muchos hombres que me complacerían mejor que tú… ¡Imagínate!
Len se incorporó al tope y hundió sus manos empuñadas en uno de los cojines del mueble, frunciendo su entrecejo. Su mueca parecía la de un niño pequeño a quien se le ha jugado una broma de muy mal gusto. Ella pintó una sonrisa victoriosa en su cara.
— Preciosa, no metas mano en fuego. Te quemarás.
Rin iba a replicarle cuando el timbre sonó. Un estrepitoso y efímero repiqueteo de una campanilla. Len se puso de pie y caminó hacia la puerta, indicándole con un instantáneo mirar a la rubia que dejarían esa conversación para más tarde. Ella bufó y se abalanzó sobre el sofá cremoso.
Pasaron unos cuantos minutos realmente pesados para Rin, quien aburrida se dedicó a examinar los bordados de los pequeños almohadones del estudio, aguardando a que su eterna espera se acabase. Se figuró que quizá hubiese algo más interesante que ver en el techo que en el tejido de los cojines, pero estuvo realmente errada. Tras un rato de fúnebre silencio, la silueta de Len apareció con una caja escarlata en manos, en cuya tapa relucía un esplendoroso lazo dorado, del cual nacía unas cintas amarillas ligeramente transparentes y caían a su alrededor como cortas cascadas. Rin se paró y evaluó el reciente e intrigante presente.
— Son chocolates.— afirmó Len. La rubia preguntó por el autor de tan considerado regalo, a lo que él se limitó a tenderle la tarjeta que venía anexa.
— Para mi querido Len:— leyó la letra manuscrita, hecha de ligeros movimientos y perfectas curvas. Por un momento sintió un remolino de celos en el estómago.— Sabios dicen que el tiempo es quien ayuda a sanar las heridas y a conseguir el perdón. Espero que tú también sigas esta ley de la vida. Te amo, mi niño… Nunca lo olvides. Con amor, Shizuka.
Rin apartó la mirada y atisbó la reacción de Len al culminar la lectura de la tarjeta. Su expresión estaba tensa y parecía que cada fibra de su cuerpo estaba nerviosa e inmóvil. Tenía intensiones de devolverle el sobre donde venía la fragante tarjeta cuando se percató de que había algo más dentro de éste. Con su mano vacilante y asustada, sacó delicadamente lo que se hallaba en el fondo del envoltorio, topándose con una fotografía. Estaba algo desgastada en los bordes, pero la imagen seguía intacta. Era un niño pequeño, rubio, de vivos ojos celestes y sonrisa amplia, que se mantenía sentando sobre un columpio con una Shizuka más joven por detrás. Ella lo abrazaba maternalmente mientras el chiquillo se dedicaba a prestarle atención a la cámara. Por si no es obvio, el pequeñín no era otro que Len.
Rin se conmovió y volteó por puro instinto la foto, encontrándose con unas palabras escritas a mano del otro lado. Era la misma caligrafía que la de la tarjeta, aunque se veía más borrosa.
Sonríe, Lenny.
Por nada del mundo dejes de sonreír…
Si apagas tu sonrisa, sería como apagar el mismo sol.
— Len…
— No digas nada, por favor.— le quitó con torpeza la fotografía de las manos y le metió de nuevo en el sobre, con cara de no querer sacarla por mucho tiempo. Guardó el sobre en uno de los bolsillos de su pantalón y dejó la caja roja sobre el escritorio de abeto.
— ¿No vas a abrirla? Deben estar deliciosos...
— ¿Para qué?— repuso, volviéndose agresivo.— Si cree que me va a comprar con regalos, está muy equivocada.
— No te entiendo.— protestó ella.— ¿No querías reconciliarte con ella?
— Sí, pero no de esta forma.— la rubia alzó sus cejas, sin comprender.— Me molesta pensar que las personas creen que me pueden comprar con obsequios caros y lujosos…
— Len, yo no lo veo de esa manera.— suavizó su voz y buscó tomarle de las manos. ¿No lo ves? Tu mamá acaba de dar el primer paso, y estoy segura de lo hizo con la mayor sencillez posible.
— Pero, Rin…— ella apoyó su dedo sobre sus labios y evitó que dijera otra palabra. Sin esperar ser correspondida, se aferró a Len y hundió su rostro en su pecho, intentando transmitirle un poco de confianza. Él se quedó paralizado.
— Solo una oportunidad, nada más.— su tono sonó tan frágil que Len se imaginó por un momento que había escuchado esas palabras en su mente, sin que hubiesen salido de la boca de Rin. Aspiró el olor a vainilla de su cabello, e intentó relajar sus músculos.— Verás que no te arrepentirás.
— Lo que me pides… Es que es tan complicado…— apretó sus manos y admiró como las de Rin comenzaban a temblar.— No sé qué hacer, no lo sé… La herida es demasiado profunda…
— ¡Una sola oportunidad, es lo único que te pido que le des!...Shizuka-san es tan linda, no se merece tu indiferencia ni tu rechazo…
Aquello, por alguna razón, hizo que algo explotara dentro de Len.
— ¿Y tú de qué lado estás? — bramó, empujando a Rin con cierta violencia y se volteó, dándole una vista completa de su espalda.
— ¡Len!... No seas obstinado… Tu orgullo solo está empeorando todo…
— ¡Primero me clavas el puñal y ahora lo retuerces! — atacó sarcástico, dejando que Rin viese el enojo latir en sus pupilas. Ella se contrajo, asustada. No sabía cómo reaccionar ante ese arranque de rabia.— Rin, ¿acaso te has puesto en mi lugar? ¿Crees que es sencillo querer a alguien que te abandonó y ahora simplemente regresa a tu vida, como si nada? ¡Pues, no! ¡No lo es! Y mucho menos si intenta reparar el daño que causó con bobos regalos… ¡Así no es como se gana la confianza de alguien!
El enojo subió hasta alcanzar la coronilla de Rin, prometiendo que ella no respondería de muy buena manera el arrebato de sensatez que tuvo el joven.
— ¡Pero tú mismo dijiste que querías reconciliarte con ella! — se enfrascó, elevando su voz más de lo debido.— Si tenías miedo, ésta era la prueba perfecta. Ella tomó la iniciativa, Len. ¡Qué acaso no lo ves! ¡Dio el primer paso y ahora te toca a ti darlo!
— Pues creo que está muy equivocada si cree que puede recuperar mi confianza con simples cosas materiales.— la rubia exhaló desesperada e intentó acercársele.— Rin, estoy hastiado de que las personas que me rodean vivan para darme regalos… ¡Harto de que sean unos hipócritas! Todos son unos interesados… ¡No hay ninguno que venga con intensiones puras!
— ¡Pero es de tu mamá de quien estamos hablando! ¡Por amor a Dios! No hables de ella como si fuese en completo desconocido…
— Para mí, ella se convirtió en eso.— gruñó. Rin alzó su mano para apretar la de Len, cuando éste, al percibir sus dedos rozar ligeramente los suyos, azotó su mano, la apartó con un golpe y la hizo retroceder del susto.
Al darse cuenta del acto reflejo que le propinó a Rin al sucumbir ante la furia, levantó alarmado la mirada y se topó con los ojos tristes y vidriosos de la dama. Acababa de cometer el peor error de su vida: hacer llorar a la mujer que quiere.
— Rin, yo…
— No, está bien.— murmuró cortante, se dio la vuelta y marchó hacia la puerta, con los hombros rectos y la mirada en el suelo.— ¿Sabes cuál es tu problema? — soltó antes de salir, con la voz rasposa y las palabras vacías de emoción.— Eres un necio, egoísta y… ¡cobarde!
Enfatizó en un grito la última palabra y sus piernas comenzaron a correr, al mismo tiempo en que retenía las lágrimas y se exhortaba a no llorar; no dejaría salir ni una pizca de su dolor.
Len se quedó en su lugar por unos segundos. Atinó a reaccionar al oír el rotundo aventón con el que se cerró la puerta, que osciló antes de detenerse por completo, y palideció. Se le escapaba… ¡De nuevo se iba ante sus ojos!
No quería, no se perdonaría si la perdía por segunda vez.
Con los nervios de punta y el corazón desenfrenado, haló la perilla y se asomó al pasillo.
— Princesa, ¡espera!
— ¡No!— clamó molesta, descargando su histeria con el pobre e inculpable botón que llamaba el ascensor. Le odió y reprochó tanto por interponerse en su huida y estropearla. Era irónico como empezaba a acumular rencor contra un ser inanimado.— ¡Aléjate, Len…!— gimoteó al sentir sus pasos sordos sobre el alfombrado de la sala.
— Rin, perdóname, yo… yo no quería lastimarte.— ella no habló.— Hermosa, te lo prometo… Jamás en mi vida le había levantando la mano a una mujer…
Ella lo observó. Sus ojos seguían aguados y vibrantes, teñidos de un prepotente color sangre, y parecían poder romperse en cualquier instante. Volvió hacia al ascensor y e invocó su llegada otra vez.
— Vamos…
— Rin, mírame a los ojos… No quise hacerte daño,…
— Ya sé que no fue intencional, Len. Ése no es el problema. El problema es que te dejaste consumir por el enojo… Y te desquitaste conmigo. Quizá solo fue un simple golpe en la mano, pero fue tan doloroso como si me hubieses dado una bofetada…
— Rin…
— ¿Pero sabes? Te entiendo…
Las compuertas del elevador sonaron detrás de ella, abriéndose para darle paso al interior de la cabina metálica. Rin terminó por halar la última puerta de hierro que le obstaculizaba la salida.
— … Y eso por eso que prefiero dejarte solo cuando estás así de molesto.— dio un paso hacia atrás.— No quiero ser un estorbo; sé que tienes mucho que reflexionar y recapacitar… Y yo solo represento una molestia aquí. Cuando de verdad estés listo, puedes llamarme.— marcó la planta baja y le dedicó una última sonrisa.— Adiós, nos vemos…
— Rin…
El rechinido de metal anunció la bajada del aparato y Len sintió que una parte de él se iba con ella. Experimentaba decepción y odio por sí mismo.
Con una extrema jaqueca, aseguró la puerta que daba hacia el elevador, tiró las llaves sobre el sofá y se encaminó hacia el estudio, para llevar a cabo su plan de ver una película el viernes por la tarde, aunque tendría que conformarse con la compañía de la triste soledad.
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El lunes amaneció nublado.
Len percibió el frío en el aire — contaba con una impresionante sensibilidad para esas cosas— y sus ganas de salir de la cama desaparecieron. Era uno de esos días en los que provoca quedarse acobijado bajo la protección de las cálidas sábanas, a tener que salir y enfrentarse con el cruel y cínico mundo.
Largó un extenso suspiro.
Escuchó el agudo tintineo de su reloj digital y deseó tener la capacidad de hacer explotar las cosas con la mente. Se aferró a su cubrecama zafiro y se cubrió la cabeza, intentando exterminar, o por lo menos volver lejano, el sonidito exasperante de su alarma.
No funcionó.
Seguía percibiéndolo con una crispante claridad.
… Rin, rin, rin… Rin, rin, rin… Rin, rin, rin…
Tras oír la endemoniada repetición de las campanillas por lo menos 10 veces, se incorporó con violencia, tomó el pequeño aparatito y lo aventó contra la pared de su cuarto, con la esperanza de callar ese torturante ruido.
Irónicamente, siguió sonando.
Y ahora parecía hacerlo con más euforia.
El mundo se estaba burlando descaradamente de él.
Len gruñó enojadísimo, se salió de su cama y caminó hasta el dichoso reloj, que suponía debía estar hecho trizas en esos momentos, pero que por jugarretas de la vida había sobrevivido a un extraordinario aventón contra el muro de su habitación. Cuando desactivó la alarma, el magnífico y precioso silencio se apoderó del cuarto.
Lastimosamente, no volvería a conciliar el sueño.
Se prometió que apenas lanzasen en el mercadeo un reloj que se apagara con el pensamiento, definitivamente lo compraría. Claro que, a esas horas de la mañana, no solía decir cosas sensatas… Probablemente ni siquiera se acordaría de que tuvo tal idea a avanzadas horas de la mañana.
Se metió en el baño y tomó una prolongada ducha con agua fría, a ver si lograba despertarse del todo para ir a la escuela.
La escuela…
Comenzaba a arrepentirse de haberse inscrito en una institución privada para escapar un poco de su atosigada vida. Se juzgó estúpido al pensar que la escuela serviría de un escape para su trabajo. Ahora no solo contaba con sus responsabilidades como artista, sino que también debía lidiar con cada deber que enviaban, con cada trabajo, examen, taller, tarea… y cualquier evaluación que sabía que si hubiese conocido al genio que la inventó, se habría asegurado de decirle unas cuantas verdades en su cara.
Había tenido un fin de semana pesado, cargado de ensayos, grabaciones, coordinación de eventos y conciertos, y un sinfín de tareas que solo lograban exprimirle hasta la última gota de energía. Sumado a eso, estaba el asunto de su discusión con Rin, con quien no había entablado ni una sílaba desde su pelea. Probablemente, eso era lo que le tenía tan mal.
Terminó de alistarse e intentó poner una buena cara. Con pocos ánimos se marchó, pensando en qué haría para reconciliarse con la rubia. En la trayectoria se topó con Kaito, que parecía tan o más fatigado que él, con unas ojeras demacradas y cara de muerto viviente, seguramente porque había pasado todo el fin de semana cuidando de sus hermanitos pequeños. Sin decirse siquiera un mínimo saludo, anduvieron juntos hacia la preparatoria.
El cielo pareció oscurecerse más, dándole a Len la idea de que la lluvia los atraparía en el momento en que menos lo esperasen. Vaya forma de iniciar la semana.
A las afuera de la escuela no había, literalmente, nadie. Seguramente todos habrían presentido que la lluvia se desataría pronto y prefirieron no arriesgarse. Len se alegró. Por lo menos no tendría que aguantar a su comité de bienvenida esa mañana.
Antes de que cruzasen la entrada de la preparatoria, Kaito pareció recordar algo y preguntó:
— Len, ¿qué dijo Kiyoteru ayer…?
— Ni me lo menciones.— frotó su frente en un gesto de estrés e intentó no perder la cordura. El peliazul colocó una mueca compasiva.— Creo que te bastará con saber que mi padre quiere verme hoy.
— Oh… Supongo que será un día sofocante…
— Ni te imaginas. Quizá Kiyoteru tiene razón y debo aprender a pensar antes de actuar…
Permanecieron mudos. Kaito abrió su boca para hablar, cuando alguien más le quitó las palabras de la boca.
— ¡Buenos días!— exclamó una voz aguda y cantarina, tan bonita como la de una niña pequeña. Ambos se giraron y se toparon con la reluciente sonrisa de Yuki, quien venía abrigada con un impermeable rojo y unas graciosas botas de lluvia que le llegaban hasta las rodillas.
— Tú eres la de biblioteca. Yuki Kai, de primer año.— afirmó Kaito. Ella dio su asentimiento y se adentró bajo el techo.
— También eres la del otro día; en el festival…— recordó Len con amabilidad.— No sé cómo agradecerte tu ayuda, Kai. Realmente, te debo una. Si pudiera hacer algo por ti…
— Puedes empezar por llamarme por mi nombre, Kagamine-san.— sonrió la pelinegra con jovialidad, dejando a la vista sus coletillas azabaches al bajar su capucha.— Me gusta que me digan Yuki-chan.
El mejor amigo de Len miró con inquisición a la niña y luego se fijó en su amigo. Su mirada decía con claridad que no figuraba ahí. ¿De qué tanto se había perdido?
— Estoy segurísimo de que te conté cómo me salvó esta niña de un enjambre amenazante de fanáticas.— ambos rieron ante la comparación tan irreal de Len.— ¡Tenías que verlas! ¿Verdad que eran terribles, Yuki-chan? Todas gritando: "¡Len, Len…!" cuando yo tenía más prisa que el carrizo. Gritaban y se atravesaban. Sus exclamaciones solo me irritaban cada vez más… Quiero a mis admiradoras, pero hay veces en que no suelen ser muy oportunas...
— ¡LEN!— vociferó una ya conocida voz para él. Desde que se había inscrito en aquella unidad educativa, se había topado con la persona más insoportable que alguna vez había conocido: Teto Akita.
Escuchó como Yuki murmuraba un "¿Cómo ahora?" y se carcajeaba bajito junto a Kaito. Vaya apoyo que resultaron ser.
Como si se tratase de una rutina ya, dio un paso hacia atrás y esquivó con enorme precisión el abrazo que planeaba darle la pelirroja. La joven se estrelló con la pared, pero aquello pareció no detenerla. Intentó aferrarse a él como de costumbre, pero Len, que había desarrollado unos reflejos de felino al hacerse famoso, consiguió evadir cada uno de sus intentos frustrados.
Teto se detuvo exhausta, respiró y sonrió.
— ¡No es justo!— armó un puchero, haciendo un mohín con sus labios, mientras le miraba con protesta al artista. Len ni se inmutó.— ¿Por qué eres tan malo?
— Teto.— atrajo su atención la inexpresiva voz de Neru, que parecía venir malhumorada. Len sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal al verla a los ojos.— No seas estúpida y vamos.
— ¡Pero qué altanera amaneciste hoy!— clamó su hermana. Vio la coleta larga de Neru mecerse con elegancia, hasta perderse escaleras arriba.— ¡Uy! Qué carácter. Primero se adelanta y deja a Rin atrás, y ahora pretende hacerme lo mismo a mí. ¡Qué descaro!
Len se sintió extremadamente feliz al oír el nombre de la dama. Teto comentó algo más para consigo, pero él lo omitió. Sus venas comenzaron a arder de la emoción.
— Bueno, qué más da.— se volvió hacia ellos.— Nos vemos después. Adiós, querido-futuro-esposo.
El mensaje iba obviamente dirigido hacia Len, quien se atemorizó al sentir como sus piernas lo incrustaba helado en el suelo, temiendo que Teto se lanzara por segunda vez contra él, que ahora estaba inmovilizado. Teto simplemente le dirigió un guiño, seguido de un beso, y continuó con su camino hacia la planta siguiente.
La paz reinó, y Yuki no pudo evitar reír.
La expresión de Len era toda una proeza.
Aquélla era cosa nueva. Llevaba bastante tiempo lanzándole insinuaciones a Rin sobre un posible matrimonio entre ambos, y ahora la vida le regresaba su merecida cucharada, aunque vino más amarga de lo que esperaba. Se felicitó por haber sobrevivido a tan mal presagio.
Olvidó el pesar que le causó el encuentro con la Akita y recordó la mención de Rin. Como si tuviese un sensor especial, se volteó justo cuando la rubia aparecía en el umbral de entrada. Sonrió agraciado, pero al examinarla mejor, su sonrisa poco a poco se desvaneció, hasta que sus labios formaron una línea casi recta. Sus ojos se oscurecieron y su preocupación salió a flote.
— Kasane-san…— la voz apagada de Yuki resonó. Rin levantó la mirada y halló en el medio de tres pares de ojos, todos con la angustia e impresión reflejadas.
— Muchachos…
— ¿Qué te pasó? — se adelantó a cuestionar Len. Ella simplemente giró su cabeza y apretó su maletín. Llegó a su lado y la tomó con delicadeza por los hombros. No quería repetir lo del viernes.— Rin, ¿qué te pasó?
Y es que las condiciones con las que Rin apareció no podían pasar desapercibidas. Su mano derecha estaba recubierta cuidadosamente por un vendaje blanco, y sus dos rodillas también, tenía varios rasguños y raspones recientes en la cara, un moretón de considerable tamaño pero tapado cuidadosamente por su camisa en el cuello, y en su frente llevaba una gaza sostenida por pequeños retazos de adhesivo.
Ella se separó con cuidado.
Len hirvió de la furia al ver como la joven derramaba unas cuantas lágrimas.
— Yo prefiero no hablar de eso…— se excusó la rubia, secándose las traicioneras lágrimas, esbozando una sonrisa entristecida.
El timbre sonó.
Kaito y Yuki se intercambiaron ojeadas y asintieron. La pequeña abrazó a la rubia antes de irse y le sugirió que si necesitaba algo, la buscase en su salón. Los tres subieron hacia su aula propia, en un mutismo algo tenso, con Rin siendo la preocupación de las dos mentes masculinas. La dama, en cambio, no podía sacar de su cabeza la cara enfurecida de su madrastra.
¿De qué cosa no quería Kyoko que ella se enterase?
Al abrir la puerta, los estudiantes se vieron sumisos en un evaluado silencio. Todas las miradas expectantes y demandantes estaban sobre la herida, quien agachó su cabeza y se sintió intimidada. Muchos cuchicheaban cosas, otras le dedicaban miradas mortíferas y llenas de envidia, y unos terceros la observaban con curiosidad.
Len la condujo directo a su puesto, donde fue bien recibida por sus dos mejores y más locas amigas.
— ¡Por el amor de todos los amores!— soltó horripilada la peliverde al apartar su vista de una tarea que no había terminado y posarla en Rin.— ¿Quién te hizo eso?
— ¡Por favor, no me digas que te lo hicieron Neru y Teto por lo que salió ayer! — Rin se sentó y la observó con gratitud.
— No, no fueron ellas. De hecho, fue un accidente… —la rubia formuló una duda en su cabeza y miró extrañada a Miku.— Espera, ¿qué cosa salió ayer?
— Oh, no puede ser.— tragó nerviosa la peliazul, mirando fugazmente a Len y luego a Kaito, como buscando apoyo para zafarse de esa. No recibió auxilio.— Por casualidad, ¿tus hermanastras no han comprado aún la Teen! de este mes?
— No, me dijeron que la comprara hoy. ¿Por qué?— y el temor de la rubia se hizo visible. Detectó las miradas furtivas y rencorosas de más de una ahí presente, y sintió como algo desfallecía dentro de ella.— Por amor al cielo, no me digan que…
— Míralo por ti misma.— dijo Gumi, al momento en que sacaba de su bolso el ejemplar de ese mes, que tenía a Len como portada. El rubio suspiró y cayó pesadamente en su puesto, sin querer ver la reacción que la chica pudiese tener.
¡Len ha conquistado un nuevo corazón! La pregunta es: ¿Ella habrá logrado robarle el suyo?
Rin leyó el enunciado en voz alta y supo que nada bueno vendría. No pudo explicar su sorpresa y parálisis al verse a sí misma abrazada a Len mientras cantaban Magnet durante su estadía en Okinawa. Se veían tan cariñosos y felices juntos, que cualquiera podría deducir que no eran simples conocidos.
Durante el viaje del equipo hasta Okinawa para entrevistar a los protagonistas de Una Tarde de Verano II, nos convertimos en testigos de la nueva relación que parece estar montando Len. Sí, queridas chicas, ¡alguien ha conseguido robarle el corazón! La afortunada es Rin Kasane, estudiante de su misma escuela, de 16 años de edad. La química que parece haber entre ellos nos ha dejado anonadados, con tanta espontaneidad y perfecto encaje durante su interpretación de Magnet, que costaría no creer que no parezcan conocidos de toda la vida. Al parecer, Rin ha logrado sustituir el puesto de Miki, quien, de hecho, se ha visto en completo acuerdo con la nueva relación de su ex, alegando que la nueva novia es realmente linda y graciosa. Pero, ahora se desata un temible triángulo amoroso. ¿Qué sucederá con el compromiso de nuestra adorada Luka y Len? Hay muchas especulaciones sobre lo que podría pasar, pero casi todas terminan con la misma conclusión: la pequeña Rin es despachada por el ya arreglado matrimonio de…
Len, molesto, le arrebató la revista y evitó que continuara. Su voz había soltado un gemido contenido al leer la última oración y no quería que se resultada lastimada por las cosas que ponían las revistas para ganar público. Ella lo vio entre escandalizada, angustiada y consternada. Parecía sentirse débil y afligida, con el miedo de ser víctima de otra mala situación.
Len no resistió esa mirada y, en un impulso totalmente involuntario, se inclinó hacia ella y le robó un beso, atrapando su rostro con amor. Quería hacerle saber que él estaría a su lado contra las demás turbaciones.
Un silencio extremadamente incómodo se armó en torno al aula a penas se alejaron.
— Pensé que jamás darían el primer paso.— comentó finalmente Nana. La sorpresa y desacuerdo se apoderó de muchas estudiantes.— Creo que lo único que les puedo decir es ¡felicidades!
Los pómulos de Rin se volvieron de un precioso y tierno rojo, sintiendo como si le felicitaran por haberse comprometido con alguien. El corazón le latió más rápido que de costumbre, sus ojos brillaron intensamente y su sonrisa se amplió. Len estaba tan o más contento que ella.
— ¡RIN KASANE, TE VOY A ASESINAR!— su alegría murió al oír la eminente y peligrosa voz lúgubre de Teto. Gumi se paró en seco.
En la entrada del salón apareció la figura rabiosa y amenazante de la pelirroja, cuyo rostro encolerizado soltaba enojo y ganas de cometer un homicidio por cada uno de sus poros. Detrás de ella, siguieron unas dos chicas de su salón, que venían temblando y con la cara de haber metido la pata. En la mano de Teto venía enrollada el volumen de Teen! de ese mes. No hace falta ser adivino para saber el motivo que causó la furia de la joven.
— ¡TÚ!— gritó Teto, la única valiente que se animó a enfrentar la nueva novia de Len. Claro que, esa valentía era más propicia de una venganza.
— Quieta ahí, Akita.— advirtió Gumi mordaz.— Da un solo paso más y te las verás muy mal.
— No te entrometas, Kamui.— replicó Teto.— Esto es algo que le concierne solo a Rin.
— ¡Teto!— entró en el salón su mejilla rubia, con su ceño arrugado y sus ojos destellantes de molestia. Mataría a su gemela, definitivamente lo haría.— ¿Qué pasa por tu cabeza? ¿Eres estúpida o qué? ¿Acaso quieres que te expulsen?
— ¡Neru, es que tú no comprendes…!
— Sí, no comprendo por qué todo lo tienes que llevar a tal extremo. ¡Dios! Tanto drama te va a fundir las pocas neuronas que te quedan… ¡Vamos!
Neru la tomó de la muñeca y la haló hacia la puerta, más ella se resistió y se apartó con brusquedad.
— ¡Neru! ¿Qué rayos te sucede? ¡Somos hermanas!
— Sí, pero en ocasiones como éstas desearía ser hija única.— las Akita se miraron con odio una contra la otra.— ¡Solo sabes causarme problemas!
— Sí, porque como tú eres la chica perfecta, todas debemos ser como tú, ¿no es así?
Len miró confuso a Rin, quien le devolvió un levantamiento de hombros, sin poder dar mucha explicación a lo que sucedía. Todos se encontraban expectantes. Una pelea así no se veía todos los días.
— Teto, no seas ridícula. Hacer esto solo te hace ver como una adolescente patética. ¿Dejemos esto, quieres?— la pelirroja abrió sus ojos por la sorpresa.— Vamos.
— ¡Ah, ah!— dio una patada al suelo y entrelazó sus brazos. La mirada fría de Neru indicó que su paciencia se había exterminado.— No me moveré de aquí hasta que te disculpes.
La irritación de Neru llegó hasta la coronilla.
— Ya no te soporto. ¿Sabes qué? Arréglatelas solas. Me tienes harta.— Neru se dio vuelta y la dejó sola en el salón de Haku, sin remordimientos y con la mayor inflexibilidad que alguna vez presentaron sus palabras.
Teto se quedó paralizada del miedo. ¿Sola? ¡Ellas jamás se habían separado! ¿Por qué ahora…?
— Neru, ¡espera! — la voz de dama de ojos rojos se perdió por la puerta al pasillo, mientras miraba angustiada a su melliza. Ésta ni se volvió.— ¡Neru!
Rin parpadeó una y otra y otra vez. No entendía que les había pasado a sus dos hermanastras. Bueno, sabía que Neru había estado un tanto susceptible el fin de semana, enojándose más de lo normal por lo que hacía Teto. Pero tampoco creyó que llegarían a tal límite.
Entonces, una terrible opción recorrió su mente. Kyoko detestaba ver a sus hijas pelear, y si se enteraba por el motivo de su discusión, definitivamente todos los méritos de aquella discusión caerían sobre los hombros de Rin. El miedo cruzó su cuerpo. No quería revivir los sucesos del domingo por la noche.
— Será mejor que hable con ellas.— dijo repentinamente Rin, haciéndose pasar entre Gumi y Len, mientras corría a la puerta.
— ¡Estás loca!— le reprochó Miku.— ¡Es ir a un encuentro seguro con la muerte!
— Prefiero que ellas me asesinen, a que Kyoko lo haga.
Rin corrió hacia la puerta y, justamente cuando pensaba cruzarla, Haku apareció en ella, con su pequeña nariz teñida de rojo y unas bolsas no muy agradables debajo de sus ojos. La rubia retrocedió por el efímero espanto.
— ¡Haku-sensei…!
— Buenos días, Rin.— su voz sonaba congestionada de mucosa, seguramente debió haber cogido una terrible gripe durante el fin de semana.— ¿Qué está sucediendo?
— Para resumir, las hermanastras de Rin se volvieron locas.— aclaró Gumi desde su asiento. La albina tosió y pasó al salón.
— Como sea, todos siéntense. Necesito darles un anuncio sobre el proyecto que constituirá el 50% de su nota final. ¿Alguien sería tan amable de pasar a la pizarra?
El aula entera obedeció. A duras penas, la rubia también lo hizo. Poco llegó a escuchar de lo que decía Haku; su mente se había ido detrás de las dos mañosas e insoportables mellizas Akita.
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— Ahora sí, vas a decirme quieras o no lo que te pasó.— sentenció Len, con una sonrisa cargada de triunfo, jugando con el pitillo de su bebida. Ella se echó para atrás.— O no me iré de aquí.
— Eres un tramposo, Kagamine…¿Por qué tenías que...? ¿Qué te costaba...? ¡Uy! Te odio.
— Eso no es verdad, sabes bien que me amas.— la expresión corajuda de Rin le causó mucha gracia al muchacho, quien probó con normalidad su malteada de chocolate, crispándole más los nervios.
— Pues te quedarás toda la tarde, porque yo tengo que trabajar.— se quejó ella, se giró y comenzó a caminar de regreso a la barra.
Lo único que le faltaba para mejorar su día, era que Len decidiese aparecer en su trabajo para fastidiarla. ¿Cómo carrizo lograría deshacerse de él?
— Rin, espera. Hay algo que necesito darte.— ella regresó ligeramente su cabeza, sin tornarse por completo hacia él.— Cada vez que te veo, se me olvida regresártelo…
— ¿Podrías aguardar a que mi turno se acabe, gracias?
La campanilla del restorán sonó. Otro cliente había llegado. Rin regresó su atención a la entrada de Dalila.
— Me distraes, Len. Y eso es algo que…
En seguida se interrumpió. Len examinó la sorpresa en su mirada y se animó a ver qué cosa le había causado tal impresión. Quizá, su curiosidad era la peor cosa que tenía. A penas observó a Shizuka entrar con las dos niñitas que conocieron en el acuario, sintió que su tensión le bajaba terriblemente.
— ¡Bienvenidas a Dalila!— les recibió Luna con ánimo y gran hospitalidad.— ¿Mesa para 3?
— No, para 4. Mi esposo está por venir.— respondió la rubia mayor.
Rin pasó saliva. Su sangre se le estaba escapando.
El recuerdo que poseía de Yamato no era muy grato.
— ¡Oh! Entonces, será un verdadero placer atenderlos. Por favor, síganme.— opinó gustosa la joven de cabellera ocre, guiando a las tres féminas hacia otra mesa.
Shizuka sintió la mirada de Rin y se quedó viéndola, con su incredulidad clara. Luego echó un corto vistazo a la mesa que atendía y se encontró con la paralizada expresión de Len. Su corazón vibró.
— ¡Len!— sus piernas actuaron contra ella, haciéndola regresar y caminar hacia él. El chico ni se movió.
Los ojos de Rin no se lo podían creer. No sabía cómo reaccionar al ver a la madre de Len caminar hacia ellos, con un paso decidido y a la vez temeroso, mientras en su cara se veía que mantenía una fuerte lucha interna. Lo único que creyó a su alcance fue evitar a toda costa que el rubio se moviese de su silla.
Era una oportunidad dentro de un millón, y no estaba dispuesta a dejarla pasar.
— Creo que será mejor que…
— Ni lo digas, Len. Habla con ella, seguro que llegarán a algo.
— ¿Estás loca? Yo me voy, Rin…
— Párate de esa silla y te juro que nunca más en tu vida dejaré que me vuelvas a tocar.— amenazó, con la bandeja contra su pecho y sus manos tensas. Estaba sonrojada.
Los ojos celestes del rubio se abrieron como platos. Su boca intentó replicar, pero no consiguió con qué defenderse. Rin, al percibir ya la cercanía de la mujer, se inclinó hasta él y le dio un corto beso en la mejilla.
— Te quiero.— susurró, embriagando al joven con su dulce aroma.— Sé fuerte... Mucha suerte.
Y con esto, se retiró.
Len se había quedado en un completo éxtasis, sobresaltándose al sentir la presencia de su madre justo a su lado. La evaluó con detenimiento y se fijó que era mucho más linda de lo que la recordaba. Un pequeño retazo de su pasado voló por su memoria, cuando no conocía siquiera que era el odio. Inconscientemente, sonrió con calidez.
— Mamá…— soltó sin pensar.
Algo en el pecho de Shizuka se infló de la alegría. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas mientras ella sonreía increíblemente feliz. Len parpadeó al verla llorar.
— ¿Por qué lloras? — preguntó con la voz un poco áspera, pero ella lo ignoró. Se agachó, quedando un poco más debajo de su cabeza, y sonrió. Len recordó su niñez por segunda vez.
Cada vez que me equivocaba al tocar el piano, mi padre rugía molesto sobre mi incompetencia. No obstante, ella siempre aparecía, con su sonrisa amorosa y su cariño maternal.
"No te preocupes, Lenny. Solo sonríe y toca con el corazón. Así será perfecto."
— Te quiero mucho, hijo.— aquellas palabras derrotaron a su orgullo. La sencillez y amor que transmitían lo hicieron sentir culpable.
"Es raro, porque cuando repetía la pieza para ella, salía perfectamente. Recuerdo como me cargaba y felicitaba…"
— ...Y te pido perdón, querido… Sé que te hice sufrir y que jamás podré recuperar lo que me perdí… Pero quiero intentarlo, así que… Perdóname, Len… por favor…
La mujer apoyó su rostro en sus piernas y él admiró como las lágrimas humedecían su pantalón. Los nervios comenzaron a aflorar. Las miradas de muchos curiosos fueron a parar sobre ellos, atraídos por la tan particular escena que constituían los sollozos callados de Shizuka.
Con suavidad y comprensión, pidió:
— Por favor, no llores. Nos están viendo…
— Perdóname, Len…
— Basta, no me gusta verte llorar…
— ¡Te lo ruego!
— Anda, levántate, no necesitas hacer esto…
— ¡Por favor!
— ¡Está bien!— atinó a decir al borde de la cordura. Rin, desde la barra, apretó más los vasos que tenía en las manos. Se había vuelto una experta en eso de leer los labios.
— ¿Me perdonas?
La esperanza apareció en el rostro de Shizuka. Len se sonrojó ligeramente, aunque no supo exactamente por qué. Tal vez, las súplicas de Rin si habían sido escuchadas…
— No estás del todo perdonada…— enfatizó algo incómodo, pero sin utilizar ya ese tono agrio y defensivo que usaba con ella. Ahora sonaba más dulce, hasta míseramente burlón.— Pero, siempre se comienza por algo… ¿No?
Desvió su mirada y sonrió de lado. Shizuka chilló alegre.
— ¡Mi niño!— ella se abalanzó sobre él y lo abrazó con afectuosidad liberada, que por mucho guardó para su reencuentro. El color de Len empeoró.
— ¡Mamá nos están viendo!— intentó alejarla, avergonzándose cada vez más por vivir semejante escena enfrente de tantos extraños.— ¡Mamá!
— ¡No! ¿Sabes cuánto tiempo esperé para esto?— le replicó.— ¡No quiero soltarme!... Anda, dilo de nuevo. ¡Dime mamá!
Len suspiró. Primero, su novia parecía una chiquilla de 5 años, y ahora resultaba que su mamá también poseía un carácter infantil. Sintió una jaqueca aproximarse.
La fragancia que expedía la larga cabellera de Shizuka era nada más y nada menos que de jazmines. Era deliciosa y adictiva. Len, poco a poco, fue acostumbrándose a estar entre los brazos de su madre. Anheló tanta aquella protección, que todo lo demás perdió importancia. No le interesaba que lo vieran, ni que luego publicaran algo sobre tal escándalo. Simplemente, quería mantenerse así por un lago tiempo.
Correspondió el abrazo de su madre y hasta juró escuchar el gemido de alegría que ella dejó escapar. Subió su mirada y se topó con la radiante sonrisa de Rin, que miraba conmovida la escena desde la barra.
Ella se llevó ambos dedos índices a los lados de su boca, más o menos a la altura de los tiernos hoyuelos que poseía, y con un gesto silencioso le indicó que sonriera. Su sonrisa le arrancó una a él, y más lo que pudo entender que decían sus labios:
Sonríe, Lenny.
Y él sonrió.
Continuará…
¡Chan, chan, chan!
Al fin me liberé de mi castigo u.u ¡Salí de vacaciones!
Perdonen el retraso... y bueno, el capítulo no es la gran cosa, pero fue divertido escribirlo.
Me gustó el final :D Ojalá que a ustedes también.
Estoy engripada, y me cansa estar mucho tiempo en la compu, así que perdonen si tengo fallas.
Oh, sí, en el capítulo anterior tuve full errores, pero de ellos se aprenden, ¿no? :D
¡Gracias por sus reviews! Tan solo quedan 4 más para tener 250 :')
Lloraré de la alegría.
Subiré un One-shot que llevo escribiendo desde mi cumpleaños, así que espero que sea bien recibido :)
¡Las quiero, mis adoradas lectoras!
Nos leemos pronto!
Con amor, Jess.
