Viktor debía admitir que se encontraba algo irritado con su prometida, si es que podía llamarla así a pesar de que el compromiso aún no era oficial. Se podría decir que, desde que le pidió la mano de su hija a William Bradwell, el destino pareciera haberse inmiscuido para que nunca pudiera volver a visitarla. Siempre que lo intentó, se encontró con algún obstáculo, casi siempre puesto por la condición de Eleanor.
El primero fue unas semanas después de la petición, cuando se hartó de esperar alguna misiva por parte de la hija de los Bradwell. Se presentó en la casa de aquella familia, lo más compuesto posible, y de hecho albergó esperanzas cuando Beatrice le hizo pasar al interior de la vivienda e incluso le ofreció té. Sin embargo, cuando la mujer le explicó que su hija había partido hacia la propiedad que tenía la familia en el campo para ver si así su estado de salud mejoraba, no pudo menos que enfadarse. Ni siquiera le había mandado una miserable nota indicando que iba a abandonar la ciudad, para evitarle situaciones como aquella. No le iba a exigir a Eleanor que tuviera que pedirle permiso para ir o venir a su antojo, a fin de cuentas ni siquiera estaban oficialmente prometidos, además de que no era muy amigo de ese comportamiento, pero al menos avisar, simplemente eso...
Estuvo tentado de acudir al mentado pueblecito donde al parecer los Bradwell tenían aquella residencia aquel mismo día, pero algo en el tono de la señora Bradwell al hablar sobre el motivo del viaje de su hija hizo que se lo pensara mejor. Por lo que ella decía, Eleanor había viajado sola para poder, según le había dicho su propia hija, aislarse de todo y ver si así conseguía recuperarse. Por un momento barajó la opción de que quizás ella se marchaba unos días de la ciudad porque no soportaba la idea del matrimonio, aunque no tardó en descartarla. Si Eleanor no hubiera querido, se habría comportado de un modo diferente cuando estaba en su presencia, ¿no? Si bien llevaba soñando con la idea de hacerla su esposa desde que la vio un par de meses atrás, no quiso dar el paso hasta estar seguro de que ella opinaba lo mismo. ¿Acaso había olvidado aquella mañana, al día siguiente de que se marchara de la cena que su familia había organizado por encontrarse mal? Recordaba el sonrojo de sus mejillas, la turbación, la forma en la que parecía rehuírle con la mirada. Cualquier chica enamorada actuaba de ese modo.
Decidió esperar a que ella volviera, pero de nuevo se encontró con otro obstáculo, ahora al parecer su estado de salud. Esta vez al menos sí obtuvo una pequeña carta por parte de la joven donde se disculpaba por no recibirle cuando decidía pasarse por su casa, pues se encontraba postrada en la cama sin apenas fuerzas para salir.
Estaba comenzando a impacientarse, no iba a negarlo. Apreciaba mucho a Eleanor, quería poder pasar tiempo con ella, y que sus intentos de visitarla siempre se vieran frustrados era ya un asunto que le enervaba. No tardó en reunirse con su padre y en presionarle para que el compromiso se hiciera público de una vez. Suponía que James Kingston había intentado alargar aquella especie de limbo mientras se hacía a la idea de que iban a relacionarse muy pronto con ese tipo de personas que él llamaba "arribistas" y que por eso precisamente daba tantas largas. Para su sorpresa, su petición fue escuchada y de hecho, cuando su padre le puso delante, pocos días después, una de las notas que habían sido enviadas anunciado el evento, no pudo menos que sentirse agradecido. Le daba la impresión de que, una vez que todo fuera oficial, su suerte cambiaría.
La tarde previa a la fiesta donde el compromiso se haría oficial, Viktor no pudo concentrarse. Se había encerrado en su habitación con un libro, dispuesto a matar el tiempo hasta el momento de prepararse para la noche. Pero por más que lo intentaba, las letras parecían bailar ante sus ojos. La mera idea de que por fin, después de casi un mes sin haberla visto, fuera a poder hablar con Eleanor le ponía los nervios alterados, como si no fuera más que un simple quinceañero.
Se pasó el resto de la tarde con los ojos clavados en el reloj, siguiendo la trayectoria de la aguja, mientras que en su cabeza no dejaban de rondar las reflexiones sobre todo lo acontecido desde la última vez que se reunió con la hija de los Bradwell. Dichos pensamientos no le abandonaron cuando cambió su ropa de diario por un traje oscuro, más apropiado para el acontecimiento, y siguieron rondando por su cabeza mientras se colocaba en el sitio habitual, al pie de la escalera, como era costumbre que hiciera el hijo del anfitrión. Saludó a todos los que fueron haciendo acto de presencia, pero su mente no pareció calmarse hasta que la figura de su prometida (¡aún le costaba pensar en ella en ese término!) se materializó en la puerta envuelta en un vestido verde.
Puede que aquel lapso de tiempo sin verla le hiciera percibir cosas que quizás no eran del todo así, pero le dio la impresión, a pesar de que aún la estaba observando de lejos, de que Eleanor parecía más segura de si misma que la última vez que la vio. Entró en el recibidor con paso firme y una sonrisa perenne en el rostro, saludando con un discreto gesto de la mano a unos y a otros, para luego alzar los ojos y ver al joven, al que le hizo una leve indicación con la cabeza, gesto que fue imitado por él. La chica se encaminó hacia su posición a pasos rápidos, para luego realizar la habitual reverencia marcada por el protocolo.
—Buenas noches, señorita Bradwell —Viktor no pudo menos que responder a aquel saludo con la clásica intervención de rigor —Está espléndida.
—Antes de que llegue el momento por el que esta fiesta se está celebrando, quisiera poder hablar con usted en privado, por favor —a pesar del aspecto risueño y calmado de la pelirroja, Viktor notó en su voz un matiz de seriedad que lo sorprendió.
—¿Ha ocurrido algo? —inquirió algo desconcertado. No le cuadraba aquel tono con el gesto que ella mantenía desde que había entrado en la estancia. Le daba la impresión de que había algo en ella que se le estaba pasando por alto, pero no lograba encontrarlo. Hubiera deseado poder conocerla mejor, poder haber hablado con ella en las numerosas veces que había ido a visitarla pero había acabado volviendo sin cruzar palabra alguna con la hija de los Bradwell. No quería que su prometida fuera una desconocida, pero por azares del destino, las cosas parecían haberse encaminado en aquella dirección.
—Se lo contaré todo, pero no aquí, por favor —Eleanor tomó una de sus manos y la apretó entre las suyas, clavando sus pupilas en las de él —Es importante.
Viktor asintió, observando por el rabillo del ojo el enorme reloj de pared que se encontraba instalado a la izquierda de la sala, su enorme péndulo marcando el compás del tiempo. Sabía que no podía abandonar su lugar como "invitado de honor y anfitrión" por lo que decidió darse algo de margen de tiempo.
—Me reuniré con usted dentro de media hora en el rellano del primer piso —respondió, obteniendo una mirada agradecida por parte de la joven.
Eleanor se deslizó entre los invitados, respondiendo con cortesía a los saludos y a los comentarios, pero su mente se encontraba lejos de estar atenta a aquellas normas sociales que con tanta dedicación había seguido. Le resultaba extraño pasear por aquellas estancias, ver aquellos suntuosos vestidos y estar rodeada de lo más alto de la sociedad, sabiendo que en cuestión de días todos aquellos lujos quedarían atrás para siempre.
Le daba miedo, tenía que admitirlo, pues no había conocido otra vida que no fuera aquella. El amor que sentía por Lysandro era motivo suficiente para abandonarla, mas temía no ser capaz de adaptarse a una vida sencilla, alejada de todo lo que siempre había conocido. Además, no podía olvidar el detalle del bebé, que en cuestión de tiempo llegaría al mundo para añadir un factor más al que adaptarse. Eleanor sentía que iba a saltar a un precipicio del que desconocía la profundidad.
—¡Eleanor! —el sonido de su nombre la hizo girarse hacia un lado. Allí, en un rincón de la sala y en medio de un pequeño grupo, reconoció el rostro de Melody Brown, que le dirigía una sonrisa. La chica parecía realmente feliz y Eleanor no tardó en comprender el motivo de esa aparente felicidad: allí, a su lado, se encontraba Nathaniel Chapman, aquel joven rubio con el que su padre estuvo a punto de prometerla una vez hacía ya unos años. A Eleanor no le sorprendió la presencia de aquel chico allí, pues sabía que no hacía mucho se había prometido con la hija de los Brown, de hecho Melody estaba exultante cuando se lo comunicó. No la culpaba, sabía que esa joven estaba enamorada de él desde hacía años —¿No te parece increíble que por fin vayas a prometerte? —añadió cuando la pelirroja se acercó —¡Me daba la impresión de que este día nunca llegaría!
Eleanor se limitó a esbozar la sonrisa más discreta que pudo mientras que Nathaniel parecía algo incómodo con el comentario de su prometida, cosa que se notaba en su rostro.
—Melody, creo que esas palabras incordian más que halagan —murmuró. Eleanor alzó levemente una ceja, mientras que interiormente agradecía aquella intervención. Nathaniel le parecía un muchacho agradable, nada que ver con la harpía de su hermana o con su padre, un hombre frío cuyos ojos penetrantes le daban escalofríos. De hecho, en el fondo, se alegraba de haberse ahorrado tener que convivir con su familia, pues ninguno le caía en gracia. Pero el hijo de los Chapman era distinto, Eleanor lo consideraba casi una especie de hermano, cosa que también sucedía con Viktor. Sentía una calidez en su pecho cuando los veía, pero una muy diferente a la que Lysandro provocaba en ella.
—No importa —Eleanor hizo un gesto con la mano, tratando de quitarle hierro al asunto. No dejaba de pensar en que dentro de unos minutos se reuniría con Viktor para informarle de que pensaba abandonar la ciudad y romper el compromiso. El joven le caía en gracia y no quería ser cruel con él, pensaba que no se merecía semejante desplante. Sus ojos no perdían de vista el reloj, controlando la manecilla que marcaba los minutos. Debía darse prisa, pues el plazo que Viktor le había solicitado pronto se agotaría —Nos conocemos desde hace tanto tiempo que es normal que nos tomemos esas confianzas la una con la otra.
Melody asintió, al parecer dispuesta a decir algo más, pero en ese preciso momento Eleanor murmuró una excusa y abandonó a la pareja, caminando con paso apresurado hacia la escalera que partía del hall hacia los pisos superiores. No quería hacerse de esperar, de hecho contaba con que aquella conversación les iba a llevar su tiempo, por lo que más le valía aprovechar cada segundo. No era plan que llegara tarde al momento en el que su padre y lord Kingston anunciaran el futuro enlace de sus hijos.
Llegó al descansillo de la escalera, justo donde la misma se ramificaba en dos. Se dispuso a continuar, pero en el preciso momento en el que avanzaba un pie, un pomposo vestido amarillo le salió al paso, impidiendo que pudiera continuar con su avance. Eleanor alzó los ojos pero no era necesario que lo comprobase, pues era consciente de que ese tipo de prenda sólo la llevaba una persona... que precisamente no era de su agrado.
—Ámber —no pudo menos que escupir aquel nombre mientras estudiaba a la chica rubia de ojos verdes que la miraba con cierta pose de desdén. Ella había sido precisamente la causa por la que el compromiso con los Chapman quedó anulado; había insultado a Eleanor por el simple hecho de que ella, sin querer, le había derramado un poco de champán en la falda del vestido, ignorando las disculpas de la misma. Esto la había enfurecido tanto que acabó tomando la botella entera y volcándola sobre aquella chica. La historia fue tan cómica que pronto todo Londres supo que la hija de los Bradwell había dejado en ridículo a la de los Chapman.
—Mira a quien tenemos aquí —la aludida no parecía dispuesta a saludar, viendo su reacción —La nueva arribista. ¿Cuánto dinero ha ofrecido tu familia para que lord Kingston acepte tenerte como nuera?
—Seguro que menos que la tuya para que los Brown toleren que su hija te soporte —Eleanor sentía la rabia fluir por su cuerpo. No era una persona rencorosa, pero admitía que Ámber era una de las pocas personas que la sacaban de quicio. No soportaba sus aires de grandeza y la forma que tenía de menospreciarla cuando ella también no dejaba de ser una arribista; todos conocían que el señor Chapman, un burgués, se había casado con la que ahora era su esposa para lograr un título. La familia de ella estaba arruinada y la fortuna de aquel empresario les ayudaría a saldar las deudas.
—Muy ingeniosa la pequeña burguesa —Ámber avanzó otro paso más hacia ella —Tal vez seas tan hábil con la lengua en otras lides y por eso los Kingston decidieron aceptarte en su familia, ¿no? —Eleanor no pudo menos que crispar el rostro ante aquella insinuación; la gente que había a su alrededor estaba comenzando a prestarles más atención de la que ella deseaba —Sí, seguro que es eso —Ámber le propinó un pequeño empellón, haciendo que Eleanor trastabillase. Apretó los dientes, devolviéndole el gesto, tratando de escabullirse justo después por un lado de la chica, pero esta la retuvo —O espera... ¿quizás te abriste tanto de pierna que te dejó en estado? —Ámber volvió a atacar, dándole un nuevo empujón, justo a la altura del pecho.
Aquellas palabras hicieron que el pánico fluyera por el cuerpo de Eleanor, temiendo que quizás ella hubiera notado algo, por nimio que fuese. ¿Acaso su tripa era ya delatora? Pero si apenas habían pasado unas semanas, no podía saberlo, no podía...
El empujón recibido fue más fuerte de lo esperado, o quizás simplemente estaba demasiado sorprendida como para oponer resistencia. El caso es que Eleanor perdió el equilibrio y trastabilló hacia atrás un par de pasos, tratando de no caer. Pero tuvo tan mala suerte de que, al retroceder, su pie pisó la falda de su vestido y cayó hacia atrás, su cabeza golpeando con fuerza la barandilla de madera de la escalera, cayendo luego sobre los escalones. Pero de esto último no llegó a tener conciencia, pues cuando los demás fueron a intentar auxiliarla, Eleanor no respondía, postrada en la escalera con los ojos cerrados mientras su mente se llenaba de negro.
Dije que venían curvas, y el que avisa no es traidor. Empieza lo que vendría a ser el tercer acto de la historia, y este siempre es el más duro, así que...
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