Disclaimer: Ninguno de los personajes que aquí se presentan son de nuestra propiedad. Todos pertenecen a GRR Martin.

N/A: Seguimos agradeciendo vuestros comentarios : ) Ya va quedando menos :D


21. SANDOR

La luz empezaba a filtrarse por la ventana entreabierta del dormitorio cuando Sandor Clegane abrió los ojos. Lo primero que notó, es que no estaba solo. Recostada ligeramente en su pecho descansaba Sansa Stark, completamente dormida. Los recuerdos del día anterior volaron a su mente en ese momento: la sonrisa de su pajarito cuando vio el pequeño claro, su pequeña risa al meter los pies en el agua, su beso…

Era cierto que no había sido más que un beso en la mejilla, pero el Perro del rey nunca había recibido algo más dulce. Acarició levemente la espalda de su esposa sin ánimo de acabar con su sueño para después levantarse de la cama, dejándola plácidamente dormida sobre el colchón.

No quería despertarla, así que se vistió prácticamente a tientas para que la luz no le molestase. Una vez estuvo listo, salió al pasillo y encargó a las doncellas el desayuno para su mujer, como hacía todas las mañanas. Se ajustó un momento la espada al cinturón y empezó a merodear los pasillos de la Fortaleza. Caminaba sin un rumbo fijo, pues tenía que aclarar su mente un poco después de todo lo que había pasado.

Su relación con el pajarito no podía hacerle sentir más orgulloso. Estaba mejorando. Era un proceso lento, pero funcionaba. El beso que le había regalado justo la noche anterior era prueba de ello. Sansa ya no le temía como antes y a Sandor le gustaba pensar que estaba empezando a darse cuenta de que todo lo que hacía, lo hacía por ella. Para compensarla, para que no estuviera triste y alicaída. Quizás algún día ella le dedicaría una sonrisa como las que traía después de volver de ver a Moss. Pero no, no debía pensar en eso. Clegane no era Moss ni para lo bueno, ni para lo malo. Ella siempre estará esperando a su caballero, y tú no eres más que un perro.

A Sandor le costaba reconocerlo, pero la idea de que alguien viniera a rescatarla se volvía cada vez más plausible. Ahora era la llave del Norte y no sabían muy bien cuánto tiempo la mantendrían con él. Seguro que tanto Tywin como Cersei tenían otros planes para la pobre chica.

–¡Clegane! –gritó alguien desde el fondo del pasillo. Era Boros, el idiota de Boros–. El rey quiere verte en la Sala del Trono de inmediato.

No tuvo más remedio que seguirle hasta allí. ¿Qué querría ahora esa sabandija? ¿Es que no iba a dejarle tranquilo nunca? Sin embargo, nada más entrar a la citada sala, su cuerpo se tensó. No estaban solos; casi toda la corte estaba allí reunida pese a lo pronto que era. La gente le abrió paso nada más entrar. Al final del todo se encontraba el rey sentado en su trono, pero Sandor tenía la mirada fija en otro sitio: una cabeza sobresalía entre la multitud. No podía ser otro. Gregor.

Sandor avanzó hasta el frente. Parecía que el rey quería hablar con ambos, pues eran los únicos guardias convocados. Gregor le sonrió de medio lado e inclinó su cabeza en una clara burla hacia él. Seguía siendo tan imponente como siempre y sólo pudo volver la mirada hacia Joffrey cuando este comenzó a hablar.

–¿Dónde está tu esposa, perro? Hace mucho que no veo esa melena roja y traidora por aquí.

Sabía que el rey no podía decir mucho más, pues el Consejo estaba presente, así como también todos los señores nobles que se encontraban en Desembarco y su joven prometida Margaery Tyrell se encontraba de pie a su lado.

–Me temo que hoy dormirá hasta tarde, alteza. Digamos que no ha descansado mucho esta noche–. Sandor forzó una sonrisa que pretendía dejar entrever algo más y eso hizo que Joffrey estallara en carcajadas. Gregor bufó a su lado.

–Bien, bien. Os preguntaréis por qué estáis aquí y todos mis súbditos deben saberlo –elevó la voz para que la sala entera pudiera escuchar lo que su rey tenía que decirles–. Ese sucio traidor de Beric Dondarrion está alterando la paz del rey. Al parecer, que aplastáramos a esos lobos traidores no es suficiente señal de los Dioses para Dondarrion. Está ocasionando revueltas con una panda de rufianes. Se hacen llamar la Hermandad sin Estandartes. He mandado varios escuadrones en su busca, pero no han conseguido dar con ellos. Entonces se me ocurrió. ¿Quién mejor que mis perros para rastrear un hueso duro de roer? –alzó los brazos esperando que su plebe le aclamara como el rey ingenioso que creía ser. Buscó las risas de la sala, que no tardaron en llegar, pues no querían descontentar a su monarca–. Mi abuelo ha decidido prestarme al mayor de la camada. Ser Gregor, tú te ocuparás de la zona Sur del Bosque Real. Y tú, mi fiel sabueso –dijo mirando a Sandor–, serás el encargado de la zona Norte.

Sandor maldijo su suerte, aunque su rostro no reflejaba ninguna emoción. Los hermanos hicieron una leve reverencia antes de que el rey continuase con su discurso.

–Partiréis en una semana, cada uno con treinta hombres. Vuestra fama en combate es legendaria así que supongo que no tendréis ningún problema. No volváis hasta que me traigáis la prueba de su muerte. Para hacerlo más divertido –añadió con una sonrisa traviesa–, el que vuelva antes con la victoria, será recompensado generosamente.

Los Clegane parecieron conformes ante su rey, aunque Sandor no podía estar menos de acuerdo con esa misión. Podría tardar meses en encontrarle y no quería dejar tanto tiempo sola a Sansa en aquel nido de víboras. Ahora que su relación estaba mejorando no debía apartarse de ella. ¿Quién le aseguraba que cuando volviera de esa misión su esposa siguiera queriendo verle? ¿Y si conocía a alguien en ese tiempo? No podía dejarla encerrada en su habitación. Él mismo se lo había dicho: era una mujer libre. Así la quería Sandor. ¿Y si durante el tiempo que él no la estaba para protegerla volvían los abusos del rey? Además, si Sansa estaba sola quizás aprovechasen para disolver su matrimonio y alejarla de él para siempre.

–Ahora fuera de mi vista –la voz del rey despertó al menor de los Clegane de sus ensoñaciones–. Acabo de desayunar y tus cicatrices están empezando a revolverme el estómago.

Sandor abandonó la sala del Trono envuelto en las risas de la multitud. Su hermano reía por encima de todos los demás, pero por una vez en su vida, no le afectó. Tenía cosas más importantes que pensar en ese momento: ¿Qué debía hacer? ¿Hablar con Sansa o no decirlo hasta que tuviera que marcharse? ¿Qué pensaría si se enterara? ¿Se alegraría de la noticia o sufriría por él?

Debía tomar una decisión y tenía que ser la acertada. No quería que Sansa se enterase por boca de otra persona así que creía que lo mejor era decírselo él mismo. Su reacción podía acabar con sus esperanzas. Si ella parecía alegre o indiferente, Sandor sufriría. Eso sería como una puñalada después de el pequeño beso de ayer. No era más que cortesía y agradecimiento, Perro. Deja de soñar. Su paso se aceleró, de repente deseoso de poder decirle que marchaba a la batalla y ver su respuesta. Eso podría confirmar si lo que pasó el día anterior había sido real o tan solo una fantasía.

Cuando llegó a sus aposentos, abrió la puerta y la encontró sentada en la pequeña mesa, disfrutando de su desayuno. Aún no estaba vestida así que se tapó su pequeño cuerpo con una bata que llevaba puesta. Su pelo estaba revuelto, pero Sandor la encontraba tan hermosa como siempre. Parecía avergonzada de que la hubiese encontrado así. Seguro que pensaba que no era el aspecto que una dama debía tener.

–Perdona que interrumpa tu desayuno, pajarito, pero tenemos que hablar. El rey me ha comunicado algo que debes saber –dijo mientras se sentaba en la silla de enfrente.

Ahora que había empezado su discurso, no sabía cómo acabarlo. Su pajarito le miraba expectante. Quizás pensaba que era otra muerte más de su familia, la de su joven hermana, que era lo único que le quedaba. Las palabras no eran lo suyo y en ese momento, Sandor habría deseado ser un perfecto orador.

–En una semana he de partir al Bosque Real con unos cuantos hombres en busca de Dondarrion. Me han prohibido regresar hasta que le de muerte. Mi hermano rastreará la zona Sur y yo me ocuparé del Norte –una vez dicho eso dejó de hablar y la miró, estudiando sus reacciones hasta el más mínimo detalle.

Su pajarito depositó el pastel que estaba a mitad de comer sobre el plato, visiblemente afectada. El poco color que presentaba su rostro desapareció por completo. Se quedó un rato callada, ocultando las manos bajo la mesa. Justo cuando creyó que no iba a decir nada, habló de forma atropellada.

–N-No podéis dejarme aquí sola –su voz tembló ligeramente. Tenía la mirada fija en el plato que había ante ella.

–Creeme, pajarito. Yo tampoco quiero dejarte aquí sola, pero el rey así lo ha ordenado. Maldito bastardo. Sabes tan bien como yo que no puedo desobedecerle.

Parecía verdaderamente afectada. Una parte de él le decía que no era justo que se alegrara por algo así, pero no podía evitarlo. Eso significaba que ella le necesitaba consigo, ¿no?

–N-No os podéis marchar –insistió, sin mirarle–. Joffrey volverá a maltratarme. No quiero quedarme aquí sola.

Sandor negó varias veces antes de volver a hablar.

–No lo hará. Tengo hombres fieles que desobedecerán al rey si es preciso. Temen más lo que yo pueda hacerles si me entero que no han cumplido mis órdenes que al rey –sonrió levemente antes de continuar–. Puedes fingir estar enferma durante ese tiempo, mis hombres te cubrirán. Volveré rápido, pajarito, ya lo verás.

Veía claro en sus ojos que no le creía. Era normal, estaba aterrada y tenía razones para sentir tal miedo. Su joven esposa guardó silencio y no añadió nada más hasta que transcurrió un largo rato.

–Pensé… Pensé que vos erais el caballero que me sacaría de aquí –confesó, con cierta tristeza–. No esperaba que me dejaseis sola.

En el estómago de Sandor se hizo un nudo con sus palabras y en un impulso, tomó su brazo con cuidado e hizo que sacara una de sus manos de debajo de la mesa para poder tomarla entre las suyas.

–Voy a volver, pajarito. Y cuando vuelva, te sacaré de aquí. Te lo juro –prometió de forma solemne–. No pasaremos en esta Fortaleza ni un día más. ¿De acuerdo?

Clegane verdaderamente esperaba que le creyera. No quería decepcionarla, no después de lo que acababa de decir. Le había elegido como su caballero, el que la sacaría de entre las garras de los leones. No iba a fallarle esta vez.

Su pajarito se limitó a asentir. No parecía demasiado convencida pero al menos no había expresado sus inseguridades en voz alta. Sandor iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para que no se arrepintiera de su elección.