Gracias a MoonyStark, Jade Edaj, Macka, untouchrk, Isabel, blueflowersfall y Wind Love por sus reviews.
EPÍLOGO
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Como mandaba la tradición, la boda comenzó al amanecer.
La Sultana y su futuro esposo no eran los únicos que no habían podido dormir a causa de los nervios; los guardias contaban que el Príncipe y su mejor amigo habían pasado la noche caminando por los pasillos, murmurando promesas que no auguraban un buen porvenir al novio en caso de que hiciera infeliz a su futura esposa.
Ni siquiera Haruka, en su habitación de la casa de Makoto, había descansado mucho; se había acostumbrado a dormir con Rin y resultaba extraño no despertarse en mitad de la noche a causa de una patada o un huele a quemado, pese a que en las últimas lunas la frecuencia de las pesadillas de Rin se había reducido.
Al alba, los nobles de clase más alta, los miembros del Consejo y el Círculo y familias adineradas de todos los rincones de Awaash se encontraron congregados en el jardín más grande que albergaban las murallas de Palacio. Haruka reconoció a gente para la que habían hecho viajes especiales a lo largo de los años, pero también a muchos vecinos de Makoto; comprendió que los jefes de las compañías de mercaderes también invitados. Sonrió al ver a Momotarou sentado lejos de ellos, entre su hermano y una chica que por su aspecto debía de pertenecer a su familia.
No por eso dejaba de sorprenderle que él y todos sus compañeros también estuviesen allí. Incluso Hana estaba con ellos, con un vestido que Rin le había comprado el día que regresaron a Al-Dimah, observando maravillada el espectáculo; tenían reservada una posición relativamente privilegiada para seguir el acontecimiento; y Haruka sentía cierta curiosidad. Nunca había presenciado una boda.
El único problema era la norma que impedía llevar armas a cualquier evento religioso; Haruka se sentía desprotegido sin el familiar peso de decenas de puñales y dagas entre los pliegues de sus pantalones, y el hecho de que la Guardia sí estuviese autorizada a ello no le resultaba precisamente tranquilizador.
Rin estaba sentado entre su hermana y su madre. Situado en uno de los laterales, Haruka podía observarlo cuanto quisiera e incluso captar su atención de vez en cuando, aunque Rin apenas le dedicaba una sonrisa antes de volver a observar el acto.
Haruka comprendía que no tuviese interés en él; la Sultana nunca había hecho tanto honor a los rumores que la comparaban con fuego puro, su cabello suelto danzando en su espalda cada vez que se movía, dando la impresión de que en cualquier momento el delicado vestido verde estallaría en llamas. El maquillaje le había cubierto las pequeñas pecas que salpicaban sus mejillas, haciendo sus ojos refulgir más que de costumbre. Cada vez que se movía, las pulseras que tintineaban en sus brazos entrechocaban para crear un peculiar aplauso.
Nagisa, por su parte, parecía un hijo del Dios Sol. Haruka sólo podía observarlo durante cortos periodos de tiempo; su túnica del color de las dunas refulgía con los primeros rayos de la mañana. Y su sonrisa sólo ayudaba a que resplandeciese aún más.
Quien más atraía la atención de Haruka, sin embargo, era Rin; era cierto que el joven siempre parecía transformarse en alguien diferente cuando regresaban a Al-Dimah, cuando no estaba sucio y tenía energía para preocuparse por su aspecto, pero ese día Haruka no hubiese podido fingir desinterés aunque hubiera querido. Con su túnica blanca que no hacía más que contrastar el color que lunas en el desierto habían pegado en su piel y un turbante rojo del que salían flecos dorados, se mantenía recto, serio… magnífico.
Ni siquiera cuando se percató de la intensidad de su escrutinio y le sacó la lengua durante unos segundos Rin perdió esa elegancia que siempre parecía latente en él; Haruka hizo un esfuerzo por concentrarse en la boda, recordando entonces su curiosidad.
—Como Ashdara dijo tras perdonar la traición de su segundo esposo —iba diciendo la sacerdotisa—, no debe existir un lazo más estrecho que la hermandad entre dos hombres que tienen vínculos sagrados con sus esposas, pues lo que no es amor es lujuria, y es uno de los pasillos que llevan a la locura —Haruka frunció el ceño y miró a Rin; le había parecido que había emitido un ruidito ahogado—. ¿Comprendéis, hombre y mujer, la importancia de respetar lo que aceptáis aquí y ahora?
—¿Falta mucho? —inquirió Haruka en voz baja, dando un codazo a Makoto. Su mejor amigo parecía estar al borde del llanto; siempre había sido demasiado sentimental.
—Un poco —respondió él mientras Nagisa y Gou respondían a la sacerdotisa.
Haruka no pudo evitar poner los ojos en blanco cuando volvió a mirar a Rin y descubrió que él también estaba tratando de contener las lágrimas, con menos éxito que Makoto.
—Nair juró, ante la tumba de su primer y único amor…
Todo el acto, comprendió Haruka tras varios sermones, consistía en hacer comprender a los novios la seriedad de su matrimonio mediante ejemplos sacados del Libro de los Dioses. El joven prestó algo de atención; nunca se había interesado demasiado por la religión, y conocía pocas cosas además de lo obvio. Cuando Rin no pudo seguir conteniendo las lágrimas quiso acercarse a él y abrazarlo, y de paso preguntarle por qué estaba tan afectado; siempre había dado por sentado que el joven sabía más que él acerca del Libro de los Dioses.
La última alegoría hablaba de la importancia de no esperar para abrir sus corazones; para entonces incluso la madre de Rin lloraba, lágrimas silenciosas bajando por su rostro, y Haruka daba palmadas en la espalda a Makoto mientras fulminaba con la mirada a Kisumi, que parecía divertido ante tanto llanto.
—Confío en que estéis listos, pese a que sólo los Dioses lo saben. Así pues, mostrádnoslo a nosotros.
Fue un beso sencillo, que apenas duró unos segundos, pero cuando se separó de su ya esposo la Sultana tenía las mejillas encendidas. La sacerdotisa dio las primeras palmas, y el resto de los asistentes convirtieron ese sonido solitario en un aplauso atronador, levantándose y haciendo una reverencia conjunta ante los Sultanes.
Pronto, sin embargo, los jóvenes tuvieron que marcharse al balcón principal; debían saludar a los súbditos que aguardaban fuera de Palacio y anunciarles la noticia. Los nobles se alejaron de sus asientos y se reunieron con sus conocidos mientras los criados se llevaban los bancos y traían comida. Haruka se apartó de la multitud y se acercó al frescor de una fuente, seguido por Makoto. Ran, Ren y Hana habían desaparecido entre la marea de gente en uno de sus juegos.
—Las bodas reales tardan más que las comunes —reflexionó Makoto, enjugándose las últimas lágrimas y aparentando normalidad.
—Pero ha sido bonita, ¿verdad? —intervino Kisumi. Haruka no sabía de dónde había salido; hubiese jurado que había sido lo suficientemente sigiloso para que el joven no lo siguiera.
Se encogió de hombros.
—¡Haruuuuu! —un peso conocido se adueñó de sus hombros antes de que Haruka pudiese impedirlo—. ¿Qué te ha parecido?
Rin también tenía los ojos enrojecidos.
—Llorica —lo picó, lamentando la cantidad de gente que le impedía darle un beso—. Sólo se ha casado.
—Y como ese mocoso la haga llorar… —empezó Rin.
—Te cae bien —intervino Sousuke, que ya se había hecho con una copa de vino. Rin entornó los ojos—. ¡Es verdad!
—Un poco —refunfuñó él. Miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba antes de añadir—: Eh, ¿lo habéis oído? Lo que ha dicho la sacerdotisa.
—Ha dicho muchas cosas —apuntó Makoto.
Rin enrojeció.
—Ya, pero… Lo de que no debe existir un lazo más estrecho que hermandad entre dos hombres…
—Que estén casados —completó Haruka, ligeramente orgulloso por haber prestado algo de atención—. ¿Qué pasa?
El brazo que rodeaba su hombro se tensó un poco.
—Nunca había escuchado lo que venía después —admitió Rin—. Es bueno saber que criticaba la infidelidad, no… —enrojeció aún más y se apartó de Haruka como si se hubiese quemado. Kisumi tosió—. Tengo que saludar a unas cuantas personas —se excusó demasiado rápidamente, haciendo una mueca—. Política y esas cosas. Luego vengo.
Fiel a su promesa, Rin no tardó en regresar. Para entonces, Haruka había huido de Kisumi, se había sentado en uno de los bancos que había en la linde del jardín, a la sombra de un naranjo, y observaba a la gente que se animaba a bailar. El Príncipe se dejó caer a su lado.
—¿Has llorado más? —inquirió Haruka, y no se quejó cuando Rin le dio una patada en la pantorrilla.
—Sólo estaba siendo amable con primos a los que no he visto en mi vida —protestó—. Oye, ¿tú tienes familiares vivos?
Haruka vio a Ren cargando a Hana a cuestas.
—Mi madre estaba emparentada con la familia de Makoto.
Rin asintió.
—Tenía curiosidad —admitió—. Eh, cuando se olviden de mí, ¿te apetece bajar al lago?
Haruka asintió inmediatamente. Su mano descansaba sobre el banco, a pocos centímetros de la de Rin; la tentación de eliminar esa distancia era casi insoportable. No obstante, esperó; no necesitaba que todo el mundo supiese lo importante que era Rin en su vida para hacer su relación con él más real.
Y Rin tampoco.
Notas de la autora: Y ya sí que sí se ha acabado. Ha sido un placer escribir tanto esta historia como Hasta donde termina el desierto, aún más saber que os ha gustado :3 Muchas gracias por vuestros comentarios y, sobre todo, por haber leído.
