Capítulo 21 – Segundo mes: velocidad.
El segundo mes comenzó con una tragedia, por así decirlo. Una tarde tan normal como cualquier otra, mientras entrenaba junto a Jasper, como solía hacerlo, el corazón se me paró durante dos minutos. Edward aún no para de recordarme que habían sido los dos minutos más largos y desesperantes de su existencia. Jacob se enojó tanto con Jasper por presionarme tanto que por poco todo se desbanda. Por lo pronto, los entrenamientos estaban suspendidos. Nadie quería arriesgarse que sucediera lo mismo que aquella tarde de octubre.
A raíz de eso, tanto Jacob como Edward se habían puesto demasiado sobre protectores, al punto que tenía que recordarles que no necesitaba escolta para ir al baño. Me sentía sofocada. Ahora mismo, me encontraba tratando de hacer razonar a Edward, quien había entrado de forma arrebatadora a mi habitación a razón de haber escuchado un fuerte golpe.
-Por Dios, Edward, sólo me he caído. No se termina el mundo por eso – exclamé acalorada.
-Pero podrías hacerte daño – me rebatió con fiereza.
-Sí, y también podría caerme un meteorito en la cabeza y eso no sería tu culpa – exclamé haciendo ademanes, a ver si de esa forma lo entendía mejor.
-Sería mi culpa porque no podría protegerte- exclamó igual de furioso.
-Ya supéralo, Edward. Estoy bien y no puedes controlarme todo el tiempo.
-¡Maldición, Bella, casi te pierdo la otra semana! Entiéndelo de una maldita vez, te amo y no puedo vivir sin ti –dijo exaltado, y pude observar, como de una manera muy siniestra sus ojos oscuros se fundieron en el oro al decir que me amaba.
-Y tu sabes que te amo profundamente, Edward – le contesté serena mientras le tomaba la cara con ambas manos. A pesar del frio que me transmitía, pude sentir la calidez en el contacto – mírame –le pedí suave –mírame, Edward – levantó la mirada, y cuando la tuve clavada sobre la mía seguí – faltan poco menos de dos meses para que me convierta en un vampiro. A partir de entonces, tú y yo estaremos juntos por toda la eternidad. Toda la eternidad, ¿entiendes eso, Edward? Tienes toda la eternidad para estar junto a mi lado, haremos lo que deseemos con el mundo. Pero tienes que respetar lo que queda de humanidad en mí, necesito mi espacio. No tienes por qué estar encima de mí todo el bendito día. Sabes que si algo verdaderamente grave me sucede, lo sentirás acá, en tu corazón. No hay necesidad para que estés sobre mí todo el día. Ni tú ni Jacob.
-Nunca permitiría que Jacob estuviera encima de ti – respondió paciente y con una sonrisa de costado. En este tiempo lo había conocido lo suficiente para saber que aquello tenía doble sentido.
-Sabes que Jacob no piensa de esa forma con respecto a mí – le respondí paciente. De un tiempo a esta parte, teníamos discusiones absurdas por celos.
-Te puedo asegurar que sí – contestó serio con el ceño fruncido.
-Si es así, tu sabes que eres el único hombre de mi vida – le contesté con una sonrisa que pretendía ser coqueta.
-Y tú la única mujer de mi existencia. Te amaré hasta que el tiempo de los tiempos se termine – expresó acercándose hacia mí.
-Oh, mi eterno poeta – susurré contra sus labios. Segundos después nos fundimos en un beso cargado de pasión y sensaciones voraginosas. A velocidad vampírica, estuvimos sobre la cama, pero cuando las manos de Edward estuvieron en contacto con mi piel, me paré en seco.
-Últimamente pareces un niño chico, Edward. Esto también lo hemos hablado. No quiero hacer el amor contigo hasta que estemos en igualdad de condiciones. No quiero que puedas ver mis imperfecciones, mis deterioros más aún cuanto tú eres perfecto. Quiero que me mires como si fuese una diosa amazónica. No necesito de tu compasión.
-Bella, para mí eres hermosa tal como eres. No me importan tus cicatrices o imperfecciones – contestó compasivo con una sonrisa eterna de amor.
-Además, está el hecho, poco probable, que me mates sin querer mientras tenemos relaciones. No quiero cargar eso en tu conciencia. Prefiero que sea tan duradera en la vida como tú – respondí simple.
-A pesar de que tengo muchas ganas, tú lo sabes, te voy a respetar. Pero solo porque te amo, ¿está bien?
-Te amo.
-Y yo a ti, hasta que se termine el mundo.
Esta vez, fue Emmet quien descubrió el cambio. Era una tarde de otoño, estábamos jugando videojuegos en el living, el resto de la familia estaba de cacería. El más enorme de los vampiros me ganaba, como siempre sucedía. Y estaba francamente fastidiada. No me gustaba perder, y definitivamente no de la mano de Emmet. Además estaba prácticamente convencida que hacía trampa, tal como siempre mencionaba Esme.
-Haces trampa –me quejé como una nena pequeña.
-¿Enojada, Belly boo?
-¿Puedes dejar de ponerme esos apodos tan estúpidos? Me fastidian – protesté. A este punto, ya colmaba mi paciencia.
-Ya sé que te fastidian, Belly. ¿Por qué piensas que los uso, acaso? – él reía divertido.
-Eres insoportable.
-Hieres mis sentimientos, Belly Bear. Tengo el corazón destrozado – la ironía era tan clara que daban ganas de golpearlo. No sabía cómo era que aún no lo había hecho. Irrompible vampiro, recordé.
-No jugaré más contigo – declaré cruzada de brazos, haciendo un puchero. Sí, no se podría decir que era especialmente madura, pero el vampiro saca esa parte caprichosa de mí. La mayoría de las veces era divertido ser una niña por momentos. Hoy no lo era.
-No entiendo que te sucede, Bells – lo fulminé con la mirada. Una luz en sus ojos se iluminó y supe que lo había entendido – estás hormonal, ya entiendo. Sí, puedo olerlo. Estás menstruando.
-¡Te mataré, maldito vampiro entrometido! – le grité mientras trataba de perseguirlo. Por supuesto, Emmet hizo uso de su velocidad y estuvo lejos de mí en cuestión de segundos. Nunca lo alcanzaría.
-¿Me buscabas, Belly? – corrí tratando de alcanzarlo, pero él incluso ya estaba fuera de la casa. Llegué agitada a su encuentro – no pones esfuerzo – se burló divertido.
-Esfuerzo voy a poner en romperte la cara – le amenacé dedo en alto – además, se lo contaré a Esme.
-¡Qué miedo me das, Belly! Incluso estoy temblando. ¡Mira cómo tiemblo! – a esta altura, creí que sus carcajadas se escucharían en varios kilómetros a la redonda – me asustas tanto que nunca, jamás sería capaz de decirle a alguien que estás menstruando – aquello último lo había gritado. Sentía que algo bullía en mi interior, tenía ganas de destrozarlo y borrarle esa sonrisa burlona de la cara. Estaba francamente furiosa. Vi todo rojo y corrí hacía él. Solo que está vez, sí lo atrapé.
-¡Te mataré, Emmet! ¡Te mataré! – le gritaba mientras golpeaba su pecho como una niña pequeña con un berrinche. Por supuesto, a él no le dolía nada, por lo que lo seguía haciendo algunos segundos hasta que me descargué. Me separé de él cansada y lo miré a los ojos. Emmet parecía en shock, se encontraba lívido ante mí sin decir una palabra.
-¿Qué sucede, Emmet? – pregunté. Comenzaba a asustarme. No sabía si los vampiros podían quedarse inmóviles, pero fuera lo que fuese parecía serio - ¿qué sucede? ¿alguien nos va a atacar? – pregunté aterrorizada mirando a todas partes.
-Yo corrí – murmuró sorprendido.
-Sí, Emmet, yo también corrí.
-No, Bella, yo realmente corrí.
-¿Qué demonios pretendes decir? –pregunté perdiendo el juicio.
-Que yo corrí. Y tú también – no sabía qué pretendía decirme pero francamente no lo entendía – pero me alcanzaste. ¿Lo entiendes, Belly? ¡Me alcanzaste!
Entonces lo comprendí al instante: había corrido a velocidad vampírica sin haberme dado cuenta. ¿En qué momento había sucedido eso? Ni siquiera había sido consciente. Emmet parecía asombrado y entusiasmado. Yo, por otra parte, estaba aterrada. ¿Cómo era posible que una cosa semejante sucediera sin que me diese cuenta? ¿Qué otras cosas hacía sin saberlo? ¿Sin tener consciencia de ello? Los otros cambios parecían inocentes, no me molestaba estar, aparentemente, más pálida y con brillo en el cabello. No tenía problemas con eso. ¿Pero velocidad vampírica? Eso ya era mucho. Y realmente comprendí que tal vez no estaba preparada para este tipo de vida.
-¡Esto será genial! – chilló emocionado – podré correr contigo también. Echaremos carreras con Jasper, será genial. Les patearé el trasero a los dos. Te aburrirás a la década, pero mientras tanto será genial verte perder – aún no pronunciaba palabra – hagamos una carrera hasta casa. Hay que contarles a los otros, vamos.
Y Emmet ya no estaba. Había corrido. Y había desaparecido. Probablemente, al ver que no estaba detrás de él, volvió por mí.
-¿Qué pasa, Belly? ¿Con miedo a perder? – se burló.
-No, no es eso, Emmet – logré articular – es que no sé cómo hacerlo.
-¿No lo sabes? Pero si acabas de hacerlo, Belly – contestó confuso.
-Sí, pero no tengo idea cómo es que lo he hecho. Y para serte sincera, comienzo a sentirme agotada.
-Está bien, Bella. No te preocupes. Te llevaré a casa y ya lo hablaremos. Súbete a mi espalda – obviamente se había dado cuenta de la gravedad de mi reacción, porque se puso serio al instante, algo muy difícil para él.
Ni siquiera supe en qué momento me quedé dormida. Lo cierto es que me encontraba en mi cama y me habían despertado los gritos. Aparentemente venían del living y aquellas parecían ser las voces de Emmet y Jacob. Aún descalza, me asomé por las escaleras. Parecía una discusión acalorada.
-¡Pero eso es imposible en un ser humano! ¡Estás mintiendo! – gritó Jacob acalorado. Me asombró que Jasper no tomara el control de la situación, no era propio de él dejar que las cosas se desmadraran.
-¡Es que ella ya no es una simple humana, Jacob! ¿Cuándo carajo lo vas a entender? ¡Está mutando! – contestó Emmet en el mismo tono enojado.
-¿Qué es lo que está pasando aquí? – pregunté mientras me frotaba los ojos; aún seguía cansada. En el living se encontraba la familia al completo, menos Rosalie por supuesto, y Jacob.
-Sucede que tu amigo no comprende que estás en transformación – comentó el grandulón mientras de cruzaba de brazos enojado.
-¡Es difícil de comprender que mi mejor amiga se convierta en un monstruo! – chilló enfurecido. El silencio se hizo en la habitación. Aquello había dolido más que cualquier azote por parte de Janet, fundamentalmente porque venía de mi mejor amigo, mi hermano Jacob. Había sido una cachetada directa a mi corazón. Lo esperaría de cualquiera, menos de él.
-Así que eso piensas de mí, Jacob Black. Eso está bien – hablé lo más calmada posible y creo que obtuve algo de ayuda de Jasper. Me senté en el sofá de forma despreocupada, abracé mis rodillas y murmuré – puedes irte. Por lo visto, no te interesa qué le pasa a este monstruo. Vete.
-Bells, yo no quise decir eso – se apresuró a decir – lo siento. Yo no quise.
-Pero lo dijiste – puntualicé dolida – vete. Ya hablaremos.
Jacob se fue con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos. Se lo veía arrepentido, pero no por eso me iba a amilanar. Me había lastimado, por segunda vez. La primera fue aquella vez que se había ido. No dejaría que ocurriera en una tercera.
-Él lo siente, Bella – dijo Edward. Si alguien me hubiese dicho que mi novio defendería a mi mejor amigo tiempo atrás, probablemente me le reiría en la cara. Parecía surrealista, y sin embargo había ocurrido.
-Sí, Bella, lo siento mucho – añadió Jasper.
-Sé que lo siente – dijo en una mueca – pero eso no quita que me duela.
-¿Cómo te sientes, cariño? – preguntó Esme, tan maternal como siempre, desviando el tema de conversación.
-Me siento cansada. Agotada, a decir verdad.
-Sé que Emmet no miente, lo he visto en su mente – dijo Edward sonriendo, sabía que pretendía tranquilizarme.
-Por supuesto que no miente.
-Esa es mi Belly – comentó Emmet sonriendo y guiñando un ojo.
-Pero no tengo idea cómo lo hice. Sólo sé que tenía ganas de asesinarlo y de un momento a otro estaba sobre él. Solo sucedió – traté de explicar.
-Los cambios comienzan a acelerarse – comentó Carlisle preocupado - ¿crees que seguirán sucediendo? – le preguntó a Alice.
-No sabría decirte, Carlisle. No he visto absolutamente nada – protestó enojada.
-Creo que deberíamos descifrar cómo es que eso sucedió – agregó Jasper concentrado.
-Solo sucedió, Jasper. De un momento a otro.
-Algo debe de haberlo desencadenado – puntualizó entrecerrando los ojos. Jasper podía ser muy suspicaz cuando quería.
-¿A qué te refieres? – preguntó confundida Esme. Edward, que probablemente había leído la mente de su hermano, parecía comprender lo que éste quería decir.
-Sí, Bella ¿qué fue lo que hizo que quisieras alcanzarlo?
-Bueno, pues, estábamos hablando, de, tu sabes – balbuceé. Y fue claro para todos que no quería hablar de ello.
-Sí, Belly, dilo. Di qué fue lo que hizo que corrieras a esa velocidad – era claro que Emmet trataba de provocarme, pero no caería en semejante bajeza. Él también podía tener su lado suspicaz cuando quería serlo.
-No fue nada, Emmet. Tu bien lo sabes – traté de esquivar el bulto.
-¿En serio? A mí no me lo pareció – se burló. Probablemente, Edward y Jasper comprendieron qué era lo que su hermano quería hacer, porque ambos se unieron a su causa.
-Sí, Bella, cuéntanos – apoyó Edward con una sonrisa cínica.
-Por favor, queremos saber – secundó Jasper. De pronto, podía sentir que una furia se apoderaba de mí, una furia contra la que no podía hacer absolutamente nada.
-Eso es un golpe bajo, Jasper – dije tratando de contenerme. Obviamente él ponía todo su empeño porque estaba a punto de perder los papeles.
-¿Quieres que yo lo diga, Belly? Lo haré, si tu quieres – fulminé a Emmet con la mirada. No se atrevería, ¿o sí?
-Si lo dices, te mataré – gruñí iracunda. Casi pude sentir el peso del entendimiento en Esme, Alice y Carlisle.
-Sí, Emmet, cuéntanos qué sucedió – pidió Alice divertida.
-Verás, Belly y yo estábamos jugando cuando de pronto… - tal como había pasado anteriormente, vi todo de un rojo absoluto y de un momento a otro estaba frente a Emmet dispuesto a asesinarlo. Sin embargo, a pesar de que fue un trayecto corto, me agotó de tal forma que me desplomé. Por supuesto, Emmet me sostuvo sin esfuerzo.
-Ponla en el sillón, cariño – pidió Esme maternal.
-Está claro qué es lo que produce la velocidad: la furia – dijo seguro Jasper.
-Eso es evidente – agregó cantarina Alice.
-Sin embargo, está claro que la deja igual de agotada que sus corridas de kilómetros con Jasper – precisó Carlisle con atino.
-Sea lo que sea, si siguen haciendo esto, terminará matándome – musité agotada.
-Será mejor que te lleve a la cama. Debes descansar – Edward me tomó en brazos y comenzó a caminar hacia las escaleras. Era tan relajante saberse en sus brazos, la protección que daban era magnífica. Además, su olor adormecía. Pero fui muy capaz de escuchar cuando Emmet dijo:
-No te ilusiones con llevarla a la cama, Edward, ella está menstruando.
-¡Emmet! – chillé avergonzada. Lo último que escuché fueron sus estruendosas carcajadas.
