Disclaimer: No es mío, simplemente por el hecho de que a otros se les ocurrió antes que a mí la idea. Pero el fic (la idea, vamos, no los personajes) es Mío... mi tesoro...

Copyright: Ni de coña. Nadie puede copiar esto sin mi consentimiento.

No tenía NI IDEA de como escribir esto, pero aquí está. Siento la tardanza, ¡prometo recompensaros! Lo malo es que tengo CANTIDAD de examenes, así que es probable que no suba nada está semana que viene... ni la siguiente. Intentaré subir otro capitulo el Domingo, ¿vale?

Os quiero, disfrutad ^^


Interesante


Faltan, exactamente, dieciséis horas antes de que el Juez llegue con Johanna. Sweeney Todd maldice por lo bajo a la Sra. Lovett. ¿Qué se había creído? Cuando la vio llegar con aquél periodista y Mooney, creyó morir. ¿No había dejado claro que no quería participar en aquello?

La muy maldita no le había escuchado, y le había obligado. Y lo peor de todo, es que el periodista era el hermano del productor de la obra en la que ella participaba. Todo era un complicado plan para sacarle del arroyo.

Le obligó a sentarse con cara de deprimido y a aprenderse una lista de cosas para hacer la historia creíble. Y, como siempre, él había cedido al final.

Diez horas antes de que el Juez decida afeitarse, amanece en la Calle Fleet. El Sr. Todd ahora mira por la ventana, admirando el espectáculo que la vista le ofrece. Él solía verlo con Lucy. Pero ahora su maldita vecina había interrumpido en su mente, y no podía disfrutarlo.

¿Por qué era tan blando con ella? ¿Por qué no podía mirarla sin ceder? ¿Por qué sentía aquella cosa anormal? La odiaba por ello. Él era Sweeney Todd, un hombre duro, cruel y frío. Y sin embargo se pasaba el día consintiéndola. Pero no, a partir de ahora se acabaría.

Faltan cinco horas, y Sweeney Todd no ha dormido nada. Había estado ensayando su expresión "dura". No le pasaría ni una, no señor.

Sin embargo, la misma mujer entra en la habitación, con una bandeja donde lleva el desayuno. No trae una alegre sonrisa, pero parece más animada que el día anterior.

—¿Ha dormido bien, Sr. Todd? —preguntó con simpatía.

—No —respondió él secamente.

La Sra. Lovett frunció el ceño. Se esperaba algo más "amable".

—No sea así, ya verá como todo mejora rápidamente.

—No he dormido —atajó él.

—¿Por qué? ¿Está bien? —preguntó ella preocupada, acercándose tras dejar la comida en el tocador para comprobar que no tuviese fiebre.

—¡Déjeme en paz, maldita mujer! —chilló, apartándola de un manotazo—. No hace más que liarlo todo. El Juez NO va a venir, y nunca vendrá. Sus planes son estúpidos. Teníamos que haber seguido con mi plan inicial —gruñó, mirando por la ventana.

Por respuesta, un portazo.

Suspiró y se dio la vuelta para ver su bandeja del desayuno. No era más que una taza de té y un cacho de pan, pero él no necesitaba nada más.

Una pequeña sonrisa asomó en su rostro, había pasado la "primera" prueba.

Apenas faltan diez minutos, y Todd ya lleva una racha de cinco esa mañana. Estaba eufórico. Sólo quería matar todo lo que viese por delante, intentando ignorar la parte que le suplicaba pedir perdón a su vecina. Se negaba. ¡Rehusaba! Él jamás volvería a hacer eso. Nunca. No volvería a ser un blandengue.

Se asoma por la pequeña ventana cerca de la estufa. Asombrado, observa como la Sra. Lovett tenía tal vez razón. El Juez acababa de bajar de un carruaje, acompañado de una joven dama muy hermosa. Supo al instante quién era; Johanna, su preciosa hija "perdida".

Ambos subieron a la barbería, seguidos de una bastante nerviosa Sra. Lovett que no paraba de balbucear el honor que era recibirles allí; o eso le pareció a él.

La verdad es que estaba rogándoles que no dijesen nada acerca de sus "lazos familiares". Su padre se limitó a ignorarla abiertamente, como si no existiera, mientras Johanna asentía enérgicamente con una sonrisa inocente.

Entraron en la tienda, y Sweeney Todd decidió justo en ese momento adoptar una postura suave, no muy brusca. Sí lo espantaba, no habría más oportunidades.

La Sra. Lovett y el Sr. Todd se miraron con complicidad, una mirada que al Juez Turpin no se le escapó por alto.

—¿Tal vez desearía la señorita una empanada? —preguntó la Sra. Lovett cortésmente, asintiendo levemente a Johanna para influenciarla.

—No hará falta, ella se queda conmigo —contestó el juez por la joven—. Las señoritas primero —dijo, mirando a ambos con suspicacia, esperando "algo".

—Por supuesto —dijo el Sr. Todd, temblando de emoción al acercarse a su hija a tomarle el abrigo.

¡Había crecido tanto! Sus ojos eran exactos a los suyos, pero su pelo era igual que el de Lucy. Ahora era toda una mujer, una mujer muy hermosa. Sonrió realmente alegre, y le besó la mano con demasiada delicadeza. Tanta que al Juez Turpin no le pareció normal. Y fue entonces cuando recordó a qué había ido allí.

El Sr. Todd había matado a Benjamin Barker. Pero Benjamin Barker era primo de él, y por tanto, Johanna también. Y el hombre debía haberse quedado fascinado con ella, como cualquier otro haría.

La Sra. Lovett carraspearon a la vez. Y el Sr. Todd siguió como si nunca hubiese pasado nada.

—Si me disculpan, me retiro —dijo la Sra. Lovett, haciendo una reverencia al Juez antes de irse por la puerta.

Iba a ser una tarde muy interesante.