Colmillos afilándose
Prompt #70. Her name is... Tabla She gets revenge.
-La transformación-
I invite you to a world where there is no such thing as time
And every creature lens themselves to change your state of mind
And the girl that chase the rabbit drank the wine and took the pill
Has locked herself in limbo to see how it truly feels
Shinedown.
—¿En qué te has convertido, exactamente? ¿Y cómo?
Kureto lo pregunta. Su voz viene de la espalda de Shinoa. Hay algo hundido en su pecho desde atrás: así es que la ha atacado. El filo de la espada de su hermano la sobrepasa.
Shinoa no puede evitar reír.
—¿Por qué no mejor me explicas qué hiciste con Yu? Mi verdadero esposo.
Kureto saca su arma de la carne estremecida de Shinoa. Es similar a la sensación de Crowley dejando su cuerpo.
(Pero Crowley-Guren jamás podría abandonarla de verdad...está metido en su piel como una enfermedad)
—Si quieres saberlo...le di un lugar privilegiado entre mis hombres de confianza. Cuando lo encontramos, había perdido la razón. Pero hallé la manera de dialogar con él. Entendía...algunas palabras. Y le hice una promesa, la misma que les hago a todos mis subordinados...le juré que si me seguía, podría ser alguien. Recuperar a su familia. Y eliminar a nuestros enemigos. Todo fue verdad, ¿o me equivoco?
Kureto Hiragi, su hermano mayor, se golpeaba el pecho al hablar. Shinoa se soprendió al recordar que solía imponerle un respeto que ya no sería capaz de darle nunca.
Tal era su desprecio.
—Tomaste a mi esposo y lo convertiste en tu cobaya de laboratorio. Luego en tu perro guardián. El dragón de tu castillo. Y de tu ejército...
El fuego lo carcomía todo alrededor. Shinoa escuchó la voz de Yu y deseó más que nada, ir hacia él, hundir la cara entre sus manos, hablarle del futuro y recontar el pasado, acaso para ordenar su caos interno.
Pero...
No era posible.
—Guren iba a ser tu marido. Si hubiera sabido...
—Ya no importa.
—La historia de Mahiru. Como si lo hubiera planeado. ¿Es ella...?
—No te incumbe, hermanito. Pero sí. Podrías decirlo...
Kureto empezó a reírse. Shinoa mantuvo su sonrisa. Comenzó a levantar la espada de Guren para...
—Trabaja para mí.
Shinoa iba a carcajearse. Pero Kureto habló con tal seriedad que se quedó dura, de pie, como una estatua resplandeciente.
Todos habían cambiado. Guren. Shiho. Y...
Todos.
Menos Kureto Hiragi. Tenía más arrugas. Su voz un tanto más áspera. Pero al igual que cuando lo viera en esa fiesta con Mahiru. Seguía siendo un adicto al poder que no tenía, amparado por su nombre y la insignia de su padre.
Ella, al contrario...
—¿Yo? ¿Y los otros...?
Memorias. Más memorias. Para...
—Yu...
Llegó a sostener su rostro. El calor de Yu. Perdiéndose. La nieve cubriéndolos a ambos. Sangre, ceniza. Voces.
(Gritos. Distinguió el de Aoi, más algo que no podía sino ser el llanto estrangulado de Shiho y si se hubiera volteado, tal vez los hubiera encontrado peleando).
Él abrió los ojos: rasgaduras en la oscuridad de su piel. Todavía quedaba un sonrojo bajo la suciedad de sus heridas secas.
Dos gotas de agua roja bajaron por las mejillas de Shinoa: lloró sobre él. Pero Yu no tenía fuerzas.
¿O sí?
Sus manos se movieron: conservaba todos sus dedos renegridos como el carbón. Temblaban. Se pusieron sobre sus hombros.
Shinoa observó sus labios. Más que escucharlo.
—Tú...—dijo él. Su esposo.
Quería besarlo. Prácticamente ni se habían besado. Y estaban casados, qué injusto era.
(Ni ella podía saber si el beso sería porque amaba a Yu, si solo sería un capricho que se permitiría o si fuese la final comunión entre amigos largamente perdidos. Allá afuera, ya no era Sheila. Pero su cuerpo había cambiado. Y el de Yu...)
—Si, yo —contestó ella. Quiso decir "Shinoa". Shinoa usaba ese uniforme, ¿o no? Shinoa le daba órdenes a Yuichiro Hyakuya en batalla contra vampiros, aunque al final, los seres humanos resultaron mucho más peligrosos y pérfidos.
Si, ella. Pero había sido Sheila. Y las espinas de la espada de Crowley se estaban metiendo dentro de su brazo aún. Así como Crowley mismo y Guren hubieran anidado en su interior como veneno.
Hasta matarla. O casi.
Shinoa...
—Quién...
Shinoa quiso voltearse. Escuchó sonidos a pesar de la tormenta. Su oído era muy agudo. Peleaban a su alrededor, había llegado alguien que casi danzaba en la nieve. Shiho miró a esa persona de rodillas un instante, quizás, antes de sucumbir a sus golpes. De espada.
Quién...
—Yo...—susurró, pensativamente. No quería decir el nombre. Bien podía confundirlo con el de Crowley de nuevo, no eran lo mismo?
Se colocó como pudo sobre Yu, tanteando entre la nieve que sus miembros estuvieran completos. Apreció, tratando de no pensar de más en ello, que el uniforme chamuscado de Yu tenía las insignias del JIDA.
—Quién...
—Yu...yo...
Shinoa apretó las manos heridas de Yu contra su rostro. Olió la sangre caliente e infectada. Algo dentro suyo tuvo hambre pero pudo frenarlo.
Entonces, la desolación.
—¿Quién eres?
De nuevo. Más desolación.
Shinoa parpadeó ante la brusquedad de movimientos. Una espada. No, dos. Centellando.
—¡Largo de aquí! ¡Eres un asesino y un traidor, Kureto Hiragi! La cabeza detrás de esta barbarie y de muchas otras! —Shiho escupió las palabras mordidas con saña.
Shiho, sí. Shinoa tardó en reconocerlo nuevamente. Sus cabellos estaban más largos y grasientos. Un par de hebras plateadas sobresalían del negro que había ganado terreno al teñido rojo. El hambre y el esfuerzo físico lo habían sobreexplotado afuera de la ciudad humana. Estaba flaco, como una araña alta. Se interponía entre ella y Kureto.
—Sabes la mitad de las cosas. Eres un niño aún. ¡¿No ves que intento llevar a cabo una hazaña legendaria?! Eres exactamente como mi padre...
La espada Raimeiki brilló demoniacamente en la mano del hermano de Shinoa que no era Shinya.
Ella se volvió hacia Yu. Las máquinas ya habían enloquecido por el calor del incendio que se comía las paredes.
Pero entonces...
—No sé quién soy. Solía saber pero ahora...no sé —dijo, riendo. Las lágrimas seguían bajándole por los ojos, rodando por sus mejillas, cayéndole sobre el pecho tembloroso.
Yu la miró, parpadeando con lentitud. Una chispa se encendió en sus ojos apagados hasta entonces.
Abrió la boca, apretando fuerte su mano.
Y Shinoa supo, tal vez confirmada por un gemido de ultimación que soltara Aoi, aparentemente, acorralada por Shiho: él la había reconocido.
Movió los labios.
El momento en que su nombre sería más que un deseo de libertad verbalizado.
—¿A...?
—¿Si...?
—¿Akane?
Estaba a punto de desmayarse. El dolor era tal.
—Yu...hay algo que deberías saber. Muchas cosas pero ahora mismo, esa...podría decidirlo todo.
Si, él. Entonces, ni siquiera entonces, precisamente entonces...
—¿Akane...?
—...
—¿Eres Akane?
—Yo...
Si, soy Akane. Hasta hace nada era una tal "Sheila". En realidad no importa, Yu, aunque en otra vida que parece ahora tan lejana, te hayas casado conmigo. Soy lo que quieras que sea, ahora y siempre, contigo y todos...
Prompt #71. And a song for Los Angeles. Tabla She gets revenge.
-Entonces, entonces, entonces...-
She misses the seasons, and stay at home nights.
Now you should have seen her bathed in sunset red lights.
Please tell her," I love her."
But the city won't change.
It's cold and unflinching.
Ever loving & strange.
She wants revenge.
Shiho mostraba su furia. Pero ya casi sin fuerzas.
—¿No estabas en una celda?
—Te sorprendería lo que un pobre diablo como yo puede hacer si lo obligan.
Kureto soltó una carcajada despectiva.
—¿Y no es un desperdicio? Tanto talento. Eres como Guren Ichinose a tu edad...¿Sabes? Creo que más poderoso. Nadie...ni siquiera Yuichiro Hyakuya...
—¡No lo menciones! Por tu culpa no queda nada de Yu...¡Y Shinoa...!
—La rescatamos. ¡Solo mírala! Tanto poder. El mundo no solo se salvará. Me pertenecerá...-murmuró Kureto Hiragi, casi solo para sí mismo, ambicioso y carcomido por lo demencial.
Shiho jadeó. La escena debía indignarlo.
—¿"Poder", dices? ¿Es lo único que importa? ¿Que ella sea un arma, lo mismo que Yu y que yo mismo si consigues lavarme el cerebro? ¿Qué de la lealtad? Si es por mí, por los que seguimos aquí, que termine contigo, traidor. Sabemos lo que pasó en Nagoya. ¿Creíste que por desertar no estaríamos al tanto? Sin contar que nos abandonaron.
No había mucho lugar a malas interpretaciones de las lágrimas por la ira cansada de Shiho. Kureto, no obstante...
—De haber sabido que ustedes seguían vivos...
—¡Después de lo que nos hicieron ahí, "vivos" no es el término! Y Mirai, mi hermana...
Kureto curvó los labios en una sonrisa propia de un empresario que sopesa las pérdidas de su negocio.
—Nuestro primer serafín. La victoria atronadora que hemos tenido, pese a sus costos, es gracias a ella. El día de mañana, la declararé una santa inclusive —ofreció, convencido de su magnanidad.
Shiho Kimizuki jadeó, indignado. Volvió a alzar sus armas, momentáneamente bajas.
—Una santa muerta es mejor que una problemática viva. La matas y pones una placa con su nombre en un lugar público para recibir votos. Y nada cambia o solo empeora. Eres un político corrupto de la vieja escuela. ¡Ahórratelo!
Kureto recibió el ataque sin cesar su gesto de extraña satisfacción.
Shinoa se apretó contra el pecho de Yu en la cama y aspiró la dulzura de la sangre en sus venas para proseguir con su confesión.
Pero él se dio cuenta. Entonces...
Yu parpadeó. Alargó los dedos ásperos en quemaduras recientes, enrojecidos por su propia luz, la que tanto lo había herido. Hacia su rostro.
—No...
—Yo...
—No eres...Akane...
No sabía cómo responder a la verdad. O el comienzo de...
—Shi...
Si, Shi.
(Algo rió dentro de ella pero logró contener su crueldad).
—Shinoa...Te llamas Shinoa, ¿cierto?
Shi.
No.
Shinoa...
—Yo...Yu...yo...
Si, casi...entonces, casi...
Estiró la comisura de los labios en una sonrisa agradecida. Y comenzó a descender el rostro hasta el de Yu.
(No sabía ni ella misma si deseaba besarlo o solo reposar la frente encima de la de su amigo-esposo).
No existía nada más para ella.
A Guren Ichinose no le costó azotarla con su espada hasta inducirle el desmayo.
—Lo prometido es deuda —susurró él, con resolución, clavándole una aguja en el cuello.
Shinoa jadeó, logrando voltearse a mirarlo con ira.
No le quedaban fuerzas.
Antes de desvanecerse, pudo jurar que el Coronel deletreaba con lentitud un "Lo siento" hipnótico.
...nada significativo o nuevo.
—Mika. He matado a Mika, Yu. Le corté la cabeza, ¿sabes?
Lo dijo. Él casi no podía hablar. Movió los ojos llenos de lágrimas. Los cerró con gran dolor. Tembló, desconsolado.
Ella esperó la transformación de él con cierto deleite.
La capturaron, sí. Entonces...
Se dejó hacer, llevar. La pusieron en una camilla. Crowley-Guren (no, Guren-Crowley. No es que importe, porque de nuevo era un campo de batalla y ella había perdido, aunque desde otro punto de vista, tal vez había ganado algo que no comprendía del todo) tomó sus signos vitales.
Hicieron lo mismo con Yu. Los separaron.
Soñó tanto con Shi que ya no distinguió presente de pasado y visiones.
Guren y Kureto daban vueltas a su alrededor como buitres. Por momentos. Cuando no, rostros extraños los sustituían.
(De reojo, desde la superficie muerta de Sanguinem, Shinoa creyó ver que en una de las camillas subían el cuerpo de Aoi Sangu, cuyo brazo ensangrentado sobresalía de una bolsa negra, asomando su anillo de brillantes en el cuarto dedo).
(Pero su hermano no había parado de dar órdenes para inclinarse sobre ese cuerpo, arrodillarse y besar aquella mano helada, ¿o sí?)
—No necesitas morir. Mírate, aún eres un niño. Si Shinoa Hiragi te importa tanto, quédate aquí, con nosotros. Puedes trabajar para mí. Ella necesitará tu ayuda para reponerse...
Olor a sangre fresca. Sangre amada. Como la de Yu.
—¿Como la estaba ayudando Guren Ichinose? ¿Como ayudaron a Mirai, mi hermana?
Kureto jadeó, despectivamente.
—¿Tú y los otros dos lo lograron? De su escuadrón y los demás desertores. No tiene sentido mentir ahora. Tampoco guardar silencio como durante mis interrogatorios.
Kimizuki Shiho se mantenía a duras penas en pie. Sus piernas temblaban. Como si estuviera borracho.
Igual que en la noche de bodas con Mitsuba Sangu.
—...sé lo que le pasa a ella. ¿Tienes el más mínimo interés en ayudarla?
—Disponemos de nuestros medios. No es la primera vez que enfrentamos un híbrido de su clase. Y como puedes ver...le ha sentado bien albergar semejante ser.
Shiho suelta un nuevo jadeo indignado y se vuelve, finalmente, con ojos llenos de lágrimas hacia Shinoa.
—Ni siquiera sé si todavía puede escucharnos...Y...Cuánto de ella es realmente...ella. Al igual que Yu.
El calor hace que Shinoa se vuelva hacia Yuichiro, que ha apoyado una mano de suero arrancado sobre la suya.
—Mika...Shinoa...
Shinoa se moja los labios. Es imperdonable. ¿Yu saltará sobre ella...?
El arma tiembla en su mano. Se rehúsa a tal fin. Todo dentro suyo...
—Que lo maté, te dije.
Lo había hecho, ¿no? La cabeza de Mika, sus cenizas...Yu intentó...
—¿Mi...ka...? Shinoa...
Él acarició sus brazos. Algo dentro de ella se movió, movido por la calidez. La sangre del demonio, sin embargo, aplacó su brillo en la piel de Shinoa.
—Mika, Yu. Yo...
—Mika murió...hace mucho tiempo.
Las lágrimas bajaron temblorosas por las mejillas de ambos. Antes de darse cuenta, Shinoa volvió a hundir el rostro en el pecho de Yu, aspirando su perfume a enfermedad, heridas abiertas y anestésicos.
—Si...yo ni siquiera conocí a Mika, ¿eh? Yo...vi una cosa muy fea. Y Yu...
Quería decir lo otro. Pero bien sabía que Yu la escuchaba como un niño. Contarle más hubiera sido peor que el fuego alrededor de ambos.
Él le acarició la espalda. Shinoa no quería lanzarse a llorar contra su amigo, pero los años giraron en torno a ella burlándose cruelmente. Le faltó el aire, el calor los abrazó a ambos.
—¿Qué sucede? ¿Es Kimizuki?
Lo había escuchado. Pero no podía articular palabra. Las voces dentro suyo se apagaron en contradicciones.
Comenzó a dormirse. Instó a Yu a callar, apoyando el dedo índice de su mano derecha sobre los labios de su esposo recuperado parcialmente.
Tos. La voz ronca de Shiho. Era probable que sufriera.
(Shinoa se alivió a sí misma pensando que en breve dejarían cualquier dolor e incomodidad, cuando menos, si todo funcionaba de acuerdo a sus deseos).
—...No es la primera vez. Para nosotros tampoco.
Una espada levantada que no baja para el golpe final.
—¿A qué te refieres?
Kureto. ¿Podía él soprenderse? Desconfiaba del mundo en general, una artesanía hasta lo conocido y controlable, suspendida en la palma de Tenri. Lo rodeaba la traición y unos cuantos hombres que lo protegían.
El principal había muerto. Shinoa misma...
—Mitsu...ba Sangu. La que iba a ser tu esposa.
Kureto se carcajeó secamente.
—¿La que se convirtió en tu mujer? ¿Qué con esa niña? ¿Decidiste no traerla al campo de batalla? Quizá fue una sabia decisión...
El olor agridulce de las lágrimas más humanas que las de Shinoa.
—...se enfermó. De lo mismo que tu hermana. No me gustaba, se lo dije. Pero no quiso escucharme. El corazón de su destrucción comenzó a latir en su interior. Y ya no pude hacer nada al respecto.
"Y es lo mismo que le pasará a Shinoa Hiragi, si no hacemos algo. Lo que yo no hice. Lo que ella debió hacer.
Silencio. Calor...
—¿Solo eso, Kimizuki Shiho?
—¡Deja de jugar, bastardo! Si vas a hacerlo, marica, hazlo antes de que...
—No me escuchaste —el sonido de la hoja ensangrentada siendo guardada en su funda, contra la cadera de Kureto. Su tono triunfal desenvuelto. Hasta aliviado—. ¿Solo quieres eso? ¿Cancelar un...experimento?
—¡Quiero salvar su vida! O lo que quede de ella... Pero, Kureto Hiragi, perro...¿Puedes hacer tratos aquí y ahora? ¿Qué eres? El diablo?
Kureto Hiragi se echó a reír. Aunque Shinoa no lo veía —todo era oscuridad, ardiente, derramada como brea sobre su piel y la de Yu— podía imaginar que inclinaba la cabeza hacia atrás al hacerlo.
—¿No era Lucifer el hijo renegado de Dios? ¿El más querido y desobediente? ¿El más parecido a su Padre Todopoderoso? ¿Y el que tuvo la magnífica idea de repudiarlo, antes de ser repudiado él mismo y expulsado?
Un jadeo. La tos. Un gemido adolorido. Shinoa luchó contra su propio cuerpo exhausto.
—Estás...lleno de mierda. No se puede confiar en ti —una leve cautela se mantenía en la voz temblorosa de Shiho. Era evidente que sufría sus heridas.
Yu tosió también, acariciándole a Shinoa la espalda, provocando que volviera a estrecharlo fuerte.
—La salvaré. Ella se salvará. Tengo dos serafines, tres si...
—¡Tus hombres han muerto! Hasta Aoi...como Mitsuba...
Nada cambió en Kureto. Pero el calor era insufrible. Las llamas se extendían, probablemente por todo el edificio ya.
—¿Sabes por qué conquistaremos lo que quede de la humanidad, Kimizuki Shiho? ¿Y por qué ganaremos la guerra contra los vampiros, convirtiéndolos en ganado?
—Tú...
—Hemos descubierto la inmortalidad, gracias a ustedes. Todo esto...se reconstruirá. Solo dame algún tiempo y crédito. Trabaja por mi.
—¿Como Guren Ichinose?
Su hermano había bajado las armas, sin embargo.
—Es su hijo, después de todo...
Las saetas verdes cayeron entonces.
(Las saetas y Shinoa estaba segura de que antes de desvanecerse, un rugido y un estruendo de disparos habían partido el aire ya ajado de la noche).
Prompt #72. Marry me. Tabla She gets revenge.
-Claúsulas del contrato-
Marry me instead of that strapping young goatherd,
but when I was in his bed, and my father had sold me
I knew I hadn't any choice,
hushed my voice, did what any girl would do
Emilie Autumn.
Despertó, saltando de la cama. Se sorprendió primero de que sus muñecas no estuvieran sujetas. Acto reflejo.
Miró a su alrededor.
—¿Yu...? —susurró, tapándose la boca y agarrándose el vientre.
Que tenía más pequeño que antes.
—No está aquí. Tu hermano ha determinado que se le hagan nuevas pruebas.
Guren, en un rincón de la habitación que le era familiar. El ala médica. La parte privada. Para dirigentes de la Armada Demoníaca.
—Tú...
—...tengo nuestro contrato matrimonial, si quieres firmarlo. Debería haber una ceremonia. Kureto se encargará del papeleo que atestigue que la hubo, sin mayores formalidades.
Guren lo dijo sin mirarla. Sus ojos estaban desviados hacia el suelo, como si se avergonzara. Llevaba, sin embargo, los hombros hacia atrás, sacando pecho como de costumbre. Él nunca le pediría disculpas por lo que pasó. No con sinceridad.
Shinoa seguía siendo poca cosa para él. Es solo que de repente era la novedad. Un triunfo.
Demente.
Y...
—¿Nada ha cambiado, entonces? Dos años. ¿Y si no firmo, tú...?
—Yo no te haré nada. Pero debes pensar en tu situación.
Shinoa se tocó el vientre, más plano que en el presente, pues era un recuerdo. Odiaba considerarlo pero podía darse cuenta de hacia dónde...
—¿Sabes...?
—Cualquiera con sangre demoníaca que te mire por un segundo puede deducirlo. Por la energía que despide su naturaleza bastarda. Y...por tu aroma.
Shinoa reprimió el vómito que casi le subió por la garganta. Guren lucía mayor (al igual que Shiho...) pero lo que le había hecho se sentía como si hubiese sucedido el día anterior. Guren-Crowley.
Crowley-Guren.
Shinoa se descubrió temblando y buscando con su dedo pulgar el anillo que le había dado a Mika.
—¿Quieres esto?
Guren se sacó la mano derecha del bolsillo y alargó la palma en la que la joya descansaba. Esta brillaba con más fuerza, como si acaso los sucesos recientes la hubieran alimentado.
—¿Y la espada de mi esposo? —lo preguntó Shinoa sin pensar. Cualquiera diría que tal vez debió referirse así a Mika. Pero...
Había una carga irónica y dolorosa en esa palabra. Esa era su vieja realidad. No tan lejana, en realidad. ¿Solo unos meses atrás no era acariciada y vestida por Horn y Chess para que Crowley (Guren...) la mordiera y violara de mil maneras escabrosas?
¿No fue torturada primero hasta perder la razón ya quebrada por los fármacos de la Armada? ¿No sintió su sangre derramarse y volver a sus venas como un nuevo abuso que su propio cuerpo cometía, tan atrevido como su humedad al ser forzada y los orgasmos que la sacudían contra su voluntad, hasta hacerla perder el sentido en las garras del vampiro Cruzado? Y de Mika después. Lo cual engendró...
—¿Una espada vampírica de gran tamaño? Ha sido confiscada por el laboratorio. Si la precisas, puedes emitir una orden, ni bien finalice la investigación sobre tu cautiverio y te reincorpores al ejército.
Shinoa se descubrió riendo, como si Guren acabara de decirle un chiste graciosísimo, pese a lo ofensivo que le arrancó lágrimas, las que se limpió con el mismo desinterés del que está acostumbrado a sudar o sangrar copiosamente y no ve en el llanto nada diferente.
—¿Y eso sucederá si...?
Ya lo sabía. Con cargos tan altos como los de Guren y su hermano, si en verdad se habían deshecho de Tenri, no se necesitaba más que palabras.
Y luego, una celebración frívola. Como aquellas entre las cuales había nacido y crecido.
—Si dejas de portarte como una pendeja y firmas ese jodido papel. Así podemos concentrarnos en mentir sobre lo que tienes.
"He inventado excusas para atrasar tu entrevista con Kureto. Con esa puta firma, él sacará sus conclusiones. Déjalo así.
Shinoa continuó riendo. Ya ni siquiera lloraba.
—¿"Conclusiones"? Si firmo hoy, cuando le lleves ese jodido papel mañana va a pensar que hace...¿Cuánto? ¿Una semana? ¿Luego de que me pusieron en una camilla, me sentí tan agradecida que ni bien pude pararme, me tiré sobre ti y lo hicimos con tanta calidez que me preñaste?
"Por supuesto. Una chica violada se porta así, ¿no?
Guren se movió con brusquedad. Antes de que pudiera siquiera pensar en eso, lo tenía encima, él le agarraba las muñecas y le clavaba los ojos. El filo del anillo le cortaba la piel.
—Estoy tratando de que esto sea más fácil. Y de que los que quedamos vivos, sigamos así.
Ella esperó. Casi creía que Guren le clavaría los colmillos afilados en la yugular. Temblaba en sus manos. Lloraba.
Shi habló en su interior. Le dio instrucciones teñidas de oscuridad. A medida que dejó de resistirse, Guren aflojó su agarre y le ofreció la joya.
No hubiera podido ponérsela sin más. No en el dedo.
Buscó la llave de Shikama Doji. Colocó en la misma cadena el anillo que le sirviera para Crowley. Guren. Y...
Yu.
—Ya estoy casada. Con Yuichiro Hyakuya —susurró, tomando la pluma que Guren le ofreció insistentemente y colocando los papeles sobre sus rodillas.
—Tu esposo murió. Eso dicen los archivos.
Más risa y llanto simultáneo.
—¿Y mi hermano Shinya...? —se atrevió a preguntar.
—¡DÉJATE DE ESTUPIDECES Y FIRMA! ¡¿NO HE PERDIDO SUFICIENTE?! —exclamó Guren, soltando un puñetazo en el colchón de la cama.
Shinoa descubrió el trazo de su inicial formándose en el contrato matrimonial.
Se agarró el estómago, que le dolía.
Tendió el documento hacia Guren, quien se lo arrebató con brusquedad y lo colocó en el interior de una carpeta negra, con el logo de la familia Hiragi. Fue entonces cuando Shinoa reparó en algo que pasara por alto durante la lectura fugaz del contrato.
—Miento. Algunas cosas han cambiado, ¿no? Levemente.
—...sigues siendo una niña malcriada —refunfuñó Guren, yendo hacia la puerta de la enfermería.
Shinoa rió ante el reproche. Rió tanto que se le escaparon más lágrimas. Era todo tan ridículo. ¿La habían salvado, en verdad?
—Ichinose. Soy Shinoa Ichinose. Cuando me fui, tú hubieras sido Guren Hiragi. Es...irónico, ¿eh? Cualquiera diría que he pasado un suplicio de casi dos años por pura burocracia, solo para que tú mantengas y pases tu apellido.
Guren se volvió hacia ella, haciendo una mueca feroz. Shinoa vio su mano temblar, apretando la carpeta. Tuvo miedo de que la rompiera, lo cual la llevaría a firmar un nuevo documento que no quería ni que existiera.
—Solo quiero que te atiendan, maldita sea. Pero no puede hacerse hasta que no blanqueemos la situación.
Shinoa jadeó, abrazándose las rodillas y lamiéndose los labios que notó, tenia resecos.
—¿Y luego?
Guren regresó sobre sus pasos, cabizbajo. Tenía el deber de enfrentar a Shinoa, sin duda. Pero le ganaba la vergüenza. Ella era su desastre, después de todo.
—Ordenaré que mi habitación sea preparada para que la compartamos de ahora en más.
Shinoa hundió la cara entre sus rodillas, contorcionándose de ansiedad. El odio se retorcía en su interior como una serpiente de fuego. Quería vomitar.
Guren hizo el ademán de alzar la mano para sujetarle el hombro. La respuesta de Shinoa, descontrolada, fue tal, arrojándose ella contra la pared de la cama, como si él estuviera a punto de atacarla, que Guren se contuvo.
—Puedo dormir en la oficina, pretextando papeleo. Uno o dos días —ofreció, sin mirarla.
—Qué generoso.
—Hablaremos luego.
—Bueno, estamos casados. No podría esperar menos.
Shinoa se secó las lágrimas con las manos. Guren observó en su dirección un instante, sin hacer contacto visual y se marchó de la habitación como si hubiese dejado un cadáver adentro.
—¿Crees que está despierta, Shiho?
Borroso. Esa voz...
—No es eso lo que quieres preguntar, ¿cierto?
—Yo...
—"¿Crees que sea ella, Shiho? ", en eso pensabas, ¿no?
—...Sé que es ella. No puede ser nadie más.
—Vi fotos de su hermana, Mahiru Hiragi, ¿sabes? La genio. Manejaba como media docena de lenguajes arcaicos, además del inglés, francés y alemán de tres épocas diferentes. Es de la generación de Mito Jujo, Norito Goshi, además de Sayuri y Shigure, esas sirvientas de Guren. No sobrevivió pero porque la ejecutaron. Eso dice la versión oficial.
"¿Has visto esas fotos?
—Apenas la escuché nombrar. Y creo que tú fuiste el primero que me habló de ella.
—¿Shinya no...?
—Escuché rumores pero de su boca nada.
—¿Y ahora? Creí que solías hablar con...
—Es diferente.
—Pues ella se ve igual, ¿sabes? Que en las fotos.
—Detesto recordártelo. Pero tenías dudas hace tiempo.
—Si, fui el primero en no creérmelo. En ese momento no me puse a pensar en algo que leí tantos meses atrás en la Academia. Pero estaba igual que ella. Que Mahiru Hiragi. O sea, la expresión variaba. Pero físicamente...cuando esos monstruos nos dijeron que a lo mejor llevábamos cien años encerrados, por un instante lo consideré cierto.
"Allá en Shibuya, no obstante...
—Shiho, tú y yo tampoco nos vemos bien en estado de posesión.
—...Supongo que gracias a eso, Kureto Hiragi, el perro, nos perdonó la vida. O compramos tiempo, al menos.
—¿Shinoa?
Yoichi finalmente notó que sus ojos estaban abiertos, amoldándose a la luz que entrataba por la ventana. Shinoa parpadeó, cegada por la intensidad del mediodía.
(Apreció que su apariencia seguía siendo juvenil. Yoichi siempre había lucido menos edad de la que tenía. Solo la sombra de una barba afeitada poco antes hablaba de los años. Y cierta amargura que Shiho compartía, opacadas sus miradas por el horror presenciado).
Shiho Kimizuki se puso de pie, sentado (o más bien, tumbado) como estaba en una silla del lado izquierdo a su cama. Tanto él como Yoichi llevaban uniformes de la Armada como antaño. Una escena cotidiana anteriormente. En la actualidad fuera de contexto.
Shinoa se secó las lágrimas. No era solo la luz, claro está. Su cabeza estallaba. Una cosa a la vez.
—Chicos...¿Y Mitsuba?
Tenía la boca seca. Pero eso era lo más importante en lo que pudo pensar de modo ordenado.
