Ya habían pasado varias horas desde el casi épico episodio del helicóptero y la antimateria en la Plaza de san Pedro en el Vaticano, pero ese espacio de tiempo no había minado ni mucho menos la histeria de la gente: aún no podían creer lo que había pasado, ese momento parecía más bien sacado de una película de Tom Cruise que de un diminuto estado en el que viven cerca de un millar de personas y el 90% de ellas dedicadas al sacerdocio. Definitivamente, tanto la gente congregada allí como los medios estaban de acuerdo en que el acontecimiento que acababan de vivir ya formaba parte de la historia del siglo XXI, que tendrían que pasar muchos años para que se olvidara lo que habían vivido esa tarde.
Los medios no daban abasto: el cónclave ya de por sí significaba un esfuerzo considerable, pero la cadena de asesinatos de los cardenales y la inminente explosión de la antimateria habían sido más que suficientes para que todos los enviados a Ciudad del Vaticano no hicieran otra cosa que retransmitir la última hora y dar pasos a especiales preparados de forma precipitada por las cadenas de emisión. Todo el mundo quería saber más de la persona que les había salvado la vida, la información era escasa y los problemas técnicos impedían las conexiones en directo la gran mayoría de las veces. Chinita Macri bufó, impotente, por más que lo intentaba no lograba permanecer mucho tiempo en conexión debido a los daños que la onda de la explosión había causado en las terminales electrónicas de los medios. Su frustración era compartida de manera patente por su compañero Gunther Glick, que maldijo todo lo maldecible cuando la conexión les volvió a fallar a la quinta vez que trataban de emitir en directo:
- Es inútil, no funciona - dijo Chinita dejando con rabia la cámara en el suelo y mirando al resto de reporteros en la plaza - Sólo espero que a los demás les vaya igual de mal que a nosotros o nuestras cabezas ruedan…
- ¿Por qué esta noche? - protestó Gunther, lanzando el micrófono dentro de la furgoneta - ¡Esta noche entre todas las demás no logramos mandar una maldita imagen!
- Es esta noche por lo de la antimateria, ¡la culpa no es nuestra, todo el mundo está igual! - se indignó la afroamericana al intuir un ligero reproche en las palabras de su compañero.
Gunther le dio una patada a la furgoneta, canalizando parte de su rabia. Se apoyó en la misma con las dos manos y, tras unos momentos de incómodo silencio entre Chinita y él, murmuró:
- Estábamos tan cerca…
- No, Gunther, no. - dijo Chinita de manera firme - No empieces otra vez con el Pulitzer de las narices, de todos modos no nos lo hubieran dado.
- ¿Por qué no? Con una oportunidad como ésta hasta nosotros tendríamos una opción… Pero con los reportajes que nos mandan en Londres vamos listos - refunfuñó Gunther - ¿Te acuerdas cuando nos mandaron a la inauguración de la residencia de ancianos?
- Vamos Gunther, eso no estuvo tan mal… Era un acto oficial… - dijo Chinita haciendo memoria.
- ¡Estaba lleno de seniles! - se indignó el reportero, gesticulando mucho con las manos - Seniles que desprenden ese olor a muerte inminente que les caracteriza…
Chinita puso los ojos en blanco, cuando Gunther se ponía así sacaba de sus casillas a cualquiera: empezaba a quejarse y no paraba nunca, había que dejarlo desahogarse, pero otras veces había que animarle comparando su situación con la de otros con aún menos suerte que ellos. Con el paso de los años había aprendido muy bien cómo había que tratarle.
- ¿Sabes? - dijo Chinita sentándose en el suelo y apoyando la espalda en la furgoneta, situándose cerca de su compañero - Creo que tampoco nos va tan mal, ¿recuerdas cuando Claire tuvo que hacer un reportaje sobre un loro al que sus dueños habían enseñado a decir las primeras líneas de Peter Pan?
Gunther bufó y dijo:
- Claro que sí: cuando ese bicho murió me mandaron a mí…
La afroamericana maldijo entre dientes: no había tenido mucha suerte animando a Gunther, había elegido una comparación errónea, no se había dado cuenta. Pero eso la había hecho recordar a su otra compañera:
- Oye, ¿crees que estará bien? - murmuró Chinita mirando a Gunther.
- Uf, no creo, ya olía cuando llegué allí…
- El loro no, idiota. - dijo Chinita poniendo los ojos en blanco - Me refiero a Claire… No sabemos nada de ella.
El reportero de la BBC guardó silencio y tras dar unos ligeros puntapiés en el suelo, murmuró, bajo la mirada atenta de su compañera:
- No lo sé… Supongo que estará bien…
- ¿Supones? - inquirió Chinita, no muy convencida.
- Bueno, el tipo ése nos dijo que ella estaría bien, pero… No sé… - siguió Gunther casi como para sí mismo - Con todo lo que ha pasado esta noche.
Chinita asintió, como sopesando lo que había dicho su compañero y también estudiando algunas ideas que había en su mente. Finalmente, se puso en pie y se dirigió hacia su compañero:
- Creo que debemos buscarla - dijo la chica, segura de sí misma - Si no vamos a poder retransmitir hasta nueva orden… Creo que lo más, digamos ético, es buscar a Claire.
El reportero de la BBC parecía resistirse a abandonar su puesto de trabajo, ya que miraba cada dos por tres la unidad móvil y la cámara de Chinita buscando algo que le dijera que podrían seguir con su trabajo y su carrera sin frenos hacia el ansiado Pulitzer, pero en el fondo sabía que no iba a pasar eso, con los daños materiales que la antimateria había causado… Pensándolo objetivamente, estaba seguro de que al día siguiente a primera hora, los jefes ya habrían movido cielo y tierra para hacer que sus unidades móviles funcionaran de nuevo como era debido: necesitaban como el respirar saber lo que estaba pasando en la Ciudad Eterna. Abandonando de golpe sus pensamientos, Gunther hizo un gesto con la mano:
- Vale, vamos a buscarla… ¿Por dónde empezamos?
- Ella estaba herida, ahora debe de estar en un hospital… - dijo Chinita tras pensarlo unos momentos.
- No estaba en un hospital… - comenzó a decir Gunther.
- Porque el tío que la amenazaba estaba suelto, pero ahora está muerto… - se giró sobre sí misma, mirando a los heridos que aún estaban en la plaza atendidos por el personal sanitario y, finalmente, se volvió hacia Gunther - Me ha parecido oír que a los heridos de la explosión los estaban llevando al Gemelli: es el hospital más cercano…
El reportero subió los hombros y los dejó caer de forma cansada. Se dirigió a la furgoneta, la cerró de golpe y murmuró:
- Pues al Gemelli…
Ajena a la discusión de sus compañeros, Claire Dilthey seguía en el espacio protegido por mamparas blancas que habían designado para los cuidados del camarlengo Patrick McKenna. Después de lo que había vuelto a pasar entre ellos, ninguno de los dos había dicho una palabra: no creían que fuera necesario a hacerlo o simplemente no se les ocurría qué decir. De modo que habían permanecido en silencio, uno al lado del otro, mientras la joven pasaba con cariño su mano por encima del dorso de la del accidentado sacerdote: sabía que él debía estar pasándolo muy mal, por todo lo que había ocurrido con sus cardenales, el hecho de que los Illuminati hubieran asesinado a su padre delante de sus narices y lo que ahora parecía sentir por ella. Era una situación muy extraña, a Claire nunca le había ocurrido algo semejante y no sabía qué hacer, y él menos todavía.
Recordaba que, la primera vez que se besaron fue ella la que dio el paso y se arrepintió, quizás no en los momentos siguientes de hacerlo, pero sí a la larga, tras pensar y meditar sobre ello: había cometido un error, se había dejado llevar por las circunstancias y por el hecho de que se sentía muy atraída hacia él. Pero no era excusa, no debía haberlo hecho: el joven sacerdote ya tenía bastante con los problemas que estaban causando los Illuminati como para encima hacerle sentirse culpable de algo de lo que no tenía la menor culpa… Bueno, ella se arrepintió de haberle puesto en un compromiso y le pidió perdón en cuanto pudo, esperando que, si todo acababa bien esa noche, ellos podrían guardar esa relación de amistad que había surgido entre ellos a lo largo de esa tarde: incluso mientras lo recordaba, Claire echaba de menos hablar con Patrick de cualquier tontería que se le ocurriera, sin ningún tipo de tensión entre ellos. Claire quería ser su amiga, sabía que ser cualquier otra cosa no era posible y ella era una completa ilusa de sólo pensar en ello.
Eso lo había tenido claro, se había hecho a la idea como había podido, no le quedaba otra alternativa… Entonces había vuelto a verle, después de que ya lo considerara muerto en la explosión de la antimateria. Había vuelto a verle después de creer totalmente que ya nunca volvería a verle, que ya no estaba en el mundo terrenal, y verle vivo, verle a salvo había significado tanto para ella, tantísimo que no encontraba las palabras adecuadas para expresarlo… Y eso la asustaba porque significaba, por mucho que se resistiera a creerlo, que lo sentía por Patrick McKenna era algo grande de verdad, aunque no le pusiera nombre por miedo a encarar del todo esa verdad.
Pero después de volver a verle, había vuelto a pasar, sólo que esta vez no había sido ella la que le había besado, sino que había sido él a ella… Y eso la había desconcertado por completo. A lo largo de toda esa tarde nunca se había planteado que el sacerdote pudiera corresponderla de verdad, simplemente pensaba que se había dejado llevar por las circunstancias, que en una situación normal nunca habría hecho algo así… Pero lo había hecho, cuando ella estaba tratando de no mirarle porque sabía lo que podía llegar a hacer por eso que estaba sintiendo hacia él, Patrick McKenna la había hecho alzar la mirada hacia él y, tras unos breves momentos de vacilación, la había besado en los labios.
Claire aún le miraba y se preguntaba por qué lo había hecho: había visto la culpabilidad y confusión en esos ojos entre azul y verde que ella adoraba tanto, pero a la vez había visto decisión, como si hubiera estado debatiendo mentalmente algo durante mucho tiempo y finalmente se hubiera decidido a hacerlo. Pero ella se resistía a pensar que el heroico camarlengo hubiera llegado a sentir por ella algo más que amistad. Él no debía haber vivido muchas situaciones así, puede que sólo estuviera confundiendo sentimientos… Pero fueran cuales fueran, parecían ser lo bastante fuertes como para hacerle romper sus votos. La joven esbozó una triste sonrisa y apretó con cuidado la mano del sacerdote, como animándole: sabía que su situación no debía ser fácil.
En ese momento, la periodista vio una sombra acercarse a una de las mamparas blancas y soltó con cuidado la mano de Patrick, haciendo que el sacerdote levantara la vista hacia ella:
- ¿Qué ocurre? - murmuró él.
Claire hizo un leve gesto con la cabeza hacia la cortina, por la que apareció instantes después una de las monjas que cuidaban del camarlengo McKenna. Era mayor, pero no una anciana, iba vestida totalmente de blanco y empujaba un carrito de hospital con gasas, desinfectantes y demás. Dirigió su mirada hacia la joven y dijo con voz amable:
- Buono, credo che sia ora che gli lasci riposare…
La joven se volvió hacia Patrick, como pidiendo que le tradujera lo que la señora decía, pero el sacerdote aún parecía en tal estado de desconcierto que Claire murmuró:
- Quiere que me vaya, ¿no?
Volviendo parcialmente a la realidad, el camarlengo hizo un gesto con la cabeza y dijo volviéndose hacia Claire:
- Más o menos…
La periodista asintió: sabía que Patrick tenía que descansar, debía ser muy tarde, había pasado por demasiado y ella allí sólo estaba dificultando el trabajo de las monjas que le cuidaban. Se puso en pie con cuidado y fue a despedirse, pero de repente se encontró con que no sabía cómo… Dios, no estaba segura de cómo despedirse de él estando con Patrick a solas, pues menos aún teniendo a una monja de cierta edad y creencias delante. Finalmente, el camarlengo tomó las manos de Claire entre las suyas, apretándolas con cuidado y volvió a murmurar:
- Gracias, de verdad
Tras esbozar una sonrisa de incredulidad, Claire le contestó:
- No tienes que agradecerme nada de nada… Agradécelo a ese alguien de arriba, le caemos bien…
El camarlengo sonrió brevemente ante el comentario de la chica, pero no dijo nada. Con amabilidad, la monja se hizo a un lado para que Claire pudiera pasar y así lo hizo ella, pero cuando tomó con el brazo sano las cortinas para salir de allí, pensó una cosa: ¿qué iba a pasar ahora? ¿Cuándo volvería a ver a Patrick? Durante toda la tarde habían estado unidos por una amenaza que ya no existía, ¿qué pasaría ahora? Se volvió una última vez hacia el sacerdote antes de abandonar la estancia; Dios, sentía que quería decirle tanto… Pero lo único que pudo decir, incluso pensando que no sabía cuándo volvería a verle, fue:
- Patrick, eres la mejor persona que he conocido…
Antes de que el joven camarlengo pudiera decir nada, Claire Dilthey había atravesado la mampara blanca y había desaparecido de su vista. No sabía si había tardado mucho en contestar o era ella la que no soportaba quedarse más tiempo, lo cierto es que sentía que debía haberle dicho algo antes de que se marchara y no había podido hacerlo. Sin que se diera cuenta, la monja que había entrado en la habitación estaba empapando desinfectante en una gasa y mirando con atención al camarlengo McKenna.
- Una persona muy devota… - murmuró la señora en la lengua materna de Patrick.
El sacerdote cabeceó: devota no era una palabra que definiera a la perfección a Claire Dilthey, al menos no en el sentido religioso. La joven sí había demostrado ser muy devota con la gente que quería: con sus padres, su hermano, sus compañeros de cadena y con él mismo. En ese sentido, Patrick podía jurar que era una persona devota, es más, aunque Claire le hubiera dicho que él era la mejor persona que había conocido nunca, el camarlengo sabía que eso era sólo porque ella sólo conocía su lado bueno, y él, conociendo tanto el bueno como el malo, podía decir que ella sí era una de las personas más extraordinarias que había tenido la suerte de encontrar en su vida.
- Sí que lo es… - acabó diciendo el camarlengo McKenna.
Mientras tanto, el teniente Chartrand apuraba un cigarrillo en las puertas del Policlínico Gemelli. Dios, después de todo lo que había pasado esa noche sentía que de veras lo necesitaba. Tres cardenales muertos, compañeros de la Guardia Suiza muertos, numerosos daños personales y materiales debido a la onda de la explosión de la antimateria… Una completa y total locura. Lo único que le consolaba era saber que todo había acabado, pero aún así lamentaba no haber podido cumplir enteramente con su deber: podría haber salido todo bien, podrían haber rescatado a todos los cardenales y encontrar la antimateria antes de que el camarlengo hubiera cometido esa temeridad que por poco le cuesta la vida. Aún sin poder creer lo que había pasado, se persignó y miró al cielo: si eso no había sido un milagro, no sabía qué lo sería.
Al recordar al joven sacerdote, Chartrand no pudo evitar acordarse de la confesión que le había hecho la reportera de la BBC con respecto a él: aunque algo intuía, le había cogido de igual modo por sorpresa. Él conocía a Patrick McKenna desde hace varios años y sabía que era una persona admirable, distinto de cualquier otro sacerdote que vagara por el Vaticano: era cercana, carismática y abierta a los nuevos tiempos, justo todo lo que parecía necesitar la Iglesia Católica, quizás en estos tiempos más que nunca. Por todo eso, entendía que Claire Dilthey le admirara, pero ¿estar enamorada de él? Al joven teniente todavía le costaba relacionar ideas, le veía tanto como un hombre de Dios que a veces casi olvidaba que era también una persona humana, pero como sacerdote definitivamente la opción de que alguien se enamorara de él era más que limitada.
Sabía cuáles eran las obligaciones del camarlengo como sacerdote, pero también sabía muy bien cuáles eran las suyas propias como Guardia Suizo, y esos deberes se asemejaban demasiado. Uno de los requisitos para poder formar parte del ejército del mundo, a parte de ser ciudadano suizo, católico, que hubiera cumplido el servicio militar en Suiza… Entre todas cosas, también se exigía ser soltero, algo que Chartrand nunca había entendido. Sabía que la seguridad del Santo Padre era un deber muy importante y que exigía muchísimo tiempo, pero ¿qué pasaría el día que quisiera casarse? ¿Perdería su trabajo? Al joven teniente le encantaba su trabajo, era pura vocación, pero era muy joven y entendía que algún día querría sentar la cabeza…
Chartrand se pasó los dedos por los párpados, intentando eliminar el cansancio y esos pensamientos de su cabeza. Quizás el propósito de Patrick y el de él mismo fuera el mismo: dedicar toda su vida a la Iglesia Católica y nada más, algo que los dos harían una y mil veces sin dudarlo un momento y sintiéndose afortunados. Pero a veces, el joven teniente no podía evitar preguntarse si realmente merecía la pena.
Claire Dilthey volvía a la camilla que le habían designado en la unidad de cuidados intensivos aún sorprendiéndose de todo lo que había pasado: había creído que Patrick estaba muerto, Dios santo, lo había creído por completo y esa idea le había partido el corazón. Por esa razón, volver a verle, después de creerle perdido… Esa sensación no podía describirse con palabras, debía considerarse afortunada, seguramente era una de esas pocas personas que recuperan a un ser querido después de haberlo perdido… Y nunca estaría lo bastante agradecida, en todos los sentidos en los que podía estarlo: jamás había conocido a una persona tan genuinamente única. No sólo ya por lo que significaba para ella, sino también siendo objetiva: el camarlengo Patrick McKenna era una de esas personas sobre las que los niños escriben las redacciones; era una persona carismática, sabía bien cómo hablar y conectar con la gente sin un método estudiado, sino con una seguridad y una naturalidad extraordinarias… Se encontraba inmersa en estos pensamientos cuando oyó una voz bastante familiar, discutiendo con alguien que le respondía en italiano con igual vehemencia:
- Oye macarroni, no me toques las narices, ¿eh? Que te suelto un guantazo…
La joven rubia se asomó al conjunto de mamparas blancas en cuya camilla había despertado hacía una hora y media como máximo, y, para sorpresa suya, vio allí a sus dos compañeros de la BBC discutiendo con uno de los auxiliares sanitarios que únicamente hablaba en italiano:
- Vas haciendo amigos allá donde vas, ¿no? - murmuró Claire de forma divertida, haciendo que tanto Gunther como Chinita se volvieran hacia ella.
- ¿Se puede saber donde te metes? - murmuró Chinita, algo sobresaltada, para luego fijarse en el brazo roto de Claire - ¿Qué te ha pasado?
La joven se encogió levemente de hombros y dijo:
- Un poco de todo… ¿No me das un abrazo?
Chinita caminó hacia ella y la abrazó con cuidado de no dañarle el brazo herido, gesto que la rubia respondió con cariño. El enfermero pasó entre Gunther y ellas maldiciendo por lo bajo en su lengua natal.
- Uy, qué mal le caes, Gunt… - murmuró Chinita, la única de los tres que se defendía con fluidez en italiano.
Claire sonrió y, mirando a Gunther por encima del hombro de su compañera cámara, murmuró:
- Tú también puedes, no te voy a matar…
El reportero paseó la mirada por la improvisada habitación de hospital, como haciendo que no la había oído. Aunque sabía que en el fondo se alegraba de verla, Claire conocía lo bastante a Gunther como para saber que nunca jamás de los jamases le daría un abrazo: habían tenido bastantes problemas en el pasado por la diferencia de caracteres, algo que ni siquiera un casi atentado podría solucionar. Chinita se separó de Claire y exclamó:
- ¡Cuando los jefes nos dijeron que veníamos al Vaticano nunca imaginé nada de esto! ¡Habríamos estado más seguros en el Líbano! - y añadió mirando a su compañera -Sobre todo tú, rubita.
La susodicha sonrió y se sentó en la camilla, bajo la atenta mirada de sus compañeros:
- Pero nunca hemos estado tan cerca del Pulitzer, ¿no, Gunt?
El reportero gruñó levemente ante ese comentario. Claire miró a Chinita sin entender muy bien su reacción: sabía que Gunther odiaba sus comentarios, pero también sabía que lo que había dicho era verdad.
- Verás, la onda de la explosión de la antimateria ha acabado por inutilizar parte del equipo que traíamos…
- ¿Qué? - exclamó Claire, después de todo lo que había pasado esa tarde, la periodista que era había terminado saliendo a flote - ¡No podemos quedarnos sin informar de esto!
- Créeme, nos tenemos que quedar - dijo Gunther, haciendo que Claire se volviera hacia él - Da gracias que pudimos retransmitir el aterrizaje de tu novio en la Plaza de San Pedro y después… Plof…
La rubia pasó por alto el hecho de que Gunther se refiriera al camarlengo como "su novio", el hecho de que no pudieran mandar ninguna señal a Londres la hacía angustiarse de verdad. Durante toda la tarde había mantenido su trabajo en segunda posición, pero ahora…
- No te preocupes, el resto de cadenas están igual, no tenemos competencia. Esto es una crisis en toda regla - sentenció Chinita con seguridad.
Claire sopesó las palabras de su amiga: era cierto que después de lo que había pasado, algo tan extraordinariamente inusual, la falta de información era algo que no debía ni contemplarse siquiera, pero el saber que no eran los únicos que se habían quedado sin señal la consoló un poco: no quedarían en evidencia delante de sus jefes, bastante tendría que responder ante ellos cuando llegara el momento.
- Que por cierto, menudo show el del camarlengo - añadió la afroamericana simulando que caía en paracaídas, para finalmente hacer un gesto de agotamiento con la mano - Es lo más valiente que he visto hacer a una persona en tiempo…
- Desde luego en Londres esto no se ve todo los días - dijo Gunther, y conociéndole, Claire sabía que quería decir mucho más de lo que quería que ellas supieran: a él también le había sorprendido esa escena.
- ¡Qué descaro, te tengo envidia! - murmuró Chinita, dándole un ligero toque en el hombro a Claire a modo de broma - Ni tiros ni nada, pasar toda la tarde al lado de semejante hombre no tiene precio. Si es que lo tiene todo: es guapo, inteligente, carismático, entregado, valiente… - terminó diciendo la afroamericana a la vez que contaba con los dedos - Me preguntó por qué se metería a cura…
- Yo te lo digo: gay - sentenció Gunther, a la vez que Chinita contenía una carcajada y Claire ponía los ojos en blanco.
- Bueno, la verdad, en gente tan religiosa que no quiere reconocerlo no es raro… - dijo la afroamericana en cuanto recuperó la compostura.
- Te puedo jurar que no es eso… - murmuró Claire negando con la cabeza, a la vez que trataba de no reír ante el comentario de Gunther.
Tan pronto como terminó de decir la frase, Claire supo que, al igual que había pasado en la rueda de prensa en la que conoció al camarlengo McKenna, había hablado demasiado. Lo supo por el silencio que siguió a su comentario y las caras de incredulidad y asombro de sus compañeros. La joven rubia se apresuró a negar con la mano:
- No es lo que estáis pensando…
- Por la boca muere el pez, Claire, ¡confiesa! - dijo Chinita en un arrebato de júbilo.
La susodicha negó con la cabeza e hizo como si le prestara atención a la escayola de su brazo, mientras sentía que las miradas insistentes de Gunther y, sobre todo, de Chinita seguían sobre ella: era una situación bastante incómoda.
- Ha habido acercamiento, ¿a que sí? - murmuró Chinita, tras unos momentos, al ver que la rubia no contestaba, añadió - Sólo tienes que decir sí o no.
No, no iba a seguirle el juego a Chinita. Tras todo lo que había pasado esa noche, el camarlengo ya no era un personaje en la sombra, sino que estaba en boca de todos, y no quería meterle en ningún lío: no se lo merecía.
- Quien calla otorga - oyó decir a Gunther.
- ¡Os habéis besado! - exclamó Chinita, fuera de sí.
Claire se sobresaltó ante el volumen que iba adquiriendo Chinita Macri y, temiendo que alguien del hospital se percatara de la conversación, se apresuró a intentar calmar a su compañera:
- Chinita, no grites - prácticamente suplicó en un murmullo.
- … Es decir, que sí… - añadió Chinita en voz más baja, con los ojos como platos.
Le incomodaba de verdad esa situación, Chinita siempre había sido muy buena leyendo los pensamientos de la gente, por eso se llevaba mejor con Gunther, pero el hecho de que le estuviera sacando toda esa información, algo que ella no quería que se supiese, la estaba poniendo en un compromiso.
- Chinita, para… Por favor - volvió a decir Claire en voz baja.
Su compañera pareció calmarse, pero Claire podía ver que también se había confirmado lo que ella había tratado de ocultarle en vano. Chinita podía ver eso, ciertamente, pero también veía que ya no era un juego del que reírse o comportarse como una adolescente con las hormonas a flor de piel: también veía que eso que había comentado casi en broma había pasado, y Claire no estaba pasando un buen rato por ello. La afroamericana intercambió una mirada con Gunther, que no decía nada, pero su mirada lo decía todo: estaba sorprendido, la reacción normal, pero también miraba a Claire con unos deseos de mayor información, de más detalles… Que el héroe de la noche hubiera tenido un desliz con una reportera de la BBC sería algo sonadísimo, una exclusiva que no se presentaba todos los días.
- Gunther, elimina eso de tu mente - dijo Chinita, casi adivinando la silueta del Pulitzer en la imaginación de su compañero. - Claire, ¿qué ha pasado?
La rubia no sabía cómo decirlo, si tan siquiera se había atrevido del todo a ponerle nombre a lo que sentía por el camarlengo, sólo sabía que ese sentimiento estaba ahí: no lo había buscado, ni lo había provocado, simplemente estaba ahí. Claire tomó aire y cabeceando ligeramente:
- Creo que… Me he enamorado de él - terminó admitiendo.
La afroamericana sopesó las palabras de su compañera antes de contestarle, sabía que la broma había terminado hace tiempo y no podía estar más sorprendida:
- Y no sé cómo ha pasado, os juro que no lo sé - añadió Claire, mirando a sus dos compañeros - Sé que vosotros sólo le veis como el camarlengo McKenna, pero os puedo jurar que es una persona extraordinaria…
- Eso también lo puedo jurar yo, Claire. - dijo Gunther asintiendo con la cabeza - Y he de reconocer que lo que ha hecho hoy es digno de admiración, ¿no será eso lo que…?
- No… - negó la joven de manera algo desanimada: ojalá no se sintiera así, de ese modo no tendría que estar triste cuando volviera a Londres - Me he sentido así antes, sé de qué va esto…
- Está clarinete - afirmó con convicción Chinita - Está colada por él… Cariño, lo siento mucho…
Normalmente estar enamorado de una persona no es algo por lo que los demás se tengan que solidarizar contigo ni mucho menos: es una sensación única, probablemente la mejor que hay en el mundo, pero también estar enamorado a veces significa que vas a pasarlo mal, que vas a sufrir… Y Chinita Macri sabía que dada la situación de su compañera y, sobre todo, la de la persona de la que estaba enamorada, Claire Dilthey pertenecía totalmente al segundo grupo. Lo más probable es que no volviera a ver a Patrick McKenna después de aquella noche.
- Claire, deberías dormir un poco… Ha sido un día largo, y el macarroni de antes nos ha soplado que no has dormido ni una hora… - dijo Gunther, atrayendo la atención de sus compañeras.
- Por una vez y sin que sirva de precedente creo que Gunther tiene razón - afirmó Chinita - Recuesta esa cabecita en la almohada y duerme, te despejará la mente…
- …Gracias papá y mamá - contestó Claire tras unos instantes - Pero creo que os voy a hacer caso, prefiero no pensar en todo esto…
La joven se echó en la camilla y se cubrió como pudo con la manta que le había traído antes el teniente Chartrand: era extraño, a él también le iba a echar de menos; había sido un día terrible, pero a la vez había conocido a gente a la que iba a añorar cuando la situación acabara… Se encontraba pensando en todo esto cuando cerró los ojos y, pasados unos momentos, su respiración se volvió más lenta y pausada, indicando a sus compañeros que el cansancio no había tardado demasiado en vencerla.
- Hay que ver, la pobre no gana para disgustos… - murmuró Chinita, y miró de soslayo a Gunther - Y hablando de disgustos… ¿Cuándo se lo vas a decir?
- ¿El qué? - preguntó Gunther, aunque sabía muy bien de lo que hablaba Chinita: habían hablado de eso durante esa tarde también.
- Por Dios, ¿el qué va a ser? - preguntó Chinita poniendo los ojos en blanco, haciendo un gesto de fastidio - Lo de Eddie…
- No voy a decírselo - sentenció el reportero de forma rotunda.
- Claro que se lo vas a decir - afirmó ella de forma contundente - Ya viste qué bien le sentó tu bromita de las llamadas, ¿en serio no se te ocurrió una mejor forma de fastidiarla?
- Chinita, ya sabes cómo es Claire cuando se enfada, ¡me va a matar!
- Pues no sería algo desproporcionado, Gunt. - dijo Chinita dándole un leve golpe en el hombro, medio en broma, medio en serio - Con esas cosas no se juega, menudo soponcio se debió llevar…
Mientras los reporteros de la BBC se encontraban discutiendo esta situación mientras Claire dormía, el camarlengo Patrick McKenna seguía en las dependencias que le habían sido asignadas en la unidad de cuidados intensivos del Gemelli. Las monjas que lo cuidaban no lo habían dejado ni un solo momento: iban de aquí a allá, con gasas, desinfectantes, llamándose unas a otras… Patrick había intentado caminar ante la petición de sus particulares auxiliares sanitarios, pero le resultaba muy difícil: la rodilla le dolía muchísimo cada vez que se apoyaba en ella para caminar, los médicos ya hablaban de hacerle unas cuantas radiografías para descartar heridas o fracturas graves internas. Pero ni en esa situación podía hacer que su mente descansara, por una vez en todo ese día: no sabía qué era lo que iba a pasar ahora. El comandante Richter era el que había llevado el cetro de poder en cuanto al engaño Illuminati, él y Jano se habían ocupado de todo una vez que él les había allanado el camino proporcionando a su propio padre una dosis mortal de tinzaparina.
Ese último dato había bastado para robarle el sueño varias de las noches siguientes, pero, como se dice, las desgracias nunca vienen solas. Richter parecía no tener límite en su plan, cuyos resultados servirían al propósito común de salvar la Iglesia Católica del arrasamiento al que se veía sometida por la Ciencia, y Jano… Patrick sentía ese nudo en la garganta siempre que recordaba al líder oculto en las sombras, la cabeza pensante de los Illuminati: él creía que era el padre Simeón, pero no podía jurarlo… Si de verdad eran una amenaza… ¿Qué harían ahora con los planes desbaratados? ¿Tomarían represalias o volverían a ocultarse? El camarlengo no sabía qué hacer, se encontraba desesperado, y estas cuestiones no eran las únicas que ocupaban su mente.
Aunque sabía que, si la comparaba con las otras, esa situación era la menos importante, no podía dejar de darle la importancia que su ser sentía que merecía. Aquella reportera cuyo nombre había llamado la atención de los Illuminati y había supuesto que se inmiscuyera de lleno en la cadena de asesinatos: Claire Dilthey, "Iluminada" Dilthey. Patrick se seguía sorprendiendo de que podría haber sido cualquier otro reportero destinado a Ciudad del Vaticano, podría haber llevado el archivo de vídeo a la Radiotelevisione Italiana, o en el peor de los casos habría acabado muerta en cualquier callejuela de Roma. Pero nada de lo anterior había pasado, y el camarlengo sentía que debía dar gracias todos y cada uno de los días que siguieran el resto de su vida porque no hubiera pasado, por haber tenido la oportunidad de conocer a una persona tan única.
Porque puede que ella no fuera la mejor en su profesión, ni un miembro destacado del panorama actual, no estaba muy seguro de si era conocida más allá de la calle donde vivía; pero sentía que Claire era una de esas personas anónimas, personas normales y corrientes que luchan día a día con lo que les depara la vida, que cuidan de sus seres queridos y aún tienen tiempo y fuerzas para hacerlo con una sonrisa. Ella podría haber pedido a gritos que la llevaran a un hospital, podría haber entrado en un ataque total de histeria al enterarse de la trama Illuminati, y podría haber informado de ello a su cadena y conseguir todo lo que un periodista podía soñar. Pero no lo había hecho. A pesar de lo difícil que había sido todo, lo había superado con valentía y apoyándole hasta el final… Podía jurar que esa entrega, otorgada sin que él se la pidiera, no iba a olvidarla nunca.
Las cortinas blancas se abrieron una vez para dar paso a un Guardia Suizo trajeado seguido de otros vestidos con el traje oficial azul, en ese momento le estaba desinfectando una herida que tenía en la frente. El camarlengo les miró con aire confundido, al igual que las monjas y el médico que le estaba atendiendo: ¿qué estaban haciendo allí? Los guardias vestidos de azul le rindieron pleitesía haciendo el saludo militar y después uno de ellos habló:
- Signore camarlengo…
- …¿Sí? - preguntó cordialmente el desconcertado sacerdote.
- Los cardenales solicitan su presencia en el cónclave lo antes posible - informó el guardia suizo sin perder la compostura en ningún momento: ahora Patrick volvía a sentir poco a poco lo que significaba ser el camarlengo.
- ¿Yo? - volvió a preguntar Patrick McKenna casi en un susurro.
- Sí, padre - contestó el guardia con ese monótono tono de voz.
El camarlengo entreabrió la boca, sorprendido: ¿para qué podían los cardenales solicitar su presencia en el cónclave? Ellos sabían lo que había pasado, que estaba en el hospital, que estaba herido… Debía de ser muy importante para que reclamaran su presencia de inmediato en la Capilla Sixtina. Tras intercambiar una mirada con las monjas y el médico que le atendían, el camarlengo asintió con la cabeza y se puso en pie. Perdió pie por unos instantes al apoyar la pierna herida sin percatarse de ello, pero con un gesto cordial indicó que no le ayudaran. Si tenía que ir a la Capilla Sixtina, si los cardenales le necesitaban, iba a ir a pie, por sí mismo: muchos religiosos antes que él habían cumplido con su obligación con dolores peores, y él no iba a ser una excepción, menos aún en esa situación.
