HOlas... ULTIMO CAPITULOOOOOOO!!!!! y se nos acabo esta historia... kien lo diria...
pero ya llegamos al final y hasta aki no mas con esta parte de la historia...
Espero ke lo disfruten y sigan leyendo mis historias (aer si actualizo las originales mias T.T, Musaaa regresaaaa)
Ya saben ni la historia ni los eprsonajes me pertenecen...
nos vemos abajooo


Cielo y Tierra

Veinte

Megumi se internó en el viento con un único propósito: conseguir que Hiruma se marchara de la isla y marcharse ella también. Mantenerle apar­tado de Sano, de Misao, de Kaoru y de su hermano. Después, se enfrentaría a lo que viniera. Pero el peligro inmediato para aquellos que amaba se encontraba en su interior, y estaba ligado a lo que se ocultaba en el interior de Hiruma.

Ella había derramado la sangre de Sano.

Curvó los dedos, cerrando el puño, con la ma­no todavía empapada en sangre. La sangre tenía poderes; era una de las fuentes elementales. La magia negra la utilizaba como medio, o se alimentaba con ella.

Todo aquello en lo que creía rechazaba el de­rramamiento de sangre, lo negaba, luchaba contra ello.

No causes daño, pensó. Intentaría no hacerlo. Pero lo primero que haría sería asegurarse de que las personas que amaba no fueran heridas.

Inocentes asesinados.

Sintió una frase susurrada en su oído tan clara­mente, con tanta urgencia que miró alrededor, esperando ver a alguien.

Pero no había nadie, sólo la noche, la oscuridad, y la fuerza brutal de la tormenta a su alrededor.

A medida que se alejaba de la casa, la tempes­tad arreciaba y su furia crecía.

Había algo que quería utilizarla a ella para he­rir a Sano, para atrapar a Misao y para destruir a Kaoru.

Moriría antes de permitirlo, y se lo llevaría con ella.

Acercándose a la playa, aceleró el paso y des­pués se dio la vuelta de repente al oír un ruido a sus espaldas.

Lucy surgió en la oscuridad con las orejas aler­ta. Estuvo a punto de ordenar al perro que volvie­ra a casa, pero bajó el brazo, y suspiró.

—Muy bien, ven. Quizá sea mejor estar acom­pañada por una perra boba, pero conocida, que sola. —Apoyó la mano en la cabeza de Lucy—. Pro­tege a los míos.

Mientras corrían las dos por la playa, el cabello de Megumi flotaba al viento. La marea azotaba la ori­lla sin cesar, formando un muro de agua negra con­tra la costa, cuyo sonido retumbaba en su cabeza.

Su hermana había muerto, sacrificada como un cordero por su amor, por su corazón, por su don. ¿Dónde estaba la justicia?

El aire estaba repleto de gritos y alaridos, de cientos de voces atormentadas. A sus pies, comenzó a desparramarse por el suelo una sucia niebla, que llegó a cubrirle los tobillos y después las rodillas.

La frialdad de la niebla le caló los huesos.

Sangre por sangre. Vida por vida. Poder por poder. ¿Cómo había podido pensar que hubiera otro camino?

Algo hizo que mirara por encima del hombro. Donde debía estar la casa con las luces brillando en las ventanas, sólo había una cortina de un color blanco sucio.

Había sido aislada de su hogar y también del pueblo, como pudo comprobar, al hacerse la nie­bla más espesa y arremolinarse a su alrededor.

¡Muy bien!, pensó, apartando el miedo para dar paso a la ira.

—¡Ven aquí, maldito! —gritó y su voz, cortó la niebla como un cuchillo—. Acepto el reto.

El primer golpe del poder le dio con fuerza en la espalda, antes de que pudiera prepararse.

La rabia bullía en su interior. Cuando elevó los brazos para abrazarlo, los relámpagos surcaron el cielo y el mar como látigos de punta enrojecida. ¡Ah!, pensó, aquí está la magia poderosa.

Se vio a sí misma, que no era ella, de pie en medio de la galerna, haciendo acopio de fuerzas. Aire, Tierra, Fuego, Agua.

Junto a ella, Lucy levantó la cabeza y emitió un largo y penetrante aullido.

Hiruma, o lo que le dominaba, surgió de la niebla.

—Megumi ha tenido una buena rabieta —dijo Aoshi para intentar aligerar el ambiente.

La habitación estaba hecha un desastre, y si se concentraba, todavía era capaz de sentir sobre la piel el zumbido de lo que había agitado aquel es­pacio.

—Miedo y rabia, rabia y miedo. —Kaoru se pa­seó mientras hablaba—. No he podido abrirme camino hasta Megumi y hasta aquella de la que proce­de. Es algo demasiado fuerte y demasiado denso.

—¿Tan duro como la cabeza de Megumi? —pre­guntó Sano con una débil sonrisa.

—Exacto. Me gustaría saber qué paso vamos a dar a continuación para poder hacerle frente, y ya sé que estoy simplificando demasiado —dijo Kaoru.

—Todo esto le está haciendo daño a Megumi —comentó Misao.

—Ya lo sé y lo siento. —Kaoru dio un golpecito en el brazo de Misao con aire ausente—. Lo que debemos hacer es sentarnos a pensar cómo podemos utilizar esos sentimientos, su negatividad contra lo que va a venir. Un conjuro protector, en este mo­mento, sólo serviría para tapar un hueco. Aunque me moleste estar de acuerdo con la ayudante, te­nemos que pasar a la acción. —Kaoru se detuvo para concentrarse—. Misao, tú no tienes mucha expe­riencia en este terreno y en cualquier caso, no re­sultará fácil.

—¿Por qué no? —, preguntó Sano—. ¿Estás pensando en una expulsión?

—¡Qué suerte contar con un estudioso del te­ma! Sí. —Kaoru continuó—. Somos cinco; sería mejor que fuésemos doce, pero no hay tiempo pa­ra buscar refuerzos. Tampoco tenemos mucho tiempo para hacer los preparativos. Nos confor­maremos con lo que tenemos. Una vez que... —la voz de Kaoru se fue apagando y se quedó blanca co­mo el papel—. Se ha ido. Está fuera de los límites protectores. —Su miedo se hizo patente, antes de que pudiera hacer nada por esconderlo—. Megumi ha roto el círculo.

Kaoru sujetó a Sano por el brazo cuando se diri­gía corriendo hacia la puerta.

—No, no lo hagas, piensa. Los sentimientos no bastan, ése es el problema de Megumi. Acudiremos todos juntos e iremos preparados. —Kaoru ba­rrió la habitación con la mirada—. ¿Sabéis lo que hay que hacer?

—En teoría, sí —respondió Sano, que luchaba contra su miedo.

Kaoru vio cómo Aoshi tanteaba la funda de la pis­tola, y quiso decirle que aquél no era el camino, pero la expresión de su cara le advirtió de que era mejor no intervenir.

—Dinos qué debemos hacer —le apremió Misao—, y hagámoslo rápido.

Megumi apretó los pies contra el suelo, con las piernas abiertas y se preparó. Era un desafío y lo sabía; tenía que conseguir sacarle de sí mismo y atraerle hacia ella, para salvar al resto. Y después destruirle.

Lucy, a su lado, gruñía quedamente.

—Hiruma, un cuarentón de ciudad algo re­gordete; si me permites opinar, me parece una elección poco afortunada —dijo utilizando un to­no frío de voz y claramente burlón.

—Es una tapadera útil. —La voz era más pro­funda y de alguna manera más húmeda de lo que debería—. Ya nos hemos conocido antes.

—¿De verdad? Yo sólo recuerdo a la gente in­teresante.

—Lo que hay en tu interior recuerda lo que es­tá dentro de mí. —Dio un rodeo alrededor de Megumi con paso ligero. Ella giró con él cuidando de permanecer cara a cara. Deslizó sus dedos por el collar de Lucy, para mantener quieta a la perra, que saltaba e intentaba morder—. Tú intentaste alcanzar lo que yo tuve una vez y lo introdujiste dentro de ti, como a un amante. Recuerda el éxta­sis que sentiste.

Megumi se dio cuenta de que no se trataba de una pregunta, sino de una orden. Una emoción rápida y punzante la recorrió, excitando y llenando todo su cuerpo por entero. Fue una especie de or­gasmo total que casi le hizo caer de rodillas ante el placer absoluto y salvaje que experimentó.

Se estremeció de tal manera que casi no pudo emitir ni un gemido.

Sí¡Por Dios!, sí. ¿Era posible experimentar aquello? Valía la pena pagar cualquier precio: caer en la traición, en la condenación, en la muerte...

Mientras luchaba por mantener la cabeza des­pejada, vio el reflejo de un movimiento. Tropezó cuando quiso girar en sentido contrario y cayó de bruces en el suelo con la cara contra la arena helada.

Se sintió como si un camión le hubiera pasado por encima.

Él se reía entre dientes con una especie de risa satisfecha, mientras ella intentaba alzarse con ayu­da de manos y rodillas. Megumi vio cómo Lucy ata­caba y saltaba enseñando los dientes, y golpeaba una burbuja en el aire que ardía en los bordes a consecuencia del golpe.

—¡No, Lucy, no¡Estáte quieta! —gritó Megumi.

—Yo puedo darte lo que quieres y más, pero no gratis, ni de una manera fácil. ¿Por qué no tomas mi mano? —le preguntó.

Megumi apenas había recuperado el aliento, pe­ro tendió una mano para tranquilizar al perro, que temblaba con cada gruñido.

—¿Por qué no me besas el culo? —contestó.

Él la golpeó de lleno otra vez, con un terrible golpe de viento.

—Puedo aplastarte, pero sería una pena; si unimos tu poder con el mío, dominaremos todo.

Mentiroso, pensó Megumi. Miente, y está jugan­do contigo. Compórtate de forma encantadora, se dijo; sé más astuta.

—Estoy confundida —replicó débilmente—, no soy capaz de pensar. Necesito estar segura de que la gente a la que amo estará a salvo.

—Por supuesto —canturreó Hiruma—. Todo lo que desees te será concedido. Entrégate a mí.

Megumi mantuvo la cabeza baja, mientras se po­nía de pie, como si estuviera realizando un gran es­fuerzo. Cuando la echó para atrás, lanzó su mente contra él, toda la ira que sentía. Pudo leer en su rostro que le había asustado, lo que le produjo un instante de satisfacción. Entonces, su cuerpo salió volando empujado por la rabia de Megumi.

La arena sobre la que aterrizó se volvió negra bajo la niebla como si se hubiera quemado.

—Voy a enviarte al infierno —prometió ella. La luz era cegadora, y el frío y el calor estalla­ban en el aire como la metralla. Megumi continuó por puro instinto saltando a su alrededor, hacién­dole frente y atacándole.

Sintió dolor, un dolor ardiente y asombroso que utilizó como arma.

—Tú y los tuyos sufriréis —exclamó él—. Vendrá la agonía, y después nada, lo que es peor que la agonía. Lo que tú amas dejará de existir.

—No puedes tocar lo que amo, a no ser que pases por encima de mí.

—¿Ah, no?

Megumi podía escuchar el aliento entrecortado y crispado de Goei. Estaba cansado, pensó con un sentimiento de amenaza. Vencería. Mientras reunía fuerzas para acabar con aquello, su contrincante juntó las manos y las elevó. Entonces del cie­lo agitado se desprendieron relámpagos negros que atravesaron sus manos unidas y formaron una espada centelleante. Él blandió la espada en el aire una, dos veces. Su rostro tenía un aire triunfal cuando se acercó a ella.

Megumi invocó a la tierra, sintiéndola temblar ligeramente. Cuando notó la sacudida, Lucy saltó dispuesta a defenderla. A pesar de que Megumi gri­tó, la espada atacó.

—Todo lo que amas morirá esta noche —amena­zó él, mientras la perra quedaba tendida en el suelo.

—Te mataré sólo por esto —dijo Megumi, al tiempo que elevaba la mano hacia el cielo y a tra­vés de ella lanzaba sus poderes.

Megumi sintió que su mano se cerraba sobre una espada que se ajustaba como un guante y cuyo peso le resultaba familiar. Al asirla, el choque entre ambos filos resonó como un mal presagio.

Entonces, fue ella quien invocó a la tormenta, y cientos de rayos arrojaron agua y arena hasta que formaron un círculo a su alrededor, atrapándoles a los dos como en una jaula. La fuerza y la violencia de los elementos la alimentaron y se convirtieron en ella misma.

Su odio creció con una voracidad que engullía todo lo demás.

—Has asesinado inocentes.

—A todos y cada uno —dijo Hiruma, que son­reía con los labios apretados.

—Has destruido a mis hermanas.

—Murieron llorando.

—Asesinaste al hombre que yo amaba.

—Entonces y ahora.

El ansia de sangre le quemó a Megumi en la gar­ganta, y pareció alimentarla con una fuerza descomunal. Le golpeó empujándole hacia los barrotes ardientes.

Débilmente escuchó, en su mente, en sus oí­dos, cómo alguien la llamaba, pero bloqueó ese sonido, mientras continuaba golpeando y cortando; notaba cómo su espada temblaba cada vez que he­ría de nuevo.

Lo único que deseaba era alcanzar el momento culminante, atravesar su corazón con el filo de la espada, y sentir que el poder fluía en su interior cuando asestara el golpe mortal.

A cada momento lo sentía más profundo, más real, más cercano. Pudo saborear lo que se avecinaba, algo amargo, seductor, maligno.

Cuando su enemigo perdió la espada y cayó a sus pies, ella sintió una excitación casi sexual.

Sujetó la empuñadura con ambas manos por encima de su cabeza.

—Megumi.

La voz de Sano sonó tan apacible en medio del estruendo de su mente que apenas le oyó, pero sus manos temblaron.

—Es lo que él quiere, no se lo des.

—Yo quiero hacer justicia —gritó ella, mien­tras su cabello volaba a su alrededor en espirales que chocaban entre sí.

—Eres demasiado débil para matarme —la re­tó el hombre que se encontraba a sus pies mostrando la garganta deliberadamente—. No tienes valor suficiente.

—Megumi, quédate conmigo. Mírame —insistió Sano.

Sujetando la espada con fuerza, Megumi miró fija­mente a través de los barrotes y vio a Sano muy cerca.

¿Cómo ha aparecido?, pensó confusamente. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? Junto a Sano se encontraba su hermano, y a ambos lados, Misao y Kaoru.

Se escuchó jadear y resollar; sintió cómo un sudor frío le recorría la piel, pero también notó cómo aquella avidez se propagaba por sus venas.

—Te amo. Quédate conmigo —dijo Sano de nuevo— recuerda.

—Derriba la barrera y tracemos el círculo. So­mos más fuertes —intervino Kaoru bruscamente.

—Ellos morirán —aquel ser que tenía el rostro de Hiruma se burló—, los mataré despacio, de forma dolorosa, para que puedas escuchar sus gri­tos. Mi muerte o la suya. Tú eliges.

Megumi se apartó de aquellos a los que amaba y se enfrentó con él.

—La tuya.

La noche se llenó de estruendo cuando dejó caer la espada. Cientos de imágenes acudieron a su mente, y entre ellas, pudo ver la mirada de triunfo en los ojos de su oponente, una alegría completa y total.

Un momento después, todos se sintieron des­concertados y perdidos, al igual que Hiruma.

Megumi detuvo el filo de la espada a un centíme­tro de su garganta.

—Ayúdame —susurró Goei y ella vio cómo se le erizaba la piel.

—Lo haré. La raíz de la magia está en el corazón —comenzó a decir Megumi, repitiendo las palabras que Sano había susurrado en su subconsciente—, y desde allí debe partir el don del poder. Ahuyentamos la oscuridad con su luz, y dejamos huella con su alegría, para proteger y defender, para vivir y para ver. Hágase mi voluntad.

Hiruma se echó a reír, bajo el filo de la espada.

—¿Tú crees que un débil conjuro de mujer me protegerá?

Megumi inclinó la cabeza casi con simpatía.

—Sí, como lo hará este conjuro.

Tenía la cabeza despejada y fría, cuando deslizó por el filo de la espada la mano, teñida con la san­gre de Sano.

El amuleto que le había regalado relucía sobre su pecho, cálido y brillante.

—Su sangre —dijo Megumi—, y ahora la mía, mezcladas ahora y de verdad. —Apretó hasta que empezaron a caer gotas sobre la piel de Hiruma, que comenzó a aullar. ¡Qué maravillosa rabia!, pensó, mientras continuaba—. Esta sangre brota del corazón para vencerte. Este es el poder que yo libero. Hágase mi voluntad.

—¡Perra¡Puta! —bramó él.

Cuando Megumi se echó hacia atrás, él intentó agarrarla para levantarse, pero se arrastró gruñen­do al no conseguirlo.

De pronto, Megumi lo vio todo absolutamente claro. La esperanza era deslumbrante. Conmovida, empezó a borrar los barrotes de la jaula luminosa.

—No podemos dejar a Hiruma así, pobre dia­blo —dijo llena de piedad hacia él.

—Nosotras nos ocuparemos —intervino Kaoru.

Trazaron un círculo de sal y plata. Hiruma, en el centro, escupía y aullaba como un animal; soltaba juramentos cada vez más grandes, y amenazas más y más insidiosas.

Muchos rostros diferentes se creaban y se des­truían una y otra vez en su rostro.

Los truenos resonaron en el cielo tan salvaje­mente como las olas en las rompientes y el viento bramó enloquecido.

Hiruma puso los ojos en blanco cuando le ro­dearon y juntaron las manos.

—Te expulsamos fuera para que la oscuridad vuelva a la oscuridad; desde ahora y para siempre llevarás nuestra señal. —Kaoru se concentró y apare­ció un pequeño pentagrama blanco en la mejilla de Hiruma.

Él aulló como un lobo.

—Te arrojamos a la noche y al vacío —conti­nuó Misao—. Sal de esta alma y ve más allá de la luz.

—Misato, te amo, eres mi esposa, eres mi mundo —dijo Hiruma con la voz de Soujiro—. Ten piedad.

Misao sintió piedad, pero lo único que pudo darle fue una lágrima solitaria que se deslizó por su mejilla.

—En este lugar y en este momento —cantó Megumi—, te expulsamos fuera y despreciamos tu poder. Estamos unidas, somos las Tres. Hágase nuestra voluntad.

—Te expulsamos fuera —repitió Kaoru, como lo repitieron todas las que tenían las manos unidas, una por una hasta que las palabras se superpusie­ron formando una sola voz.

La fuerza de aquel ser se desató como un ven­daval frío y fétido, y se convirtió en una especie de túnel negro para después arrojarse contra el aire y el mar.

Goei, tumbado sobre la arena, gimió. Tenía el rostro grisáceo, pero sin marca alguna.

—Necesita atención —dijo Misao.

—Entonces, acércate y ocúpate de él. —Megumi dio un paso atrás e inmediatamente le flaquearon las fuerzas y se le doblaron las piernas.

—Está bien, cariño, no pasa nada —dijo Sano sujetándola y poniéndola de rodillas con cuidado—. Respira, despeja la cabeza.

—Estoy bien, sólo me siento un poco insegura. —Consiguió levantar la cabeza y mirar a su hermano—. Supongo que no vas a encerrarme por asesinato.

—Supones bien. —Aoshi también se arrodilló y tomó el rostro de Megumi entre las manos—. Meg, me has asustado.

—Sí, yo también he pasado miedo —dijo apre­tando los labios para que cesara el temblor—. Mañana tendremos mucho trabajo con los daños de la tormenta.

—Ya nos ocuparemos de eso; los Shinomori cuidan de Hermanas —respondió Aoshi.

—¡Por supuesto! —Megumi aspiró, expiró y se sintió liberada—. Deberías ayudar a Misao con Hiruma. ¡Pobre tonto! Yo estoy bien.

—Siempre lo has estado. —Aoshi la besó en ambas mejillas y la sostuvo un minuto más. Des­pués se puso de pie y miró a Sano—. Asegúrate de que permanece así un rato.

Megumi tomó aliento una vez más.

—Dame un minuto, por favor —le pidió a Sano.

—Puedo darte incluso dos, pero no más.

—De acuerdo —asintió, mientras él la ayudaba a levantarse.

Tenía las rodillas como gelatina, pero se obligó a sostenerse, se enderezó y se volvió hacia Kaoru. Entonces se olvidó de la debilidad, del susto y de los restos del poder. Kaoru estaba de pie, sonriendo ligeramente, con una mano apoyada en la cabeza de Lucy, que movía el rabo como si fuera un metrónomo enloquecido.

—¡Lucy! —de un salto Megumi enterró el rostro en la piel de la perra—. Pensé que había muerto. Yo vi... —se echó para atrás de golpe y empezó a examinar a Lucy, buscando las heridas.

—No fue real —le explicó Kaoru en voz baja—, la espada que sostenía no era más que una ilusión, un truco para ponerte a prueba. Lo utilizó para empujarte a repetir el mismo pecado. Él no busca­ba tu muerte, todavía no, sino tu alma y tu poder.

Megumi apretó a Lucy una vez más, se enderezó y se dirigió a Kaoru.

—Entonces, él ha perdido¿no?

—Eso parece.

—¿Tú viste algo?

—Sólo parte. —Kaoru sacudió la cabeza—. No tanto como para estar segura, pero sí lo suficiente como para dudar y preocuparme —levantó una mano al ver que Misao se dirigía hacia ellas—. En el fondo de mi corazón, yo sabía que no podías fallar, pero en mi cabeza, no estaba tan segura. Tú siem­pre me has resultado un acertijo difícil de resolver.

—Yo creo que lo hice porque estaba muy alte­rada y asustada. Sin embargo sentí que vosotras dos estabais dentro de mí, y yo nunca pretendí eso —dijo Megumi en un furioso susurro—, sabéis que nunca lo quise.

—¡Así es la vida! —dijo Kaoru encogiéndose de hombros—. Hay que jugar las cartas que te tocan o fracasar.

—Yo sabía que vencerías. —Misao tomó su ma­no herida, y con suavidad le enderezó los dedos—. Tienes que ocuparte de esto.

—Lo haré. No es para tanto. —Megumi apretó los labios—. Quiero conservar esta cicatriz —dijo—, lo necesito.

—Entonces... —Misao cerró los dedos de Megumi otra vez, muy despacio—. Aoshi y yo vamos a llevar al señor Hiruma a casa. Necesita comida ca­liente. Está conmocionado, confundido, pero milagrosamente indemne. —Miró hacia Aoshi que te­nía a Hiruma a sus pies—. No recuerda casi nada.

—Dejémoslo así —pidió Megumi—. Muy bien, volvamos y zanjemos este asunto. —Elevó la vista al cielo y vio cómo las nubes se dispersaban y có­mo el halo de la luna relucía blanco e inmacula­do—. La tormenta se está acabando —murmuró.

—De momento —asintió Kaoru.

—Quizá los chicos puedan acompañar a Hiruma y concedernos un poco más de tiempo para nosotras —propuso Megumi.

—Muy bien. Se lo diré a Aoshi —replicó Misao.

El viento se había transformado en una brisa, que olía a noche y a agua. Megumi esperó hasta que los hombres y la perra se dirigieron hacia la casa.

Cerró con Kaoru y Misao el círculo que habían trazado. Tomó su espada ritual, que había sido lo suficientemente real, y la limpió. La marea, ahora ya de forma dócil y con suavidad, trajo espuma que humedeció sus botas.

—Cuando levanté la espada —comenzó a de­cir, sabiendo que tenía a sus amigas al lado—, yo quería derramar sangre; sentía ansia de sangre. Dejarla caer llevó mucho tiempo. —Movió nerviosamente los pies—. Por lo general, yo no soy muy buena en esta estupidez de las visiones, ésa es la especialidad de Kaoru, pero recuerdo algunas imá­genes: vi a Sano, a Sano y a mí; a mis padres, a mi hermano. Nos vi a nosotras tres en el bosque este último otoño. Vi a Misao con un niño en brazos.

—Un niño —la voz de Misao se fue haciendo más suave y soñadora, al tiempo que se llevaba una mano a la tripa—, pero yo no...

—Todavía no, de todos modos —contestó Megumi.

—¡Dios mío! —Misao dejó escapar una risa des­concertada y llena de contento—. ¡Dios mío¡Dios mío!

—De todas formas —continuó Megumi—, vi eso y mucho más. Vi a las tres hermanas en un bosque oscuro y en un círculo de luz. Vi a aquella que fue Tierra en esta misma playa, en medio de la tormenta. Había tanta gente que llegaba tan rápi­do, que se superponían, aunque cada uno destacaba con nitidez.

»Y te vi a ti, Kaoru, de pie en el borde de los acantilados, sola, llorando. A tu alrededor todo era oscuridad, como la que salía de Hiruma esta no­che. Te reclamaba: de alguna manera siempre te ha querido a ti, por encima de las demás.

Kaoru asintió, a pesar del escalofrío que la recorrió.

—¿Me estás poniendo en guardia?

—Desde luego —continuó hablando Megumi—. Vi algo más en el momento en que detuve la espa­da, vi un último destello: nosotras tres en un círcu­lo y supe que aquello era como debía ser. Lo que intento decir es que es posible que todo vaya bien, si hacemos lo que se supone que debemos hacer, si elegimos adecuadamente.

—Esta noche tú has elegido —le recordó Kaoru—. Confía en que yo haré mi propia elección.

—Tú eres la más fuerte.

—¡Pero, bueno¿Eso es un cumplido?

—Pues sí. En el terreno de la magia tú eres la más fuerte, o sea que tendrás que serlo ante lo que venga para ti, que también será lo más fuerte.

—Ninguna de nosotras estará sola a partir de ahora. —Misao tomó la mano de Kaoru y después la de Megumi—. Somos tres.

Megumi tomó la mano de Kaoru para completar la unión.

—Sí. Nosotras somos las Brujas.

Megumi se dijo que haría lo que debía hacer, pero eso no significaba que le gustara. Vio cómo Misao cuidaba de Hiruma, sirviéndole una sopa que ha­bía calentado y un té. Dejó que Kaoru le curase la mano y se la vendara. Y procuró evitar quedarse a solas con Sano hasta que salieron para dirigirse a la casita amarilla.

—Podemos trasladar tu equipo esta noche, si quieres.

—Iré a buscarlo mañana —contestó él. No la tocó. No sabía por qué, pero notaba que ella todavía no estaba preparada.

—Supongo que Hiruma escribirá su libro a pesar de todo.

—Aunque no será el que tenía pensado; creo que a Misao le gusta la idea de un libro que ofrezca esperanzas a las víctimas de malos tratos. Hiruma no es la peor opción ahora que ha sido...

—... ¿exorcizado? —Megumi finalizó la frase por él.

—Es una forma de hablar. ¿Te puedo hacer una pregunta de tipo técnico? —dijo Sano.

—Creo que sí. —Se había quedado una noche preciosa, fría y clara. No había razones para estar crispado, se dijo a sí misma.

—¿Cómo supiste que la sangre le dominaría?

—No lo sé muy bien.

—¿Tal vez por una especie de conocimiento hereditario? —sugirió Sano; por toda respuesta, ella se encogió de hombros como respuesta.

—Quizá. Esas cosas son tu especialidad. La ma­gia se lleva en la sangre, como me pasa a mí —con­testó Megumi levantando la mano—. En cuanto a ti, creo que la tienes un poco diluida. —Le miró, cuando él se echó a reír y dijo con irritación—: Creo que lo más aproximado sería pensar que la sangre es transmisora, sirve para realizar sacrificios, para cualquier cosa. Es la vida.

—No hay nada que discutir sobre eso. —Sano se detuvo y se volvió hacia el borde de los árboles, donde las sombras eran suaves y la luz de la luna se filtraba entre las ramas—. ¿Hay algo más?

—Existe un lazo emocional, al margen de lo racional y de la lógica, incluso aparte del ritual, creo.

—El amor —Sano hizo una pausa, antes de preguntar—¿Por qué no eres capaz de decirlo ni siquiera ahora?

—Tú nunca me habías visto antes en semejan­te estado —replicó ella muy deprisa—. Todo lo que haya podido suceder antes, ha sido un juego de niños comparado con lo de esta noche.

—Estuviste magnífica. —Sano vio cómo Megumi abría los ojos de par en par, y pensó que sería di­vertido conseguir deslumbrarla con afirmaciones como aquella durante los próximos cincuenta o se­senta años—. ¿Tú crees que lo que yo siento por ti puede cambiar por lo que he visto hoy?

—No. No lo sé. Sano, casi me sedujo. Cuando salí tenía la idea de que podía sacrificarme, y no me digas que es una excusa pobre. Ya lo he pensa­do yo.

—Entonces, me contendré.

—Bien. Sin embargo, cuanto más me alejaba de la casa, de todos vosotros, más deseos de sangre sentía. Hubo un momento, más de un momento en realidad, en que estuve a punto de cambiar, de tomar lo que me ofrecía. Era un poder inmenso, enorme, tentador y pasmoso.

—Pero no lo hiciste.

—No.

—¿Por qué?

—Porque mi amor por mí misma era mayor, y mi amor por ti también. Y yo... esto suena tonto.

—Dilo de todas formas.

—Porque mi deseo de justicia era mayor.

Sano le puso las manos sobre los hombros y le besó en la frente. Después tomó su mano vendada y también la besó.

—Dije que habías estado magnífica. Eso tam­bién es bastante aproximado. Había una luz ardiendo dentro de ti, que nada podía apagar. Y aho­ra... eres exactamente la chica que yo quiero.

—Tu chica —Megumi soltó un bufido—. ¡Por favor!

—Eres mía —insistió Sano, que hizo lo que de­seaba desde que la viera empuñando una espada reluciente. La levantó del suelo y la abrazó tan fuerte que casi la aplastó, mientras su boca buscaba la suya—. Cásate conmigo y vivamos juntos en la casa al borde del mar.

—¡Dios mío, Sano! Te amo, y eso es lo mejor de todo, mejor que cualquier otra cosa. ¡Demonios, cabeza de gallo! Es todo —casi gritó echando la cabeza hacia atrás.

—Y es sólo el principio.

Mientras Sano le acariciaba el pelo, Megumi apo­yó la cabeza en su hombro; sus labios se curvaron en una sonrisa cuando pensó que una mente bri­llante, un cuerpo fuerte y ese corazón generoso eran todos suyos.

—Cuando tuve el poder dentro de mí, me sen­tí invencible, extraordinariamente bien. Era como si corriera por mis venas oro molido. ¿Sabes cómo me siento ahora? —preguntó.

—¿Cómo?

—Todavía mejor.

Una vez más, Megumi alzó el rostro hacia él pa­ra que sus labios se encontraran de nuevo. El sonido del mar a lo lejos era como el latido regular de un corazón y la luna blanca, en lo alto, surcaba el cielo. A su alrededor la noche vibraba con los ecos de la magia.

Y eso era suficiente para ellos.

Fin...


Yaps... esto fue todo de este fics... Espero sus comentarios y no se peirdan la ultima parte de esat trilogia ke se llama Afrontar el Fuego.. donde se vera la historia de Kenshin y Kaoru.. y creanme cuando yo estaba escribiendo keria matar a kenshin... no pudo ser mas menso... GRacias a todas las chicas ke a lo largo de esta historia han dejado sus comentarios, realmente se les agradece un millon...

Yaps... Lean la nueva historia... y dejen sus reviews en este y en el proximo...

hasta prontooo

Matta nee