Vuela libre Parte 2
0o0o0o0o0o0
-Come un poco, Peeta le imploró Sae de nuevo; no sabía cuántas veces había repetido esas cuatro palabras en los dos últimos días. Desde ayer a las siete de la mañana, hora en la que su madre había muerto, apenas había sido consciente de nada. No sabía cuantas manos y abrazos, que le daban pésames y palabras de consuelo y aliento, había estrechado en esos dos días.
Había aguantado de manera estoica el velatorio, sin separarse un solo milímetro del cuerpo inerte de su madre, y su posterior funeral y entierro esa misma mañana; Sae y él, abrazados, habían despedido a uno de sus seres más queridos. Separados tan sólo unos pasos Clove y Plutarch, al que todavía no había visto derramar una lágrima, ni el momento en que el corazón de su madre se paró ni en el amargo trance del entierro.
Todo había pasado, su madre se había ido... pero sus palabras todavía seguían resonando en su mente, una y otra vez; a pesar de su promesa de que encontraría y cuidaría ese amor, él sabía lo imposible que era... sus sentimientos y su alma sólo reconocían a una joven que él conocía a la perfección... y que gracias a las estúpidas ideologías y pensamientos de una pandilla de locos exaltados, había perdido para siempre. Su felicidad jamás sería posible, y él cargaría con esa pena y culpa toda su vida... tenía lo que se merecía, ni más ni menos.
-No te preocupes, Sae le dio un pequeño golpecito en la mano -¿Clove se ha acostado?- inquirió.
-Estaba agotada- el joven asintió; por muy sobrina de Plutarch que fuera,Clove quería muchísimo a Kate... si tan sólo pudiera confiar en ella, contarle el dilema que tenía... pero estaba claro que no podía confiar en nadie, y no quería preocupar a Sae, bastante tenían encima en esos tristes momentos.
-¿Qué vas a hacer, te vas a ir?- le preguntó el joven, con pena; sabía que una vez que su madre se marchara, Sae también lo haría. Él mismo no veía la hora de abandonar esa casa, que nunca fue su hogar.
-Me voy a Inglaterra, con mi hermano y mi cuñada- le dijo la buena mujer, tomando asiento a su lado -tú no estás en casa, y ya sin...- las inacabables lágrimas volvieron a los ojos cansados de la mujer; su hermano y su cuñado vivían en Trent, una pequeña población situada en el condado de Lincolnshire, a cuatro horas de Londres. Era un pueblo pequeño, de apenas ochocientos habitantes, dedicado a la ganadería y a la agricultura.
-No te preocupes, Sae; lo comprendo- le tranquilizó éste, apretando su mano con cariño -espérame un momento- se levantó, saliendo con paso firme de la cocina.
La buena mujer esperó pacientemente, hasta que el joven regresó con un sobre en sus manos; con el ceño fruncido, le interrogó con la mirada.
-Es una pequeña ayuda, para el viaje- le reveló; Sae iba a chistar, pero el joven la acalló -es de la herencia de mi padre, no de Plutarch- le aclaró, cosa que relajó a la mujer -también quiero que tengas ésto- murmuró con voz contenida, dejando el collar de perlas de su madre en la palma de su mano, junto con los anillos de boda de sus padres. La boca de la mujer se abrió, debido a la impresión.
-No puedo aceptarlo, Peeta...- contestó ella, tendiéndoselos de vuelta, pero éste cerró los dedos de la mujer en torno a las pequeñas joyas.
-Prefiero que estén contigo, a que Plutarch las venda... o ponga ese collar en el cuello de alguna de sus amantes- siseó rabioso; las deudas de su padrastro, debido al juego y a sus vicios, eran de sobra conocidas. Esa misma mañana, después de enterrar a su madre, se había ido en un coche con Snow y todavía no había regresado a casa. De seguro estaría ahogando sus penas en el alcohol, y en compañía de alguna de sus queridas.
-Gracias, hijo- le agradeció Sae, comprendiendo sus motivos -yo las guardaré hasta que me las pidas-.
-No Sae; el collar es para ti... para que tengas un recuerdo de ella- ambos se abrazaron con cariño, sin decir una palabra más. Permanecieron así varios minutos, hasta que el joven volvió a hablar.
-Escríbeme a Ravensbrück, por favor; quiero saber de ti- le pidió.
-Todas las semanas- le aseguró ésta -me gustaría que me visitaras alguna vez, cuando todo ésto termine- le dijo, aludiendo a la guerra.
-Lo haré- le aseguró éste, abrazándola de nuevo. Mañana él mismo la llevaría a Breverhamen, para tomar el barco rumbo a Inglaterra.
Esa noche en la cama, apenas pudo conciliar el sueño... todas las personas que más quería le abandonaban; pero comprendía Sae y que no quisiera quedarse en esa casa, con Plutarch. Por fin, pudo llorar en silencio, descargando así todo el dolor acumulado desde que llegó.
0o0o0o0o0o0
La casa estaba sumida en un inquietante silencio; hacía tan sólo un día que, con lágrimas en los ojos, había despedido a Sae en el puerto de Berverhamen. Clove estaba en su habitación, preparando el equipaje, ya que ahora su prioridad era volver a Ravensbrück lo más rápido que pudiera. Su prima postiza pensó que quería sumergirse en el trabajo para no pensar en la muerte de su madre... y en parte tenía razón. Pero lo que la sargento Ketwell no sabía era la necesidad apremiante que tenía de ver a Katniss, y saber que no le había pasado nada.
Aunque había dejado a cargo a un nuevo oficial, que se había incorporado al campo hacía tan sólo un mes, había demostrado que tenía más sentido común que el sargento Hadley... pero no terminaba de estar tranquilo en absoluto. Las últimas palabras de su madre seguían impresas en su mente y en su alma... sabía lo que tenía que hacer.
Miró impaciente hacia el final del pasillo, dónde se encontraba la habitación de Clove; su pequeña maleta de la ida había sido sustituida por otras dos de mayor tamaño, junto con una pequeña caja. Sus escasas pertenecías estaban ahí, incluyendo alguna de las joyas de su madre, las que su verdadero padre le regaló hace años, sólo faltaban las que había dado a Sae y el camafeo antiguo que le había regalado a Clove hace un rato. Puede que entre ambos no hubiera una estrecha relación, pero había querido mucho a su madre, y eso le bastaba.
Un golpe en la puerta hizo que se sobresaltara. Al abrir, se encontró con la sonrisa amable de Bernard, el portero.
-Buenas tardes Peeta- le saludó con amabilidad y una sonrisa sincera -el coche está esperando- le informó.
-Gracias- contestó el joven; el hombre cogió las dos maletas para bajarlas, pero antes de bajar las escaleras, se volvió de nuevo al joven -buena suerte, joven Peeta- le deseó; sabía de sobra que una vez muriera la señora Heavensbee, su hijo no regresaría a esa casa.
-Buena suerte, Bernard- se despidió de él, antes de que el hombre se encaminara a las escaleras y bajara el primer peldaño. No sabía que haría una vez dejara Ravensbrück, no tenía una casa en propiedad... pero era lo que menos le importaba en ese instante.
-¡Clove, el coche espera!- le previno, alzando ligeramente el tono de voz.
-¡Ahora mismo voy!- contestó ella desde su habitación.
Resoplando impaciente, se paseó de un lado a otro de la habitación; su prima postiza seguía teniendo allí su casa, gracias a su querido tío Plutarch, así que no entendía por qué tardaba tanto. Miró nervioso su reloj; eran casi las siete de la tarde, y quería llegar al campo a la hora de la cena. No se le quitarían los nervios hasta que no comprobara con sus propios ojos que Katniss estaba bien.
-¿Ni siquiera pensabas despedirte?- aquella voz que tanto odiaba hizo que se girara sobresaltado. Plutarch estaba allí, plantado ante él, con Snow a su lado. El capitán italiano carraspeó una disculpa, para perderse en el despacho de Plutarch y dejarlos a solas.
-Debo volver al campo- se explicó el joven, de manera escueta.
-El recto y moralista teniente Mellark – se burló éste, con crueldad -¿vas a imponer la disciplina a tus propios compañeros?- el joven rechinó los dientes; estaba claro que con Plutarch en el ministerio, sabría del informe que había enviado por el asunto de Cato Hadley.
-Sólo cumplo con mi deber- le dijo, lentamente y en voz baja.
-Demasiado sentimental, al igual que lo era tu madre- la rabia subió a los ojos del joven, encarándose con él.
-Demasiado corazón tenía; por eso aguantó tanto a tu lado- le echó en cara - a pesar de todo, te quería-.
-No se te ocurra levantarme la voz- los ojos de Plutarch destilaban odio puro; nunca pudo penetrar en la coraza de ese chiquillo, ya que la sombra de su adorado y muerto padre seguía presente. Ni siquiera cuando Peeta ingresó en la academia militar, para seguir sus pasos, sintió ese orgullo de padre... nada le ataba a él.
-Hace dos días enterramos a mi madre; y es la primera vez que apareces por casa desde entonces- le acusó -¿cuánto tardarás en meter aquí a tus putas?- preguntó sarcástico. Las aletas de la afilada nariz de Plutarch Heavensbee se movían, gesto de furia incontrolable; sus ojos escudriñaron al hijo de su finada esposa con un cúmulo de sentimientos, ninguno de ellos bueno.
-Sal de mi casa- le amenazó -y no se te ocurra volver por aquí-.
-Con mucho gusto- respondió entre dientes; justo en ese momento Clove salía por la puerta de su habitación. Ella tampoco aprobaba el comportamiento de su tío, y el que no hubiera aparecido desde que enterraron a Kate la había enfadado considerablemente.
-Estoy lista- le informó, seria y temerosa de que el encontronazo fuera a más.
-Cuídate hija- se despidió su tío de ella.
Peeta no pronunció una sola palabra más; salió de esa casa sin mirar atrás. Sae ya no estaba; a pesar del dolor de su corazón, su madre por fin había descansado, y ahora mismo estaría volando para encontrarse con su padre...le importaba un comino Plutarch Heavensbee, y si no le volvía a ver, mejor para él. Llevaba días dándole vueltas a las palabras de su madre... y sabía lo que tenía que hacer a partir de ahora.
0o0o0o0o0o0
Los ojos de la joven Katniss Everdeen no cesaban de mirar y de buscar, de manera disimulada, al teniente Mellark por todos los lados; pero sus intentos no daban resultado alguno, ya que desde hacía aproximadamente una semana había desaparecido de la faz de la tierra.
Estaba tan confusa... la actitud de Peeta dejaba entrever que quería ayudarla, y quizá a sus compañeras; cuando, después de meditarlo una y mil veces, había decidido responder a todas sus preguntas.
Quizá fueran imaginaciones suyas, pero el campo sin la presencia de Peeta parecía mucho más descontrolado. Los oficiales las vigilaban mientras trabajaban, y en la mayoría de las veces ese escrutinio venía acompañado de comentarios soeces y crueles. Ella misma tuvo que reprimir las lágrimas hace sólo un par de días, cuando el sargento Hadley hizo un comentario acerca de lo obediente y sumisa que el podría hacer que fuera en el aspecto íntimo; comentario que había sido coreado con las risas de las oficiales femeninas.
Madge y Annie no habían vuelto a ser llamadas, pero la crueldad con los castigos era ahora más patente que nunca. Prim, la dulce e indefensa hermana de la desdichada Maggs, estaba gravemente enferma debido a la desnutrición que las consumía... pero cuando informaron a la oficial Enobaria, la rubia mujer se encogió de hombros, dándole a entender que la tumbaran en el jergón del barracón y que la dejaran ahí, tirada y sola. Katniss y la demás le llevaban comida, y se intentaban turnar para no dejarla sola un minuto, aunque se jugaran un castigo por desatender sus obligaciones un rato.
Allí se encontraba ahora mismo, ya que la supervisora había dado por terminada la jornada de limpieza, y todavía quedaba una hora para la cena. Decidió salir para refrescar los paños que Johanna y Lisell habían traído de la sala de costura, para ponérselos en la frente e intentar aplacar la fiebre; detrás de su barracón, que estaba alejado del resto, había un pequeño riachuelo.
Sería más fácil si pudiera ir a la fuente dónde se lavaban, pero cómo tenían restringido su uso tuvo que conformarse con el sucio riachuelo; buscó una zona dónde el agua fuera más clara, y por fin pudo enfriar y limpiar los trozos de tela; también aprovechó para dejar sus manos uno segundos; el escozor y las ampollas las tenían prácticamente en carne viva, y eso pareció aliviar un poco la molestia. Volvió con paso apresurado, pero justo cuándo estaba por entrar al interior, un brazo fuerte y musculoso le cortó el paso.
-Vaya, vaya... ¿qué haces aquí, 3658?- le interrogó el sargento Hadley, con una sonrisa burlona surcando su rostro -¿ya estás cansada de trabajar?- Katniss tragó en seco, sin poder contener el temblor que recorría todo su cuerpo.
-La superv... supervisora me ha dicho que había term... terminado por hoy- tartamudeó nerviosa; no se había dado cuenta de que los paños se le habían caído al suelo. Cato seguía sonriendo, socarrón e prepotente, mientras negaba con la cabeza.
-Dado que ya has terminado tus tareas, y que no estás cansada... vamos a divertirnos un poco- sin que a la joven le diese tiempo a pestañear, la tomó de manera brusca del brazo, arrastrándola hasta una de las paredes laterales del barracón.
Katniss sollozaba, implorando que no la hiciera daño; pero el sargento Hadley no la escuchaba; hizo un gesto con la cabeza al oficial que pasaba por allí, instándole a que se marchara, cosa que éste hizo con toda tranquilidad y sin inmutarse por la situación.
La espalda de Katniss rebotó contra la pared, debido al empujón que le dio; inmediatamente después de eso, el robusto cuerpo de Cato se pegó al suyo, y sintió nauseas al notar sus manazas apresar sus pechos de manera poco delicada.
-Por favor... no...- rogaba, con las lágrimas cayéndole por las mejillas.
-Te tenía ganas hace mucho tiempo, pequeña zorra judía- murmuró Cato con un tono de voz bajo y amenazante.
-¡No!- gritó, haciendo un esfuerzo inútil por intentar quitárselo de encima. La respuesta del sargento fue una sonora y fuerte bofetada, que hizo que su labio inferior empezara a sangrar.
-Ahora tendrás tu merecido- Katniss vio con horror cómo las manos del hombre iban directamente a la cremallera de sus pantalones; pero sus ojos se abrieron, debido a la sorpresa. Una pistola apuntaba directamente a la nuca del sargento Hadley... y a una voz que no esperaba volver a oír hizo que su corazón se paralizara.
-Suéltala-.
Los ojos de Peeta Mellark destilaban rabia pura, y la vena de su cuello parecía que iba a explotar... pero no titubeó en el momento de sacar su revólver y apuntar al indeseable de Cato Hadley.
Las palabras de su madre habían hecho que esa venda que ocultaba sus sentimientos se terminara de caer; basta de ideologías absurdas, basta de matar a gente inocente... ya le habían abandonado todas las personas que adoraba; y aunque sabía que nunca podría recuperar el amor de su Katniss se conformaría con amarla en silencio... y sobre todo, tenía que pensar una manera de sacarla de allí..
Ay ay ay la cosa se pone tensa, Peeta como siempre apareció en el momento justo, antes de que el indeseable de Cato la sometiera a él, a caso no aman a Peeta❤❤❤❤. En fin, ya veremos si todo esto supone un acercamiento entre ellos o por el contrario aunque la hayan salvado todo sigue igual.
¿Pregunta: Creen que en algún momento Plutarch amó a su mujer?
Aviso: esta semana seguramente ni actualice de mis otras historias.
Gracias y hasta la semana que viene
Se quejarán hoy capítulo extra- largo y con un día de adelanto, si esto de adaptar cada día es mejor.
