Draco y los tres amigos Gryffindor se aparecieron en el centro mismo de la habitación una fracción de segundo después de que el hechizo hubiera sido pronunciado. Vieron el rayo verde impactar sobre su objetivo, vieron el cuerpo dando su último estertor antes de que se le fuera la vida. El enmascarado no tardó ni un momento de más en dar una vuelta sobre sí mismo y desaparecer dejándolo todo atrás, sabiendo que había dado en el blanco y que se había llevado consigo mucho más de lo que había planeado, sintiéndose satisfecho y desgraciado a un mismo tiempo. El joven Slytherin dio un paso hacia la cama, pálido como la muerte misma y con un fuerte nudo en la garganta. Los negros ojos de Pansy estaban clavados en los suyos con espanto.
Capítulo 21: Absolución y Salvación
El cuerpo de Blaise Zabini dio una vuelta grotesca antes de caer pesadamente en el suelo, resbalando de la cama donde se había estado apoyando momentos antes de recibir el maleficio asesino en mitad del pecho. Los presentes estaban tan estupefactos con su presencia y su muerte repentina y aparentemente injustificada, que por un momento ni siquiera atinaron a respirar. La más afectada con todo aquello, definitivamente era Pansy, quien había abierto los ojos como platos y observaba al cadáver con profunda y sincera sorpresa, aunque sus pupilas todavía brillaran con esa luz repulsiva de quien está siendo atacado y humillado. Si bien no estaba preparada para caer en brazos de la muerte cuando vio la dirección de la varita de Rabastan, tampoco lo estaba para resultar ilesa. Le tomó un buen rato comprender que su captor había sido en ese momento también su salvador.
Saliendo del letargo que le había ocasionado la sorpresa, Draco se agachó rápidamente sobre ella y la rodeó por la cintura, poniéndola de pie sin esfuerzo. La miró a los ojos largamente, sin decir nada, con una expresión indescifrable en sus grises pupilas cargadas de sentimiento. Nunca la había mirado así, y ella se sintió sobrecogida, incapaz de articular una palabra mientras él elevaba una mano temblorosa hacia su mejilla y la presionaba levemente, como queriendo corroborar que aquello no era una visión o un fantasma, que la mujer que tenía frente a sus ojos era tan real como todo lo demás. El alivio se reflejó en sus ojos cuando sus dedos fríos hicieron tacto con el rostro surcado de lágrimas de ella, y entonces Pansy hubiera querido lograr una sonrisa tranquilizadora, pero él la sorprendió nuevamente abrazándola por la cintura con ambos brazos con una fuerza inusitada y poderosa. Tuvo que contener un sollozo: después de cuarenta y ocho horas de dolor y desolación, la tranquilidad de yacer nuevamente en aquellos fuertes brazos conocidos era aplastante. Ambos respiraban agitadamente, demasiado aturdidos como para comprender que a su lado, tres pares de ojos los miraban entre la sorpresa y la compasión. Sólo Draco había bajado la varita, puesto que los demás pensaban que todo había resultado demasiado fácil como para dejar la precaución en un momento como ese.
-Estoy bien. –susurró ella en su oído cuando pudo sacar la voz. El joven todavía la tenía fuertemente aferrada a su cuerpo, la nariz hundida en su cabello desordenado y sucio como si aspirar su aroma fuera parte del éxtasis de saberla con vida. Cuando comprendió el significado de aquellas dos palabras se separó suavemente de ella para mirarla de arriba abajo, intentando corroborarlo. Sus ojos se detuvieron en la mancha oscura de sangre seca en la camisa, a la altura del pecho, donde podía vislumbrarse la herida todavía abierta de un maleficio imperdonable.
-Estás herida… -en ese momento notó las amarras que ella tenía en las manos y a la altura de los tobillos y sacó la varita para deshacerlas con un movimiento rápido. Ella se frotó las muñecas y se lo agradeció con una mirada que retuvo por un momento que pareció eterno. Apenas necesitaban hablarse, porque podían leer en los ojos del otro todo aquello que había para decir. El corto lapso de silencio casi tangible se vio interrumpido por Harry, que se adelantó un paso hasta ellos e intentó sonreírles, aunque no le resultaba fácil ocultar el desconcierto que lo embargaba en esos momentos.
-¿Cómo te encuentras?
-Podría ser peor.
Draco no le había soltado los brazos a Pansy, como si creyera que podía deshacerse en ese mismo momento o escabullirse como arena entre los dedos. Pero ella se mostraba firme y excepto por las heridas de los hechizos con los que la habían torturado, parecía sana y salva. Giró la cabeza para observar el cuerpo de Blaise y tuvo que contener una mueca de asco. Sus pupilas repentinamente brillaban de triunfo.
-No podemos dejarlo aquí… -musitó Hermione en ese momento, que también se había acercado hasta ellos y había seguido la línea de la mirada de Pansy. Había visto la muerte otras veces durante la guerra, pero aquello pareció impactarla muchísimo, porque una fina capa de sudor frío le cubría la frente y estaba visiblemente pálida. Carraspeó, para sacar la voz que se le había ido tras pronunciar aquellas palabras, y añadió: -Será mejor que nos vayamos de aquí, no sabemos si podría venir alguien más.
-No tengo mi varita. –señaló rápidamente la Slytherin. Aquello no fue un problema para Hermione, que apuntó al pasillo a través de la puerta abierta, arrancada de sus goznes por Rabastan, y con un hechizo no verbal la atrajo hasta la habitación para tendérsela a la mano.
-Vamos al cuartel de la Orden. –dijo Harry en ese momento mirando a Draco, que asintió levemente con la cabeza. Pansy lo miró con expresión de duda y el moreno agregó: -A mi casa.
No hubo necesidad de que dijeran nada, porque Draco había apresado con más fuerza el brazo de Pansy para guiarla en la desaparición hacia el número 12 de Grimmauld Place. Ron se había encargado de agarrar por la túnica el cuerpo inerte de Zabini, no sin cierta expresión de disgusto, y una vez en la mansión, entre él y Harry lo arrastraron lejos de la vista de las chicas, que de todos modos no le habían prestado demasiada atención. Hermione se había vuelto a acercar hasta Pansy y le examinaba la herida con detenimiento.
-Túmbate. –ordenó suavemente, señalándole un sillón. Draco, que seguía reacio a soltarla, la ayudó a recostarse y ella se permitió apoyar la cabeza en su regazo mientras él le acariciaba la mejilla de manera casi imperceptible. Hermione examinó la herida por encima de la camiseta con detenimiento, intentando verificar que no estuviera infectada y que no fuera demasiado profunda, y luego hizo aparecer un maletín con los instrumentos médicos para corroborar que todo estuviera bien. Mientras oían a Harry y Ron discutiendo por lo bajo en el vestíbulo el destino final del cadáver de Zabini y Hermione auscultaba y medía la presión de Pansy, ambos Slytherin hablaban en susurros, pegados el uno al otro sin intenciones de separarse.
-Cuéntamelo todo, por favor. Dime qué te hicieron. –suplicó él sin quitar la vista de sus ojos húmedos y enrojecidos por el llanto.
-Estoy bien Draco, sólo son heridas superficiales. No me han hecho daño. –mintió ella, intentando sonar segura. Toda la valentía y el orgullo que habían desaparecido en aquellas interminables horas de secuestro habían vuelto a su semblante en cuanto se sintió a salvo nuevamente. –Aún no comprendo qué fue lo que pasó…
-No pienses en eso ahora. –interrumpió suavemente con voz tranquilizadora, casi como un arrullo. –Yo tampoco acabo de comprenderlo, pero te contaré todo lo que sé más tarde. Necesitas descansar.
-Tienes un aspecto horrible. –puntualizó ella, señalando con la mano que Hermione le había dejado libre las profundas ojeras que enmarcaban los ojos del joven y su aspecto mortalmente pálido.
-Tú no estás mucho mejor que yo. –replicó él alzando las cejas al tiempo que echaba una mirada rápida a la herida más profunda. Ella intentó esbozar una sonrisa, pero sólo consiguió una mueca que no lo tranquilizó. Intentó incorporarse, todavía sentada, pero se vio impedida por la propia Hermione, que ahora la miraba con aspecto increíblemente severo y le había apoyado una mano fuerte en el hombro.
-Será mejor que te quedes recostada, Pansy, tu presión sanguínea es muy alta.
En ese momento Harry volvió a entrar en el salón, con el cabello más desordenado que de costumbre y una capa de sudor en la frente a causa del esfuerzo. Se acercó hasta ellos, y aprovechando la distracción, Pansy se incorporó bruscamente. Haciendo caso omiso al mareo repentino que la embistió con aquel movimiento, miró al moreno directamente a la cara y preguntó:
-¿Qué sucederá con él?
La pregunta era indirecta, pero todos supieron en seguida a qué se refería. Su semblante se había endurecido de manera repentina y aunque no parecía mostrar signos de debilidad, su voz había sonado ronca, cargada de una furia contenida. Los demás creyeron comprender a qué venía aquella actitud, aunque no conocieran los detalles. Harry intentó ser sincero con ella.
-Lo hemos llevado al ministerio y ellos sabrán lo que hacer. –se puso en cuclillas frente a ella mientras Ron cruzaba la puerta que separaba el vestíbulo de donde ellos estaban y se dejaba caer pesadamente junto a Hermione, sin apartar los ojos de la Slytherin. –Mira, el asunto está complicado. Es muy poco lo que sabemos de las personas que te secuestraron y nos hemos llevado una verdadera sorpresa al encontrarnos con… esto. Tenemos que indagar en la cuestión, aún quedan muchas cosas por resolver. Necesito que me cuentes todo lo que viste. ¿Qué fue lo que sucedió?
Pansy inspiró pesadamente intentando ordenar los sucesos en su cabeza e iba a abrir la boca para comenzar hablar cuando Hermione la interrumpió, alzando la mano y mirando a su amigo significativamente.
-No es momento de indagaciones, Harry. Pansy está un poco débil y necesita descanso y medicación. Será mejor que le demos una tregua hasta que se reponga. Tal vez podríamos llevarla a San Mungo y…
-¡No! –exclamó la aludida, repentinamente nerviosa. –No, por favor, no, no quiero ir ahí, no quiero estar sola…
-No estarás sola. –reprochó Draco. –Estaré contigo.
-Draco por favor, no me hagas esto, no quiero ir a ese lugar –suplicó ella al borde de la histeria. Los demás se sorprendieron de su actitud, pero no dijeron nada. –Puedo quedarme en el apartamento, no me moveré de ahí…
-Ni sueñes. Es demasiado peligroso que estés ahí.
-Es demasiado peligroso para ambos. –les interrumpió Harry, hablando en un tono más alto para hacerse escuchar. –Será mejor que se queden aquí por un tiempo, al menos hasta que sea seguro. En la planta alta hay varios dormitorios inutilizados, y aquí estarán protegidos. Pansy, si no quieres ir a San Mungo, al menos quédate aquí en reposo hasta que te recompongas.
Ella asintió en silencio y permitió que Draco la ayudara a incorporarse. Aunque se tambaleaba un poco, logró subir las escaleras rumbo a una de las habitaciones, ambos seguidos de cerca por Hermione y su maletín de sanador. Ante las protestas del joven rubio, ambas se encerraron en el cuarto por un rato muy largo mientras la Gryffindor le curaba las heridas y él se paseaba por el corredor de un lado a otro como si se tratase de una sala de espera. Tenía un mal presentimiento y no sabía a qué se debía.
-Hermione, necesito ser honesta contigo. Por favor no se lo digas a Draco. –dijo Pansy en un susurro cuando estuvieron por fin a solas, espiando la puerta por si alguien osaba entrar. La castaña levantó la mirada del corte en el pecho que había estado sanando y la observó con las cejas alzadas mientras ella comenzaba a relatarle, sin quebrar la voz, pero en un suave murmullo, lo que había acontecido con Zabini. Omitiendo los detalles y sin siquiera mencionar la intervención del otro no-mortífago, le dijo la verdad sin poder evitar que en su voz se distinguiera un rastro de rencor y asco. Hermione escuchaba, entre sorprendida y horrorizada, tapándose la boca con una mano pero sin interrumpir. Pansy le hizo jurar que no diría nada al respecto, porque conocía el temperamento de Draco y sabía que se sentiría humillado y sobrecogido hasta la médula, aún a pesar de que el asunto ya no tenía remedio. Poniéndose en el lugar confidencial y privado del círculo de médicos magos, Hermione la tranquilizó asegurando que cumpliría con su promesa.
-Me alegra que me lo hayas dicho, Pansy, es un asunto delicado. –suspiró finalmente, mirándola con seriedad, todavía sosteniendo la gasa embebida en poción cicatrizante. –Pero esto me obliga a rogarte que asistas a San Mungo en cuanto te recuperes un poco. Necesitas hacerte un chequeo… por cualquier cosa, ¿comprendes?
-Lo haré. Es sólo que no quiero que me encierren en una habitación de hospital… creo que me ha dado claustrofobia. Pero estaré bien –aseguró ella, como si hablara para sí misma, aunque una nota de inseguridad se discurrió en su voz ante la sola mención de asistir al hospital. Se estaba sintiendo repentinamente débil y cansada. El peso de todo lo que había pasado comenzaba a caer sobre ella como un manto de oscuridad, la tranquilidad que había aparentado hasta ese momento era una forzada máscara para no preocupar a los demás, sobre todo a Draco. Permitió que Hermione le acomodara las almohadas tras la espalda para recostarse y que le diera una poción revitalizante y otra para dormir sin sueños. Luego la castaña se marchó y dejó pasar a Draco, que en seguida se sentó a su lado interrogándola con la mirada fija en sus ojos negros. Seguía pálido y algo demacrado, no podía discernir fácilmente quién de los dos estaba peor. Ella hizo un esfuerzo por esbozar una sonrisa tranquilizadora y apoyó su mano sobre la de él, que en seguida la tomó entre las suyas y la alzó hasta su rostro para sentir su tacto delicado en la mejilla. Pansy lo observaba con los ojos entrecerrados por la duermevela inducida que la arrastraba lentamente al sueño, intentando gesticular alguna palabra de aliento. Él comprendió sus intenciones y la acalló con un beso suave sobre sus labios amoratados por uno de los golpes recibidos.
-No digas nada, duérmete; lo necesitas.
-Quédate conmigo, por favor no te vayas…
-No lo haré. No volveré a dejarte ir. –aseguró, con la voz quebrada por el remordimiento. Se sentía tremendamente responsable. Él creía que el secuestro había sucedido por su culpa, porque la había dejado sola para asistir a la mansión Greengrass y porque todo se debía a la implicación que ella tenía con la causa de sus padres. Se aproximó más a ella, apoyando el mentón en la almohada para estar cerca de su rostro y sentir el calor de su aliento. Notaba cómo la respiración de ella se iba acompasando, atenuando cada vez más hasta alcanzar un ritmo constante al tiempo que cerraba los ojos y ladeaba la cabeza hacia un lado, quedando a tan sólo un dedo de distancia de su rostro. Antes de caer en la tranquila e inocente inconciencia del sueño, sintió el beso suave que él depositaba en su frente y creyó escuchar un susurro ahogado que no recordaría cuando despertase.
-Te quiero tanto…
Sentado en una silla frente al escritorio, con piernas y brazos cruzados fuertemente, sacando a la luz su instinto de autoprotección, observaba fijamente a Greengrass ir y venir de un lado a otro del despacho, escrutando el exterior por el ventanal abierto. Era casi mediodía y nada lo ponía más nervioso que la presencia de ese hombre a su lado, caminando con alterada energía sin dirigirle la palabra y sin siquiera mirarlo a la cara. Las cosas se estaban poniendo peor de lo que había imaginado, pero no sentía ningún remordimiento. Su conciencia estaba tranquila: había hecho las cosas bien.
Greengrass dio una vuelta entera a la habitación tocando con la varita distraídamente todos los objetos a su paso, que brillaban, se agitaban un poco y volvían al lugar. Volvió a acercarse a la ventana abierta y se sobresaltó al ver a la lechuza volar directamente hacia él a unos cuarenta metros de distancia, desde el este. Se hizo a un lado con brusquedad y Rabastan alzó una ceja sin perder ni por un instante su expresión impasible mientras el animal cruzaba el espacio entre ellos, dejaba caer una carta sobre la mesa de madera pulida, y se marchaba nuevamente sin plegar las alas para tomar un descanso. Greengrass tomó el pergamino y lo rasgó descuidadamente. Rabastan pudo ver que la misiva era breve y concisa, los ojos de su compañero bailaban sobre las palabras velozmente, una, dos, tres veces. Casi podía adivinar los mecanismos de su mente a través de su ancha frente pálida fruncida en un ceño cada vez más pronunciado, pero no le interrumpió. No tenía planeado interrumpir, por lo que esperó pacientemente hasta que Greengrass recordó su presencia allí. Entonces lo miró fijamente y carraspeó antes de hablar:
-No están muy de acuerdo con lo que hiciste, Rabastan, como podrás imaginar. –el aludido asintió y esbozó una ligera sonrisa en la comisura de sus labios, casi con altanería. No estaba haciendo grandes esfuerzos ahora por mantenerse tranquilo. Greengrass alzó ambas cejas con incredulidad y preguntó: -¿Cómo vas a explicarles esto?
-Oh, no creo que le deba explicaciones a nadie… -el tono de su voz sonaba casual mientras descruzaba los brazos, situándolos sobre el escritorio para tener mayor comodidad mientras hablaba. –Zabini no era más que un iniciado, un novato que no tenía nada para ofrecerles y actuaba por instinto de venganza.
-Claro… –asintió el otro, pensativo –pero no es por eso que están exaltados ahora. ¿Es que acaso no ves el peligro al que los expusiste dejando a la chica viva?
Rabastan dejó fluir una carcajada jocosa antes de responder con la misma naturalidad, sin perder la sonrisa:
-No hay peligro para mí, Sander. Ella no sabe nada de nadie, y el muchacho tampoco. –reflexionó un instante, tomando nota de las reacciones en el rostro casi desencajado de su compañero, dándose cuenta de que hacía grandes esfuerzos para mostrarse tan tranquilo como él lo estaba. –No voy a volver, si es eso lo que te estás preguntando. No me interesan sus objetivos.
-Trabajas para ellos desde hace años…
-Estás equivocado. Yo trabajaba con ellos, no para ellos. La idea era mantenerme oculto. Y las cosas no están resultando así últimamente. Nunca firmé un contrato con ellos; de modo que los abandono, Greengrass. Están exponiéndose demasiado para mi gusto. Voy a seguir mi propio camino.
Lysander Greengrass suspiró abiertamente y se sentó en su butaca con pesadez, apretándose el puente de la nariz con dos dedos de una mano.
-Está bien, comprendo tu posición. –concedió finalmente, después de unos minutos de silencio en los que Rabastan se distrajo observando el cielo azul, tan claro como sus propios pensamientos. –Pero quisiera que me lo expliques a mí. ¿Por qué no la mataste?
Aquella pregunta tenía muchas respuestas, pero Rabastan sólo iba a dar una.
-Inocente. Ella es inocente. Sólo una jovencita, si te pones a pensar. Tiene la edad de tu hija.
Lysander sabía que aquello no era una excusa. En épocas anteriores, Rabastan había torturado y asesinado a sangre fría a personas incluso más jóvenes que ella. Pero no quiso repreguntar, porque sabía que no obtendría una respuesta mejor que esa. Y no le interesaba tampoco.
-Ellos no se van a cansar de esto, Lestrange. –dijo fríamente, inclinando hacia un lado la cabeza, como si le pesaran los pensamientos. –No se van a cansar… Van a buscarla otra vez hasta estar seguros de que no dirá nada.
Rabastan alzó las cejas y lo comprendió todo. Hasta entonces, no comprendía el por qué de la preocupación. Pero el punto clave no estaba en él, en el hecho de que la hubiera dejado con vida, en su propia seguridad. El punto clave estaba en la desesperación que Greengrass tenía para que se llevara a cabo el juicio de los Malfoy lo antes posible. Frunció el entrecejo, pensando en aquella vieja historia. Él conocía sus razones, veía todos sus motivos, alcanzaba a comprenderlos. Pero no se sentía bien con ello, hubiera preferido no saber. Recordó el rostro de Pansy con exactitud, la fe que ella tenía en que Draco Malfoy la rescatara. ¿Sabía él la verdad? ¿Alguien se lo había dicho en algún momento, o seguían las cosas tan ocultas como siempre?
Pensándolo bien, creyó que a Greengrass no le convenía que ella siguiera con vida. Le daba igual matarla o no matarla; para él era sólo un inconveniente, un obstáculo más en el camino, que podía hacerse a un lado sin gran esfuerzo. Hasta ese momento no había comprendido la importancia vital de ese obstáculo, algo que Rabastan sí veía. Sonrió de medio lado, incluso sorprendido por la ingenuidad de Lysander. El objetivo final estaba para él cada vez más cerca, pero Rabastan sabía que aquella meta presentaba más dificultades que los que aquel hombre imaginaba.
Todavía estaban cada uno cavilando en sus pensamientos, compartiendo esos momentos de silencio casi como si se tratase de íntimos amigos cuando la puerta del despacho de la mansión Greengrass se abrió calladamente dando paso a una mujer alta, esbelta y muy hermosa. El sol de mediodía le iluminaba la piel dándole un aspecto etéreo y sumamente frágil, aunque no había ni un ápice de debilidad en la fría y dura mirada que le dirigió a Rabastan en cuanto lo reconoció. Todavía parada en el umbral, cruzó los brazos sobre el pecho y apoyó un hombro en la pared observándolo con desprecio. Lysander se había puesto de pie cuando la oyó entrar y la miraba embelesado desde la distancia. Ella posó sus ojos increíblemente cristalinos en su esposo y se descruzó de brazos para echar su cabello hacia atrás con un gesto elegante y provocador. Se acercó a él con pasos lentos y dóciles, caminando como pez en el agua, como si danzara, desplazándose por el aire. Le apoyó una mano de seda en el hombro y la otra en la mejilla, comunicándose con él en silencio, sin necesidad de palabras, ante la atenta mirada de Rabastan, que comenzaba a sentirse fuera de lugar.
-Abigail… -jadeó su marido en un susurro bajo y ronco. Ella esbozó una ligera e imperceptible sonrisa, con los ojos entrecerrados. Su hombre se transformaba en otra persona en su presencia, todos los que conocían a esa pareja lo sabían. Olvidaba sus preocupaciones, su semblante duro, la necesidad de ser frío y aterrador. Se inclinó hacia ella y la besó en la mejilla, olvidando por un momento dónde y con quién estaba. Rabastan carraspeó sonoramente y se puso de pie.
-Buenos días, Abigail. –saludó con cordialidad. Ella lo fulminó con la mirada sin soltarse de su esposo. –Me alegra verte tan espléndida como siempre.
-Lamento no poder decir lo mismo. –replicó la mujer con su voz de terciopelo. Rabastan no se inmutó, sino que le sonrió abiertamente antes de dirigirse a su compañero.
-Creo… esto es todo, Sander. Me retiro; no quisiera ser impertinente. –Lysander asintió en silencio y se separó apenas de su mujer para hacerle un asentimiento con la cabeza antes de dirigirse a la puerta del despacho para guiarle el camino hacia el exterior a Rabastan. Ella se quedó de pie allí, observándolos con expresión sumamente amarga. Ambos salieron juntos y en silencio, caminando lentamente por la extensión de la mansión hacia las rejas delanteras del jardín, allí donde la casa permanecía oculta tras una mata de helechos y rosas de la vista de magos y muggles. Cuando llegaron hasta allí, el anfitrión volvió a hablar.
-Has sido muy útil de todas maneras, Rabastan, te lo agradezco. –el otro alzó ambas cejas, tomado por sorpresa. –Me has permitido conocer hasta qué punto se ha mantenido en silencio Narcisa con su hijo, si sabes a lo que me refiero. –meditó por un momento mientras levantaba la barrera que separaba su hogar del resto del mundo con un movimiento rápido de varita. –Tal vez habría podido averiguarlo yo mismo, pero tengo que darle crédito a tu parte. Me has facilitado mucho las cosas.
-Yo no lo vería de esa manera, Lysander. –negó con la cabeza sin poder evitar esbozar una ligera sonrisa ante la incredulidad del otro. –Desde mi punto de vista, todo este asunto está aún más complicado que antes. Ahora que se han expuesto de este modo, ellos querrán evitar ese juicio a toda costa.
-Me encargaré de eso. –aseguró Greengrass.
-Lo sé. Pero el chico querrá saber qué es lo que le están ocultando. Y si resulta tan tenaz como demostró ser hasta ahora con la búsqueda de su joven amiga, Malfoy no tardará en averiguar lo que sucede.
Greengrass empalideció visiblemente.
-Comprendo el punto. Pero ese es mi compromiso.
-Claro, claro. –asintió Rabastan, concediéndole el beneficio de la duda con su expresión carismática. –No era una advertencia, sólo un comentario sagaz. –inspiró largamente, entrecerrando los ojos mientras el aire renovado invadía sus pulmones. Nada iba a quebrar su tranquilidad, aunque podía notar fácilmente los nervios de su compañero, que habían renacido después del momento de distracción en el despacho con su esposa. –Me voy al sur ahora mismo. Si me necesitas… ya sabes lo que tienes que hacer.
Dio un paso hacia el exterior, y sin esperar una respuesta, se giró sobre sí mismo, desapareciendo hacia un punto lejano en el mapa, donde muy pocas personas podían encontrarlo. Sus palabras no eran más que un gesto de amabilidad, aunque no esperaba que lo buscaran realmente. Ahora se sentía extrañamente en paz consigo mismo, como si el acto que acababa de llevar a cabo –apenas unas horas atrás- hubiese lavado su conciencia, limpiado todos sus anteriores pecados. Había hecho las cosas bien y lo sabía. Nada iba a competir con la profunda satisfacción de conocer el rumbo adecuado que tenía que tomar para su destino.
Incluso una persona como él, con el legajo tan sucio y marcado, con la historia de su vida tan cruzada de horrendas cicatrices de memorias pasadas, podía encontrar la redención. Lo fundamental era perdonarse, aprender a convivir consigo mismo. Y por fin, después de tantos años de mortificaciones, lo había conseguido.
Pansy despertó cerca de la hora de la cena. Abrió los ojos despacio, los párpados le pesaban tanto como los músculos de las extremidades, algunos amoratados por los golpes y torturas que había recibido. Sus pupilas, fijas primero en el techo, parecieron volver de una inconciencia larga y reparadora. Entonces miró alrededor intentando reconocer dónde estaba, y su mirada se topó con el semblante de Draco, que la observaba en silencio con el entrecejo levemente fruncido. Recordó todo lo que había sucedido en cuestión de instantes y se incorporó con esfuerzo, todavía algo atontada por la cantidad de pociones que había bebido para recomponerse.
-Estás aquí –afirmó, contenta de tenerlo al alcance de su mano. Se había acercado el sillón que estaba en una esquina de la espaciosa habitación junto a la cama para quedarse lo más cercano posible, cuidando su sueño sin poder evitar caer él mismo en la tranquila inconsciencia, sabiéndola a su lado. Se sentía mejor después de haber pasado tantas horas en vela encargándose de su búsqueda, pero no se sentía en paz, no al menos hasta corroborar que ella estuviera realmente bien. Su tranquilidad dependía de la salud de Pansy ahora.
-¿Cómo te sientes ahora? –inquirió, inclinándose hacia ella para tomarle la mano. Ella sonrió para tranquilizarlo y entrelazó sus dedos con fuerza.
-Mucho mejor, ahora que estás conmigo. –se sonrojó de sólo escucharse a sí misma. Nunca había sido tan cariñosa con nadie, ni siquiera con su propio sobrino, a quien quería más que a ninguna persona de este mundo. Su voz melosa cargada de cariño los descolocó a los dos por igual. Las mejillas de ella se tiñeron de rubor al instante y bajó los ojos hacia las sábanas, avergonzada, pero él alzó la otra mano hacia su barbilla para que lo mirara a los ojos. Cambió su expresión sombría por una de amabilidad y comprensión y besó sus labios suavemente, intentando encontrar las palabras adecuadas.
-No me hubiera ido ni aunque me lo pidieras, no esta vez. Te lo prometí, ¿recuerdas?
Ella asintió, perdida en sus ojos grises, y contuvo un suspiro cuando él volvió a besarla con delicadeza, como si se tratara de una frágil muñeca de porcelana que podía quebrarse con facilidad en sus brazos.
-Esto… los demás están esperando que les cuente mi versión de los hechos, ¿verdad? -era más una afirmación que una pregunta, pero tenía que sacarse la duda. Draco asintió y compuso en seguida:
-No tienes que decir nada ahora si no quieres, puedo bajar y decirles que necesitas descansar un poco más…
-No, Draco, quiero hacerlo –afirmó ella, removiéndose en las sábanas con seguridad. –Quiero que ustedes también me digan lo que saben, porque no he terminado de comprender nada.
-Hay muchas piezas sueltas todavía. Nos lanzamos en tu búsqueda sin saber dónde comenzar, esto no tenía pies ni cabeza. Encontrar a cada mortífago fue inútil…
-Ellos no son mortífagos. –interrumpió ella. Draco asintió, porque ya lo sabía. -¿Cómo me encontraste?
-Es una larga historia, ¿estás segura de que no quieres dormir un poco más?
-Estoy bien, en serio. –Pansy no podía dejar de complacerse por la preocupación que él denotaba en su voz. –Sólo dame un momento para arreglarme un poco y dile a Potter que en seguida bajaré a hablar con él.
Draco dudó, pero finalmente accedió y la ayudó a levantarse de la cama. Las piernas le pesaban como si hubiera corrido una maratón, pero se hizo la fuerte para que no la viera declinar. Él le dijo que Granger le había traído algo de ropa para que se pusiera hasta que pudieran rescatar algo del departamento de ella, adonde ya no iban a volver, por su propia seguridad. Se quedó en el cuarto un minuto más mientras ella entraba en el baño privado del cuarto, que era igualmente espacioso, y finalmente salió para avisarles a los demás que había despertado. Cuando subió nuevamente ella ya se había aseado y parecía más tranquila. Se había puesto la ropa prestada, el largo vestido azul oscuro le quedaba algo ceñido a la cintura, pero le calzaba perfectamente y ocultaba la horrible visión de las profundas heridas del pecho y los brazos. Se había recogido el cabello largo hasta la mitad de la espalda, ahora húmedo, en una coleta alta, descuidando algunos mechones que caían distraídamente sobre su rostro en forma de suaves rizos. Estaba de pie frente a la cómoda mirándose en un espejo los labios hinchados y no oyó cuando Draco abrió la puerta y se la quedó mirando por un momento muy largo, extasiado en la belleza que sólo él podía ver así. Se acercó a ella embobado y la contempló por un largo instante hasta que sus miradas se encontraron en el espejo y ella sonrió con calidez, estirando su mano hacia él. Sin poder ni querer contenerse, él la tomó entre sus brazos y la besó largamente, con suavidad y delicadeza, tal y como había hecho las últimas veces. La pasión que habían sembrado juntos, en aquellos momentos estaba enterrada tras una montaña de cariño y preocupación por el otro, algo tan nuevo para ambos que cuando por fin se separaron para respirar se miraron extrañados, pero contentos de tenerse, de estar en el lugar indicado. No se habían alejado lo suficiente como para dejar de respirar del aliento del otro mientras se sostenían la mirada, él con una mano alrededor de su cintura y la otra en su mejilla, ella con sus brazos apoyados en sus hombros, su cuerpo tan cerca de su pecho amplio y tibio que podía contar sus latidos.
-¿Cómo me veo?
-Estás… hermosa. Eres preciosa, no importa lo que lleves puesto.
Ella rió con su voz renovada y cantarina, apretándose más contra él, claramente agradecida por sus palabras. Besó su mejilla, muy cerca de la comisura de sus labios, y apoyó la cabeza en su hombro disfrutando del estrecho abrazo y aspirando ávidamente su aroma. Cerró los ojos mientras él acariciaba su cuello con la nariz, recorriendo un camino que había andado muchas veces mientras estaban solos y todo parecía marchar con una normalidad de éxtasis hasta que los sucesos recientes los separaron en contra de su voluntad. Ahora, todo estaba bien de nuevo, e incluso mejor que antes. Ella le había perdido el temor al inicio de una relación con alguien que pudiera volver a lastimarla, en cuestión de instantes se había olvidado de la cantidad de tropezones que había dado en sus pasos torpes por el camino de la vida, y ahora se sentía sumamente en paz. Él, por su parte, aprendía a conocer el amor, una nueva experiencia que no creía haber experimentado nunca antes y que ahora lo mantenía pendiendo de un hilo por su seguridad y su dicha, que era todo lo que deseaba. No podía pedir nada más a cambio de su estabilidad. Todo era tan nuevo para él, que podría haberse sentido un poco perdido, pero la naturalidad con que ella lo trataba, como si estuvieran manteniendo una relación desde hacía años, no podía hacer menos que darle seguridad en aquella nueva experiencia. En ese instante de tranquilidad en que la tenía firmemente atrapada en sus brazos, respirando el aroma de su cabello, sintiendo el sabor dulce de la piel de su blanco cuello en sus labios; habría podido olvidarse hasta de su nombre, de no ser porque ambos tenían ahora una obligación que cumplir y había gente esperándolos abajo. Se soltaron a un mismo tiempo no sin sentir algo de pesar de acortar el momento de paz, prometiéndose en silencio que lo retomarían más tarde. Ambos sentían que tenían todo el tiempo por delante para decirse y demostrarse aquellas cosas que estaban sintiendo, creando juntos. Se tomaron de las manos con naturalidad para bajar juntos las escaleras, mostrándose ante los demás como lo que comenzaban a ser: una hermosa e indestructible pareja.
Harry Potter, Ron Weasley y Hermione Granger los esperaban sentados ante la mesa de la cocina. Se quedaron un instante en silencio cuando los vieron aparecer con las manos entrelazadas, pero ninguno dijo nada. Hermione simplemente sonrió con repentina alegría y se puso de pie, como los demás, acercándose a ella.
-¿Cómo te sientes? –preguntó amablemente, mientras Draco la acercaba a la mesa y le corría una silla donde sentarse. Pansy le sonrió sutilmente antes de contestar.
-Mucho mejor, tus pociones me han revitalizado más rápido de lo que pensaba.
-Has dormido unas cuantas horas, pero pensamos que no despertarías hasta mañana. –apuntó Harry, contento de verla bien. Todos volvieron a sentarse y Pansy se ruborizó notablemente por cómo la trataban, se sentía una minusválida, aunque sus fuerzas se habían recuperado bastante. Las piernas ya no le temblaban y apenas sentía un escozor en la herida del pecho si se movía demasiado, pero por lo demás estaba bien. Aunque la sensación de malestar en el estómago que se extendía hasta el pecho como un fuego abrasante siguiera allí, había comenzado a ignorarla, como si no se tratara de nada más que un mal trago de exasperantes consecuencias posteriores. Draco se sentó a su lado mirándola inquisitivamente y ella le devolvió la mirada tranquila, apoyando una mano en su rodilla y haciendo una leve presión para indicarle que todo iba bien.
-Algo aquí huele muy bien. –dijo, para salir del paso, mientras todos la observaban. Hermione soltó una risita tonta, sintiéndose halagada.
-Estoy cocinando pastel de carne, pero aún no está listo. ¿Tienes apetito?
-Uy, sí. No me daban de comer en la cárcel. –intentó bromear, y aunque Ron sonrió, los demás cambiaron su expresión tranquila por una más sombría. Draco alzó ambas cejas y posó su mano sobre la de ella, entrelazando nuevamente sus dedos.
-Con respecto a eso… -Harry titubeó, buscando las palabras correctas para dar inicio a la larga conversación que tendría lugar antes de la cena. -¿Crees que puedes contarnos todo lo que sucedió?
Pansy le dirigió una mirada rápida a Hermione, quien negó con la cabeza casi imperceptiblemente, sin que los demás lo notaran. Ella había guardado su secreto. Suspiró, entre la tranquilidad, la impaciencia y el pesar de tener que revivir en su memoria todo lo sucedido, y comenzó a hablar sin necesidad de que le dieran el pie. Relató con detalle el momento del secuestro, contó que la habían trasladado en escoba mientras estaba inconsciente, por lo que no pudo contar la cantidad de captores, transmitió las pocas conversaciones que había alcanzado a oír a través de la puerta cerrada con llave donde la tuvieron encerrada. Salteando la parte más dolorosa con Blaise Zabini al principio de la primera noche, habló del hombre sin rostro que la había tratado casi con amabilidad durante su estadía en aquella estancia, de lo que él pretendía ocultar y las deducciones que ella misma había rescatado de la poca información que le procuraban, de la tortura que había sufrido en mano de Alecto Carrow, de la discusión que había percibido entre ella y uno de su captores, aunque no pudiera definir con claridad lo que se habían estado gritando, porque había caído rápidamente en la inconciencia. Trató de situar los hechos por orden cronológico y observó las reacciones de sus interlocutores en la medida en que iba hablando, reviviendo con intensidad cada imagen dentro de su cabeza, aún a pesar de que gran parte de aquellas horas las había pasado con una venda en los ojos que le privaba la visión de todo lo demás. Su voz no se quebró mientras intentaba mantener el hilo, todos en silencio, Hermione dando respingos cuando su relato se veía pausado por la necesidad de respirar y ordenar las cosas en su cabeza. Cuando llegó a la parte en que Zabini entraba nuevamente a la habitación esa misma mañana, con supuestas intenciones de torturarla para hacerla hablar de algo que ella no sabía, hizo una larga pausa, recordando e intentando comprender la actitud del hombre tras la máscara. Como no volvió a reanudar el relato, Harry tomó la palabra.
-Cuando nos aparecimos allí, vimos cómo el otro hombre que estaba contigo asesinaba a Blaise Zabini. ¿Tienes idea de cómo llegaron a ese punto?
Pansy meditó por un momento, bajando la mirada hacia su regazo, donde las manos de Draco tenían atrapadas las suyas en un intento de infundirle calor mientras hablaba. Se perdió en el mar de dolorosos recuerdos intentando encontrar una explicación razonable que no la obligara a contar sus verdaderas sospechas, la razón por la cual creía que Rabastan finalmente no había alzado la varita hacia ella para matarla sino contra él, contra su propio aliado. Tomó aire y comenzó a hablar nuevamente:
-Ese hombre que mató a Zabini era el más… amable, de entre las pocas personas con las que tuve contacto en estos dos días. Habló conmigo, me traía café y comida, e intentó persuadirme de que le dijera una verdad que no conozco. No parecía muy convencido de la posición que había tomado entre nosotros, pero a pesar de eso yo creí que era el líder de la misión que se estaba comandando con mi secuestro. En alguna oportunidad, antes de que acabara la primera jornada, lo escuché gritarle a alguien "¡no quiero mortífagos aquí!", y deduzco que no era uno de ellos, porque no tenía la marca tenebrosa en el brazo. De ser así ustedes me habrían encontrado ayer, ¿no es así?
Harry y Draco asintieron al mismo tiempo sin decir nada, por lo que continuó:
-De principio pareció tener intenciones de mantener a Zabini lejos de mí. Blaise era… el más cruel con mis torturas. –evitó mirar a Hermione mientras hablaba para no delatarse, aunque la joven no había cambiado su expresión, ya de por sí horrorizada. –Creo que quería convencerlo de que yo decía la verdad. Durante las últimas horas no se apareció en el cuarto donde yo estaba confinada, pasé sola casi toda la noche, hasta que ustedes me encontraron. Él había tirado abajo la puerta momentos antes y pensé que venía resuelto a matarme… el resto de la historia ya la conocen, ustedes estuvieron ahí. Vieron lo que pasó.
Los demás asintieron ligeramente con la cabeza, manteniendo el silencio por si decía algo más. Pero Pansy calló, dando por finalizado su relato y tratando de establecer las conexiones correctas entre lo que había pasado y aquello que le resultaba desconocido. Finalmente, Harry volvió a hablar con voz trémula:
-Aún hay muchas cosas que no encajan. Pero tú no te preocupes, nosotros estamos trabajando en esto; el ministerio entero está informado de tu secuestro y ellos sabrán cómo actuar a partir de ahora. El juicio de los Malfoy no fue cancelado como estaba previsto –miró a Draco significativamente, el joven rubio desvió la mirada ante la atenta expresión de Pansy, quien se sorprendió y lo observaba sinceramente conmovida –y se llevará a cabo de todas maneras, aunque sería preferible que, mientras tanto, se queden aquí. Por su propia seguridad, les recomendaría que se mantengan ocultos en el cuartel y no salgan más de lo estrictamente necesario. Aquí estarán seguros, nadie podrá encontrarlos. Tengo la sospecha de que a partir de ahora las cosas se complicarán aún más… por lo que me estás diciendo, deduzco que ese no-mortífago que te salvó la vida actuó a favor de sus propios intereses, y no de los de la gente que te ha enviado a buscar. No les diste la información que necesitaban, pero me resulta muy sospechoso que personas así permitieran que siguieras con vida.
En ese punto Hermione miró significativamente a su amigo y le dio un fuerte codazo. Harry había hablado muy fríamente ante una persona que acababa de vivir una experiencia sin duda alguna traumática, pero Pansy no se inmutó.
-Harry tiene razón, Hermione. Es una suerte que siga con vida. –le dio la razón al moreno, y Draco apretó la mandíbula dejando escapar un gruñido disconforme. Ella no lo miró. -¿El ministerio tiene alguna idea de lo que sucedió?
-No todavía. Ya sabes, en principio creíamos que eran mortífagos. Los Malfoy son los únicos… eh... que podrían ser indultados. A nadie más se le dio la posibilidad de un juicio, por lo que pensamos que podría tratarse de una especie de ajuste de cuentas. Pero ya ves, ahora todos los que llevan la marca están en Azkaban…
-Todos, menos yo. –interrumpió Draco, visiblemente molesto. Ninguno comprendía la causa de su enfado. Harry lo miró por un momento con el ceño fruncido, pero siguió hablando como si no hubiera habido interrupción alguna.
- …y los que quedan afuera son un verdadero problema para nosotros, porque no tenemos forma de hallarlos. Supongo que es eso lo que ellos querían evitar, quiero decir, que los encontráramos.
-¿Por qué pensarían que yo podía saber algo acerca de ellos? ¿Cómo fue que me encontraron, de todas maneras? –inquirió Pansy, confundida ante esta nueva información.
-Eso tal vez te lo pueda explicar él. –replicó Harry sin maldad, pero sin asomo de sonrisa, señalando a Draco con la cabeza. La verdad es que él también estaba intrigado acerca de este punto, porque todo se había dado tan rápido que no había tenido tiempo de hablar con el Slytherin al respecto. El joven rubio se sonó la garganta, sintiéndose repentinamente incómodo, pero ya sabía que en algún momento tendría que dar sus propias explicaciones, de modo que comenzó a hablar con cierta seguridad.
-Yo… fui a visitar a mis padres a Azkaban para saber de qué venía el problema. –hizo una breve pausa, intentando encontrar las palabras adecuadas para no mentir, sino simplemente ocultar la verdad. Su voz sonó segura cuando volvió a hablar. –Ellos me enviaron a hablar con un hombre que trabaja en el ministerio y aparentemente podía saber algo al respecto. Me contacté con él y fue esa persona quien me envió un pergamino esta mañana con la dirección del lugar donde te encontrabas tú –miró a Pansy, quien asintió con la cabeza para que continuara. –Pero desde entonces no sabe nada de mí ni yo de él. Aunque deberé agradecerle lo que hizo. –dejó escapar otro perceptible gruñido, apretando los dientes con furia. Pansy lo miró desconcertada, al igual que los demás.
-¿Quién es ese hombre, Malfoy? –preguntó bruscamente Ron, hablando por primera vez en la media hora que llevaban allí reunidos. Draco sopesó sus posibilidades y finalmente decidió que no le importaba realmente lo que le sucediera a partir de ese momento al mago que lo había ayudado; decir su nombre podía acarrear cualquier tipo de consecuencia y él seguiría siendo indiferente. Sus padres estaban protegidos, dijera lo que dijese. A estas alturas, no le importaba cometer una traición.
-Lysander Greengrass. –admitió; y en ese momento Hermione, que se había puesto de pie para ir a sacar una fuente del horno sin dejar de estar atenta a la conversación, dejó caer lo que llevaba en las manos, que hizo un ruido estrepitoso al dar en el suelo y volcar por todas partes su contenido caliente y grumoso. Su prometido se puso de pie rápidamente para ayudarla, pero ella lo hizo a un lado y se acercó a Draco, situándose frente a él al otro lado de la mesa, apoyando en ella sus manos envueltas en guantes de horno.
-Repite eso –reclamó, con los ojos muy abiertos. El aludido le devolvió la mirada sorprendido, pero contestó a su pedido, con una muy leve sensación de deja vu.
-El hombre que me dio el paradero de Pansy fue Lysander Greengrass, del departamento de Investigación y Rastreo.
-Hermione, ¿lo conoces? –Harry estaba tan sorprendido como todos los demás. La chica asintió una vez con la cabeza, sin cambiar su expresión sorprendida y casi acusante, y aunque se dirigió a su amigo al volver a sacar la voz, no había dejado de mirar a Draco.
-En el poco tiempo que llevo trabajando allí, ese hombre ha estado en San Mungo más veces de las que puedo enumerar. Todos los sanadores lo conocen, aunque sospecho que son contados los que saben a qué va tanto al hospital. –se sentó, olvidando completamente el desastre que había ocasionado al dejar caer el pastel de carne que había cocinado y ahora estaba esparcido por el suelo, obviamente incomible. –A simple vista, tiene muchas influencias dondequiera que vaya. Parece ser una fuente, un derroche de dinero.
-Esa descripción me recuerda un poco a tu padre. –soltó Ron con un claro deje de ironía, mirando a Draco, que hizo una mueca pero no refutó nada.
-Pero, ciertamente, Malfoy… -continúo la castaña, como si no hubiera sido interrumpida, siguiendo el hilo de sus pensamientos. –No me sorprendería para nada que él estuviera metido en asuntos sucios, como éste. ¿Cómo es que se ofreció a darte su ayuda?
Draco abrió la boca, pero no contestó. Pansy, que sintió esa pregunta como un ataque, habló por él, dispuesta a defenderlo:
-Acaba de decir que ese hombre trabaja en Investigación y Rastreo, tal vez el ministerio esté trabajando en este caso particular, con los no-mortífagos. Podría tratarse de un espía, o…
-Espera, espera. –la cortó Harry, alzando una mano. –Si el departamento de Rastreo estuviera trabajando en algo así, mi departamento lo sabría. Yo lo sabría. Y tú también, Pansy, ese tipo de asuntos pasan primero por las manos de los legistas.
Ella dudó, mirando a Draco interrogativamente, como si buscara un punto de apoyo para los fundamentos que él mismo debería haber dado. El joven rubio negó con la cabeza con aspecto cansino, agotado, y le habló a Hermione de nuevo.
-A mi tampoco me sorprendería que estuviera metido en asuntos sucios, ciertamente. Ese hombre es un… viejo conocido de mis padres. Ya se imaginarán que no fue ni es un mortífago, por lo que no puedo decir mucho de él. Apenas lo conozco. –dentro de las grandes mentiras que ocultaba esa frase, había una importante verdad que saltaba a la vista: no era un mortífago. Aquello, sin embargo, no servía para calmar las aguas, dado que las personas que habían secuestrado a su chica tampoco lo eran. Nada le hubiera gustado a Draco más en ese momento que ver a Lysander Greengrass tras las rejas de Azkaban mientras él liberaba a sus padres sin su ayuda y sus patéticos requisitos, aunque éstos últimos estuvieran impuestos desde mucho antes. De no ser porque la convicción de que sus padres saldrían caminando de Azkaban se podía quebrar en mil pedazos, hubiera dicho mucho más de lo que estaba soltando en ese momento. Pero prefirió callar y pensárselo mejor, al menos, hasta que el centro de la cuestión estuviera más claro para todos. Su sentido de la justicia era tan escaso como el de la lealtad: no dejaba de ser un Slytherin. A pesar de su titubeo, los tres amigos parecieron creerle, porque a partir de ese momento volvieron a hablar con la misma normalidad que habían mantenido a tono hasta que el nombre de Greengrass salió a la luz. Draco se abstrajo casi por completo de la conversación que tuvo lugar después, perdido en sus pensamientos, mientras Pansy intentaba sacar conclusiones con los demás, haciendo indagaciones que no los llevaban a ninguna parte. Harry pareció decidido a investigar, aunque por el momento no pudiera hacer nada. El rubio pensó que al día siguiente, en cuanto cruzara las puertas del ministerio, el jefe de aurores iba a mover cielo y tierra para sacarse la incertidumbre. Siete años de conocerlo, de tratar con él en el colegio, le daban la seguridad de que el Gryffindor era lo suficientemente orgulloso como para no permitir que un espía se infiltrase entre ellos bajo sus propias narices, trabajando tan a gusto en un sitio que les correspondía por decreto a "los buenos". Por supuesto, no le molestaba en lo absoluto. Pero no pudo evitar preguntarse a partir de dónde comenzaban los límites que dividía el bando de los buenos con el de los malos. Antiguamente, eso hubiera estado claro para él: cualquiera que tuviera una marca tenebrosa, pertenecía a "los malos". Ahora tenía serias dudas en cuanto a eso.
En los últimos meses, tener esa calavera tatuada se había sentido como un peso insoportable sobre sus hombros, mucho peor al que sintió cuando estuvo en sus manos la misión de matar a Dumbledore, aunque no tuviera el coraje de hacerlo; ni siquiera para hablar sobre ello aún después de más de dos años de aquel escalofriante episodio. En algún momento había creído que sus últimas acciones, la creciente confianza que estaban demostrando hacia él el salvador del mundo mágico y sus dos amigos, e incluso la fe que depositaba Pansy sobre él; habían sido motivos suficientes para sentirse absuelto de todos los errores cometidos en el pasado. Pero a pesar de que los historiales pueden borrarse, algunas marcas son permanentes: él lo sabía mejor que nadie. Las apariencias engañan, y él mismo dudaba del núcleo su propia esencia. Su disposición a trabajar a favor del ministerio era la única alternativa que había encontrado para lograr su más ferviente objetivo, aunque nunca había tomado verdadero partido en las cartas que se jugaban entre uno y otro bando. En esas cavilaciones estaba cuando Pansy y él volvieron a subir las escaleras hacia la habitación que iban a compartir mientras estuvieran instalados en aquella casa. Pansy lo observaba por el rabillo del ojo en silencio, mientras se cepillaba el cabello distraídamente frente al espejo para ir a dormir. Viendo que no había reacción alguna en él, que tenía la vista perdida en el suelo y el ceño fruncido, se acercó para sentarse en la cama a su lado, apoyando una mano en su hombro para atraer su atención. Draco la miró y pensó en la relación que tenían, en lo mucho que ella lo había hecho cambiar últimamente, a pesar de que no estuviera previsto por ninguno de los dos tomar aquel rumbo tan definido. Ella esbozó una sonrisa a la que él tardó en responder, abrazándola por la cintura y depositando un besito inocente en su cuello.
-¿En qué piensas? –le preguntó en un susurro, algo aturdida por su actitud.
-No lo sé, en verdad. Me preguntaba cómo acabará todo esto.
Como no había sido específico, Pansy confirió esas palabras a la situación que habían debatido momentos antes en el comedor. Ensanchó aún más su tranquilizadora sonrisa y le acarició la mejilla con auténtico cariño.
-No tienes de qué preocuparte, Draco. Es como con las moralejas de los niños. Lo que empieza bien, acaba bien; indefectiblemente.
Él le dio la razón sin escuchar sus propios pensamientos, que de otra manera lo hubieran llevado a preguntarse en qué momento había dado el primer paso a toda aquella locura, y si realmente había comenzado de la manera correcta, como ella parecía creer.
Hola una vez más! Me alegra estar de vuelta, últimamente no me resultaba tan fácil retomar el hábito, pero este capítulo prácticamente se escribió solo.
Sé que me habrán querido asesinar al final del capítulo anterior, pero, en serio: ¿¿¿ustedes me creían capaz de matar a Pansy??? No podría hacer una cosa así ni por todo el chocolate del mundo. Espero que este capítulo sea de su agrado, prometo no darles más sobresaltos así, jeje.
Sandriuskar: por tu review, noto que estás muy enemistada con Lysander Greengrass. La verdad es que no es un personaje que me guste mucho, pero no puedo matarlo ahora, es crucial! Aunque como verás próximamente, va a sufrir un poquito (risa malvada).
Silvers draco: realmente, la cuestión con Rabastan resultó bastante compleja. Pero al contrario que Greengrass, este personaje sí me gusta; porque aunque tiene todas las características de un mortífago, en el fondo busca expiar sus antiguas culpas. Si te fijas, Draco también hace esto mismo a su manera.
Insisto con lo de los reviews. Espero sus comentarios... en serio me aporta una gran ayuda tener a la mano sus críticas. Soy un monstruo perfeccionista! Se los agradezco TANTO!
Mil besos...
