Capítulo 6

Hermanito

Me acaricio el vientre mientras veo las noticias. El partido El Regreso ha sido incriminado en relación a los numerosos atentados que se llevan sucediendo desde el final de la guerra. Después de años tras ellos, se ha arrestado a su líder y a todos sus integrantes y se les ha clasificado como terroristas. Esta operación le ha costado a Gale muchas ausencias de su hogar, a Johanna diversos disgustos, y a mi más llamada telefónicas de las que soy capaz de soportar. Siento un cierto alivio por la aparente resolución de ese conflicto, pero sé de más que el gobierno de Paylor está enfocando de forma antojadiza la noticia, y deben de quedar puñados de terroristas oponiéndose en las calles.

Cuando Alisma y Peeta pasan al salón apago de inmediato el televisor para que mi hija no alcance a ver nada que pueda suscitar preguntas comprometidas. Ella ni siquiera se da cuenta, está dando saltitos detrás de Peeta. Lleva flores trabadas en el pelo negro, tiene los jeans manchados de tierra y las uñas sucias, sus ojos azules, radiantes de alegría, me miran, y me dirige un guiño inteligente.

-Ya la baño yo- me dice Peeta, que también está sucio, y me da un beso en los labios- ¿todo bien?- Alisma no tarda en llegar y meterse en el hueco que hay entre los dos, se inclina para repartir besos en mi barriga.

-Todo bien- contesto, aunque en realidad estoy incómoda y me duele la espalda. Aunque el embarazo de Dandelion está siendo algo más llevadero que el de la niña, lo cierto es que estoy deseando dar a luz y pasar todo el proceso previo.

Alisma se yergue sobre la punta de sus pies y me besa la nariz. Entonces veo que le clava el dedo índice a Peeta en el costado, y solo entonces me doy cuenta que él tiene una mano a su espalda. Por la cara de Alisma está claro que me van a dar algo, y a juzgar porque han estado arreglando el jardín debe ser un ramo de flores.

-Para ti, mamá- dice Alisma dulcemente. Observo el ramo, son violetas, y entre ellas hay preciosos dientes de león.

-Gracias, cielo- contesto con sinceridad, y aspiro el aroma profundamente.

-¿Dónde las pongo?- me pregunta con amabilidad, y señalo unos de los múltiples jarrones que Josh Cub Padre nos ha regalado desde que somos vecinos. Ella se acerca a la encimera de la chimenea, pero obviamente no alcanza al jarrón, Peeta la coge con sus amplias manos de la cintura, y la eleva, ella deja cuidadosamente las flores dentro. En un segundo corre a la cocina, con Peeta siguiéndola, le dice con una mezcla de autoridad y dulzura que ponga agua a las flores de mamá, y él la contesta afirmativamente, diciéndola que suba al baño.

Peeta me dirige una breve mirada, es momentánea, pero tan reconfortante, que cuando se marcha escaleras arriba me quedo en absoluta calma sentada en el sofá, mirando sin ver algún punto frente a mí.

Alisma baja limpia, reluciente, ataviada con una camisa blanca ribeteada, y una faldita de color primaveral, aquel conjunto que Peeta y yo elegimos para ella el mes pasado, y que le quedaba algo holgado y ha conseguido llenar en un solo mes. Se cepilla el pelo una y otra vez, coquetamente, y después me pide que le haga una trenza como la mía, y yo se la hago, aunque no me sale tan bien como a mi madre.

Me fijo en sus pies, lleva unas sandalias adorables, que abrazan sus bonitos y pálidos tobillos. Se da la vuelta y me pregunta si está guapa; la observo, su carita ovalada, sus ojos azules inmensos, que contrastan de forma arrebatadora con su pelo negro, y sus pestañas rizadas y espesas, también oscurísimas.

-Mucho- contesto, sin dudar.

Peeta baja un poco más tarde. Su pelo, algo más largo de como solía llevarlo en la escuela, y desenfadadamente peinado, brilla, rubio y radiante. Se ha puesto una ropa que no suele usar, una camisa del color de sus ojos con un pantalón beige. Resulta realmente apuesto, y como en más de una ocasión, su atractivo me deslumbra y me parece evidente que nuestra hija ha heredado su belleza. Es al ver sus zapatos cuando me acuerdo de que iremos a pasear con Haymitch y mi madre.

-¿Seguro que quieres salir?- me pregunta, mientras me levanto costosamente del sofá, rehusando de su ayuda.

-Por supuesto- corroboro –no puedo estar todo el día sentada.

Llego al vestidor y escojo un pantalón cómodo, especial para embarazadas, y una blusa sedosa. Me peino el pelo y lo dejo suelto sobre mis hombros. Sostengo entre los dedos el colgante de la perla, y lo dejo sobre la blusa, visible, y entonces me quedo observando mi reflejo, más concretamente, el anillo que viste mi dedo anular.

Alisma se cuela en la habitación, curiosa, y me rodea la pierna con su bracito, mientras nos contempla a las dos en el espejo.

-Eh chicas- escucho la voz de Peeta desde abajo- ya están aquí los abuelos- Alisma me sonríe, su sonrisa tiene algo que me hace recordar a Prim. Paso mis dedos sobre su suave cabello. Me toma la mano con su manita tibia, y ambas bajamos despacio los escalones y pasamos el recibidor. Hecho un vistazo a su espalda, y como imaginaba, veo su camisa un poco por fuera, y antes de que me dé cuenta, lo digo:

-Arréglate la cola, patito- mis propias palabras me dejan paralizada.

-Cuac- contesta Alisma, con una risita, y con el dulce dejá vu de Prim alojado en el corazón, me inclino costosamente para darle un besito en la cabeza.

Haymitch recibe a Alisma entre sus brazos con un entusiasmo que, por más que lo vea, siempre me resultará extraño en él. Mi madre me recoge en los suyos, y me besa el rostro como si hiciera años que no me ve, aunque nos vemos prácticamente todos los días. Después coge a Alisma en brazos y la roza la nariz con la suya. Haymitch me pone su ruda mano en la barriga brevemente.

-¿Das mucha guerra, muchacho?- dice burlonamente, y sé que es una forma de preguntarme qué tal estoy.

-Es bastante pacífico- le digo, y él me estrecha brevemente los hombros.

Caminamos por el sendero que va de La Aldea a la zona comercial. Los vecinos nos saludan al pasar. Llegamos a un bonito parque que el Ayuntamiento realizó hace tan solo un año, y que forma un semicírculo alrededor de la gran plaza de la justicia, postrada a los pies del Edificio de Justicia.

El parque es realmente inmenso y muy logrado. El césped es cómodo, mullido y fresco, y los árboles son frondosos y aportan amplias sombras donde familias como la nuestra reposan.

Alisma merienda con impaciencia y después se encuentra con sus amiguitos de la escuela, a los que saluda con simpatía, pero tan pronto como ve a Adahy se olvida de ellos. Gale y Johanna nos saludan y nos alcanzan, habíamos quedado en este lugar, cerca del parterre de petunias, junto a la llamada Fuente de los Vencedores, una fuente sin grandes pretensiones donde un Sinsajo emana brillante agua.

Adahy tiene un año más que Alisma, pero es bastante más alto que ella, ya que la niña es más bien pequeña de estatura, como yo. El niño es más bonito a medida que pasa el tiempo, con sus ojos grises y penetrantes, su tez aceitunada y su pelo oscuro; todo ese aspecto tenaz y firme, se ve dulcificado por los rasgos de Johanna, la cara ligeramente redondeada, los labios con la comisuras ligeramente ascendentes, como anunciando una sonrisa, y la nariz pequeña.

Alisma y Adahy tan pronto como se encuentran echan a correr dados de la mano, otros niños de su curso les siguen, yo les sigo con la vista con cierta preocupación, ella ya sabe que detesto que salga mi campo de visión, por lo que me dirige rápidas miradas y acaba cediendo a mi imperativo silencioso, y empieza a jugar con los otros críos en un amplio césped que mis ojos alcanzan a la perfección.

Cada mellizo está colocado en su sillita y succionan dulcemente sus chupetes. Ambos son grandes y rollizos, tienen un aspecto saludable, una corpulencia claramente heredada de Gale, y unos rasgos calcados a Johanna.

Gale y Johanna nos saludan y se sientan en el césped con sus hijos, los cuales son el tema de conversación durante un largo rato. Tras aquello, y como no podía ser de otra manera, Gale y Peeta comentan la noticia sobre El Regreso y lo que es previsible que acontecerá tras el arresto de líderes y colaboradores, y entonces, como si fuera inevitable, Gale confiesa que el siguiente paso de Defensa será ir a por Nestor Coin. Lo dice bajito, en susurros, aunque ninguna de las familias del parque está próxima a nosotros.

-Tenemos las armas al lado, no podemos vivir así, ya han pasado varios años y la vía diplomática se agota- comenta, con firmeza.

-¿Y qué pensáis hacer?- inquiere Peeta.

-Entrar, obviamente. Hasta que no estemos dentro no va a informarse de nada, tenedlo en cuenta.

-Ey, dejemos el tema, este no es buen lugar- dice Haymitch, Gale suelta una risa socarrona.

-Tranquilo, los años de las cámaras y los micrófonos han pasado- Haymitch le contesta con una risa similar.

-Oye chico, eso será lo que te han dicho. Ningún gobierno prescindiría de tener alguna que otra cámara, por si acaso- Gale resopla.

-Eso son paranoias, encuentra una sola, y te daré la razón- Haymitch chasquea la lengua.

-No voy a perder el tiempo demostrándote nada, pero si te pillan soltando la lengua…

-Mira si Katniss quisiera podría saber todo, absolutamente todo sobre el gobierno- Gale me mira, y yo le hago un leve gesto de negación con la cabeza, pero debe ser muy leve porque ni siquiera se cerciora de ello- es uno de sus derechos, Peeta también lo tiene.

-¿Qué yo tengo qué?- pregunta Peeta, dirigiéndome una breve mirada.

-Todos los que luchamos en la guerra y nuestros familiares directos tienen derecho a la información confidencial de primera mano, así que no pueden amonestarme por ello.

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Acaricio el rostro de Alisma hasta que se duerme, después de leerle uno de los cuentos, que tanto adora, regalados por Finny.

Cuando llego a la habitación Peeta se está deshaciendo de sus pantalones. No le veo la cara, pero sé que está molesto. Yo también me desvisto, y me cubro con un camisón delgado y cómodo, entonces entro en la cama en silencio, escucho a Peeta tumbarse a mi lado, apagar la luz, y emitir un hondo suspiro.

-¿Por qué no fui informado?- pregunta por fin, después de al menos un largo minuto.

-Para que no ejercieras ese derecho, supongo, igual que los demás- contesto lacónicamente.

-Johanna no parecía sorprendida, ella sí lo sabía, y no entiendo por qué yo no- puedo percibir como lucha porque su tono no sea de reproche, pero aun así, no acaba de conseguirlo.

-Peeta, no pensé en ello. Sabía que podía acceder a saber lo que quisiera, pero durante este tiempo he optado por no saber. Sencillamente no se me ocurrió comentarlo contigo - le digo, con absoluta sinceridad. Él vuelve a suspirar -¿Qué es lo que te aflige tanto?- inquiero, dándome la vuelta costosamente. Él se gira hacia mí, sitúa sus manos flanqueando mi abultado vientre y me mira a escasos milímetros de mis labios, para después cubrir la distancia entre ellos, y abrir mi boca con delicadeza, para acariciar mi lengua con la suya, en un beso que llena la habitación y amenaza con volatilizar mi conciencia.

-Él- contesta en un susurro, cuando prácticamente había olvidado mi pregunta, y por sus caricias en mi barriga comprendo que se refiere a Dandelion- Alisma; nosotros…

-Si hay una incursión en el trece, estamos peligrosamente cerca ¿verdad?- inquiero con temor, Peeta asiente.

-Creo que para cuando eso ocurra evacuaran el Distrito- el vello de la piel se me eriza.

-¿Y dónde nos meterán a todos?- Peeta se encoge de hombros.

-Es hora de que ejerzamos nuestro derecho a la información confidencial, ¿no crees?- sugiere y, por supuesto, yo acepto.

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Dandy no se mueve de forma tan brusca como Alisma, pero también lo hace, y a medida que se acerca el momento del parto, más. Básicamente se dedica a tomar la posición precisa, y a mover sus puñitos adelante y atrás, como si estuviera impaciente por salir.

El día en que acontecen las contracciones es el mismo en el que Paylor, con aspecto feroz, anuncia por todos los canales de Televisión que se ha procedido a ocupar el Distrito 13 y desmantelar las armas nucleares. A penas Paylor pronuncia la última sílaba de su discurso, que recibo con angustia, cuando una contracción atroz contrae todo mi vientre y empuja a mi pequeño, que se remueve. Peeta y yo hemos sido informados en detalle del plan, y esto no nos coge de sorpresa.

Alisma está en la escuela, Peeta ha cogido vacaciones para estar conmigo, y en el segundo que ha desaparecido a la cocina para traerme algo de merienda, me ha asaltado este latigazo.

Era un parto anunciado, no tan repentino como el de Alisma, pues contracciones leves me venían sacudiendo desde hacía un par de días. En esta ocasión Peeta está algo más preparado que en el momento en que llegaba Alisma.

-¿Ya viene?- inquiere, tomándome la mano. Yo asiento, todavía presa del espasmo.

-Espera un momento- le digo, cuando se dispone a ayudarme a ponerme en pie.

-Lo que sea necesario- contesta él, y después de unos largos y dolorosos segundos puedo levantarme.

Una bolsa de algodón con mis cosas es arrojada al maletero del coche, Peeta toma el asiento del conductor, Haymitch el del copiloto y echo en falta a mi madre, que ha ido a recoger a Ali de la escuela. Peeta me dirige miradas de fingida calma por el espejo retrovisor.

-Tranquila, preciosa- me dice Haymitch, que saca la mano por la ventanilla y le hace gestos de urgencia a los escasos vehículos que nos obstaculizan el camino. Ellos le reconocen rápidamente y se apartan para que nuestro coche pase a la velocidad máxima por la carretera.

Llegamos al hospital y pronto soy acomodada en una sala. Alisma llega una hora más tarde junto a su abuela. Me coge la cara entre las manos.

-¿Te duele mucho, mami?- pregunta, dulcemente, con gesto de preocupación.

-No, cariño- pero mi disimulo dura poco cuando una contracción intensa y duradera me parte en dos. Resoplo por la nariz, siento el sudor resbalar por la frente, y me doy cuenta de que no es buena idea que Alisma esté aquí, es demasiado frágil. Se le llenan los ojos de lágrimas.

-¿Mamá?

-Es normal, no te preocupes- ella pega su frente a la mía y empieza a llorar. Peeta intenta separarla de mí pero eso solo aumenta el estado de nervios de mi hija.

-Dandy está intentando salir y eso duele un poquito, cielo- le dice Peeta, le toca el rostro a la niña, intentando que le mire, pero no consigue nada. Ella clava sus ojos, donde tiene atrapado el más brillante de los cielos, en mí, y sé que no piensa apartarlos, de la misma forma que no lo hace cuando me despierta una pesadilla y ella corre a agarrarme el rostro y a relajarme con su mirada y sus caricias.

-Estoy contigo, mami- dice, poniendo su mano pequeña en mi mejilla.

-Si sigues llorando le pediré a los abuelos que te lleven fuera- la digo duramente, pues no soporto verla así.

-Vale- dice, y se restriega los párpados, eliminando las lágrimas –ya está.

-Bien- susurro- ahora prométeme que no te vas a asustar.

-No me voy a asustar- la beso la frente, sosteniendo la parte posterior de su cabeza en mi mano- y que cuando tengas que salir, saldrás- veo como su mirada vacila- Alisma- la apremio.

-Sí, lo haré.

-Bien- ella toma asiento en el borde de la cama y deja su mano reposando en mi frente. Todavía le quedan unos meses para cumplir cinco años, pero yo sé que es madura e inteligente, y que es capaz de cumplir sus promesas, así que dejo que esté a mi lado, y que me calme.

Cada contracción significa un centímetro menos hasta mi bebé. La anestesia llega y con ella una cierta paz. Alisma sigue a mi lado aunque Peeta la impide que vea la inyección. Finalmente llega el momento del parto y la niña no puede estar presente.

-Cuando vuelvas conocerás a tu hermanito, no te preocupes, todo irá bien- la dice Peeta, pero Alisma parece haber olvidado por completo el deseo de conocer a su hermano, y no despega su mirada de la mía hasta que la puerta de la sala se interpone entre nosotras.

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Cuando llega Dandelion un mar de lágrimas me anega. Es gordito, blanco, sus pestañas son traslúcidas, y su peso evidencia una corpulencia proveniente de su padre. Peeta acaricia su bracito con el dedo índice, con sumo cuidado, y nos miramos radiantes de alegría. Cuando Alisma cruza la puerta sus hoyuelos son tan profundos que me hace romper a llorar de nuevo. Peeta la hace sentarse en una silla y sitúa con delicadeza a Dandy en sus brazos. Yo la veo borrosa, tras la capa acuosa que cubre mis ojos, y la escucho saludarle.

-Hola, hermanito- le coge la manita entre sus delicados dedos, Dandy mueve la boca como si succionara y hace un ruidito casi inaudible. Peeta me toma la mano, su felicidad es inconmensurable, tanto como la mía.

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Alisma está sentada junto a mí viendo como el bebé toma el pecho, maravillada con cada gesto de su hermano, y Peeta nos toma varias fotos, parece arrollado por las emociones. A penas ha guardado su cámara cuando una enfermera nos dice amablemente que ha llegado una visita, son Annie y Finnick.

-¿Es el primo Finny?- inquiere Alisma, emocionada.

Termino de darle el pecho al pequeño y ambos entran. Annie con su gesto plácido y dulce, y Finnick Jr, esbelto, apuesto y radiante. Tiene casi nueve años, pero su mirada es profunda y tiene la serenidad de un adulto. Se pone en cuclillas para recibir el abrazo de Alisma.

-¡Es precioso!- anuncia ella a su "primo". -Tiene los ojos como mamá, pero creemos que va a ser rubio como papá, ¡mira, parece que no tiene pestañas, eh!- se ríe. Finnick asiente, con una sonrisa amable, nos saluda a Peeta y a mí con un beso en la mejilla.

-Hola tía Katniss, ¿estás bien?- musita, educadamente, y después sus ojos reposan en Dandelion- Oh…- sonríe- Es muy guapo- Dandelion está muy dormido, Finnick decide no tocarle por temor a despertarlo.

-Qué maravilla…- musita Annie, tras besarme el mismo lugar de la mejilla que su hijo- Peeta…- susurra, y mira a Peeta, que se mantiene a mi lado, recostado en la pared- Es idéntico a ti, es absolutamente igual que tú- Peeta ríe.

-No totalmente, tiene los ojos grises- Annie vuelve a mirar al bebé, que respira sobre mi pecho- Será precioso…

Johanna llega sola, y no hace falta que me diga donde está Gale. Ha dejado a los mellizos con su asistente doméstico, pero Adahy viene con ella.

-¡Espero que no lloren tanto como mis hermanos!- dice el niño, después de mirar fijamente a Dandelion durante unos segundos. Johanna chasquea la lengua.

-No seas aguafiestas, hijo.

-Dandy va a ser muy bueno…- musita Alisma, besando delicadamente la mejilla del bebé.

-Sí, ya- insiste Ada, y su madre le da un capón sin fuerza, y él la mira ofuscado, mientras el resto nos reímos con la escena.

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Esta podría ser la etapa más dulce de mi vida, si no fuera porque mi marido hace las maletas para que nos marchemos de nuestro hogar.

Se han suspendido las clases, se han cerrado los comercios y se han establecido las salidas de los habitantes del Distrito a diferentes puntos de Panem. Peeta y yo nos alojaremos en la casa de Annie. En principio, nos habían asignado una habitación de hotel en el Nuevo Núcleo, pero en cuanto Annie lo supo no aceptó que fuéramos a un lugar tan desagradable para nosotros.

Cuando llegamos a su casa nos recibe un dulce olor a frutas maduras y flores. Finny pronto consuela a Alisma, enseñándole la habitación que compartirá con Dandelion y todos los cuentos que tienen por leer, incluyendo los que él mismo ha escrito para ella.

-He pensado que podrías ilustrarlos, ya que dibujas tan bien- la dice, con dulzura, y Alisma empieza a olvidarse de que está en algún lugar lejos de casa.

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Peeta monta la cuna del bebé mientras yo le doy el pecho. Ambos estamos preocupados porque el líder de Nueva Era, Nestor Coin, decida disparar sus armas contra el distrito más cercano, el nuestro, como alarde de poder, que es por lo que estamos aquí.

-De nada sirve que lo pensemos- comenta Peeta- solo para disgustarnos y no disfrutar de nuestros hijos, y de nosotros- asiento sin convicción.

-Es inevitable, es nuestro hogar, ya fue destruido una vez, no sé si podré soportar una segunda- Peeta se sienta a mi lado, los dos compartimos la visión de Dandelion succionando con calma- y tampoco puedo olvidar que Gale está allí, expuesto al peligro, con tres hijos y una histérica Johanna esperándole en casa.

-Después de esta misión Gale no aceptará más papeles activos, me lo confesó hace tiempo- le miro con sorpresa y cierto consuelo.

-¿No más misiones?- niega con la cabeza.

-Ha llegado a un acuerdo, pasará a Coordinación, no pondrá en riesgo su vida- por toda respuesta dejo caer un hondo suspiro.

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Extra

Cuentos ilustrados

(Punto de vista de Finnick Junior)

No hace mucho entendí que mi madre no está aquí para cuidarme, sino que yo estoy aquí para cuidar de ella.

No resulta fácil, especialmente porque no sé qué hay en su cabeza. Qué ocurre exactamente cuando viaja a otro lugar y su rostro expresa sensaciones que está viviendo muy lejos de aquí. Cuando se marcha a otros tiempos, pienso si volverá, o se quedará allí para siempre, porque si se queda, será que se ha vuelto loca, y me separarán de ella. Conozco a varios niños en esa situación, su padre o madre han quedado viudos y empiezan a abandonar la vida y con ello a abandonar a sus hijos, y entonces no queda más remedio que buscarles un lugar dónde puedan cuidarles, pero ellos siempre prefieren estar con sus padres.

De momento, para nadie pasa desapercibido que mi madre es, sencillamente, algo rara, pero no es irresponsable.

Me encuentro en mi cuarto tratando de avanzar algo en las tareas de la escuela, mamá es buena con los libros pero hoy está ocupada con los tíos Mellark y sus hijos, se quedarán un tiempo, lo que dure la crisis en el 13. Verdaderamente no son mis tíos, pero es como si lo fueran.

El texto se me atraganta, y las preguntas también. Normalmente no tengo dificultades pero cuando se trata de historia, cuando se trata de la época del Capitolio, todo parece hablar de mi padre y de cómo lo perdí, y los libros se quedan cortos en explicaciones, y no parece haber nadie dispuesto a dármelas. En ese sentido, solo mi tío Peeta es lo suficientemente sincero y bondadoso como para dedicarme su tiempo y hablarme de él, pero puedo notar en sus ojos su temor a contarme más de lo que mi madre quisiera, y no quiero poner a tío Peeta en un apuro, porque él es bueno, y ya ha hecho bastante por mí.

Dejo caer mi cabeza sobre el libro, mi frente transpira sobre la hoja y la piel se queda adherida a ella, es en ese momento de angustia cuando escucho llamar a la puerta y escucho la vocecita de mi prima Alisma.

-Vengo a elustrar- dice, con su tono dulce y cercano.

-Pasa- digo, despegándome del libro y frotándome la zona de la frente que me hormiguea. Asoma su cara perlada y sus ojos grandes, de un azul radical, llenan la habitación.

-¿Haces deberes?- pregunta con timidez, escudriñando la superficie del escritorio entre sus pestañas oscurísimas. Su trenza negra, similar a la de tía Katniss, reposa sobre su pequeño hombro como una serpiente dormida.

-Lo intento.

-Ah…- susurra, retrocediendo en sus pasos.

-¡No!- exclamo con urgencia- No te vayas, los haré más tarde. Puedes pasar- Ali entra dibujando pequeños pasos con sus bonitas sandalias, entonces trepa a mi cama y se sienta, colgando las piernecitas y bamboleándolas en el aire.

-¿Qué elustramos?- frunzo el ceño.

-¿Cómo?

-Antes me has dicho que podía elustrar algún cuento- me río.

-Ilustrar, se dice ilustrar- me doy cuenta rápidamente que apenas intuye a qué me refiero.

-¿Dibujar los cuentos?- asiento.

-Sí, muy bien- voy a la estantería y cojo uno de mis cuadernos, entre ellos, hay blocs de hojas blancas con cuentos breves y dibujos de Alisma, realmente son asombrosos, ella todavía no ha cumplido cinco años pero sabe darle perspectiva a lo que dibuja. Está claro que ha heredado el don de su padre, pero no solo ha heredado eso, sino también una bonita voz, con la que entona canciones lejanas mientras dibuja, y realmente me da paz escucharla.

Nos arrojamos al suelo y ella dibuja mientras yo escribo, después de un rato me quedo mirando al techo, las estrellitas de plástico que pegó tío Gale formando la Osa mayor y la Osa menor. El canturreo perfecto de Alisma me transporta a un lugar tan tranquilo y seguro como la superficie del mar, cuando está en calma. No sé cómo acude esta ensoñación a mi mente, ya que en realidad estoy despierto, pero entre las palabras de su canción me visita la imagen de mi padre nadando con fuerza en el agua. Y Alisma sigue tarareando, y yo cierro los ojos y me dejo llevar:

Y el océano es verde

Y la brisa es fuerte

Y los peces silban

Y las algas duermen

Y es curioso que cante precisamente esta canción, porque es una canción típica de mi Distrito, y entonces me doy cuenta de que la ha memorizado de uno mis cuentos, y ha inventado una melodía maravillosa para ella.

Y el horizonte dice:

¿Dónde está?

Y nadie responde.

¿Se lo llevó el mar?

Me debato entre la necesidad de que Alisma deje de cantar y la necesidad de que continúe. Una mezcla entre dolor y placer me inundan el alma, porque aquella canción me acerca, y me aleja a la vez, de él. Y entonces para de tararear y tras un largo segundo de silencio escucho su voz clara dirigirse a mí.

-Ya está- anuncia. Abro los ojos, como si saliera de otro mundo, y noto que los tengo húmedos, ella frunce el ceño, como si sospechara, me apresuro a mirar su dibujo y a sonreír ampliamente.

-¡Genial!- exclamo, y finjo que me pican los ojos para deshacerme de la humedad de las pestañas, en ese momento se escucha un leve golpeteo en la puerta y asoma tío Peeta, su hija le sonríe ampliamente y corre a internarle en la habitación cogiéndole de la mano, al grito de papá, esa palabra que yo no puedo usar.

El tío se sienta entre nosotros como si fuera un niño más, yo me cojo de su brazo y pego la mejilla en él mientras pasa las hojas de los cuentos, leyendo con calma, mientras Ali se recuesta en su otro brazo.

-Tenéis mucho talento, los dos- nos halaba, me mira brevemente y libera el brazo para pasarlo en torno a mi cuerpo y estrecharme contra él- ¿Has leído alguno de tus cuentos en clase?- me encojo de hombros y cierro los ojos, brevemente, en la protección de su regazo.

-¿Para qué?- el tío tarda un par de segundos en responder.

-Son tan buenos que es una pena que solo los leamos nosotros.

-¡Sí!- corrobora Alisma, con entusiasmo- ¡Tienes que leerlos a todo el colegio!- me ruborizo un poco.

-Bueno…

-Seguro que hay algún concurso en la escuela, algún grupo de lectura o algún taller- insiste Peeta, asiento.

-Sí, lo hay- confieso- pero no sé cómo apuntarme.

-Lo podemos mirar juntos ¿quieres?- me estrecha brevemente con un poco más de presión y yo acepto.

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Al día siguiente el tío está esperándome en la puerta de la escuela, él solo, así que supongo que mamá se ha quedado en casa con la tía, Ali, y el primo recién nacido, Dandelion. Cuando llego hasta él su mano grande me acaricia el pelo y, como de costumbre, me envuelve con su brazo. Pasamos al patio del colegio y llegamos a la entrada. Algunos niños me miran, aunque todos saben que mi padre murió en la guerra, supongo que les rompe los esquemas ver a un adulto que bien podría ser mi padre, junto a mí, especialmente porque mi tío y yo tenemos un ligero parecido físico al ser ambos rubios. Su expresión se torna de curiosidad a asombro cuando se dan cuenta de que es Peeta Mellark, líder de la pasada revolución, último tributo de los inexistentes Juegos del hambre. Todos conocen bien su cara ahora.

A penas hemos llegado al tablón de anuncios cuando los maestros nos abordan y saludan a Peeta, estrechándole la mano y felicitándole por el nacimiento de su bebé. Ellos lo saben porque lo han leído en las revistas, todo lo que mis tíos hacen es noticia. Cuando se marchan, se acerca mi maestra preferida.

-Buenos días- dice mi profesora de literatura, una mujer joven y amable que, a diferencia de otros maestros, es siempre dulce con los alumnos y rara vez nos regaña.

-Buenos días- contesta el tío.

-Hola señorita- digo yo, sonriendo levemente.

-¿Cómo estás, Odair?- inquiere ella, con su mirada confiada.

-Muy bien. Este es mi tío Peeta Mellark- digo con firmeza, para presentarles, aunque ya sepa quién es- ella es la señorita Michalka- se estrechan la mano levemente.

-Claudia Michalka- dice la señorita, añadiendo su nombre de pila- encantada. ¿Os puedo ayudar?

Peeta y ella hablan sobre mí, algo que me incomoda. La señorita dice que hago unas redacciones excelentes y que, efectivamente, debería presentar mis cuentos, y le rebela que yo nunca le he prestado ninguno de ellos, salvo los que escribo en clase en los momentos de "escritura libre". El tío también me halaba, y yo disimulo mi rubor leyendo anuncios, que en realidad no me interesan, en el tablón .

-Realmente estaba esperando a que él mismo diera ese paso- dice la señorita, marcando el punto de la conversación en la que comenzarán hablar de mí como si no estuviera.

-Creo que ahora le apetece darlo- dice Peeta, haciendo que me sienta reconfortado al no hablar de mí en tercera persona. Le miro y asiento.

-¿De verdad, Odair?- me dice la maestra, con gesto de auténtica satisfacción. Y la contestó con claridad:

-Sí

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Gracias al tío presento uno de mis cuentos a mi primer concurso. El tema del cuento es, como cabía esperar, referente a la playa, así que ni siquiera tengo que escribir uno nuevo porque tengo decenas sobre ello.

Me siento frente a mi ordenador, el cual no uso mucho porque me gusta más el lápiz, y lo transcribo, y uso mis conocimientos de las clases de informática para mandar por mail el cuento a la profesora para que lo corrija, como hará con todos los cuentos del curso. Unas horas más tarde me responde diciendo que el cuento no necesita corrección.

Los tíos y los primos pasan en casa quince días. Yo no sé cómo va la crisis salvo por las preguntas que Peeta acepta contestarme, por lo demás, mamá se pone muy nerviosa si enciendo el televisor, así que no lo hago.

La operación va bien, aunque tío Gale vuelve herido y es ingresado en el hospital del doce por heridas de metralla, aunque no son graves, solo necesitan ser curadas.

Los quince días han sido maravillosos. La tía y mamá nos hacían deliciosas meriendas a Alisma y a mí, mientras el tío nos hipnotizaba dejándonos observar cómo dibujaba a Dandelion. También hemos visto muchas películas de dibujos y Ali y yo hemos jugado hasta el agotamiento en la playa, así que cuando se marchan, cuando tía Katniss me besa la mejilla, el tío me abraza y Ali me estrecha de la cintura, siento un nudo en la garganta. No quiero que mamá me vea triste, no quiero que piense que con ella no soy feliz (porque no es cierto), así que sostengo la mejor de mis sonrisas, algo que no me cuesta mucho.

Cuando la puerta de casa se cierra me parece ver el resplandor de los ojos azules de Alisma, y el arroyo negro de su cabello, y las notas de su canción revolotean en mi mente:

Y el océano es verde

Y la brisa es fuerte

Y los peces silban

Y las algas duermen.

Y el horizonte dice:

¿Dónde está?

Y nadie responde.

¿Se lo llevó el mar?

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(Continuación del capítulo)

Miramos el televisor, con el corazón en vilo, cuando no están los niños. En cualquier momento cualquier retransmisión se corta para conectar en directo con el gobierno, a veces se emiten comunicados leídos por Plutarch, a veces por la misma Paylor, a veces sencillamente tomas heroicas en terreno enemigo. Nestor Coin consigue introducir sus propios videos en antena en intervalos cortos, acusa al gobierno de devastar el Distrito 13 con la vaga excusa de las armas, pero pierde toda razón cuando una semana más tarde un infiltrado en su partido graba sus órdenes de lanzar los únicos dos misiles activos al Distrito 12.

Me aterrorizo con las imágenes de los artefactos, de dimensiones bestiales, apuntando el lugar donde he nacido, crecido, y en donde espero morir. La misión es abortada con éxito, pero no sin que antes se suceda una batalla campal y se pierda la señal durante unas angustiosas horas en las que Johanna y sus niños acuden, a la desesperada, al hogar de Annie, buscando consuelo.

Se detiene a Nestor Coin, y a todos los integrantes del partido. Se evacuan a los pocos ciudadanos que no se habían ido por su propio pie y se declara el 13 inhabitable.

Gale es llevado directamente al hospital. Ha sido herido con fuego de metralla, no es grave, pero está magullado y dolorido. En el propio hospital, delante de todos, Gale le pide a Johanna que se case con él, y ella, que estaba enfadada recriminándole su tozudez mientras Adahy exaltaba su valentía, se ríe y exclama:

-¿A estas alturas?

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Al parecer Nestor Coin está empeñado en que le ejecuten. Provoca constantemente a todo el que se le acerca, incluso ha llegado a decir que él es el responsable de mi envenenamiento, que trató de matarme y que lo volvería a intentar si pudiera. Paylor deja en mis manos la opción de ejecutarle, ya que la ley contempla la pena de muerte, pero yo decido que sería muy fácil para él sencillamente irse del mundo, así que finalmente es condenado a cadena perpetua.

Con cierto recelo volvemos a nuestras casas, limpiamos el polvo de nuestros hogares y ponemos orden en nuestras vidas.

A partir de ahora el panorama de Panem se presenta más alentador que nunca. Sin amenazas a la vista, aunque, por supuesto, con sus asuntos por resolver, como la falta de patria de los habitantes del trece.

De nuevo una oleada de hombres y mujeres grises llega a nuestro distrito. Los Cub dan asilo a algunos de sus compatriotas, y nosotros donamos alimentos, la mayoría provenientes de la panadería, a los albergues que dan residencia temporal a nuestros nuevos vecinos.

Entre tanto el tiempo pasa y Dandelion nos dedica sus primeras sonrisas, sus primeros sonidos de reclamos y gestos. Alisma cumple cinco años, y empieza a conocer nuestra historia, poco a poco, con delicadeza.

Dandelion camina por primera vez en la pradera, antes de ello ya ha hecho ademanes de ponerse en pie, pero nunca se había atrevido a andar.

Alisma baila y él trata de seguir su paso con sus piernas regordetas. Peeta y yo le observamos llenos de regocijo, tratamos de no preocuparnos por una posible caída, ya que el césped es mullido y no se hará daño. Cuando Alisma en uno de sus múltiples giros ve a su hermanito andar se arroja al suelo de rodillas.

-¡Está caminando!- exclama con júbilo, y abre los brazos, y a ellos llega un risueño Dandy. Ella lo coge, lo eleva y lo llena de besos. Y da vueltas y vueltas con él en los brazos, preso de un ataque de risa.

Alisma llega a nosotros con el pequeño en brazos, pero se para unos tres pasos antes y le deja, de pie, cerca nuestra. Entonces Dandelion se queda allí, observándonos. Ali se sienta junto a nosotros y llama a su hermano, él da un paso temeroso, después otro y otro y a poca distancia nuestra se queda confundido, sin saber a cuales brazos acudir.

-Llámale tú, Alisma- dice Peeta con dulzura. Entonces Alisma se sienta entre las rodillas de su padre y abre los brazos. Dandy me mira con expresión interrogante, yo me abrazo las rodillas para que no venga hacia mí, sino hacia su padre y su hermana, y así lo hace, sin embargo, algo lo lleva a cambiar su decisión y al final me alcanza, con su sonrisa desdentada, y le estrecho contra mí, con todo el amor del mundo.

Su pelo suave y rubio me acaricia la mejilla, sus sonidos de satisfacción me tibian el corazón, alegría y temor se mezclan en mi alma y una lágrimas cálidas, a penas perceptibles, me templan los párpados. Alisma nos abraza, siento a Peeta rodearnos a los tres.

Mis niños, dulces e inocentes, que no saben que juegan sobre un cementerio.

Aquí, en este espacio de paz y dulzura, solo quiero pensar que nada podrá robarles la risa.

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N/A: muchas gracias por continuar, prefiero no entrar en detalles sobre la tardanza en esta actualización, pero no creo que se repita =) Espero de veras que os haya gustado, me encantaría conocer vuestras opiniones, ya lo sabéis, un abrazo