Parte 21 - Juicio


Grisia siguió quejándose por su sándwich mientras salíamos del Templo Sagrado. Nos pusimos las capas durante el recorrido. Afortunadamente, no nos habíamos topado con nadie más en nuestro camino, o muchas personas habrían quedado boquiabiertas de terror por la súbita fascinación del Caballero Juicio por los sándwiches.

–Así que, ¿le dijiste a Adair? –pregunté mientras subía mi capucha. Puse especial cuidado en meter cada hebra de cabello dorado que amenazaba con escapar de la capucha. Eran demasiado llamativas.

Mis palabras hicieron que Grisia se callara de inmediato. Lo miré, curioso por su silencio repentino, pero su capucha escondía su cara demasiado bien como para que viera su expresión. Su cabello negro se confundía con su capucha. Sin embargo, su tono me dijo todo lo que necesitaba saber.

–No fui sólo yo, ¿de acuerdo? ¡Tú también tuviste un resbalón frente a él! –exclamó, indignado, elevando la voz hasta que mi tono profundo de barítono sonó bastante agudo. Ni siquiera sabía que mi voz podía elevarse tanto.

Exhalé y miré el cielo de la tarde. El sol todavía está bastante alto. Deberíamos poder regresar antes del anochecer si no nos distraemos.

–No te estoy culpando –dije, todavía viendo el sol–. De hecho, creo que es una buena idea.

Con lo perspicaz que es Adair, habría sido un prodigio no tener un resbalón frente a él. Aún así, sólo había bastado un día para que despertáramos las sospechas de Adair y que Grisia cambiara de idea sobre no decirle a nadie. Era muy poco tiempo.

También había confundido mucho a Vidar, pero ya que intenté despejar sus sospechas con ese horrendo apodo... ya no quería tener que revelar la situación frente a él, a menos que fuera completamente indispensable. Era un buen vice-capitán, pero era mucho más rígido en su forma de pensar que Adair, y podría decirse que la admiración que sentía por mí era aún mayor que la admiración que sentía Adair por su capitán. Tenía ciertas expectativas de mí que yo no quería defraudar.

Y eso incluía no dejarle saber que había sido yo el que lo había llamado con ese apodo tan espantoso.

Puse la mano sobre la Espada Divina del Sol. Ahora que Adair sabía lo que pasaba, podía hablar con él sobre el entrenamiento de Sol. Hablaba en serio cuando dije que Sol necesitaba practicar más. Levantar una espada no debería sentirse tan agotador, y aún así sentí el esfuerzo de los músculos cuando peleé en el cuerpo de Sol. De verdad no tenía los músculos apropiados para ser un caballero sagrado.

–Ahora que Adair sabe sobre nosotros, hasta puede entrenar conmigo mientras estemos atorados –expliqué cuando Grisia se volvió hacia mi, inquisitivo. Sin embargo, esperaba que no siguiéramos atrapados mucho tiempo. No tenía muchos candidatos para practicar ya que cualquiera se impresionaría demasiado por la repentina habilidad de Sol para la esgrima como para seguir siendo capaz de practicar conmigo, pero afortunadamente Adair era uno de los mejores espadachines del Templo Sagrado.

–¡Ja, sabía que sería buena idea decirle a Adair! –presumió Grisia, cambiando su tono inmediatamente.

–Por eso quería decirle a todos desde el principio. Sabes que podrían ayudarnos –dije simplemente. No necesitábamos decirle al público en general, pero los Doce Caballeros Sagrados podrían darnos una mano, y tenían derecho a saber.

–¡No! –protestó Grisia de todos modos–. Adair es Adair, pero los demás... ¡no quiero que se enteren!

Había pensado que diría eso, así que no insistí en el asunto. A pesar de que Grisia siempre parecía estar tonteando y haciendo miserables las vidas de los demás (bueno, tonteaba y hacía miserables a los demás), parte de eso era porque no le gustaba involucrar a otros o decirles lo que estaba pasando. Si podía mantenerte en la ignorancia, lo haría, y no tendrías ni idea de lo que pasaba tras bambalinas... hasta que regresaba, malherido. Eso siempre me frustraba.

Por eso era que no podría estar más feliz por este inoportuno cambio. Al menos, hacía que Grisia tuviera que aceptar mi ayuda y mantenerme al tanto.

Nuestra primera parada fue la popular tienda de dulces que Grisia siempre me pedía que frecuentara en su lugar. Siempre parloteaba sobre cómo sólo el Caballero Juicio podía aterrorizar a la muchedumbre lo suficiente como para comprar postres de mora azul sin tener que esperar en filas ridículamente largas. No me parecía bien saltarme la fila, pero las filas siempre se hacían a un lado cuando fuera que visitara la tienda, y con lo seguido que iba, no podía decir que no me ahorraban un montón de tiempo al hacer eso. Esta vez, visitábamos la tienda favorita de Grisia para comprar unas pocas paletas para, según Grisia, "sobornar" a Pink. Tenían que ser paletas o hielo raspado del mismísimo Ecilan, pero ya que ya habíamos dejado el Templo Sagrado, y nos había costado bastante esfuerzo para hacerlo, decidimos comprar paletas de fresa.

Sin embargo pensé que Grisia, probablemente, sólo quería intimidad a la muchedumbre en la tienda él mismo. Se había visto decididamente encantado cuando sugirió comprar paletas, como un niño en una... bueno, si íbamos a una dulcería. Sólo podía sacudir la cabeza ante la extraña mirada de deleite que Grisia había hecho con mi cara. Como muchos de los gestos de Grisia desde nuestro cambio, esa expresión se veía incongruente con mi cara, como si no perteneciera ahí. No era una expresión que normalmente me permitiría mostrar. De hecho... ¿siquiera sé cómo hacer esa expresión? ¿Lo he sabido alguna vez?

En nuestro camino hacia la tienda, la visión de la ciudad fue realmente reveladora, y supe con exactitud porqué el Templo Sagrado estaba tan vacío. Habíamos movilizado a muchos más caballeros de lo normal, y ahora hasta los caballeros reales patrullaban con nosotros, lo que era una imagen bastante impresionante y ligeramente opresiva. Podríamos haber enviado aún más caballeros a patrullar, pero con los que estaban ahora, ya había algunos ciudadanos espiando furtivamente a los caballeros que patrullaban. No era frecuente que los caballeros sagrados y los caballerosreales patrullaran juntos, con uniformes que contrastaban marcadamente. Aunque no habíamos querido preocupar a los ciudadanos innecesariamente, de todas formas se sentía un aire tenso en la ciudad, con la presencia de todos los caballeros.

Con un señor de la muerte suelto en la ciudad, no podíamos permitirnos estar menos alertas. Suponía que Roland, habiendo alcanzado apenas el status de señor de la muerte, se había retirado por el momento la tarde anterior. No pensaba que atacaría a plena luz del día, cuando era más difícil esconderse y reunir el elemento oscuro, pero en cuanto cayera la noche...

Realmente no podíamos anticipar cuándo atacaría Roland. Su silencio actual era una paz débil que podía romperse en cualquier momento, por lo que Grisia y yo queríamos atraerlo bajo nuestros términos. Idealmente, habríamos cambiado antes de eso, pero si no, tendría que hacer mi mejor esfuerzo para desempeñar la parte de Sol.

–¿Ya oíste? –exclamó alguien–. Escuché que el Caballero Sol torturó a alguien hasta matarlo, haciendo que esa persona se convirtiera en un abominable caballero de la muerte.

No me volví en la dirección de esa voz, pero ya sabía que era una conversación que Grisia no necesitaba escuchar. Sin embargo, no había forma de protegerlo, porque estos rumores corrían por doquiera en el reino. Pocos podían resistir la posibilidad de haberse enterado de algo escandaloso sobre el perfecto Caballero Sol. Muchos, incluso, externaban comentarios sobre que siempre habían sabido que algo así pasaría: la supuesta personalidad del Caballero Sol siempre había sido demasiado buena para ser cierta.

Alguien soltó un jadeo.

–¿Imposible? ¡Nuestro amable Caballero Sol nunca haría eso!

Otra voz se unió.

–¡El caballero de la muerte todavía ha de estar tras el Caballero Sol! Si no, ¿por qué habría caballeros reales patrullando con los caballeros sagrados? ¡El rey no confía en el Caballero Sol!

Esta vez, toda la gente jadeó. Siguieron chismeando después de eso. Cuando habló la primera voz, vi de reojo que Grisia se encogió casi imperceptiblemente. Se abrió paso por delante de mi, dejándome sólo su espalda a la vista, pero estiré la mano inmediatamente y lo tomé del brazo para recordarle mi presencia.

–Cálmate –le dije, deteniéndolo.

Grisia resopló, con una postura rígida.

–No necesito calmarme. Esto es ridículo. ¡Cómo se atreven a chismear frente a mí! ¡Les enseñaré!

–Ya sabías que estaban circulando estos rumores. No es nuevo –dije. Ya habíamos pasado por cosas peores antes, ya que los dos habíamos heredado generaciones enteras de rumores de nuestros predecesores. Normalmente, algo así se le habría resbalado.

–¡Sí, pero ese "caballero de la muerte" es Roland! Yo jamás... –Grisia se detuvo abruptamente y arrancó su brazo de mi agarre. Lo dejé–. Va a ser súper difícil reparar mi reputación –dijo al final.

Vi el gentío cuchicheante y los caballeros patrullando.

–Los rumores se olvidarán con el tiempo. Además, ¿no tenemos un plan para eso?

–Si tú lo dices... vamos a la tienda de una vez –dijo Grisia.

Asentí. Lo mejor era que siguiéramos nuestro camino tan pronto como fuera posible: esos caballeros parecían querer acercarse para inspeccionarnos. Debemos vernos bastante sospechosos con las capas... Si ninguno de los caballeros pensara que éramos sospechosos, cuestionaría su entrenamiento.

Ah, aquí vienen, hacia nosotros.

Si estuviera solo, habría revelado mi identidad, pero estaba con Grisia. ¿El Caballero Sol y el Caballero Juicio vagabundeando juntos? Ni siquiera sé lo que pensaría el público de eso, pero tampoco quiero saber.

Nos fuimos rápidamente.

Cuando llegamos a la tienda de dulces, Grisia desquitó su mal humor con los clientes. Caminó derecho al frente de la fila, empujando a un montón de clientes. Cuando el hombre al frente de la línea, furioso, tomó el hombro de Grisia, Grisia simplemente se volvió y lo vio con furia.

–¿Algún problema? –preguntó Grisia con una voz profunda y letal, con los ojos entrecerrados. No se había quitado la capucha, lo que lo hacía verse más peligroso.

–N-no –tartamudeó el hombre. Se hizo para atrás, chocando con la persona detrás de él. La persona tras él tuvo que sostenerlo, ya que sus piernas no parecían poder sostenerlo más.

Justo después de eso, Grisia se volvió hacia el impactado dueño de la tienda.

–Dos paletas de fresa.

El dueño de la tienda se le quedó viendo.

–¿Qui-quiere paletas, señor? ¿De f-f-fresa?

–¿Eh? Así es –dijo Grisia–. Oh, y agregue un pay de mora azul a la orden también.

Quería darme una palmada en la frente.

¿Debería alegrarme de que Grisia no se hubiera quitado la capucha?


Continuará

N/A: Sí, deberías alegrarte, Lesus. XD;;

Escena editada:

–Ahora que Adair sabe sobre nosotros...

–¿Qué? ¿Quieres decir que sabe sobre nuestra relación?

–...

(Lo siento, no pude resistirme, jaja)