Redoblo la apuesta.
La respiración de Rachel se perdió por completo dentro de la boca de Quinn con un gemido, mas no iba a durar mucho ese primer contacto, porque una estampida contra la puerta las detuvo.
Sorprendida, Rachel se alejó un poco y Quinn murmuró groserías.
—¡Y ahora qué quieren!
Desde afuera llegaron las mismas exclamaciones incomprensibles y risotadas que escuchó instantes atrás.
—¿Qué fue eso? —cuestionó Rachel.
—¡Alemanes borrachos e imbéciles! ¡Pero déjame que yo arreglaré esto de una jodida vez!
Y Quinn se volvió, dispuesta a salir blandiendo la claymore. Atravesaría a varios con ella…
No dudó en tomar el pomo de la puerta con coraje, deteniéndose al instante. ¿Qué puerta iba a abrir? ¡Estaba encerrada! Estaban encerradas, y la presencia arrebatadora de Rachel hizo que pasara por alto ese detalle.
Una risa ronca y triunfal a sus espaldas le avisó que a su novia le estaba divirtiendo su pequeño olvido.
Para alivio de las dos, esas risas y groserías comenzaron a perderse otra vez en el pasillo, alejándose de la puerta.
De pronto todo quedó en silencio, como si nunca hubiesen estado allí.
Incrédula, Quinn se dispuso a volverse para comprobar realmente si aquello era real, sin embargo la otra se encargó antes de demostrárselo. Su mano rodeó la de ella sobre el pomo de la puerta, apretándose contra toda su longitud.
La rubia no pudo evitar un gemido al sentirla adherida a su cuerpo; sus curvas le quemaban el vestido y la piel que cubría.
—Puede crecer una montaña en medio del mar ahora mismo, que no vas salir de aquí —murmuró con sus labios pegados al lóbulo de su oreja.
—Rachel…
Su nombre fue lo único que pudo pronunciar Quinn. Intentó volverse una vez más, sin conseguirlo.
—¿Lo ves? Ya volvimos a estar solas, solas mi amor.
La presa apretó los dientes, tratando de no perder el control con tanta velocidad. Rachel no colaboraba, ya que su pretensión era volverla sumisa, aferrando su otra muñeca con fuerza.
—Solas y… encerradas… —jadeó, un poco esquiva.
—No importa; estamos en un primer piso. Si se incendia el hotel podremos saltar.
La risa gutural le hizo dar un respingo a Quinn, pero mucho más la intensa seducción a la que la sumía.
Rachel refregó sin condición su nuca con los labios, buscando la piel detrás del cabello. Sutilmente le entregaba besos húmedos y medianamente sonoros, que no hacían más que desbordarla de temblores y excitación.
Su mujer la liberó de la presión de sus manos para comenzar con ellas un recorrido enloquecedor sobre el vestido, inútil barrera para una piel que se quemaba bajo la fricción. Esas caricias abarcaron su vientre, presionándolo para que se curvara mejor contra su entrepierna.
Su rubia gimió con fuerza, recargando la frente contra la puerta; pudo llegar a esos brazos que no cesaban en sus movimientos, intentando roces que se le iban de las manos; Rachel en ese instante abría más las piernas para encajarla mejor entre ellas, meneándola con un acompasado vaivén.
La espera, su imaginación, el aroma de Quinn al alcance la elevaron tanto que le era imposible pisar tierra nuevamente; ansiaba devorarla entera, y tenía todo el tiempo para hacerlo. Nadie lo impediría, ni alemanes borrachos, ni caprichos, amigos, cataclismos, nadie. Esa noche Quinn era suya.
Guiada por su piel llegó a los bordes del vestido, jugando con ellos.
—¿Te hablé de tu trasero? —habló Rachel con sensualidad.
—Cientos de veces… —respondió ella a media voz.
—Entonces sabes cuánto lo amo vestido —la palabra fue acompañada por la caricia correcta, porque enterró profundamente sus palmas en él—… pero más desvestido…
Y como la expresión iba de la mano de la acción atenta, en un parpadeo el vestido voló por los aires ante la sorpresa de su portadora. ¿En qué momento elevó los brazos?
No importaba, el aliento de Rachel estremeció sus hombros desnudos y a merced de sus ojos que no podía ver.
—Oh, Rachel…
Desde su sexo bajaba el líquido precioso que su amor deseaba, pero sabía que todavía no iba a beber de ella; ese juego ya tenía una jugadora que impuso sus reglas de antemano.
Aquellos dedos comenzaron a enredarse en los bordes de las bragas negras, acariciando sin clemencia; la respiración entre jadeos de aquélla le agitaba los cabellos y humedecía su espalda con besos ligeros. Quinn se desbordaba y necesitaba más; sostenerse de la puerta le estaba costando un gran trabajo.
Concentrada en su trasero, Rachel no la tocaba donde requería, y eso era una tortura.
Mas ella tenía otros planes, porque se agachó y desabrochó sus sandalias con prisa. El calzado fue dejado de lado, no sin antes llenar de caricias las pantorrillas y los muslos a la par que volvía a quedar frente a ella, y Quinn no lo soportó más, terminando por girarse de una vez para buscarle los labios con salvaje necesidad. Su lengua penetró entre los dientes, encontrándose con la otra que se enredó al segundo.
Era un beso como no se recordaba en aquel viaje, desaforado, fuerte, doloroso, tal vez presagiando una conclusión definitivamente más digna que las anteriores.
Aferrándose a sus hombros, la rubia intentó llevarla hacia la cama, no pudiendo lograrlo, ya que entre besos y mordidas Rachel tuvo la conciencia de no ceder ante ella, plantándose en su lugar.
Quinn se separó, respirando con dificultad.
—¿Todavía tienes ganas de jugar? —cuestionó, tirando de su camisola.
Rachel le rodeó las mejillas con las manos, volviéndola a acercar.
—Toda la noche… —musitó, lanzándose a su barbilla para hincar los dientes allí.
La rubia chilló estrujando su trasero, y Rachel volvió a tomar posesión de su boca abierta.
Giró con ella en brazos para dejarla en la posición que deseaba; ahora sí caminaron con urgencia hacia allí, y su novia no tardó en mostrarle otra de sus reglas lúdicas, virándola nuevamente. Entre gemidos y protestas la invitó a que se recostara atravesada.
Ni bien la silueta de Quinn se acomodó, inmediatamente la otra se le sentó a horcajadas, provocándola con movimientos eróticos.
—Te aviso que… tu juego los dejó a todos otra vez al tanto de que… estamos aquí… teniendo sexo… —las últimas palabras salieron con un graznido, porque aquellos labios amantes atacaron su columna vertebral.
La risa vibró en la garganta de Rachel, confundida por tanta piel y aroma.
—Tener sexo contigo —empezó a murmurar, ronca—. Coger contigo… —y se detuvo, inclinada a un centímetro de su omóplato derecho.
—Continúa, por favor —gimió Quinn, removiéndose contra ella.
—Coger contigo es… soberbio, pero hacer el amor, hacerte el amor lentamente y durante horas es mi fetiche, Quinn Fabray. Que lo sepa el mundo entero.
Esa Quinn Fabray, echada sobre la cama más que entregada a su mujer, apretó las sábanas dentro de sus puños, gimiendo.
Con un último roce Rachel se alejó de su cuerpo, bajando al piso con piernas trémulas. Enfebrecida manoteó su camisola y se liberó de ella, arrojándola a la alfombra.
Bella era poco a la contemplación, aun en la urgencia de su cabeza rubia que la buscaba, aun por esos puños ansiosos que se contenían, accediendo a su voluntad que aparecía sobre la marcha, basada en un deseo que casi no la dejaba ver con claridad.
—Rachel… —balbuceó aquélla, que sentía la ausencia de sus manos.
La nombrada alcanzó una vez más su cintura, juntando el sudor de su espalda con las yemas de los dedos.
—Aquí estoy, mi amor...
Gardenias.
Rachel tragó saliva al seguir los contornos del dibujo justo donde la cadera y la cintura se fusionaban; el tatuaje de tamaño considerable, que hacía años había cubierto a otro, mostraba dos gardenias entrelazándose con belleza y realismo, con sus hojas verdes y con sus pétalos algo violáceos, superponiendo la fantasía a su color verdadero.
Esa tonalidad especial fue elegida por su hija, así como la madre primeramente eligió un símbolo imborrable para llevar en su piel.
Aquellas gardenias les pertenecían a Beth y a Rachel, y al mismo tiempo era un símbolo que representaba el amor de ambas, con todo lo que ello significaba.
Se inclinó para besarlas una y otra vez, bajando luego hasta el nacimiento de sus nalgas, jugando un poco más sobre sus bragas; la respiración de Quinn daba clara muestra de la poca resistencia que le quedaba, mas así debía continuar, porque Rachel tenía otros planes, como por ejemplo tomar el borde de la prenda que la cubría y bajarla lentamente, quedándose con el trofeo empapado entre sus manos. Las besó y arrojó sobre la cama.
También decidió tomar otro trofeo que le provocó a la mujer acostada un fuerte respingo, y un sonido extraño en su garganta.
La lengua de Rachel se hundió entre sus nalgas, separándolas con ansiedad para degustar más toda la esencia que allí se acumulaba.
Paladeaba con sonidos guturales y llenos de satisfacción, acabando definitivamente con la cordura cuando usurpó su anatomía con la lengua, quedándose en ese otro orificio sin llegar más abajo.
Los puños de Quinn golpearon contra el colchón para incorporarse contra ese rostro que la hostigaba sin compasión; exhaló un profundo chillido, removiéndose con fuertes impulsos mientras una correntada de placer la doblaba en dos.
—¡Oh, por dios!
Las manos de la más pequeña aferraron sus caderas, gozando con ella de forma escandalosa. Deseaba pagar sus deudas con creces; la deseaba más que a nada y sabía que Quinn la necesitaba de igual manera.
Se contuvo fervientemente para no llegar a esos otros labios impolutos de vellos que veía desde esa posición privilegiada, mojados y palpitantes, terminando su reguero sediento con un jadeo que buscó aire a bocanadas.
Quinn de pronto se vio una vez más sin su boca, con su carne pidiendo a gritos por ella; en cambio la vio aparecer por el costado, plantándosele delante.
¿Podría perder más el aliento y la compostura? Rachel se arrodilló frente a ella, con su rostro encendido dentro de las sombras, labios irritados, cabellos despeinados y una mirada que la separaba de la tierra.
Se había quitado la camisola, y su piel morena contrastaba con aquel sujetador blanco. Agitada, Quinn se aferró a su cuello y bebió de su boca hasta quitarle todo rastro suyo.
—Me estás volviendo… vapor —masculló, bajando por sus senos, mordiéndolos y chupándolos con hambre.
Rachel echó la cabeza hacia atrás, suspirando pesadamente. Todavía no… todavía no, se repetía, enredando las manos en sus mechones para poder mirarla a los ojos. Unos ojos inmensos, convertidos en fuego verde oscuro en ese momento.
—No lo hagas todavía —murmuró, mimándole el mentón con su nariz.
Otra vibrante risa se escuchó desde la garganta de Quinn, que se detuvo en el mismo instante en que sus manos fueron aferradas una vez más para dejarlas en la misma posición anterior, firmemente ancladas sobre el colchón.
—Quédate quieta…
Mueca sugestiva, mirada sorprendida, último beso y una espalda recostándose al revés de ella, en medio de sus dos brazos extendidos.
Quinn pestañeó incrédula, mordiéndose el labio inferior con energía.
—Qué… qué haces…
—Nada que no haya hecho antes —respondió Rachel, muy concentrada en su contemplación desde esa perspectiva.
—Pe-pero… —masculló la otra, interrumpiéndose, porque su cuello estaba siendo lamido en toda su longitud—… no así...
—Es cierto, suelo estar desnuda —acertó a decir la pequeña morena contra su piel.
Sus manos la bajaron un poco más para llegar al broche del sujetador negro.
—Cielo, por favor… —lloriqueó Quinn inútilmente; la última prenda que la cubría fue desechada.
Rachel continuó con su fetiche, magreando nada sutil los senos que caían en su rostro; engullía sus pezones, juntándolos con las manos dolorosamente. Las mordidas se volvieron una constante y el lloriqueo de la rubia iba a la par.
Ante el placer sus brazos finalmente se doblaron, golpeando con la barbilla el pubis de Rachel.
Con suma dificultad, sosteniéndose lo mejor que podía sobre el cuerpo que serpenteaba directo a su sexo, Quinn llevó una de sus manos a la cintura de aquellos shorts, pero le llegó la advertencia desde algún lugar recóndito debajo de su cuerpo.
—Si me tocas me detengo.
—Qué… perversa —susurró con un graznido.
Y tal vez lo era; cómo no serlo si lo único que quería era la densa y aromada oscuridad a la que por fin había llegado. Sus labios rozaron el vello púbico, besaron y jalaron la suavidad del interior de los muslos, aceptando de una vez la invitación caliente de su vulva… Con una trémula y triunfal sonrisa abrió la boca para absorber profundamente el clítoris hinchado.
La sacudida de Quinn la llevó a hundirse más en su sexo, golpeando en el intento sus mejillas y mentón.
Quinn gritó al sentir como hacía círculos con su lengua, sin pausa. El placer llenó de sudor el cuerpo que se estampaba con delirante necesidad contra Rachel.
Un brazo le rodeó fuertemente las caderas, conteniendo su fuerza, y otra mano abrió sus pliegues con exquisita tortura, para penetrar finalmente su apretado canal con la lengua.
—¡Rachel!
Otro grito le atravesó la garganta y sus ojos se perdieron en el espacio que había entre el cielo raso y la alfombra, arqueando la columna con ese otro latido errático que venía antes del orgasmo. No lo deseaba todavía; quería orbitar en ese sopor todo el tiempo que le fuera posible…
Rachel bebía a Quinn, llevándosela a la garganta para volver a moverse dentro de su sexo, una y otra vez.
Los gemidos que llegaban hasta ella desde arriba aumentaron en velocidad y profundidad. Protestaba con los labios apretados cuando los movimientos se hacían lentos adrede y luego se detenían, solo para martirizarla un poco más antes del éxtasis.
Y éste no se hizo esperar.
Después de fuertes y consecutivas succiones al clítoris, el pecho de Quinn desbordó de resonantes quejidos junto a espasmos que apretaron su precioso centro, rebozado de placer. El orgasmo llegó a todas sus extremidades.
Ahogada cayó sobre Rachel, entre sus piernas sin dejar de temblar, con la primera sonrisa casi divina cruzando su rostro.
Debajo, la diva soltó el aliento a la par que dejaba caer la cabeza sobre el colchón. Con susurros perezosos besó suavemente el muslo que tenía más cerca, acariciando aquí y allá.
—Al fin… cantaré victoria —murmuró, riendo tontamente después de unos segundos en silencio.
Desde su lado Quinn acompañó la risa, se movió muy lentamente para levantarse del cuerpo más pequeño, y así recostarse de espaldas con otro fuerte suspiro.
Alargó un brazo hacia ella.
—Y yo cantaré todos los himnos a la victoria contigo...
Con una exclamación divertida, Rachel se incorporó con agilidad y gateó para subir a su cuerpo y quedar a horcajadas, esta vez de frente. Entrelazó sus dos manos y comenzó a besar sus dedos con adoración.
Solo podía besar con esa adoración porque ella estaba adorable, con los cabellos revueltos, con sus ojos brillantes y su boca irritada por la magia que todavía aceleraba su cuerpo.
—¿No vas a besarme?
Rachel le sonrió sin dejar de besarla ni mirarla; entre las sombras se veía el sonrojo de sus mejillas y el placer que alivianaba todos sus gestos.
—Es mi momento de contemplación…
Quinn gruñó, tirando de ella.
—Ven aquí; contémplame más de cerca.
Sacándole la lengua con travesura, a un centímetro de su risa, los labios más gruesos rozaron los de ella en un beso que comenzó con toda la ternura que poseían, y con la que siempre coronaban esos momentos posteriores. Pero el fuego seguía crepitando, no con el deseo rápido de satisfacerse a escondidas porque no había tiempo o porque estuviesen rodeadas de gente.
Las llamas que las dos encendieron en esa habitación eran las que se transformaban todo el tiempo en amor, ese que las arrollaba y que solo provocaba más oxígeno para avivarlas.
Sin dejar de enredar la lengua de Rachel con la suya, Quinn subió las manos hacia el broche del sostén y liberó sus senos, los envolvió a la perfección dentro de sus palmas calientes.
Rachel gimió contra su boca, y empezó un movimiento de cadera sobre su pubis desnudo.
—Mi amor —la llamó ésta sobre sus labios.
—Mmm… —fue la única respuesta de Quinn, que continuaba su ataque por la mandíbula.
—Cielo… —insistió a media voz.
—Dime, pequeña.
Ante ese amoroso apelativo se estremeció, más cuando la lengua de Quinn atrapó el lóbulo de su oreja.
—No juegues sucio… —musitó Rachel, inclinándose hacia esa caricia.
—No sabía que aquí, en esta cama robada, la única que podía jugar eras tú.
El murmullo directo a su tímpano la hizo exhalar con intensidad, separándose un poco. Su novia la miró con reproche.
—No es eso… es que… quiero…
Quinn le sonrió.
—Yo también quiero… darte mucho… mucho…
Sugestiva, la rubia volvió a intentar con el botón y cremallera de ese pantalón, todavía bien aferrado a sus caderas, mas Rachel se lo impidió una vez más.
—Ahora quiero verte, entera… —exigió resuelta, perdiendo una mano rápida y sorpresivamente entre sus cuerpos.
La expresión lasciva de sus ojos no la detuvo tanto como sus dedos, tomando posesión del clítoris para masajearlo lentamente.
Instintivas, las caderas se le elevaron contra esos embates sin poder creerlo. Su cuerpo respondía con velocidad después de haberse desintegrado.
—Déjame… descansar… esto… —no pudo terminar de decirlo, se detuvo antes de poder hacerlo, desorbitando los ojos cuando aquellos dedos se apresuraron un poco más.
Ella ya estaba preparando la entrada que en realidad no necesitaba tanta preparación, su chica perfecta se encontraba lista para ella, otra vez.
—Mira cómo estás —susurró la combativa estrella, satisfecha, enloqueciendo sus caderas que no hacían más que retorcerse contra ella—; y siempre quieres dos seguidos…
Los músculos de su sexo devoraron esos dos dedos que suavemente se perdieron allí adentro, otorgándole la respuesta que necesitaba y que la voz de su mujer no podía darle.
La respiración entrecortada, las piernas que se separaban y las uñas clavadas en su cintura guiaron lo movimientos en el interior de Quinn, presionando hacia arriba y un poco a los costados, agitando recovecos que conocía de memoria.
Fascinada por su rostro, por su garganta que se ensanchaba con resuellos, Rachel comenzó a fatigar su brazo entre ellas.
Quinn se aferró a todo lo que pudo, mas su cuerpo se iba solo, perdido en un espacio inentendible, que desaparecía de la conciencia a medida que arqueaba su cuello y todo se volvía paredes rojas, rojas y brillantes…
No muy lejos de esas cuatro paredes… en realidad bastante cerca de esas cuatro paredes… prácticamente dentro del mismo epicentro que contenía la merecida hoguera que estaban provocando las amantes, otro acontecimiento se llevaba a cabo.
Era el esperado final de la noche; la gran mayoría regresaron a sus respectivas habitaciones, y las novias a ser separadas en breves instantes, hecho que una de ellas ignoraba, fueron acompañadas por tres guardianes con directrices a cumplir a rajatablas, tal vez a punto de concluir con la última y no por ello menos importante misión de esas horas finales.
Blaine y Kurt caminaban adelante, pendientes de las novias tomadas de las manos, y en silenciosa comunicación sobre el hombro con Sam, que canturreaba por lo bajo al final de todos.
—¿Sammy y nuestras ladies también están buscando diversión por estos pasillos? —bromeó la latina, deteniéndose entre las dos habitaciones.
La pareja de varones se miró con una sonrisa, y Sam se encogió de hombros.
—Yo solo vine a desearles buenas noches…
Santana sonrió y le pellizcó la mejilla para molestarlo.
—Qué considerado eres.
—Nosotros vinimos a dormir —informó Blaine.
—¿En la habitación de Jeremías? —preguntó ésta, observando a una callada Brittany con la cabeza gacha.
—No creo que tu hermano quiera compartir habitación con dos esposos —rió Kurt.
Santana hizo una mueca.
—No creo que Rachel y Quinn quieran compartir habitación —dedujo ella, con sarcasmo.
—San… los chicos sí van a compartir habitación, y será… contigo —intervino Brittany con una expresión verdaderamente apenada.
La sonrisa de Santana desapareció y negó con la cabeza observándolos a todos, concluyendo en su mujer.
—No es cierto; dime que no es cierto...
—Sí, cariño… perdóname —murmuró la castaña.
—Espera… Oh, no… Esto no puede estar pasándome…
Ante la frustración que se avecinaba, Blaine aprovechó a aferrar la cintura de la mujer y Kurt hizo otro tanto.
Santana revoleó los ojos con enfado, tratando de zafar de nuevo de los caprichos a los que la estaban sometiendo desde que llegaron, y justamente el más irrisorio lo comandaba su futura esposa.
—No te enfades, San —murmuró Brittany, con un mohín infantil en sus labios.
La otra se cruzó de brazos, redoblada en su enfado.
—¿Tú nos dejarás sin nuestra noche juntas?
La chica asintió, bajando la mirada.
—Y ustedes son sus cómplices —murmuró con disgusto.
Los tres asintieron, ofendiéndola terriblemente, tanto que elevó la barbilla dándoles a todos el perfil resentido.
—Perfecto… no me caso.
—¡Qué!
Fueron tres las voces que se escucharon en esa exclamación, porque la cuarta solo resopló. Sin más pérdida de tiempo, Brittany se acercó a su mujer, le bajó el rostro del pedestal en el que se había subido y le dio un beso que la dejó sin aliento.
—Mañana te casas conmigo, Santana López, porque seré infeliz para siempre si no lo haces.
Y Santana López quedó muda y totalmente sonrojada, observándola luego comunicarse con Sam a través de señas bastante expresivas.
Entre risas idiotas, aquél se encogió de hombros sin comprenderla.
—¡Como te había dicho, Sam; cárgame o me quedaré con ella!
Al escucharla, Santana rechinó los dientes.
—¡Tú no vas a cargar a nadie, tonto bocón!
Los brazos de la amenazadora se estiraron para llegar a él, quedando en el intento, porque los otros dos hicieron más fuerza para retenerla.
—Ya está bien, Santana; no hagas más escándalo. Ahora nos iremos a dormir y se acabó —le advirtió Kurt, abriendo la puerta de su habitación.
Confundida, la alterada novia los miró a todos como si estuviesen locos, a su novia de pronto colgando como saco de patatas del hombro de Sam, y a Kurt, en el vano de la puerta.
—¿Quinn y Rachel no están aquí? —cuestionó extrañada, a la par que un Blaine bastante sonriente la arrastraba hacia el interior.
Como una luz que se enciende, así la realidad golpeó sus ojos oscuros de pronto.
—¡¿Ellas están jodiendo en mi cama?!
La respuesta quedó detrás del portazo, y no se escuchó nada más, salvo el ascensor que abría sus puertas.
—¿Estás cómoda? —preguntó Sam a su carga.
—Más o menos, pero me llevas así, ¿está bien?
—Por supuesto —aceptó el chico con una sonrisa.
—Con Lord T jugaremos poker ¿Te sumas?
Una risa divertida y baja se escuchó desde la cama, donde perezosamente se deslizaban caricias y susurros.
—¿Escuchaste eso? —musitó Rachel, que trató de no perder detalle de lo que sucedía en el exterior.
Quinn sonrió, tomando un trago de la botella de agua que rescató del piso en algún momento, luego la apoyó en la mesa de noche y regresó a las caricias en los cabellos de su novia. Ella descansaba la cabeza sobre su vientre, mezclando una de sus piernas entre las de suyas.
La noche seguía entrando cada vez más profunda por los ventanales abiertos; la luz de la calle daba las mismas sombras que hacía horas, sin embargo el tiempo se detuvo desde el detalle del primer goce, en esos momentos de intimidad que tanto se hicieron rogar, y que en esos instantes eran el universo entero para ellas.
Quinn se incorporó un poco sobre las almohadas, deslizándose hacia el costado. Removida de una de sus posiciones predilectas, Rachel se quejó, pero no duró demasiado ese "malestar", porque enseguida y de una forma muy provocativa, la rubia fue llevándola a ella hacia las almohadas.
—En realidad no escuché más que un llamado urgente… —masculló Quinn, deslizando sus manos, por fin, hacia los dichosos shorts que poco más y se le reían en plena cara.
—¿Un llamado? ¿De quién? —cuestionó balbuceante, dejándose desvestir.
La seguía con la mirada; se había excitado una y otra vez, se había calmado una y otra vez durante la noche, mas ahora Quinn firmó la sentencia acomodándose entre sus piernas. El contacto las sacudió, más a Rachel, porque su cuello fue devorado.
—Un llamado de aquí… —murmuró contra el pequeño hueco en la base de su garganta—. Y de por aquí… —ahora fue el turno del espacio perfumado entre sus senos, por allí siguió el reguero de besos, llegando a la boca del estómago.
Rachel se sacudió con un gemido, y ahuecó su vientre debajo de labios que mordieron y lamieron. Estuvo tan dedicada a darle placer a su mujer que negó fieramente su propia necesidad. Por esa espera, el deseo se arremolinó instantáneamente en sus entrañas, entre las piernas que se abrieron a una mínima presión de esas manos amantes.
—Quinn…
—Espera… estoy escuchando la voz cada vez más cerca… —murmuró divertida, abarrotando de saliva su ombligo.
Rachel elevó su trasero con un suspiro; estaba tan cerca del paraíso…
—Oh… y aquí está, justo aquí, mi amor —dijo con la voz ronca, observándola desde esa posición, y esa mirada fue todo, fue todo lo que necesitaba para ofrecerle su pubis ensortijado debajo del mentón, su oscuridad por fin en su boca.
Quinn lamió de arriba abajo toda su vulva, recogiendo su humedad entera. El sabor de Rachel la volvía loca, todos sus sabores, por esa razón los necesitaba a todos; los más suaves y los más intensos, esos que solo se encontraban penetrando hasta la mismísima pulsión. Cargándose las piernas sobre sus hombros lo hizo, y Rachel desfalleció en sus brazos, con temblores y gemidos que se entregaron a la noche, y que no solo se los llevó la penumbra de esa habitación.
Agonía.
Luz.
Dolor.
Besos con ruido.
La mañana llegó con la brisa del mar colándose por todos los rincones de ese escondite, más que bien aprovechado durante larguísimas horas.
No era de extrañar que por ello uno de los despertares fuese agónico; la claridad que caía sobre ellas quemaba párpados todavía cerrados; una segunda intención corrió con la misma suerte, moverse implicó la tensión de todos los músculos exhaustos, provocando suaves quejidos.
Pero algo más había. Un "por qué no corriste la cortina" quedó sublevado a… besos con ruido. Besos con ruido por toda la espalda y cuello, lentos y con olor a dentífrico, porque sabía cuán remilgada era su novia con la halitosis matinal.
Un cuerpo que se pegaba a ella y una mano que ondulaba hacia sus senos impulsaron sus labios en una suave sonrisa… en cambio varios golpes contundentes en la puerta interrumpieron su suspiro de placer, logrando que abriera los párpados con fastidio.
—Despierten ahora y salgan de la habitación; les daremos quince minutos...
El siseo amable fue de Kurt.
—Qué haces, mi amor; ya nos están molestando —masculló Rachel entre el placer de esas caricias y la molestia.
—Un último retozo… —respondió Quinn con necesidad.
Hacía media hora había despertado con el cuerpo de Rachel prácticamente encima del suyo, con calor, humedad y algo de preocupación que tenía que ver con aquel golpe en la puerta justamente.
Después de un rápido paso por el baño se dedicó a contemplar con la luz del día el cuerpo que le daba la espalda… y sencillamente despertó su deseo otra vez.
—¿Quince minutos? ¡Ni cinco! ¡Salgan ahora de mi habitación, asquerosas!
Esa fue la voz de Santana, y con un volumen bastante más considerable que el de Kurt.
Rachel rió, sin dar importancia a las advertencias; solo veía una mata de cabellos rubios internarse bajo su brazo para llegar a los pezones que comenzó a besar con cuidadosas caricias.
—Besos con ruido… —murmuró Rachel, dejando que ese rostro encantador, sonriente, deseoso y visible a la luz del día quedara sobre el suyo, al igual que su cuerpo.
Una pierna rápidamente se cruzó sobre otra, la cadera de Quinn se elevó y la de Rachel bajó un poco, permitiendo el encuentro de sus sexos ansiosos.
Varios gemidos cuando ambas se acoplaron como un engranaje perfecto, un beso cuando el primer movimiento envió la ola de electricidad… y la embestida precisa para que continuara la cadencia.
—¿Puedes ser más gentil con ellas? ¿Tienen que enterarse todos de que están allí adentro? ¡Quince minutos Faberry!
Ninguna los escuchó; Rachel hundió el rostro en el cuello de Quinn, y Quinn se movió con frenesí, guiando el cuerpo de Rachel bajo el de ella.
—Un… último… re... to… zo… —gimió la más pequeña.
Uno que duró menos de quince minutos.
