21 Amiga

En conclusión, Kagome debía iniciar con su instrucción lo antes posible. Pero primero, tiempo para pensar.

Eso hizo, acostada en su cama hasta que comenzó a molestarle. Entonces se puso de pie y caminó hasta la cocina para preparar té. Porque el té siempre mejoraba las cosas, al menos en un nivel inconsciente.

Allí sólo faltaba algo más.

—¿Sango?

Si algo había aprendido Kagome con el tiempo era que podía confiar en Sango. Sango la había apañado y acompañado en las más insólitas circunstancias. No existía nada que no pudiese contarle a su amiga por ridículo e inverosímil que pareciera.

Sango la escuchó con suma atención en todo momento, sin interrumpir, sin dibujar expresiones de ninguna índole, aguardando pacientemente su momento para emitir un comentario.

—¿Me estás queriendo decir que durante todo este tiempo te podrías haber dedicado a derrotar villanos?

—¿Derrotar villanos? —incrédula, entornó la mirada— Sango, ¿me has estado escuchando?

—¡Tienes que comenzar a entrenar! Si eres la única sacerdotisa de la ciudad, como te dijo ese niño, quiere decir que tienes un trabajo muy importante. ¿Lo entiendes, Kagome?

Un trabajo muy importante.

La idea de "viejo linaje" debió darle una aproximación a esa noción.

Muy, muy importante.

Pensó en su abuela, la fallecida Sra. Higurashi y en las extrañas conversaciones que supo sostener con ella en algún tiempo pretérito, cuando después de relatos varios, una inocente y púbera Kagome hacía preguntas, fascinada con la naturaleza de aquellas viejas leyendas.

Hasta el día de su fallecimiento.

Kagome siempre había creído que las querellas entre su madre y la suegra respondían a cuestiones de índole doméstica, riñas sin sentido.

Pero en ese momento, a sus veintidós años, comprendió que todo había tenido que ver con que una no quería que fuera sacerdotisa y la otra que lo fuera urgentemente.

—¿Qué harás? —incitó Sango.

—Instruirme —repuso decidida—. Sólo espero no arruinar nada.

—Me tendrás a mí. No estás sola, Kagome.

—Perfecto —se la veía muy entusiasta.

—¿Cuándo empiezas?

Kagome la miró y Sango adivinó que no tenía ni la más mínima idea de dónde obtener esa información.

Afortunadamente, la pronto a convertirse en aprendiz (de alguien, asumían) había dado el primer paso, que, se convencieron, era el más importante: hacerse cargo del paquete que su ADN y el destino le habían dejado en su puerta.

El resto, concluyó Sango decidida, eran ínfimos tecnicismos y Kagome le tomó la palabra.