NARUTO NO ME PERTENECE ES DE MASASHI KISHIMOTO

Y EL LIBRO TAMPOCO ES DE JOHN AJVIDE

DEJAME ENTRAR

De viaje a casa de su padre. Cada recodo del camino le resultaba conocido; había hecho aquel trayecto... ¿cuántas veces? Solo, tal vez diez o doce, pero con su madre otras treinta, por lo menos. Sus padres se habían separado cuando tenía cuatro años, pero Sasuke y ella habían seguido yendo allí los fines de semana y durante las vacaciones.

Los últimos tres años le habían dejado viajar solo en el autobús. Esta vez su madre ni siquiera lo había acompañado hasta la Escuela Técnica Superior, desde donde salían los autobuses. Ya era un chico mayor, con su propia tarjeta prepago para el metro en la cartera.

En realidad tenía la cartera sólo para llevar la tarjeta, pero ahora, además,

guardaba allí veinte coronas para golosinas y cosas así, y las notas de Hinata.

Sasuke se tocó la venda de la mano. No quería volver a verla. Era repulsiva. Lo que había ocurrido en el sótano había sido como si... Ella mostrara su verdadero rostro. ... había algo en ella, algo que era... Lo Terrible. Todo aquello de lo que uno debe cuidarse. Grandes alturas, fuego, cristales en la hierba, serpientes. Todo aquello de lo que su madre se esforzaba tanto en protegerlo.

Quizá fuera por eso por lo que no había querido que Hinata y su madre se conocieran. Su madre se habría dado cuenta de inmediato, le habría prohibido acercarse a ello. A Hinata.

El autobús salió de la autopista, torció hacia abajo, hacia Spillersboda. Aquél era el único que iba hacia Rådmanså, por eso tenía que ir dando rodeos para pasar por tantos pueblos como fuera posible. El vehículo atravesó un paisaje montañoso con pilas de tablas amontonadas en el Aserradero de Spillersboda, hizo un giro brusco y a punto estuvo de deslizarse cuesta abajo contra el muelle.

No se había quedado a esperar a Hinata el viernes por la tarde.

En lugar de eso, cogió su trineo y fue a deslizarse solo por la Cuesta del Fantasma. Su madre se enfadó con él porque se había quedado en casa todo el día, sin ir a la escuela, resfriado, pero Sasuke le dijo que ya se encontraba mejor.

Fue hacia el Parque Chino con el trineo a la espalda. La Cuesta del Fantasma

empezaba cien metros más allá de la última farola del parque, cien metros de oscuro bosque. La nieve crujía bajo sus pies. El absorbente susurro del bosque, como un aliento. La luz de la luna se filtraba hasta el suelo y entre los árboles parecía un entramado de sombras en el que hubiera figuras sin rostro esperando, moviendo se hacia delante y hacia atrás.

Alcanzó el punto donde el camino empezaba a descender abruptamente hacia la Ensenada del Molino, se sentó en el trineo. La Casa del Fantasma era una pared negra al lado de la cuesta, una prohibición: No puedes estar aquí cuando es de noche. Éste es nuestro sitio ahora. Si quieres jugar aquí, tienes que jugar con nosotros.

Al final de la cuesta brillaban algunas luces del club náutico de la Ensenada de

Kvarnviken. Sasuke se desplazó unos centímetros más hacia delante, el desnivel hizo el resto y el trineo empezó a deslizarse. Agarraba el volante con fuerza, quería cerrar los ojos pero no se atrevía, porque entonces podía salirse de la pista, caer por el abrupto precipicio contra la Casa del Fantasma.

Corría cuesta abajo, un proyectil de nervios y músculos tensos. Más y más rápido. De la Casa del Fantasma salían brazos deformados que, cubiertos de nieve en polvo, le tiraban del gorro, le rozaban las mejillas.

Puede que no fuera más que una ráfaga de viento, pero en la parte baja de la

Cuesta se topó con una maraña transparente y viscosa que estaba atravesada y bien tensada en medio de la pista, como tratando de detenerlo. Pero iba demasiado rápido.

El trineo atravesó la maraña, que se quedó pegada a la cara y al cuerpo de Sasuke, luego dio de sí, se estiró hasta romperse y cruzó a través de ella.

En la ensenada de Kvarnviken brillaban las luces. Sentado en su trineo miraba el lugar donde el día antes por la mañana había derribado a Gaara. Se volvió. La Casa del Fantasma era una fea gualdrapa de chapa.

Tirando del trineo subió de nuevo la cuesta. Se lanzó. Arriba de nuevo. Abajo. No podía dejarlo. Y siguió tirándose. Se estuvo deslizando hasta que su cara se convirtió en una máscara de hielo.

Luego se fue a casa. No había dormido más de cuatro o cinco horas aquella noche, tenía miedo de que llegara Hinata por lo que se vería obligado a decir, a hacer, si ella se presentaba: rechazarla. Por eso se había quedado dormido en el autobús hacia Norrtälje y no se había despertado hasta que llegaron. En el autobús de Rådmansö se mantuvo despierto, jugando al juego de recordar todo lo que pudiera a lo largo del recorrido.

Ahí delante tiene que aparecer enseguida una casa pintada de amarillo con un molino de

viento en el césped.

Una casa pintada de amarillo con un molino de viento nevado pasó por la

ventana. Y así. En Spillersboda se subió una chica al autobús. Sasuke se agarró al asiento de delante. Se parecía un poco a Hinata, pero por supuesto no era ella. La chica se sentó un par de asientos delante de Sasuke. Él se quedó mirándole la nuca.

¿Qué es lo que le pasa?

Aquel pensamiento ya se le había ocurrido a Sasuke abajo, en el sótano, cuando

estuvo recogiendo las botellas y se secó la sangre de la mano con un trozo de tela del cuarto de la basura, que Hinata era una vampira. Eso explicaba un montón de cosas.

Que nunca saliera de día.

Que pudiera ver en la oscuridad, cosa que él sabía de sobra que podía hacer.

Además de un montón de cosas: la manera de hablar, el cubo, la agilidad, cosas

Que sin duda podían tener una explicación natural... pero es que, además, estaba la forma en que había chupado su sangre del suelo, y lo que realmente le congelaba las entrañas cuando pensaba en ello:

¿Puedo entrar? Dime que puedo entrar.

Que necesitara una invitación para poder entrar en su habitación, en su cama. Y él la había invitado. Una vampira. Un ser que vivía de la sangre de los demás. Hinata. No había ni una sola persona a quien pudiera contárselo. Nadie le creería. Y si alguien, pese a todo, le creyera, ¿qué pasaría?

Sasuke vio ante sí una multitud de hombres que cruzaban el arco de entrada a

Blackeberg, donde él y Hinata se habían abrazado, con estacas afiladas en las manos. Entonces sintió miedo por Hinata, no quería volver a verla, pero aquello no quería que ocurriera.

Tres cuartos de hora después de que se subiera al autobús en Norrtälje llegó a

Södersvik. Tiró de la cuerda y la campanilla sonó delante, al lado del conductor. El autobús se paró justo ante la tienda y Sasuke tuvo que esperar a que bajara primero una señora mayor a la que conocía pero de la que ignoraba su nombre.

Su padre estaba al pie de la escalera, asintió con la cabeza y dijo: «Hum» a la

Señora mayor. Sasuke bajó del autobús, se quedó un momento parado delante de su padre. La última semana habían sucedido cosas que le hacían sentirse mayor. No adulto, pero sí más mayor. Eso se le vino abajo cuando estuvo ante su padre. Su madre aseguraba que su padre era infantil de una forma equivocada. Inmaduro, incapaz de asumir responsabilidades. Bueno, ella decía también cosas buenas de él, pero aquello era un escollo constante. La inmadurez. Para Sasuke, su padre allí, extendiendo los brazos, era la imagen del adulto. Y Sasuke cayó en esos brazos.

Su padre olía diferente a todas las demás personas de la ciudad. En su viejo

Chaleco Helly Hansen remendado con cinta de velero había siempre la misma mezcla de madera, pintura, metal y, sobre todo, aceite. Ésos eran sus olores, pero Sasuke no pensaba en ello de aquella manera. Era sencillamente «el olor de su padre». Le gustaba aquel olor y aspiró profundamente por la nariz mientras hundía la cara en el pecho de su padre.

—Sí, hola.

—Hola, papá.

— ¿Ha ido bien el viaje?

—No, hemos chocado con un alce.

— ¡Huy! No me digas.

—Sólo es una broma.

—Ya, ya. Bueno. Pero yo me acuerdo de que una vez...

Mientras iban hacia la tienda su padre empezó a contar la historia de cómo una

Vez atropelló a un alce con un camión. Sasuke, que ya había oído la historia antes, asentía de vez en cuando mirando a su alrededor.

La tienda de Södervik tenía el mismo aspecto sucio de siempre. Los rótulos y

Banderines que se habían quedado allí a la espera del próximo verano hacían que todo el lugar se asemejara a un puesto de helados desmesurado. La gran carpa detrás de la tienda, donde vendían herramientas para el jardín, muebles para exteriores y cosas por el estilo, tenía el acceso cerrado con unas cuerdas porque ya no era temporada.

En verano, la población de Södervik se multiplicaba por cuatro. Toda la zona

Alrededor de la ensenada de Norrtälje, la isla de Lågarö, era un hormiguero de casitas de verano y segundas residencias, y aunque los buzones abajo, hacia la isla de Lågarö, colgaban en hileras dobles de treinta casilleros en cada una, el cartero no

tenía que ir casi nunca allí en esta época del año. No había nadie, no había correo. Justo cuando llegaron hasta la moto, su padre terminó de contar la historia del alce.

—... así que tuve que darle un golpe con una palanqueta que tenía para abrir

Cajones y esas cosas. Justo entre los ojos. Él se tambaleó así y... bueno. No, no fue tan agradable.

—No. Claro.

Sasuke se montó sobre el portaequipajes delantero, puso las piernas debajo. Su

Padre rebuscó en el bolsillo del chaleco, sacó un gorro.

—Toma. Que se quedan un poco frías las orejas.

—No, si tengo.

Sasuke sacó su propio gorro, se lo puso. Su padre se volvió a guardar el otro en el bolsillo.

—¿Y tú? Que se quedan un poco frías las orejas.

Su padre se rió.

—No, yo estoy acostumbrado.

Eso ya lo sabía Sasuke. Sólo quería chincharle un poco. No podía recordar haber

visto nunca a su padre con gorro. Si hacía frío de verdad y soplaba el viento podía ponerse una especie de gorra de piel de oso con orejeras que él llamaba «la herencia», pero nada más.

Su padre pisó el pedal de la moto para ponerla en marcha y ésta sonó como una

motosierra. Dijo algo sobre «el punto muerto» y metió la primera. La moto pegó un tirón hacia delante que a punto estuvo de hacer que Sasuke se cayera hacia atrás y su padre gritó: «¡el embrague!», y se pusieron en marcha.

Segunda. Tercera. La moto fue cogiendo velocidad mientras cruzaban el pueblo.

Sasuke iba sentado como un sastre sobre el ruidoso portaequipajes. Se sentía como el rey de todos los reinos de la tierra y habría podido seguir viajando eternamente.

Se lo había explicado un médico. Los gases que había aspirado le habían quemado las cuerdas vocales y lo más probable era que no pudiera volver a hablar normal. Una nueva operación podría devolverle la capacidad de producir sonidos vocálicos, pero como incluso la lengua y los labios estaban gravemente afectados, serían necesarias nuevas operaciones para restablecer la posibilidad de reproducir las consonantes.

Como viejo profesor de sueco, Ibiki no podía dejar de maravillarse con aquel

pensamiento: producir la voz por vía quirúrgica.

Sabía bastante de fonemas y de las mínimas unidades del idioma, comunes a

Muchas culturas, pero nunca se había parado a pensar en las herramientas propias de éste —paladar, labios, lengua, cuerdas vocales— de aquella manera. Tallar el idioma con el bisturí a partir de una materia prima informe, como salían las esculturas de Rodin del mármol bruto.

Y, pese a todo, carecía totalmente de sentido. No pensaba hablar. Además,

Sospechaba que el médico le había hablado de aquella manera por alguna razón

especial. Él era lo que llaman una persona propensa al suicidio, por lo que era

importante inculcarle una especie de concepción lineal del tiempo. Devolverle la idea de la vida como un proyecto, como un sueño de futuras conquistas.

Pero él no la compraba. Si Hinata lo necesitaba, podía pensar en vivir. Si no, no. Nada hacía pensar que Hinata lo necesitara.

Pero ¿cómo habría podido Hinata ponerse en contacto con él en este sitio?

Por las copas de los árboles fuera de la ventana suponía que se encontraba en los pisos de arriba.

Además, bien vigilado. Aparte del médico y las enfermeras había siempre, al

menos, un policía cerca. Eli no podía llegar hasta él y él no podía llegar hasta Hinata. La idea de fugarse, de ponerse en contacto con Hinata por última vez se le había pasado por la cabeza. Pero ¿cómo?

La operación de garganta había hecho que pudiera respirar de nuevo, ya no

necesitaba estar conectado a un respirador. Sin embargo, la comida no la podía tomar por la vía normal.

Una cirugía plástica había consistido en trasplantarle un trozo de piel de su propia espalda al párpado, para que pudiera cerrar los ojos.

Los cerró. La puerta de su habitación se abrió. Tocaba otra vez. Reconoció la voz. El mismo hombre que las otras veces.

—Bueno, bueno —saludó el hombre—. Dicen que de todas formas no podrás

hablar durante algún tiempo. Es una lástima. Pero el caso es que sigo empeñado en que, pese a todo, tú y yo podríamos comunicarnos si tú pusieras un poco de tu parte.

Ibiki trató de recordar lo que decía Platón en La República acerca de los asesinos

y de los violentos, cómo había que actuar con ellos.

—Bueno, ya puedes también cerrar los ojos. Eso está bien. ¿Oye? ¿Y si empiezo a ser algo más concreto? Porque me pega a mí que tú a lo mejor crees que no vamos a poder identificarte. Pero lo vamos a hacer. Tenías un reloj de pulsera del que seguramente te acordarás. Por suerte se trataba de un reloj viejo con las iniciales del fabricante, el número de serie y todo. Daremos con él en un par de días, de una u otra forma. Una semana quizá. Y hay más cosas.

»Te encontraremos, eso tenlo por seguro.

»Así que... Max. No sé por qué te quiero llamar Max. Es sólo provisionalmente.

¿Max? ¿Querrías ayudarnos un poco? Si no, tendremos que hacerte una fotografía y quizá publicarla en los periódicos y... bueno, ya sabes. Será más lioso. Cuánto más sencillo si tú hablases... o algo... conmigo ahora.

»Tenías un papel con el código de Morse en el bolsillo. ¿Sabes el alfabeto Morse? Porque en ese caso podemos comunicarnos dando golpecitos.

Ibiki abrió el ojo, miró en dirección a las dos manchas oscuras dentro del óvalo

blanco y borroso que era la cara del hombre. Éste decidió obviamente interpretarlo como una invitación y siguió:

—Luego está ese hombre del agua. Está claro que no fuiste el que lo mató,

¿verdad? Los patólogos dicen que las marcas de las mordeduras probablemente

hayan sido hechas por un niño. Y ya hemos recibido una denuncia, algo en lo que lamentablemente no puedo entrar en detalles, pero... pero creo que estás protegiendo a alguien. ¿Es así? Levanta la mano si es así.

Ibiki cerró el ojo. El policía lanzó un suspiro.

—De acuerdo. Entonces dejaremos que la investigación siga su curso, pues. ¿No

Quieres decirme algo antes de que me vaya?

El policía estaba a punto de levantarse cuando Ibiki alzó una mano. El policía se

Volvió a sentar. Ibiki levantó la mano más alto. Y le dijo adiós con ella. Al policía se le escapó un bufido, se incorporó y se fue.

El pueblo se deslizaba ante sus ojos. La nieve que arañaba la rueda de la moto salía disparada hacia atrás y bombardeaba las mejillas de Sasuke. Él iba agarrado con fuerza al palo de enebro con las dos manos; se giró hacia un lado, fuera de la nube de nieve. Un crujido agudo cuando los esquís cortaron la nieve suelta. La parte exterior del esquí rozó el poste reflectante de color naranja que había en el arcén. Se tambaleó, recuperó el equilibrio.

En el camino que bajaba hasta Lågarö no habían quitado la nieve. La moto dejaba tras de sí tres profundas roderas en el manto intacto, y cinco metros detrás iba Sasuke con los esquís haciendo dos roderas más. Iba haciendo zigzag sobre las roderas de la moto, deslizándose sobre un solo esquí como un patinador, acurrucándose como si fuera una pelota a gran velocidad.

Bueno, cuando su padre frenó bajando la larga cuesta que conducía hasta el viejo muelle de los barcos de vapor, Sasuke iba a más velocidad que la moto y tuvo que frenar con cuidado para que la cuerda no se le quedara floja y luego le diera un tirón cuando la cuesta fuera menos empinada y la velocidad de la moto mayor. La moto llegó justo hasta el muelle, y su padre la puso en punto muerto y frenó.

Sasuke tenía aún mucha velocidad y por un momento pensó soltar el palo y sólo

seguir... sobre el borde del muelle, caer en el agua negra. Pero giró los esquís hacia fuera y frenó a unos metros del borde.

Se quedó jadeando un momento, mirando sobre el agua. Habían empezado a

formarse delgadas placas de hielo que flotaban y se movían con las pequeñas olas de la orilla. Con un poco de suerte puede que se formara una capa de hielo de verdad este año. Así se podría pasear hasta la isla de Vätö, que estaba al otro lado. ¿O solían mantener un tramo abierto para los barcos hasta Norrtälje? Sasuke no se acordaba, hacía varios años que no se formaban semejantes hielos.

Cuando Sasuke venía aquí en verano solía pescar arenques en el muelle. Anzuelos sueltos en el hilo de la caña de pescar, un anzuelo de espejuelo en el extremo. Si encontraba un buen banco y tenía paciencia podía sacar un par de kilos, pero lo normal eran sólo diez, quince arenques. Suficientes para comer él y su padre; los que eran demasiado pequeños para freírlos se los echaban al gato. Su padre se acercó y se puso a su lado.

—Esto ha ido bien.

—Mmm. Aunque a veces se abría.

—Sí, la nieve está algo suelta. Habría que apelmazarla un poco, de alguna forma. Claro, se podría... si uno cogiera una placa de masonita y la pusiera detrás y colocara un peso encima. Sí, si tú te sentaras encima con tu peso, pues...

— ¿Lo hacemos?

—No, tendrá que ser mañana, en todo caso. Ya está oscureciendo. Deberíamos

volver a casa e ir preparando el ave si es que queremos comer.

—Vale.

Su padre se quedó mirando al agua, permaneció callado un momento.

—Oye, estaba pensando una cosa.

— ¿Sí?

Ahí estaba. Su madre le había dicho que le había pedido a su padre muy en serio que hablara con él sobre lo de Gaara. La verdad es que Sasuke sí que quería hablar de ello. Su padre estaba a una distancia segura de todo

aquello, no intervendría de ninguna manera. Su padre tosió, tomó impulso. Expulsó el aire. Miraba al agua. Entonces dijo:

—Sí, he estado pensando... ¿Tienes patines?

—No. Ningunos que me queden bien.

—Así que no. No, porque si se forma hielo este invierno, y parece que va... pues

podía ser divertido tenerlos. Yo los tengo.

—Seguro que no me valen.

Su padre sonrió, con una especie de carcajada.

—No, pero... el hijo de Östen por lo visto tenía unos que se le han quedado

pequeños. Un treinta y nueve. ¿Qué número calzas?

—El treinta y ocho.

—Bueno, pero con unos calcetines gordos, pues... entonces tengo que pedírselos.

—Qué bien.

—Sí. Bueno. ¿Nos vamos a casa?

Sasuke asintió. A lo mejor más tarde. Y lo de los patines estaba bien. Si pudieran arreglarlo, mañana se los podría llevar a casa.

Fue con los miniesquís hasta el palo de enebro, retrocedió hasta que la cuerda se

tensó, le hizo a su padre la señal de que estaba listo y éste arrancó la moto con el pie. Tuvieron que subir la cuesta en primera. La moto hacía tanto ruido que las cornejas, asustadas, abandonaban las copas de los pinos batiendo las alas.

Sasuke se deslizó lentamente hacia arriba; como en un remonte, iba derecho con las piernas juntas. No iba pensando en nada, sólo en intentar mantener los esquís en las viejas roderas para evitar cortar la nieve. Fueron hacia casa mientras se hacía de noche.

Sasuke quitó la mesa y su padre fregó. El eider estaba, por supuesto, muy bueno. Sin perdigones. No quedó mucho que fregar en los platos. Después de comerse la mayor parte del ave y casi todas las patatas, limpiaron los platos rebañándolos con pan blanco. Era lo más rico de todo. Echar sólo salsa en el plato y mojarla con trozos de pan blanco esponjoso que casi se deshacían y luego se fundían en la boca.