Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
LA CONVENIENCIA DEL AMOR
CAPÍTULO 21
Esa primera noche había sido maravillosamente larga.
Bella estaba perdidamente enamorada de su marido y ya no tenía sentido negárselo.
Sabía con certeza que Edward se sentía atraído por ella. Haber pasado las últimas dieciocho horas haciendo el amor y compartiendo el mejor sexo de su vida, entre caricias, arrumacos y palabras cariñosas, no dejaba lugar a ninguna duda al respecto.
Sabía que la apreciaba y sin dudas estaba muy encariñado con ella.
Pero ella quería más. Necesitaba más.
Quería que él la amara. Que la amara tanto como ella le amaba a él.
Quería que bebiera los vientos por ella. Que le costara respirar al imaginarla lejos de él.
Que estuviera dispuesto a luchar contra naciones enteras solo para evitar que alguien más la reclamara.
Que estuviese dispuesto a todo para mantenerse a su lado.
Quería que la amase, que la desease. Que no pudiera imaginar la vida sin ella.
Quería que no pudiese recordar cómo había sido su vida antes de ella y que no tuviera duda alguna de que nunca podría volver a ser feliz a menos que le tuviera a su lado.
Bella quería que Edward pensara en ella a cada instante y la echase de menos cada minuto que estuviesen separados. Que cada una de esas separaciones las viviese contando los minutos que faltasen para volver a verla.
Y quería todo eso, porque eso era exactamente todo lo que ella sentía por él.
Y Edward había prometido que se enamoraría de ella así como ella de él. Ella había cumplido su parte, así que no permitiría que Edward faltara a su promesa.
Cuando Edward despertó se encontró con la mirada de Bella clavada en él.
Sonrió somnoliento, sintiéndose más dichoso de lo que se había sentido en el último año.
—Buenos días —saludó estirando su mano para acariciar su cintura desnuda.
—Al fin despiertas —exclamó ella lanzándose sobre su boca y su cuerpo, arrancándole una carcajada.
—Alguien parece que está un poco ansiosa —se burló él recostándose sobre el colchón y tirando de ella para acostarla sobre su cuerpo.
—No tienes ni idea —aseguró volcándose sobre sus labios con voracidad.
Hicieron el amor con desenfreno, y fue como cada una de las veces de las últimas dieciocho horas, relajado, cómplice, excitante.
Bella cayó exhausta sobre el colchón después de haber cabalgado sobre su marido hasta que ambos alcanzaron un ansiado desahogo.
—Creo que me gustará mucho despertar así cada mañana —suspiró Edward aún jadeante.
—Pervertido —rió Bella tumbada junto a su marido mirando el techo.
—¿Pervertido, yo? —se carcajeó él —Diría que tú eres la pervertida. Apenas estaba despertando cuando me atacaste.
—Siéntete agradecido de que esperara que despertases. Por un momento pensé montarte mientras dormías —confesó risueña haciéndole reír.
—No me escucharás quejarme —aseguró volcándose sobre ella para besarla y acariciarla.
Estuvieron bastante tiempo besándose y acariciándose con ternura. Volcaron en sus arrumacos toda la necesidad, la contención y el deseo que habían estado guardando durante los últimos cuatro meses.
Esos últimos cuatro meses en los que Edward había dormido cada noche junto a la mujer que amaba, sin poder tocarla ni acariciarla de la forma que finalmente, tras cuatro meses de casto matrimonio, por fin había logrado acariciar.
Esos últimos cuatros meses en los que Bella no había podido dormir una sola noche sin sentirse nerviosa o inquieta por pensar cuándo llegaría finalmente el momento en que su cama se convirtiera, realmente, en un lecho matrimonial.
Y si alguna vez en esos casi cuatro meses había sospechado que podía estarse enamorando de su marido, después de lo que habían compartido la noche pasada, habiendo conocido íntimamente a ese hombre, conociendo su entrega, su sensualidad, su pasión y su tierna devoción, pocas dudas le quedaban sobre la profundidad de sus sentimientos.
Reconocer entonces, que su matrimonio era de conveniencia, que no les había unido una pasión arrolladora, le entristeció.
Edward notó claramente el momento en que el ánimo de Bella se ensombreció.
Solo imaginar que Bella pudiese arrepentirse de la noche pasada o que algún atisbo de nostalgia la asolase le estremeció, pero se negó a permitir que nada empañase ese momento de felicidad que ambos estaban compartiendo y que, se prometió, sería el inicio de una nueva etapa en sus vidas y en su matrimonio. Una etapa de felicidad y alegría compartidas.
—¿Va todo bien, nena? —susurró cerniéndose sobre ella mientras sus dedos acariciaban con ternura su delicado rostro.
—No logro entender cómo fuimos capaces de perdernos esto durante los últimos ocho meses.
—No sin esfuerzo —confesó risueño.
—Si hubiese sospechado que eras tan bueno, no habría tardado tanto en aprovecharme de ti —comentó burlona.
—¿Y qué te hacía pensar que podía no serlo? —discutió con fingida indignación —¿Acaso creías que solo era una cara bonita?
—En absoluto. Nunca dudé que además de una cara bonita había aquí un cuerpo bonito. Pero no imaginaba que lo supieras utilizar tan bien —se burló divertida dejando su pesar.
—Y aún no te he enseñado ni la mitad de lo que sé hacer —aseguró acostándose sobre ella para hacerle cosquillas antes de bajar sus labios sobre uno de sus pechos desnudos.
Cuando una hora más tarde Renée Swan llamó a su puerta para decirles que ella y Charlie se iban a las pistas de esquí, no se sentían ni remotamente saciados.
—Sería capaz de pasarme el día entero tumbado en esta cama contigo —reconoció Edward amodorrado —Pero no te serviré de mucho si no me alimentas —gimió sintiéndose hambriento.
—Creo que puedo ocuparme de eso, aunque me siento de gelatina…
—Vamos, démonos una ducha y preparemos un desayuno suculento. Después podemos ir a esquiar, si te apetece, o también he visto que hay unas rutas bastante buenas que salen de la montaña Snowmass —dijo entusiasta.
—Ni lo sueñes, cariño —discutió Bella —Hemos pasado la primera semana de vacaciones como a ti te gusta, haciendo deporte y vida sana —dijo haciendo un mohín de disgusto —Ahora me toca a mí decidir cómo continuaremos con nuestras vacaciones —aseguró.
—¿Y cómo será eso, pequeña holgazana? —accedió burlón.
—Iremos si quieres a la montaña, pero nos quedaremos en el hotel a pie de pistas, frente al fuego, con una taza de chocolate caliente y un buen libro.
—¿Y qué tiene de divertido eso?
—Si te portas bien, podemos hacernos arrumacos y puedo meterte mano cuando nadie nos vea —ofreció sugerente.
—Ahora comienzas a hablar mi idioma —murmuró él antes de besar sus labios y abandonar la cama con ella en brazos para meterse juntos bajo la cálida ducha.
La nueva intimidad compartida trajo un cambio en su relación que fue fácilmente percibido por los padres de Bella.
Los arrumacos entre ellos, las carantoñas, las caricias y los besos habían perdido ese tinte de incomodidad que a veces les había parecido percibir a los que les rodeaban, aunque no lo hubieran sabido explicar.
Se les veía mucho más cómodos el uno con el otro y parecía que no podían estar sin tocarse más que unos instantes.
Renée percibió la forma dulce en que su yerno siempre tocaba a su hija cuando estaban juntos. Podía ser una caricia, un suave pellizco, un beso en la frente o hundir la nariz en sus cabellos.
Siempre había visto la devota adoración con la que Edward miraba a Bella cuando ella no le estaba viendo, pero en esos días en Aspen, descubrió que él ya no se escondía de Bella, sino que le sonreía tiernamente cuando ella le sorprendía mirándola embelesado.
Pero lo que más la complació fue, sin dudas, ver a Bella dedicarle a su marido las mismas atenciones.
Parecía como si en esos pocos días, hubieran descubierto entre ellos una exquisita complicidad que antes no hubiese estado allí.
Y por primera vez, desde que había visto a Edward de rodillas frente a su hija, en la ya tan lejana fiesta de los Cullen, sintió que Bella por fin se había permitido ser feliz, enamorándose por completo de quien era, desde hacía ya más de tres meses, su marido.
—No quiero volver a Seattle —se quejó Bella entre los brazos de su marido la última noche de sus vacaciones.
—¿Por qué no? —preguntó su marido somnoliento.
—No sé. No quiero volver al trabajo. El proyecto de Chicago está inacabado, y no nos queda mucho tiempo para presentarlo. Jacob se estresa demasiado con el trabajo y me estresa a mí, y ahora mismo yo me siento de luna de miel —explicó mimosa poniendo una sonrisa en el rostro de Edward.
—La luna de miel no acabará —prometió Edward estrechándola entre sus brazos.
—¿Puedes asegurarlo?
—No tengas la menor duda, cariño. Ahora que finalmente ha comenzado nuestra luna de miel, no voy a permitir que se acabe tan rápido. Ni aunque la empresa se nos caiga en la cabeza. Y por lo que respecta a Jacob Black, ya me encargo yo de él, si te molesta mucho.
—¿Por qué no te gusta Jake?
—Porque está loco por ti —explicó Edward con simplicidad y por un momento sus celos injustificados le ilusionaron.
Que Edward se mostrara celoso de Jacob, le hacía pensar que los sentimientos que Edward sentía por ella, podían ser más profundos de lo que ella creía.
Y en algún momento pensó que los celos podrían llegar a ser una táctica a utilizar como último recurso.
Aunque esperaba que no fuera necesario utilizarla.
He descubierto que mis lectoras AMAN las escenas de sexo. El capítulo pasado fue el más comentado de lo que va del fic.
Espero que la historia les siga gustando.
Bienvenidos a los nuevos lectores.
Gracias a todos por los reviews, alertas, favoritos por leer.
Adelanto del próximo capítulo:
—Es todo eso y más. Supongo que tendrá que ver con la forma en que él y yo hemos comenzado esta relación, y tal vez un poco también debido a la abstinencia de los últimos meses, pero el sexo con Edward es tan erótico, sexy, se siente tan nuevo y a la vez tan lleno de confianza y seguridad —confesó soñadora —No sé, creo que ha sido genial que hayamos forjado una amistad tan profunda entre nosotros antes de tener sexo, ahora es como si no hubiera nada que no pudiéramos hacer o decir entre nosotros, no sé… es como… sin subterfugios ni pretensiones. Es… perfecto.
—Vaya, vaya —sonrió Alice recostándose en su asiento —Eso suena como… amor —dijo arqueando una ceja.
—Oh, no —negó Bella de inmediato —No estamos enamorados —dijo con seguridad aunque algo en su interior se removió dolorosamente.
No lograba entender aún cómo era posible que se hubiera enamorado de Edward. En solo cuatro meses de matrimonio no comprendía cómo podía haber sucedido. No para ella que nunca había dejado de amar a Sam.
En en el grupo de Facebook Las Sex Tensas de Kiki, hay material de todas mis historias incluida ésta.
Y en mi perfil encontraréis el link del trailer que hizo Maia Alcyone para esta historia.
Besitos y hasta el martes!
