La profesora McGonagall despertó a todos los profesores de Hogwarts, y les explicó la situación. Nadie negó la necesidad de proteger el castillo, darle tiempo a Potter a buscar lo que fuese que buscaba, y de evacuar a los alumnos más jóvenes antes de que empezara la batalla.

El profesor Flitwick sacó una moneda de oro que el Ejército de Dumbledore le había confiado. Dándole un pequeño golpe con la varita, ésta se torno roja, emitiendo un suave zumbido. Era un objeto mágico increíblemente simple, e increíblemente ingenioso.

En el propio colegio, y en otros lugares de toda Europa, Decenas, casi un centenar de monedas, se volvieron rojas.


-¡Bill! –exclamó Fleur, en su casa, al ver la moneda sobre la mesa de la cocina -¡La moneda!¡Es la señal!

Bill llegó junto a su esposa, y observó la moneda.

-Voy a Hogwarts. Quédate aquí.

-¡Sí hombgre! –dijo ella

-¿Cómo?

-¡No fui seleccionada como concugsante del togneo de los tres magos para ahogra quedagme en casa!

-Pero cariño –dijo Bill

-Y necesitarás alguien que te cubgra la espalda.

Bill asintió, sabiendo que ella iba a acudir, le gustase o no.

-En marcha.


Lupin sacó la moneda de su túnica al notar el zumbido. La observó en silencio sabiendo el significado de la llamada. Cogió un pequeño pergamino y escribió una nota a su esposa, que en ese momento estaba durmiendo al pequeño Ted. No podía permitir que su hijo quedara huérfano.

Después de escribirla la dejó sobre la mesa, y se desapareció con un sonoro ¡PAF! Tonks tardó poco en bajar a ver la causa del alboroto, y encontrar la nota de su marido.


En la madriguera, los gemelos weasley (ahora fácilmente distinguibles uno de otro), y los señores Weasley, sintieron a la vez el zumbido que emitían las monedas. Se reunieron en la cocina y las observaron en silencio.

-Bueno, parece que nos toca ir a jugar, ¿verdad? –dijo Fred.

-Espero no olvidarme la otra oreja, esta vez –bromeó George.

Lo señores Weasley no rieron la broma.

-No voy a intentar impedir que vengáis. Pero tened mucho cuidado –dijo Arthur.

-Tenedlo vosotros también –respondió George, seriamente esta vez.

Los cuatro se desaparecieron a la vez.


Hermione, junto a sus compañeros, notó la llamada de la moneda. Entonces recordó que había alguien a quien debía avisar.

-Harry, os seguiré en seguida. Debo hacer algo importante.

-¿Qué dices Hermy? –exclamó Ron. -¡No podemos perder tiempo!

-Lo se lo se, no os retrasaré. Tardare dos minutos, en seguida os alcanzo.

Harry decidió hacer caso de su amiga. Si necesitaba dos minutos para hacer algo, debía ser realmente importante.

-De acuerdo, date prisa Hermy.

Hermione se separó el grupo. Escogió una sala al azar del pasillo, y entró. La chimenea de la misma estaba apagada.

-Ignem. –Conjuró

La chimenea se encendió rápidamente. Hermy se arrodilló frente al fuego, y centró su voluntad en las llamas. Se sintió arrastrada por las mismas cuando su consciencia viajó a través de los planos elementales. Cerró los ojos con fuerza para evitar perder la concentración.

Entonces los abrió. Estaba dentro de otra chimenea, en algún lugar de Hungría. Frente a ella, una corpulenta figura miraba por la ventana.

-Hola Viktor –saludó Hermione.

Krum se giró sobresaltado para encontrarse la cara de Hermione recortada en las brasas de su chimenea.


La noche era oscura, cosa que un hombre aprovechó para ocultarse entre unas antiguas ruinas romanas –o quizá eran bretonas, nunca se le había dado bien la historia-. Entre sus oscuras ropas raídas por el tiempo sintió el zumbido de la moneda. La sacó, y sus ojos grises refulgieron con el rojizo brillo de la misma.

Sirius Black lanzó una carcajada entre dientes. Era su momento para regresar. Se desapareció rápidamente, y apareció a unos kilómetros de Hogwarts. Adoptó forma de perro, y echó a correr hacia la inminente batalla. A su izquierda notó la vibración que producía el caminar de algo inmensamente grande. Probablemente un gigante.


A pocos kilómetros del colegio, Hagrid caminaba junto a su hermano pequeño: un gigante que triplicaba en altura al enorme guardián de Hogwarts. Notó la vibración de la moneda.

-Humpfry, hemos llegado justo a tiempo al colegio. Seguro que tendremos que pelearnos con nuestros primos mayores.

El "pequeño" gigante gruñó profundamente, asintiendo.


En Irlanda, dos dragones observaban su cría agonizante. Un humano pelirrojo estaba tratando de salvar a la pobre criatura. Ésta había sido alcanzada por una maldición, cuando unos cazarrecompensas Mortífagos habían tratado de abatir a las míticas criaturas.

Charlie Weasley se secó el sudor de la frente, mientras trabajaba meticulosamente con la pequeña criatura. El dragoncito tenía un pulmón destrozado, además de una hemorragia muy importante.

Aplicó cuidadosamente las vendas sobre el torso del animal, deteniendo la hemorragia. Finalmente, conjuró un hechizo Sannae sobre la criatura.

Después de eso, la cría de dragón dejó de gemir de dolor. Su respiración se tranquilizó y se volvió uniforme. La hembra la empujó cariñosamente con el morro, y la cría permitió que su madre la acunara hasta quedarse dormida.

Fue entonces cuando Charlie sintió la llamada de la moneda. La sacó de su bolsillo y la observó detenidamente. Después se encaró al dragón macho.

-Amigo, los mismos que os han atacado están atacando a mis camaradas. Y tu primer padre estará allí luchando. Te pido que vengas a ayudarnos.

La enorme criatura inclinó ligeramente la cabeza mientras escuchaba a su pequeño amigo. Cuando comprendió todas las implicaciones del mensaje, Norberto posó su cabeza en el suelo, invitando al humano a subir sobre su cuello.

Cuando salió de su cueva, la luz de la luna creciente se reflejó en sus escamas negras. Después desplegó sus alas, y de un enérgico salto alzó el vuelo.


En un pequeño campamento en medio de algún bosque, Greyback se sobresaltó al notar dolor en su brazo. Se arrancó la manga de la camisa y observó, casi con devoción, su tatuaje.

Comprendió lo que estaba sucediendo, y no reprimió una cruel carcajada. Era el momento de demostrar su valía a los mortífagos. Era el momento de demostrar que, siendo un hombre lobo, podía servir al señor oscuro con la misma lealtad que el mejor de los magos.

Y también podría enmendar su error al no lograr detener a Potter.

Esa noche habría un gran combate, sin duda. No podía haber otra razón por la que fuese convocado. Alzó la vista al cielo para comprobar que no había luna llena.

Pero no le importó. Él había aprendido a no necesitarla.

Sin decir nada a los otros cazadores que estaban con él, tocó su tatuaje. Se desapareció al instante, para reaparecerse no demasiado lejos de Hogwarts, donde otros muchos mortífagos se habían reunido ya. Voldemort los observaba con frialdad, irradiando su indescriptible aura de poder. Como el resto los seguidores del señor oscuro, Greyback hincó una rodilla en el suelo y le dedicó una reverencia.

Voldemort habló, su voz resonó, como una potente coral de susurros, por toda la zona.

-¡Bienvenidos, amigos míos! Levantaos. Sabía que podría contar con todos vosotros llegado este momento…


En los dormitorios Slitherin, Draco Malfoy fue despertado bruscamente por un incómodo picazón en el brazo. Se arremangó el pijama y observó su tatuaje. La serpiente se enrroscaba rápidamente alrededor de la calavera, y finalmente le lanzó un silencioso bufido amenazador.

Lo estaban llamando para la batalla.

Tragó saliva con dificultad. Era la hora de la verdad. En otras dos camas, Crabble y Goyle se levantaron también, observando sus tatuajes.

Poco después, un alumno de primer curso se despertó al oír un crujido pétreo en el exterior de su ventana. A la vez que observaba cómo una gárgola cobraba vida, la voz de la profesora Sprout resonó por todo el colegio.


En el despacho del director de Hogwarts, Snape también notó la llamada. Si estaban llamando a todos los mortífagos para la batalla, eso sólo quería decir una cosa: le quedaba poco tiempo como director.

Y que Harry Potter debía estar en el colegio.

Sabiendo que no tardarían en venir a por él, se vistió tranquilamente y se preparó para el combate. Cómo se sucedieran los siguientes acontecimientos determinarían si su plan daría resultado.

Percibió que las defensas del castillo habían sido activadas. Al poco, una de las gárgolas de los tejados cobró vida, se desperezó, e inició un lento planeo hasta otro tejado. Lugar donde se reunió con sus otras compañeras, como una bandada de pájaros monstruosos.

"Todos los alumnos deben acudir inmediatamente al gran salón. Sigan a sus correspondientes prefectos, manteniendo el orden"

Era la voz de la profesora Sprout. Snape confirmó sus sospechas: la batalla se libraría en Hogwarts. No tardarían en venir a por él.

Pocos minutos después, la escalera de caracol que daba a su despacho empezó a moverse, para dar paso a alguien que conocía la contraseña. No tardó en reconocer los medidos pasos de la profesora McGonagall, y el apresurado caminar del profesor Flitwick.

La puerta se abrió, dando paso a los dos profesores. Snape se levantó de su sillón.

-Profesora McGonagall, profesor Flitwick… ¿A qué debo ésta inesperada visita? ¿Qué está ocurriendo?

-Hemos venido a pedirle que abandone el colegio inmediatamente, Snape. –respondió Mcgonagall

Snape caminó lentamente por el despacho.

-No creo que usted tenga autoridad para pedirme algo así, McGonagall.

-No, desde luego –dijo Flitwick-, pero esto va más allá de toda norma del colegio. USTED abandonará el puesto. Ahora.

Resultó un tanto cómico ver la decidida amenaza del pequeño profesor Flitwick.

Nadie dijo una palabra. Los tres magos se observaron en silencio mientras asían con fuerza sus varitas.