Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenecen, solo la estoy adaptando con los algunos personajes de la saga de stephenie meyer.


CAPITULO 20

—Eras tú —lo acusó ella, con un hilo de voz.

—Sí —admitió él.

—No lo entiendo…

—Mi madre era inglesa. Su padre, mi abuelo, es el duque de Moreland, Robert Masen.

Isabella no salía de su asombro. Edward había hablado en un inglés impecable, seco y educado, un inglés que no podía haber aprendido en clases.

—¿Y cómo acabaste aquí, ocupando este cargo? —preguntó, mientras intentaba asimilar la situación.

Edward suspiró y se sentó a su lado en el diván.

—No es tan extraño como podría parecer. Cuando mi madre era joven, su padre le concertó matrimonio, pero ella se rebeló y se embarcó hacia Sicilia, donde pensaba permanecer hasta que mi abuelo cambiara de opinión. Sin embargo, no llegó a su destino. El barco fue capturado por piratas de Berbería. La llevaron a Argel y la vendieron como esclava.

«Esclava», pensó Isabella.

—Qué horrible —dijo, estremeciéndose al pensar en las historias que había oído sobre mujeres occidentales prisioneras en harenes orientales.

—En realidad, tuvo mucha suerte. Mi madre era joven y hermosa y pagaron mucho dinero por ella. Fue comprada por un jefe bereber que la llevó a su casa en las montañas. Allí, él se enamoró de ella y se casaron, a pesar de que ella era cristiana. Más tarde, tuvieron un hijo.

—¿Tú?

Edward asintió con la mirada distante, sumido en un mundo de recuerdos.

—Me pusieron el nombre de Edward, por el pirata que la había capturado.

—¿Te pusieron el nombre de un pirata?

Él sonrió.

—Edward es el nombre que me puso mi padre. Mi madre me llamaba Anthony. Fui educado para convertirme en un jefe y guerrero bereber, pero mi madre nunca permitió que olvidara mi legado inglés.

Edward guardó silencio unos instantes antes de continuar:

—Sé que fue feliz aquí, aunque habría deseado volver a su casa alguna vez para ver a su padre. Una de sus frases favoritas era: «Cuando volvamos a Inglaterra…». —Edward sonrió con melancolía—. Pero ella no quería ir a ninguna parte sin mí y mi padre no permitió que yo viajara a Inglaterra. Creo que tenía miedo de que me dejara seducir por la vida de lujo y privilegios a la que tenía derecho por nacimiento.

—¿Fuiste alguna vez?

—Sí, tras la muerte de mis padres. Cuando los franceses se enteraron de que era medio inglés, me enviaron a casa de mi noble abuelo, donde pasé diez años. —Al oír el eco angustiado del niño en la voz del hombre, Isabella dedujo que aquellos diez años le habían parecido una eternidad.

—Tal vez tú puedas entenderlo —dijo Edward, mirándola con intensidad. Su demanda de comprensión era tan directa que la sorprendió—. El dinero y los títulos que mi abuelo podía ofrecerme no tenían ningún valor para mí. Yo había crecido en otro mundo. Era el heredero de mi padre, en un lugar donde nunca me había faltado de nada. Sólo tenía que decir «Haz esto» y se hacía. Aquí había crecido entre parientes y amigos y sus costumbres me resultaban familiares. Inglaterra, en cambio, me pareció un país extraño, lleno de forasteros fríos y despectivos.

Isabella lo miró con comprensión. No compartían raza ni clase social, su situación era distinta, pero habían vivido trayectorias parecidas. Entendía perfectamente el tipo de prejuicios y de desprecio al que se había visto sometido a causa de su sangre mixta. Ella había sufrido el mismo desprecio por su falta de títulos nobiliarios.

—No encajabas —dijo.

—No, nunca lo conseguí. No podía convertirme en el joven caballero civilizado que mi abuelo quería que fuera. Uno no se olvida de lo que es sólo por cambiar de residencia. Tener un origen medio inglés no me convertía en un caballero.

No, pensó Isabella. Edward nunca podría convertirse en un noble inglés y, aunque tampoco era del todo bereber, la sangre de los guerreros latía con fuerza en sus venas. Si se hubiera fijado bien antes, Isabella habría podido descubrir rastros de su formación europea en algunos gestos, en la manera de dirigirse a ella. Edward le había ocultado su pasado, pero sus lapsus al hablarle en su idioma deberían haberla hecho sospechar.

—¿Y luego? ¿Renunciaste a tu vida en Inglaterra para volver aquí?

—En mi país estaban en guerra. Ésta es mi patria, mi tierra, y tenía que regresar. Acababa de despedirme de mi abuelo cuando empezaste a tirarme bellotas, subida en aquel árbol.

Isabella recordó aquel día y se dio cuenta de que el semental de color castaño le había resultado familiar porque lo había visto antes. Era la bestia de aspecto salvaje que Edward montaba en aquel momento y que había visto en sus sueños. Edward era el extraño que la había consolado aquel día, el desconocido que había hecho su vida más llevadera. Aquel hombre había marcado su vida profundamente siete años atrás. Le debía buena parte de su felicidad durante la difícil transición de niña a mujer.

Isabella se sentía abrumada. Le costaba un poco asimilar tantas novedades de golpe.

Lo miró con otros ojos. La luz de la lámpara jugaba con sus rasgos cincelados y creaba un efecto muy intrigante. Era fácil ver en ellos la autoridad de quien había nacido para gobernar o la determinación de un hombre inamovible en el amor y el odio. Pero ahora que sabía quién era y entendió cosas que, hasta ese momento, se le habían escapado; detalles que se explicaban por su origen mixto y su educación poco habitual. Era un hombre atrapado entre dos culturas, la inglesa y la bereber. Sus modales parecían europeos algunas veces pero, entre su propia gente, siempre daba la sensación de que estaba solo, aislado de los demás. Formaba parte de este mundo y de otro mundo extraño, sin ser completamente de ninguna parte. En su interior, convivían el alma sensual de Oriente y el frío pragmatismo de la aristocracia inglesa, aunque esa herencia anglosajona le pesara. Y, sin duda, había heredado una buena ración de arrogancia y de orgullo por ambos lados.

—¿Has vuelto a ver a tu abuelo alguna vez?

—Una vez más —respondió Edward, con un suspiro—. En el año cuarenta y tres la guerra empeoró. El ejército de Abdel Kader había sufrido varias derrotas importantes y los franceses estaban decididos a acabar con cualquier oposición. No sólo querían aplastar la autoridad de nuestros jeques y administradores, sino que querían exterminar también cualquier otra forma de cultura. Fui a Inglaterra en nombre de Abdel Kader para pedirle a la reina Victoria que se aliara con nosotros contra los franceses…, pero fracasé.

Isabella lo contempló en silencio mientras recordaba su explicación sobre las penalidades que su pueblo había sufrido a manos de los franceses. Se dio cuenta de lo mucho que Edward sufría al no poder proteger a su pueblo de la opresión extranjera. La impotencia y el dolor lo martirizaban. Isabella percibió su rabia y su angustia, y su corazón se encogió. Deseaba consolarlo, pero no sabía cómo. Sin embargo, era un buen momento para darle las gracias por el consuelo que él le había ofrecido tiempo atrás.

—Aquel día —empezó a decir en voz baja— me diste esperanza. Me aconsejaste que me volviera imprescindible para mis tíos; que hiciera que desearan mi compañía y lo logré. Todavía guardo tu pañuelo.

La expresión de Edward se suavizó de inmediato.

—¿De veras? ¿Y cómo lo hiciste?

—Me convertí en lo que mis tíos necesitaban: una compañera de viaje, una ayudante, una hija.

—Me alegro mucho de que tu estancia en Inglaterra no fuera tan terrible como esperabas.

—Yo no diría tanto. —Isabella le dirigió una sonrisa irónica—. Fui una marginada desde el momento en que llegué al colegio con mi criado indio. Chand se tiraba al suelo en cualquier sitio para rezarle a Alá y en seguida lo tacharon de hereje. Yo no tardé mucho más tiempo en ganarme fama de diablo.

Edward sonrió.

—No me extraña porque eras una jovencita bastante belicosa, si no recuerdo mal.

Isabella se encogió de hombros. Todavía no podía recordar su estancia en el colegio con objetividad. Había sido una niña alocada, rebelde y revoltosa, dispuesta a burlarse de aquella sociedad elitista que no la aceptaba.

—En cuanto conseguí que mis tíos se fijaran en mí, no permití que el rechazo de mis compañeras me afectara. Me acostumbré a estar en boca de todos.

Aunque lo había expresado de manera despreocupada, Edward percibió el dolor en su confesión.

—No era una persona sin recursos —siguió ella—. Una gran fortuna te facilita la entrada en ciertos círculos, incluso en los más altos. Aunque no me apetecía especialmente, me llegaron a presentar ante la corte y el tío Cedric insistió en que hiciera la reverencia ante la reina.

—Es verdad que una fortuna abre muchas puertas —corroboró Edward.

Isabella guardó silencio mientras se perdía en sus recuerdos. La habían educado para llevar una vida rodeada de lujo y riqueza, pero el dinero no curaba la soledad. De hecho, ella nunca lo había valorado demasiado. Con el tiempo, había aprendido que, además de una bendición, también podía ser una maldición. Muchos nobles arruinados y otros arribistas se habían acercado a ella para hacer uso de su fortuna a pesar de que la despreciaban como persona. El precio que tuvo que pagar para descubrir esa verdad fue la soledad, ya que dejó de fiarse de la gente que se le arrimaba buscando amor o amistad. Y, sin embargo, sabía que la sociedad toleraba su comportamiento rebelde por su fortuna.

Isabella trató de centrarse. ¿Cómo habían cambiado de tema? Hacía un rato hablaban sobre Edward.

—Me hubiera gustado saber antes que eras medio inglés —dijo al final—. La cautividad me habría resultado más llevadera.

La tristeza de su voz fue como un puñetazo para Edward.

Se sintió muy culpable al recordar las malas experiencias por las que la había obligado a pasar. La había capturado, aterrorizado, humillado y casi había muerto por su culpa. Él se había enfrentado a miembros de su raza y había intentado acabar con la vida de su prometido. También por su culpa, el amado tío de Isabella había estado a punto de morir. Además le había arrebatado la virginidad y había manchado su buen nombre. Era muy posible que le hubiera arruinado la vida. Al embarcarse en esta misión vengativa, había creído que sus razones justificaban cada una de sus salvajes acciones, pero ahora sólo deseaba estrecharla entre sus brazos, consolarla y pedirle perdón.

La contempló y se preguntó por qué le inspiraba esa ternura tan potente. Nunca había sentido algo tan intenso por ninguna otra mujer. Se había encariñado de ella, pero ¿la amaba lo suficiente como para poner los intereses de Isabella por delante de los suyos propios? ¿Estaba dispuesto a dejarla en libertad? La palabra «amor» se coló en su mente sin avisar. ¿Era amor lo que sentía por ella? La pregunta se le clavó como un puñal, igual que la respuesta que se le ocurrió después. Si la amaba de verdad, debía poner sus intereses por delante de cualquier otra cosa. Si la amaba, tenía que dejarla marchar.

Pero, en aquel momento, no quería analizar los sentimientos que le inspiraba su rebelde cautiva, ni pensar en su libertad. Por eso, agradeció que ella lo interrumpiera.

—¿Tu tribu te echa en cara que seas medio inglés?

—Hasta ahora no lo han hecho, aunque algunos sospechan que ése puede ser el motivo por el que no he cumplido mi juramento. Un miembro del consejo alega que mis orígenes son los causantes de mi simpatía por los europeos.

—Eso es una tontería —afirmó Isabella con vehemencia—. Nunca te he visto actuar con cordialidad hacia los europeos.

Él sonrió con desgana.

—Bueno, los del consejo tendrán que demostrarlo. No pienso renunciar a mi cargo tan fácilmente.

—Me alegro.

Sus ánimos lo hicieron sentir mejor, aunque por poco tiempo.

—Me dijiste que tenernos aquí te daba más poder de negociación con los franceses, pero me imagino que si nos hubieras puesto en libertad tu tribu se habría enfurecido.

—Eso influyó en mi decisión, claro —replicó sin dar muchos detalles—. No me habría resultado fácil defender mi posición si os hubiera soltado antes de conseguir la libertad del mayor número posible de prisioneros a cambio.

Era consciente de su hipocresía, pero no quería explicar a la joven la auténtica razón para retenerla allí. Entonces se levantó y se dirigió hacia la puerta, pero la siguiente pregunta de Isabella lo retuvo.

—Edward, ¿por qué no querías que descubriera tu identidad? ¿Por qué me la ocultaste?

—Si hubieras conocido mi identidad —respondió, mirándola por encima del hombro—, habrías podido guiar a tu prometido hasta aquí y poner en peligro la vida de mi gente.

—¿Y qué ha cambiado? ¿No crees que podría traicionarte ahora?

«¿Lo harías, Ehuresh?», se preguntó en silencio. Sin embargo, dijo en voz alta:

—Ahora ya no importa. Bourmont me juró que si lo liberaban, no vendría a buscarte. Cuando le aseguré que no te haría daño, renunció a ti.

Isabella bajó la mirada hacia el suelo, pero Edward vio en sus ojos el brillo de la desesperación que le provocaba enterarse de que su coronel la había abandonado.

—¿Qué otra cosa podía hacer? —preguntó Edward, consciente de lo irónico que era defender a su peor enemigo—. Sus tropas acababan de sufrir una dura derrota, tenía hombres heridos que necesitaban atención médica y yo acababa de perdonarle la vida.

Al oír esas últimas palabras, Isabella lo miró con curiosidad.

—¿Por qué no lo mataste?

Edward dudó antes de admitir:

—Por ti. ¿Qué otra cosa podía hacer?

.

.

A lo largo de la siguiente semana, a Isabella no le faltaron temas sobre los que reflexionar: la auténtica identidad de Edward, las decisiones que él había tomado sobre ella y Garret, las acusaciones en su contra, su relación con él.

Edward había renunciado a su venganza por ella. No por Garret, sino por ella. Era la causante de que hubiera traicionado su juramento y ahora su puesto en la tribu y su futuro estaban en la cuerda floja. No se sentía digna de su sacrificio. No había motivo para que el descubrimiento de su verdadera identidad afectara a la relación entre ellos y, sin embargo, algo había cambiado. Al saber que era medio inglés Isabella se sentía más cerca de él, más en sintonía con sus pensamientos y sentimientos. Era absurdo, sobre todo porque él no había variado en absoluto su modo de tratarla. Hablaba con ella en francés cuando estaban en público y actuaba como el perfecto anfitrión, siempre tratando de entretenerla y complacerla.

Pero ella seguía siendo su cautiva. No tenía un lugar en su vida. No había futuro para su relación. Eran demasiado distintos. Edward era un príncipe bereber y un aristócrata inglés, mientras que su sangre burguesa no podía ser más roja. Lo más parecido a la sangre azul que había habido en su familia venía de parte de una abuela francesa. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces y la sangre de su familia se había manchado con el comercio.

Por no hablar de otras diferencias. Aunque Edward había pasado buena parte de su juventud en Inglaterra, él mismo había admitido que no encajaba en ese país. Y ella nunca podría hacerlo allí, con la cultura bereber, con la religión musulmana y sus extrañas costumbres.

No, no tenían futuro. Y si se lo repetía una y otra vez, era para reprenderse por ser tan idiota. Porque sólo una idiota podía llegar a imaginarse a Edward aceptando como esposa a una mujer inglesa, con la aversión que sentía por todo lo que venía de Europa. Y menos en esos momentos, con el cuestionamiento de su tribu mediante. Si alguien sospechara que pensaba casarse con ella, lo acusarían de aliarse con el enemigo.

Además, Tanya le había dicho que se casaría con alguna de ellas. Una tarde en la cocina, Isabella sacó el tema con sutileza y Tahar se lo confirmó.

—Sí, la obligación del señor es casarse con una mujer de origen noble.

—¿Una noble bereber?

—O árabe.

—¿No puede casarse con una noble inglesa?

Tahar la miró sorprendida.

—El señor nunca se casaría con una extranjera.

—¿Por qué no? Su madre era extranjera y su padre se casó con él.

Tahar se encogió de hombros y sacudió la cabeza.

—Ah, pero eso fue antes de la guerra. —Una frase tan simple y demoledora hizo que el mundo de Isabella se viniera abajo. «Antes de la guerra.»

Por supuesto, la guerra lo había cambiado todo. Por esa razón Edward había renunciado a su parte inglesa. Nunca se casaría con una extranjera porque los forasteros eran unos brutales asesinos, eran los ocupantes de su amada patria. E incluso en el improbable caso de que pudiera olvidarse de eso, ella nunca sería la mujer elegida. Culturalmente, representaba todo lo que él despreciaba y, además, se interponían entre ellos algunos otros obstáculos imponentes. Por ejemplo que ella no se parecía en nada a las mujeres de Berbería. Era demasiado independiente y cabezota como para comportarse de forma dócil y sumisa. No podría hacerlo con Edward y tampoco con ningún otro hombre. Tal vez él la deseaba por de pronto, pero nunca se enamoraría de ella. Usaría su cuerpo, si ella lo permitía, pero nada más.

¿Si ella lo permitía? No sabía si acceder a ser su concubina en caso de que él se lo pidiera, aunque de momento no había tenido que tomar ninguna decisión al respecto. Edward no había dado ninguna señal de querer mantener algún tipo de relación con ella, escandalosa o no.

.

.

Su tercera semana de estancia en las montañas empezó con una nueva actuación de Tanya para los invitados. Isabella no la disfrutó, pero tuvo el consuelo de saber que llevaba su mejor atuendo. Tahar le había hecho una chilaba nueva de rico terciopelo amarillo que le proporcionó una seguridad que, hasta el momento, no había sido consciente de necesitar. Sin embargo, a la mañana siguiente, su sensación de confianza se rompió en mil pedazos. Isabella paseaba por el patio mientras Edward atendía a las demandas de la gente en la sala de audiencias. La perra que solía seguirla no aparecía por ninguna parte. De repente, la joven pasó al lado de una anciana apergaminada que estaba sentada en el suelo y agitaba un amuleto con la mano. Isabella se apartó un poco para darle intimidad y, sentándose en uno de los bancos de mármol, volvió la cara hacia el sol.

Allí la encontró Mahmoud poco después.

—¡Vamos, lallah! —exclamó, sobresaltándola—. Por favor, tiene que salir de aquí en seguida.

Isabella abrió los ojos y lo miró sorprendida. Sus cicatrices rojas habían palidecido y el niño no paraba de retorcerse las manos, como si estuviera muy asustado.

—¡La vi… la vieja —balbuceó— es una kahina! ¡Una bruja! Tiene poder sobre los genios —los malos espíritus— y ¡va a lanzarle un encantamiento! Tiene que salir de aquí.

Isabella se volvió hacia la anciana de aspecto inofensivo y le dirigió una mirada de duda. Sabía que los bereberes eran muy supersticiosos, pero ella no creía en aquellas tonterías.

Mahmoud se puso frenético al verla vacilar. Desesperado, olvidó su lugar como criado, la cogió de la mano y tiró de ella con fuerza para apartarla del peligro.

En ese momento, Tanya salió de detrás de una higuera con los ojos refulgentes de odio.

—¡Tú! —exclamó, mientras señalaba a Mahmoud—, largo de aquí.

Isabella se puso de pie para defender al niño pero, para su sorpresa, éste se alejó tan de prisa como le permitía su cojera.

Sin embargo, el pequeño no la había abandonado sino que había ido a buscar a su señor. Tanya sólo tuvo tiempo de volver su mirada asesina hacia Isabella antes de que Edward saliera de la sala y se acercara a ellas a la carrera, con la túnica enredándosele en los tobillos. Desde lejos se notaba que estaba furioso.

Cuando llegó a su altura, la kahina dejó de cantar y Tanya dio un paso atrás.

—¿Qué significa esto? —le preguntó a la bella bailarina, con la voz temblorosa por la rabia.

Con su limitado conocimiento del bereber, Isabella entendió sólo una de cada tres palabras de la discusión, suficiente como para enterarse de lo que había pasado: Tanya había contratado a la bruja para que lanzara un hechizo sobre la inglesa infiel.

Mahmoud, que había regresado al patio, se acercó a Isabella.

—He llegado a tiempo —murmuró ansioso—, antes de que la kahina pudiera invocar a los malos espíritus y lanzar un rbat sobre usted, una gran maldición. El señor no lo ha permitido, Alá sea alabado. —A pesar de su fe, Mahmoud colocó su delgado y lisiado cuerpo entre ella y la hechicera.

Isabella se emocionó ante el valiente gesto del niño. Le apretó el hombro, en un gesto cariñoso que también le pedía silencio, ya que quería escuchar la conversación.

Nunca había visto a Edward tan enfadado, ni siquiera cuando Isabella había amenazado con matarse.

Tanya parecía ofendida, pero no se postró a los pies de su señor. Al contrario, más de una vez alzó de forma orgullosa la cabeza, mientras gritaba insultos a su rival.

—¡Es mala, señor! —la acusó una vez más, señalándola.

—¡Es inocente y está aquí porque yo lo he ordenado!

—¡Le ha hechizado! No es como nosotros. Se ha acostado con ella y ha traicionado a su pueblo. ¡Los genios de la locura se han apoderado de usted!

—¡Ya basta! —la voz de Edward resonó por todo el patio. Señaló a Tanya y ordenó—: Tú, mujer, ya no eres bienvenida en mi hogar ni en mi pueblo. Márchate ahora mismo antes de que te expulse de la provincia también.

Tanya guardó silencio al darse cuenta de que se había pasado de la raya. Boquiabierta, miró a Edward con horror.

—Por favor, señor, perdóneme. No sabía lo que estaba diciendo. No quería ofenderle.

—No pienso repetirlo —advirtió Edward, con una voz suave y amenazadora.

Tanya se dio cuenta de que no había nada que hacer y empezó a retirarse, pero al llegar a una distancia que le pareció segura —el pasillo que llevaba a la calle— se detuvo, apretó los puños y escupió en el suelo.

—¡Yo la maldigo! —gritó con vehemencia, levantando la voz para que todos los que se habían reunido en el patio pudieran oírla—. ¡Maldigo a la mujer infiel del saiyid! ¡Que el mal de ojo caiga sobre ella y destruya todo lo que ama! —Y con eso, se volvió y salió corriendo.

En el silencio que siguió a las palabras de Tanya, Isabella se puso a temblar. No por el veneno de las palabras de la mujer sino porque, una vez más, era la causa de los problemas entre Edward y su pueblo.

Se volvió hacia él y vio que tenía los ojos fijos en ella.

—Lo siento, Edward —dijo con una profunda tristeza—, no quería causarte más problemas.

—No tienes ninguna culpa de lo sucedido —replicó él, muy serio. Edward miró a la hechicera y la echó del patio con una orden concisa. Luego, con un gesto de la mano, despidió a los criados y a los suplicantes que permanecían en el patio. A todos, menos a Mahmoud.

—Dile a Saful que prepare los halcones y que ensille la montura de la señora —le ordenó, antes de volverse de nuevo hacia Isabella—. Me acompañarás a cazar. —Ella lo miró sorprendida y Edward alzó una ceja dorada—: Una vez me dijiste que te apetecía ir de caza, ¿me equivoco?

—Lo dije, pero no debes sentirte obligado a llevarme contigo…

—Un día, Ehuresh, te convencerás de que yo hago siempre lo que deseo. Y en estos momentos, quiero compensarte por el maltrato que has recibido en mi casa. —Su expresión se suavizó y le dedicó una sonrisa tierna y sensual—. Ahora ve a cambiarte de ropa y ponte algo más adecuado para cabalgar.

Isabella dudó sólo un instante antes de entrar en la casa. Tras días de dedicación a actividades «femeninas», tenía muchas ganas de huir de los estrechos confines de su género.

Mientras corría a cambiarse de ropa, sintió que su estómago se encogía de nervios al pensar en la emoción de la caza y en el placer inmenso de la compañía de Edward. Durante unas horas iba a poder olvidarse del proceso contra el bereber y de las oscuras premoniciones que Tanya había esparcido con su brujería y sus acusaciones de traición.


Bueno me he adelantado y pagado una escapada de mis trabajos y estudios para parciales, esto es una recompensa por el tiempo que me he retrasado en publicar así que espero que hayan disfrutado el capítulo…

Lo que se viene es bien bueno, verán a bella cazando.

Un beso y saludos a mi dos inseparables chicas, YUPEMILI y a Lydia Zs Carlton, siempre me alegra leer sus rr.