CAPÍTULO 21: LUZ DE INVIERNO

Cuando tenía 11 años, él y su hermano habían arriesgado sus traseros al ayudar a una de sus compañeras de casa. Habían lanzado una gran bomba fétida hacia un slytherin, que iba en el mismo año que ellos, y se la pasaba molestando a la niña que una vez habían atropellado en el tren. Fred la había visto cada día, cuando iba caminando con sus amigas por los pasillos, o cuando ella se sentaba frente a él en cada clase, por el simple hecho de curiosear. Desde entonces, esa pequeña pecosa de ojos azules había formado parte de su vida y parecía decidida a quedarse. Esa primera navidad, después de que su amistad con la niña se formalizara, la habían pasado en su casa, un lugar al que llamaban La Madriguera. Cuando despertó se encontró con el suéter típico tejido por su madre, una caja de ranas de chocolate (obsequio de su hermano mayor, Bill), diez galeones y un pollo de hule (ambos regalos de su padre), ropa nueva (cortesía de Charlie), y otras pequeñas cosas que no recordaba; pero su mayor sorpresa fue cuando una lechuza tocó a su habitación, donde él y George estaban abriendo sus regalos, dejándola pasar y recibiendo un pequeño paquete envuelto en papel blanco con un moño rojo. Ambos se miraron con asombro, y no se detuvieron ni un segundo en arrancar el papel para abrir aquel regalo de alguien desconocido… No tardaron en descubrir quién se los había mandado. Una pequeña carta cayó frente a sus ojos, y fue Fred quien la leyó en voz alta.

Fred y George:

Muchas gracias por haberme defendido de Graham Montague, gracias por hacerme reír cuando lo he necesitado, y gracias por ser mis nuevos amigos. Quería agradecérselo de algún modo, pero no sabía cómo. Ustedes siempre han sido magos, y no sé qué se les regala a los magos en Navidad. Mamá me dijo que les diera algo que a mí me gustaría recibir… espero que no suene muy egoísta o extraño, pero eso fue lo que me dio una idea. Este es uno de mis libros favoritos. Lo estaba leyendo el otro día y entonces recordé que en él hay un par de gemelos… traviesos y divertidos como ustedes. Espero que disfruten de su lectura.

Les deseo que pasen una muy feliz navidad.

Su nueva amiga,

Joy Lewis-Gresham

Era un libro de pasta dura, con un título en mayúsculas en el que se leía: PETER PAN; en el centro había la imagen de un niño pelirrojo y con pecas ("¡Ostras, luce como nosotros!") que se encaramaba sobre unas maderas para ver algo más de cerca, vestía unas ropas extrañas, ropas hechas con hojas verdes y primaverales, tenía una espada en la mano, y justo encima de su hombro volaba una hada de color dorado, de rostro hermoso. Ambos reconocieron que era una imagen muy bella, y él y George esperaban que el niño se moviera, tal como lo hacían las imágenes de los libros que tenían en casa. No lo hizo, lo cual hizo que se dieran cuenta de que era un libro muggle. No les sorprendió, por lo tanto, haber encontrado aquel nombre tan raro. Desde entonces aquel libro, escrito por un hombre llamado J. M. Barrie, se convirtió en uno de sus favoritos, y como costumbre lo leían en cada navidad.

Fred estaba sentado frente a la chimenea de su hogar. Pasaba de la media noche y todos se habían ido a dormir ya. Él había bajado una cobija de su habitación, pues era un invierno crudo y, aunque en la chimenea ardía un buen fuego, no quería pasar frío al estar en la sala. Todas las luces estaban apagadas, lo cual hacía que el fuego formara sombras extrañas que se reflejaban en los sillones y floreros que su madre tenía allí; sombras que de alguna manera formaban manos que se alargaban hacia la oscuridad, o caras sin contornos ni detalles. Aquel hermoso libro estaba desgastado, con las hojas amarillas y el dibujo descolorido, y aún así era valioso para el joven que lo tenía frente a él. Se sabía de memoria la historia, cada palabra, cada aventura, cada sentimiento que había experimentado al leerlo por primera vez seguía tan vivo y latiente en su pecho.

El pelirrojo tenía el libro abierto entre las manos, casi acababa con la lectura correspondiente a esa navidad. George se había ido a dormir temprano, quejándose de haber comido demasiado pavo ("¡Puedo alimentar a toda una familia de trolls con lo que acabo de cenar!"), y él no había insistido en que leyeran juntos como tenían por costumbre. Existían lecturas que uno debe hacer solo. De niño quería ser como Peter Pan: nunca crecer, siempre ser joven, tener aventuras, pelear con piratas, hacer travesuras, vivir en un fuerte. Al crecer, se dio cuenta que no era el único que deseaba eso; el mundo entero anhelaba vivir de una manera diferente, una manera en que todos obtuvieran lo que más deseaban… No siempre resultaba en algo bueno. También comenzó a comprender las palabras que, para un niño, sólo formaban parte de la historia.

"Quiere muchísimo a Wendy", pensó, indignándose con ella al ver que no comprendía porque no podía volver a tener a Wendy. El motivo era de lo más simple: "Yo también la quiero. Y no podemos tenerla los dos, señora".

– No podemos tenerla los dos, señora – repitió para sí mismo.

Era verdad. Sonrió irónicamente, olvidando por un momento el libro que tenía entre las manos.

– Yo también la quiero… Y siempre la voy a querer. No importa lo lejos que se vaya. No podemos tenerla los dos, Nora.

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La llanta delantera patinó en la acera y ella perdió el control. Sin poder hacer nada para evitarlo, voló por los aires y cayó en el pasto cubierto de nieve, sintiendo como el aire se le salía de los pulmones. Su brazo derecho fue el que recibió el mayor impacto, luego la bicicleta cayó sobre su espalda y los paquetes que llevaba quedaron desperdigados entre la acera resbalosa y su cabeza. Por un momento quiso quedarse allí tumbada en el suelo, sintiendo como el calor de sus mejillas derretían la nieve a su alrededor. Un amable anciano se acercó a ayudarla.

– ¿Quieres matarte? – le preguntó mientras levantaba la bicicleta color roja.

– No tendría ningún problema de hacerlo – dijo en voz baja Joy.

Para su suerte el anciano, que estaba bastante sordo, no la escuchó. El buen hombre le tendió la mano arrugada y suave, y Joy se levantó con bastante dificultad porque sus botas se resbalaban en la nieve. Trató de recoger los regalos, pero su brazo derecho parecía empecinado en dolerle cada vez que lo movía. El hombre se agachó todo lo que sus reumas le permitían, tomando cada vez un paquete y entregándoselo a la chica del accidente.

– Gracias por ayudarme – dijo Joy.

– No es nada, señorita – el hombre le sonrió, enseñando una escasa dentadura que le hacía recordar más a un bebé –. Espero que no te hayas roto algún hueso. Fue una fea caída.

– No importa – respondió ella, encogiéndose de hombros –. Me las arreglaré.

Conocía algunos hechizos para reparar huesos rotos. Madame Pomfrey le había enseñado un poco cuando le hacía algunas de sus visitas sorpresas. Después de que sus dos compañeros de casa, Angelina y Lee, la encontraran misteriosamente hechizada y con la nariz rota, la enfermera de colegio le había mostrado algunos hechizos muy básicos que ella utilizaba para sanar a los alumnos heridos.

– Feliz navidad – le deseó el anciano después de un rato, mientras se alejaba con su compra.

– Feliz navidad a usted – dijo la chica, aunque el hombre ya estaba bastante lejos para escucharla.

Joy volvió a colocar los paquetes en la parte trasera de su bicicleta, y los ató fuertemente a la rejilla. Se había ido en bicicleta hasta la calle Cornmarket para comprar los regalos de navidad para su madre y el hombre del pub con quien había entablado una bonita amistad. Llevaba también un regalo para Oliver Wood. A finales de octubre Oliver había regresado a los entrenamientos con su equipo de quidditch, no sin antes prometerles que estaría con ellas en navidad.

Se había pasado toda la mañana recorriendo las calles cerca de su casa en busca de los regalos perfectos. A su madre, Nora, le había comprado una bonita caja musical hecha en una forma bastante peculiar, ya que parecía un pequeño huevo recubierto de oro; al abrirlo salía una mujer con un vestido largo y de color lila, bailando con un hombre alto, de traje blanco y pantalones rojos; y la melodía era de esa clase que le partía el corazón a uno, no porque fuese triste, sino porque producía un sonido musical limpio y lleno de colores, dulce y apacible, rico… Llegaba el momento en que el sonido desaparecía y la música flotaba. A Oliver le había comprado un largo abrigo color negro, ideal para el invierto tan crudo que había llegado a la ciudad. Había batallado mucho al pensar en qué podría regalarle a alguien como Wood, una de las opciones más fáciles que tenía era obsequiarle algo referente al quidditch, después de todo Oliver era un gran jugador; pero saber que tendría que ir al callejón Diagon hacía que se sintiese aprensiva y decidió elegir alguno de los regalos tradicionales que hacían los muggles.

El callejón Diagon. Pensar tan solo en él hacía que recordara a la persona que con tanto ahínco trataba de olvidar. Sería la primera navidad que no recibiría nada de los pelirrojos. La primera navidad que ella no compraba algo para Fred y George. Precisamente porque su mente se encontraba tan lejos de lo que sus ojos veían, había perdido el control de su bicicleta. De regreso a casa seguía pensando en que se sentía tremendamente triste. Se suponía que eran fiestas alegres, ¿no era cierto? Se suponía que era la época en la que uno convivía con aquellos a los que más amaba, se reía y se divertía. Todos parecían olvidarse de la felicidad que solía reinar cuando la primera nevada caía en la ciudad. Los niños de su calle habían olvidado hacer la típica guerra de bolas de nieve en la que Joy había participado por primera vez el año pasado. La mayoría de las personas no querían ni salir de sus casas, porque se rumoreaba que la banda de asesinos de Londres se acercaba cada vez más a Oxfordshire. Joy se reía de las suposiciones. Lord Voldemort y sus mortífagos tenían lugares más importantes para atacar. Desde que el mago tenebroso había subido al poder, ninguna agresión hacia muggles se había perpetuado en su vecindario. Sin contar, claro, el acoso que Nora Gresham había sufrido a manos del señor Montague. Ni la maldición fallida que aquel mismo mago había lanzada hacia ella.

– Joy, ¿qué te ha pasado? – fue lo primero que escuchó la muchacha cuando entró a casa.

Su suéter color azul y sus jeans estaban completamente mojados de la parte delantera. Estaba tiritando de frío y apenas podía sostener los paquetes navideños.

– Dame eso – Nora tomó bruscamente los regalos. Lo hizo sin intención de lastimar más a su hija, claro.

– Cui-cuidado con mi brazo – dijo Joy, poniendo cara de dolor cuando su madre le hizo estirarlo –. Me caí en la nieve. La bici-bicicleta se resbaló y terminé en el suelo.

Su madre suspiró de exasperación. ¿Es que todo le pasaba a su hija?

– Joy, ¿pero cómo…? Sube a bañarte enseguida. La cena estará pronto y seguro que Oliver no tarda en venir.

Joy subió con cuidado al baño, seguida por su fiel sombra gatuna. Nora regresó a la cocina, donde estaba preparando una rica ensalada de manzana con crema y arándanos. Lumos estaba encima del refrigerador y de vez en cuando bajaba por algo de comer. El pavo estaba en el horno, y había varias tartas de jalea de fresa que esperaban su turno de entrar. En la mesa había una jarra de ponche de frutas, un gran trozo de mantequilla se encontraba en el centro lista para acompañar las batatas que aún sacaban vapor.

– Nox, ¿entrarás conmigo a bañarte? – preguntó Joy.

En la mano lleva su toalla, lista para sumergirse en la bañera con agua caliente. Lista para ahogar sus problemas por un rato. Generalmente Nox la acompañaba, sentado siempre en el retrete y sin aventurarse a entrar a esa sustancia líquida que los humanos tanto disfrutaban, y él mismo se daba un baño al estilo de los gatos. Joy no se sentía tan sola cuando su gato estaba con ella. De todos sus amigos, era el único que seguía a su lado.

Se quitó la ropa húmeda y la dejó caer en el suelo. Contempló por un momento su reflejo en el espejo, parecía que había envejecido diez años en tan poco tiempo. La delgadez de su cuerpo tampoco ayudaba mucho para ayudarla a sentirse mejor consigo misma. Al menos había una persona en el mundo que no consideraba su cuerpo feo. Fred siempre insistía en que ambos se metieran a la ducha, sin importar las miradas que les lanzaba George de vez en cuando; se tardaban más jugando y salpicando agua por doquier que bañándose. Y eso si terminaban bañándose.

o0o0o0o0o0o

– ¿Londres?

Miró a los dos jóvenes frente a ella. Ambos estaban abrigados, llevaban sus bufandas y sus manos estaban cubiertas con suaves guantes. Joy llevaba su gorrito nuevo y parecía que sus mejillas iban ganando color. A Oliver le brillaban los ojos. Los dos la miraron de una forma, un tanto alarmada otro tanto suplicante, que hizo recordarle a pequeños cachorros que recién habían destruido algún mueble valioso de la casa.

– ¿Qué hay en Londres el día antes de Año Nuevo? – preguntó Nora.

– Mamá, Oliver debe ir a la oficina de correos y…

– ¡Pero es muy peligroso!

– No pasa nada, señora Gresham – intervino Oliver –. Nos apareceremos en el callejón y regresaremos de la misma manera aquí.

– Y sólo serán un par de horas, a lo mucho – dijo finalmente Joy.

– ¿Seguros que estará abierta la oficina? – volvió a preguntar Nora, deseando en su interior que estuviese cerrada.

– Me siento bastante seguro de eso – dijo Oliver, restándole importancia –. La eficacia mágica siempre es constante.

– ¿Aún en estos tiempos? – preguntó la mujer.

Ni Oliver ni Joy pudieron responder a eso. Se miraron los zapatos, incómodos. Pasaron varios minutos antes de que alguien hablase. A Nora no le quedaba de otra más que dejarlos ir al Londres mágico.

– Los espero antes de las cinco, ¿les parece bien?

Fueron como niños cuando sonrieron de emoción. Haber estado encerrados en la casa por una semana, sin oportunidad de ir a ningún lado que no fuese el pub, los había dotado de un anhelo por visitar algún otro lugar conocido para ellos. Sin esperar que Nora añadiera algo más, Oliver tomó del brazo a Joy, y ambos desaparecieron de allí, dejando atrás a la mujer con la mata de pelo color miel.

La sensación de aparecerse, por mucho que se hiciera, siempre era incómoda. Uno tenía que quedarse quieto por unos cuantos segundos para que sus órganos pudieran reacomodarse, el estómago se asentara, y el cerebro dejara de temblar como una gelatina. Joy se sostuvo con fuerza del brazo de Oliver para no caerse en la nieve. Después de comprobar que seguían enteros, se dirigieron primero hacia Artículos de Calidad para el Quidditch, porque Oliver tenía que comprar un par de guantes nuevos y un equipo de mantenimiento para su escoba. Ninguno de los dos se encontraba desarmado. Tenían las varitas en las manos, pues no querían verse indefensos si alguien los atacaba.

La única manera de describir aquel día era con la palabra azul. El cielo estaba despejado, y mostraba la luz de un pálido sol; el aire era frío y calaba hasta los huesos, podían sentir la frescura de la nieve a su alrededor, que ocultaba el polvo acumulado. El callejón seguía siendo el mismo que hacía un par de meses. Solitario, silencioso, gris y frío. Se encaminaron después hacia donde estaba la oficina de correos, donde ni siquiera se escuchaba el ulular de las lechuzas. Oliver se acercó hacia el mostrador, y un hombre grande y gordo, de mejillas sonrosadas, calvo y con una barba que cubría su doble papada, lo miró con interrogación.

– Necesito entregar unas cartas – dijo el muchacho, poniendo en la fría caoba tres pergaminos cuidadosamente doblados y sellados con cera tan roja como la misma sangre.

– ¿A quiénes van dirigidas?

Oliver le dijo los nombres y esperó a que el hombre los escribiera y fuera por las lechuzas encargadas de entregarlas. Mientras tanto, Joy se repetía una y otra vez que debía quedarse junto a Oliver, tenía que recordarse a cada momento que no podía ir al número 93. Pero era muy difícil sentir la presencia de los gemelos y quedarse quieta en un solo lugar. No se había dado cuenta de que a cada momento volteaba hacia el edificio color morado hasta que se encontró con la mirada de Oliver, acompañada con una sonrisa de comprensión. Joy sintió como las mejillas se le ponían coloradas, y deseó que la tierra se la tragase en ese mismo momento. Era como si Wood pudiese leer sus más profundos pensamientos: ella quería visitar a los Weasley.

– ¿Extrañas trabajar allí?

– Es como un imán. Y yo soy un simple pedazo de metal – dijo ella.

En ese momento el hombre salió y comenzó a hablar con el muchacho acerca del costo que tendría que pagar. Oliver se quejó de que era un gasto exorbitante (Joy ni siquiera escuchó la cantidad de galeones propuesta), pero el otro respondió que los tiempos eran peligrosos y que no iba a exponer a sus lechuzas a un ataque a menos que tuviese el dinero para reponer la pérdida de alguna. Wood pagó de mala gana y salió de allí, seguido de Joy que miraba una y otra vez al hombre que dejaban atrás.

– Por cierto – dijo Oliver, rompiendo el silencio y sonriéndole a la muchacha – eres un bonito pedazo de metal.

Joy sonrió con el cumplido que parecía estar haciéndole. Le dio un golpe amistoso en el hombro, y siguió su caminando con soltura. Le incomodaba que él hiciera ese tipo de comentarios. Le hacía pensar que cada minuto que pasaba con Oliver Wood, eran 60 segundo en los que traicionaba el recuerdo de Fred.

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George Weasley estaba guardando la caja de cereal que había sacado para desayunar con su hermano. Seguía con el pijama puesto, el cabello sin peinar, y poco dispuesto a hacer algún trabajo en la tienda. Lo único que quería era comer un poco y volver a la cama calientita y acogedora, pero tenía que comenzar su rutina diaria. Había esperado encontrarse con Angelina Johnson aquel mismo día, querían pasar juntos la víspera de Año Nuevo, así que debía estar listo un par de horas después del medio día. Ella era una de las razones por las cuales él sonreía todos los días. De vez en cuando se mandaban alguna carta por medio de Pigwidgeon, la pequeña lechuza nerviosa que su hermano Ron había dejado al cuidado de Ginny. Estirándose aún, se dirigió al cuarto de su hermano para despertarlo, pues ya pasaba poco más de medio día y él no había salido a desayunar como de costumbre. Tocó la puerta y esperó a que su hermano le permitiera pasar.

– Adelante – se escuchó una voz apagada.

George entró a una habitación que parecía haber sufrido la catastrófica visita de un huracán. Había ropa tirada por todo el suelo, tanta que ya no se veían las maderas; la opaca luz del sol no tenía por donde entrar, porque las cortinas seguían herméticamente cerradas; el techo se encontraba lleno de pedacitos de papel mojado, manchas de fuegos artificiales, y arañas que hacían sus telas para vivir allí; la envolturas de caramelos de limón cubrían la pequeña mesa junto a la ventana, y en la cama se notaba un bulto largo y de gran tamaño, y nadie hubiera podido pensar que se trataba de un ser humano, sino fuese por que las cobijas descendían y ascendían lentamente al compás de la respiración de Fred.

– ¡Ostras! – dijo sorprendido George – Será mejor que arregles este lugar, o algún troll de la montaña podría confundirlo con su cueva.

– Ya habita uno aquí – respondió Fred, que seguía cubierto por capas y capas de cobijas.

– Sí, bueno, eres bastante feo y torpe para ser uno… pero eso significaría que yo también lo soy.

Se escuchó algo parecido a una risa.

– Sal de ahí, perezoso – insistió George –, tienes que comer algo este día.

No hubo respuesta.

– Si no quieres estar solo podrías acompañarnos a Angie y a mí en la tarde y…

– No tengo ganas de salir de mi cueva.

George volvió a mirar el lugar donde su hermano estaba escondido con cierta tristeza. No habían sabido nada de Joy desde octubre, y ya iba a comenzar enero sin que ella diera señales de vida. Ni él ni Fred querían pensar lo peor, pero no había forma de confirmar o negar sus sospechas. George deseaba de todo corazón que ella estuviera bien, tanto por la amistad que los unía como por el amor que sentía por su hermano. Si Joy estaba muerta, Fred jamás se repondría.

– Fred, no puedo quedarme aquí a cuidarte como si fueses un niño enfermo. Tengo cosas que hacer este día.

– Nunca te pedí que te quedaras – respondió su hermano, con un tono de voz más áspero.

Fred por fin había salido de su armadura suave y cálida. El cabello estaba revuelto, debajo de sus ojos tan rojos había grandes manchas oscuras que parecían moretones, pero aún así esos lagos oscuros de color café mantenían su chispa interior.

– No has dormido nada en toda la noche, ¿cierto? – preguntó George más condescendiente.

– No puedo – dijo Fred pasando la mano por sus cabellos –. No puedo. Por más que lo intento, no puedo. El sueño me elude. Estoy tan cansado, pero no puedo hacer nada para descansar. Me recuesto, pero mis ojos se quedan abiertos toda la noche. Quiero apagar mi cerebro, pero mi mente se la pasa torturándome. ¿Cómo voy a poder dormir si ni siquiera sé si ella se encuentra a salvo? Todo el día… Toda la noche… ¿Qué clase de hechizo es este, George?

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Amor. Siempre había visto en las películas que la víspera de Año Nuevo se pasaba con aquel a quien uno amaba de verdad. Era la forma en que el amor se convertía en algo real y duradero. La cuenta regresiva era el momento en que una pareja de amantes unían sus esperanzas y anhelos, expresándolos con una mirada seductora, una caricia íntima, y un beso apasionado. Un beso bajo la noche estrellada justo a la media noche, y después la pantalla se oscurecía y una lista de nombres le seguía. Era lo que todas las niñas de su calle querían, y los niños más pequeños huían de aquello haciendo caras de asco. Cuando ella era niña, lo único que deseaba era ver nuevamente a su madre y a su padre juntos, compartiendo la llegada de un año más. Pero todo eso había terminado, y ella y su madre recibían el año nuevo sentadas frente a la chimenea, abrazándose con amor y melancolía, extrañando al hombre más valiente que habían conocido. ¿Cómo sería la llegada del año de 1998 para ella? Miró al chico de la bufanda roja y un pensamiento fugaz cruzó por su mente: ¿Pasaría la víspera de año nuevo al lado de Oliver Wood?

– ¿Quieres visitar Sortilegios Weasley? – le preguntó Oliver, sacándola del mundo en el que ella se encerraba casi diariamente.

– ¿Qué?

El joven repitió la pregunta, poniendo mucho empeño en no parecer ansioso por recibir una negativa. No era egoísta de su parte querer pasar todo el tiempo que le era posible al lado de Joy, ¿o sí? Oliver Wood era un buen muchacho, con buenos principios y una conciencia limpia que le recriminaba cada vez que se decía que era mejor para Joy estar con él que con Fred Weasley. Lo hacía sentirse como un cerdo patán, pero él no podía sentirse más cautivado por otra muchacha y deseaba que al final pudieran compartir algo más que una bonita y simple amistad.

– Sí, claro – respondió Joy, sin darse cuenta que negaba con la cabeza y sonreía con nerviosismo –. Una visita no estaría mal.

Respiró profundamente y levantó la barbilla como siempre hacía cada vez que se sentía incómoda y temerosa. Los brazos le temblaban y el sudor frío recorría su espalda. No debería tener miedo de volverlos a ver. No tenía que temer el reencuentro con Fred. Era lo que más deseaba y temía a la vez; y ahora no sabía qué era lo que prevalecía en ella, si el deseo o el temor. Oliver sonrió, pero no se sintió muy cómodo con la respuesta. Seguramente la escena que vendría sería sumamente incómoda para tres cuartas partes del auditorio. Aún así, siguió caminando heroicamente hacia el negocio llamativo de los Weasley. Tomó con gentileza el brazo de Joy y la animó a seguir adelante con una sonrisa.

– ¿Te encuentras bien? – le preguntó cuando ya habían llegado.

Vio como Joy comenzaba a hiperventilar, toda su cara estaba de un blanco cadavérico, y él se preocupó por cómo lo estaba manejando.

– Sólo déjame tomar un respiro – respondió la chica, apretándose el pecho con las manos –. Será un momento.

– ¿Segura?

– Sí, sí – dijo ella, poniendo una sonrisa. El color había desaparecido de su rostro y los ojos azules expresaban cuánto temor había dentro de ella en esos momentos.

– Iré a tocar a la puerta para que nos abran – dijo Oliver, dispuesto a darle el espacio que ella necesitaba.

Joy caminó presurosa hacia donde una vez había estado un abrevadero, la noche en que los mortífagos habían prendido fuego al callejón Diagon. Se inclinó sobre unas cajas amontonadas y esperó a que se le pasara el temblor. Cerró los ojos con tanta fuerza que vio manchas naranjas, moradas y rojas, que danzaban en la oscuridad que sus párpados habían formado.

– Tu madre es una zorra – dijo una voz cerca de su oído, sobresaltándola –. Y tú eres una perra mestiza.

Sintió escalofríos al reconocerla. Miró hacía su derecha y vio al joven de ojos azules y cabello oscuro, mirándola desde la sombra de un arco de piedra. Graham Montague se la comió con la vista, contemplándola de arriba hacia abajo con desparpajo y después le hizo una seña obscena con la mano. Las mejillas de Joy ardieron, sacó su varita del abrigo y corrió detrás de la sombra en la que se había convertido su pesadilla. No le importó dejar atrás a Oliver, ni a Sortilegios Weasley. Lo que ella quería era callar de una vez para siempre esa boca cruel.

Oliver no se dio cuenta del momento en que su acompañante desapareció. Siguió hablando en voz alta de lo divertido que resultaría la visita a los gemelos, pensando que ella podía escucharlo. En el momento en que él tocaba con fuerzas la puerta, Joy había cruzado el arco de piedra. Y cuando George lo recibió con una sonrisa, ella se había adentrado al callejón Knockturn.

– ¿Joy? – preguntó George, mirando con extrañeza a su ex capitán cuando éste le dijo que ella venía con él también – ¿Dónde está ella?

– Estaba justo detrás de mí cuando abriste la puerta – respondió extrañado Oliver.

Se volvió y esperó encontrarse con la chica que regresaba de tomar un buen respiro para tranquilizarse. La calle se encontraba vacía. No había ni rastro de Joy. Le parecía que George lo veía como si hubiera perdido el juicio.

– No había nadie detrás de ti, Oliver – respondió George entretenido.

– ¡Lo juro!

– ¡Te creo! – respondió con una sonrisa el pelirrojo – Es una broma muy buena de su parte… Ella se esconde y nos da una sorpresa a todos. Muy divertido.

– ¡No es ninguna sorpresa! – gritó Oliver, comenzando a desesperarse.

Pasaron unos angustiosos segundos antes de que alguno dijera algo. Después ambos miraron hacia el techo. Se habían escuchado pasos presurosos en el piso superior, y también el movimiento de una silla empujada contra el suelo resonó por la tienda silenciosa. Luego alguien que bajaba las escaleras de madera con rapidez. Un momento después Fred Weasley atravesó la tienda como una exhalación, empujando a su hermano y a Oliver para poder salir hacia la calle.

– ¿Fred, a dónde crees que vas? – gritó George, pero su gemelo ya había desaparecido de su vista.

Joy corrió sin percatarse el camino que Montague había tomado. No le importaba hacia donde la estaba llevando. Ni siquiera se inmutó cuando se toparon con una pared de piedra que impedía que Graham siguiera huyendo de ella. También él advirtió aquel dato, y se volvió con lentitud hacia Joy, empuñando una varita y con el hechizo en la boca.

– ¡Expelliarmus! – gritó Joy.

– ¡Expelliarmus! – gritó al mismo tiempo Montague.

La varita del slytherin salió volando por los aires y Joy corrió para tomarla antes de que su enemigo lo hiciera. No fue necesario, porque Graham se quedó en el mismo lugar, sonriendo como idiota, mirando los esfuerzos de Joy por cruzar el camino empedrado lleno de nieve resbalosa.

– Muy bien, Marjory – le dijo con una mueca irónica –. Veo que eres más rápida ahora. Qué envidia de tus grandes habilidades.

Joy recogió la varita sin fijarse en nada más que el rostro de Montague. Seguía siendo muy atractivo, pero su sonrisa no cuadraba con la forma en que la veían sus ojos. Él seguía de pie, sin preocuparse que ella hubiese conseguid su varita. Algo iba mal, lo presentía. Las cosas con Graham Montague nuca eran tan fáciles. Joy sentía cada vez más el peso de algo tenebroso cerniéndose sobre ella. Graham se irguió cuan alto era y de su capa sacó otra varita; a decir verdad, sacó la varita de encino con la que Joy siempre lo había visto en Hogwarts. Eso significaba que la varita que ella acababa de quitarle no era la de él. Bajó la mirada hacia sus manos y contempló dos varitas iguales… Una era una copia exacta de la suya. No tuvo mucho tiempo para descubrir cuál era la verdadera, porque Graham atacó esta vez en serio.

– ¡Expelliarmus!

Por medio de la magia le fueron arrebatadas su varita verdadera y la falsa. Ambas cayeron a los pies de Graham, quien las pateó con todas sus fuerzas, lanzándolas lejos, luego se enterraron bajo una gruesa capa de nieve. ¿Qué estaba haciendo? Joy sintió como el terror comenzaba a correr por sus venas. El hechizo que él acabada de lanzarle no era común para alguien de su tipo. Una maldición cruciatus era lo mínimo que se esperaba; no se habría sorprendido de verse alcanzada con la maldición mortal tampoco. Demasiado tarde se dio cuenta de dónde se encontraba; estaba en los terrenos donde los magos tenebrosos y de mala fama podían andar a sus anchas. Un lugar donde no conocía a nadie y, seguramente, nadie la defendería si le llegaba a pasar algo. Echó un vistazo rápido al terreno y se dio cuenta que estaba en un callejón sin salida. Graham se encontraba de espaldas a la pared, mientras que ella podía darse la media vuelta y salir corriendo de allí. Estuvo a punto de hacer, pero su varita… tenía que recuperarla. Todo pasó más rápido de lo que ella había imaginado. Se lanzó hacia enfrente y buscó con consternación su propiedad perdida. Graham se limitó a verla con esa mueca de desprecio que parecía tallada como en una roca, después se fue acercando a ella lentamente.

– Busca, busca, pajarillo – canturreó con una voz engañosamente suave.

Joy arrojaba nieve por los aires, y pronto sus guantes de lana tejidos quedaron mojados. Las manos le pesaban y se le dificultaba mucho mover los dedos. Aun así siguió buscando con desesperación. Necesitaba acercarse más hacia la pared, pero el instinto le decía que se mantuviera lo más alejada posible de Graham.

– Examina entre la nieve, pececillo, porque no pienso darte más tiempo para defenderte.

El frío le cortaba la piel, aunque parecía que ya no sentía dolor. Tampoco sentía que la sangre corriera por sus venas. De vez en cuando aventaba un puñado de nieve a la cara de su atacante, y Montague parecía perder la paciencia. De pronto, sus manos tocaron la fría punta de madera de una varita. Joy la tomó con fuerzas y la empuñó con la rapidez de un esgrimista.

– ¡No estoy indefensa! – gritó con un estremecimiento.

– ¡Lánzame tu mejor ataque! – retó Graham, alzando las manos hacia el cielo. Mostrando que estaba desarmado.

En algún momento había guardado su varita sin que ella se diera cuenta, y eso confundió más a Joy, pero no iba a perder la oportunidad que le estaba ofreciendo. Dentro de ella, muy dentro de ella, una voz le decía que aquello estaba yendo muy mal. Graham siempre había tenido dobles intenciones con todo el mundo; jamás hacía nada sin que él saliera beneficiado. Además, él no se iba a exponer de esa manera a alguien que ya una vez lo había vencido en un duelo de magia.

– ¡Desmaius!

Joy lanzó su hechizo, y por un momento vio el miedo en los ojos de su enemigo. No duró ni dos segundos, porque justo después unas gruesas cuerdas salieron de la varita que ella tenía en su mano, enrollándose como serpientes veloces. Joy gritó y trató de soltar la varita, pero ésta se encontraba demasiado ocupada creando nuevas cuerdas que envolvían rápidamente su brazo y se extendían por su torso. Trató de correr, pero las cuerdas bajaban ya por sus piernas, haciendo que se tropezara y cayera al suelo. Éstas siguieron creciendo, hasta llegar a su cuello, donde apretaron con mucha fuerza.

Ya no era humana. Se había convertido en una masa de cuerdas que se removían en la nieve. Entre más se agitaba, más presionaban las fibras mágicas. Logró zafar su brazo izquierdo e intentó quitarse la presión que ejercían en su cuello, pero los guantes mojados y pesados, los dedos tiesos y fríos, no hacían su trabajo muy fácil. Le estaba faltando el aire y la cabeza ya le palpitaba, ni hablar del dolor que todo su cuerpo estaba sufriendo.

En medio de la confusión, escuchó la risa sardónica de Graham Montague acercándose cada vez más hacia ella.

– Maldición Incarcerous. ¿Te suena familiar? Seguro que sí – siguió burlándose de ella –. Por cierto, debes agradecerles a los pelirrojos por este pequeño regalo. Es una de sus varitas de bromas la que terminará arrebatándote la vida. ¿No es irónico?

Joy daba bocanadas como si se tratara de un pez fuera del agua, mientras se retorcía en la nieve gris, sucia por haber removido el polvo acumulado debajo de ella. Seguía tratando de quitarse las cuerdas de la garganta, que ya se encontraba roja de tanto roce que se estaba haciendo con los ásperos guantes. No tenía ganas ni tiempo para escuchar lo que Graham decía.

– Debes darme el crédito. Recordar cada pincelada de tu maldita varita fue un infierno. Qué bueno que los detalles que más odiamos son los que mejor quedan grabados en nuestra memoria.

De una zancada se acercó a ella y tomó su cara entre sus manos. Esas manos bellas capaces de producir el mayor dolor del mundo. Eran como el acero: fuertes, poderosas, y frías. Enterró sus dedos en sus mejillas, hasta el punto de hacerlas sangrar.

– Marjory – susurró –, Marjory quiero que veas mi cara. Quiero que mi rostro sea lo último que veas antes de morir – la mirada que se cargaba le aterró más que nunca. Era un ser sin alma, vacío de su humanidad, estaba lleno de voces oscuras y tan antiguas como el mismo tiempo –. Te estoy haciendo un favor, mestiza. Ellos hubieran ido por ti en cualquier momento y no tendrían la misma compasión que yo tuve contigo. Tendrías que haberlo pensado mejor antes de que…

Un borrón de color naranja hizo que Graham cayera en la nieve y se callara de una vez por todas. Joy cayó hacia atrás, golpeándose con fuerza la cabeza. Escuchó voces lejanas, voces amables. Luego sintió unos brazos que la levantaban del frío suelo y unas manos que trataban de deshacer las cuerdas que seguían creciendo.

– No puedo – decía una voz vagamente familiar –. No puedo quitárselas de encima. Necesito cortarlas.

Fred lo había visto todo desde su habitación en el piso superior de la tienda. Estaba sentado en la mesita viendo la foto que tenía de una Joy sonriente que lo saludaba con la mano y le mandaba besos. No sabía por qué había decidido asomarse a la ventana justo en ese preciso momento, pero lo cierto era que había abierto las cortinas para que la luz de invierno iluminara un poco la oscuridad a la que él mismo se había recluido. Fue entonces cuando miró hacia el callejón y reconoció de inmediato la esbelta figura de Joy. También había reconocido a Graham Montague cuando él pasó corriendo hacia el callejón de las artes oscuras. Sin pensarlo dos veces salió detrás de la chica.

En momentos así olvidaba todo y dejaba que la ira lo controlara. No había recurrido a la magia, sino a la fuerza de sus propios puños. No solía importarle las consecuencias cuando alguien a quien él quería se encontraba en peligro. Lanzó el primer golpe, que esquivó por suerte Graham, y su puño se encontró con un montoncito de nieve. La actitud de Montague resultaba sumamente extraña, no se defendía ni insultaba como solía hacerlo en Hogwarts, sino que se limitó a reír son fuerzas. Una carcajada sonora hizo que los cristales retumbaran. Era una bestia rugiente la que Fred tenía aprisionada contra el suelo. Debía quedarle algo de humanidad a ese cuerpo, se dijo Fred, tenía que encontrar una manera de hacerlo callar, de que reaccionara al dolor que sus manos estaban ocasionando. Un golpe en la mandíbula lo calló por un segundo, mientras que la boca de Graham se llenaba de sangre roja y caliente, con ese sabor metálico tan particular. Pero pronto unas carcajadas horribles se volvieron a escuchar por todo el recinto. La sangre borboteaba de la boca de Graham, salpicando la cara de Fred, llenándola de puntitos más rojos que su cabello.

Por fin había despertado la bestia. Graham se incorporó con una fuerza que ni Fred había sido capaz de imaginar. Con rapidez felina tumbó al pelirrojo sobre la nieve y apretó con sus manos el cuello pecoso del joven. Dispuesto a terminar con otra vida.

– ¡Oliver! – gritó George, desesperado – ¡Haz algo!

Oliver Wood había llegado apenas después que George, justo en el momento en que Fred lanzaba el primer golpe infructuoso. La situación tan surrealista lo había dejado paralizado por varios minutos. Que el mundo se detuviera por unos segundos y comenzara a girar en la dirección opuesta tenía la misma probabilidad de pasar que lo que sus ojos veían en esos momentos. No sabía con quién acudir: ayudar a George a liberar a Joy de las cuerdas malditas, o ayudar a Fred que luchaba a brazo partido con Graham Montague. Alzó su varita con mano temblorosa y lanzó el primer golpe. Un corte del tamaño de un lápiz fue a dar al manojo de cuerdas que se enrollaba en el frágil cuello de Joy. Después Oliver volvió a lanzar su segundo golpe, dándole de lleno en la cara de Graham, haciendo que éste volara por los aires y se estrellara contra la dura pared de piedra.

George imitó el hechizo que Oliver había pronunciado para cortar las cuerdas, pero la muchacha se retorcía (ahora con menos fuerzas), y las manos de él no dejaban de temblar de miedo, nerviosismo, y frío. El hechizo no dio en el blanco, sino que hizo un corte profundo en la garganta de la muchacha y tres gruesas gotas de sangre cayeron en la blanca nieve, haciendo un contraste que en otro tiempo hubiera resultado hermoso. Pero el primer golpe que había lanzado Wood había debilitado la maldición, y las cuerdas poco a poco se aflojaban.

Fred se levantó como un resorte y corrió al lado de la muchacha. Con rapidez, comenzó a quitar cada cuerda, sin importarle que las manos se le llenaran de sangre. Joy había dejado de moverse y miraba hacia el cielo sin parpadear ni una sola vez. Oliver se acercó, con mucha precaución y varita en mano, hacia donde estaba el manojo de ropas que era Graham. George se sentó en el suelo húmedo, viendo los vanos esfuerzos de su hermano para liberar a la muchacha de los ojos que parecían albergar el cielo de primavera. Y allí, bajo la luz de invierno, Joy quedó en los brazos de Fred. No se movía. No respiraba. No daba señales de vida.


¡He vuelto después de una semana pesada y con una tarea que hacía que la cabeza quisiera explotarme! Valió la pena, porque saqué 100 en esa tarea (Quería presumirles mi 100 :c)

Un capítulo que me ha gustado escribir. Y espero que el próximo quede listo este mismo día, para compensarlos por la espera que siempre los hago pasar :c

No digo más. Ustedes tienen la palabra.

¿Qué opinas? ;)